El deseo del mundo

Poemas 1917-1940

Balada mística

 

La casa, grande y grana, está desnuda y sola;
el jardín, empedrado, descuidado y marchito
envuelto por una plaga de brisas exhaladas por el mar
que pellizcan el despertar del año;
mis amables amigos, con su ajetreada alegría,
mi desdicha podían palpar.
Dicen que aquí me siento solo:
¿y ellos qué saben? ¿Y ellos qué saben?
Piensan que mientras las tejas gimen
y las tierras crujen en la tristeza invernal
debo sentirme terriblemente solo
sin el parloteo de mis amigos queridos
y amables, que temen por mi causa,
les duele imaginarme así
mientras su alegre vida está tan próxima,
¿y ellos qué saben? ¿Y ellos qué saben?
Que he visto el trono de Dagda
en tierras soleadas sin derramar una lágrima
y he descubierto un bosque todo para mí
al que custodiar con escudo y lanza mágicos,
donde, a través de las majestuosas torres que he levantado
por deseo propio, a mi alrededor marchan
formas inmortales de pura belleza:
ellos no saben, ellos no saben.
Los amigos que tengo sin par
más allá del brillo del océano occidental,
adonde los barcos de hadas reman,
no saben: ¿cómo lo van a hacer?

Nocturno irlandés

 

Ahora, la grisácea neblina acecha
desde la orilla, de algas plagada, de un océano residual,
y llena el valle, como un vaso
lleno de bebida maligna en manos de un mago;
y los árboles se desdibujan,
como fantasmas sombríos, enfermos,
en la noche húmeda y pálida,
hasta casi imaginar que una mirada más clara podría vislumbrar
la forma de un demonio que aparece en busca
de carne, como Grendel buscaba en Harte
a los barones que se sentaban junto al tronco invernal;
Grendel o la sombra de
Balar, o el hombre de la cara de arcilla,
el andante gris, que solía pasar
por encima del arco rocoso cada noche hacia su presa.
Pero aquí, en el lento y mudo arroyo sobre el que los sauces cuelgan,
sin viento alguno que disipe la niebla,
cada vez más áspera está por ti. Mi corazón,
contemplando esta tierra, en la que los poetas cantaron,
así con la triste mortaja insana
que sobre ella se extendió,
y conociendo la niebla y la nube
que envuelven la cabeza y el corazón de su pueblo,
aun cuando yace para siempre en sus costas
volviéndolas oscuras y soñadoras para que sus hijos nunca
se levanten y recuerden todas sus vanaglorias;
pues yo sé que los cielos apagados
y los horizontes borrosos siembran
un deseo solitario, cientos de palabras y melancolía y nunca una hazaña.

Apología

 

Si los hombres preguntan, Despina, por qué
lo alegre y noble no tiene cabida en mis versos
para aliviar los corazones bajo esta maldición
y construir un cielo de sueños en el verdadero infierno,
Corre a ellos y diles:
«No había mayor dolor que recordar,
abajo, en la tumba podrida donde los gusanos reptan,
los campos verdes que nos sonreían con dulzura».
¿Es acaso bueno contar viejas historias de Nueva Troya?
¿o alabanzas a héroes fallecidos, probados y sabios?,
¿o cantar a las reinas de un época olvidada,
Brunilda y Maeve y la virgen Bradamante?
¿Cómo puedo cantar sobre ello? ¿Será bueno
pensar en la gloria ahora, cuando todo ha acabado,
y toda nuestra labor bajo el sol
nos ha traído esto y no lo que debería?
Todo esto eran visiones prometedoras de la noche,
la belleza y la sabiduría fingida de antaño.
Pero ahora nos despertamos. El Este es pálido y frío,
no hay en el amanecer ni esperanza ni placer.

El deseo del mundo

 

Amor, hay un castillo levantado en un país desolado,
en una roca sobre un bosque de árboles sombríos y grandes,
acribillado por el relámpago entre peñascos de grandes filos esparcido,
las montañas se alzan sobre la arboleda, y el gélido barranco
resuena con el estruendoso rugido y trueno de un río poderoso
que baja furioso por una catarata. Las torres y el bosque se estremecen
y los lobos grises tienen miedo; el canto de los pájaros queda ahogado,
y el pensamiento y el habla del hombre en el ruido del agua hirviendo.
Pero al otro lado del barranco, yermo y afilado
con la luz del sol en sus torreones, se divisa el castillo,
calmo y maravilloso, blanco sobre el verde
del bosque húmedo y ondulante, todo inclinado,
porque el viento impetuoso del norte no descansará ni de día ni de noche.
Pero aun así, las torres quedan por encima, tan poderoso es el lugar,
las puertas de marfil, los tejados de rojo cobre.
Los guardias, serios, caminan por siempre en círculo sobre las murallas
y los dragones vigilantes descansan en las puertas de marfil,
no hay nada que los preocupe, ni el odio de los dioses ni el empeño de los hombres,
y será un lugar de descanso, corazón, para ti y para mí.
A través del bosque húmedo y ondeante, con una pena inmemorial,
cantando el arrepentimiento del mundo, vaga salvaje el hada,
a través de los cardos y las zarzas, a través de la maraña de espinas,
hasta que sus ojos se oscurecen por el llanto y sus pies vagabundos se rasgan.
A menudo, mira en vano la puerta del castillo
porque su belleza desalmada, al castillo nunca gana.
Mas en la corte sagrada, escondida en lo alto de la montaña,
vagando por los jardines del castillo hay mucha gente encantadora
que respira otro aire, que bebe de una fuente más pura
y entre esa gente, querida, hay un hueco para ti y para mí.

Muerte en la batalla

 

Abridme las puertas,
abridme las puertas del tranquilo castillo, rosáceo en el Oeste,
en la dulce y tenue Isla de las Manzanas sobre el amplio corazón del mar,
¡Abridme las puertas!
He sufrido lo indecible,
atacado y herido más allá de lo tolerable en este día estival,
pero el calor y el dolor juntos de pronto desaparecen,
todo está fresco y verde.
Pero hace un momento,
entre hombres maldiciendo en la lucha, esforzándose, cegado luché,
mas el esfuerzo pasó pronto, como un pensamiento fugaz.
¡Y ahora, solo!
Ah, estar solo algún día,
en los floridos valles entre las montañas y los silenciosos baldíos intocados,
en las rociadas tierras altas, en el jardín de Dios,
¡Esto nos expiraría!
No veré
los rostros atestados y brutales que me rodean, que en su esfuerzo se han convertido
en caras de diablos —sí, incluso como el mío—,
cuando te encuentre,
¡Oh, Tierra de Sueños!
Más allá de la marea del océano, escondida y hundida a lo lejos,
más allá del sonido de las batallas, cerca del fin del día,
llena de tenues bosques y arroyos.

Canción

 

Las hadas deben de estar en el bosque,
o las risueñas crías de los sátiros,
los tritones deben de estar en el mar del verano,
si no ¿cómo podrían las muertas cosas ser
tan hermosas como son?,
¿cómo podría la riqueza de la estrella sobre la estrella,
espolvoreada en la helada noche,
llenar tu espíritu de deleite
y llevarte desde este ensimismamiento
hacia arriba, entre los sueños divinos,
si no fuera porque todos y cada uno
de los que caminan los pasillos celestiales
son, en verdad, una isla feliz
en la que los prados eternos sonríen,
y los dorados globos de fruta se ven
centellear a través de los verdes pomares?,
¿dónde la Otra Gente va
por el césped brillante de un lado a otro?
Los átomos muertos nunca podrían
despertar el corazón en nosotros
a no ser que la belleza que vemos,
que el velo de la belleza interminable esté
plena de espíritus que han caminado
muy lejos, sobre el césped celestial
y han visto las brillantes huellas de Dios.

Canción del Ángel

 

Yo no sé, yo,
lo que dicen juntos los hombres,
cómo mueren los amantes, los amantes
y la juventud.
No puedo entender
el amor de los mortales
por la nativa, nativa tierra,
todas las tierras son suyas.
¿Por qué en la tumba afligirse
por una sola voz y rostro
y no, y no recibir
a otro en su lugar?
Yo, volando en círculos
por encima del cono de la noche,
nunca he conocido
mayor o menor luz.
El dolor es como una copa
de la que mi labio
(¡Ay de mí!) nunca en todos
mis interminables días puede beber.

Oración

 

Señor, dicen que cuando parezco
estar hablando contigo,
como no respondes, es todo un sueño:
uno imitando a dos.
No les falta razón, pero no como
ellos imaginan; más bien, yo
busco en mí mismo las cosas que quería decir,
¡y mirad!, los pozos están secos.
Entonces, viéndome vacío, Tú abandonas
el papel de oyente, y a través
de mis labios muertos respiras y pones en palabras
pensamientos que nunca conocí.
Y así, ni tienes que responder
ni puedes; pues mientras que parece que
hablamos dos, Tú eres Uno por siempre, y yo
no un soñador, sino tu sueño.

Nota al pie de todas las oraciones

 

Solo Él, ante quien me inclino, sabe ante quién lo hago
cuando intento pronunciar el Nombre inefable, murmurándote a Ti,
cuando sueño fantasías de Fidias y abrazo de corazón
símbolos (lo sé) que no pueden ser lo que Tú eres.
Así, siempre, tomadas en su palabra, todas las oraciones blasfeman
venerando con frágiles imágenes un sueño folclórico,
y todos los hombres en sus oraciones, autoengañados, ponen en palabras
la creación de sus propios pensamientos inquietos, a menos que
Tú, en tu magnética misericordia, hacia Ti desvíes
nuestras flechas, con torpeza apuntadas, más allá del desierto;
y todos los hombres son idólatras, clamando sin ser escuchados
a un ídolo sordo, si Tú les tomas la palabra.
No tomes, Señor, nuestro sentido literal. Señor, en tu gran
discurso inquebrantable traduce nuestra metáfora renqueante.

La Biblia dice (Soneto)

 

Dios estableció la oración para comunicar a
sus criaturas la dignidad de la causalidad (Pascal)
La Biblia dice que la campaña de Senaquerib quedó frustrada
por ángeles; Herodoto dice que por ratones

royendo incontablemente, toda una noche sin descanso,
para consumir las cuerdas de su arco como el cálido viento mina el hielo.
Pero arcángeles poderosos, sugiero, emplearon
siete pequeñas bocas para trabajar en cada delgada cuerda

y con su ayuda, a pesar de ser señores débiles, destruyeron
al sonriente, cruel y barbudo rey Asirio.
No sería extraño que el Omnipotente prefiriera

pequeñas ayudas en lugar de grandes; no sería extraño que su acción continuara
hasta que los hombres han orado, ni que tolerara nuestras débiles oraciones
para mover realmente como músculos sus dedos dilatorios.

Que, en su longanimidad y amor por nuestra
pequeña dignidad, debilitan por un tiempo su poder.

El futuro de los bosques

 

¿Cómo se sentirá la leyenda de la era de
los árboles cuando el último caiga en Inglaterra;
cuando el hormigón se extienda y las ciudades conquisten
el corazón del campo; cuando el anticonceptivo
pavimento invada el espacio que ocupaban las granjas;
cuando el riel del tranvía discurra por donde antes dormía una aldea;
o cuando los escaparates, que acristalan sin descanso desde
Duvres hasta Wrath, nos hayan vidriado por completo?
Los relatos más sencillos dejarán perplejos
a los niños que preguntarán: «¿qué era un castaño?
Cuéntame lo que significa trepar un tallo de habichuelas,
cuéntame, abuelo, qué es un olmo.
¿Qué era el otoño? Nunca nos lo han enseñado».
Entonces, los maestros explicarán cómo del moho nacieron
crecientes criaturas de una naturaleza inferior
capaces de vivir y morir, si bien no eran
ni bestias ni hombres, envueltos en
excelentes ropas y respirando la luz del sol;
comprendiendo a medias, su desconocida
imaginación teñirá sus cuadros de fascinación:
árboles que caminan como hombres; romances de madera
sobre goblins que acechan en verdosas sedas;
sobre la leche espumosa sobre el cuello de encaje
del majuelo; palor en la cara del abedul.
Así, un tiempo sin techo atisbará, aunque vagamente,
desde lo lejos (pues el alma permanece vigilante)
el Edén alegre y colmado de árboles.

Tras el rezo, yace frío

 

Levanta, cuerpo mío, mi pequeño cuerpo, hemos luchado
suficiente, y Él es misericordioso; estamos perdonados.
Levántate, pequeño cuerpo, como una marioneta, pálido, y vete,
blanco como las sábanas, y frío como la nieve,
desvístete con tus dedos, pequeños y fríos, y apaga la luz,
y quédate solo, mortal acallado, en medio de la sagrada noche;
una pradera allanada por los latigazos de la lluvia, un vaso
limpio y vacuo, un vestido lavado y doblado,
descolorido, raído hasta lo andrajoso
por el lavado de la mugre.
No te vuelvas a calentar muy deprisa. Yace frío; consiente
la acuosidad del cansancio y el perdón.
Bébete esa agua amarga, respira la gélida muerte;
Pronto llegará el motín de nuestra sangre y aliento.

La razón

 

En la acrópolis del alma, la razón se erige
virgen, armada, comerciando con la luz celestial,
y aquel que peca contra ella mancilla su propia
virginidad: no hay pureza que devuelva el blanco a sus ropas;
así de clara es la razón. Pero cuán oscura, imaginativa,
caliente, lóbrega, desconocida e infinita, hija de la Noche:
oscura es su frente, la belleza de sus ojos, de sueño
está llena, y duraderos son sus dolores, y su deleite.
No tientes a Atenea. No la hieras en su fértil sufrimiento,
Deméter, ni te rebeles contra su derecho de madre.
¿Quién reconciliará en mí a la doncella y a la madre?,
¿quién llegará en mí a un acuerdo entre la profundidad y la altura?,
¿quién hace que la caricia tenue y exploradora de la imaginación
vuelva a ofrecer lo mismo que la visión intelectual?
Entonces podría honestamente decir, y no engañar,
entonces podría yo decir: CREO.

Poema para psicoanalistas y/o teólogos

 

Manzanas desnudas y melocotones aterciopelados
crecen en la tapia del jardín. Aromas ilimitados
de árboles sin viento y especiados
me rodearon, tumbado sobre el césped sagrado,
y espesaron el aire protegido; el bosque de árboles
afloró como las algas en el océano,
que viven sin movimiento. Yo era la perla,
de madreperla del agradable jardín. Blanco como la leche, el cirro
rayó el azul cascarón del lejano cielo,
temprano y distante, sobre el aromático bosque;
sabia era la desdentada y soñolienta serpiente.
Todo esto, ciertamente, no lo recuerdo.
Recuerdo recordar, cuando al despertar por primera vez
oí las puertas doradas caer, detrás de mí,
y cerrarse rápido. En el camino empedrado,
negro y helado, golpeado por los vientos del este,
descubrí mis pies. En camino,
echándome una ligera prenda sobre mis doloridos huesos,
me puse. Aún estoy vagando. Pero la Tierra es redonda.

De profundis

 

Venid a maldecir a nuestro Señor antes de morir,
pues todas nuestras esperanzas yacen en una ruina sin fin.
La bondad ha muerto. Maldigamos a Dios, el Altísimo.
Cuatro mil años de esfuerzo, esperanza y dedicación
donde el hombre trabajó con ahínco y aún forjó
nuevos y mejores mundos. Tú nada has hecho.
Construimos ciudades alegres, fuertes y justas,
buscamos conocimiento y reunimos escasa sabiduría.
Y todo este tiempo te reíste de nuestro empeño.
Y de pronto, la Tierra se volvió negra de [tanta] maldad,
nuestra esperanza quedó destrozada y nuestra canción, silenciada,
el cielo se volvió ruidoso de [tanto] llanto. Tú eres poderoso.
Venid pues y maldecid al Señor. Sobre la Tierra
cae una oscuridad espesa, el mal fue nuestro origen
y nuestros escasos días felices, de parvo valor.
Aun si todo no fuese un sueño en vano
—la antigua esperanza que aún resurgirá—
de un Dios justo que se preocupa por las penas terrenales,
Aun así, muy lejos, más allá de nuestra noche de trabajo,
Él merodea por las profundidades de la luz eterna,
entonando solo sus canciones de alegría.
Solo el eco lejano y gastado de su canción
nuestros calabozos y celdas profundas puede destruir,
y Tú estás más cerca. Tú eres realmente poderoso.
Fuerza universal, la conozco bien,
no es sino la espuma de la locura para un rebelde;
pues eres el Señor y tienes las llaves del Infierno.
Mas no me arrodillaré ante Ti ni te amaré,
pues con solo mirar dentro de mi corazón puedo demostrarte,
y saber que este frágil y dolorido ser está por encima de Ti.
Nuestro amor, nuestra esperanza, nuestra sed de bien,
nuestra piedad y eterna búsqueda de la luz,
¿deberíamos cambiarlo todo por tu poder incesante?
Ríe pues, y destruye. Destruye todas las cosas de valor,
apila tormento sobre tormento para deleite tuyo:
no serás Señor mientras haya hombres en la Tierra.

Satán dice (I & II)

 

I
Soy Naturaleza, la Madre Poderosa,
soy la ley: no hay ninguna otra.
Soy la flor y el rocío recién caído,
soy la lujuria en tu piel anhelante.
Soy la inmundicia y el denuedo de la batalla,
soy la pena vacía de la viuda.
Soy el mar que extingue tu aliento,
soy la bomba, la muerte que cae [del cielo].
Soy la realidad y la razón abrumadora
que frustra la nueva traición de tu fantasía.
Soy la araña que fabrica su tela,
soy la bestia con las fauces ensangrentadas.
Soy un lobo que persigue el sol
y lo alcanzaré antes del fin del día.

II
Soy el Señor tu Dios: aquel que creó
la materia y todas las señales desplegadas
sobre ti; aquel que ha depositado bajo ellas
a la humanidad que olvida la cara de su Padre
y que incluso mientras bebe mi luz del día,
sueña con otros dioses, desoye
mis advertencias y desprecia mis sagradas leyes,
a pesar de que sus pecados la destruirán. Por ello,
sueños en vano soñados, un deseo jamás alcanzado
y en carne propia un fuego espiritual,
una sed de bondad que su especie no alcanzará,
una vez más, ese aferrarse a la bestia.
Un odio a la vida que les he regalado,
un alma atormentada y retorcida por siempre dividida
entre su voluntad y la mía; todo eso doy
mientras, aun a mi pesar, las alimañas viven.
¡Odian mi mundo! Luego, dejan a ese otro Dios
venir del espacio exterior investido de gloria
y desde este castillo que he construido sobre la Noche
empujar a los hijos de mis propios pensamientos a la luz,
si es que existiera. Mas muy lejos
Él camina por los vastos campos de un día sin fin,
mis indómitos hijos lo invocaron hace tiempo
y en vano lo hicieron. Mi sentencia aún es firme,
creed en mí y no veneréis a ningún otro.
Allá donde el mamut fue, esta criatura también irá.

Oxford

 

Es bueno que haya palacios de paz
y disciplina y sueños y deseos,
siempre que no olvidemos nuestra herencia y cesemos
el trabajo del Espíritu: ansiar y aspirar;
siempre que no olvidemos que nacimos divinos,
ahora enredados en la red animal de la roja batalla,
y asesinemos la obra y lujuriemos lo anodino,
esfuerzos de bestia contra el consuelo bestial.
Pero eso nunca será: para nosotros permanece
una ciudad que nada tiene de la bestia,
que no fue construida para brutas ganancias materiales
ni para el duro y voraz poder o la exhuberante fiesta imperial.
No somos totalmente burdos. Nos queda
una ciudad limpia, dulce, arrullada por arroyos antiguos,
un lugar de visiones y de aflojamiento de cadenas,
un refugio de elegidos, una torre de sueños.
No fue levantada con piedra común
sino con todos los anhelos y las oraciones del hombre,
para que resista, eternamente nuestra,
el baluarte del Espíritu: barrera contra la desesperación.

Orugario

 

Tú solo eres una alternativa a Dios, oh, oscura
y ardiente isla entre espíritus, décimo jerarca,
Orugario, Satán inmortal, Ahrimán, solo
segundo a Aquel a quien ningún otro segundo se conocía,
siendo fuego esencial, surgido de su fuego,
pero confinado en el horno sin luz del tuyo, encerrado en torno
a la ira, en el reverberante calor de siete
muros de contención: de ahí tu poder para rivalizar con el Cielo.
Por ello, salvo la templanza del amor eternal,
solo tu absoluta codicia merece la pena pensar.
Todo lo demás es el débil engaño del corazón esperanzado.
Todo lo que parecía la Tierra, es Infierno o Cielo. Dios es, tú eres;
el resto, ilusión. ¡Cómo debe vivir el hombre sino como cristal
para que la luz blanca sin llama, el Padre, pase
sin dejar mácula; o al contrario, opaco, fundido a tu deseo,
venus infernal, muriéndose de hambre en la fuerza del fuego!
Señor, no abras a menudo mis ojos a esto.

Justicia divina

 

Dios, en su infinita bondad creó
los dolores eternos del Infierno.
Miseria que debe perdurar,
Dios, en su infinita bondad creó
límites eternos y prohibió
a sus olas nunca más olear.
Dios, en su infinita bondad creó
los dolores eternos del Infierno.

Los planetas

 

Señora Luna, en canoa ligera,
por las desembocaduras y bajíos del inquieto país de las nubes
navega cada mes; con crisma de rocíos
y empapada de sueños, con un encanto lloviznado
nos embrujas con trampas, tornando a veces
una mente en locura, melancolía pálida,
blanqueada de tanto contemplar su rostro
de orbe y atemporal. En el seno de la Tierra,
la lluvia de sus rayos, filos emplumados,
luz que llega descendiendo, madura la plata,
formando y creando brillos femeninos;
metal parecido a una doncella. Su húmedo círculo
está más cerca a la tierra. Después, más allá de ella,
Mercurio marcha; descabezado trotamundos,
patrón de saqueadores. El descarado mercurio
su mirada engendra, mineral de duende,
multitud alegre de sí mismo, igual pero fundido.
Desde las tinieblas del alma, con el caduceo envuelto,
palabras que él manda, guía y reúne; líder alegre
de reunidas fantasías. Su pedernal ha encendido
la chispa del habla desde la yesca del espíritu,
¡Señor del lenguaje! Él lleva para siempre
la lentejuela y el esplendor, deporte que mezcla
en un patrón sutil, el sonido con los sentidos,
las palabras en matrimonio y enlaza, también,
la cosa con el pensamiento. En la tercera región
Venus viaja… pero mi voz se quiebra;
grosera rima que daña su belleza,
cuyos senos y cejas, y la dulzura de su aliento,
embruja mundos. Amplía el reino
de su centro secreto en las cavernas del mar,
en la hierba que crece y en el brotar del grano,
en el despliegue de la flor y en el anhelo de la carne,
y en la lluvia que cae fuerte en abril.
El cobre metálico en la mina enrojece
con brillo sordo, como de oro apagado
por sus dedos formado. Más allá de ella,
la carretera del cielo zumba y tiembla,
tamborilea y vibra, por el trueno compulsivo
del carro de Sol, cuya espada de luz
daña y humilla; solo el ojo del águila
lo vio. Cuando su flecha apunta,
a través de la mente mortal, las nieblas se disipan
y suave como la mañana, la melodiosa sabiduría
respira sobre el pecho, ampliándose hacia el Este,
clara y sin nubes. En un cerrado jardín
(desatada su carga) sus haces crían
el alma en secreto, donde el suelo coloca
paradisíacas palmeras y fuentes puras
cambian y templan, transformando fríamente,
el común desgarbo en oro cordial;
cuyo mineral también, en la base de la Tierra,
es impresión y presión de su orgulloso sello
en la cera del mundo. Él es el varón adorado,
el esposo de la Tierra, contemplándolo todo,
ojo químico supremo. Pero otro país,
negro por la discordia, resuena más allá de él,
con ruido de timbales, relinchos de caballos
y martilleo de arreos. Un dios altivo,
Marte mercenario, monta allí su campamento
y enarbola su bandera; ostenta ridículamente
la belleza sin gracia, aguda y de mirada gris,
rubia insolencia, de su rostro alegre,
que es duro y feliz. Él talla el acto,
la acción indiferente, con su mazo
y su cincel; no se alcanza el logro
sin su ayuda; gladiador a sueldo
del bien y del mal. Todo es uno para Marte,
el mal rectificado, la rescatada mansedumbre,
o la dificultad en las trincheras, con árboles astillados
y pájaros proscritos, bancos repletos de oro
y el mentiroso hecho señor. Como un trabajo manual,
que le ofrece a todos, se gana sus salarios
y silba mientras tanto. El terror de plumas blancas
que Marte ha dominado. El hierro de su metal
que fue golpeado atravesando las manos en la santa cruz,
cruel carpintería. Él es frío y fuerte,
hijo de la necesidad. Suave respira el aire
cálido y praderoso, mientras cabalgamos más allá,
donde el ondulado resplandor gira sobre nosotros
movido por la música; inmensurable la alegría
y el júbilo de las olas. Es la órbita de Júpiter,
llena y festiva, rápida en su viraje
con arco ampliado. Desde las islas de Tin,
los comerciantes tirios, por problemas de dirección,
llegaron con sus cargas; el tesoro de Cornualles
que su rayo madura. De la ira terminada
y de los males reparados, del invierno pasado
y la culpa perdonada, de la buena fortuna
Júpiter es dueño; y del jocoso deleite,
la risa de las damas. Los de corazón de león,
los de mente poderosa, hombres como dioses,
auxiliadores y héroes, cabezas de naciones,
justos y nobles, son hijos de Júpiter,
trabajan sus milagros. En su amplia frente,
calma y regia, ningún cuidado oscurece
ni la ira se arruga; sino que el poder regio
y el ocio y la generosidad, sus grandes 8
esplendores lo envuelven: un manto rico
de alivio e imperio. Mucho más allá,
va Saturno silencioso por la séptima región,
las faldas del cielo. Apenas crece la luz,
enfermiza, incierta (el dedo del Sol
se acobarda con la oscuridad). La distancia nos daña
y la bóveda severa del vasto silencio,
donde la fantasía se nos quiebra y el justo lenguaje
y el amor nos abandonan y la luz nos falta
y Marte nos falla y la alegría de Júpiter
es como el tintineo del estaño. Con andrajosa ropa,
débil de tantos inviernos, camina para siempre
un camino cansado y anchuroso, alrededor del cielo,
encorvado y trastabillando, con un bastón a tientas,
el señor del plomo. Él es el último planeta,
avejentado y feo. Su ojo engendra
pálida pestilencia, dolor de envidia,
remordimiento y asesinato. Melancólica bebida
(para arruinar o bendecir) de amarga sabiduría
él derrama para su gente, una leva peligrosa
que el labio no ama. Dejamos todas las cosas
para alcanzar el borde del redondo firmamento,
la reclusión del cielo, larga y solitaria.

El dragón habla

 

Hace tiempo, el huevo de un gusano se resquebrajó en mitad del bosque.
Me adentré reluciente en el bosque tremulante,
el sol brillaba sobre mis escamas, y el rocío sobre las praderas,
la hierba dulce y fresca y las hojas pegajosas.
Amaba a mi amigo moteado. Jugábamos a amar
y bebíamos la cálida leche de las ubres de la oveja.
Ahora, vigilo el oro desde mi cueva de roca
en un país de piedras: dragón viejo y deplorable,
que vigila mi tesoro. Durante las noches de invierno, el oro
congela mi gélido vientre, traspasando las fuertes escamas.
Coronas dentadas, anillos cruelmente retorcidos,
fría y rugosa es la cama del viejo dragón.
A menudo deseo no haberme comido a mi esposa
(aunque para el dragón, el gusano no crece hasta que se lo come).
Podría haberme ayudado, vigilando,
guardando el oro; el oro hubiese estado más seguro.
Podría desenroscar mi cuerpo exhausto y
descansar, de vez en cuando, mientras ella vigilaba.
Esta noche bajo la luz de la luna un zorro ha gritado,
y me ha despertado. En ese instante supe que dormía.
Con frecuencia un búho que sobrevuela el país de piedras
me sobresalta; entonces pienso que debo de haberme dormido.
Por un solo momento. En ese preciso instante un Hombre
podría haber salido de las ciudades para robarme el oro.
En los pueblos conspiran para robarme el oro.
Cuchichean sobre mí en las casas, trazan planes,
hombres despiadados. ¿Acaso no tienen cerveza sobre los bancos,
una esposa afectuosa en su cama, una canción, y sueño toda la noche?
Solo abandono la cueva una vez en invierno
para saciar mi sed en la piscina de piedra; en verano dos veces.
No tienen piedad del lúgubre y viejo dragón.
Señor, que creó al dragón, dame tu paz
pero no me pidas que abandone el oro,
ni que me mueva o muera. Otros se quedarían con el oro.
Mata en cambio, Señor, a los Hombres y demás dragones.
Entonces podré dormir, y salir cuando desee para saciar mi sed.

C.S. Lewis, Irlanda del Norte, 1898-1963

El cambio de la marea

Poemas 1942-1954

 

Oración vespertina del apologista

 

De todas mis patéticas derrotas y más aún
de todos los tantos que me he anotado;
de la astucia surgida en tu nombre
en el que, mientras los ángeles lloran, los espectadores ríen;
de todas mis pruebas sobre tu divinidad,
Tú, que no darás señales, me libras.
Los pensamientos son invenciones. No me dejes confiar,
en vez de en Ti, en la imagen desgastada de tu cabeza.
De todos mis pensamientos, incluso de mis pensamientos sobre Ti,
Oh, tú, justo silencio, cae y libérame.
Señor de la angosta portezuela y del ojo de la aguja,
toma de mí lo superfluo para que no muera.

Consuelo

 

Aun cuando la cerveza es peor y más querida
y la leche se siente triste y deprimida,
aun cuando el dinero es exiguo y las raciones
más exiguas que las filas,
aun cuando son habituales, como una huelga o un delito,
cada día, ante nuestros ojos,
como una dádiva a una gran Cooperativa,
algún pequeño negocio muere;
aun con todo, canta como un loco que Inglaterra
ha vuelto a sus costumbres de tiempos de paz;
nada de mantequilla, huevos o carne de cordero,
nada de libertad o días espaciosos.
Todo ello eran cosas secundarias,
He encontrado una prueba más certera:
si abrazamos así lo moscovita,
será que Inglaterra ha vuelto al descanso.
Para aclarar mis dudas, la Tregua
vuelve. ¡La paz debe de haber vuelto!
La música del glorioso Munich
es un regalo para mis oídos,
una pretérita melodía británica;
la escuchamos primero
en la corte del taimado Vortigern
que dejó entrar lo pagano.

Sobre ser humano

 

Los espíritus angelicales, se dice, por simple inteligencia
contemplan las Formas de la naturaleza. Disciernen
certeramente los Arquetipos, todas las verdades
que los mortales desconocen o aprenden indirectamente.
Transparentes en la verdad primordial, inmutables,
la pureza de la Tierra y la justa naturaleza de las piedras pueden
verse desde su clara y elevada eminencia; desvelados, los trascendentales
principios básicos aparecen.
Conocen la esencia de los árboles: el sentido de
la vida arbórea, cómo desde el regazo de la Tierra
los rayos del sol la levantan; toda la santidad
promulgada por la caída de las hojas y la savia;
pero un ángel jamás conocerá la afilada ruptura
entre el sol y la sombra donde los árboles comienzan,
la bendita frescura en cada poro acariciándonos:
los ángeles no tienen piel.
Ven la forma del aire; pero los mortales que lo respiran,
beben el verano llenando su pecho.
Las fastuosas rosas, el césped recién cortado, los cautivadores
aromas del mar, el humo de madera quemada que susurra: «descansa».
El temblor en la revuelta piscina de la memoria
que con cada olor provoca crecientes olas,
el placer y la punzada: ¿pueden sentirlo los ángeles?
Los ángeles no tienen nariz.
El alimento de la vida, el cómo florece
sobre la muerte, y el porqué, solo ellos lo conocen por completo; pero no
esa primavera con olor a tierra que nace de la colina ni los fríos y negros arándanos
o el melocotón maduro de la pared del sur, todavía caliente;
tampoco las jarras rebosantes de espuma, el delicado
y poético cordero, una nueva rebanada de ondulantes curvas,
o las gachas y el ácido sabor de las naranjas.
Los ángeles no tienen nervios.
¡Ellos son mucho más ricos! De buena tinta sé que la brujería de los sentidos
nos protege como el aire de los cielos, tan grandes que no se ven;
esa sublimidad punzante y deslumbrante belleza desenfundada
resultaría en la muerte inminente del hombre.
Mas aquí, en este pequeño interior encantado,
en esta estancia del cerebro, su Creador comparte
con los hombres algunos secretos en una privacidad
que será nuestra por siempre, no suya.

Salomón

 

Numerosas columnas de cedro cubrían el pasillo de Salomón,
y jade de China decoraba las paredes interiores.
Lanzado hacia arriba por fuentes con su ligera espuma,
un parpadeo de luz bailaba en la bóveda de esmeralda.
Los fanfarrones, desde su posición elevada, sin parar
alabaron el nombre impronunciable. Los flamencos y pavos reales brillaban.
El incienso, ricamente, oscureció el día. Los príncipes esperaron
en pie —un diapasón abigarrado de trajes en tonos vivos—.
Como el tronco de una palmera, como una torre de dolomía,
como un insoportable mediodía en el esplendor de su poder.
Tan solemne y tan radiante era la imagen de Salomón,
que los hombres temían su inmensa frente y su barba de oro.
En su llegada al estrado, todo fue
destellos de diamantes; crujido de ropa
y suspiros de las damas. Se retorcían de deseo,
esclavizando su corazón. Los músicos punteaban un acorde grave.
Como un trueno en la distancia, de bajo sus pies llegaba
el estruendo del cautivo Jinn y el humillado Ifrit;
las columnas y los cimientos se estremecían; el abismo del Infierno
obedecía al anillo de Salomón, y a los hechizos del Rey.
Junto a su cama permanecían agazapados muchos Jinn letales;
levantó la gloria sobre su pecado sometido,
por una voluntad firme buscaba el estado adamita,
la monarquía flamígera del Hombre. Pero llegó tarde.
Estaba equivocado. Ya no era posible. Entre las hojas
removidas por los pájaros, cubiertas de rocío, habría despertado
la risa fresca e inaugural de Eva, de haber podido esa dama predecir
todo este trágico aparato de esposas, magia y oro.

La purga del pan

 

Soñé que toda la planificación de la humanidad perentoria
había aplastado a la Naturaleza finalmente bajo el pie del Hombre;
el control de la natalidad y el regocijo, la Tierra completamente esterilizada,
el bungaló y los parques de atracciones, habían acabado con nuestro Plan;
pero el león y el unicornio suspiraban en el funeral,
lloraban en el funeral,
sollozaban en el funeral del dios Pan.
Y el elefante lloraba. El pelícano en su piedad,
se golpeaba el pecho emplumado hasta hacer correr la sangre,
y aullando a la humanidad, el búho y el iguanodón,
el avetoro y el búfalo, su canto fúnebre entonaron,
pero peligrosamente, de súbito, un extraño y extático estremecimiento,
un cambio que me hizo estremecer,
atravesó los lamentos de las bestias.
Ya no estaban tristes, sino más fuertes y más horribles,
solo había sido un rumor de la muerte de Pan.
Los escorpiones y las mantícoras y las tarántulas corpulentas
se acercaban a mí, siseando: «¡Viva Pan!»
Y en lo alto, con rabia ilimitada, el viento del norte dibujó su cimitarra,
colérico, con la cimitarra silbando,
vino con aguanieve y naufragio, para castigo del Hombre.
Y ahora, descendiente, voraz, ruidosa y grande, la avalancha
y tras ella, el terremoto desatado sobre el Hombre.
Imponente y apezuñado, el poder de Pan cayó sobre nosotros,
pateando, mordiendo, rasgando, rompiendo. Era el fin del Hombre;
excepto donde se mantuvieron santos y salvajes alejados de sus estragos,
y se arrastraron, cuando los estragos
terminaron, a una tierra vacía. El nuevo mundo comenzó.
Una pequeña raza —un sonriente cielo— sobre los silencios
regresó; había consuelo para el hombre enmendado.
El césped florido había engullido las ciudades altas; siguiendo
a sus rebaños y manadas, hasta donde corrían indescriptibles ríos puros,
sin prisa, meditaba, ambulando a su gusto, ambulando sin medida…
clara, en los enormes pastos, la Voz joven del Hombre.

Vitrea Circe

 

El nombre de Circe
está mal infamado
(aunque los versos de Homero
la retrataron bien)
por personas toscas
y morales
que malinterpretan
su luminosidad peligrosa.
No usaba la belleza
para seducir al hombre,
no ansiaba ningún pretendiente;
las casualidades del mar trajeron
a su isla de bosques silenciosos,
de fruta carmesí
y de serpientes verdes
a sus invitados indeseados.
Vio a esos borrachos
y embreados marineros
comiendo juncias de néctar
y nidos de fénix;
cada vez más
pálida de orgullo, ella se encogió
ante sus bromas lascivas, de penal,
de agua salada.
¿Pensaron en arrancarle allí
su esplendor rosado?
¿Pensaron ellos que su suerte allí
estaba cerca de ser divina?
Cuando la comida terminó
ella se levantó y los golpeó
con su varita extendida
y los convirtió en cerdos.
Con sonrisas y besos
no tentó a ningún hombre;
ella despreciaba las maravillas del amor
y su engaño, hasta
que llegó, sin soñarlo,
el firme Ulises,
libre del destino
por la voluntad de Palas.
Entonces brilló por encima de ella
(pobre Circe arrodillada,
descubierto su engaño)
la espada del héroe.
Ella se puso a su merced,
su esclava, su amante,
olvidó sus maldiciones,
se ruborizó como una sirvienta.
No había nadie que la advirtiera.
Cortó y retorció
su seto espinoso;
lo dejó pasar.
Su espantosa distancia,
sus escamas de vestal,
que eran brillantes como cristales,
se rompieron como vidrios.

Pasajero de última hora

 

El cielo estaba cubierto, la lluvia resonante caía densa y oscura
y los hijos de Noé estaban de pie junto a la ventana del Arca.
Las bestias estaban dentro, pero Jafet dijo: «veo otra criatura más,
llega tarde y sin pareja a llamar a nuestra puerta».
«Deja, pues, que llame —replicó Cam—. O deja que se ahogue o que aprenda a nadar.
Estamos abarrotados; ya no hay ni un sitio más».
Y aún así llama, con qué fuerza lo hace —contestó Sem—. «Sus patas
son fuertes como un cuerno, pero el aire que de él viene es dulce».
«Silencio —instó Cam—. Despertaréis a papá, y cuando descubra
lo que espera en la puerta, significará más trabajo para ti y para mí».
La voz de Noé llegó rugiendo desde la oscuridad de abajo:
«un animal llama a la puerta. Dejadle entrar antes de marcharnos».
Cam le respondió al tiempo que les daba un fuerte codazo a los otros dos:
«es solo Jafet intentando clavarse un clavo en el zapato».
Noé insistió: «Muchachos, escucho un ruido como de cascos de un caballo».
Cam replicó: «es esta terrible lluvia que golpea el techo sin cesar».
Noé se tambaleó hasta la cubierta y asomó la cabeza;
su rostro se tornó gris, sus rodillas temblaron, se tiró de la barba y gritó:
«¡mirad! Se ha cansado de esperar. Se da la vuelta. Toma vuelo.
¡Buen trabajo el que habéis hecho, hijos míos, entre todos esta noche!»
«Incluso si pudiésemos alcanzarlo ahora, ya no volverá.
Ya no. Nuestra descortesía se ha ganado su mayor desdén.»
«Oh, noble y desparejada bestia, mis hijos fueron crueles;
en una noche como esta, ¿qué establo o pesebre encontrarás?»
«¡Oh, tus cascos dorados; oh, las cataratas de tus crines; oh, tu hocico ensanchado
con indignación; oh, tu cuello arqueado, tu hermoso orgullo!»
«Profundos serán los surcos arados en los corazones de los hombres
antes de que vuelva al establo y al pesebre de nuevo,
y oscuros y tortuosos todos los caminos por los que nuestra raza camine;
marchitos todos sus varones como una flor con el tallo partido,
y el mundo entero, Cam, maldiga la hora en que naciste;
por ti el Arca zarpará sin el Unicornio».

El cambio de la marea

 

El aire estaba sin aliento sobre Belén. Negros y desnudos
estaban los campos; duras como el granito las glebas;
setos rígidos por el hielo; la juncia orillada
del remanso, como barras de hierro afiladas.
Y la quietud mortal se extendió desde Belén. Fue derramada
cada vez más en la tierra;
a través de la muralla y la pared, en el campamento y el salón
robó la quietud; todas las lenguas estaban en pie.
En la fiesta del Procurador, el liberto gracioso cesó
su historia y se quedó embobado. Todos eran viajeros
abatidos sobre su cerveza en una taberna, vueltos para escuchar
al señor; su vaticinio fue mudo.
Pero el silencio se derramó sobre las islas y el norte
y alisó las inquietas márgenes de los ríos
y niveló el deleite de las olas y pavimentó
el mar con el reflejo de frías estrellas.
Donde el César en el Palatino se sentó a solas para firmar,
sin ira, sentencias de muerte,
allí robó en su habitación y en su alma la tristeza,
y su pluma vaciló, y su aliento.
Luego, hacia Cartago y las Galias, pasando por Partia y las Cataratas
del Nilo y el monte Amara, reptó;
la travesura y la guerra de la bestia en el pantano y en la selva cesaron,
el bosque creció como si durmiera.
Así que corrió alrededor de la circunferencia del planeta. De la tierra,
una señal, una advertencia, salió
y se escapó, más allá del aire. Sus vecinos se dieron cuenta
del cambio. Estaban turbados por la duda.
Las salamandras en el sol, que blanden mientras corren
colas como América en tamaño,
quedaron aturdidas y estremecidas por él; preguntándose, miraron hacia arriba,
a la Tierra, con recelo en sus ojos.
En las Casas y en los Signos, los Ousiarcas divinos
palidecieron y se preguntaron qué significaba;
los grandes señores galácticos se pusieron espalda contra espalda, con espadas
medio desenvainadas, esperando el acontecimiento.
Y un susurro entre ellos pasó. «¿Es esto quizás el final
de nuestra historia y las últimas glorias de nuestra corona?,
¿funcionó el desorden?, ¿quedó abandonado el refugio principal?,
¿la primavera del mundo está agotándose?».
Después, no pudieron articular palabra. Incluso a ellos
les pudo la debilidad. Eran como moscas en una telaraña,
en su letargo, completamente mudos; la muerte casi había llegado;
la marea permanecía inmóvil en bajamar.
Como una puñalada, en ese momento, sobre el Cangrejo y el Arquero,
sobre la Doncella y el León, llegó el temblor
de la resurrección, la primera y ardiente punzada en el corazón,
fraguando galaxias para estremecerse y sacudirse;
y los señores se atrevieron a respirar, y las espadas se envainaron
y un susurro relajante comenzó,
con el rumor y el ruido del resurgir de las alegrías,
sobre los nervios del universo corría.
Entonces, latiendo en el espacio con ritmo delicado y armonioso,
llegó una música infinitamente breve
y clara. Pero se hinchió y se acercó, y celebró
todos los mundos en la intensidad de su canto.
Y entonces, divinamente profundo, y más fuerte,
con la cadencia y el temblor de la canción embriagadora,
el vibrante ditirambo batió a Libra y al Carnero;
los sesos de Acuario rodaron en rededor;
tal nota ni el Trono ni el Potentado habían conocido
desde que la Palabra primera fundó el abismo.
Pero esta vez se transformó en un misterio, en un asombro,
en una paradoja, en una ambigua felicidad.
El cielo bailó y ardió. Esa fue la respuesta
a la quietud, al Silencio, al temor
que la Tierra había enviado; gozo, júbilo y gritos
descendieron a ella, esfera bajo la esfera.
Saturno se rio y salió de su última edad de hielo,
su barba como el Niágara, se descongeló;
los Monstruos en el Sol se regocijaron; La Veleidosa,
la soltera Luna, olvidó sus pesares.
Un escalofrío de renacimiento y liberación en la Tierra
se deslizó. Sus huesos fueron puestos en libertad.
Entre la rota luz, una brisa onduló y despertó los mares,
en el bosque asustó a todas las bestias.
Las cabras rompieron a bailar desde Taprobane hasta Francia,
desde los Duendes de Abajo hasta el Labrador,
en su verde y asiático valle el Fénix de su huevo
estalló y volvió a ser el Fénix una vez más.
Así que la muerte quedó en arresto. Pero en Belén la bendecida,
nada mayor se escuchaba
que el viento seco en la espina, el llanto del Recién Nacido
y al ganado en el establo mientras se movía.

Adán fuera del Paraíso

 

Vacilantes, con sus cabezas inclinadas, nuestros alterados padres,
lentamente descendieron de su Monte Sacro,
toda su buena fortuna dejada atrás y acabada,
a través del paso unidireccional
Hacia el mundo peligroso, estos países extraños.
Ningún rumor en el Edén había alcanzado a la humana pareja,
de cosas, no de hombres, aunque mitad hombres,
que vagaron por la Tierra más allá de sus muros;
Pero ahora han escuchado a las montañas revolverse y temblar,
a los riscos apilados resonar, a los profundos ibones
y a las cavernas estremecerse, y a las gargantas abismales
con lúgubres tambores de Enanos;
O despertados, alguna prodigiosa noche, por un fuerte
golpe, como de pilas arrastradas dos millas más allá,
corrieron hasta que el alba brilló sobre los Monópodos
que saltan sobre sus talones;
O contenían el aliento, escondidos, y veían a sus mayores,
la raza de los gigantes —pasos como de excavadora,
cabezas como globos, torsos gruesos, como de sapos, y desgarbados—
salpicando la llanura como almiares.
Tuvieron más que temer cuando Caín hubo matado a un cuarto
de la humanidad y se hubo escabullido, y el útero
de un lánguido Homínido, al renegado
engendró hijos ominosos.
Un feliz sonido de formas líquidas, el regazo
de pequeñas olas que suben y suben por la colina hasta que todo
quedó liso y plateado, el claro Diluvio que ascendió
hasta acabar con el grupo; pero aún
La memoria, que no se basa en el fraude de Piltdown,
nos alcanza. Sabemos más de lo que unos huesos nos pueden enseñar.
El lenguaje corporal de Eva, Set dentro de ella despertando,
le enseñó el miedo repulsivo.
Él pasó al mundo. Antes de nacer ya lo hemos escuchado.
Los ogros, durante mucho tiempo silenciados, estallan, voces que como gongs
resuenan en nuestra cabeza, un tambor de enanos rueda,
los Trolls tocan sus cuernos malhadados.

La prodigalidad de Ferdousí

 

Ferdousí, poderoso León entre los poetas, pobre
y viejo, había terminado su augusta montaña de versos,
el gran Shahnameh, glaciar reluciente con las guerras de los demonios,
abaluartado por los amargos trabajos de Rustam e Isfandiyar,
eclipsado por la pena y la gloria de Jamshid, como por las alas de un águila,
sus laderas arboladas y cubiertas de rocío, con los amoríos de reyes,
choca con las rimas que corren como las cataratas de nieve, azules y frías;
y el rey ordenó que se le entregara el peso de un elefante en oro.
Ferdousí, el Pilar levantado entre los poetas, no era querido
por el gobierno. Sonrieron ante la palabra del Rey. El Gran Visir
torció su pálido rostro haciendo parcas muecas y dijo:
«envíenle al viejo rimador treinta mil libras de plata,
el precio de diez buenos viñedos y una hermosa joven circasiana».
Esto les complació y llamaron a una forma secretarial, un patán,
un adulador sin entendimiento y de baja alcurnia,
y le ordenaron que entregase la recompensa, y con pasitos cortos, se fue.
Se encontró al Cedro entre los poetas en los baños aquel día,
descansando, conversando con sus amigos. Eran hombres exaltados,
tomando vino y dulces pétalos de rosas en un pasillo espacioso:
poetas, teólogos, santos o guerreros todos,
amantes o astrónomos. Como gotas de miel, el discurso
terminaba en apotegmas o versos en sus labios
sobre rosas, predestino y guerras heroicas;
y la retórica, la brevedad de la vida del hombre, y las estrellas.
Cortésmente, el Lirio entre los poetas preguntó su voluntad.
Los portadores dejaron la plata a sus pies. El pasillo estaba en calma,
los patanes se volvieron pálidos. Ferdousí hizo señas al esclavo nubio
que le había secado los pies; a él le entregó las primeras diez mil monedas.
Diez mil más de inmediato dio al joven rubio
que le abanicaba, diciéndole: «Hijo, que Alá te traiga alegría;
y en la casa de tu nieto en el Frangistán no creyente
que sea para ti un orgullo haber hablado con el esplendor de Irán».
Por último el cielo de los poetas devolvió al mismo patán
lo restante. «Estás pálido, amigo mío» —le dijo—. Bien has ganado
esta nimiedad por tu cortesía y el calor del día».
Agarrando con fuerza su plata, en silencio la criatura se escabulló,
los perros gruñeron a su paso y los mendigos escupieron. Carcajadas y vergüenza
es lo que depara a su progenie; para él, la llama de Gehena.
Inmediatamente el discurso en los baños una vez más se reanudó
sobre la belleza de las mujeres y los caballos y la brevedad de la vida del hombre.

Un cliché escapa de su jaula

 

I

Dijiste «el mundo está volviendo al paganismo». ¡Oh, brillante
visión! Vi a nuestra dinastía en el bar de la Casa
derramar de sus vasos una libación a las Erinias,
y a Leavis junto a Russell envueltos en flores, anunciados con flautas,
guiando a toros blancos hacia la catedral de las Musas solemnes
para pagar donde es debido la gloria de su último teorema.
El fuego de Hestia en cada llanura, reavivado, quemado ante
los dioses de la despensa. Hijas solteras con obedientes manos
lo cuidaban. Junto a la chimenea, la venerable madre de brazos blancos
Domum servabat, lanam faciebat. Puntuales, a la hora
del sacrificio, sus hermanos se presentaron, en silencio, correctos, serios
ante sus mayores; sus suaves mejillas rápidamente
se sonrosaron (es la marca de los hijos de hombres libres) mientras marchaban,
relucientes por el aceite, recatadamente a casa desde la palestra o el baile.
Caminad con cuidado, no despertemos la envidia de los dioses, felices,
evitad la Arrogancia. El camino medio, el hombre medio,
son mejores: Aidos supera al oro. El respeto por los ancianos
es saludable, como la lluvia estacional, y que un hombre muera
en combate defendiendo la ciudad es algo armonioso.
Así, con mano magistral la Puritana Sofrosina
calmó, instruyó y suavizó nuestros ademanes intranquilos;
El paganismo volvió, así como la circunspección y los temores sagrados…
Tú lo has dicho. ¿Lo sentías? Oh, mentiroso compulsivo. Detente.

 

II

¿O te referías a otro tipo de paganismo?
Piensa, entonces, que bajo el tejado del cielo, el pequeño disco de la tierra,
Midgard fortificado, yace rodeado por la salvaje Serpiente.
Por encima de sus helados bastiones, caras de gigantes y trolls
observan, preparados para invadirla. El Lobo, ciertamente, está atado;
mas la cadena se romperá y la Bestia correrá libre. Los dioses, cansados,
marcados con viejas heridas, el tuerto de Odín, Tyr, que perdió una mano,
renquearán hasta sus estaciones para la última defensa. Que tu esperanza sea
ser merecedor de acompañarlos en ese día;
pues el fin del hombre es alimentarse de su derrota y morir
su segunda y última muerte en buena compañía. Los monstruos,
necios, fuertes e indomables, con certeza vencerán al fin.
Y todo hombre de sangre decente quedará en el bando perdedor.
Tomad como modelo a las mujeres altas con sus dorados cabellos trenzados
que volvieron a casas en llamas para morir junto a los hombres,
o aquel que conforme la lanza de la muerte se clavaba en sus entrañas
hizo observaciones críticas sobre su habilidad y puntería.
¿Son estos los paganos de los que hablabas? Conoce a tus superiores y agáchate, perro;
Tú, que tienes agua Vichy en las venas y adoras el acontecimiento,
a tu diosa Historia (a quien tus padres llaman la ramera Fortuna).

Balada de los señores muertos

 

¿Dónde, en qué alegre lugar, bajo
qué horizonte rosado reside hoy
aquel hombre respetable, monsieur Clicquot
cuya viuda ha hecho el mundo tan alegre?
¿Dónde está ahora míster Tanqueray?
¿Dónde estará el rey de Saba
(cuya esposa le arrancó la vida tiempo atrás)?
Pero, ¿dónde están los señores maridos?
Díganme, ¿adónde fue míster Beeton
con su nariz rubicunda y sus bigotes grises
hace tiempo, a soñar con dumplings,
syllabubs, sopas y entremeses?
¿En qué sombría isla posó Twankey
su dolorida cabeza? ¿Qué mar susurrante
le arrulla tras la batalla de la vida?
Pero, ¿dónde están los señores maridos?
¿Cómo brillarán las mejillas de míster Grundy
junto a piscinas naturales donde las bellezas juegan?
Lo imagino, mas ¿lo sabré algún día?
¿Dónde —si llega a eso, Dios nos libre—
está míster Masham? ¿Y Sevigne,
Siddons, Zebedeo,
Gamp y Hemans, ¿dónde están ellos?
Pero, ¿dónde están los señores maridos?
Princesas todas, bajo vuestro mecer,
en este mundo serio, se arrodillaron;
aires libertinos en el Elíseo preguntan
pero, ¿dónde están los señores maridos?

Suite Narniana

 

I

Marcha para cuerdas, timbales y sesenta y tres enanos.
Al son de un pizzicato y el parloteo del timbal
corremos a la batalla en medio del estrépito de la guarnición;
nuestras barbas largas como pelucas gotean opopanax,
baratijas y tesoros destellan de cada parte de nosotros—
(¡Raspa! ¡Golpea! El violín y el timbal).
Los humanos ignorantes piensan que somos solo pequeñas marionetas
y todos nuestros avíos de guerra nada más que bonitas baratijas;
pero un pequeño arbusto tiene espinas, y pronto se encontrarán en un apuro si
una lluvia de arquería enana cae sobre su caballería—
(¡Corre! ¡Tañe! La pelea y la jabalina).
Y cuando la pelea se espesa, nos podemos retorcer y mover bajo ella;
entonces, la daga les hará cosquillas, les agarraremos y lucharemos cuerpo a cuerpo,
y la trampa y el engaño les meterá en un brete, les placará y derribará
hasta que se apiñen, engañados, en medio de nuestras cabriolas—
(¡Esquiva! ¡Salta! El escabullimiento y la voltereta).
Cuando les hayamos dispersado y acribillado con las piedras de nuestras catapultas
nos volveremos en señal de triunfo y nos colaremos entre las grietas y hendiduras
para regresar a la capital y la cuna de nuestro pueblo,
nuestras fraguas y hornos, las cavernas de la tierra—
(¡Oro! ¡Fuego! El yunque y la fragua).

 

II

Marcha para tambores, trompetas y veintiún gigantes
Con zancadas firmes de pompa y orgullo
venimos a golpearos y derribaros;
chocaremos vuestra torpes cabezas hoy
y pisotearemos con fuerza vuestras murallas hasta hacerlas arcilla,
y mientras pateamos, saltamos y jugamos
nuestro triunfo resonará ante nosotros—(crescendo)
¡Un, dos, un, dos, las trompetas resuenan ante nosotros!
Os machacaremos y romperemos y ataremos y robaremos
¡os saquearemos y aplastaremos!
Con rocas y golpes de maza,
zoquetes, así es como haremos mella en vosotros
cometeréis algún error y correréis a ciegas, como
aturdidos por un estruendo a nuestro alrededor—
¡Un estruendo, estruendo, estruendo, a nuestro alrededor!
¡So! Que tiemble la ciudad y se venga abajo,
¡que caiga su escudo y sable!
vuestros reyes mascullarán y palidecerán
vuestros caballos tropezarán y huirán,
vuestros consejeros, divagando, fracasarán,
Así que, que retumbe el tambor apaleado— (Diminuendo)
¡Que retumbe, retumbe, retumbe, retumbe, retumbe el tambor apaleado!

Confieso

 

Soy tan tosco, lo que los poetas ven
es obstinadamente invisible para mí.
Durante veinte años he observado lo mejor que he sabido
para ver si el atardecer, —cualquier atardecer— pudiera evocar
un paciente anestesiado sobre la mesa;
En vano. Simplemente, no era capaz.
Para mí cada crepúsculo se parecía mucho más
a una despedida, desde una orilla silente, y a la vez abarrotada,
de un barco cuyo flete era todo, dejando atrás
elegantemente, finalmente, sin despedidas, a una humanidad abandonada.
Un atardecer rojizo tras un seto en el Este
jamás, para mí, se pareció lo más mínimo
a un sabañón en la nariz de un coctelero;
Las cascadas no me recuerdan a jirones de lencería,
ni los glaciares a latas. Nunca he visto
que la luna se parezca a una vieja jorobada;
más bien, un prodigio, incluso ahora,
no naturalizado, un acertijo deslumbrante en la frente de los Cíclopes
del frío mundo, recordándome a qué clase de lugar
me aferro, un planeta sin bastiones en medio del espacio.
Nunca el blanco sol del más frío día
me pareció un esputo de taberna [60].
Soy como ese hombre extraño que Wordsworth conoció, para quien
una primavera era una flor amarilla, una cuya maldición
lo mantiene para siempre en la lista de bobos,
obligado a vivir de respuestas típicas
sacando lo mejor de lo banal…
pavos reales, miel, la Gran Muralla, Aldebaran,
cañales de plata, césped recién cortado, olas en la playa, gemas,
las formas de caballo y de mujer, Atenas, Troya, Jerusalén.

Poemas tardíos y sin fechar

Nana de Ciencia Ficción

 

Tarde o temprano el Hombre
intentará llegar al cielo,
navegando más allá del aire
de aquí abajo, a allí arriba.
Estrellas y cielo, cielo y estrellas
nos hacen sentir los barrotes de la celda.
Imagínatelo. Ahora viajamos
encerrados en acero, allí arriba, fuera,
a través de las portillas vemos el vasto
cielo escapar corriendo.
¿Vamos? Todo lo que vemos
es cielo y estrellas, estrellas y cielo.
Haces de luz rodeados de negro
cuelgan como en un cuadro,
inmóviles, no más cerca allí
que en la Tierra, siempre
equidistantes de nuestro barco.
El cielo nos ha dado esquinazo.
Silencio, no te muevas. El espacio exterior
es un concepto, no un lugar.
No lo intentes más. Donde estamos
jamás puede haber cielo o estrellas.
Desde prisión, en una prisión, volamos;
No existe camino que lleve al cielo.

Un poema sobre Nicolás de Cusa
(de Docta Ignorantia, III. IX)

 

Al alimentar alma y cuerpo,
uno ve sus diferentes fisiologías.
La firmeza de la manzana, la silueta
acanalada del apio, o la ceñida piel de la uva,
muelo y desmenuzo cuando como,
para luego, en el calor oscuro, salado, interno,
aniquilar su naturaleza por medio
del acto mismo que les hace yo.
Mas cuando el alma se alimenta del bien
o la verdad, que son su suculenta comida,
por alguna química mucho más sutil,
no son ellos quienes cambian, sino ella,
que siente cómo cruza
cual conquistador, su puerta abierta,
o cómo digiere, cual espejo, sus rayos
volviéndose tan luminosa como ellos.

Legión

 

Señor, escucha mi voz, mi presente voz quiero decir,
no la que pueda hablarte dentro de una hora
(pues soy Legión) en sentido contrario,
y no por votación decide entre
los múltiples partidos que mi Estado ha visto
o verá. Condesciende a la pretensión
de que quien habla ahora soy yo; en su defensa,
disuelve mi parlamento e intervén.
Tú apenas recordarás, aunque lo pedimos,
el libre albedrío antaño otorgado. Mas a esta petición
otorgaste un peso injusto. Toma mi palabra. Haz
una concesión: sírvete de ficciones jurídicas; por todo ello,
todos mis yoes enfrentados han de portar la misma voz;
hasta nunca, Tú en vano me has creado.

Tras Aristóteles

 

Virtud, a quien los hombres con esfuerzo
buscan como su más preciado tesoro,
por tu belleza, Virgen, gustosamente los hombres
morirán aquí, en Grecia,
y por siempre vivirán días difíciles
y pasarán, incansables, duras pruebas;
tan poderosa es tu caricia
en los corazones mortales, y tal es
tu inmarcesible fruto; mucho más
preciado que cualquier riqueza;
mucho más, y más querido que
nuestro atento padre, nuestra cariñosa madre;
más preciado incluso que la profunda oscuridad
de los ojos del dios del Sueño.
Ligeros como perros persiguiéndote,
los gemelos descendientes de Leda
y Héracles, a quien Zeus engendró,
hasta su última hora no desfallecieron;
siguiéndote durante largas horas de trabajo
a ti, que haces a tus amantes fuertes;
así, por ti, Aquiles y Áyax buscaron la tierra silenciosa.
Y últimamente, el lactante de
Atarneo por tu preciado amor
no se lo pensó dos veces cuando desechó
la luz del sol de nuestro último día.
Así, las nueve hijas de la divina Mnemósine
fuera del alcance de la muerte cantarán
su nombre, y no excluirán
de su alabanza los elogios de Zeus, quien mejor
defiende la verdad entre anfitrión e invitado
y santifica los finos lazos que atan
la amistad indisolublemente.

Una declaración

Contra demasiados escritores de ciencia ficción

 

¿Por qué nos has engañado así,
año luz tras año luz, a través del abismo,
construyendo (¡como si nos importase el tamaño!)
imperios que esconden galaxias enteras,
si al final del camino nos encontramos
los mismos viejos cuentos que dejamos atrás,
historias telúricas ya trilladas de
ladrones, espías, conspiradores o amor,
cuyo escenario podría haber sido
El Bronx, Montmartre o Bethinal Green?
¿Por qué debería abandonar esta celda de suelo verde,
techado por el azul del aire, en la que moramos,
a menos que, más allá de sus puertas custodiadas,
lo sobrenatural, que tanto anhelamos, nos esperase;
una rareza que nos mueve más que el miedo,
una belleza, que nos apuñala con una lanza de hormigueo,
o una Maravilla, que yace en nuestro corazón,
la punta de un dedo al que seguimos
como si algún pensamiento, demasiado rápido y tímido
para el entendimiento de la razón, acabase de pasar?

Mientras cae la ruina

 

Todo esto no es sino ostentosa retórica sobre amarte.
Jamás he tenido un pensamiento altruista desde que nací.
Soy un mercenario y egoísta hasta la médula:
os quiero a Dios, a ti, a todos mis amigos, solamente para servirme.
Paz, consuelo, placer es todo lo que busco,
no soy capaz de salirme ni medio palmo de mi propia piel:
hablo de amor —el loro de un sabio puede hablar griego—
mas, encerrado en mí mismo, siempre acabo donde empiezo.
Solo que ahora me has enseñado (cuán tarde) mi falta.
Veo el abismo. Y todo lo que eres estaba convirtiendo
mi corazón en un puente por el que podría volver
del exilio, y hacerme hombre. Y ahora el puente se está rompiendo.
Por ello, te bendigo mientras cae la ruina. Los dolores
que me causas son más preciados que todas las ganancias.

Evocando a los poetas de antaño

 

Una mirada más alegre en tu afable y atormentado rostro,
y todo mi cielo queda abovedado por un azul sin nubes;
un verano eterno, en cuestión de segundos,
sopla con un aire dulce, y brilla y calienta.
Una mueca triste en tus labios, una lágrima tuya,
una bocanada de fe ahogada por su enemigo,
y, una vez más, desciendo a un mundo de cloacas
y escoria, de martilleantes y atronadoras ruedas.
Así, lo que los poetas me contaron del amor
(la obediencia de Tristán, la soberanía de Isolda…)
Se hace realidad de una espantosa manera con la que no soñé:
lo que una vez estudié, ahora aprendo a ser;
Aprendí, ¡cuán tarde!, atormentado, la respuesta
que antaño con júbilo habría dado.

Reajuste

 

Creí que encontraría una belleza grave, un ocaso esplendoroso
en ser el último de mi especie: el momento más álgido mientras uno contemplaba
la enorme ola curvarse sobre Atlántida, una barcaza cubierta
que se aleja con un Arturo herido, o Ilión ardiendo.
Ahora veo que, todo este tiempo, supuse una posteridad
de corazones bondadosos: alguien, por muy lejano que esté en las profundidades del tiempo,
que recibiera nuestra señal, alguien que entendiera una historia. No la habrá.
Entre el nuevo homínido y nosotros, que estamos muriendo ya,
se levanta una barrera que nos separa y que ninguna voz jamás podrá arrollar,
pues los demonios están destruyendo el lenguaje. Debemos dejarlo estar para siempre.
Arranca de raíz tus amores, uno a uno, con cariño, desde el futuro,
y desconfiando de todo futuro, recibe la maciza bofetada
y la oleada de rayos eternos y multidimensionales que convergen
en esta pequeña y crucial gota de rocío, el presente que refleja todo.

Intensidad del mediodía

 

Hasta que tus rayos de alquimia todo lo vuelvan oro,
deben pasar más de mil y un metales. De la noche
aún no retirarás su brillo de plata y aún muchas veces,
con tintes saturnianos, el frío Atlántico
envolverá por la mañana los acantilados
de Cornualles, bruñidos de cobre luminoso;
hasta que se nos entrena lentamente, esa es nuestra visión
tal como la pura proyección osa contemplar.
Aun cuando el Sol ascienda, puede que en él
nuestros ojos, más perfectamente, contemplen
las más básicas virtudes; así, te escuchará hablar
pero no morirá. Hasta entonces, aún eres libre,
sin quemaduras de la intensidad de tu mediodía,
una fresca y vespertina hora para pasear por el jardín.

De Esteban a Lázaro

 

Mas yo fui el primer mártir que
dio nada menos que su vida, mientras tú,
ya libre entre los muertos,
arrancados tus harapos y despojado de tus cadenas,
entregaste lo que todos los demás hombres
irrevocablemente [con celo] guardan, y cuando
tu barco destrozado descansaba anclado,
aparentemente a salvo en la oscuridad de la bahía,
sin una ola agitándose, dócil
te hiciste a la mar de nuevo
aun sabiendo que tu muerte (en vano
ya moriste) ¿debe darse otra vez?

El amor es cálido como las lágrimas

 

El amor es cálido como las lágrimas,
el amor es lágrimas:
presión en el cerebro,
tensión en la garganta,
diluvio, semanas de lluvia,
almiares flotando,
mares calmados entre
setos, donde una vez hubo verde.
El amor es feroz como el fuego,
el amor es fuego:
todos los órdenes del calor infernal
tintineando con codicia y orgullo,
deseo lírico, afilado y dulce,
riendo, incluso cuando se le niega
y esa llama empírica
de donde vinieron todos los amores.
El amor es fresco como la primavera,
el amor es primavera:
el canto de los pájaros colgado en el aire,
olores frescos en un bosque
susurrando a la savia, a la sangre:
«¡Atrévete, atrévete!»,
diciendo: «comodidad, seguridad, descanso,
son buenos; no lo mejor».
El amor es duro como los clavos,
el amor es clavos:
embotados, gruesos, remachados a través
de los mediales nervios de Uno
que habiéndonos creado, supo
lo que había hecho,
viendo (con todo lo que es)
nuestra cruz, y la Suya.

La Natividad

 

Entre los bueyes (como un buey, soy lento)
veo una gloria en el establo crecer
que, con la torpeza de un buey,
me daría la fuerza de un buey.
Entre los asnos (tercos como yo)
veo a mi Salvador en donde busqué heno;
así puede que mi insensatez de bestia aprenda al fin
la paciencia de la bestia.
Entre las ovejas (yo, como una oveja, me he extraviado)
veo el pesebre en el que está mi Señor;
¡Oh, que mi naturaleza baladora gane allí
una inocencia lanuda!

C.S. Lewis, Irlanda del Norte, 1898-1963