Ella

 

Vive sola en un brezal al norte.
Ella vive sola.
La primavera se abre como una cuchilla allí.

Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros –
unos para mi madre, algunos para mí
que incluyen Las obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora favorita.

También mi principal temor, al que trato de enfrentarme.
Cada vez que visito a mi madre
siento que me convierto en Emily Brontë,
mi vida solitaria a mi alrededor como un páramo,
mi torpe cuerpo recortándose sobre los barrizales con una apariencia de transformación
que muere cuando atravieso la puerta de la cocina.

¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos?

Y arrodillada en la orilla de un mar transparente me haré un corazón nuevo con sal y barro

 

Una esposa está bajo las garras del ser.

Fácil es decir ¿Por qué no terminar con esto?
Pero supongamos que tu marido y cierta mujer oscura
suelen quedar en un bar por la tarde.
El amor no es condicional.
Vivir es muy condicional.
La mujer se instala en una terraza cerrada al otro lado de la calle.
Observa a la mujer oscura
que con la mano le toca la sien como si le estuviera metiendo algo.
Observa cómo
él se inclina un poco hacia la mujer y luego se vuelven atrás. Están serios.
Su seriedad la atormenta.
Las personas que pueden estar serias cuando están juntas es
[porque tienen algo profundo.
Hay una botella de agua mineral sobre la mesa
y dos vasos.
¡No necesitan bebidas alcohólicas!
¿Desde cuando tiene él
estos gustos puritanos?
Un barco frío
zarpa de algún lugar dentro de la esposa
y pone rumbo al horizonte plano y gris,
ni pájaro ni soplo a la vista.

 

 

de La belleza del marido

Pero una dedicatoria es apropiada sólo cuando se hace ante testigos: es una rendición hecha necesariamente en público, como la entrega de estandartes en las batallas

 

Sabes que hace años estuve casada y cuando mi marido se fue [se llevó mis cuadernos.

Cuadernos con espiral de alambre.

Conoces ese verbo frío furtivo: escribir. Le gustaba escribir, le [disgustaba tener que empezar solo con una idea.Usaba mis comienzos con propósitos diversos.

Por ejemplo, en [un bolsillo encontré una carta (para su amante de entonces) empezada con una frase que yo había copiado de Homero: [εντροπαλιζομένη, como dice Homero que se alejó Andrómaca cuando se separó de Héctor: «volviéndose a cada paso» bajó de la torre de Troya y se fue por calles de piedra hasta la casa [de su leal esposo y allí con las mujeres entonó un lamento por el hombre vivo en su [mansión.

Leal a nada mi marido. Entonces, ¿por qué lo amé desde mi juventud hasta [la madurez y la sentencia de divorcio llegó por correo?

La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que [lo amé por su belleza.

Como volvería a amarlo si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza [hace posible el sexo.

La belleza hace el sexo sexo.

Tú mejor que nadie entiendes esto… calla, pasemos al orden natural.

Otras especies, que no son venenosas, suelen tener [coloraciones y dibujos similares a los de las especies venenosas.

La imitación que una especie venenosa hace de otra no [venenosa se llama mimetismo.

Mi marido no era mimético.

Mencionarás, claro, los juegos de guerra.

Te lo conté muchas veces protestando porque se quedaban aquí toda la noche con los tableros abiertos y alfombras y lamparitas y cigarrillos [como la carpa de Napoleón, supongo, ¿quién podía dormir?

Mirándolo bien mi marido era un [hombre que sabía más de la batalla de Borodino que del cuerpo de su mujer, ¡mucho más! Las tensiones [trepaban por las paredes y se vertían en el cielorraso, a veces jugaban del viernes por la noche sin parar hasta el lunes [por la mañana. él Y sus pálidos amigos iracundos Sudaban muchísimo. Comían carne de los países del juego.

Los celos fueron una parte nada desdeñable de mi relación con la batalla [de Borodino.

Lo detesto.

¿De veras?

Por qué pasar la noche jugando.

El tiempo es real.

Es un juego.

Es un juego real.

¿Es una cita?

Ven aquí.

No.

Necesito tocarte.

No.

Sí.

Aquella noche hicimos el amor «de verdad», algo que aún no [habíamos hecho pese a que llevábamos seis meses casados.

Gran misterio. Ninguno sabía dónde colocar su pierna y [todavía hoy no estoy segura de que lo hiciéramos bien.

Parecía contento. Eres como Venecia, me dijo, sublime.

Temprano al día siguiente redacté una conferencia («Sobre la defloración») que luego me robó y publicó en una revistita bimestral.

Esto era, por encima de todo, una interacción típica entre [nosotros.

O debería decir ideal.

Ninguno de los dos había visto nunca Venecia.

 

 

de La belleza del marido

Yo

 

Oigo pequeños chasquidos dentro de mi sueño.
La noche gotea su taconeo de plata
espalda abajo.
A las cuatro. Me despierto. Pensando
en el hombre que
se marchó en septiembre.
Se llamaba Law.
Mi rostro en el espejo del baño
tiene manchas blancas en la parte baja.
Me enjuago la cara y vuelvo a la cama.
Mañana voy a ver a mi madre.

Aquí está mi propaganda una una una aunándonos en tu frente como gotitas de pecado luminoso

 

Como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve.
¿Qué es la fuerza?
La oposición de familia y amigos no hace más que endurecerla.
Recuerdo el primer encuentro de mi madre con él.
Mirando

un libro que yo había traído del colegio a casa con su nombre escrito en la guarda
dijo
no me fiaría de nadie que se llamara a sí mismo X —y
algo se mostró en su voz,
una Babel

arrojada entre nosotras en ese instante que nunca
aprenderíamos a interpretar
—gusto a hierro.
Profético. Todas sus profecías se cumplieron aunque ella no pretendía que así fuera.

Bueno es su nombre dije y aparté el libro. Esa fue la primera noche
(yo tenía quince años)
en que levanté con chirrido lento la ventana de mi cuarto y me escapé a verle
en el barranco, hasta el alba caminando bajo los elementos empapados
y las declaraciones

del lenguaje que está «solo y primero en la mente». Me quedé atontada
ante ello,
contemplé sus oros viejos y los lieblicher azules desertando
como pavos reales saliendo de jaulas a una cocina vacía de Dios.
Dios

o algún bendito personaje real. Napoleón. Hirohito. Ya sabes
cómo el novelista Oe
describe el día en que Hirohito salió en antena y habló
como un mortal. «Los mayores se sentaron alrededor de la radio
y lloraron

los niños se agruparon en la calle sucia y susurraron desconcertados.
Atónitos
y decepcionados porque su emperador había hablado con una voz.
Se miraron unos a otros en silencio. ¿Cómo creer que Dios se había
vuelto humano

en un determinado día de verano?» Menos de un año después de nuestro matrimonio
mi marido
empezó a recibir llamadas de [una mujer] tarde en la noche.
Si yo contestaba [ella]colgaba. Afónicos mis oídos.

Cómo estás.

No.

Quizá. Ocho. Puedes.

El blanco ah sí.

Sí.

Qué hay de más eufórico incognoscible despiadado alegre que los muros
de la carne
de la voz de la traición y sin embargo todo el rato acunados en una charla más plúmbea
que el tictac de un reloj.
Un cachorro

aprende a escuchar de esta manera. Picar en la plata.
Dice Oe
que a muchos niños les dijeron y algunos se lo creyeron que cuando terminara la guerra
el emperador les limpiaría las lágrimas
con su propia mano.

Dedicatoria

 

Una herida despide su propia luz
dicen los cirujanos.
Si todas las lámparas de la casa se apagaran
podrías vendar esta herida
con el resplandor que de ella surge.
Ofrezco gentil lector tan solo una analogía.

Una demora.

«Utilizar demora en lugar de cuadro o pintura…
una demora en vidrio
como si dijeras un poema en prosa o una escupidera de plata.»
Eso dijo Duchamp
de La novia desnudada por sus solteros
que se rompió en ocho pedazos cuando viajaba del museo de Brooklyn
hacia Connecticut (1912).

¿Qué es lo que se demora?
El matrimonio, diría.
Ese espacio oscilante, como lo llamaba mi marido.
Mira cómo resplandece
la palabra.

 

 

‘La belleza del marido, un ensayo ficticio en 29 tango’. Edición bilingüe con la traducción al español de Andreu Jaume.

Pero para honrar la verdad que es suavemente divina y vive entre los dioses debemos (con Platón) danzar en la mentira que vive ahí abajo entre la masa de hombres trágicos y brutos

 

Todo mito es un patrón ornamental,
una proposición de dos caras
que permite al usuario decir una cosa y significar otra, llevar una doble vida.
De ahí la noción primitiva en el pensamiento clásico de que todos los poetas mienten.
Y de las verdaderas mentiras de la poesía
se filtró una pregunta.
¿Qué une realmente a las palabras con las cosas?

No mucho, decidió mi marido
y procedió a usar el lenguaje
del modo en que según Homero suelen los dioses.
Los dioses conocen todas las palabras humanas pero tienen para ellos significados completamente diferentes
paralelos a los nuestros.
Le dan al interruptor cuando quieren.

Mi marido mentía en todo.
Dinero, reuniones, amantes,
dónde habían nacido sus padres,
la tienda donde se compraba las camisas, la grafía de su propio nombre.
Mentía cuando no hacía ninguna falta.
Mentía cuando ni siquiera le convenía.
Mentía cuando sabía que sabían que mentía.

Mentía cuando con ello les rompía el corazón.

Mi corazón. El corazón de otra. A menudo me pregunto cómo acabó ella.
La primera.

Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad de un matrimonio.

Taxis arriba y abajo.

Lágrimas.

Grietas en la pared que recibe golpes.

Luces encendidas tarde en la noche.

No puedo vivir sin ella.

Ella, esa palabra que explota.

Luces aún encendidas al amanecer.

 

 

de La belleza del marido, un ensayo ficticio en 29 tangos

Pero qué palabra era

 

Una palabra que de repente
apareció en todas las paredes de mi vida inscrita simpliciter sin explicación.
Cuál es el poder de lo inexplicado.
Ahí estaba él un día (nueva ciudad) en un campo de heno frente a mi instituto de pie
bajo un paraguas negro
y un viento molesto y brusco.
Nunca pregunté

cómo había llegado allí una distancia de quizá 300 millas.
Preguntar

infringiría alguna regla.
¿Has leído el «Himno homérico a Deméter»?
Recuerda cómo Hades sale cabalgando de la luz diurna
a lomos de sus caballos inmortales envuelto en caos.
Se lleva a la chica abajo a una fría estancia subterránea
mientras su madre pulula por el mundo y ataca a todo ser vivo.
Homero lo presenta
como la historia de un delito contra la madre.
Pues el delito de una hija es aceptar las leyes de Hades
que ella sabe que nunca podrá explicar
y por ello tan campante le dice
a Deméter:
«Madre esta es la verdad de la historia.
A hurtadillas me puso
en la mano una semilla de granada dulce como la miel.

Luego a la fuerza y contra mi voluntad me obligó a comer.
Te digo la verdad aunque me duela». ¿La obligó a comer cómo? Conozco a un hombre
que establecía reglas
contra la exhibición del dolor,
contra preguntar por qué, contra querer saber cuándo le volvería a ver.

De mi madre
emanaba una fragancia, un miedo.
Y de mí
(lo supe por su cara en la mesa)
olor de semilla dulce.
¿Las rosas en tu habitación te las envió esas?

Sí.
¿Con motivo de qué?
No hay motivo.
Qué pasa con el color.
Color.
Diez blancas una roja qué significa eso.
Imagino que se les acabaron las blancas.

La meta de cualquier madre es abolir la seducción.
La reemplazará con lo que es real: productos.
La victoria de Deméter
contra Hades
no consiste en el regreso de su hija desde ahí abajo
sino en el mundo en flor:
calabazas tentaciones corderos retama sexo leche dinero.
Todo eso mata la muerte.

Todavía tengo esa rosa roja polvo seco ya.
No quería decir himen como ella imaginaba.

Danza del sobre de la Western Union cómo el corazón salta más ávido que cualquier planta o bestia

 

«La parte del diablo» es la porción de los bienes de uno que no puede utilizarse provechosamente
y por ello se sacrifica.
Pero qué pasa si el diablo no es tan tonto.
Si un demonio mucho después del sacrificio
empieza a ir y venir en la frontera,
un pliegue en la luz diurna.
La desaparición era para él un juego,
mi madre
no se sorprendió

cuando él no se presentó en la boda
fue muy cuidadosa con mis sentimientos, con el cuidado
de una punta.
La tarta de boda (guardada en la despensa) me la comí
trozo a trozo
entera
en los meses siguientes, sentada
en el salón tarde en la noche con las luces encendidas, masticando.
Su telegrama (el día después) decía
Pero por favor no llores
Eso es todo.
Cinco palabras por un dólar.

Impura como soy así también lo son mis conclusiones que en la puerta te presienten y dudan

 

Para expulsarlas de su vida la esposa intenta hacer una lista de palabras que nunca acertó a decir.
Cómo has estado.
Qué casualidad encontrarte aquí.
Había perdido toda esperanza me desesperé por qué has tardado tanto.
¡Monstruo desalmado! Si nunca hubiera
visto o conocido esa
amabilidad tuya qué
hubiera sido
de mí.
Pero las palabras

son un extraño y dócil trigo verdad, se encorvan
hacia el suelo.
El hecho es que

nadie preguntaba nada. Bien Ray hubiera preguntado.
Así que por Ray acabemos con esto.
No porque, como Perséfone, necesitara enfriarme la mejilla con la muerte.
No, como Keats, para comprar tiempo.

No, como en el tango, por pura travesura.
Pero ah qué dulce parecía.

Decir belleza es verdad y ya.
Más que comérsela.
Más que querer comérsela. Ese era mi pensamiento puro más temprano.
No tuve en cuenta una cosa.
Que lo bello cuando lo encontrara resultaría ser
previo; en el interior de mi alma,
ya comido.
No ahí fuera con finalidad, con templos, con Dios.
Interior. Él ya era yo.

La condición de mí.
Como si Kutúzov se hubiera sorprendido cargando en la batalla de Borodino
hacia…

no el emperador Napoleón sino hacia cierto viejo rey Midas
cuyas armas
trocaran a la mitad del ejército ruso en severos chicos de oro.

Palabras, trigo, condiciones, oro, más de treinta años todo eso burbujeando a mi alrededor…
ahí
lo dejo para que descanse.
Sonríes. Creo
que vas a mencionar de nuevo
esos manuscritos iluminados de la Edad Media donde el escriba
ha cometido un error al copiar
de manera que el iluminador destaca el error
con un círculo de rosas y llamas

que un diablillo travieso está intentando apartar del margen de la página.
Después de todo el corazón no es una piedra pequeña
que pueda rodar de esta manera y aquella.
La mente no es una caja
que pueda cerrarse rápido.
¡Y aun así lo es!
¡Lo es!

Bien la vida implica riesgos. El amor es uno de ellos. Terribles riesgos.
Ray hubiera dicho
el destino es mi cebo y el cebo mi destino. En una tarde de junio.
Aquí tenéis mi consejo,
aguantad.

Aguantad la belleza.

Anne Carson, Canadá, 1950

Finisterre

 

Hay una luz cenicienta y temerosa que cae en el fin del mundo. Hace que las fotografías sean lentas. Pero puedes ver el lugar incinerado y la hora inmensa. Los ojos buscan la costa. No hay viento. No hay sombras. Un evento plano se propaga como olas sobre toda la extensión del agua hacia la línea del horizonte. Quietos, como observadores, se quedan de pie, mirando, moviendo los labios. Comienzan a acercarse. Ahora exploran a mis espaldas, donde he caído al borde del agua, golpeteando ligeramente de un lado para otro con la fuerza de las olas. Ellos se agachan sobre mí. ¿Qué es lo que dicen? Quizás…no. Las palabras nunca sucedieron en mí.

Pero uno de ellos se agacha más cerca. El miedo me sacude. Como a veces sucede justo cuando estamos a punto de ser entregados. Tu acción es sencilla. Tomas mis patas y las cruzas sobre mi pecho: como una señal de que soy una que ha estado en la ciudad santa y ha probado sus aguas, sus tipos.

Los peregrinos eran personas que cargaban con poco.

Lo cargaban equilibrado en su corazón.

¡E ultreja e sus eja Deus adiuva nos!

Soneto aislado

«Me obligo a mí mismo a contradecirme para no venirme con mis gustos»
Marcel Duchamp

 

Un soneto es un rectángulo sobre la página.
Tu ojo lo disfruta en una proporción de ocho a cinco.
Digamos que eres un hombre urgente en un idioma urgente
construyendo los millones de sombras que te mantienen vivo.
Si tan solo fuera agua o inocente o un halcón de una sierra de mano,
si tan solo fueras Adonis o Marcel Duchamp
instalarse en su media hora de sexo o ajedrez, no esta crudo
bloque recortado de la niebla del significado, todavía húmedo. Pero no,

usted está solo. Cualquier idea aquí se levanta de sus rodillas
para girar y enfrentarte más rápido que un beso
o un guion o el primer momento que sentiste la brisa
de ser una criatura que morirá —un día, no este—
te pedirá la mayor parte de tu astucia y una liberación azul profundo como un suspiro
mientras usa solo dos pronombres, yo y no-yo.

 

 

del folleto El posesivo usado como bebida (yo)

Pila de derechos de los animales

 

Un fenicio registró por primera vez la palabra gorila .

Este fue Hanno el Navegante que viajó desde Cartago a lo largo de la costa de África occidental en el siglo VI a.

Su bitácora contiene esta entrada: Llegamos a una isla de salvajes.
La mayoría eran mujeres con cuerpos peludos a quienes nuestros intérpretes llamaban “gorilas”. Los perseguimos pero no pudimos conseguir ningún macho, ya que eran buenos trepadores. Tenemos tres mujeres que mordieron y arañaron. Así que los matamos y los desollamos y trajimos sus pieles a casa.

Plinio el Viejo atestigua que en el templo de Tanit en Cartago se exhibían pieles de gorila hasta que los romanos lo destruyeron.

Según los lingüistas, la palabra gorila se traduce en un término kikongo para «animal poderoso que se golpea a sí mismo con violencia».

Ensayo sobre las cosas en las que más pienso

 

En el error.
Y en sus emociones.
Estar a punto del error es una condición del miedo.
Estar en medio del error es estar en un estado de locura y de derrota.
Darte cuenta de que has cometido un error produce vergüenza y remordimiento.
¿O sí?

Veamos.
Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error
es un suceso mental interesante y valioso.
Cuando habla de la metáfora en su Retórica,
Aristóteles dice que hay tres tipos de palabras:
las extrañas, las ordinarias y las metafóricas.
“Las palabras extrañas simplemente nos descolocan;
las palabras ordinarias nos transmiten lo que ya sabíamos;
usando metáforas es como nos topamos con lo nuevo y con lo fresco”

¿En qué consiste esa frescura de las metáforas?
Aristóteles dice que la metáfora hace que la mente se experimente a sí misma
en el acto de cometer un error.
Ve la mente como algo que se mueve a lo largo de una superficie plana
hecha de lenguaje ordinario
y luego de repente
esa superficie se rompe o se complica.
Emerge lo inesperado.

Al principio parece raro, contradictorio o incorrecto.
Y después sí tiene sentido.
Y es en ese momento cuando, según Aristóteles,
la mente se dirige a sí misma y se dice:
“¡Qué verdad es! ¡Y aun así cómo lo había malinterpretado yo todo!”
Es posible aprender una lección de los errores auténticos de las metáforas.
No es solo que las cosas no son lo que parecen,
y de ahí que nos confundamos;
además, dicha equivocación es en sí valiosa.

Pero esperad un momento, dice Aristóteles,
hay mucho que ver y sentir por ahí.
Las metáforas le enseñan a la mente
a disfrutar del error
y a aprender
de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es.

Hay un proverbio chino que dice:
un pincel no puede escribir dos caracteres en la misma pincelada.
Y aun así
eso es justamente lo que hace un buen error.

Veamos un ejemplo.
Es un fragmento de cierto poema griego antiguo
que contiene un error de aritmética.
Por lo visto el poeta no sabe
que 2+2=4.
[?] lo cual hacen tres estaciones, verano
e invierno y en tercer lugar otoño
y en cuarto lugar primavera cuando
hay florecimientos pero comer suficiente
no lo es.

Alkman vivió en Esparta en el s. VII a.C.
Entonces Esparta era un estado pobre
y es improbable
que Alkman llevara una vida de rico bien alimentado.
Este hecho es el contexto de sus observaciones
que desembocan en el hambre.

Siempre tenemos la sensación de que el hambre
es un error.
Alkman hace que experimentemos este error
con él
mediante un uso efectivo del error computacional.

Para un poeta espartano pobre sin nada
en sus bolsillos
al final del invierno,
ahí viene la primavera
como una ocurrencia a deshora de la economía natural,
la cuarta en una serie de tres,
desequilibrada su aritmética
y su verso yámbico.

El poema de Alkman se parte en dos a mitad camino con ese metro yámbico
sin dar ninguna explicación
sobre de dónde viene la primavera
o sobre por qué los números no nos ayudan
a controlar mejor la realidad.

Tres cosas me gustan del poema de Alkman.
Primero, que es pequeño,
ligero
y económico de una manera más que perfecta.

Segundo, que parece sugerir la presencia de ciertos colores como el verde pálido
sin ni siquiera nombrarlos.

Tercero, que consigue sacar a relucir
algunas preguntas metafísicas de primer orden
(como la de Quién hizo el mundo)
sin un análisis excesivo.
Fijémonos en que en el predicado verbal “lo cual hacen” en el primer verso
no hay sujeto: [?]Es muy poco habitual en griego
que el predicado verbal no tenga sujeto; de hecho,
es un error gramatical.

Si les preguntáis, los filólogos estrictos os dirán
que este error no es más que un accidente de transmisión,
que el poema tal y como nos ha llegado
con toda seguridad es un fragmento suelto
de un texto más extenso
y que es casi seguro que Alkman nombró
al agente de la creación
en los versos precedentes.

Bueno, puede ser.
Pero, como sabéis, el principal objetivo de la filología
es reducir todo placer textual
a un mero accidente histórico.
Y no me siento cómoda con la idea de que podemos saber exactamente
qué es lo que quiere decir el poeta.
Por lo tanto, dejemos el interrogante aquí
al comienzo del poema
y admiremos la valentía de Alkman
a la hora de confrontar aquello que queda entre paréntesis.

La cuarta cosa que me gusta
del poema de Alkman
es la impresión que da
de hacer que se desembuche la verdad, en contra de sí misma.
Muchos poetas aspiran
a conseguir este tono de lucidez inadvertida
pero pocos se dan cuenta tan fácilmente como Alkman.
Por supuesto, su simplicidad es un fake.
Alkman no es para nada simple,
es un maestro de la organización
(o lo que Aristóteles llamaría un “imitador”
de la realidad).

La imitación (mímesis, en griego)
es el término que utiliza Aristóteles para designar a los errores auténticos de la poesía.
Lo que me gusta de este término
es la facilidad con la que admite
que aquello con lo que nos las vemos cuando hacemos poesía es el error,
la obstinada creación del error,
el rompimiento deliberado y la complicación de los errores
de los cuales puede emerger
lo inesperado.

Así que un poeta como Alkman
deja a un lado el miedo, la ansiedad, la vergüenza, el remordimiento
y el resto de emociones tontas que asociamos con el hecho de cometer errores
para aceptar
la verdad verdadera.
La verdad verdadera en el caso de los humanos es la imperfección.

Alkman rompe con las reglas de la aritmética
y hace peligrar la gramática
y no da pie con bola en cuanto a la forma métrica de sus versos
para llevarnos a aceptar este hecho.

Al final del poema el hecho sigue ahí
y probablemente Alkman no tiene menos hambre.
Sin embargo, algo ha cambiado en el coeficiente de nuestras expectativas.
Porque, haciendo que nos equivocáramos,
Alkman ha perfeccionado algo.
Sí, ha mejorado algo, ha mejorado algo de una manera
más que perfecta.
Con un solo pincel.

Tres

 

Tres mujeres silenciosas en la mesa de la cocina.
La cocina de mi madre es oscura y pequeña pero del otro lado de la ventana
está el páramo, paralizado con hielo.
Se extiende hasta donde alcanza la vista

a lo largo de kilómetros planos hasta un cielo blanco sólido no iluminado.
Mamá y yo estamos masticando lechuga cuidadosamente.
El reloj de la pared de la cocina emite un bajo zumbido irregular que salta

una vez en el minuto justo de las doce.
Tengo a Emily pág. 216 abierta y apoyada sobre la azucarera
pero furtivamente estoy observando a mi madre.

Miles de preguntas chocan contra mis ojos desde adentro.
Mi madre está estudiando su lechuga.
Paso a la pág. 217.

“En mi fuga a través de la cocina tropecé con Hareton
quien ahorcaba una camada de cachorros
desde el respaldo de una silla en la puerta. . .”

Es como si a todas nos hubieran bajado dentro de una atmósfera de vidrio.
De tanto en tanto un comentario atraviesa el vidrio.
Impuestos en el lote de atrás. No es un buen melón,

falta para los melones.
La peluquera del pueblo encontró a Dios, cierra la tienda cada martes.
De nuevo hay ratones en el cajón de los repasadores.
Pequeñas bolitas. Mordieron

los bordes de las servilletas, si supieran
lo que cuestan las servilletas de papel hoy en día.
Esta noche llueve.

Mañana llueve.
Ese volcán en las Filipinas otra vez activo. Esa que no me acuerdo el nombre
Anderson se murió no Shirley no

la cantante de ópera. Negra.
Cáncer.
No estás comiendo tu guarnición, ¿no te gustan los pimientos?

Por la ventana puedo ver hojas muertas que atraviesan las tierras planas
y residuos de nieve herida por la mugre de los pinos.
En el centro del páramo

donde la tierra desciende hacia una depresión,
el hielo ha comenzado a abrirse.
Llegan aguas abiertas y negras

cuajadas como la ira. Mi madre habla repentinamente.
Esa psicoterapia no te está ayudando tanto, me parece.
No lo estás superando.

Mi madre tiene esa manera de resumir las cosas.
A ella nunca le había gustado Law
pero le gustaba la idea de que yo tuviera un hombre y que continuara con mi vida.

Pues él es de los que toman y tú de las que dan espero que funcione,
era todo lo que dijo después de haberlo conocido.
Dar y tomar eran sólo palabras para mí

en ese momento. Nunca antes había estado enamorada.
Era como una rueda que bajaba rodando una colina.
Pero temprano esta mañana mientras mamá dormía

y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas
donde Heathcliff se aferra a la celosía durante la tormenta sollozando
¡Entra! ¡Entra! al fantasma del tesoro de su corazón,

caí de rodillas sobre la alfombra y también sollocé.
Ella sabe cómo ahorcar cachorros,
esa Emily.

No es como tomarse una aspirina, sabes, le respondo débilmente.
La Dra. Haw dice que el duelo es un proceso prolongado.
Ella frunce el ceño. ¿Y qué se logra

con todo ese remover el pasado?
Oh—extiendo las manos—
¡Yo me impongo! La miro directamente a los ojos.
Ella sonríe. Sí lo haces.

Anne Carson, Canadá, 1950