El egoísmo

 

Es para nosotros una gran fortuna que la prudencia y la urbanidad arrojen su manto encima y nos impidan ver cuán general y recíproca es la malevolencia y cuán vigente se halla, cuando menos en los espíritus, el bellum omnium contra omnes. Además, se descubre a veces el fondo; por ejemplo, en las horas tan frecuentes en que campea la malevolencia más implacable en ausencia de sus victimas. Pero donde se le ve en todo su esplendor es en los raptos de cólera; en algunas ocasiones están en completa desproporción con su causa ocasional; y ¿de dónde sacarlan tanta impotencia, si semejante a la pólvora en el fusil, no se hubiera comprimido la cólera en el estado de odio largo tiempo empollado en el secreto? Una de las grandes causas de la malevolencia son los conflictos que a cada paso estallan inevitablemente entre los egoísmos. También encuentra excitantes entre los objetos; es el espectáculo de las faltas, de los errores, de las debilidades, de las locuras, de los defectos y de las imperfecciones de toda clase, el que expone cada uno de nosotros en número mayor o menor, al menos en algunas ocasiones, a las miradas de los demás. Espectáculo tal, que a más de un hombre, en las horas de melancolía o de hipocondría, se le aparece el mundo desde el punto de vista estético como un museo de caricaturas; desde el punto de vista intelectual, como una casa de locos, y desde el punto de vista moral, como un albergue de foragidos. Cuando este humor es persistente, se llama misantropía. En fin, una de las fuentes más poderosas de la malevolencia es la envidia, mejor dicho, es la malevolencia misma, excitada por la dicha, los bienes y las demás ventajas que vemos en otro. Nadie está exento de ella. Ya lo decía Herodoto (III, 80): «Desde el origen del mundo, la envidia es innata entre los hombres … Pero tiene muchos grados. Nunca perdona menos ni es más venenosa que cuando se apresa en las cualidades de la misma persona, porque entonces ya no queda esperanza al envidioso; nunca es más envilecedora, porque nos hace odiar lo que deberíamos amar y honrar. Pero así caminan las cosas. “Más que en nadie, la envidia se ceba en los que por sus propias alas han volado y huído de la jaula común», decía ya el Petrarca. En ciertos respectos, el gozo maligno es el distintivo de la envidia. Sin embargo, sentir envidia es propio de un hombre; gozar con alegría perversa es propio de un demonio. No hay indicio más infalible de un corazón decididamente malo y de una profunda corrupción moral, que el hecho de haber saboreado, aunque sólo sea una vez, sosegadamente, con toda su alma, dicho goce. Hay que desconfiar siempre de aquél que lo haya disfrutado. “Hic niger est; hunc tu, Romane, caveto”. En si la envidia y el gozo maligno son disposiciones completamente teóricas; en la práctica se convierten en la maldad y en la crueldad. El egoísmo puede conducirnos a faltas y crímenes de toda especie; pero el mal y el sufrirniento que con él infligimos a los demás, son para el egoísmo un simple medio, no un fin; no los acusa, pues, más que por accidente. Al contrario, la maldad y la crueldad hacen de los sufrimientos y de los dolores de otro su propio fin; alcanzar este fin, tal es su placer. Así hay que ver aquí un grado más profundo en la perversidad moral. La máxima del egoísmo refinado es: “Neminem juva; imo omnes , si forte conducit (siempre hay una condición) loede”. La máxima de la maldad es: “Omnes, quantum potes loede”. Si el gozo maligno no es más que una disposición teórica para la crueldad, la crueldad no es más que esa disposición puesta en práctica: una y otra se manifestarán en la primera ocasión favorable.

Proseguir en el detalle los vicios que nacen de estos dos primeros factores, es una investigación que estaría en su lugar en una ética completa, pero no aquí. Entonces seria preciso deducir del egoísmo la glotonería, la embriaguez, la lujuria, la preocupación de nuevos intereses, la avidez, la avaricia, la iniquidad, la dureza de corazón, el orgullo, la vanidad, etc.; y del espiritu de odio, los celos, la envidia, la malevolencia, la maldad, la disposición a regocijarse con el mal, la curiosidad indiscreta, la maledicencia, la insolencia, la violencia, el odio, la cólera, la perfidia, el espíritu de venganza, la crueldad, etc. El primer principio es más bien bestial, el segundo con preferencia diabólico. Siempre es uno de ambos el que domina, exceptuando allí donde dominan los principios morales, de los que hablaré más adelante, y de ahí las grandes líneas de una clasificación moral de los caracteres. Por otra parte, no hay hombre que no se encuentre comprendido en alguno de esos tres grupos.

He concluido con esa espantosa revista de las potencias antimorales que recuerda la de los príncipes de las tinieblas en el Pandemonium de Milton. Pero mi plan lo exigía: yo tenía que analizar estos aspectos sombríos de la naturaleza humana. En esto quizá se separa mi vía de la de todos los demás moralistas. Se parece a la de Dante, que en un principio conduce a los infiernos.

Cuando de esta manera se han contemplado de una ojeada las tendencias contrarias a la moralidad, se ve cuán dificil es resolver el problema de descubrir un motivo capaz de resistir a esos instintos arraigados con tanta fuerza en el hombre y de conducirnos en una vía completamente opuesta; o bien, si la experiencia nos presenta ejemplos de hombres empeñados en esta vla, lo dificil consiste en dar explícación de estos hechos de una manera satisfactoria y natural. Es tan penoso el problema, que para resolverlo en provecho de la humanidad tomada en masa, siempre tuvo que ayudarse con máquinas tomadas de otro mundo. Siempre se ha dirigido a dioses cuyos mandamientos y prohibiciones determinaban toda la conducta que había que seguir; dioses que, por otro lado, para apoyar tales órdenes, disponían de penas y de recompensas en otro mundo, al que nos transporta la muerte. Admitamos que pueda hacerse general un creencia de esta especie, como en efecto es posible si se imprime en espíritus aun muy tiernos; admitamos además la tesis, que no es fácil de sentar y que los hechos apenas justifican, de que semejante disciplina produzca los resultados que de ella se esperan. Todo lo que se conseguiría con esto sería hacer que las acciones de los hombres estuvieran conformes con la legalidad, y esto con independencia de los limites en que se encierran la policía y la justicia; pero todos saben muy bien que allí no habría nada semejante a lo que propiameme llamamos moralidad de las intenciones. Evidentemente, todo acto inspirado por motivos de este género, tendría su base en un puro egoísmo; porque, ¿qué desinterés puede existir cuando me encuentro solicitado por una promesa de recompensa que me seduce y una amenaza de castigo que me impulsa?

Si creo firmemente en una recompensa en otro mundo, ya no puede tratarse más que de venta jas a más larga fecha, pero con mejor garantía. Los pobres a quienes socorremos no dejan de prometernos para el otro mundo una recompensa que equivaldrá a mil veces nuestra limosna; hasta un avaro, después de esto, podría distribuir limosnas, muy persuadido de que al hacerlo se asegura una buena colocación, y que, en el otro mundo, resucitará en la piel de un Creso. Exhortaciones de esta clase pueden bastar para la masa del pueblo, y por eso las diversas religiones, esas metafísicas para uso del pueblo, se las repiten. Además, es de notar aquí que en algunas ocasiones nos engañamos tanto sobre los motivos de nuestros propios actos como sobre los de otro; as!, más de uno que para darse razón de sus actos más nobles no sabe invocar más que motivos del orden de que se trata, en realidad se decide por causas más elevadas y más puras, pero de las cuales es mucho más difícil darse cuenta, y realiza por amor al prójimo ciertos actos que no pueden explicarse sino por su sumisión a Dios. Pero aquí, como en todas partes, la filosofía busca la verdadera, la definitiva solución, la solución que se encuentra en la misma naturaleza del hombre, una solución independiente de toda forma mítica, de todo dogma religioso, de toda hipótesis trascendente, y quiere descubrirla en la experiencia, ya exterior, ya interior. Pero la cuestión actual es de orden filosófico. Tenemos, pues, que rechazar en absoluto toda solución subordinada a una fe religiosa, y si he recordado semejantes soluciones, es únicamente para poner de manifiesto toda la dificultad del problema.

“Llamamos perverso a un hombre que, no contenido por fuerza alguna exterior, no desperdicia ocasión, de obrar injustamente. Según nuestra definición de la injusticia, esto quiere decir que semejante hombre no se limita a afirmar su voluntad de vivir tal como se manifiesta en su cuerpo, sino que lleva a negarla en otros individuos” (…) “La intensidad del deseo de vivir es excesiva en tal individuo y rebasa la mera afirmación de su propio cuerpo; su conocimiento, sometido exclusivamente al principio de razón y preso en el principium individuationis, se atiene tercamente a la distinción que este último establece entre su cuerpo y el de los demás, procurando su bienestar, sin importarle el ajeno, y considerando a los demás seres como extraños a él y separados de su individualidad por un abismo, o mejor, como si fueran fantasmas y no seres reales. Estos elementos constituyen la base del hombre perverso.” (…) “La naturaleza se contradice directamente a sí misma según hable desde un punto de vista individual o desde uno general, desde dentro o desde fuera, desde el centro o desde la periferia. Su centro lo tiene en cada individuo, pues cada uno es toda la voluntad de vivir. De ahí que, aun cuando ese individuo sea tan sólo un insecto o un gusano, la naturaleza habla desde él diciendo: Sólo yo soy todo en todo; lo único que importa es mi conservación y todo lo demás puede irse a pique, al no ser propiamente nada. Así habla la naturaleza desde el punto de vista particular, o sea, desde la autoconciencia y sobre eso descansa el egoísmo de todo ser vivo.”

Algunos conceptos básicos en Schopenhauer

 

ABSURDO: El mundo es ‘voluntad y representación’, sin embargo toda voluntad acaba en la muerte y toda representación nos deja con el mal sabor de boca de la superficialidad. El mundo expresa, pues, su absurdo ontológico, existe sin causa ni meta, (sin qué y sin por qué). La voluntad produce y reproduce el mundo ciegamente.

DOLOR: Para Schopenhauer el dolor es consustancial a la vida. ‘Vivir, por regla general, significa experimentar una serie de desgracias, grandes o pequeñas’. El dolor puede ser físico o psíquico y provocado por la violencia física de nuestros semejantes, por la naturaleza física, brutal, que nos rodea, o por la simple maldad moral que nos caracteriza en cuanto a especie.

EGOISMO: Al afirmarse en los organismos vivos, la voluntad obedece a un principio de individuación. Pero mientras en los animales la voluntad como instinto genérico (de pertenencia a una especie) vence al instinto individualizador, en cambio los humanos se creen únicos, distintos, y en su diferencia ocultan lo genérico. Cada ego se imagina que encarna algo incomparable, único, central, alrededor del cual gira todo el universo. Observando un patio de colegio a la hora del recreo ya se observa la guerra de todos contra todos de Hobbes; el egoísmo es pueril pero expresa la condición humana. Schopenhauer llegó a escribir que ‘Más de unos sería capaz de matar a sus semejantes y usar la grasa de los cadáveres pera limpiarse los zapatos’.

ESPECIE: Motor secreto de la voluntad que no obra para el bien del individuo, sino para la vida en tanto que vida de especie que se impone sobre cada humano en particular.

HASTÍO: ‘Enfermedad del tiempo’. Sensación de retorno del tiempo, de tiempo sin futuro, de banalidad de la representación, característica de la vida humana. En el hastío en vez de esperar que llegue el futuro, esperamos que llegue el pasado.

HUMANO: Mientras el animal vive en lo indiferenciado, en los humanos la voluntad engendra el intelecto. Y con el intelecto nace la capacidad para sentirse diferente, para sorprenderse/extrañarse de la propia existencia. Pero no se trata de una sorpresa agradable; más bien lo que caracteriza lo humano es una ‘estupefacción dolorosa’ ante la miseria de la vida. Forma parte de la condición humana saber que hemos de nacer y de morir. Por eso, por la brutal lucidez que nos produce la muerte en tanto que falta de sentido, el humano es un ‘animal enfermo’ o un ‘animal metafísico’

MÚSICA: Arte supremo en la medida que es forma inmaterial. Como el dolor se vincula a la materia y en la música no la hay, la música se constituye como el arte consolador por experiencia.

REPETICIÓN: Forma del mundo.

REPRESENTACIÓN: Cuando la voluntad se encarna en un organismo se produce la ‘representación’; en la representación la voluntad se comporta como objeto para ella misma. O dicho de otra manera: mediante la representación, el mundo toma forma de fenómeno y de especulación más o menos fantástica (religión, creencia, superstición) o de conocimiento objetivo (ciencia). Pero toda representación no puede más, en el fondo, que dejarnos insatisfechos.

VOLUNTAD: fundamento último de todo lo que se mueve. Se trata de una fuerza ciega, inconsciente, implacable e inagotable. La voluntad es cósmica, es decir, común a humanos, animales, planetas y estrellas.

La voluntad de Schopenhauer: del egoísmo a la aniquilación de la individualidad

 

“Los hombres se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles.”
A. Schopenhauer, Parerga y Paralipómena

 

 

Arthur Schopenhauer, filósofo pesimista que reinterpreta a la epistemología kantiana y se vislumbra como el vitalista donde Freud podría ligarse, toma como concepto clave la voluntad, entendida como el deseo de querer vivir, de llenarse, de satisfacerse y desear más y más encontrando siempre una imposibilidad para ello, de ahí que se hable de insatisfacción, frustración, dolor; esto es lo que permanece y que sólo es atenuado por cortos lapsos de placer.

La filosofía debe ocuparse del amor, dirá Schopenhauer. Es ese sentimiento donde se puede pensar que la individualidad se expresa de la mejor manera, sin embargo, es justamente ahí donde se encuentra el instinto procreador y la voluntad vitalmente emparentada con la naturaleza, pone al hombre en una situación donde él no es dueño de sus posibilidades y que está determinado por sus instintos biológicos fundamentales, sin embargo se forma un velo, se vuelca en falsas ilusiones pretendiendo engañarse acerca del verdadero fin de sus acciones. Hablo específicamente del enamoramiento cuya consumación, según el autor, es meramente para la conservación de la especie, el amor como medio, nunca como fin: perpetuar el género humano. Es el instinto erótico y no otra cosa, la forma en que el hombre es inducido de otra manera y ante un mundo tan desolado nunca pensaría en crear otro individuo para que viviera en este lugar que nada tiene para él, esa voluntad que envuelve a través de un entusiasmo vertiginoso anulando el Yo, concentrando todas las fuerzas empujando al hombre a sacrificar totalmente la individualidad, casi siempre inconscientemente.

Todas las formas del amor, en raíz, tienen encapsuladas el instinto sexual que se vale del éxtasis de atracción, es decir, la conveniencia de ver en conjunto las características necesarias en el Otro para imaginar la unión y perpetuar la especie. El hombre lo que busca es mejorar la misma, guiado por su instinto aunque en el proceso falsamente imagine que su búsqueda es una satisfacción hedonista, a través de la ilusión disfrazada y embaucadora de la voluptuosidad cuya esencia se verá explícitamente descubierta en la inclinación hacia la belleza que es de lo que depende la conservación del tipo de especie y que actúa de forma imperiosa asegurando la adecuada procreación: el hombre se sumerge en la mirada de la mujer no buscando empatía, observando sus circunstancias externas y visibles al instante: la edad, su condición de salud y el cuerpo y su estructura. De la edad poco podemos mencionar, más que en ella se encuentra la posibilidad o la imposibilidad de procreación y por tal es que su búsqueda radica en jóvenes en edad reproductiva que se encuentran entre los dieciocho y veintiocho años, las mujeres fuera de ese rango causarán aversión, lo mismo que la mujer enferma crónicamente. Respecto a la anatomía, es el fundamento del tipo de la especie, que se mueve a través de escudriñar el cuerpo femenino evitando siempre los defectos, donde lo que se busca es lo que no se tiene de propio, es decir, el hombre alto mostrará interés por la mujer de estatura más baja. Un talle recto, una boca pequeña, dientes sanos y pechos turgentes son los elementos que asegurarían un nuevo ser perfectamente apto, lo que la naturaleza incitaría a reconocer y perseguir en el enamoramiento. Sin embargo, aún eso está destinado a causar desilusión en él, ya que después de alcanzado el goce del orgasmo, se encontrará con el sentimiento de tristeza al ver su ímpetu y deseo, reducido a una saciedad sexual y no más. Sin embargo, es el vitalismo puro que lo hará entrar en ese ciclo donde el hombre porta un instinto que lo vive en un primer plano de forma individual fundada en una ilusión de felicidad personal, pero que está dirigido al bienestar y la perpetuidad de la especie, no para él.

Entendemos pues, que la voluntad de vivir es la tracción que motiva al hombre y que de hecho éste es un impulso que perpetúa no sólo a su especie, sino su experiencia fenoménica; es decir, cómo la voluntad se manifestará al menos en apariencia. Es la fuerza que actúa como fundamento universal y verdadera sustancia de toda la realidad y que empuja al hombre a sacrificarse por su especie. Puede ser esto una desagradable postura para aquellos hombres y mujeres idealistas y románticos, que buscan la dicha perfecta en el acoplamiento de uno y el otro en beneficio de su interés personal pero que finalmente, todo obedece a un ardid de la naturaleza para mantener vigencia en nuestra especie.

 

 

 

Bibliografía
Belaval, Yvon, La filosofía en el siglo XIX, tomo 8 de la Historia de la Filosofía, Siglo XXI, México, 1990, págs. 67-94
Gispert, Carlos de, Atlas Universal de Filosofía, Océano, España, 2008, págs. 923-932
Schopenhauer, Arthur, Metafísica del amor Metafísica de la muerte, Folio, 2007, págs. 7-54

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