Verdades de la rima

 

Las rimas nunca son casualidad
ni cosas del lenguaje y sus aliños,
sino que en ellas late una verdad
que conocen los locos y los niños.

¿Por qué, si no, van juntas cruz y luz
en locura poética y rimada,
dejando vislumbrar, como al trasluz,
la gloria que se esconde, enamorada?

El mundo, opaco a fuer de cristalino,
henchido está de ocultas simetrías
que Dios siembra a su paso en el camino
para el pobre que ve las melodías.

La música que mueve las estrellas
y revela el batir de alas secretas
es la misma que arrulla a los poetas,
dejando en el papel sutiles huellas.

No hay palabra que calle el puro Verbo
ni acento que no apunte al Infinito,
es iota cada letra de lo Escrito
y sirve con su ser al mismo Siervo.

Todo verso de amor habla de Amor,
en cada asombro hay Fe que el miedo olvida,
toda endecha es un Viernes de Dolor
y coplas a la muerte de la Vida.

Y si quieres aún mayor certeza,
recita con temblor cualquier poesía
hasta encontrar que toda esa belleza
es eco de la rima de María.

Generación malvada y perversa

 

Del cielo con justicia desterrados
por trocar las verdades por mentiras
y hozar hondo en delitos y pecados,
somos pasto infeliz de eternas piras.

¡Ay de nosotros, madre, condenados!
Mira que a nuestros hijos no mataron
para que apostatásemos forzados,
como a los viejos mártires tentaron.

Esos duros trabajos les ahorramos
pisando voluntarios crucifijos,
porque nosotros, madre, apostatamos
para poder matar a nuestros hijos.

La envidia de los muertos

 

Entre una multitud descolorida
de muertos que se afanan, con lamentos,
por alargar la muerte de su vida
rebañando minutos polvorientos,

los pocos que están vivos van heridos
por corrientes sin rostro de empellones
y ciega tozudez de los millones
que han dejado sus pechos doloridos,

pues nada odian los muertos con más saña
que encontrar seres vivos a su paso,
ebrios de esa insolencia tan extraña
con que se ríe el alba del ocaso.

Aborrecen la sangre de sus venas
y las terribles almas inmortales;
codician sus deleites y sus penas,
la vida que derraman a raudales.

Detestan la esperanza combativa
del que sabe que peca y se arrepiente,
obstinado en nadar contracorriente
en lugar de flotar a la deriva.

No pueden soportar la melodía
y tapan sus oídos con el ruido
de una inmensa y confusa algarabía
para no pensar más en lo perdido.

Guárdate de la envidia de los muertos,
que quieren que compartas su derrota
y cambiarán jardines en desiertos
donde toda esperanza quede rota.

Arañarán tu frente con sus dedos,
ahogarán cualquier brote de alegría
y, al tenerte ya esclavo de mil miedos,
devorarán por fin tu alma vacía.

¿Por qué lloras y gimes y suspiras,
mientras sigues hundido hasta los ojos
en ciénagas de angustia y de mentiras
luchando por las sobras y despojos?

Escucha el gran secreto ya olvidado:
esa vetusta cárcel está abierta,
alguien rompió el cerrojo de la puerta
y el saldo de tus deudas ha pagado.

Huye de las ciudades mortecinas,
sus escuelas, sus templos y sus ferias
y no mires atrás o tus miserias
de sal te cubrirán mientras caminas.

Marcha adelante, erguido, sin rencores,
bien alta la mirada, el paso vivo,
con ese gozo inmenso del cautivo
que ha dejado a su espalda los temores.

¿Para qué?

 

Ni en el tener o el placer,
ni en el hacer o el saber
puede encontrarse en verdad
nunca la felicidad,
porque nuestro propio ser
solo lo puede saciar
el mismo que lo ha creado
y en nosotros ha dejado
anhelos de contemplar
y, contemplando, alabar.

¡Oh prosoda!

“Llaneza, muchacho, no te encumbres,
que toda afectación es mala”.
El Quijote, Miguel de Cervantes

 

¡Oh prosoda prolijo y bizcorneto,
que a fuer de perfundir el vacuo instante
transmutaste el palíndromo en asueto,
en soneto el carbunclo llameante!

Rememora el otrora cuodlibeto
en que, con concisión concomitante,
tú desvericuetaste el vericueto,
genuflexo el adverbio rozagante,

y, domeñado al fin tan fiero embate,
vencida la eutrapélica mesnada,
piensa, caliginoso y huero vate,

que tamaña ambición es demasiada,
no vaya a ser que el verbo te arrebate
y, de tanto decir, no digas nada.

Los recuerdos de un niño

 

En un pueblo de… no importa,
dejé mi niñez perdida,
el pueblo quedó vacío
y mi niñez escondida.

No recuerdo muchas cosas,
pero sí las importantes,
aquellas que no se olvidan
por mucho tiempo que pase:

la pintura desconchada,
de color verde palmera,
rugosa como un dragón,
de nuestra puerta trasera,

el morado y amarillo
del campo en la primavera
y diminutos narcisos
a la vera de una senda.

Los gemidos de los goznes,
los gallos al despertar,
las canciones de la fuente
y el frescor de su brocal,

ojos de niño mirando
la lumbre en la chimenea
y las pavesas volando
como pequeñas estrellas

o el tronar de las cigarras
bajo olivas retorcidas
a las horas de la siesta,
soñando toda una vida.

Un mulo blanco en la cuadra,
gallinas pintas y rojas,
la maravilla de un huevo
en mis manos temblorosas,

fantásticos saltamontes,
escarabajos de hierro
y, bajo todas las piedras,
monstruos pequeños y fieros.

Tiempos de rica abundancia
y fruta recién cogida,
que desbordaba entre ríos
de zumo por mis mejillas,

manchando de sus colores
camisas blancas y limpias,
como pintan los pintores
el color del mediodía,

o ese gozo irrepetible,
herencia de viejos siglos,
de haber aprendido, al fin,
a beber en un botijo.

Ya no hay fruta como aquella,
el color se ha desteñido.
¿Es este mundo o mis ojos
los que han perdido su brillo?

Me acuerdo de un señor cura,
a ratos bromista y serio,
orondo y buena persona,
guardián de antiguos misterios,

las pilas de agua bendita
a las puertas de la iglesia,
manantiales de agua clara
que brotaban de la piedra,

y los santos polvorientos
de escayola despintada,
con milagros en las manos
y un secreto en la mirada.

¿Quién reza ya en esa iglesia,
cerrada con diez candados?
¿Quién ora por los difuntos
de hinojos ante el sagrario?

Se llevaron las velitas
de cera y de bendición,
que prendía, tembloroso,
sintiéndome muy mayor.

¡Ya no hay velas en la iglesia,
en la noche ya no hay luces
y las tinieblas avanzan
sin nadie que las alumbre!

¿No ha de atronar en el cielo
el silencio de ese pueblo,
que ya no manda oraciones,
que no recuerda sus rezos?

Sopla el viento, revolviendo
la arena donde jugaba
con mis valientes soldados,
entre risas y batallas,

las trincheras que excavé,
los muros que hice de barro
y los héroes que caían
para alzarse al poco rato.

¿Quién jugará en esa arena,
que está solitaria y triste?
La arena solo es arena
sin un niño que la pise.

Dime, sol, que las enciendes,
dime, viento, que las rozas:
mientras los árboles callan,
¿siguen temblando las hojas?

¿Y la alberca verdinegra
que era mis mares lejanos?
¿No la mueven huracanes?
¿No la recorren los barcos?

¿Sigue sonando el rosario
como un susurro tranquilo
que, en las noches de verano,
sanaba este mundo herido?

Tantos rostros, tantas gentes:
los hombres serios en Misa,
corteses y castellanos
de una raza ya extinguida,

y señoras que venían
a merendar con mi abuela
con sus historias, familias,
esperanzas y problemas.

Aquellas manos nudosas,
morenas y ensortijadas,
que me daban de comer
con paciencia acrisolada,

los golpes del azadón
hiriendo fuerte la tierra
y el sudor del hortelano,
¿dónde están, dónde se encuentran?

Escucho aún las campanas,
tocando a gloria y a muerto,
al ángelus y a rebato,
a tierra llena de cielo.

Solo las oigo al soñar,
porque las venció el silencio,
olvidadas en su torre,
acalladas por el tiempo.

¿Dónde se marcharon todos?
¿Dónde podrán encontrar
felicidad tan profunda
que no la tuvieran ya?

Los tordos vienen y van,
escribiendo con su vuelo,
los cuentos y las historias
que no cuentan los abuelos.

Todo el pueblo es cementerio,
sus calles son camposanto,
por donde vagan los muertos,
sin saber que están vagando.

Y quizás, entre las nubes,
vuele un avión elegante,
camino a París o a Roma
o rumbo a ninguna parte,

y los viajeros no saben
que allí abajo, muy abajo,
donde no llega la vista,
un día yo encontré un sapo.

¿Por qué duele tanto el tiempo?
¿Por qué los ayeres pasan?
¿Por qué los días de gloria
atardecen y se acaban?

Se irá apagando el recuerdo;
poco a poco, sin sentirlo,
borrará el viento su nombre
como el dibujo de un niño

y un día ya no habrá nadie
que haya jugado en su arena
nadie que lo eche de menos,
nadie que sienta la pena,

pero me atrevo a pensar
que, más allá de los tiempos,
el Cristo de la Esperanza
no se olvida de mi pueblo.

Quizá el cielo, para un pueblo,
se encuentre en el resplandor
de los recuerdos de un niño
y la memoria de Dios.

Errare humanum est

 

El error es traicionero,
porque Cristo es la Verdad
y no hay otra libertad
que seguir por su sendero
y ser suyo por entero.
Mas, siendo una maldición,
también el error es don,
pues te muestra que tu nombre
no es de Dios, sino de un hombre,
y tu humana condición.

Quién podría imaginar
tales designios divinos:
son opuestos los caminos
y ambos te pueden llevar
adonde quieres llegar:
a Dios y a su gran Bondad
siempre apunta la verdad
y, si a Él así le place,
el error también lo hace
por vía de la humildad.

Oración para pedir santos

 

En estos tiempos tan malos
de tibieza y confusión,
no nos dejes de tu mano:
danos más santos, Señor.

Si la esperanza ha enfermado,
la caridad se entibió
y la fe se va apagando,
danos más santos, Señor.

Cuando arrecia la tormenta
y ya no vemos el sol,
cuando crecen las tinieblas,
danos más santos, Señor.

Si las iglesias se cierran
y tu pueblo te olvidó,
si España no te recuerda,
danos más santos, Señor.

Ante insultos y mentiras,
ante el odio y el rencor,
en tiempo de dar la vida,
danos más santos, Señor.

En el gozo y la alegría,
en la pena y el dolor,
en el tedio y la rutina,
danos más santos, Señor.

En el huerto, en el Calvario,
en Emaús y el Tabor,
en la calle, ante el sagrario,
danos más santos, Señor.

Para que el demonio bufe,
huya con miedo el dragón
y los ángeles exulten,
danos más santos, Señor.

Como prueba de tu gracia,
de tu cariño y tu amor,
sin que merezcamos nada,
danos más santos, Señor.

Para gloria de tu nombre,
alabanza y bendición,
para cantar tus amores,
danos más santos, Señor.

Y para que el mundo en sombras
vea un milagro mayor,
por tu gran misericordia,
haznos más santos, Señor.

El sermón interminable

 

“¿Acabará alguna vez?”,
va corriendo la pregunta
con sigilo y timidez
entre los pobres mortales
de una punta a la otra punta
de los bancos parroquiales,
en la iglesia burgalesa
de Santa Inopia, Abadesa.

El párroco del lugar,
Su Eminente Reverencia,
Padre Gonzalo Labrasa,
Pozo de Saber y Ciencia,
como siempre, se retrasa
y habla y habla sin parar
en uno de sus famosos
sermones ferruginosos
de misa de doce y cuarto,
que, como apostilla Juana,
solterona y sacristana
pero experta en mucho hablar,
se hacen más largos que un parto.

Los fieles, muy píamente,
oyen la predicación
con admiración sincera,
poniendo el alma y la mente
y todo su corazón,
cada cual a su manera.
Tres viejos roncan a gusto,
privilegio de la edad,
con sueño sano y robusto
en santa unanimidad.
Otros, quizá más discretos,
para no ser descubiertos
han aprendido a dormir
con los ojos bien abiertos
y quedándose muy quietos,
mientras jóvenes piadosos
de brillante porvenir
piensan en fútbol y en cosas,
las chicas en ropa, en rosas
y en príncipes fabulosos,
e incluso los monaguillos,
fervorosos pero pillos,
se afanan, con muchas ganas,
en domesticar las ranas
que llevan en los bolsillos.
Entre viejos y entre chicos,
entre pobres y entre ricos,
aletean abanicos
con susurros de paloma,
mientras Paloma susurra
cotilleos a Miguel
y coquetea con él
medio en serio, medio en broma,
clavándole un alfiler
(solo por que no se aburra,
no se vayan a creer).

Pasa el tiempo con desgana
y parsimonia holgazana,
lento, muy lento y pausado,
como si fuera montado
a lomos de una tortuga,
subida en un caracol,
tirado por una oruga
con zapatos de charol.
Don Gonzalo no se calla,
sigue lanzando metralla
a impíos y pecadores
con sus almas carmesíes:
sarracenos berberíes,
los paganos bengalíes,
presumidos y fifíes,
amigos de las huríes,
maniquíes y gachíes
tragones de jabalíes,
maníes, ajonjolíes
platos sabrosos y ajíes,
ansiosos de potosíes,
carbunclos, perlas, rubíes,
petrodólares saudíes,
euros y maravedíes
y a pobres espectadores
mientras pasan por allí
por no pasar por aquí.

El verano apabullante
obsequia a las pobres gentes
un calor tan sofocante
y unos aires tan calientes,
que casi sienten fresquito
cuando se habla del infierno,
pues sus llamas son invierno
al lado de aquel sofrito
de canícula agobiante
y tanta cita pedante
leída con voz de fuego
en pleno mes veraniego.
Y es que el gran Padre Labrasa
lo da todo en la homilía,
de donde viene o venía
la expresión de “dar la brasa”:
cada frase, una andanada;
cada dramática elipsis
un sangriento apocalipsis,
y, cuando la voz cascada
de nuestro Matusalén
quiere rugir cual león
y chilla como un ratón
en las fauces de una gata,
siempre hay alguna beata
que, sin prestar atención,
musita, piadosa: «¡amén!».

Nuestro buen Padre Labrasa
es de la firme opinión
que una homilía es escasa
si alcanza su conclusión
antes de haber agotado
del Santo Job la paciencia,
de Abraham la descendencia,
de Salomón la prudencia,
del Rey David la clemencia,
del hijo menor la herencia,
de Santo Tomás la ciencia,
de Santa Inés la inocencia,
de Teresa la obediencia,
la esencia de la existencia,
la presencia de la ausencia,
las pinturas de Florencia,
las naranjas de Valencia,
del diablo la sentencia
y de Judas el pecado.
Y si una buena señora,
puntual y deseosa
de terminar a su hora,
tose, discreta y modosa,
el predicador la espanta
con ojos de furia santa
y su fiera indignación,
a lágrimas la reduce,
mientras su gesto trasluce
firme determinación
de continuar hablando
y a los fieles torturando
con su oratoria mortal,
sin detenerse jamás
quizá hasta el juicio final
y, si se tercia, algo más.
El genial predicador,
con infalible intuición,
sabe bien que un buen sermón,
en verano o en invierno,
cuanto más largo, mejor,
pues lo bueno, si es eterno,
tendrá mucho más valor.

Resuena en toda la iglesia
la voz de este sacerdote,
que es mejor, como anestesia,
que el golpe de un gran garrote:
voz cansada, voz hipnótica
voz letárgica y narcótica
apagada y melancólica,
ligeramente esclerótica
pastoril por lo bucólica,
barroca y un poco gótica
deficientemente eólica,
con longitud asintótica
con claridad parabólica
y a ratos apoteótica.
Voz, en suma, de sermón
de primera división,
campeona y futbolera,
ganadora y delantera,
que esquiva dos herejías
y despista al guardameta
citando al profeta Elías,
se acerca a línea de meta,
mientras su argumento insulso
salta, corre, toma impulso,
dribla, amaga, regatea,
¡la defensa está en la luna!,
chuta y pega de volea,
se levanta la tribuna,
parece que va a acabar
el partido rematar
y su sermón terminar,
pero al cabo se desvía,
pierde el hilo, desvaría,
repite alguna sandez,
no sabe continuar
y al fin decide empezar
desde el principio otra vez,
y comenzar la homilía
volviendo a hablar, con fervor,
de hititas y jebuseos,
publicanos, saduceos
o algún profeta menor.

Suspira la concurrencia,
colmada ya su paciencia;
se remueven los traseros
en los bancos delanteros
y se elevan las plegarias
centenarias, milenarias,
con inocente intención,
y con piedad pura y santa,
desde todas las esquinas
a San Blas, el buen patrón
de afonías repentinas
y dolores de garganta.
No alcanza a ser suficiente,
esa oración angustiada
rezada por tanta gente,
pues D. Gonzalo habla tanto,
que ni siquiera un gran santo,
por más que escuchar intente
puede enterarse de nada.
Continúan sus historias,
se repite el argumento
y se renueva el tormento,
sin compasión ni piedad,
de sus dotes oratorias,
cual si en la frente llevara
un cartel que así rezara:
“la esperanza abandonad”.

A pesar de lo molesto
que es cada sermón bisiesto
y aunque parezca mentira,
tanto la gente lo admira,
tanta es su fama y su honor
de ilustre predicador,
que la parroquia aludida,
si predica el sacerdote,
se llena de bote en bote
como por Pascua florida
y los ángeles del cielo
van descendiendo hasta el suelo,
solo por verle, ojipláticos,
entre los fieles apáticos.
Codazos angelicales
en costados celestiales
se dan para subrayar
alguna frase sin par,
florida cual encinar,
elevada como el mar,
cálida como un glaciar
y hasta perpendicular.
Comentan los querubines
a sus primos serafines
que nadie en toda la historia,
desde tiempos de romanos,
salvó a tantos parroquianos
llevándolos a la gloria
tan solo con su oratoria.
Don Gonzalo es un tesoro,
auténtico boca de oro,
un Crisóstomo, un artista
del púlpito y del ambón,
un Elías, un Sansón
y un nuevo San Juan Bautista.

En efecto, es bien sabido
por tirios y por troyanos
que, de este mundo perdido,
gracias al cura modelo
sus fieles y parroquianos,
se van directos al cielo
con billetes preferentes
y las almas refulgentes
sin escalas ni demoras,
¡hasta las más pecadoras!,
puesto que un solo sermón
es tan grande expiación,
sacrificio tan terrible
y tan intensa pasión,
que, con efecto infalible,
libera del purgatorio
por lo menos a un Tenorio
y compensa los pecados
más mezquinos y malvados
que confiese su auditorio.

Como dice don Gonzalo,
sin querer echarse flores:
no hubo nunca un sermón malo,
solo malos oidores.

Mala tempora currunt

 

Hoy vivimos tiempos recios
en la Iglesia militante,
¡mal haya quien no se espante!
Persecuciones, desprecios,
tiranía de los necios,
disparates parroquiales,
ateos episcopales,
el gusto por la herejía,
mareas de apostasía
y ecos de días finales.

Y, sin embargo, es la hora
que Dios pensó para mí,
en que puedo decir “sí”,
al modo de mi Señora.
Ya toque naciente aurora
o cansado atardecer,
hay siempre un mismo quehacer:
dejar a Dios que lo sea,
dar la cara en la pelea
y amar, esperar, creer.

Noche de pasión

 

¡Notre Dame! ¡Notre Dame está incendiada!
Francia, en el suelo, gime, reza y llora,
viendo la casa arder de su Señora.
Fuego, llamas, cenizas… luego nada.

Con temblor mira Europa reflejada
la advertencia en el fuego que devora
y en las ruinas al cabo de la aurora:
ardió la cristiandad, quedó arrasada.

Ay, noche de pasión tan dolorosa,
que quemas tal belleza en una hoguera
y gritas nuestra culpa silenciosa.

Mira que, como alivio en la ceguera,
rompe el humo al brillar la Cruz gloriosa
y a sus pies, nuestra Madre nos espera.

Frío de Viernes santo

 

Desnudo está el altar como el Calvario
y el cuerpo de Jesús crucificado;
desnudo el templo, el velo desgarrado,
solo y vacío el trono del sagrario.

Frío el monte, rocoso y solitario,
y frío el mármol fino y bien labrado,
como el frío de Adán tras el pecado,
como el clavo que hincaba el legionario.

La hiel prueban los labios del madero,
que maldice al traer la bendición,
y hoy la Iglesia se postra por entero.

Rojo de sangre y rojo de pasión,
atardecer de aquel día primero,
rojo de gloria y rojo de perdón.

Gloria y poesías

 

GLORIA, honor y majestad
AL solo Dios verdadero,
PADRE de eterna Bondad,
Y gloria al santo Cordero,
AL que, siendo de María,
HIJO es de Dios primero,
Y gloria, en fin, este día,
AL que mueve nuestra historia
ESPÍRITU, viento y guía.
¡SANTO, santo, santo, gloria!,
COMO del mundo universo
ERA la jaculatoria
EN antiguo y santo verso
EL día que fue creado,
PRINCIPIO del ser diverso.
AHORA, mi Dios amado
Y en toda y cada ocasión
SIEMPRE seas alabado
POR la entera creación
LOS años, meses y días,
SIGLOS y su colección
DE tristezas o alegrías,
LOS mismos que harás también
SIGLOS de gloria y poesías.
AMÉN para siempre, amén.

Instantes bendecidos

 

Flor de cerezo.
Su belleza no es Dios,
se le parece.

Llueve en silencio.
Cuánto duele la vida,
gracias al cielo.

Montes lejanos,
blanca nieve en sus cimas
y yo me quejo.

Cada hoja viste
un verde diferente.
Dios es derroche.

La mariposa
bate otra vez sus alas.
Ya falta menos.

Se va la vida
y se acerca la muerte,
la comadrona.

Tiembla el rocío
cuando el sol lo acaricia.
Todo está dicho.

Bruno Romero Ramos