Donde hubo carlismo, hubo curas y hay separatismo

 

El socialista francés Manuel Valls insiste en que deberíamos respondernos qué significa ser español. ¿Usted tiene una respuesta?

Ser español, como ser francés, implica un sentimiento de pertenencia a una misma comunidad, la conciencia de compartir valores y tradiciones semejantes y proyectar un mismo porvenir. Lamentablemente España es la única nación europea que sigue interrogándose sobre su existencia en vez de esforzarse por continuar construyéndose. Aunque nos incomode reconocerlo, vivimos en un país asustado que siempre ha sido algo extraño. Esta debilidad del sentimiento nacional nos diferencia de todas las naciones de nuestro entorno, donde la pertenencia a una comunidad se da por sentada y se recibe gozosamente como una herencia cívica.

¿Y de dónde viene esa debilidad?

La verdad es que, por motivos que tienen que ver con las tribulaciones de nuestro siglo XX, se ha exagerado la cautela a la hora de ejercer el patriotismo, como si con éste se molestara a quienes no han dudado un segundo en propagar por la tierra, el mar y el aire de sus competencias autonómicas los argumentos de su independentismo disgregador. Nuestra crisis nacional parte de nuestros errores, no de las insidias de los nacionalistas, ni de su compañera de viaje, una izquierda desnaturalizada. Lo que resulta verdaderamente escandaloso, porque responde a una dejación de responsabilidades de los gobernantes, es que los españoles hayan carecido de una idea de nación que les garantice seguridad en momentos como éstos, y que permita enfrentar la ofensiva separatista desde una posición de superioridad intelectual, mayor eficacia política y mejores recursos de veracidad histórica.

Está a punto de publicarse su ‘Viaje sentimental por España’. Ese adjetivo, sentimental, es muy problemático. ¿Debería España dotarse de un relato sentimental de su historia como han hecho sus nacionalismos periféricos?

Luis Cernuda describe en uno de sus poemas de exilio más sobrecogedores el momento en que se dio de bruces con la amargura de un compatriota en una calle londinense: “¿España?”, musitó el individuo, pasando de largo junto al poeta: “España es sólo un nombre”. Pocas veces se habrá expresado de una forma tan adusta la insoportable sensación de una pérdida. Lo triste es que durante muchos años para muchos de nuestros compatriotas España ha sido un mero nombre, una pura institución administrativa, olvidándose de que las naciones se desarrollan no sólo a partir de decretos y normas políticas sino fundamentalmente a través de símbolos y valores culturales. A esa España de la Constitución de 1978 la dejamos reducida a una definición jurídica, la despojamos de las emociones que la constituyeron como nación libre en los años de la Transición. Temiendo dramatizar nuestro patriotismo, España dejó de ser una conciencia en tensión, para adquirir la forma de unas instituciones rutinarias. Dejó de ser sentida como nación, para sólo ser considerada como Estado. El patriotismo había sido propiedad de algunos y, al parecer, el remedio no fue nacionalizar de nuevo a los españoles, sino dejarnos a todos sin nación.

Da la sensación de que no hay nada tan español como impugnar los triunfos propios. España ha vivido unas décadas prodigiosas, de superación de traumas históricos, de desarrollo económico, de extensión de las libertades… ¿Por qué esta permanente crisis de autoestima?

Aunque se pasaron los tiempos del pesimismo y del masoquismo intelectual, no pocos españoles creen vivir en una nación enferma, cuya historia es el relato de un inveterado atraso y de una interminable decadencia. La leyenda negra nos ha hecho mucho daño y hemos acabado interiorizando las maldades que desde el extranjero se han dicho de nosotros. Si Reino Unido es el país europeo al que menos le afectan las visiones que sobre él se dan desde el exterior, España es, por el contrario, la nación a la que más le influyen las opiniones que sobre ella se dan más allá de sus fronteras. De todas formas, la miopía que impide el reconocimiento de los logros de nuestro país y su posición en la cabecera del mundo tiene que ver con las turbulencias de España en su historia más reciente. Es el único país de su entorno que en pleno siglo XX ha tenido una guerra civil y una larga dictadura que han pulverizado el marco político, mientras en Europa convivían el liberalismo, la democracia cristiana y la socialdemocracia, con una misma idea de civilización, de cultura y de Estado nacional.

Usted se ocupó de ello en ‘Los mitos de la Historia de España’

Todas las historias de todas las naciones están trufadas de mitos, muchos de ellos nacidos al calor de la falta de libertad, la obsesión étnica o la ausencia de conciencia crítica. Por ello el deseo que inspiró mi libro era el de afirmar una nación desnuda de fabulas y leyendas donde la razón predomine sobre la ingenuidad y el ciudadano suplante de una vez por todas a la tribu o a la aldea. El presente de cualquier nación lo definen sus ciudadanos, no las voces ancestrales de su tierra; la historia de la vida en común, no la memoria inventada de la teología nacionalista; la convivencia integradora, no la soledad del campanario. La historia en el siglo XXI no debería pasar por el mito ni por el saqueo nacionalista o regionalista sino por el ejercicio público de la razón y la metodología científica. La historiografía española goza en general de buena salud pero el problema se plantea con especial virulencia en comunidades autónomas cuyos gobiernos están embarcados en explícitos proyectos de construcción nacional, en cuyo caso la negación histórica de la nación española se convierte en objetivo prioritario y para ello se recurre al despliegue de toda una sarta de falsedades. Ellos, los nacionalistas, son los que traen sus símbolos harapientos, sus mitos de guardarropía, sus efectos especiales para el espectáculo de la confusión. “Nosotros somos quienes somos, basta de historia y de cuentos”, ya lo dijo el poeta Gabriel Celaya empujando una movilización ciudadana que nos devolviera el orgullo de ser español.

La burguesía catalana podía tener pulsiones regionalistas pero nunca como hasta ahora había atentado de una forma tan consciente contra sus propios intereses.

En la cultura nacionalista, el pasado es sólo un arma de destrucción intelectual masiva. El sistema educativo en Cataluña ha sido durante estos años una forja de almas templadas en el discurso identitario. Todos los mecanismos de promoción social han sido empleados por el poder autonómico al servicio de la estrategia independentista. A la Iglesia catalana no ha tenido necesidad de comprarla por su querencia natural a la magia de la nación, a la sacralización del proyecto nacionalista y a la satanización de la inserción en España. Consumada esta estrategia sociocultural de normalización independentista, los nacionalistas catalanes han pasado a otro nivel más peligroso. Ha triunfado un nacionalismo de la cartera basado en la reivindicación de un bienestar económico que no ha sido saqueado por la crisis, sino por el expolio de los españoles. La liberación del pueblo adquiere una textura mucho menos lírica que hace 30 años: precisamente por ello ha conseguido triunfar. Porque ha conseguido relacionar el sufrimiento de la gente con la condición de sometimiento de la verdadera nación. Pero el nacionalismo independentista no hubiera llegado a donde llegó con su golpe de Estado desde las propias instituciones políticas si no hubiera sido acompañado en su viaje por la fuerza emocional y destructora del populismo.

El mito de Cataluña como ejemplo de modernidad frente al arcaísmo castellano es uno de los más arraigados de nuestra prolija mitología.

Ni Cataluña fue solo moderna y europea, ni la burguesía catalana fue progresista, ni el autoritarismo o el imperialismo de corte fascista fueron creados en la rural y decrépita Castilla como desean imaginar los nacionalistas catalanes del siglo XXI. Tras la Guerra Civil, media España ocupó a la otra media, lo que quiere decir también, muy a pesar de quienes han inventado una Cataluña exclusivamente republicana, que media Cataluña ocupó a la otra media. Porque la Guerra Civil, como en el resto de España, supuso el ensañamiento de catalanes contra catalanes. En Cataluña muchos sintieron con alivio la derrota republicana. Las historias de los nacionalistas catalanes olvidan que la Cataluña de Companys y el anarquismo armado aterró a la gran burguesía y a las clases medias; y que quienes militarmente terminaron por aplastar la utopía revolucionaria fueron recibidos con entusiasmo por muchos catalanes, alguno de los cuales, como Francesc Cambó, financió a Franco.

Se suele señalar que las zonas de Cataluña donde el independentismo es hegemónico son aquellas de fuerte arraigo carlista, ¿es una coincidencia?

En absoluto, el nacionalismo, como hijo del carlismo, prendió con fuerza en las zonas donde se atrincheraron las fuerzas contrarias a la España constitucional. El catolicismo fundamentalista, la demonización de un liberalismo progresivamente abierto a los sectores populares, el miedo a la modernización social y política que experimentaban los Estados europeos de la época, incluido España, constituyeron las principales señas de identidad de la ideología carlista, que se adueñó de una parte de la Cataluña rural. Donde hubo carlistas, hubo curas y hay independentistas. Alrededor de casi todos los nacionalismos conservadores se apiñan los curas en tal número y con tanta fogosidad que no pocos politólogos vienen destacando la importancia de la contribución cristiana a la propagación de dicha ideología. Se esgrimen distintos argumentos. El clima emocional que envuelve al comportamiento religioso prefiere antes las cálidas y piadosas abstracciones de la nación o pueblo que las frías y materiales reivindicaciones de la clase social.
Barcelona siempre ha representado lo contrario a ese clima político del rural.

Hay que destacar que este nacionalismo montaraz, tan feraz en zonas de Cataluña, ha pretendido asaltar Barcelona. La mítica y farsante caída de la ciudad patriótica en manos de los enemigos de Cataluña el 11 de septiembre de 1714 puede presentarse ahora de otro modo: Barcelona y su área metropolitana han sido los enemigos jurados del discurso nacionalista. Han sido el poder institucional y el espacio social que el pujolismo nunca soportó. La capital de Cataluña y el reguero de poblaciones que la envuelven han sostenido una ejemplar inmunidad a los berridos de sirena del nacionalismo.

¿Usted considera urgente la reforma de la Constitución?

No me parece que haya urgencia alguna en la reforma de una Constitución que ha impulsado los mejores años de la historia de España. La que permitió que nuestro país se convirtiera en un Estado fuertemente descentralizado, sensible a la demanda democrática y atento a las peculiaridades de sus regiones. Y, por supuesto, me parecería suicida tratar de reformarla para contentar a quienes dentro del marco español nunca se sentirían contentos. Lo relevante no es el hecho diferencial sino la voluntad diferenciadora. Somos en España 46 millones de hechos diferenciales. Por eso a finales del siglo XVIII con la Revolución Francesa se inventó una fórmula útil: puesto que la naturaleza nos ha hecho distintos, establezcamos la obligación moral y jurídica de ser tratados igualmente. Y es eso justamente lo que dice la Constitución. A los que quieren reformar la Constitución vigente se les podría sugerir que empezaran eliminando la disposición adicional primera que ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales.

Supongo que vio el discurso del Rey del pasado 5 de octubre. ¿Éste ha sido el 23F de Felipe VI? ¿Un hito, al menos, en su reinado?

Me pareció un discurso magnífico, que sirvió para serenar los ánimos entristecidos de millones de españoles. Del mismo modo que un joven Juan Carlos I se enfrentó a graves problemas en los momentos iniciales de la democracia, un joven Felipe VI comprendió que su función no debía ser una vaga representación del Estado sino la de una España real que se encuentra en peligro de descomposición institucional y fractura territorial.

 

Fuente | Fernando García de Cortázar | Rafa Latorre | El Mundo (16/12/2017)

Carlismo y separatismo

Del carlismo al separatismo catalán

 

¿Será un capricho del azar el hecho de que los enclaves independentistas en este 2017 coincidan con los feudos carlistas del siglo XIX? Probablemente, no es pura casualidad geográfica sino consecuencia del devenir histórico. A un tiro de piedra de la Pastelería Puigdemont -regentada durante generaciones por la familia del presidente de la Generalitat de Cataluña en el centro de Amer (Gerona)-, en abril de 1849 capitulaban las fuerzas de Ramón Cabrera dando por acabada la Segunda Guerra Carlista. Amer, donde nació, creció y se formó Carles Puigdemont había sido el cuartel general carlista en el conflicto bélico por el proteccionismo de la industria y la agricultura catalanas. Los vestigios carlistas fueron parte de la formación del actual presidente de la Generalitat, candidato de CiU a la presidencia del Gobierno catalán.

La Segunda Guerra Carlista, de 1846 a 1849, tuvo más impacto en Cataluña que en el resto de España. Algunos historiadores califican la contienda de rebelión aislada, conocida como la Guerra de los Matiners (madrugadores), en lugar de guerra civil generalizada como las otras dos que vio el siglo XIX, la de 1833-40 y la de 1872-76. La Segunda Guerra Carlista fue una guerra contra los impuestos, los aranceles, las hambrunas o la política de quintas que desposeía a familias de sus mejores trabajadores. Las decisiones del gobierno del liberal Ramón María Narváez perjudicaban la economía y la vida de los catalanes y favorecían la importación del algodón inglés, entre otros productos, que llegaban con el liberalismo comercial que traspasaba fronteras. ¿Resucitará el Brexit el proteccionismo? Eso es harina de otro costal.

Al carlista Ramón Cabrera lo honoraron con el título de marqués del Ter, el nombre del río gerundense, por haber luchado durante un año con ímpetu en una guerra perdida. Amer y el interior gerundense, que en el siglo XIX era mayoritariamente carlista, es donde hoy las banderas independentistas sobrepasan la altura de los campanarios de pueblos como Verges, cuna del cantante Lluís Llach, o Gualta. La doctrina independentista -o soberanista como prefieren llamarla ellos- conlleva similitudes con la carlista, el movimiento absolutista y reaccionario del XIX, y viene a ser el nuevo neocarlismoEl neocarlismo no se limita a las comarcas de Gerona y al presidente Carles Puigdemont sino que se extiende por toda la geografía catalana, especialmente por el interior, de donde provienen también todas las figuras históricas del carlismo. No sólo el tortosino Ramón Cabrera sino también la familia de mosén Benet Tristany, de Ardèvol (Solsonés), que dio a la causa carlista varias generaciones de sobrinos. En la comarca del Penedés, al sur de Barcelona, la autopista de pago entre Barcelona y Valencia -la que une Valencia y Madrid es gratis- ha sido adornada este verano con una incontable retahíla de estandartes soberanistas para marcar territorio independentista.

El ayuntamiento más importante gobernado por CUP es el de la ciudad de Berga (16.000 habitantes), baluarte carlista en la primera guerra, la de 1833 a 1840. Aquella lucha -calificada por historiadores modernos como la última guerra primitiva en términos de atrocidades- acabó con la caída de Berga en manos del general liberal Baldomero Espartero. También fue finalizada por el general Ramón Cabrera quien se ganó el título de conde de Morella y se rindió en Berga antes de exiliarse a Francia y poner fin a la contienda. ¿Qué más quieres Baldomero? Le debieron decir los vencidos en Berga. Los carlistas, optando por un determinado candidato de la dinastía borbónica, bajo el lema Dios, Patria, Rey y Fueros se oponían a la formación del Estado liberal y de Derecho. Eran contrarios a la apertura comercial y los cambios sociales y de pensamiento que implicaba la industrialización y el surgimiento del Estado burgués. Arrancar poder del Estado central en favor de lo local y autóctono permanece como una de las tónicas entre carlistas del XIX e independentistas del XXI así como la defensa de las instituciones y las leyes forales, signos de identidad, tradición y continuidad.

Aunque la descentralización es uno de los objetivos de ambos movimientos políticos, otros de sus retos son diferentes e incluso opuestos radicalmente. Dios y Rey se han devaluado por el camino que va del siglo XIX al XXI. Los Borbones, procedentes de Isabel II o del espurio Carlos V, no tienen lugar en la hipotética republica catalana. La religión ha perdurado hasta hace poco en las extinguidas filas políticas de Carles Puigdemont. La alianza de CiU, formada por la Convergència Democràtica dirigida por el autodenominado católico Jordi Pujol y el partido democristiano Unió Democràtica, ha derivado en el Partido Demòcrata Català y en la nueva coalición de Junts pel Sí con el histórico del independentismo ERC (Esquerra Republicana de Catalunya).

En la refundación del nacionalismo catalán para desposeerse de la etapa de Jordi Pujol y su supuesta corrupción, el partido de Carles Puigdemont se ha despojado también del sentido religioso. En la transformación post Jordi Pujol se ha impuesto el independentismo y han prescindido de Dios. Por su parte, la CUP es anticlerical. Su juventud Arran quiere convertir la catedral de Barcelona en una tienda de ultramarinos que, en este caso, los productos no vendrían de Ultramar sino del interior catalán.

La Patria, como parte de la consigna ancestral carlista, se ha convertido en concepto personal de elucubración política e ideológica. Los carlistas atendían al autoritarismo jerarquizado y al militarismo. La CUP es asamblearia con voto individual que, como han mostrado, resulta en increíbles empates. Los carlistas se lanzaban a la guerra porque no tenían otra forma de hacerse oír. Los independentistas forman parte de la democracia parlamentaria. Son parecidos, pero no son iguales, aunque habiten la misma geografía: el interior y los medios rurales. El patrón político-geográfico podría extenderse al País Vasco y Navarra donde la Tercera Guerra Carlista (1872-76) se luchó con mayor fuerza que en el resto de España. De la misma forma que la primera tuvo mayor incidencia en Cataluña, Aragón y Valencia. Y la segunda sólo en Cataluña.

Los medios rurales y las zonas empobrecidas (no pobres) emergen como los baluartes carlistas a partir de 1833 cuando los rebeldes se adhieren a una rama de la familia real. La disputa dinástica entre Borbones o la frustrada boda entre Isabel II y el falso Carlos VI se consideran razones de menor importancia entre las causas que generaron las guerras carlistas. Las ciudades de Barcelona y Bilbao no fueron carlistas en el XIX ni muestran hoy el entusiasmo independentista que late en el Ampurdán, el Bergadá, el Priorat o el interior vasco-navarro. Las juventudes de Arran y Ernai (CUP y Sortu) al estilo neocarlista se rebelan contra la precariedad laboral, la concentración urbana, la incertidumbre en el trabajo y el desarraigo que genera la economía de servicios en lugar de alzarse, como hicieron los carlistas, contra la industrialización y más que ella contra los cambios sociales originados a raíz de ella en el siglo XIX. Este verano Arran y Ernai o el neocarlismo con su mirada hacia lo local y lo autóctono se han levantado contra el turismo en lo que se ha venido en llamar turismofobia o contra la masificación de cualquier cosa.

Ni para España ni para Cataluña el 2017 es 1833, no obstante, en el discurso independentista o soberanista que han tejido la mayoría de las fuerzas catalanas (ahora están en mayoría en el Parlamento de Cataluña) se vislumbran algunos aspectos anotados en la doctrina carlista de hace dos siglos. Y si me limito al personaje de Ramón Cabrera: acabó reconociendo a Alfonso XII como rey legítimo mientras vivía un exilio dorado en Inglaterra en el que conspiró por lo que él creía un futuro mejor para España.

 

Fuente | Conxa Rodríguez | El Mundo (16/09/2017)

Carlismo y separatismo

La mentira de los separatistas

 

Según el separatista Partido Nacionalista Vasco o P.N.V. y la E.T.A. o sus organizaciones paralelas, Euzkady era independiente y el ejército español les invadió y quitó la libertad. La realidad histórica es muy diferente, Vascongadas nunca ha sido independiente ni jamás han estado unidas las siete provincias: las tres francesas o Ipararralde: Soule, Labourd y Baja Navarra, Navarra o Nafarroa con capital en Pamplona o Iruña y las tres vascas: Vizcaya o Bizkaya con capital en Bilbao o Bilbo, Guipúzcoa o Guipuzkoa con capital en S.Sebastián o Donosty y Alava o Araba con capital en Vitoria o Gasteiz. La raza vasca, según F.Navarro Villoslada, nacido en Arcos (Navarra), en su libro “Amaya y los vascos”, procede de la tribu perdida de Israel y de Jafet, el hijo de Noé, que no el padre de los semitas, es decir, Sem, ni de los camitas, o sea, Cam, por lo tanto, si hay lógica en este tema, pura etnia aria o indoeuropea.

Luego Sabino Arana, el fundador del P.N.V. que compitió por la primera cátedra de euskera con Miguel de Unamuno y Jugo, el cual sería años más tarde el rector de la universidad de Salamanca, no la ganó ninguno de los dos sino un señor con nombre de mujer Remedios; se inventó algo parecido a lo del ph, es decir, la pureza de la raza vasca. Escribe Sabino Arana:”Aquella Vizcaya que supo guardar su independencia, al precio de la sangre de sus hijos, venciendo en mil combates al musulmán, al hispano, al galo y al sajón….temida, aunque pequeña, por todas las naciones….vedla ya en el siglo XVIII, intoxicada por el virus españolista, anémica y sin fuerzas para oponerse a un contrafuero y, por último, en nuestro siglo, despedazada por la furia extranjera y expirante, que no muerta, lo cual fuera preferible, sino humillada, pisoteada y escarnecida por España, por esa nación enteca y miserable….nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra patria, con las cadenas de la esclavitud. No hay odio que no sea proporcionado a la enorme injusticia que con nosotros ha consumado el hijo del romano….varoniles y apuestos bizkainos con los feos, afeminados y torpes maketos invasores”. Continuada la teoría que no es menester demostrar su idiotez y falsedad, por el antiguo jesuita y carlista Xavier Arzallus.

El carlismo empezó a germinarse el año 1.827, al pelearse Carlos María Isidro o Carlos V con su hermano el rey Fernando VII el Deseado, mejor sería decir indeseable; teniendo como capital a Estella o Lizarra (Navarra) y a Morella (Castellón de la Plana), empezando la primera guerra, el 2 de Octubre de 1.833, a la muerte del monarca; se perdió la guerra, al morir Tomás Zumalacarregui, el 22 de Junio de 1.835, en el cerco de Bilbao, y retirándose Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo y marqués de Morella, zona que con Burgos, Cantabria, Rioja, Navarra, Vascongadas y Cataluña eran carlistas. Acabando en el año 1.839, con el abrazo de Vergara, entre el general Baldomero Joaquín Fernández Alvarez Espartero el Pacificador (Granatula, C.Real, 1.793 – Logroño, 1.879), príncipe de Vergara, duque de la Victoria y conde de Luchana, y Rafael Maroto, considerado traidor por los requetés que no querían rendirse y volverían a la segunda contienda bélica, la de los Matiners, en los años 1.847 a 1.849, en la cual combatió mi tatarabuelo el oficial Sebastián Hernáiz de Valmaseda (Vizcaya), con Carlos VI el conde Montemolín, frente al general Ramón María Campos Narváez duque de Valencia (Loja, Granada, 5 de Enero de 1.800 – Madrid, 23 de Abril de 1.868). Los intelectuales de Carlos VI son Jaime Balmes y Donoso Cortés, el de su nieto Carlos VII Aparisi y Guijarro, los de su biznieto Jaime III Cándido Nocedal y Vázquez de Mella. La tercera guerra carlista, la del 29 de Diciembre de 1.874, en tiempos de la revolución Gloriosa de Septiembre de 1.868, cuando expulsaron a Isabel II, la hija de Fernando VII el Deseado, los generales masones Juan Prim y Prats conde de Reus (Reus, Tarragona, 1.814 – Madrid, 1.870), Francisco Serrano Domínguez el Bonito (S.Fernando, Cádiz, 1.810 – Madrid, 1.885) y el almirante Juan Bautista Topete y Carballo (S.Andrés, Tuxtla, México, 24 de Mayo de 1.821 – Madrid, 27 de Octubre de 1.885), expulsando a Isabel II. La acabaría, la tercera guerra de la comunión tradicionalista, el general Arsenio Martínez Campos Antón duque de la Torre (Segovia, 14 de Diciembre de 1.831 – Zarauz, Guipúzcoa, 23 de Septiembre de 1.900), el 28 de Febrero de 1.876, el que proclamó en Sagunto (Valencia) a Alfonso XII rey, por ser hijo de Isabel II, luego el mote del Pacificador, por esa victoria. Juan III, el hijo de Carlos VI el conde Montemolín, fué padre de Carlos VII, abuelo de Jaime III, bisabuelo de Alfonso Carlos y tatarabuelo de Javier de Parma, al que tuve el honor de conocer en Portugal, el año 1.967, y con su hijo Carlos Hugo se acabó para algunos la dinastía carlista. Javier era sobrino de Alfonso Carlos que murió sin hijos.

El lendakary Ibarreche o presidente de la comunidad autónoma vasca, llegando más lejos que sus predecesores, propuso una asociación de Euzkady con España del tipo de Puerto Rico con U.S.A., postulando la idiosincrasia vasca en los albores de los tiempos, lo cual es una mentira separatista, no existe una realidad histórica en los albores de los tiempos, es sólo una figura poética, es decir, mitológica. La idiosincrasia no existe, como realidad histórica, tal como explica Jon Juaristi, con el que estuvimos en la puerta del Sol de Madrid, el 5 de Noviembre de 2.005, en la manifestación por la unidad de España; en su libro “El bucle melancólico”, sino como legendaria, la leyenda de la vieja que vuelve; es decir, todos los seres humanos somos iguales, no hay una diferencia racial, una peculiaridad étnica que implique una distancia social: los vascos o euskeras y los maquetos o emigrantes.

Frente a la tesis de Euzkady independiente de España, la tribal y paleta, está la de Vascongadas hispánica, con la mayor influencia, más que catalanes, gallegos y canarios; sólo compite la estética andaluza, la forma, mientras que el fondo, la intrahistoria que decía Miguel de Unamuno y Jugo, que fué diputado de la segunda república; es la vasca, en la vocación universal de los castellanos, hacedores de la Hispanidad, que hoy hablan más de cuatrocientos millones de personas; la prueba histórica es el idioma, el castellano es la única lengua latina que no se canta al hablar, como la catalana, valenciana, gallega, portuguesa, francesa e italiana, la dureza euskera la modula, así los cuatro primeros documentos del castellano: el de S.Millán de la Cogolla (Logroño), Sto.Domingo de Silos, Herranz y Covarrubias (Burgos) tienen palabras en latín, castellano y vasco. El documento de S.Millán seis palabras en vasco y cuarenta y tres en castellano. El de Sto.Domingo veinte en castellano y el de Covarrubias treinta. Claudio Sánchez Albornoz que fué ministro de la segunda república, explica que Castilla nace de lo visigodo, hispanorromano, euskera y cántabro o bárdulo.

Aparte las tonterías y las mentiras, en las cuales se fundamenta la ideología separatista, la verdad histórica es la siguiente: las tribus euskeras ocupan el territorio de las siete provincias actuales hace unos tres mil años, ni siquiera entonces eran una sola unidad, pues hablan siete dialectos distintos, en verdad, tres importantes: vizcaíno de los austrigones, guipuzcoano y navarro del Norte, el Sur habla castellano, como Alava, la de los caristios, las tres provincias galas el francés; empujando a los bárdulos, arevacos o lusitanos, segedanos, turdetanos, vacceos, pelendones, ritos, lusones y bellos o numantinos.

Tras la colonización, como dice Jaime Vicent Vives, neardental, hace unos cuarenta mil años antes de nuestra era, la segunda oleada étnica sobre la península Ibérica, hace unos cinco mil años, es la de los íberos, dándole el nombre, también denomina al río Ebro que nace en Reinosa (Santander), al lado de la fuente hay un verso de Miguel de Unamuno y Jugo; ocupando el Sur y la costa del Mediterráneo. La tercera oleada es la megalítica que se asienta por los mismos lugares, hace unos cuatro milenios. Los tartessos en Huelva, los fenicios en Gades o Cádiz y los griegos en Rosas (Gerona) y Ampurias o Emporion, hace unos tres milenios, son otras invasiones. Los fenicios y, luego, los cartagineses, dan nombre a la península Ibérica como Espania o tierra de conejos. Los turdetanos son hijos de los tartessos. Los celtas llegan en el siglo IX a.d.C. y ocupan el Norte y la costa del Atlántico. Los cartagineses llegan en la centuria III a.d.C. con Amilcar Barca, los romanos llegan a Cataluña en el año 218 a.d.C., a Andalucía en el 209, a Galicia en el 137, a Castilla en el 133 con Publio Cornelio Escipión Emiliano y a Baleares en el 123. Anibal destruyó Sagunto (Valencia) aliada de los romanos, Escipión Numancia (Soria), capital de los bellos, aliada de los cartagineses. Así pues, tenemos la primera mentira de Sabino Arana, la de que los vascos eran independientes del imperio romano o hispano.

Los suevos invaden en el año 264 d.d.C. y se instalan en Galicia, los visigodos en el año 409 y en el 476, a la caida del imperio romano ocupan toda la península Ibérica. Roma incorpora a las tribus vascas en el siglo I a.d.C., exactamente Pompeyo, por lo cual se le puso el mote de El grande, el triunviro de Cayo Julio Cesar, antes de que le matara, acabando la conquista su sobrino Octavio Augusto. En la centuria V d.d.C., en el año 409 al 476, desde la llegada de los bárbaros hasta la caida del imperio romano, forman parte de la monarquía visigoda u occidental, la ostrogoda era la oriental y ocupó Italia; todas las etnias de la península Ibérica, incluyendo a la raza vasca, conformando la Hispania romana. Así que, la segunda mentira de Sabino Arana, la independencia euskera de los visigodos.

En el siglo VIII, en el año 711, caen bajo el dominio del califato musulmán de Damasco, al igual que el resto de España, o sea, que entonces es cuando se separan las tres provincias francesas, pues Carlomagno venció a los mahometanos, siguiendo lo de la batalla de Poitiers, en el año 732, luego al volver de Zaragoza, la retaguardia al mando de Rolán, fué vencida por los vascos en Roncesvalles, el 15 de Agosto del año 778. La tercera mentira de Sabino Arana, la independencia vasca de los mahometanos. La cuarta, frente a los sajones, es que no se sabe ni que es lo que quiere decir.

Cuando comienza la reconquista cristiana, primero es Asturias, en el año 718, cuando D.Pelayo hijo de Favila y nieto de rey visigodo Chindasvinto, vence a los árabes en Covadonga, el año 722. Luego le imitan los cántabros, de donde nace Castilla, con el conde Fernán González; sin diferenciar lo que luego será el condado de Vizcaya ni el de Treviño en Alava, mientras que Guipúzcoa pertenece al incipiente reino de Navarra, el año 818 con Iñigo Arista, más allá empiezan los aragoneses y el condado de Barcelona, como ahora explicaré. Pedro duque de Cantabria, padre de Alfonso I el Católico y de Fruela, está en el origen de Castilla. Rodrigo Porcellos, conde de Castilla funda la ciudad de Burgos, donde nací, a las órdenes de Ordoño I. En tiempos de Fruela II, en el año 924, los jueces Laín Calvo y Nuño Rasura independizan Castilla de Asturias, sobre todo con el conde Fernán González, el año 932, siendo también conde de Alava. Rodrigo Díaz de Vivar el Cid Campeador era hijo de Diego Lainez, el cual era hijo de Laín Calvo, y de una hija de Nuño Rasura.

El reino de Castilla, unido al de León, en el año 1.094, el cual agrupaba a Galicia y Asturias, tiene el condado de Vizcaya de López de Haro, así se llama la Gran Vía de Bilbao, pues fué fundada la ciudad antigua o las siete calles actuales, por el primer conde, nacido en la Rioja, siguiendo la orden del rey Alfonso VI el Bravo, al que le hizo jurar en Santa Gadea el Cid; para que fuera el puerto de Burgos, la capital de Castilla, con el objeto de que salieran las lanas de las ovejas de la Mesta, la poderosa organización ganadera, para Flandes y allí se tejieran los famosos bordados y tapices. Fernando I de Navarra, hijo de Sancho III el Mayor, se peleó con Ramiro I de Aragón, reino que era Tarazona, luego Huesca en el año 1.096, agrupando a los condados de Ribagorza, Pallarés y Segorbe, hasta el año 1.118 que se conquista Zaragoza a los musulmanes. El año 1.040 aparece Iñigo López, en el año 1.076, el reino de Navarra, que se une entonces al de Aragón, posee Vascongadas, hasta el año 1.180 que pasa a Castilla, en el año 1.035, con García III, Navarra tenía, además de Euzkady, Castro Urdiales (Santander), Merindades y Bureva (Burgos) y Rioja, pero pasaban de un reino a otro. El imperio proclamado en León, en el año 1.143, Alfonso VIII, en el año 1.214, incorpora Guipúzcoa a la corona de Castilla, como el Cid le había quitado a Navarra las ciudades de Calahorra, Nájera y Alfaro (Rioja). El segundo conde de Vizcaya Diego López de Haro, se unió al reino de Aragón, igual que su hijo Lope Díaz de Haro, en la conquista de Zaragoza en el año 1.118. El año 1.199 Alava y Guipúzcoa vuelven a Castilla. El cuarto conde de Vizcaya, Diego López Díaz de Haro el Avariento, estuvo de parte del rey Sancho IV, en la guerra civil contra su padre Alfonso X el Sabio, el fundador de la escuela de traductores de Toledo; acompañándole en el cerco de Tarifa, defendida por Guzmán el Bueno, el cual les arrojó su puñal, para matar a su propio hijo, antes que rendir la plaza, el 21 de Abril de 1.284. Conspiró contra María de Molina, la regente durante la minoría de edad de Fernando IV el Emplazado. En la batalla de las Navas de Tolosa, el año 1.212, el conde Vizcaya estuvo en la vanguardia de los vizcainos o vascones que se les llamaba entonces, ganando en premio el condado de Durango, Encartaciones, Santurce, Valmaseda y Gordijuela.

Portugal se independiza en el año 1.143, del imperio castellano leonés, creado en el año 1.094. Juan I, en el año 1.390, suma a la corona de Castilla, el condado de Vizcaya.

El año 1.394 se crean los fueros en Guernica, o sea, en el siglo XIV, agrupando por primera vez a las tres provincias vascas, dependiendo de Castilla; hasta que, en la centuria siguiente, por el matrimonio de Isabel I la Católica y Fernando el Católico V de España, II de Aragón, el año 1.469, se unen los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Granada, formando España desde entonces. La reina fué jurada en Aranda de Duero (Burgos), en el año 1.473 y, en Guernica (Vizcaya), el 25 de Julio de 1.481, a la par que ella juraba los fueros vascos. Independiéntemente de su proclamación en S.Martín de Valdeiglesias (Madrid), en los Toros de Guisando y en la iglesia de S.Martín de Segovia el 2 de Enero 1.475. Juan II de Aragón no murió hasta el año 1.479, retrasando la unión política. El escudo celtibérico lleva el castillo de Castilla, las barras de Aragón, las cadenas de Navarra y la granada de Granada. Naturalmente Granada no se conquistó hasta el dos de Enero de 1.492, el mismo del doce de Octubre del Descubrimiento de América, el hecho histórico más importante después del nacimiento como hombre de Nuestro Señor Jesucristo. Otros dos hechos menores acontecieron aquel glorioso año: la expulsión de los cien mil judíos, pues se quedaron otros tantos, y la edición de la primera gramática castellana del franciscano Elio Antonio de Nebrija, para que la lengua acompañara al imperio.

La cuestión que nos interesa es la de que, en el escudo de España, no hay símbolos de Cataluña y Vascongadas porque nunca han sido independientes. Últimamente se está diciendo por algunos incultos medios de comunicación de masas o mass media, que: Euzkady lleva ocho siglos español o, lo que es lo mismo, Vascongadas incorporada a Hispania hace ocho centurias, ya hemos escrito que la etnia euskera lleva tres mil años en la península Ibérica y dos milenios formando parte de la Hispania romana, exáctamente veintidós siglos.

Navarra fué la última en incorporarse a la corona hispánica, no por motivos separatistas, sino dinásticos, el príncipe Carlos II de Viana había muerto asesinado, al igual que su hermana Blanca de Navarra, el año 1.441, la única que se salvó fué la otra hermana, la condesa de Leonor de Foix, la cual aceptó, lo mismo que los otros tres intermedios: Juan I, Catalina y Francisco de Foix, que el trono de Aragón pasara a Fernando el Católico V de España y II de Aragón, hermanastro de los otros tres y, los cuatro, hijos de Juan II de Aragón. De ahí que Nicolás Maquiavelo, cuando escribió “El príncipe” pensara en Fernando el Católico V de España y II de Aragón. F.Navarro Villoslada escribió, además del libro citado “Amaya y los vascos”, “Blanca de Navarra” cuando la pretendían casar con Enrique IV el Impotente de Castilla, al igual que, a Carlos II de Viana, su hermano, con Juana la Beltraneja, pero esos matrimonios no cuajaron.

Enrique IV el Impotente era hijo de Juan II de Castilla, lo mismo que su hermana Isabel I la Católica, tuvo una hija llamada Juana la Beltraneja, porque se la acusó de ser hija de Beltrán de la Cueva. Ambos eran legítimos sucesores al trono castellano, antes que Isabel I la Católica. El año 1.476, en Toro (Zamora), vencen los reyes Católicos, con el duque de Alba y el cardenal Mendoza, al marqués de Villena Pedro Pacheco, al duque de Arévalo, al maestre de Calatrava, al duque de Cádiz, al arzobispo de Toledo y al rey Alfonso de Portugal, que habían pactado con el monarca francés la entrega de Cataluña. De la misma forma, tanto Carlos II de Viana como Blanca de Navarra y la condesa de Foix, por ser mayores de edad, eran los legítimos herederos de la corona de Aragón, antes que Fernando el Católico V de España y II de Aragón, pero esa es otra historia.

La cuestión que nos interesa es la separatista, pues pretenden, tanto los separatistas vascos como los catalanes, teniendo en cuenta que hay muchos vascos y catalanes que no lo son, que España esté muerta. La idea de España está más
viva que nunca, puesto que estamos resurgiendo de la decadencia que ha durado tres siglos, tras los dos del imperio y de la centuria de oro, en pintura y literatura, que es en verdad dos siglos, el XVI y XVII, pues Fernando de Rojas publica “La celestina” en el año 1.499 y Pedro Calderón de la Barca muere en el año 1.680. España está renaciendo de sus cenizas, como el ave Fénix, en lo económico, cosa que molesta a algunos países extranjeros que ayudan a los separatistas. Sólo falta la recuperación espiritual, puesto que la material ya está.

En el caso de Cataluña, Catalonia o Catalunya, a pesar de que tenga una lengua que habla la burguesía, no sólo el campesinado, como en Euzkady o Vascongadas y en Galicia o Galiza, mientras que el proletariado habla castellano con acento andaluz y extremeño, en los barrios periféricos de Barcelona; tampoco ha sido nunca una nación independiente, aunque a los niños se les engañe en las escuelas, contándoles que, como en las ikastolas de Vascongadas, el ejército español les quitó la independencia, así habla José Luis Pérez Carod Rovira, hijo de un guardia civil, nacido en Huesca y se ha quitado el apellido Pérez. La Marca hispánica se independiza, en el año 988, cuando el conde Barcelona Borrel II se niega a pagar a Hugo Capeto, rey de Francia, el impuesto tributario. En la catedral de Gerona o Girona, están la torre y el sillón de Carlomagno, el cual llegó a Barcelona, el año 785. Carlomagno que, en Berna (Suiza), está su espada y corona, y en Aquisgrán (Alemania) estaba su capital, es el primer rey europeo del sacro imperio romano germánico.

La Cataluña vieja, hasta el río Llobregat, comprendía las provincias de Gerona y Barcelona, condados y el tercer condado de Ausona, pues en Lérida o Lleida y en Tarragona estaban los musulmanes; cuando el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona se casó con Petronila, hija de Ramiro II de Aragón el Monje, cuando Aragón era sólo Huesca, pues Zaragoza, se conquista en el año 1.134, tras un primer intento en el año 1.118, y Teruel eran mahometanas. Huesca, conquistada en el año 1.096, se había formado de los condados de Ribagorza, Pallarés, Segorbe, Tarazona y Huesca. De esta manera lo cuenta Antonio Cánovas del Castillo que fué presidente del gobierno, con Alfonso XII el Pacificador, vencedor de la tercera guerra carlista, en verdad fué el general Martínez Campos. Navarra se une a Aragón, como he dicho, al morir Sancho IV el Valiente sin descendencia, en el siglo XI, hasta el reinado de Sancho VI el Sabio, en la centuria siguiente. También Berenguela de Barcelona, hermana del conde, se casó con Alfonso VII de Castilla el Emperador.

Alfonso I el Batallador de Aragón casó con Urraca de Castilla aunque se separaron pronto. Jaime I el Conquistador se casó con Leonor la hija de Alfonso VIII de Castilla y su esposa inglesa Leonor Plantagenet. Aparte de los siete matrimonios citados, de los hijos de Juan II de Aragón con los de Juan II de Castilla, pues Ramón Berenguer II se casó con Dulce de Provenza (Francia), continuando la política profrancesa de Wifredo I el Belloso y Ramón Berenguer I el Viejo, al igual que Ramón I y II, Borrel I y II, Sunario y Wifredo II.

A esos nueve matrimonios se debe la unión de Cataluña, los tres primeros antes de que fuera la Cataluña nueva de las cuatro provincias, con Aragón, antes de que fuera el de las tres provincias, y luego, cuando ya se habían unido y conquistado Sicilia, en el año 1.304, Cerdeña, en el año 1.409, Mallorca, en el año 1.336, hubo un primer intento en el año 1.229 y Valencia, en el año 1.102, hubo un intento del Cid, en el año 1.090, un segundo en el año 1.102, con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III; tras pelearse con Berenguer II el Fraticida porque había asesinado a su hermano Ramón Cabeza de Estopa, una invasión almohade, en el año 1.146, pero fué definitivo con Jaime I el Conquistador, así como con su hijo Pedro el Grande y con Jaime II. Pedro III el Ceremonioso de Cataluña, IV de Aragón y I de Valencia, hermano de Alfonso III el Benigno y de Jaime III de Mallorca, muerto en el año 1.336 y conquistador de Cerdeña aunque fué Jaime II el que remató el evento, y de Teresa de Entenza, condesa de Urgel y vizcondesa de Ager, primera esposa, siendo la segunda Leonor de Castilla, rompió la tradición de coronarse en Barcelona y lo hizo en Zaragoza.

La colaboración con Castilla comenzó en la conquista de Murcia, pero fué definitiva con los siete matrimonios siguientes, con Castilla, sobre todo el de los reyes Católicos, en el año 1.469, retrasada la creación de España, hasta la muerte de Juan II de Aragón, en el año 1.479, no olvidemos que Isabel I de Castilla la Católica se escondió en el monasterio de las Huelgas (Burgos) y Fernando el Católico V de España y II de Aragón vino disfrazado de arriero a conocerla; tras la unión de León que se había unido a Galicia y Asturias, con Castilla, incluido el condado de Vizcaya, en el año 1.094.

La cuestión famosa del compromiso de Caspe, en el año 1.412, así lo escribe Jaime Vicent Vives, del que salió designado Fernando I el de Antequera, nieto de Enrique II de las Mercedes, de la casa Trastamara castellana, por la muerte sin hijos de Martín I el Humano; cuyo artífice fué S.Vicente Ferrer, nacido en Morella (Castellón de la Plana), pueblo cercano y central de los tres reinos aragoneses; es un pacto posterior, como los fueros de Guernica. El reino de Aragón nace del de Navarra de Sancho Garcés III el Grande, con Ramiro I en Tarazona, peleado con García III el hijo de Sancho Garcés III el Grande, Sancho Ramírez en Huesca, en el año 1.094, Alfonso I el Batallador en Zaragoza, en el año 1.118, definitívamente, en el año 1.134.
No se debe a una invasión militar la unión de Cataluña sino a la cama, es decir, los siete matrimonios citados: Ramón Berenguer IV y Petronila, Berenguela y Alfonso VII el Emperador, Jaime I el Conquistador y Leonor, Alfonso I el Batallador y Urraca que se separaron, Carlos II de Viana y Juana la Beltraneja que no llegó a cuajar, Blanca de Navarra y Enrique IV el Impotente que duró 13 años, y Fernando el Católico V de España y II de Aragón con Isabel I la Católica. Sin contar que Fernando I era nieto de Enrique II de las Mercedes, de la casa de Trastamara castellana.

No importa, a los separatistas, los mil veinte años de la historia de Cataluña sino los tres últimos siglos, desde que Felipe V el Animoso y Borbón les castigó por tomar partido por Carlos III de Austria, en la guerra de Sucesión. No se piense que no hay catalanes españolistas, como Eugenio D´Ors Rovira (Xenius) el escritor, Joan Maragall el abuelo del ex presidente de la Generalidad, Salvador Feliciano José Dali Domenech el genial pintor o Jaime Balmes el filósofo, el cual afirma en su libro “El criterio”: “la imposibilidad se convertirá en suceso histórico, apellidase Hernán Cortés, es español que acaudilla españoles”. Lo que a los separatistas vascos y catalanes, los que no son españolistas, les interesa es que no se enseñe historia en las escuelas a los niños, para así inventar y engañar a la mentalidad de las nuevas generaciones, una independencia que no ha existido jamás.

 

Fuente | Juan Ignacio Hernaiz | Tradición viva

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