Melancolía del desaparecer

 

Y pensar que, después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas;
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de aquella luz de plata
que inundaron mi vieja sementera
cuando aun cantaba Dios bajo mi frente.

Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la Luna brillará lo mismo
y que ya no la veré desde mi caja.

Latitudes

 

Muchacha rubia que das
candorosamente un beso,
cómo vuela la gaviota,
cómo da el sol en tus puertos.
Nos iremos a Estocolmo
en el mes de los cangrejos.
Tu mirada azul, tranquila,
bajo el oro de tu pelo.
En tu blusa marinera
pega alegremente el viento.
Mi malicia de latino
ve la forma de tus senos.
Tu no saber, en el sur,
lo importante que es un beso,
lo importante de una boca
que nos llena de sonetos.
El Palacio Real reluce
con la luz del archipiélago.
¡Oh, pureza de un verano
tan mojado de deshielo!
Te desnudas en las rocas,
y se ve tu muslo terso
Cuando vas en bicicleta
junto al prado con abetos.
Retratando tu hermosura,
que es gimnasia, espuma y viento,
ven mis ojos de latino
el pecado de tu cuerpo.
En el Norte es la alegría.
En el sur, lloran los celos.
En tu beso es la gaviota.
La guitarra es nuestro beso.
En tu beso está la calma
sana y limpia, como un vuelo;
¡pero el beso de Beatriz
hizo el cielo y el infierno!

Aino

 

Aino la esquiadora, desnuda por los mares
que el hielo inmoviliza; pastora de los renos.
Mendiga de las nieves, que has cubierto tus senos
con la piel plateada de los zorros polares.

Para alegrar con fuegos tus tedios invernales
los lapones quemaron sus trineos mejores.
Vistes los esqueletos de los exploradores
en las noches, llameantes de auroras boreales.

Virgen del Polo Norte, donde es cristal el suelo,
que oíste ladrar las focas en sus helados bancos,
y el sol de medianoche doró tu cabellera.

Hay que amarte de prisa, antes de tu deshielo,
antes que a tu flotilla de icebergs y osos blancos
hunda, con su torpedo de flor, la primavera.

Mar de los abuelos

 

Alferéz del navío, cuya vaca
es la ballena; y por reloj la brújula.
La palmera encendida en papagayos
y el negro azul; cañaveral de azúcar.
Marino del Caribe o Filipinas
que cruza suaves playas de criollas
con faldas rojas y pañuelos blancos.
Tu timón huele a clavo y a canela,
y en la noche del trópico, estrellada,
visitas ?un farol bajo las velas?
al marinero enfermo de escorbuto.
Trae el limón del Sur, trae la vainilla
y el arroz de Luzón y sus corales,
el opio de Shangai, con los marfiles
del elefante de Sierra Leona.
¿Lloras por el landó de la cubana,
cuando iba a oir la ópera a Santiago?
Tu negro piano lleno de sextantes
solloza un vals entre los planisferios.
Dame tu lente, que en el horizonte
distingue el surtidor del ballenato
y la bandera inglesa entre la niebla.
Habla con tu alfabeto de banderas
al mirador de la hija del negrero
cuyos rosales ilumina el faro.
Y pinta a la acuarela, a Oceanía
con una orla verde de delfines
y un indígena rojo sobre el mapa
con un ojo de cíclope en la frente.

Agustín de Foxá, 1906-1959

Romance de Abedelazis

 

No llores, Abedelazis;
no llores, que vas a España.
Que el fusil te lo da Franco
y en el fusil su palabra;
está el jardín del Profeta
al otro lado del agua.
?Ya están girando las hélices
ya en el avión te embarcas,
ya vuela sobre las nubes
la flor morena de Africa.
?¿De quién son esos tejados
y esta huerta regalada?
?Esos tejados, buen moro,
son la ciudad de Granada.
Sus ojos mirando al suelo
se le llenaban de lágrimas
Los regulares de Ceuta
llevaban pardas chilabas.
?¿Dónde esta Córdoba, amigo?
¡Mi Córdoba entre naranjas!
-Los rojos la están cercando,
casi la tienen ganada.
¿Por qué no vuela este pájaro?
¿Por qué no mueve las alas?
(Bajo los roncos motores
sonaban tenues campanas. )
Que llegaban a Sevilla
jazmín y remo, en el agua
barcos del Guadalquivir,
el limonar del Alcázar
y en los turbantes, la sombra
antigua de la Giralda.
¿Harás el té en las trincheras,
Abedelzais, por España?
Platerillo de Tetuán
babuchero de sus plazas,
el que vendió las ajorcas
desde Arcila a Casablanca
y en Fez, no estudió el Corán
porque pertenece a Francia.
Se que caerás una noche,
y Alá sabe en qué batalla.
No sé si será en Toledo
o en Oviedo la cercada
o te helará con la luna
la Ciudá-Universitaria.
Pero sé que está tu sangre,
defendiendo a mis campanas,
mis libros de El Escorial
y mis custodias labradas.
Que al otro lado del monte
los hombres sin Dios te aguardan,
con tanques de oro judío
y cien banderas deAsia.
Si mueres, Abedelazis,
sobre los surcos de España,
no el Zoco-Chico de Tánger
celebrará tus hazañas,
ni el domador de serpientes
cantará sólo tu fama.
Los poetas de Castilla
te dirán en lengua brava:
«También tienes tu lucero,
español de piel tostada.»

Un barco con nombre de isla

 

Y cambiastes la rosa por las algas amargas,
la muchacha terrestre, por la fría sirena
y has cruzado, volando, el jardín de los buzos.
Donde el pez, de ojo inmóvil ve brotar la tormenta.

¿Dónde vas por la noche peligrosa del fondo,
tripulante de un barco sumergido y sin fuerzas?
¿Qué ¡Arriba España! has dado desde el frio abismo
que voló en un enjambre de burbujas esféricas?

Miradores de Cádiz o El Ferrol; las persianas
entornas; y el piano que enfundado no suena.
La novia que llora′junto al mar, y los faros
que buscando tu cuerpo, las gaviotas despiertan.

«Madre el agua está fría y recuerdo a los pájaros,
aunque estemos en mayo tengo heladas las venas.
Sé, que me está prohibido llegar hasta tu playa,
para ver tu ventana, vendré con las mareas»

Subirás una tarde, desmayado, del fondo
con tus ojos de ahogado a mirar las banderas.
Hoy que están los caballos del trigal en el agua,
el soldado en la espuma, y Peñiscola es nuestra.

Subirás en verano, de los turbios abismos
para ver las naranjas, y la novia y las huertas,
tú, sin peso y sin sombra, desterrado fantasma
cuyo cuerpo no puede ya dormir en la tierra.

¿Vas buscandó una tumba, las raíces de los árboles,
el lugar que no cambia y la lápida cierta?
Tu sepulcro es pagano , el coral no cobija
y eres tritón nostálgico del ciprés y la estrella.

Tu habitas un barco con nombre de isla
y la espuma, giraba, en sus hélices nuevas
y en el iris de aceite de su estrella saltaban
los delfines, lustrosos, como obuses de guerra.

¿Dónde estás, barco mío, trozo vivo de España,
ayer navegadora alegre fortaleza,
hoy montón inundado, tripulado por muertos,
quieto en un merídiano con la brújula quieta?

Ya no tornareís nunca al amor de las islas
cuando Mallorca tiene más dulces sus almendras,
con los barcos cautivos llenos de tanques rusos,
ni hablará, el alfabeto, gentil de las banderas.

Por terrazas que bajan al mar; donde la espuma
al escalón de mármol hace hervir de agua inquieta
bañaran los marinos de España, con coronas
y el jóven almirante traerá la rosa fresca.

Y te dirán, alzando el brazo, «Marinero,
el caracol de nácar encima de las flechas
en vez de un ramo fúnebre, por ti deshojaremos
la rosa de los vientos sobre tu tumba muerte».

Trincheras del frente de Madrid

 

Una linea de tierra nos separa.
Pero estamos tan lejos…
Para llegar hasta vosotros, trenes,
rutas extrañas, playas extranjeras,
y sin embargo, hermanos enemigos
¡que cerca nuestra sangre!, que aclararon
las mismas frutas, que encendieron, roja,
primaveras y labios parecidos.

¿No sentís a la Patria temblorosa
que por los pies os mete sus metales
amasados de huesos y raices,
que por el cielo claro, azul y extremo,
trae campanas y el humo de la aldea
donde nacisteis? ¿No sentís a España
que está en el pan y el hierro y la amapola
en la espiga, en la voz y en nuestra carne?

¿No sentís a la Patria, camaradas,
alegres artesanos madrileños?
Tú, que de niño, fuistes con nosotros
al ritmo de un sencillo pasacalles
delante de la alegre infantería,
bajo balcones de rizadas palmas.

Tú, que estuvistes un día al lado mío
en el mismo columpio de verbena.
En la grada dorada de toros,
en las «paradas» de palomas y húsares
en la pradera junto al Manzanares.

Tú, hermano de taller y la tahona,
cerrajero que abristes nuestra puerta,
sereno de las tres de la mañana,
campanero de abril de altos balcones.
Maquinista del tren de mis veranos,
cochero del Retiro y de mis infancia,
guarda del césped, vendedor humilde
de globos y banderas; ¿por qué alzados
luchaís con odio contra mí y los mios,
y en la tarde de abril vaís a esconder
como topos siniestros en la tierra?
Cuando ya la victoria da en los trigos
de nuestros campos, y hay un alba intacta
endurecida de clarines de oro
y de frescas canciones juveniles.

Agustín de Foxá, 1906-1959

Poema de antigüedad de España

 

Los tanques rusos, nieves de Siberia,
sobre estos nobles campos españoles,
¿qué puede la amapola contra fría grasa?
¿qué el álamo del río a su furor opone?

Teníamos aún bueyes y arado de madera,
Castilla no es científica; no surge en sus terrones
la fábrica, su arcilla produce como Atenas
teogonías y olivos, batallas, reyes, dioses…

Para ganar a España, hay decir, cual Cristo,
«Mi reino no es de este mundo»; no levantar las hoces
ni prometer al cuerpo paraísos terrenales.
Y hay un destino claro, claro, colgado de los cielos
porque hay genealogía, estirpe y oraciones,
porque el niño que nace, ya tiene dos míl años
y mandan, con un gesto de reyes; sus pastores.

Venid carros de Rusia, difícil mecanismo,
animales sin sangre, sin hembra, sin sudores.
Con un poco de fuego, como quién quema un árbol,
sobre los recios surcos, os quedareis inmóviles.
Y os cubrirá la tierra, la lluvia, las hormigas,
la alondra de los cielos, campesinas flores.
Y mientras vuestra herrumbre retorna a ser paisaje,
vuelve a llenar de Santos, Castilla, su horizonte.

Cui-Ping-Sing (fragmento)

 

Escucha…
¿En qué otro mundo de cerezas raras
oí tu voz? ¿En qué planeta lento
de bronces y de nieve, vi tus ojos
hace un millón de siglos? ¿Dónde estabas?
Fuiste agua hace mil años.
Yo era raíz de rosa, y me regabas…
Fuiste campana de Pagoda, yo era
nervio del ojo que miró a tu bronce.
Nos hemos perseguido
alma con alma, atravesando cuerpos
peregrinos de venas y latidos,
por pieles de animales, por estambres,
escamas, esqueletos cortezas;
por mil cuerpos y sangres diferentes,
alma con alma, cincelando torres
de espíritu con lágrima y sonrisa…
Tú fuiste, Cui-Ping-Sing, todo lo claro,
el cisne o la ceniza.
Yo fui todo lo oscuro,
la raíz, la tortuga.
Tus pechos
son dos nidos calientes,
tejidos en la rama de un almendro…

A Marita

 

No conozco tu lengua ni es tuyo mi paisaje.
Pero el signo es idéntico en las cosas profundas.
Aquí las mariposas de tu breve verano
vuelan cual las de España tan lujosas de sol.
Usan el mismo idioma las rosas de Carelia
que aquellas de Sevilla. También tus dulces ojos,
entiendo cuando sueñan o prometen ternura,
conozco tus silencios y todo lo que callan.
¡Oh! Tu rosa de nieve, en mi Sur expatriado
estoy sin mis amigos, sin mi tierra y mi clima.
Pero estando a tu lado mi soledad olvido
y hasta tu frío invierno me huele a primavera.
Es bello en esta vida de viaje y de tristeza
encontrar la dulzura y edificar un sueño.
No sea nuestro paso la huella en una playa.

Agustín de Foxá, 1906-1959