Diferencia claramente nacionalismo de separatismo. Y carga con dureza contra éste último, sobre todo, contra quienes lo han promovido: Artur Mas, Carles Puigdemont y sus fieles. Fernando Savater (San Sebastián, 1947), reconoce que el separatismo que se ha impuesto en Cataluña agrede los derechos de los ciudadanos, a quienes, al mismo tiempo, tiene desconcertados por los constantes cambios de opinión y de rumbo del proceso independentista. Ensalza las muestras de unidad del resto de la sociedad española y considera que, en parte, la solución pasa por controlar la educación para así evitar el adoctrinamiento en las aulas. El independentismo, asegura, ha creado un tipo de ciudadano que detesta la palabra España.

–¿Qué le parece que la juez Carmen Lamela haya dictado una orden europea de detención contra Puigdemont y sus ex consejeros fugados?

–Hombre, yo supongo que tendrá lógica que si hay unos señores investigados a los que se les llama para juzgarlos y no acuden, pues hay que hacerlos volver de alguna manera.

–Los contrarios a la resolución de la magistrada hablan de fascismo, como por ejemplo algunos miembros del Gobierno belga o el propio Pablo Iglesias, quien dice que se avergüenza del país…

–Yo ya ni entro a valorar todas estas opiniones que rozan la estupidez sectaria, como las cosas que hay que oír en boca de Pablo Echenique. En España se han sucedido una serie de delitos muy graves que han amenazado nuestro país y deben ser juzgados.

–Junqueras y ocho ex consejeros ya están en prisión por su constante desobediencia. ¿Hubieran llegado tan lejos si hubieran imaginado este desenlace?

–Es que es absurdo pensar que a un señor que haya cometido un delito de corrupción lo metan en la cárcel y que estos separatistas se hubieran ido de rositas. Me da alipori pensar que no hubiera represalias para ninguno de ellos. Bárcenas ha hecho burbujas con una pajita comparado con el daño que Puigdemont ha hecho a España.

–Un daño que ha creado dos bandos de ciudadanos enfrentados en Cataluña, incluso entre familias…

–Sin duda. El separatismo se ha impuesto al nacionalismo.

– ¿Son Mas y Puigdemont los responsables de esta fracción?

–Ellos lo han promovido. El nacionalismo es un sentimiento de narcisismo colectivo que, creo, acompaña a todos los grupos humanos. Nos gusta ser de los nuestros: las croquetas mejores son las que hace nuestra abuelita, los hijos más monos son los que hemos tenido nosotros… Desde ahí hasta llegar a los países, sin olvidar que en el pasado se sucedieron dos guerras motivadas por los nacionalismos. Es algo con lo que tenemos que convivir. Es como el nacionalismo individual: Freud decía que en la cordura de todos los individuos siempre hay un poco de narcisismo. Pero el separatismo es otra cosa diferente: es usar el motor del nacionalismo para hacer una agresión a los derechos de los ciudadanos. El separatismo dentro de una democracia es querer oponer unos ciudadanos a otros y destruir el concepto de ciudadanía compartida, que es la base de la democracia, y ahí está el mal. Y es lo que está sucediendo en Cataluña, como también sucedió en el País Vasco.

–Puigdemont se comportó como un novio indeciso a lo largo de todo el procés con sus constantes cambios de opinión. ¿Qué ha generado en la sociedad –tanto en independentistas como en los que creen en la unidad– este baile?

–Lo que ha provocado es llegar a conseguir que la gente esté bastante harta. Es un permanente «coitus interruptus» que hace que la gente, en el fondo, esté bastante desconcertada, en plan: «Si esto no se lo cree ni usted, ¿cómo nos va a convencer al resto?»

–Acostumbra decir que los colectivos son invenciones abstractas. En el caso del secesionista catalán, vemos que tiene mucho peso. ¿O no tanto?

–Los colectivos no existen en el sentido físico. Son fruto de la imaginación humana, aunque eso no quita para que sean reales, pero de otra manera. Nunca se sabe cuántos de verdad son separatistas y cuántos se quedan callados porque piensan que tampoco es bueno significarse. Los colectivos separatistas suelen ser agresivos, combativos, y la gente no quiere oponerse a ellos, les baila el agua y los acepta. En las democracias, normalmente se opone el número de votos frente al activismo. Los activistas son pocos, pero su energía consigue sustituir al escaso número de fieles que tienen. Y luego, cuando vota la gente, pues resulta que son más personas de las que parecían, pero hasta que llega ese momento no mueven un dedo. El activista, y en lo que nos ocupa el catalán, está todo el día en la calle y actuando.

–¿Cree que este desapego a España que han creado los secesionistas, hasta considerarlo un enemigo, puede tener una cura?

–Tiene que tenerla, porque nos jugamos mucho en ella. En Cataluña, como ya ocurrió en el País Vasco, se ha inventado un tipo humano por medio de la educación y de la presión mediática que antes no existía. Siempre ha habido nacionalismos, pero no ese sentimiento actual de que no podemos estar unos con los otros y que caracteriza al separatismo. No es ya tanto el amor a los suyos, sino el odio a los demás. Ese personaje que detesta la palabra España y todo lo que huela a ella ha sido completamente fabricado por una educación sin escrúpulos, como la que ha habido en Cataluña, y por unos medios de comunicación que son verdaderamente incalificables.

–¿Debería el Estado recuperar más competencias educativas para de esta manera evitar ese adoctrinamiento en las aulas?

–La única explicación que hay para la descentralización es que así funcionemos mejor. Se pensó que un Estado, en vez de estar totalmente congestionado en la centralización, se puede descongestionar descentralizando una serie de funciones en la autonomía y que de esta manera el conjunto funcionara mejor. Pero la única justificación para esa descentralización es que el conjunto funcione mejor, no que sirva para dar cauce a unos supuestos derechos irrenunciables. Si se ve que no funciona mejor hay que recuperar parte de esas funciones.

–Si se puede sacar algo positivo de toda esta situación, parece que el independentismo ha servido, por el contrario, para reforzar el sentimiento de unidad en España.

–Eso es quizás lo más importante: que la sociedad está reaccionando ante estos ataques. Como se demostró, por ejemplo, en la manifestación a favor de la unidad que hubo el día 8 de octubre en Barcelona. Yo creo que todavía no le hemos dado la importancia suficiente: todo el mundo sabe que fue la más grande convocada de la historia, no solamente en Barcelona, sino en toda España. Verdaderamente fue una manifestación colosal, que además no era agresiva ni iba en contra de nadie. únicamente se apeló a la unidad de España utilizando los símbolos de una manera desenfadada y todo el mundo llevaba su bandera nacional española, pero también su señera. Fue un momento patriótico en el sentido más sano del término. Eso de oponerse a las banderas me parece una estupidez supina: las banderas facilitan el que los grupos se apoyen unos a otros.

 

Fuente | Fernando SabaterAurora G. Mateache | La Razón (12/11/2017)