Soy el centinela de los sueños que calla lo que sabe
calla por ejemplo en qué fuente abreva el infierno que te subyuga.

Los ángeles caídos esgrimimos insatisfecha la mirada
no es curiosidad ni desapego es la impotencia de no abarcar.

Y miramos con dolor al cielo donde estelas de fulgores
que ya no podemos y tocamos el agua y nos quemamos si quema.

Maldigo la sangre del cordero que sin justicia cierra la puerta del retorno
y a Mijaíl con su espada y su balanza sopesando nuestras humillaciones.

Ahora soy pequeño y todas las calles tienen esquinas
ahora los ojos el laberinto de un manicomio.

Ahora vivo desgranando el milímetro que diferencia
fallecer y desfallecer y ya no puedo ingerir veneno y regurgitar manzanas.

Sombra de luz, soy isla en mi isla, en mi muro soledad, en mi escasez lascivia,
en mi destino oráculo, en mi dolor lugarteniente, en mi destierro mazmorra.

Expuesto a morir con ropas y recuerdos ajenos
habiendo olvidado el arte de resolver las adivinanzas.

Solamente los que han sobrevivido a la malignidad de todas las pasiones
pueden acariciarme esta espalda de alas tullidas
sin que les devore la intransigencia de mis vidas arrebatadas.

¡Qué no se acerquen a mí los ilusionados, las mujeres frágiles, los hombres engreídos,
los animales hambrientos, los descreídos crédulos, los instintos morales!

porque desparejados pongo a tender los calcetines
y trato al mundo como el ciego las cortinas.

 

 

Programa de mano

el caído de Programa de mano