Desolación de la quimera

 

Cernuda compone este poemario entre los años 1956 y 1962. Los últimos de su vida. La crítica lo ha calificado de libro integral, síntesis de su obra poética y conclusión plenaria de ella. Hay palabras clave en la concepción de la obra poética de Luis Cernuda: meditación, protesta, simbolismo, romanticismo, idealismo, destierro absoluto. Si todo poema contiene una biografía lírica, la Desolación de la Quimera contiene sin duda la de su autor.

A continuación, voy a examinar este poema desde el espacio ontológico del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, siguiendo el pensamiento y la obra de Gustavo Bueno (1972)[1].

Todo el ardor del día, acumulado
En asfixiante vaho, el arenal despide.
Sobre el azul tan claro de la noche
Contrasta, como imposible gotear de un agua,
El helado fulgor de las estrellas,
Orgulloso cortejo junto a la nueva luna
Que, alta ya, desdeñosa ilumina
Restos de bestias en medio de un osario.
En la distancia aúllan los chacales.

No hay agua, fronda, matorral ni césped.
En su lleno esplendor mira la luna
A la Quimera lamentable, piedra corroída
En su desierto. Como muñón, deshecha el ala;
Los pechos y las garras el tiempo ha mutilado;
Hueco de la nariz desvanecida y cabellera,
En un tiempo anillada, albergue son ahora
De las aves obscenas que se nutren
En la desolación, la muerte.

Cuando la luz lunar alcanza
A la Quimera, animarse parece en un sollozo,
Una queja que viene, no de la ruina,
De los siglos en ella enraizados, inmortales
Llorando el no poder morir, como mueren las formas
Que el hombre procreara. Morir es duro,
Mas no poder morir, si todo muere,
Es más duro quizá. La Quimera susurra hacia la luna
Y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.

«Sin víctimas ni amantes. ¿Dónde fueron los hombres?
Ya no creen en mí, y los enigmas que yo les propusiera
Insolubles, como la Esfinge, mi rival y hermana,
Ya no les tientan. Lo divino subsiste,
Proteico y multiforme, aunque mueran los dioses.
Por eso vive en mí este afán que no pasa,
aunque pasó mi forma, aunque ni sombra soy;
Afán que se concreta en ver rendido al hombre
Temeroso ante mí, ante mi tentador secreto indescifrable.

»Como animal domado por el látigo,
El hombre. Pero, qué hermoso; su fuerza y su hermosura,
Oh dioses, cuán cautivadoras. Delicia hay en el hombre;
Cuando el hombre es hermoso, en él cuánta delicia.
Siglos pasaron ya desde que desertara el hombre
De mí y a mis secretos desdeñosos olvidara.
Y bien que algunos pocos a mí acudan,
Los poetas, ningún encanto encuentro en ellos,
Cuando apenas les tienta mi secreto ni en ellos veo hermosura.

»Flacos o fláccidos, sin cabellos, con lentes,
Desdentados. Esa es la parte física
En mi tardío servidor; y, semejante a ella,
Su carácter. Aun así, no muchos buscan mi secreto hoy,
Que en la mujer encuentran su personal triste Quimera.
Y bien está ese olvido, porque ante mí no acudan
Tras de cambiar pañales al infante
O enjugarle nariz, mientras meditan
Reproche o alabanza de algún crítico.

»¿Es que pueden creer en ser poetas
Si ya no tienen el poder, la locura
Para creer en mí y en mi secreto?
Mejor les va sillón en academia
Que la aridez, la ruina y la muerte,
Recompensa que generosa di a mis víctimas,
Una vez ya tomada posesión de sus almas,
Cuando el hombre y el poeta preferían
Un miraje cruel a certeza burguesa.

»Bien otros fueron para mí los tiempos
Cuando feliz, ligera, hollaba el laberinto
Donde a tantos perdí y a tantos otros los dotaba
De mi eterna locura: imaginar dichoso, sueños de futuro,
Esperanzas de amor, periplos soleados.
Mas, si prudente, estrangulaba al hombre
Con mis garras potentes, que un grano de locura
Sal de la vida es. A fuerza de haber sido,
Promesas para el hombre ya no tengo».

Su reflejo la luna deslizando
Sobre la arena sorda del desierto,
Entre sombras a la Quimera deja,
Calla en su dulce voz la música cautiva.
Y como el mar en la resaca, al retirarse
Deja a la playa desnuda de su magia,
Retirado el encanto de la voz, queda el desierto
Todavía más inhóspito, sus dunas
Ciegas y opacas, sin el miraje antiguo.

Muda y en sombra, parece la Quimera retraerse
A la noche ancestral del Caos primero;
Mas ni dioses, ni hombres, ni sus obras,
Se anulan si una vez son: existir deben
Hasta el amargo fin, perdiéndose en el polvo.
Inmóvil, triste, la Quimera sin nariz olfatea
Frescor de alba naciente, de alba de otra jornada
Que no habrá de traerle piadosa la muerte,
Sino que su existir desolado prolongue todavía[2].

 

EL ESPACIO ONTOLÓGICO

El espacio ontológico nos cita con el ser: es su lugar, su ámbito, su territorio. Pero el ser, o es material, o no es. Por esta razón, el Materialismo Filosófico, en lugar de hablar de ser, sin más, término cargado de connotaciones y resonancias metafísicas, habla de Materia. No hay seres incorpóreos en el mundo real, del mismo modo que no hay mundos imaginarios en los que nosotros, los seres humanos, podamos actuar operatoriamente. En consecuencia, siguiendo a Bueno (1972), asumimos la ontología materialista, que aplicamos a los materiales literarios en el desarrollo de una Crítica de la razón literaria (Maestro, 2006-2012).

El ser, o es material, o no es…

Distinguimos, en primer lugar, la materia en su estado puro (M), o materia indeterminada, desposeía de toda forma (materia ontológica general).

En segundo lugar, distinguimos la materia formalizada o determinada, es decir, la materia interpretada (Mi) o materia ontológica especial. Esta materia formalizada (Mi) está interpretada y constituida según tres géneros de materialidad, irreductibles en sí mismos, e inseparables entre sí: materia primogenérica o física (M1), materia segundogenérica o psicológica (M2), y materia terciogenérica o lógica (M3). Se trata de considerar la materia del ser desde una triple dimensión física (M1), psicológica (M2) y conceptual o lógica (M3).

Habría que señalar en tercer lugar que la idea de “forma incorpórea”, en tanto que forma desposeía de materia, es inconcebible [Ø] desde el punto de vista de Materialismo Filosófico. No hay entidades inmateriales, dado que gnoseológicamente algo así es un imposible, carente de toda posibilidad de ser, de actuar y de significar. El ser, la materia, es algo que es y estáactúa y significa, es decir, tiene presencia óntica, pragmática y semántica, esto es, potencia y facultad de ser y de estar (estructura), de acción e intervención teleológicas (operatoriedad), y por supuesto de interpretación que exige relación a otros seres o entidades (exigencia de relación o principio de symploké)[3]. En síntesis, la fórmula sería la siguiente:

Materia sin forma              M

Materia con forma             Mi = M1, M2 M3

Forma sin materia              Ø

Freud fue, sin duda, el mejor novelista del siglo XX…

La filosofía tradicional, incluso hasta el pensamiento kantiano y todo el idealismo alemán, identificó en M la metafísica. Kant denomina a M noúmeno, e identifca a Mi con el fenómeno. Con la irrupción de la retórica nietzscheana, freudiana y heideggeriana, y en particular en todo el discurso posmoderno, la metafísica tradicional sufre una eversión, una vuelta del revés o Umstülpung, de modo que comienza a hablarse de una forma desposeía de materia [Ø], es decir, de una forma incorpórea, algo, como digo, inconcebible desde el Materialismo Filosófico. Nietzsche es el primero en dar este paso, postulando una metafísica nihilista, desde su proclamación de la muerte de Dios en el parágrafo 125 de su Die fröhliche Wissenschaft. Nietzsche proclama una suerte de teología sin Dios, un Universo sin fundamento, un mundo sin amo, un teatro vacío, un espacio sin hechos. Dicho en términos gnoseológicos: no habrá hechos, sino interpretaciones, porque no habrá materia, sino solo formas.

De una declaración de este tipo solo pueden surgir fantasmas, es decir, formas incorpóreas, esto es, nada. Y la más poderosa de estas formas incorpóreas, el más deslumbrante de estos fantasmas fue diseñado por Freud, y su nombre fue Inconsciente. Esta figura, de diseño extraordinariamente racional, es depositaria de toda la metafísica anterior a Nietzsche, pero desposeída ahora de toda materia. El Inconsciente es pura forma sin materia. Es la eversión posmoderna de M. Es decir, es la nada [Ø].

A propósito del poema de Luis Cernuda Desolación de la Quimera, Jesús G. Maestro
A propósito del poema de Luis Cernuda Desolación de la Quimera, Jesús G. Maestro

El Inconsciente no es un órgano corporal, como puede serlo el hígado, el pulmón o la uretra, pero fue un objeto de conocimiento de la Medicina en una de sus etapas históricas más recientes y más novelescas o fabulosas. Freud fue, sin duda, el mejor novelista del siglo XX. Nietzsche, Freud y Heidegger son de hecho los fundadores y diseñadores de la metafísica posmoderna, caracterizada por entronar, en nombre de un relativismo absoluto ―adviértase la hiperbólica paradoja― la eversión o negatividad de la metafísica tradicional: de la materia sin forma (M) [el Dios de la Teología] se ha pasado a la forma sin materia (Ø) [la muerte de Dios, en Nietzsche; el Inconsciente en Freud; el Dasein en Heidegger…; hasta la absurda idea de texto infinito de Derrida, por ejemplo, donde estaría formalmente “escrito” todo lo que materialmente no existe].

Nietzsche, Freud y Heidegger son los fundadores y diseñadores de la metafísica posmoderna, es decir, los fabricantes de fantasmas, o formas incorpóreas, con las que Derrida o Foucault siguen entreteniendo a la gente…

Estos son los fantasmas de la posmodernidad, fundamentados en la retórica y en la sofística de tantos y tantos autores irreflexivamente consagrados, y que han trastocado ―mediante la eversión o vuelta del revés― los reduccionismos materialistas en que incurría la metafísica, para incurrir e imponer un reduccionismo formalista de nuevo cuño, y de formato posmoderno, en el que permanecemos estultamente inmersos, no solo por falta de iniciativa para superarlo sino sobre todo por confort gnoseológico. Es difícil pensar cuando no hay hechos ―es decir, cuando no hay contenido real en lo que pensamos― y, sobre todo, cuando no se está en contacto con la realidad de los hechos, cuya negación se impone y se postula nietzscheanamente. ¿Cómo se puede pensar a partir de un conjunto nulo de premisas?

Fijémonos en el siguiente esquema, que reproducimos más abajo.

Las casillas con el signo Ø, así como las situadas bajo el signo Ø, remiten a ámbitos considerados imposibles o ficticios por el Materialismo Filosófico. No hay formas incorpóreas: el ser, o es material, o no es.

Asimismo, no cabe aceptar ni trabajar con ideas que reducen la realidad a una materia indeterminada (M), desposeía de toda forma capaz de permitir su construcción o su interpretación. El Ser no es una materia sin forma que pueda disponer en exclusiva y conscientemente de una dimensión estructural (panteísmo), de una dimensión operatoria (idealismo absoluto) o de una dimensión semántica (esencialismo).

Así se expresaba la metafísica tradicional, postulando la existencia de un Dios dotado de estructura y voluntad, capacidad de intervención y operatoriedad en el cosmos por él diseñado, y con facultades de relación absoluta y esencial hacia todo cuando él mismo generaba, sostenía y comprendía de forma absoluta.

Con la articulación de la posmodernidad, esta misma metafísica se sostiene desde una eversión retórica y sofisticada, merced a la negación ideal de toda materia (los hechos) y a la inflación y la mitosis ―no menos ideales― de toda forma (las interpretaciones).

Los hechos desaparecen y ante nosotros solo hay interpretaciones caóticas, multiplicadas, cancerígenas incluso. No hay materia alguna, porque todo está lleno de formas tras las cuales no hay nada. Solo nos queda la “huella” derridiana. Únicamente persisten metáforas vacías. Los hechos han huido. Se nos dice que solo permanece la huella de la memoria, bajo la forma fantasmagórica del Inconsciente, el gran mito del siglo XX.

Lo mismo ocurre con la estética kantiana: se afirma que el arte carece de finalidad y se proclama su autonomía. Admirable ficción. Surge la estética del arte por el arte, el parnasianismo, la poesía pura, etc… Es la proclamación de una forma sin materia. Se pretende convertir a la literatura en una forma sin referente. Por ese camino, el contenido de la literatura, y la literatura misma, quedaría excluido de la realidad. Es algo completamente absurdo, pero que ha sido admirado por millones de lectores desde la publicación de la Crítica del juicio (1790) de Kant.

¿Dónde está el Inconsciente? ¿Dónde está la Materia de esa Forma?

Si miramos al esquema de abajo, podemos constatar lo siguiente.

En primer lugar, la eversión del panteísmo ha dado lugar, desde el más extremo y monista idealismo hegeliano, fundamentado en su idea de Espíritu Absoluto, al corporeísmo y mecanicismo posmoderno, de explícitas consecuencias en el marxismo.

En segundo lugar, el idealismo absoluto de la metafísica tradicional, e incluso también de la kantiana, permite a Freud llevar a cabo una eversión de la que emerge un nuevo idealismo metafísico, pero esta vez no trascendente, sino inmanente ―porque está “dentro” de cada uno de nosotros, “dentro” de nuestro ego―, del que brota el todopoderoso Inconsciente, un superlativo formalismo desposeído de toda materialidad. ¿Dónde está el Inconsciente?, me atrevo a preguntar. ¿Dónde está la Materia de esa Forma?

En tercer lugar, y sin duda como antecedente del pensamiento freudiano, el esencialismo sobre el que descansaba plácidamente la metafísica occidental, desde Platón hasta el último idealismo alemán, sufre la eversión de la retórica nietzscheana, la mejor poesía de la filosofía alemana del siglo XIX, poesía que vacía a esta filosofía de todo contenido material, y la deja reducida a pura forma, a mera literatura, a sola fabulación. La metafísica es ahora, desde Nietzsche, una caja vacía, una forma sin contenido, esto es, una metafísica nihilista. A su vez, la filosofía, reducida en Nietzsche a un refranero, se convierte en adelante en una fábula, en un cuento o novela corta. El todo es un fragmento de un todo inmaterial. No hay nada en lo que decimos, porque no hay hechos en nuestras interpretaciones. Evidentemente, todo esto no es más que una fórmula retórica propia de una sofística en la que la posmodernidad ha hecho ―y aún sigue haciendo― su agosto. En realidad, tras este tipo de declaraciones solo puede subsistir el cinismo epistemológico.

En consecuencia, desde el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura se niega tanto la reducción materialista (M > Mi) de la metafísica tradicional como la reducción formalista (Mi > M1, M2, M3) de la metafísica posmoderna, y se afirma que el ser es material o no es, y que como tal ser material es susceptible de formalización, esto es, de construcción e interpretación, y por lo tanto también de transmisión y transformación (transducción)[4], dadas sus dimensiones estructurales (en el arte y la naturaleza), operatorias (en el ser humano) e interpretativas (en Ciencia y Filosofía).

Ontología

M

Mi = M1, M2, M3

Ø

Ser

Materia sin forma

o materia indeterminada

Materia

formalizada

Formas incorpóreas

o entidades inmateriales

Metafísica tradicional

Metafísica posmoderna

Reduccionismos

materialistas

Reduccionismos

formalistas

Estructural

[es]

Ø

[panteísmo]

Arte y

Naturaleza

Corporeísmo y mecanicismo

Marx · Materialismo histórico

Operatorio

[actúa]

Ø

[idealismo absoluto]

Ser humano

Metafísica idealista

Freud · Inconsciente

Relativo

[significa]

Ø

[esencialismo]

Ciencia y Filosofía

Metafísica nihilista

Nietzsche · Dios ha muerto

Tal vez no por casualidad, en la dimensión más sofisticada y reconstructivista de la “Desolación de la Quimera”, leemos unos versos de Cernuda de ascendencia genuinamente nietzscheana, donde se postula ―si juzgamos en términos de filosofía― la existencia de una forma incorpónea, es decir, de una inmaterialidad operatoria, en la que, evidentemente, ni el propio Cernuda, ateo confeso, puede creer: “Lo divino subsiste, / Proteico y multiforme, aunque mueran los dioses”. Esto es pura Literatura sofisticada o reconstructivista: un atributo sobrevive a su substancia, dicho de otro modo, una forma se disocia o desposee de su materialidad. Nada más fantasmagórico, nada más nietzscheano, en la lírica de Cernuda.

En nuestro tiempo, bajo el signo imperativo de la posmodernidad, la mayor parte de las interpretaciones que se llevan a cabo sobre la literatura se sitúan precisamente en el ámbito de una metafísica idealista (teológica, psicoanalítica, feminista, nacionalista, etnocrática, indigenista…) o de una metafísica nihilista (Nietzsche, Heidegger, Derrida, Foucault…) Desde el primer grupo se suele vindicar la presencia de un gremio, de un lobby (nación, feminario, religión, etnocracia…); desde el segundo grupo se postula una retórica de la pseudointerpretación científica, filosófica y académica. Una y otra tendencia son dos formas de expresión características de la sofística posmoderna[5].

El arte no es algo gratuito y sin finalidad.
El arte es un desafío a la inteligencia y a la razón humanas…

Si aplicamos tales ideas a la lírica de Cernuda, se observa que “Desolación de la Quimera” nos sitúa ante una obra de arte que, carente de existencia operatoria, dada su naturaleza ficcional ―no hay Quimeras en el mundo en que vivimos―, solo posee existencia estructural ―la obra de arte literaria como construcción estética, poética, filosófica, métrica, etc.―, la cual exige, a su vez, una interpretación humana y normativa, a la que ha de responderse desde criterios científicos y filosóficos, y no solamente emocionales, emotivos o psicológicos. La razón literaria, objetivada formalmente en los materiales literarios ―los autores, las obras literarias, los lectores anteriores y contemporáneos a nosotros, los transductores o intérpretes― exige una interpretación. El arte no es una creación desinteresada y gratuita.

El arte es un desafío a la inteligencia y a la razón humanas. Y es un desafío sumamente inteligente y racional, aunque en su diseño, forma y contenido, intervengan elementos irracionales, fantásticos, extraordinarios o incluso abiertamente imposibles. Porque todo irracionalismo es, en el arte, un irracionalismo de diseño racional.

El poeta dota a la Quimera de atributos esencialmente humanos. El más importante de ellos es el uso de la razón, objetivada en un lenguaje crítico y sofisticado. Crítico, porque arremete contra una idea de poeta frente a la que el autor, Luis Cernuda, disiente de pleno (“Los poetas, ningún encanto encuentro en ellos”); y porque rechaza un modelo de sociedad política frente a la que el autor vive desterrado y en permanente adversidad (“¿Dónde fueron los hombres?”). Y sofisticado ―y aquí radican las claves de esta genealogía literaria, reconstructivista y sofisticada―, porque el irracionalismo de una figura idealizada y mítica se introduce en el discurso racional y crítico de un mundo contemporáneo, y porque esta introducción responde a un diseño y a una reconstrucción muy meditaba y muy pensada, desde la que se subrayan y objetivan hechos e interpretaciones fundamentales en la vida del poeta, como son el destierro político y la idea de una poética capaz de integrar en la razón literaria una suerte de razón sobresaliente y superior, la razón poética, en la que caben formas de pensamiento y de interpretación que el cientifismo y los prosaísmos contemporáneos han arruinado.

»¿Es que pueden creer en ser poetas
Si ya no tienen el poder, la locura
Para creer en mí y en mi secreto?
[…] »Bien otros fueron para mí los tiempos
Cuando feliz, ligera, hollaba el laberinto
Donde a tantos perdí y a tantos otros los dotaba
De mi eterna locura: imaginar dichoso, sueños de futuro,
Esperanzas de amor, periplos soleados.

Solo desde una extrema libertad psicológica y solo desde un racionalismo reconstructivista, esto es, de diseño ―ficticio, artístico, poético― es posible aceptar, como licencia literaria, el sobrenaturalismo y el animismo que se atribuye a la figura numinosa y protagonista nuclear, la Quimera. El racionalismo literario lo permite, pese a toda exigencia crítica que pueda enfrentársele. La literatura goza de licencias que la razón humana preserva y acicala.

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BIBLIOGRAFÍA
• Bueno, Gustavo (1972), Ensayos materialistas, Madrid, Taurus.
• Bueno, Gustavo (1978), “Sobre el concepto de espacio antropológico”, El Basilisco, 5 (57-69). Reed. en El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral, Oviedo, Pentalfa, 1996 (89-114).
• Bueno, Gustavo (1985), El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión, Oviedo, Pentalfa, 1996 (2ª ed.).
• Bueno, Gustavo (1991), Primer ensayo sobre las categorías de las ‘Ciencias Políticas’, Logroño, Cultural Rioja (Biblioteca Riojana 1). Presentación y apéndices de Pedro Santana. En <http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm> (12.08.2010)
• Bueno, Gustavo (1992), Teoría del cierre categorial, Oviedo, Pentalfa (5 vols.)
• Cernuda, Luis (2009), Las nubes. Desolación de la Quimera, Madrid, Cátedra. Ed. de Luis Antonio de Villena.
• Diego, Gerardo (ed.) (1935), Poesía española completa (1901-1934), Madrid, Taurus, 1974 (7º ed.).
• Kant, Immanuel (1790), Kritik der Urteilskraft, Hamburg, Meiner, 2001. Edición de Heiner F. Klemme. Trad. esp. de Manuel García Morente: Crítica del juicio, Madrid, Espasa-Calpe, 1995.
• Maestro, Jesús G. (1996), “Lingüística y poética de la transducción teatral”, en Jesús G. Maestro(ed.), El signo teatral: texto y representación. Theatralia, 1 (175-211).
• Maestro, Jesús G. (2002), “La recuperación de la semiótica”, en Jesús G. Maestro(ed.), Nuevas perspectivas en semiología literaria, Madrid, Arco-Libros (11-40).
• Maestro, Jesús G. (2006-2012), Crítica de la razón literaria (8 vols.): Vol. 1, La Academia contra Babel. Postulados fundamentales del Materialismo Filosófico como teoría literaria contemporánea, 2006; Vol. 2, ¿Qué es la literatura? Y cómo se interpreta desde el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, 2009; Vol. 3. Genealogía de la Literatura. De los orígenes de la Literatura, construcción histórica y categorial, y destrucción posmoderna, de los materiales literarios, 2012; Vol. 4, Los materiales literarios. La reconstrucción de la Literatura tras la esterilidad de la “teoría literaria” posmoderna, 2007; Vol. 5, Gnoseología de la Literatura (en prensa); Vol. 6, El concepto de ficción en la literatura, 2006a; Vol. 7, Idea, concepto y método de la Literatura Comparada, 2008; Vol. 8, Crítica de los géneros literarios en el Quijote. Idea y concepto de “género” en la investigación literaria, 2009.
• Maestro, Jesús G. (2008), “Sociedad gentilicia y sociedad política en La ilustre fregona”, en Joanna Wilk-Racieska y Jacek Lyszczyna (eds.), Encuentros con la literatura y el teatro del mundo hispano, Katowice, Oficyna Wydawnicza, II (225-246).
• Nietzsche, Friedirch (1882), Die fröhliche Wissenschaft [18872], en Sämtliche Werke, III, München · Berlin, Deutscher Taschenbuch Verlag · Gruyter, 1988. Trad. esp. de Luis Jiménez Moreno, El Gay saber, Madrid, Espasa-Calpe, 1986.
• Villena, Luis Antonio de (1984), “Luis Cernuda, entre el exilio y sus metáforas”, en Luis Cernuda, Las nubes. Desolación de la Quimera, Madrid, Cátedra, 2009 (11-57). Ed. de Luis Antonio de Villena.

NOTAS
[1] Sobre estos espacios como fundamentos metodológicos del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, vid. mi obra ¿Qué es la literatura? Y cómo se interpreta desde el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura (2009), así como los diferentes trabajos de Gustavo Bueno que se irán citando a continuación.
[2] Texto citado según la edición de Luis Antonio de Villena que figura en la bibliografía.
[3] El principio de symploké está enunciado por Platón en el Sofista (251e, 255a, 259c-e, 260b), y ha sido reinterpretado por Bueno desde los presupuestos gnoseológicos del Materialismo Filosófico. Según este principio, i todo estuviera relacionado con todo (monismo armónico) o nada estuviera relacionado con nada (atomismo megárico), el conocimiento sería imposible. Ningún ser o entidad puede existir ni concebirse sin relación con otros seres o entidades.
[4] Sobre el concepto de transducción, vid. mis trabajos de 1996 y 2002, pero en particular el de 2007, contenido en Los materiales literarios (Maestro, 2006-2012).
[5] En el ámbito de las inmaterialidades operatorias, expresión en sí misma absurda, por irracional e imposible, habría que situar a todas aquellas tendencias, por otro lado numerosísimas, que postulan la existencia operatoria de formas incorpóreas, desde la metafísica más antigua y primigenia hasta las vertientes más posmodernas del psicoanálisis, las religiones contemporáneas, los nacionalismos secesionistas o las “identidades de género”, retóricas desde las que se postulan respectivamente figuras metafísicas a las que se concede un valor operatorio, fundamentado en una suerte de ser trascendente o inmanente, pero siempre “superior” al común de los mortales y a toda posible oposición, una especie de ser supremo, poderoso y por sí mismo legítimo, como el Inconsciente (psicoanálisis) o el Volkgeist (sociología); Dios, Alá, Buda o Yahvéh (dioses cuyas religiones constituyen el politeísmo contemporáneo); naciones ficticias, que pretenden segregarse de Estados que las proveen de infraestructuras y financiación (Cataluña, Vascongadas, Galicia…, en el caso de España); o un “ser femenino” o “feminista”, como esencia del cuerpo y del pensamiento de la Mujer, etc. Todo esto son mitologías y retóricas que se basan en el postulado de la existencia de un ser inmaterial o incorpóreo y a la vez operatorio y voluntarista. En términos racionales, un absurdo completo.

 

Fuente | Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 449-551. | Academia Editorial del Hispanismo (06/10/2013)