Carta de amor

Escribe una carta de amor solamente
que tenga la semilla de un gran suspiro
y después olvídala en la memoria
para que yo la pueda escuchar.
De noche, cuando duermes,
aunque tú no lo sabes, vengo a buscarte:
mi límite frío de sueño
se compagina con el tuyo,
vivimos sobre dos desiertos
que al atardecer se transforman en colinas
y desnudo mis senos en la noche
ansiosa de que tú los mires.

Locura, mi joven y gran enemiga,
algún tiempo te llevé como un velo
en mis ojos, al conocerme apenas.
De lejos me viste, como blanco tuyo
y pensaste que yo sería tu musa;
cuando empezó la pérdida de dientes,
que aún me aflige entre tanto despojo,
compraste la manzana del futuro
para darme el fruto de tu fragancia.

El Manicomio es una gran caja de resonancia
y el delirio se vuelve eco,
medida el anonimato,
el manicomio es el Monte Sinaí,
maldito, en el que recibes
las tablas de una ley
que los hombres no conocen.

Alda Merini, poeta, Milán, 1931-2009

Acaríciame…

Acaríciame, amor,
pero como el sol
que toca la dulce frente de la luna.
No vengas a molestarme también tú
con esas necias búsquedas de lo divino.
Dios llegará al alba
si estoy entre tus brazos.

Beso que soportas…

Beso que soportas el peso
de mi alma breve
en ti el mundo de mi discurso
se vuelve sonido y miedo.

Las más bellas poesías

Las más bellas poesías se escriben
sobre las piedras
con las rodillas ulceradas
y las manos afiladas por el misterio.
Las más bellas poesías se escriben
frente a un altar vacío,
rodeado de agentes
de la divina locura.
Así, loco, criminal, como eres
le has dado versos a la humanidad,
versos de reconquista
y de bíblicas profecías
y eres hermano de Jonas.
Pero la tierra prometida
donde germinan las manzanas de oro
y el árbol del conocimiento
de donde Dios no ha descendido
ni jamás te ha maldecido.
Pero tú sí, maldices
hora tras hora tu canto
porque has descendido en el limbo,
donde aspiras el Assenzio
de una sobrevivencia negada.

Alda Merini, poeta, Milán, 1931-2009

Abro el cigarrillo
como si fuera una hoja de tabaco
y aspiro ávidamente
la ausencia de tu vida.
Es tan hermoso sentirse fuera,
deseoso de verme
y nunca escuchado.
Soy cruel, lo sé,
pero la jerga de los poetas es ésta:
un largo silencio encendido
después de un larguísimo beso.

Padre, si escribir es una culpa
¿por qué Dios me ha dado la palabra
para hablar con trémulos lenguajes
de amor a quien me escucha?

Ya vieja de años y senescente
¿dónde hallar una brizna de hierba buena?
¿Qué sabes de mis conventos, de la gracia
madura de las santas, de las grandes
almas locas? ¿Qué puedo yo encontrar
entre los vivas del hombre de cultura?
en otra parte está el canto, en otra parte la palabra
y Dios no la pronuncia.

He nacido el veintiuno en primavera
pero no sabía que nacer loca,
abrir los terrones
pudiera desencadenar una tormenta.
Así Proserpina leve
ve llover en las hierbas
en los gruesos trigos gentiles
y llora siempre cuando atardece.
Quizá sea su plegaria.

El pájaro de fuego

El pájaro de fuego
de mi mente enferma,
este gorrión gris
que vive en lo profundo
y me hace temblar
con su continuo pío
pues parece inerme,
necesitado de amor,
a veces tiene una voz
tan tierna y nueva
que bajo su triunfo
dicto el poema.

Hojas blancas

XVIII

Las hojas blancas son la desmesura del alma
y sobre este sabor agridulce
querré un día morir,
porque la hoja blanca es violenta.
Violenta como una bandera,
un abismo de fuego,
y así me compongo
letra a letra a lo infinito
para que alguien me lea
pero que nadie aprenda nada
porque la vida es un sorbo, y sorbo
de vida las hojas blancas
desmesura del alma.

 

Liberadme el corazón
de esta absurda estación de amor
llena de secretos recuerdos.
Su belleza como una sandalia de oro
me ha herido la frente
en lo más alto de mis pensamientos.
Su belleza, única en el mundo posible,
y su joven corazón
arrojado en los setos de mis pobres cosas
me han regalado la esperanza de la flor.
Él mismo es una flor, madre,
una flor de juventud,
la flor del gozo y del dominio,
la flor de mi lenta estación.
Él mismo es terrón, madre,
pero los terrones quieren ser fecundados
y yo no tengo semillas.

Si tú ves a mi hombre
acaricia dulcemente su frente
es allí donde vive su alto pensamiento.
Si tú ves a mi hombre
húndele el cuchillo en el corazón
y hazle salir el coágulo de sangre
de la mujer que lo ha engañado.
Si tú encuentras a mi hombre
mójale dulcemente los labios,
tiene sed desde hace mucho tiempo.
Pero si tú ves a mi hombre
tiéndete dulcemente a su lado
es un hombre que sabe amar.

A Emily

Flor de soledad y de canto
amalgama de sendas, crecimiento
loco de ceguera de versos.
Ahora que se mueve la metralla
de mi pobre corazón te salvas
de cualquier desbandada.

Arrancad la poesía del canto,
el árbol de las voces,
las quimeras del sueño,
arrancadme a mí de mí misma,
para que vea mi corazón, latido
sanguíneo y dulce,
bajar al valle.
Mis misterios fueron los de Orfeo
y de otros pitagóricos ascetas
con su mensaje de paz
por pantanos deshechos.

Vuelvo, hay una mesa abierta
hecha para ti solo
donde, cuando eras niño,
comías tu sopa
esparciendo líquido y risas
eras tan perfecto
un amor tan pequeño
un puño de chico.

Quién te devora ahora:
un tiempo no mejor
que nosotros viéndote esperar
quizás una respuesta de condena.

al viejo manicomio
te acercabas de niño
y me traías siempre
una glicina de laurel
jugabas con los locos
fingiéndolos ladrones
oh bien nacido hermano
que no distingues nunca
el pecado del ocio
entre amor y espada.

Su esperma bebido por mis labios
era la comunión con la tierra.
Bebía con mi magnífica
exaltación
mirando sus ojos negros
que huían como gacelas.
Y jamás una manta fue más cálida y lejana
y jamás fue más feroz
el placer dentro de la carne.
Nos partíamos en dos
como el timón de una nave
que se abría para un largo viaje.
Teníamos con nosotros los víveres
para muchos años todavía
y besos y esperanzas
y no creíamos más en Dios
porque éramos felices.

Un amigo

¿Qué es un amigo?
Una masa de carne
adentro con un hilo de alma
que te mira con miles de ojos
y te sientes perseguido.
No es amor solamente,
es uno que ha comprendido
que el verdadero enemigo del hombre es la vida
y la quiere estrangular,
y te mata también a ti,
por confusión de amor.

Alda Merini, poeta, Milán, 1931-2009