Ven, Tumi

Ven, Tumi
Ven a través de la vasta pampa
En mis ojos,
Déjame tender bajo las oscuras nubes.

Como esperma, Tumi
Como esperma reduces a cenizas a aquellos
Que miran dentro de ti: yo sé,
Yo te vi, Tumi, a través
De la expandida ventana de un tren en aceleración
te vi en primer plano
De pie, volviéndote más y más grande
Sobre un talud sin árboles
Cada vez más poderoso.

Te pedí que vinieras
Entonces,
Las llamas volaron a través del cielo
Y la niebla se unió a la niebla
Cuando tú los arrojaste, Tumi,
Los arrojaste como la negra nieve
Que resplandece bajo las escamas
e una serpiente, en las fauces de un puma,
Entre las huesudas alas de un cóndor.
Negra nieve.
En la estratosfera, los rápidos del río, las vigas de la mina.
Tumi,
Tu lustroso dedo gordo, Tumi,
Tu frío dedo gordo, Tumi
Lamiéndolo con palabras
Amamantándome de él
Cada vez más cerca de ti
Sólo un poco más, un milímetro más cerca del mañana
Entonces, sí.
Entonces, si no te eriges sobre mi
Yo que estoy aquí, Tumi,
Si no te libras de tu decapitador,
Si me dejas y no
Lo liberas desde tu oscura frontera de nieves,
En la que estoy atrapado,
Entonces, Tumi,
Entonces será un placer, Tumi,
Que me dejes, Tumi,
Que te vayas lejos, Tú
De mí.

Cuando era niño

Cuando era niño leí
Acerca de las dos formas en que mueren las estrellas.
La primera es que las estrellas empiezan
A enfriarse. Durante millones de años
Se desgastan dando luz y calor.
Cada posible elemento viviente muere
Hasta el final convirtiéndose en
Frío eterno, el horizonte de una muerta gigantesca.
La otro es que la estrella empieza
A contraerse. Durante millones de años
Cada uno de sus átomos, cada rayo de luz,
Cada deseo, pensamiento y esperanza
Presiona hacia un centro inexistente.
Su proceso de muerte termina cuando
La estrella entera, junto con toda su atmósfera,
Ha sido comprimida hasta el tamaño de una pelota de tenis.
Todo se torna centro,
Gravedad y masa infinita.
Cuando era niño leí
Acerca de las dos formas en que mueren las estrellas.
Cuando el niño crece,
Cada cumpleaños se convierte en la sola repetición
De uno u otro tipo de muerte:
El nacimiento de la civilización, el origen de la poesía.
Dos veces nací y dos veces
Perdió mi padre sus esperanzas en mí.
Hurgas demasiado en los libros,
Dijo. Eso es malo para tu salud.
Estarías mejor si pudieses finalmente aprender
a sostener una raqueta de tenis
Y a impulsar la pelota sobre la malla.

Muro

No pasa un día sin que pienses
Que también a ti te han amurallado fuera del mundo.
Te han quitado perspectivas. Expulsado.
No pasa una mañana sin que te jures
Que hoy destruirás ese muro, ni una noche
Sin que vuelvas destruido. Tú rebelión no tiene sentido.
No hay nadie que te brinde la seguridad de la oposición.
Los ladrillos se abren solos, suavemente como las horas.
Te dejan pasar aun antes de que los toque tu mano.
Aunque no hay ningún otro lado, ningún otro lugar.
No llegas a ninguna parte y nada te retiene.
No tienes un muro donde todo eso tenga fin.
Y tu muro es nunca nadie en ningún lugar.

Aleš Šteger, poeta, Ptuj (Eslovenia), 1973

Regreso a casa

En la escalera de caracol,
Alrededor de las macetas con flores marchitas,
Florece la herrumbre.
Las maletas, llenas de ropa sucia
Y antiguas preguntas, me hacen tambalear.
Como si de umbral a umbral estuviera mudando desasosiego.
Los últimos cuatrocientos kilómetros estuvimos callados.
Ambos ignoramos si también podremos callar
En el silencio de la llegada.
La mirada en el espejo del baño,
De la que había huido tan lejos,
Ni por un instante me ha perdido de vista.

Vela

Cuando muere alguien pero no es de día ni de noche.
Y ni tú ni él están presentes. Ni aquí ni allí.
Empieza a llamear tenue sobre la cocina a gas.
Sin prestigio. Y no vive, y no ha muerto
Lo que proteges oculto bajo la mano.
No pregunta, no da respuestas.
No está del lado del bien. No está del lado del mal.
No conoce la mentira, ni la verdad, ni el sentido y sinsentido.
No es futuro y no es pasado.
Es y a la vez no existe. No es que sea o que no fuera a ser tú.
No es que no fuera sólo algo o algo distinto.
Ni aire ni fuego. Ni luz ni llama.
Ni abismo ni esperanza. Ni sí ni no.
Cuando muere alguien, alguien todavía no ha muerto.
Bajando por el pábilo trepó dentro de sí.
Extiendes la mano tras él y lo apagas.

Piedra

Nadie oye lo que la piedra guarda dentro de sí.
Insignificante, es sólo de ella, como el dolor,
Atrapado entre el cuero del zapato y la suela.
Cuando te lo descalzas, se arremolinan las hojas en las alamedas desnudas.
Lo que fue, nunca más será;
Y montones de otros signos en descomposición.
El olor a dispensarios cercanos. Mudo prosigues tu paso.
Lo que guardas dentro de ti no lo oye nadie.
Eres el único habitante de tu piedra.
Acabas de tirarla.

Aleš Šteger, poeta, Ptuj (Eslovenia), 1973

Citrus

El sábado a las tres,
En el supermercado.
Aún sigues pensando en el capítulo
Sobre el comienzo del universo.
No puedes imaginar la situación
Antes de la gran explosión,
Cuando los cuerpos en formación que se enfriaban
Fueron lanzados al espacio y al tiempo.
¿Cómo pensar el antes cuando el antes no existe?
¿Cómo dar un paso más allá con palabras
¿Cómo allí y en aquel momento? Una imagen que no es visible.
El sábado a la tarde, a las tres.
Entre los estantes con alimentos para animales
Y botellas de aguardiente
La fragilidad de los cuerpos te da alcance,
Pocas veces la de los astrales,
Por lo común y ante todo la de los ctónicos.
El sábado a las tres,
Y sólo algún metro más allá.
En un charco de sangre yace un desconocido.
Las cajeras que intentan sostenerlo
De sus brazos temblorosos
Le han puesto debajo de la cabeza una bolsa de judías.
La herida le ha partido la cara.
Una sustancia roja y viscosa moja despacio tu zapato.
Retrocedes. Una huella que no comprendes.
En el supermercado.
El sábado a las tres.
La bolsa con un kilo de luz se vuelca
Y los limones se dispersan en el carrito de la compra.
Las delgadas cáscaras del orden
Se detienen rápido en la fría rejilla del sinsentido.
Un hecho que evoca pero no explica.
A las tres. El sábado.
Llueve en el aparcamiento.
Estamos en enero; muy cálido para esta época.
En la televisión quisieran
Que hubiese más frío.
Sería mejor para el turismo de invierno.
Sería mejor para la producción del campo.
Sería mejor para impedir las enfermedades virósicas.
El sábado a las tres.

A ti

Aquí tienes el condón. Finges no quererlo.
Pero en realidad lo necesitas. Tómalo. Bien.
Ahora lee lo que dice en la superficie plateada del envoltorio.
No entiendes esa lengua pero te agrada porque sabes
Que el texto está dirigido a ti.
Quién sabe, quizás incluso habla de ti.
O fue escrito pensando en ti.
Ábrelo. Sin falsa modestia. Es tuyo
Y puedes hacer con él lo que quieras. Bien.
Ahora acércalo a la boca. No, no, has oído bien,
Ponlo en la boca. Si te resulta difícil,
Cierra los ojos y piensa
Que tienes en las manos un pedazo de seda perfumada
O una margarita que quieres besar.
Y ahora sopla. Sí, sopla. Despacio, espera que el soplo
Se lleve todo lo acumulado fuera de ti. Bien,
Ya está creciendo. Sopla más fuerte. ¿Ves qué grande se pone?
¿Te gusta? Ahora basta. Podría expandirse
Por todo el lugar, apretarte contra la pared
Y aplastarte. Basta, dije. Ahora
Tienes que atarlo. Bieeen. Ahora es realmente
Sólo tuyo y puedes hacer con él lo que quieras.
Ah…, veo que has tomado un lápiz de labios
Y has empezado a dibujar sobre él. Has dibujado un punto.
Y otro más. Y debajo una línea sonriente.
Ahora entiendo: quieres dibujarme a mí
Y así dominarme, pero no diste bien
Con el parecido y eso te enoja ahora. Estás furioso.
Pero ¿qué es eso? Pareciera que detrás de mi sonrisa,
Allí donde no hay otra cosa que el aire de tu soplido,
Hay algo. Bien sabes que eso no es posible pero igual
La sensación no quiere abandonarte. Al contrario:
Te impresiona e intranquiliza cada vez más. Tienes la sensación
De perderte en un bosque sombrío
O que ya no puedes mover los miembros.
Cuando sientes eso, te odias, por eso apoyas la oreja sobre la boca
Que me habías dibujado y escuchas con atención.
De repente te quedas sin aliento, mientras que antes lo perdías con gusto.
Horrorizado, vuelves a escuchar. Ahora
No cabe ninguna duda. En el vacío del condón
Hay alguien, y sabes muy bien que allí
Donde no hay nadie sólo puede estar Dios.
Te retiras, perplejo, pues nunca hubieras esperado,
Y menos aun previsto, algo así, y recién ahora
Te pones furioso de veras. Más aun: has enloquecido de miedo,
Pues ya no estás tan seguro de que en un instante,
Cuando extraigas la navaja de afeitar y la hundas lenta y profundamente
En mí no vaya a desparecer de veras para siempre.

Un jardín lleno de flores

Dijo que la gente somos un océano,
Mientras se llevaba otra cucharita de caviar
A su inmóvil boca finlandesa,
Que los celos son una ilusión de la posesión
Y que ella ya no sentía nada parecido
Ni junto a su marido,
Ni junto a alguno de sus amantes,
Nada, nada, absolutamente nada,
Salvo quizás la fría calidez de las noches blancas,
Cuando se encuentra en un sudoroso abrazo,
Salvo quizás la falta de respeto,
Cuando el cuerpo de la amante de su marido no es más bello que el suyo.
Dijo que el amor es la conciencia de saber que no posee,
Mientras se llevaba un pedacito de salmón
A su pequeña boca finlandesa,
Que nada, nada, nada queda en su poder,
Dijo ávidamente con todo muerto en su interior,
Que no entiende y que nunca va a entender
Cómo puede alguien con los ojos abiertos
Desear una sola rosa en un jardín lleno de flores.

Protuberancias

Mudas erupciones de iones. Energía suspendida en signo.
Antigravedad. Danza de magnetismo en los bultos de los huesos.
Protuberancias.
Recién se ven a simple vista cuando hundimos el cuerpo en la oscuridad,
Cuando está en sombra e inerme, del todo entregado,
Como se entrega el paciente a las impasibles manos de los enfermeros
Que cierran tras sí la puerta de la sala de rayos X.
Dejándolo solo consigo mismo y con el aparato
Que está adherido como una ventosa a su caja torácica.
Radiación. Quizás fatal.

Protuberancias

A ciento cincuenta millones de kilómetros, en la cromosfera del Sol
Se elevan sin razón aparente masas de gases candentes,
Dibujan un signo prodigioso en los bordes del vacío astral,
Se desprenden y salen volando a gran velocidad al espacio.
Incandescencia. Apenas perceptible.
Protuberancias.
Protuberancias.
Sea la longitud verbal de las ondas de luz
Que viajan a través de la memoria y la carne,
Para que apuntando las heridas
Pueda curar los nombres de las mutilaciones de este mundo.

Con los ojos cerrados

Cuando cierras los ojos, ves el poema.
Vaciado de la firmeza de todas las cosas que a escondidas deseas.
Te recuerda a una habitación recién blanqueada
Que el verano olvidó cerrarle la puerta y las ventanas.
Pero también eso es sólo una alusión insuficiente a las imágenes del mundo físico.
No existen entradas y salidas de ese poema.
Ese poema es material sólo en estado gaseoso.
Una corriente galáctica puede dispersar
A las personas que flotan en él, las metáforas
Que cuelgan de las paredes y convertirlas en algo distinto.
Dos nubes desnudas que estaban a punto de amarse
Son succionadas por las estrellas y expulsadas en nube
De jabalí degollado que está rodeado por una nube gris
De mi padre que fuma y todo lo observa
Escondido en un rincón oscuro del poema. Casi seguro que es él
Quien en verdad escribe cada poema. En la oscuridad
No lo ves hasta que él mismo no llega,
Sin hacer ruido, por detrás, te tapa, travieso, los ojos con las manos
Y pregunta: ¿Quién soy? ¿Me vas a matar? ¿Eres mío?

Vintarovci 48

Cómo entender que dentro de diez
O quizás veinte años habrás de estar muerta.
Tú cuerpo ya está rígido,
Pero tus manos tienen aún tanto para dar.
Inclinadas sobre la mala hierba. Danzantes entre las agujas de tejer.
Descansando sobre el delantal. Esas únicas manos.
En el vencido sofá, en el que me cambiabas los pañales cuando todavía era bebé,
Tomaste mi mano y pusiste mis dedos entre las arrugas
De tu palma marchita.
Me dijiste que a partir de la muerte del abuelo te palpabas con frecuencia la arteria,
Cerrabas los ojos y escuchabas la vida que se mecía dentro tuyo.
Dijiste que todo era más débil y mudo,
Y que impulsaba la vida de esas únicas manos hacia quién sabe adónde.
Luego volviste a cruzarlas
Y yo me fui a recoger las flores del arbusto que crece bajo tu ventana.
El implacable resorte de las tijeras de podar me obliga a abrir la palma de la mano.
¿Cómo entender el tiempo, en el que incluso el más fuerte termina cediendo?
Las venas de tus muñecas siempre serán para mí
Un arbusto de rosas que todavía no han florecido en este espeso atardecer de primavera,
Rosas que despiden su fragancia en tus venas tanto, tanto.

Samo ja, oblaci i cveće

Todos los días vamos a Sainsbury’s,
Luego comemos el espeso silencio de las entrañas
De un pollo envasado al vacío.

Durante el paseo quieres perspectivas especiales.
Me repliego al cinismo, al final cedo,
Apoyo mi cabeza sobre la húmeda tierra inglesa.

En tu habitación estudiantil nos arrancamos torpemente pedazos de ropa,
Tus uñas se clavan en mi muslo,
Te abrazo, como terneros intercambiamos saliva.

Niego, porque no ayuda,
Aunque siempre vuelve a inflamarse, esta sensación de que allí,
Donde en tu cuerpo termina mi cuerpo, no hay fin.

Y no es una religión, es sólo un pequeño y dulce consuelo,
Cuando te duermes en mi abrazo, de que estén, de que por siempre estarán
El rumoreo del viento entre los cuerpos esbeltos de los jóvenes abedules de
Grantchester,

Los botones de oro inclinados bajo la llovizna de abril,
Los cúmulos, los cúmulos y tú, sonriente,
En una foto pálida y olvidada.

Nuez

Te has quedado con las manos vacías y en las manos tienes una nuez.
Al comienzo la aprisionas y escondes como si fuera algo mágico,
Pero luego todo te aprisiona a ti y sabes que tienes
Que responder y con ello matar al mago para sobrevivir.
En el centro de la nuez está la almendra, pero la almendra no te importa,
Tú necesitas la salvación que está inscrita en el interior de la cáscara.
El agobio es demasiado grande, por eso aprietas el puño vacío y la rompes.
La nuez enmudece, los signos rotos se vuelven ininteligibles
Y la respuesta enigmática, pero a través de las rajaduras te escurres al interior
Y te comes la almendra. Así excavas un espacio para ti. Así te vuelves almendra.
Y la almendra se vuelve Tú. El Tú se pone en cuclillas y espera
Que la cáscara crezca a su alrededor. Como una especie de feto
Espera acurrucado, y en la nuez hay cada vez menos luz
Y menos heridas. Paulatinamente el Tú puede comenzar a leer los signos
Y los signos están cada vez más enteros.
El Tú lee en voz alta, pero cuando llega al final
La cáscara se cierra y la noche se cierne sobre el Tú. Atrapado en la oscuridad, el Tú
oye
Cómo salta de la galera un blanco conejo con dientes asesinos,
Se detiene frente a la nuez e inmóvil la observa.

Aleš Šteger, poeta, Ptuj (Eslovenia), 1973

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