Acordarse de entonces…

 

Acordarse de entonces,
de heridas que se saben de memoria,
abiertas como labios
que callan porque el tiempo se avergüenza
de su inútil lenguaje.
Pero ésta es la pregunta:
¿con qué antiguo dolor se va a pagar
lo poco que sabemos?

Aquí vivió un poeta, no parece…

 

Aquí vivió un poeta, no parece
que congeniase mucho con la vida.
Debía de soñar con cosas raras
tan fuera de su alcance, y paseó
su andar meditativo, como ausente,
por esta misma plaza que hoy sonríe
bajo el sol de otros siglos
atónitos de luz que él no verá.

Casi se ve cómo madura el día…

 

Casi se ve cómo madura el día
y la piedra se dora igual que el pan,
paseando se intuye
el punto de sazón que logra el tiempo.
Suenan como gozosos
conjuros las palabras
que no podemos entender, el frío
es un buen compañero de modales
algo ásperos tal vez.
Éste es un universo en miniatura
con fruteros, floristas v tahonas,
amarillo de sol,
que es el último toque
que la plaza esperaba ansiosamente
para su plenitud.
Como si se cumpliese una promesa
que al fin nos hace ser tal como somos.

Conversar con los árboles…

 

Conversar con los árboles
termina siendo una necesidad
para saber un poco más del hombre.
Cuando murmuran sus palabras rotas
deshechas en el viento,
aunque su lengua vegetal encierre
más secreto que comunicación,
hay que prestar oídos.
Y hablarles quedamente en español,
en el parque cuando la luz se va
con la sobria elegancia
de un lento y desdeñoso atardecer.

De noche en los espejos…

 

De noche en los espejos
hay como cataclismos de tiniebla,
se desmorona lodo lo soñado
cuando apenas acaba de nacer.
Y salimos al alba
como ciegos que ven por vez primera.
Amanece sin prisa,
aún queda mucho tiempo por delante:
entre dos luces pueden verse aún
jirones de las sombras que llevamos.

Después de muchos años…

 

Después de muchos años
de tanta agitación,
querer y no querer,
la soledad de las palabras deja
como un frío de invierno.
Con esta compañía
mido mis lentos pasos por las calles
que siempre van a dar a la muralla.

Es como repetir el estribillo…

 

Es como repetir el estribillo
de una vieja canción tarareada
por la calle al andar;
con la cabeza a pájaros,
y sin saber que indicios prodigiosos
caben en la rutina,
como el amor, que a fuerza de esperarse
llega un día por fin.

Los esbeltos fantasmas de la lluvia…

 

Los esbeltos fantasmas de la lluvia
van y vienen en gris, y se saludan
ceremoniosos por entre el hayedo.
Todos viven en casas con buhardillas
y jardines que alfombra la hojarasca,
son de frío y nostalgia de otros climas
donde la luz es esplendor del aire
y puede herir lo mismo que un cuchillo.
Pero Suabia es su reino,
su verde paraíso, sombras fieles
al parque, las callejas,
las vírgenes barrocas,
noviembre, el alto cielo
del color de sus almas,
y su ambiguo vagar entre nosotros.

OMI nos mira desde el tiempo azul…

 

OMI nos mira desde el tiempo azul
estancado en sus ojos.
Va y viene del ayer basta el ahora
como en un largo viaje;
frágil y tierna, hay algo
que se le rompe sin cesar por dentro,
su sonrisa nos llama por el nombre
que acaba de aprender,
y sus labios dibujan las palabras
del más dulce alemán de las abuelas.
Hasta que al fin regresa a su memoria
fatigada y feliz.

Para nombrar el mundo…

 

Para nombrar el mundo,
que es claro y misterioso como el agua,
busco nuevas canciones que resuenen
como un campanilleo en la memoria.
Y el tiempo vuelve atrás, como si nunca
se le hubiera ocurrido abandonarnos,
y por unos instantes la alegría
parece sernos fiel
y quedarse esta vez va para siempre.

Una luz de cordura…

 

Una luz de cordura
explica misteriosa años y enigmas
que no se dejan explicar, sucede
como en un buen poema, que en el fondo
solamente ilumina lo sabido
con humildes palabras
a las que se abandona la memoria.
El oro de la tarde se oscurece,
regresamos perdidos a la noche.

Volveremos a ver…

 

Volveremos a ver
el paisaje de cobre
y los musgos que forman archipiélagos
en un mar de tejados.
A Roldán, bello y grave,
señor de desmesuras,
gótico el corazón, como de hierro,
con voz de piedra antigua;
severo, melancólico y de miel,
apoyado en su espada,
a su manera dice:
El tiempo nos da fuerza, como al vino.

Carlos Pujol, Barcelona, 1936-2012

Aviso para navegantes…

 

Aviso para viejos navegantes:

después de mucho mar, que nadie espere el abrazo de un puerto, porque nunca
se vuelve a algún lugar ya conocido;
los regresos no existen, sólo son
empeños de fatiga y de nostalgia.
La explicación del agua es lo que esconde, sus caminos sorpresas,
la derrota el misterio y su verdad.

Esta verdadera historia

 

El amor no se entiende, es demasiado
sencillo, hay que añadirle
—para disimular— devastaciones
y zozobras románticas,
me quiere, no me quiere, me querría;
confundir por sistema el amor propio
con todo el universo,
abrir mucho los ojos para así
no ver su claridad.

Entre una guerra y otra

 

Entre una guerra y otra,
O al final de las guerras,
Suponiendo que alguna vez terminen,
Existe lo que antaño se llamaba
Los cuarteles de invierno.
En la tregua del frío
Los soldados se daban a olvidar
Lo que era inolvidable;
Con sueños, aguardiente y fanfarronas
Quimeras se les iba
Agrio y moroso el tiempo de las manos.
Alguno cavilaba hasta escribir
El Discurso del método,
Y había quien con versos y novelas
Parlamentaba con su corazón
Entre irónicos, sabios y prudentes,
Fogueados y aturdidos del tumulto
Que seguían llevando en la memoria,
Daban la vuelta a todo lo vivido,
Sabiendo que faltaba todavía
La más dura campaña,
El sonreír sereno y con encanto
Esperando rendirse a discreción.

Mantegna me pintó en la dormición

 

Mantegna me pintó en la dormición,
digamos mi serena despedida,
junto a un gran ventanal abierto al cielo
con barcas en el río y nubes blancas.
Entre cirios y palmas, los apóstoles
me rodean cantando y uno inciensa
mi cuerpo abandonado.
Es una imagen contenida y grave,
en mi rostro, arañado por arrugas,
puso el artista dignidad, belleza
de la vejez que cierra al fin los ojos
para mirar a Dios.

Era inimaginable

 

Era inimaginable, de repente
se encendió la mañana con colores
que nunca había visto. El huerto fue
una inmovilidad de sol y espera.
Sin músicas, los coros celestiales
callaron para oír al enviado.
Después de su saludo sorprendente
(rebosante de gracia me llamó),
si no lo entendí mal
preguntaba pidiéndome permiso.
Durante unos instantes todo el peso
de los planes de Dios
cayó sobre mis hombros.
Y el tiempo, en apariencia inalterable
reemprendió su camino,
el lento discurrir de cada día.

Érase un niño muy zarandeado

 

Érase un niño muy zarandeado
en un tiempo de guerras y más guerras.
Es posible que guarde en la memoria
demasiado estropicio y fantasía,
muchas contradicciones y la música
que parece imposible del ayer.
Ahora ha escrito para mí estos versos.

No te voy a contar…

 

No te voy a contar
nada nuevo: vivimos
en una casa demasiado llena.
Con muebles, versos, chismes,
perifollos y plantas de interior,
palabras que no quieren decir nada
y soberbias locuras
para pasar el rato.
Es lo que llaman calidad de vida.
El día en que nos llames estaremos
doblemente desnudos,
echando en falta en medio de la luz
el engaño a los ojos de las cosas.

Sólo hay que bendecir en la riqueza

 

¿Sólo hay que bendecir en la riqueza,
con la blanda, orgullosa sensación
de que Tú más que dar estás pagando?
El vivir nos ahorma en esos ritos
que son como blasfemias inocentes;
aceptando que vidas y quimeras,
todo lo que se tiene, hasta los ecos
de uno mismo -señales de quien soy-,
el gesto puro y libre de adorarte,
fuera algo necesario para ti,
y que echases de menos el tributo
exiguo y servicial del que te da
una parte del todo que le diste.
¿Quién necesita a quién? Aunque el amor
siempre es necesidad, ¿para ti no?
Cualquier trato contigo es desmesura,
nos confunde tu exceso, no nos cabes
en una semejanza aproximada.
Estas lejos y cerca, diferente,
¿por qué no puedes ser como nosotros?

Soneto

 

Las historias de todos y la historia
de uno mismo algún día tendrán fin,
porque siempre aquí guerra y después gloria,
a cada cual su fiesta en el jardín.

Más allá de palabras nunca dichas,
de signos invisibles de estupor,
más allá del rigor de las desdichas
y de tanto maldito pormenor,

volveremos a vernos, admirados,
en un raro momento de sorpresa
al comprobar entonces quién es quién;

casi irreconocibles, extrañados,
cuando se cumpla la mayor promesa.
Como dos ciegos que por fin se ven.

Ni yo mismo sabría

 

Ni yo mismo sabría
decir qué es lo que pasa en este cuadro.
Una historia se agota en su misterio,
hasta que se confunde
en rompecabezas muy dudoso,
con piezas que no existen.
Hay que dar algo más que esté a las claras
y que por eso mismo
se convierta en enigma.
A esa joven que duerme
delante de la mesa,
¿la ha vencido el cansancio o la embriaguez?
¿O se abandona a la desolación
de cuitas amorosas?
(pinté en la oscuridad
un Cupido y su máscara).
Tras de la adivinanza está la excusa
que figurase el sueño
intangible y vugar:
la puerta a medio abrir,
y al fondo la pared y su luz ambigua.

Carlos Pujol, Barcelona, 1936-2012