Tu nombre es Maud

(Homenaje a W. B. Yeats)

Ahora que ya tengo tu rechazo
condesgarrándome el pecho,
corre, quema etapas, apresúrate,
y con él, o con otro, da lo mismo,
ten una hija hermosa que te copie.

Renovada tu imagen, la esperaré,
para repetir mis yerros.

The last rose of summer

“Sabiendo que nunca me equivoqué
sino en las cosas que yo más quería”
Luis Rosales

Gracias a ti, excesivo aire acondicionado,
que acatarras mi imagen
y ya puedo aparecer congestionadamente
disimulando las lágrimas

(de haber sido en primavera
hubiera tenido que pretextar
la primera alergia de mi vida);

y gracias, Luis Rosales: tu “Autobiografía”
es con, su desolación, estética coartada,
y portas sobre tus hombros mi fracaso.

Este verano, súbitamente,
el primer día de mi invierno.

Ardbeg Uigeadail

El mejor malta del mundo
en la Jim Murray’s Whisky Bible 2009,
pero no por su sabor ahumado o su recuerdo
a arenques en salazón
según una prueba de cata;

no, el mejor
porque lo probé contigo una tarde
cuando aún el amor era posible.

Hoy daría todos sus barriles
por una sola gota
de agua –aunque fuera del grifo–
abrazándote en la cocina.

¡Single Malt! Desde que tú te fuiste,
más solo que nunca.
Y, como afirma la cata, persistente.

Whisky con hielo

I

Entre 700 y 1.000 años
de edad tiene este hielo
desprendido de un glaciar,
su transparencia en el whisky.

Trescientos años de margen de error:
cuatro o cinco veces el plazo
de mi existencia.

Agua de muchas vidas.

Uisge bheatha.

II

Ayer,
contigo,
el mejor whisky del mundo
con un agua común.

Pero hoy cambian las tornas:
muy lejos,
el mejor hielo del mundo
–tardará mucho en licuarse–
y un whisky corriente.

Y si es cierto que entonces
te tenía junto a mí,
hoy ocupas mi pensamiento,
destellando aún
como el hielo en el vaso
cuando el whisky se ha ido.

III

Es un buen whisky de 12 años.
Mezclado con el hielo de 800,
hacen buena pareja.
Qué importan, pues, los otros doce
que a ti y a mí nos separan.

Cuando todo termine,
aún te seguiré amando;
como este hielo
que, cristalino y puro,
no se derrite.

El frigorífico

NUESTRO diccionario no cuenta
con voz exacta para su sonido,
una onomatopeya que describa
este ruido que ahora
emite lamentándose.

Como tripas sonando
tras mala digestión o hambre de antiguo,
él, que guarda nuestra comida,
suelta la queja de un mamut
que duerme y sueña
en esa glaciación discreta
tras de la puerta blanca.

Solloza lastimero,
y te dan ganas
de darle unas pastillas
del cajón silencioso que hay al lado.

¿Qué nos quiere decir, tan gemebundo?
¿Por qué musita con sus labios yertos
en su intestino oscuro?

¿Nos reprenden la carne, las verduras,
por no estar presos, y seguir
a su costa nuestro destino
de estar afuera y vivos, escuchándolo?

Dentro

El arado, el timón, tus finos dedos
en mi pelo, en el mar, en los terrones.
Todo navega, siembra, me acaricia.
Todo cumple su fin, sigue su curso,
obediente a su ser y su destino.
La reja, el gobernalle, tus apéndices
hundiéndose, entrañándose, sumiéndose
en lo negro, en lo azul, en lo rojizo.

Antonio Rivero Taravillo, poeta

Recuerdo en el balcón

«Cuántos ciclos florecidos»
Luis Cernuda

Era un ritual de primavera:
con una lata de pintura
florecían, verdes, los tiestos,
y hojas de periódico acogían
goteante su polen
llevado por las patas de la brocha.

El barro desconchado retoñaba.
Y como halos de santidad
de la sagrada vida,
en el papel impresos
los cercos circulares:
bocas bostezantes que engullían
el mundo con sus labios de asombro.

Todo se vuelve ahora
un recuerdo tan vivo
que se torna presente.

Vuelta, la tapadera es un espejo
del sol arriba,
brocal por el que sube
toda el agua del cielo.

En la lata vacía la luz quiere
entretejer el oro con su plata,
con troquelada alquimia
cambiar su acuñación.

El niño que pintaba las macetas
lo sigue haciendo
cambiando aquella brocha por la pluma,
el pincel por el lápiz.

Y gira sobre sí, redonda y pura,
en el torno del tiempo la memoria.

Cambridge

Como en una librería de viejo,
en esta bocacalle de la vida
he abierto el volumen que guardaba,
prensada flor, una presencia
aún más elocuente que sus páginas.

Lo mismo que la pértiga en el río,
estas fotografías
me impulsan
no hacia delante, hacia atrás,
ahora que es invierno hacia el verano.

Se deshace la estela bajo el sauce
y sin embargo, inmóvil,
es un espejo;
árbol de hoja perenne,
en él cantan los pájaros de entonces.

Caja con fotos

Instantáneas, retratos,
posados y espontáneos testimonios
con brillo, mates, grandes, diminutos,
las esquinas dobladas, recortados los bordes,
de niños y de ancianos, con mascotas y coches
y polvo porque el mundo estaba haciéndose
y no existían aún ciertas calles.

Fugaces gestos ya nunca cambiantes,
abarquilladas cartas que el pasado
franquea con espejos fragilísimos
que rompen a menudo el cristal de los ojos,

tejas de cartulina de una casa olvidada
en que retumba el eco.

Revueltas, las imágenes felices
con todas las angustias en potencia:
este censo de seres que se asoman
por unos ventanales empañados,

y al dorso tantas fechas
y nombres de lugares, manuscritos
por enterrados huesos.

El azar barajó lo que es seguro,
sus décadas distintas hacia un fin:

la unión, la desunión en otro ámbito
en que nada es inmóvil sino inerte.

Las cáscaras de frutos que se fueron.

Sus mondaduras.