Advertencia
Se han empleado tres medios para replicar a mis Cartas sobre la prensa y la política militante en la República Argentina.
El primero consiste en prescindir del raciocinio y del examen del asunto general,
El segundo en aseveraciones calumniosas,
El tercero en insultos personales,
A estos medios contesto,
Prosiguiendo mi estudio de la prensa de desorden,
Rectificando las calumnias con respeto,
Obligando al detractor a que me haga enmienda honorable con sus palabras de otro tiempo.
De aquí las tres partes en que se distribuye la materia de este escrito, provocado por el uso de medios nunca vistos, contra el propósito que había formado de abandonar mis Cartas a la crítica, no al atropellamiento vandálico.
I
Terroristas de la prensa – Si los que atropellan la ley estando abajo, pueden respetarla estando arriba
Prosigo con la serenidad que al principio, sin sacar un pie de la ley, mis estudios de la prensa que hace imposible a la libertad imposibilitando el gobierno y que levanta los tiranos sirviendo al desorden de que son hijos.
Si sus golpes, de que soy objeto gratuito hace seis meses, no me han impedido ser respetuoso en las anteriores cartas, menos me lo impedirán los ataques recientes que he motivado por la emisión de la verdad austera.
Con la calma con que el naturalista examina la escoria que e volcán arroja a sus pies, yo estudiaré, en el interés del progreso de la libertad, el fango echado sobre mis vestidos por el carro de la prensa bárbara.
Procuraré caracterizar y entregar personificados a la reprobación de los buenos, la prensa de desquicio, el fraude en la polémica, el delito en el debate, el chisme infidente que disuelve la sociedad; esa prensa, en fin, en que los tiranos sedentarios e impotentes enseñan por el ejemplo de sus violencias a los caudillo a desnudar su espada y hollar las leyes protectoras de la libertad.
Mi objeto no es personal; no haré de la cuestión de todos una cuestión de mi persona. Cuando la defensa alguna vez me alcance, será en servicio de la bandera que no debe aparecer apoyada por soldados indignos de su causa.
Sirvo en este debate al principio de orden, al interés de la paz de la República Argentina. El éxito de la mentira es de un momento; él pasará y yo seré vengado, sin ejercer venganza.
Ataco una escuela, un sistema, una manera de entender y de ejercer la prensa política, Si un escritor se constituye el modelo y personificación de ella, mejor para mí, mejor para la idea que sirvo, peor para él, porque todo estudio aplicado y experimental, todo pensamiento realizado en un hecho material, adquiere cuerpo, entra por los ojos y dispensa del examen.
La prensa bárbara ha puesto su cuerpo en la mesa del anfiteatro; hagámosle la autopsia. La libertad hará doctrina útil a su causa.
¡Espectáculo serio y triste para la República el que esa prensa acaba de presentarnos a la vista del extranjero. Todo un sistema, todo un programa, todo un orden de ideas, se ha develado vivo y palpitante en la actitud que la hemos visto tomar delante de la crítica ajustada a la ley.
No hay dos justicias, dos legalidades, dos probidades en la practica del derecho público, una de gobernante, otra de gobernado: no!
No pueden ser amigos de la libertad, los que ejercen el libertinaje de la prensa.
No pueden ejercer fielmente el poder, quienes ejercen infielmente la libertad.
Los que atropellan la ley estando abajo, no pueden respetarla estando arriba.
No podrán respetar la persona, el hogar, la vida privada, como ministros de Estado, los que lo atropellan criminalmente por la pluma siendo particulares.
No pueden realzar el poder, quines prostituyen la prensa a la detracción culpable.
¿Podría respetar la vida como gobernante, el que descuartiza el honor como aspirante al gobierno?
¿Podrían servir a la causa y a los intereses del comercio y de la industria, los que fomentan las revoluciones, campañas, guerras de desolación y de empobrecimiento?
¿Podrá sufrir la oposición como ministro, el que no puede soportarla como ciudadano?
¿El que insulta la justicia ajena estando desarmado, la respetaría teniendo bayonetas?
¿Los que imponen su opinión, su nombre, su persona con vara de fierro, respetarían como ministros las opiniones ajenas?
¿El que no teme la opinión cuando aspira, la temería estando en el poder?
¿Podrán dar respetabilidad a la autoridad, los que ponen la libertad en ridículo?
¿Podrán ser Franklin en el gobierno, los que son Quiroga en la prensa?
La libertad de la prensa tiene dos enemigos capitales: el tirano y el detractor, o más bien uno solo, porque el detractor no es más que el tirano desarmado.
¿Qué es el detractor? El que rompe la ley con su pluma infligiendo por sí la infamia que solo el Juez puede imponer en nombre de la ley. El tirano no hace otra cosa con la espada. El detractor, como el tirano, degüella créditos, sin juicio, ni proceso: es un vándalo de tinta y papel.
A cada modelo de prensa va unido un modelo de gobierno: la violencia es una: se llama detracción en la prensa, tiranía en el gobierno. Quiroga en la prensa sería detractor: en el gobierno, el detractor sería Quiroga.
Vanidad pobre es confundir la prensa con la libertad. Ella es campo de caudillaje y de tiranía, lo mismo que el gobierno. La tiranía de pluma es el prefacio de la tiranía de espada.
El atentado en la palabra es precursor del atentado en la acción; el libelista es precursor del insurrecto, heraldo del desorden y centinela avanzado del despotismo. Es el mismo ente con distintas armas según los tiempos.
En la república todos los tiranos trepan al poder por la estatua de la libertad: es la escalera de orden. Lo mismo los tiranos de pluma que los tiranos de espada. Si queréis conocer la fe de este último, presentadle de frente la libertad: la hará pedazos.
En la primera época de la revolución de América las armas eran la única fuente de los caudillos: hoy son las armas y la prensa. La España fue arrojada por la espada, no por la pluma. La pluma es arma que vino con la discusión de forma de gobierno, y entonces tuvimos dos clases de caudillos y dos instrumentos de elevación. Y así como la espada hizo creer a más de un soldado, que el gobierno era su propiedad, más de un escritor servidor de la buena causa ha caído por el mismo hecho en igual equivocación.
Fatuidades infinitas se abrigan en la prensa bárbara.
El fraile de la edad media decía: La religión soy yo. Y la menor objeción a su conducta os valía el título de impío.
El tirano Luis XIV decía: El Estado soy yo, y la desafección de su persona os valía el dictado de traidor a la patria.
El demagogo dice hoy: La libertad soy yo, y no podéis leer con vuestro criterio una de sus obras sin que os apellide esclavo del tirano.
Poned el gobierno en manos de esa fatuidad y sucederá lo siguiente: ejerciendo la oposición liberal, atacaréis un decreto de su mano. En posesión de la pluma de ministro, no replicará con artículos de gaceta; replicará con la cárcel; y ¿qué menos merecerá el malvado que tenga la perfidia de encontrar malas las obras del ministro? El hombre-justicia, el hombre-libertad, verá naturalmente en cada ataque hecho a su persona pública, un atentado inferido a la libertad personificada, y el castigo será naturalmente su resultado.
Una cosa hay imposible en la tierra, y es: que el escritor que mancha sus manos en lodo (nombre humano dado al crimen en la prensa bárbara) puede dejar de ser un ministro carcelero. Enlodar, es injuriar; injuriar, es delinquir. El que delinque como uno estando desarmado, delinquirá como mil teniendo bayonetas.
La prensa bruta abriga otra ilusión, y es la de creer que no hay delito donde hay fango, ni fango ni delito donde no hay proceso ni sentencia. A esa ley el matador impune sería hombre honrado. No es la sentencia la que infama, sino el crimen; y el crimen es anterior y puede existir sin el proceso. Los jueces no hacen la justicia: la declaran: cuando ellos no la declaran, porque nadie la pide, la conciencia pública la aplica a su modo, que no es el menos temible.
Esa prensa cree que ama la libertad porque combatió la tiranía, y en ese sentido puede alguna vez estar de buena fe, sin que en realidad, sus héroes dejen de ser tan tiranos como sus émulos de espada. La rivalidad, la competencia de intereses, toma el aire de oposición de principios.
Esa prensa cree que ama el progreso porque pide caminos, navegación, población y progresos materiales cuando no está en el poder; y en ello no hace más que hablar a la opinión que quiere propiciarse, el lenguaje que halaga a esta época de vocación económica; como el niño maligno que habla a la abuela de plantas, de rapé y de novenas, cuando quiere sacarle algún favor.
Esa prensa cree que en el insulto hay otro infame que el delincuente. Ella olvida que en la injuria escrita, como en la injuria de hecho, la ignominia es del delincuente no del ofendido. Una puñalada, es un insulto de hecho en lugar de ser un insulto de palabra: ¿a quién mancha la sangre derramada? ¿al herido o al delincuente? ¿Hacia cuál va la simpatía pública y tras de cuál va el juez del crimen?
Esa prensa cree que un adjetivo es un argumento y que un ultraje es una razón; que la fuerza del escritor está en el poder del dicterio y que cuanto más grita más persuade; no sabe que los insultos del reo no ahogan la voz de la justicia.
Esa prensa cree que hoy puede escandalizar la sociedad, y mañana convertirse en cátedra de moral política; que hoy puede firmar sainetes y mañana leyes para la República; que hoy puede dar un curso de insurrección, y mañana un curso de disciplina; que se puede escribir el lenguaje de la recova, y pertenecer a corporaciones literarias; y que se puede reunir a la vez el desenfado del cómico y el decoro del ministro.
Esa prensa cree poder merecer la opinión de probidad, ejerciendo al mismo tiempo la calumnia y la injuria, como si estos actos perteneciesen a las bellas artes y no al código penal.
Esa prensa cree que hay talento en emplear el lodo, porque de cualquier modo algo desdora el lodo; y olvida que un cerdo puede voltear de un encontrón a una dama en el barro; y desprestigiarle en cierto modo, sin que el chancho tenga el talento que se arroga esa prensa.
Esa prensa cree que toda brutalidad es del panfleto de Fonfred y Cobbet y no repara que sólo en Londres y París pueda haber brutos de esa clase, siendo sospechosísimo de tener más afinidad con la pampa que con la Europa el panfleto aldeano de Sudamérica.
Esa prensa cree que toda victoria y toda arma es lícita, y no sabe que hay triunfos mal habidos como hay usurpaciones usurpadas. Triunfar por la calumnia es triunfar por un día. Restituir la victoria, es peor que una derrota.
Por fin cree esa prensa fatua, que puede pasar por culta y elegante vistiendo bota de potro y oliendo a charquicán; y que puede hacer la guerra al gaucho inculto siendo ella un dechado de gauchaje, ¡cómo si pudiese haber prensa inculta del partido culto!
II
Del delito en la polémica
-Yo pensaba dar razones y probar.
-No, señor; no pruebe usted nada… Diga usted: ¿qué señas tiene el adversario de usted? ¿Es alto?
-Pero… ¿qué tiene que ver eso con la cuestión de tabacos?
-¿No ha de tener? Empiece usted diciendo que su artículo es bueno porque él es alto.
-¡Hombre!
-¿Qué más tiene el adversario? ¿Tiene alguna verruga en las narices, tiene moza, debe a alguien, ha estado en la cárcel, gasta peluca, ha tenido opinión mala?
-Algo, algo hay de eso.
-Pues bien; a él: la opinión, la verruga: duro en sus defectos.
Fígaro
 Si deseara su mal, agradecería sus respuestas, porque completan, mi trabajo sirviéndole de piezas justificativas: pero él ha hecho en su contra, lo que yo no intenté, ni deseo.
Extranjero casi a mi país, de donde salí harto temprano, desconocido allí por no haber tenido el trabajo de otro, de hablarle de mí mismo por diez años, necesito rectificar algunos hechos que él asevera como ciertos sabiendo que no lo son. Si él creyera en ellos, no habría querido humillar su país proponiéndome tres veces como primer diputado para el Congreso Constituyente. Lo haré sin acrimonia: sus gritos de cólera pueril me dan lástima, no enfado. Son gritos de dolor; ni su risa me ofende, porque es la risa dolorosa del amputado, que ríe bajo la acción del cloroformo. Tampoco lo rectificaré en el interés de mi egoísmo, sino en honor de la bandera que me tiene por soldado. Yo no aspiro, y su plan de defenderse con recriminaciones, es trabajo perdido.
¡Recriminación! ¿Quién ha acriminado al señor Sarmiento? ¿Qué he hecho yo contra él? He criticado sus escritos de sedición y de desorden, en el interés de la paz argentina.
Podía hacerlo. Las leyes y los usos de la prensa me lo permi¬tían. “No es injurioso (dice la ley de Chile, que no es un dechado de libertad), no es injurioso el impreso en que se critica, exa¬mina o analiza una obra de literatura, ciencia o artes, o en que se expresa juicio u opinión sobre las calidades, méritos o defectos del autor con relación a su obra, aunque tal crítica, examen, análisis u opinión sea infundada y desfavorable u ofensiva en su carácter de tal”. [1]
El mismo había puesto en manos del público, los renglones de su Campaña con estas palabras: Léalos el que quiera, critíquelos el que guste. [2] A mí particularmente me había él comprometido a hablar de su campaña, dedicándomela en desmentido de mis opiniones. Hablé provocado y hablé mal de esa Campaña de desorden y de rebelión; y en apoyo de mis ideas de orden, traje sus antiguos escritos de él que son el proceso de sus escritos actuales. En todo ello no saqué un pie de la ley y del buen tono de la prensa: apelo a sus amigos.
Lo ataqué sólo en su carácter de escritor, es decir, en su carácter público; lo ataqué en sus obras, en lo que es del dominio de todos. Lo ataqué en obras que nunca aprobé, es decir, en sus escritos recientes, respetándolo en su pasado de lucha contra la tiranía. Para ello, puse a un lado su intención y su persona, que nunca es permitido tocar; no por homenaje individual, sino por respeto a la fe de la prensa. La prensa no es escalera para asaltar la familia y su secreto; no es la llave falsa para violar la casa protegida por el derecho público; no es el confesionario católico que desciende a la conciencia privada. El que así la emplea, prostituye su ejercicio y la degrada más que los tiranos.
Yo ejercí la libertad de la prensa, porque la libertad es la crítica y el examen sin traba. Y él, que se dice apóstol de esa libertad ¿Qué hizo conmigo? Peor que Rosas, peor que el doctor Francia, peor que Torquemada hubiesen hecho. Gracias a las leyes de Chile y a que no es él ministro, yo no estoy en la cárcel de los malvados por haber encontrado contradicciones y anarquistas los escritos del liberal Sarmiento. Jamás hubo un tirano tan atrasado que pusiera en mayor ridículo la libertad de escribir: y es él ¡el que aspira a planificar las libertades en la República Argentina! Sería curioso verle definir la libertad de la prensa. Estando a sus últimos escritos nos diría que es el derecho de embaucar a los tontos, que creen en prefacios de este género: “Léalos el que quiera, critíquelos el que guste”. Faltaba añadir por su cuenta y riesgo.
Ha puesto a un lado mis escritos y la cuestión pública, y se ha apoderado de mi persona, de mi vida privada, hasta de mis facciones. No hay flaqueza, no hay violencia con que no haya manchado su pluma: esa pluma con que aspira a firmar leyes de cultura y de libertad para su país.
“Usted me reconoce buena fe, me ha dicho; pues yo se la niego a usted. ¿Usted ha tenido la debilidad de eludir la ley penal por el decoro? Pues yo tendré la gentileza de degradar mi rango de escritor y de insultar la ley y la sociedad poniendo escritos in¬mundos contra usted.” Y como lo ha dicho, lo ha hecho.
¿Qué título de excepción, qué inmunidad protegía los escritos de Sarmiento? ¿En Chile es lícito atacar al presidente, y no es permitido hallar mal los escritos de un autor?
En Francia, Lerminier escribió sus Cartas dirigidas a un berlinés, en que hizo pedazos a Thiers, a Guizot, a Cousin, como escritores. ¿Salieron a la calle estos autores, como enajenados, a dar escándalo con insultos y obscenidades de un ebrio? No, ciertamente; y la crítica soportada con dignidad no les impidió ser lo que son.
Sarmiento se ha arruinado como escritor digno. Se le presentó un caso nuevo en la prensa argentina, de luchar no ya en el tono y con los hombres de Rosas; y en vez de lidiar con la gallardía de un soldado de libertad, es decir rindiendo honor al contendor como los hidalgos de la república, se muestra el castellano viejo de la prensa y santifica el Desmascado y el Lobera, con exageración: ¡Y lo que no se vio en esos libelos, suscribiendo los suyos con su nombre académico!
¿Lo había yo provocado? Aunque así hubiera sido, ¿la provocación autoriza jamás el insulto culpable?
Pero, en cuanto a provocaciones, Sarmiento tiene su secreto de aparecer provocado, y a fe que es eficaz. Toma entre ojos un hombre que no piensa como él. “Ese hombre tiene misión de atacarme”, dice. Insulta desde luego al pretendido emisario; y ante la represa¬lia natural de éste, -¿Lo ven ustedes? -replica-: ¿no dije yo, que ese hombre tenía encargo de criticarme? He ahí la historia de su división conmigo. Provocada por él, es un simple arbitrio de su amor propio.
Para defender su persona respetada por mí, ha recriminado mi vida: ¡como si mis faltas pudiesen ser su excusa! Por única defensa de sus escritos atacados por mí sin un insulto, ha fingido estipendiada mi pluma, como si el sueldo de fiscal pudiera desmentir la verdad del error acusado.
Defendiéndose por la impostura ha servido mi causa y empeorado la suya.
Inventar hechos para defenderse es confesar que se carece de defensa: es algo más, es agravar la acusación, añadiendo a la inconsecuencia política, la mentira.
Verle a usted faltar a la verdad para atacarme, es una victoria para mí, porque el terreno del delito es peor que el de la derrota.
No se puede atacar a los hombres de bien desde otro terreno. No lo acusaré ante el juri, porque no necesito de su castigo material. El de opinión, ya lo tiene por el público, que es el juri de los juris. No iré al jurado a pedir que declare mi derecho; lo siento, lo toco. Sería pedirle que declarase que poseo dos brazos y dos pies.
Demandar honor ante el juri, sería admitir que ha podido usted quitármelo; el error del que ultraja es creer que haya otra afrenta que la de su delito.
Puedo estar infatuado; pero creo que la injuria de su rabia cae sobre mi vida como la lluvia en el mármol, para blanquearla. Gracias le diera si el mal deseo pudiera merecerlo alguna vez.
La vergüenza para un escritor procaz, no está en ir a la prisión sino en merecerla. La incuria del fiscal o el orgullo que siente superior a la injuria impotente, no limpia de su afrenta al detractor.
III
Rectificaciones
Empleos diplomáticos, sueldos, contratos difamar a Sarmiento
Sarmiento cree humildemente que la política argentina en chile no tiene más objeto serio que perseguir sus escritos; y que esta mira ceden todos los esfuerzos de los argentinos partidarios de la política constitucional, residentes a este lado de los Andes.
He aquí el modo como establece los hechos. Copiaré sus palabras para rectificarlas con más precisión.
“¿De qué se trata en sus cartas quillotanas? (me dice a mí). De demoler mi reputación. – ¿Quién lo intenta? -Alberdi.
“ Qué cosa lo estimula? – Ser empleado para ello.
“¿Cómo le vino ese empleo? – Negociándolo por medio de Gutiérrez a trueque de escribir en Chile.”
La mitad de sus cartas está reducida a desenvolver ese plan de acriminación.
¿Cómo lo establece? He aquí sus palabras. Las copio para entregarlo a la justicia del público argentino, con las armas de su culpa.
“Cuando en agosto de 1852 empezó a escribir periódicos en Valparaíso, se iba a negociar su empleo de embajador en Buenos Aires; sesenta días después de principiar la obrita, le llegó el nombramiento. “
“A propósito del empleo que recibió para escribir las cartas de Quillota, le prevendré que…” “Cuando se supo la revocación de Mármol, a cuantos preguntaban quién lo sustituirá dije sin titubear: Alberdi. Cuando de Copiapó me preguntaron qué significaban las maniobras de Valparaíso (en agosto) contesté: es Alberdi que se rebulle para reemplazar a Mármol.
“¿Qué hace el serio, el circunspecto Alberdi? Movido por una cuerda que nadie ve, el 11 de agosto, dos días después de llegada la noticia, publica en el Diario, un artículo 1 ° y el 13 el 2°; es decir, que apenas llegado el correo hizo el manuscrito, el 10 se imprimió y apareció el 11. Tres días después se reunió un club (espontáneamente por supuesto) de los que suscri¬bieron un acta insidiosa, puesto que sólo exigía adherir a toda tendencia que contribuyese a la organización nacional, y sólo en una circular a los agentes se declaraba que aceptaban el golpe de Estado de Buenos Aires. El correo partió el 15 llevando los artículos del Diario y el acta del Club; y el 8 de octubre, cincuenta y cuatro días después, le llegó al doctor Alberdi el nombramiento de Enviado Plenipotenciario. Es decir, a vuelta de correo.
“Las fechas condenan sin apelación. El 11 de agosto, la causa; el 8 de octubre, el efecto. Nada antes, ni Una palabra, ni un indicio. ¿Qué sucedió, pues, el 9 de agosto? ¿Qué envió Alberdi en respuesta a una proposición? Envió una iguala, un contrato, un cambalache. Yo doy dos diarios chilenos en apoyo de Urquiza y un Club agente, en cambio de una embajada. Mandó las muestras de la mercadería en los dos artículos del Diario, y el acta del Club; y le mandaron los títulos.”
Ahí está Sarmiento; esas palabras son de él; son un hecho, que no calificaré; para que el público lo haga por sí, responderé con otro hecho.
Este otro hecho es el decreto que sigue, cuyos términos ponen a Sarmiento en la actitud que merece:
Departamento de Relaciones Exteriores.
Buenos Aires, agosto 14 de 1852
“En el deber en que se halla el Gobierno Argentino de cultivar las mejores relaciones de amistad con las Repúblicas vecinas, y animado de un vehemente deseo por estrechar los vínculos de fraternidad que la ligan con el Gobierno de la República de Chile, ha acordado y decreta:
“Artículo 1 ° Queda nombrado Encargado de Negocios de la Confederación Argentina cerca del Gobierno de la República de Chile, don Juan Bautista Alberdi, con la asignación señalada a los de su clase en América, en la ley de 9 de abril de 1826.
“Art. 2° Publíquese, comuníquese a quienes corresponda, y dése al Registro Oficial.
URQUIZA,
Luis José de la Peña”
El lector puede ahora tomar de la oreja al mentiroso y subirle al banco de la risa, en que ha querido ponerse él.
El 16 de agosto, no el 11, se instaló el Club: el acta de su instalación está desparramada en los dos países. El 11 y 13 aparecieron los artículos del Diario, sea en buena hora.
Leed la fecha del decreto que dejo copiado. El 14 de agosto fui nombrado Encargado de Negocios en Buenos Aires: es decir, dos días antes de la instalación del Club. Aunque hubiese telégrafo eléctrico entre el Plata y Chile, el acta del Club de 16 de agosto no habría podido producir el nombramiento del 14.
Ese decreto está firmado en Buenos Aires, cuando llegó a esa ciudad el correo que salió de Chile el 15 de agosto, ya no estaban allí ni el general Urquiza ni su ministro Peña, que habían salido el 9 de septiembre para San Nicolás a la instalación del Congreso.
Por este motivo y por el que sigue, no se puede permitir a su malicia que suponga una alteración de fechas.
El decreto concluye diciendo: “Publíquese, comuníquese a quienes corresponda y dése al Registro Oficial”.
Se publicó en efecto en todos los diarios de Buenos Aires; se reprodujo en el de Mendoza, y por fin en todos los diarios de Chile. Sarmiento puede hacer después que ha escrito, la verificación que debió hacer antes de escribir.
El decreto me nombra Encargado de Negocios, no Ministro Plenipotenciario. Eso lo sabe nuestro hombre de la Campaña, porque lo ha visto; pero cambia los títulos intencionalmente: ¿por qué? porque el Encargado de negocios tiene 3.500 pesetas de sueldo anual; y el Plenipotenciario 7.000.
Como Sarmiento reduce a pesos fuertes el interés que me atribuye en la adquisición de ese empleo, ese cambio de títulos conviene a su plan: pues todos saben que no hay abogado humilde que no gane en Valparaíso más de 3.500 pesos al año.
El decreto 14 del agosto, me nombra Encargado de Negocios “con la asignación señalada a los de su clase en América en la ley dé 9 de abril de 1826”.
Esta ley de 1826 asigna a “los Encargados de Negocios 4.500 pesos en Europa y 3.500 en América”. (Artículo 1°, inciso 30.) “Las asignaciones que expresan los artículos anteriores (dice el artículo 7° de esta ley) serán abonadas desde el día de la aceptación del nombramiento.”
Ahora bien: es público y notorio que yo no he aceptado hasta hoy el nombramiento ofrecido por el Gobierno Argentino. Digo público, porque si lo hubiese aceptado sería para ejercerlo, no simplemente para recibir sueldo. Si no he aceptado ese empleo, no puedo, por ley, recibir sueldo. El gobierno que me lo abonase, contra la ley, cometería un robo y yo sería cómplice de él. Además en cualquier tiempo al Gobierno Argentino que me nombró a mí, nos preguntarían qué fue del encargo en que el país gastó tanto dinero. Para ejercer el empleo tendría que presentar mis credenciales al Gobierno de Chile y obtener su reconocimiento. ¿Lo he, hecho? el Gobierno puede decirlo. No hay embajadas invisibles.
¿Por qué no he presentado mi credencial? ¿por temor de su rechazo? Sarmiento parece insinuarlo así y debo rectificarlo en! obsequio de la armonía de los dos países. Tengo certeza de que si me acercase al Gobierno de Chile, tanto la credencial del Director argentino como mi persona, seríamos acogidos honrosamente. ¿El Gobierno de Chile rehusaría un agente de un poder cerca del cual residen los agentes de Inglaterra, Estados Unidos y Francia? El señor Beeche, teniendo las credenciales del general Urquiza y del Gobierno de Buenos Aires, ha presentado la primera únicamente y ha sido recibido por el Gobierno de Chile en su carácter de vicecónsul argentino en Valparaíso.
¿No tendréis sueldo, diréis? Entonces ¿cuál es el aliciente que me hace desear el empleo?
¿Decís que espero el desenlace de Buenos Aires para que el empleo y su sueldo sean realidad? Espero, es verdad, el restablecimiento de la autoridad nacional en todo el territorio, pero no para admitir el empleo, sino para dimitirlo dignamente. Esta declaración no es para vos sino para el público argentino, ante quien la hago por mi honor.
El decreto de 14 de agosto, que me nombra Encargado de Negocios, trae la firma del ministro Peña, no del ministro Gutiérrez. Sarmiento dice que este último promovió mi nombramiento. Gutiérrez fue ministro desde fines de mayo hasta fines de junio como es público: un mes. Fue ministro del Gobernador López, nunca del Director Urquiza. En agosto, en que fui nombrado por el señor Peña (Ministro del Exterior, entonces y antes), el señor Gutiérrez estaba retirado en su casa, lejos del Gobierno. Si Sarmiento conociese mejor las cosas de Buenos Aires, sabría que el ministro doctor Peña, me conoció y estimó muchos años antes que yo conociese a Gutiérrez.
El Club de Valparaíso, dice Sarmiento, fue creado para obtener empleos. Atended: en la misma fecha, 14 de agosto, dos días antes de formarse el Club de Chile, fueron nombrados a la par mía, don Francisco Peña (que aceptó su empleo) para Cónsul general en Chile, don Mariano Sarratea y don Gregorio Beeche, el primero Cónsul y el segundo Vice-cónsul en Valparaíso. El señor Sarratea estaba en Estados Unidos. Tanto él como el señor Peña, no son partidarios del general Urquiza. El Gobierno revolucionario de Buenos Aires, ratificó todos esos nombramientos menos el mío, que revocó con respeto por mi persona en virtud de la ley que hizo cesar la delegación diplomática que Buenos Aires había hecho en el general Urquiza, y toda política exterior por entonces. A pesar de eso, el señor Beeche presentó sólo su credencial de Urquiza, y los señores Peña y Sarratea, no han presentado ni una ni otra. ¿Cómo explicar, pues, esos nombramientos con miras interesadas o de partido?
El señor Sarmiento liga a mi nombre el del señor Monguillot, secretario de la Legación para Chile, desde que se nombró al señor Mármol. Diré lo que hay sobre esto.
Cuando el señor Monguillot me avisó desde Mendoza el rol en que venía, yo le pedí que esperase allí la disposición de su gobierno, a quien avisé confidencialmente (por respeto a la posición crítica en que se hallaba) que no admitía el empleo. Ajeno de esto el señor Monguillot pasó la cordillera por un acto suyo, cuando creyó arreglado lo de Buenos Aires. En Chile lo saludé como paseante, y le di a conocer mi resolución. Recomendado perso¬nalmente por muchos amigos, tuve el placer de ofrecerle mi hospedaje. Se fue por su voluntad cuando quiso: yo aprobé su resolución que adoptó él por consejo de otro amigo.
Si él trajo libramientos; si tomó dinero en Chile, no me consta, pero pudo hacerlo como empleado. Ligar mi nombre a esos libramientos y a esos pagos, es perfidia soez. Autorizo a quien quiera a que publique cualquier dato contrario a este aserto.
De todo esto resulta:
que no he buscado empleo,
que no he aceptado el que me vino sin buscar, que no lo ejerzo porque no lo deseo,
que no gano sueldo ni puedo ganar sueldo por un empleo que no desempeño,
y por fin, que la fábula de un contrato para escribir, por el precio de un empleo, es una simple impostura de don Domingo Sarmiento.
IV
Rectificaciones
¿Por qué escribo? ¿para qué he escrito las Cartas, preguntáis? Os lo diré.
No para demoler la reputación de Sarmiento, como pretende él con más jactancia que razón; sino para desarmar a un agitador; para inutilizarle sus armas de desorden, dejándole la gloria que adquirió antes con sus armas de libertad.
He escrito mis Cartas por el mismo estímulo que me hizo escribir mis Bases. Ambos escritos son conservadores; el mismo espíritu de orden y disciplina prevalece en los dos. En uno y otro son servidos el pensamiento y plan de organización del vencedor de Rosas, y el pacto de San Nicolás, que lo hace ser jefe de la República libertada por él.
Usted realzó mis Bases; las llamó el Decálogo argentino.
Usted dijo que mis Bases eran un golpe atroz a Urquiza. No podrá decir hoy que las escribí para agradar a ese jefe. Hace doce años que una sociedad de jóvenes en Buenos Aire!” me señaló el plan de organización para la República como objeto especial de estudio. Mientras duró el obstáculo, no escribí de eso, dejé a la vocación de usted el rol de demoledor. Destruido Rosas, ¿quién no vio llegado el día de la organización? Escribí en el sentido del pensamiento nacional.
Si con esa mira de patriotismo, escribí las Bases, que representan diez veces más trabajo que las Cartas (escrito ligero, hecho en veinte días de ocio en el feriado), ¿por qué pretende usted que no he podido escribir 10 menos sino por un empleo?
¿De qué tratan mis Cartas? el asunto le dice a usted que no he recibido misión para escribirlas. Tratan de su Campaña; episodio imperceptible de la campaña del general Urquiza. Como usted sabe, yo no hice esa campaña, no la conozco, y creo que nadie la conoce en Chile. ¿Está usted en su juicio cuando piensa, que para refutar esa publicación el general Urquiza había de encargar el trabajo a Chile, donde el asunto no es conocido, y a persona que ignora enteramente esa campaña? ¿No tenía diez escritores a su lado provistos de todos los documentos? ¿Ve usted en mi crítica, que poseyera yo más documentos que los mismos que usted me ofrece? ¿No está impresa su Campaña? ¿No era más fácil que la obra fuera en la valija del correo a buscar el crítico, no que el crítico viniera al través de los Andes con el tren de una embajada en busca de la obra?
He criticado también otros impresos de usted, es cierto: pero pregunto, ¿Argirópolis y Facundo, no están en el caso de su Campaña? ¿No están esos impresos en el Río de la Plata? ¿No se contraen exclusivamente a cosas del país argentino? ¿A qué, pues, habían de buscar en el extranjero la crítica y examen de cosas que mejor se conocen allí?
Más de dos años escribió usted con ardor infatigable en favor del general Urquiza: todo Sud América es el pro de ayer del contra de hoy. Ahora escribe usted como el Tostado en contra del que antes apoyó. Dígame, pues: ¿quién le pagó entonces y quién le paga hoy para escribir?
¿Dirá usted que su organización tiene un sentido especial para amar la patria, y que la mía no lo tiene? No lo diga usted, porque se le reirán como reirán si le oyeran decir que sólo usted ama a sus padres, que sólo usted ama a sus hermanos e hijos.
Escribo en 1853, por el mismo móvil que me hizo escribir en 1851, antes que Urquiza fuera el vencedor de Rosas. Lo que recibía entonces recibo hoy: digo mal, recibo hoy día más de lo que no recibí entonces: hoy tengo de renta al mes nueve mil insultos del señor Sarmiento, de un género desconocido en la época de la Gaceta Mercantil. Justicia sea hecha a los caídos: Rosas no degradó la prensa hasta la detracción privada.
Escribo hoy por el móvil que excita mi pluma de oposición a la tiranía, de doce años a esta parte, y no por sueldos, por subvenciones y contratos del género de los que ahora examinaré.
Escribo para realizar el pensamiento y los propósitos de un círculo de argentinos ilustrados y patriotas, al que tengo el honor de pertenecer. Movidos por el patriotismo, que los hizo abandonar su patria esclavizada hace largos años, han reunido sus esfuerzos el día de la emancipación, para apoyar desde la distancia la grande obra de su organización iniciada por el que destruyó el poder de Rosas.
Mis escritos son la expresión leal de sus votos; por eso los apoyan; no son el eco de mi egoísmo. Con su dinero preparan lo que yo escribo, no lo que imprimo, que no soy editor como algún tribu¬no, que resarce como impresor lo que da como escritor. ¿Lo veis? no estoy aislado. En mis ideas insultáis las de muchos de vuestras antiguos compañeros de armas.
Escribo no para ganar sino para regalar a los editores los escritos que consagro a la patria. ¿Lo dudáis? Mis Cartas se venden por la imprenta de El Mercurio y para su exclusivo provecho. Mis Bases, las dos ediciones, fueron regaladas a El Mercurio y su imprenta las dio a luz por su cuenta. Preguntad a los editores de ambos diarios cuánto me pagan por los artículos, que una vez que otra he dado.
Tengo dos obras serias entre manos en que no se habla de vos, y ése será vuestro tormento: también regalaré sus manuscritos, No he mandado al otro lado de los Andes dos mil ejemplares de mis Cartas, como decís. Habré mandado por mi parte seis ejemplares. Tengo noticia de que el señor Tornero envió por su cuenta unos doscientos. Hay semillas felices de que no es preciso sembrar mucho: mandé unos, pocos ejemplares de mis Bases y al punto hubo tres mil en el Río de la Plata. Hoy mis Cartas reciben en el patriotismo de Mendoza la multiplicación que atribuís a Monguillot.
Entre los móviles innobles que atribuís a mis escritos, colocaís la envidia de los vuestros. ¿A qué escritos aludís? ¿a los futuros o a los pasados? La obra jefe de estos últimos es Argirópolis, y protesto que ninguna envidia tengo por la idea de colocar la capital de la República Argentina en una islita desierta, situada a diez leguas de la Costa argentina y a tres de la costa extranjera.
¿En lo futuro qué podríais escribir que me diese envidia? Los trabajos que en lo venidero reclama la República Argentina, son sus reglamentos de administración interior su Código Civil, su Código de Comercio, su sistema judicial, de sus finanzas, de su crédito, de sus trabajos de utilidad nacional. En esas materias desconocidas para vos ¿haríais algo, que pudiese excitar mi envidia? El estilo y talento que acabáis de lucir en los últimos escritos ¿sería objeto de mi envidia?
V
Rectificaciones
Contrato de suscripción a periódicos con el gobierno de Chile
Para probar que no tengo razón en mis Cartas, en llamar sedicioso el escrito de su Campaña, que me dedica el señor Sarmiento y en decir que sus obras no lo hacen acreedor al poder, trae a discusión este señor un contrato de suscripción oficial a un periódico, que firme en 1847 como propietario (no como escritor), de la imprenta que lo daba a luz. Si no es de Condillac esta lógica, es al menos de Fígaro, que es la familiar a nuestros polemistas de Sud América, que hacen sus humanidades en Larra.
Sarmiento dice que conoció ese contrato en 1849. Si canto me desdoraba a sus ojos, ¿por qué ahora poco ha pedido tres veces un asiento para mí en el primer Congreso Constituyente de la República Argentina?
Porque sabía en conciencia que ningún desdoro me infiere ese contrato.
Yo diría que en este punto ha querido reírse del público, si la rabia que lo domina, no le hubiese sugerido aturdidamente el uso de ese medio en que ha hecho su propio proceso.
En efecto, un hombre que ha subsistido diez años del apoyo indirecto de un gobierno extranjero por los servicios de su pluma, y que de buena fe se reputa honrado, no puede tener sinceridad cuando afea en otro, un acto de los que forman la costumbre y el oficio de su vida propia.
En el día llama la atención oír hablar de suscripción del Gobierno a periódicos. Importa recordar cómo ha sido la prensa de Chile antes de ahora.
Por 24 años la prensa de Chile ha tenido el apoyo del Gobierno y éste el de la prensa. Un principio de administración creó esta liga recíproca en el interés de la paz y del progreso de las luces. Un decreto de 23 de noviembre de 1825 autorizó al Gobierno para suscribirse a todos los periódicos por doscientos ejemplares. Otro de 13 de marzo de 1827 confirmó el anterior, limitando la protección en favor sólo de aquellos periódicos que por los principios luminosos que contengan o ideas útiles que en ellos se promuevan, merezcan circularse a los pueblos.
En honor de Chile es preciso notar que ese apoyo oficial dado a la prensa tuvo un fin moral y de progreso, no de corrupción como sostienen, sin juicio, los que más lo disfrutaron.
Ese sistema ha regido hasta 1849, en que el Gobierno quitó por primera vez la suscripción a los periódicos.
Antes de 1849, toda la prensa de Chile mantuvo concesiones oficiales por la suscripción, y no se concebía que pudiera vivir un papel independiente del gobierno.
Bajo ese sistema existieron largos años El Mercurio, El Progreso, La Gaceta del Comercio, El Araucano, La Gaceta de los Tribunales, etc.
Bajo ese sistema escribieron Piñero, Sarmiento, Bello, López, Frías, Peña, Gómez, Tejedor, Mitre, etc.; todos escribieron en lo que se ha dicho impropiamente prensa subvencionada, sea que los escritores tuvieran o no compromiso directo con e! gobierno. Escrito o tácito, todos los propietarios lo tuvieron. Era entendido que el gobierno no se suscribía para ser atacado si se suscribía a la sedición.
En ese tiempo, bajo ese sistema estipulé la suscripción al Comercio, como propietario de la Imprenta Europea, que lo daba a luz.
Firmé ese Contrato como propietario (en parte) de la Imprenta Europea, no como escritor; para hacer escribir, no para escribir. Invoco sus términos, que habéis reproducido.
No fui redactor de El Comercio. Contribuí con mis pesos a pagarlo. Fueron redactores primeramente el señor Irisarri y don Demetrio Peña, el primero con sueldo de 8 onzas, el segundo con sueldo de 3 onzas. Puede este caballero, aliado hoy día a la hostilidad que me hace Sarmiento, atestiguar el hecho. El señor Irisarri, amigo mío y del señor Vial, trepidaba naturalmente en venir a Valparaíso, por 6 onzas, único sueldo que la Imprenta Europea podía darle; y el señor Vial consintió entonces en añadir dos onzas destinadas a aumentar el sueldo del señor Irisarri, de que sólo éste disfrutó. Como ni él ni yo hicimos nada para que quedase privado, dígolo hoy que lo exige la verdad, hecha necesaria por la malicia de Usted. Dejando mi firma en una oficina pública, sabía que la dejaba para ver la luz, y ese hecho prueba mi sinceridad, en vez de excluirla. La prostitución huye del papel y de la tinta en los Contratos; porque los Contratos escritos son la luz, y sólo el dolo teme la luz.
Al señor Irisarri sucedió como redactor de El Comercio el señor Mitre, acompañado siempre por el señor Peña, ambos a sueldo de la empresa.
Al señor Mitre reemplazó el señor Valencia, que tuvo siempre de colega al señor Peña.
En ese tiempo vendí mi parte de la imprenta a los señores Ezquerra y Gil. Entre aquellos caballeros se distribuyó todo el dinero de que dispuso la Imprenta Europea para gastos de redacción de El Comercio. Yo colaboré como lo hice toda mi vida, por manía de escribir, sin más estipendio que el insulto envidioso. El señor Peña, conocedor de estos hechos, puede decir si falto a la verdad.
¿Con quién estipulé el contrato de suscripción? ¿A quién prometí el apoyo de El Comercio? Al Presidente de esa época, al señor general Bulnes, mi amigo honorable de años atrás. A mi llegada a Chile hallé a todos mis compatriotas y amigos a su rededor. Ligado él a una familia brillante de mi país, amiga de la mía, obtuve de su parte una acogida generosa de que me honro hasta hoy. Había merecido de él la oferta espontánea de un empleo honroso, que dimitía a pocos meses. Había escrito con su biografía, la reseña de su brillante administración de cinco años, cuando se trató de su reelección en 1845. ¿Debía yo tener embarazo en hacer apoyar gobierno del general Bulnes? ¿No era yo más consecuente en eso que los que atacaron su gobierno después de haberlo creado?
Traté con él, no con el señor Vial, que sólo intervino en el arreglo material como ministro.
¡Habláis de Ministerio Vial! pobres palabras que hoy dan risa. Cuando los conservadores subimos al poder, decís aludiendo a 1849. No quiero discutir si estáis en el poder, vos extranjero, sin ciudadanía en Chile. Pero ¿sabéis desde cuándo ocupan el poder los conservadores de Chile (a) pelucones? Desde Lircai; desde 1829. De ahí a 1833, en que se dio la Constitución Conservadora, que hoy rige, todos han gobernado por ella y según ella hasta el día; todos han sido conservadores.
Por ella han gobernado los presidentes, no los secretarios. Ministerio Montt, Ministerio Vial, Ministerio Pérez, son palabras sin sentido, inventadas para dorar evoluciones de ambición o de inconstancia en la adhesión al Presidente, único depositario del gobierno de Chile por la Constitución. Los cambios de secretarios no son cambios de gobierno, ni de administración. Con ninguno de sus secretarios fue jamás pipiolo el general Bulnes; y su gobierno, al principio, al medio y al fin, fue siempre pelucón, fue conservador.
Adhiriéndome, por simpatía a la administración Bulnes adherí a su política conservadora, que rige en Chile hace veinte años, y que deseo hoy día para la República Argentina; política que apoyáis aquí, y que combatís allá, al revés de lo que hace Gutiérrez, conservador allá y aquí.
¿Qué admití en cambio del apoyo ofrecido a la más noble administración de la América del Sud, digo al gobierno ejemplar de Chile?
Vaya demostrarlo, para vergüenza del que ha querido dar a este mezquinísimo asunto una importancia ridícula, de pura mistificación.
El Gobierno daba a la empresa de El Comercio, nueve pesos tres reales diarios; y la empresa daba al Gobierno 150 números de El Comercio, que tenían de principal más de nueve pesos tres reales: tenía de costo cada número 6 centavos y medio: el Gobierno los compraba a medio real, es decir a menos del costo.
¿Qué más daba el Gobierno a la empresa de El Comercio? ¿datos oficiales para su inserción?
Por los datos de aduana, El Comercio pagó siempre al señor Montiel 58 pesos mensuales.
Por el despacho del tribunal del consulado, pagó siempre un estipendio mensual al señor Elizalde.
¿Impresiones sueltas? Las daba por precio menor que el pagado por los parroquianos ordinarios de la empresa. Una imprenta de Valparaíso no podía esperar jamás el encargo de trabajos frecuentes, del Gobierno que reside en Santiago.
El señor Ezquerra, me asegura con los libros a la vista, que la cuenta formada al periódico arrojaba una pérdida de tres mil pesos el día que me separé de la sociedad; en la que, sabiendo yo que eso sucedería, persistí dos años, por cumplir el contrato de sociedad que suscribí, rogado por el señor Ezquerra y sin conocer lo bastante el negocio de imprenta en que me metía. Una vez firmado el contrato de sociedad, cerré los ojos y no atendí más que a cumplirlo. Fundé El Comercio; la empresa pudo andar, esperé a que pasara la crisis electoral de 1849, para separarme honorablemente y lo hice antes de que cesara la suscripción, no después, como decís contra una verdad de notoriedad.
Calculando en globo, aplicad si queréis una ganancia de 30 por ciento a lo que producía la suscripción del Gobierno a El Comercio.
El treinta por ciento aproximado, de 9 pesos, son tres pesos. Los socios de la empresa de El Comercio éramos tres: don Javier Rodríguez, don Pascual Ezquerra (administrador), y yo (comanditario). Tres pesos entre tres personas dan una ganancia de 30 pesos al mes. Venga usted a Valparaíso y busque si puede un buen cocinero que le sirva por este sueldo.
Entretanto por esa misma época, yo ganaba como abogado, en un solo asunto, cuatro mil pesos; en otro dos mil; en otro tres mil, sin contar otros varios.
Le cito por testigo acerca de esto, a cierto caballero que hoy sostiene y distribuye en Valparaíso los escritos en que usted difama a su antiguo amigo.
¿Había de aceptar dos onzas para escribir en diarios, yo que mu¬chas veces rehusé diez por la redacción de El Mercurio? ¿Cuántos periódicos no se me han ofrecido para redactar? ¿Me pusieron limita¬ción para la redacción de El Orden en 1845, que rehusé escribir? ¿Quién puso a Gómez y a Peña en El Mercurio sino el empeño y la recomendación mías? Interróguese al señor Tornero, que es sabedor de esto. ¿Quién sino yo puso a Mitre y a Valencia en El Comercio?
Decís que yo comprometí a Mitre, en la carrera que le costó la proscripción de Chile. Adulación, que hacéis hoy al que entonces combatíais, sin que él haya cambiado de las opiniones que vos le combatíais entonces. (Aquí rogaré al señor Mitre, a quien estimo a pesar del disentimiento de opiniones políticas, que se haga mostrar las publicaciones mías en que están las ofensas, que Sarmiento me atribuye.) Mitre tomó El Comercio, meses después que lo escribiese Irisarri. Mitre sabía lo que el último cajista de la imprenta: que el periódico apoyaba al gobierno. Irisarri y Mitre correspondieron con el señor Vial, más de una vez. ¿Yo pude inducir a Mitre a que nos dejase El Comercio sin redactor, para que fuese a Santiago a escribir El Progreso, en cuya redacción contrajo los compromisos que lo hicieron sufrir en Chile?
Ahora vengamos a cuentas. ¿Cuál era la elección de Presidente que debió apoyar El Comercio, según el convenio de 1847? La que ha tenido lugar en 1851.
-¿Qué papel apoyó esa elección?: La Tribuna.
-¿Quiénes publicaron La Tribuna?: Belin y Cía.
-¿Quiénes son Belin y Cía.?: Belin y Sarmiento.
-¿Cómo se fundó y existió La Tribuna?: en virtud de un contrato electoral, con los propietarios de la imprenta editora.
-¿Celebrado cuándo?
-Dos años antes de la elección y para dos años.
-¿Sabíase al principio quién sería elegido?: No; luego se firmó un apoyo en blanco; se hizo una previa adjuración de la justicia.
-¿Por quién?
-Por el Editor, por el propietario de la imprenta de La Tribuna más capaz de conocer el peso de esos compromisos, por el señor Sarmiento, que acaba de decir: los propietarios son los editores, el redactor es el instrumento bajo la dirección del editor.
¿No está el contrato en los registros del Gobierno? os diré por qué: porque se había derogado ya el decreto, que hacía lícitos y honestos esos contratos: porque debéis saberlo, no hay contrato autorizado que sea deshonroso. De otro modo, el Gobierno contratante sería cómplice del acto de desdoro.
Escrito o no, el contrato existió, todo Santiago lo sabe, y el señor Belin dijo aquí que existía. Para el vulgo y para el dolo, un contrato es un papel: ante la leyes un acuerdo de voluntades, que se estipula hasta por el silencio. ¿Lo ocultáis? Peor para vos.
-¿No fue con el Gobierno?
-Fue con un club del Gobierno, para apoyar el candidato del Gobierno. Adjuración a un club del Gobierno o al Gobierno, todo es uno.
He ahí en la cabeza del señor Sarmiento la sentencia que ha querido poner sobre la mía. El vino a hacer en realidad lo que yo estipulé (cuando eran lícitas esas estipulaciones) y que no hice cumplir, porque dejé de ser propietario de la imprenta contratante, y porque el Gobierno rescindió el contrato posteriormente. ¿A quién, pues, sino al señor Sarmiento se podrían aplicar sus propias glosas sobre el tema: ¿Hay un hombre en la tierra?
Pero más generoso que vos en este debate, os diré que ni vos ni yo merecemos la sentencia que os ha inspirado la bilis, sin reparar que la hacíais para vos mismo: ni yo, porque una vez firmé un contrato para hacer escribir por quien en conciencia quisiese escribir; ni vos por los repetidos contratos, que tenéis firmados en Chile para escribir vos mismo, no sólo para hacer escribir. ¿Contratos celebrados con los Viales, dueños de El Progreso; con Rivadeneira, dueño de El Mercurio, diréis? Bien; pero después de entenderos con el ministro, para escribir en papeles apoyado por el ministro y sostenedores del ministro, que os hace después Director de la Escuela Normal, y os costea un viaje a Europa, siempre agradable aunque sea a estudiar la educación.
Pues bien: estos hechos no hacen su desdoro, por la misma razón de que no hace el mío, aquel antecedente de menos valor, que un día de rabia ha querido usted presentar como crimen nefando sin serlo a los ojos de usted, habituado a esos arreglos, y valiéndose de un lujo de artificio y de malicia que hacen de ese trabajo suyo un modelo inimitable de chicana.
No he dicho a usted periodista por vilipendio, porque lejos de serlo, es brillante y lucida ocupación. Honre usted más esa vocación que tiene afinidad química, por decirlo así, con su esencia (según su expresión) [3]. Le he dicho, sólo que, el diarismo, que habilita para tantas cosas, ejercido largos años, lo inhabilita para ejercer el poder, que usted cree pertenecerle, en razón de sus antecedentes de periodista precisamente.
Decirle que ha escrito, que escribe usted periódicos, no es hacerle ofensa sino como candidato; es reconocerle una ocupación. Usted se dice maestro de escuela por oficio; pero como El Monitor es un periódico y no una escuela, yo no he creído faltar a la verdad aludiendo a su ocupación actual.
No me he dicho abogado con el pensamiento de apocar su oficio de escritor, ni he negado con esa ni otra mira haber escrito periódicos. Digo solamente que el diarismo no es ni ha sido mi oficio, sino la abogacía cuyos títulos no poseo ad honorem, sino ganados en toda regla por estudios hechos en ese colegio de ciencias morales de Buenos Aires, que usted tanto apeteció y que yo lamento no hubiese logrado, porque su polémica de hoy sería de otro tono. ¿Falto a la verdad en decir que mi profesión es la de abogado? ¿De cuál papel soy redactor en Chile? ¿De cuál he sido? Escribí en el folletín de El Mercurio unos cuantos días a mi llegada al país, y dos meses en la Gaceta de los Tribunales, papel técnico de jurisprudencia, El señor Tornero diga si fui redactor de El Mercurio alguna vez como pretende el señor Sarmiento con el aplomo de aseveración, cierta o no, que le distingue. ¿Qué no soy abogado en Buenos Aires? Es cierto. Estudié en sus aulas en el tiempo de Alcorta, de Salas, de Mossoti, de don Valentín Gómez, pero no quise prestar allí mi juramento de abogado con el de abnegación a la tiranía de Rosas, como se exigía. Presté mi examen de abogado en la Academia de Montevideo, presidida por el doctor don Gabriel Ocampo, a quien tenéis al lado, por testigo. Lo que me faltó aprender en la de Buenos Aires, lo completé batiéndome en el foro del Estado Oriental, con Varela, Agüero, Vélez Sársfield, Alsina, Somellera, Pico, Agrelo, etc., etc., que como sabéis no son los últimos abogados de la América del Sud.
¿Contestaré al fuego graneado de acriminaciones y diatribas personales de que consta una mitad de las ciento y una? ¿Conduce a la discusión de la política general argentina tratada en mis cartas, el defender mi persona?
No haré mis recuerdos de provincia; pero lo que no sería lícito traer en mi favor para defenderme de ataques sueltos por la prensa, creo que se me excusará de que haga para defender mi bandera, en mi persona, contra los ciento y un ataque sistemados del que ha puesto a un lado la República Argentina para ocuparse de mis defectos personales por dos meses.
¿Me llamáis mal abogado, después de haberme recomendado tantas veces al público de clientes, porque he criticado vuestras obras? quiere decir que me habríais llamado Papiniano si las hubiese encomiado. En abogacía es vuestro voto como en arte militar: de amateur. Prefiero no obstante ser mal abogado a no tener profesión.
¿Que defiendo malas causas? Servicio que mis clientes deben a vuestra buena índole; honor que hacéis al doctor Ocampo, que me las defiende en segunda instancia, y a los tribunales de Chile, que hasta aquí nos han dado la victoria en los dos tercios de ellas.
¿Perro de todas bodas, me llamáis? ¡Si dijérais de todos entierros! ¿Qué entendéis por bodas? ¿empleos? ¿pitanzas? Chile me ofreció uno que dimití al instante. Otro me ofrece hoy mi país que no quiero aceptar. En doce años no he sido fiel sino a la expatriación por causa de la libertad.
También me afea el tocar piano, usted que amó tanto el dibujo. El piano no estorbó a Rousseau hacer el Contrato social, ni a Bentham los Tratados de legislación, ni a Belgrano ser miembro del Gobierno de Mayo. Sin embargo, yo no lo sabría si hubiese tenido su dicha de pasar mi niñez en San Luis, donde no se enseña el piano porque perjudica al publicista.
¿Me ofrecéis los cimientos de mis Bases? os pagaré el favor con las bases de vuestros amientos. ¿Os creéis padre de mi obra por el billete en que os regalé ese honor? Sabed que otro igual tiene Gutiérrez, otro igual Cané y otro igual varios amigos correligionarios en principios; la verdad es que mi libro es eco de las opiniones de todos, en gran parte; me felicito de ello; jamás quise atacar el sentido común. A los hombres ilustrados no se ofrece un libro con pretensiones de originalidad; pero los hombres de talento no tra¬gan como los pavos los granos de perlas por granos de maíz.
Que abogué, por privilegios, en las cuestiones de vapores y fui vencido por Veritas. Tres ingenios colaboraron a los escritos de este nombre; demos la justicia a cada uno; pero no permitiré que a una persona de mi estimación haga usted responsable de la privación que el sud de Chile ha tenido por tres años, de la navegación por vapor. Motivos menos literarios que la oposición de Veritas al pensamiento de Valparaíso, de que fui eco, influyeron en que la Cámara de ese tiempo negase la subvención, que hoy se ha dado a la compañía del Pacífico: todo el mundo lo sabe. No tuve el honor de patrocinar en ese negocio a la benemérita compañía, sino al señor Wheelwright, importador en Chile del vapor, del ferrocarril, del telégrafo eléctrico y de otras excelentes cosas. Dupin y Chaix d’Extange, se habrían engreído de un cliente semejante. Pedí para el vapor en Chile el favor que aconsejé a mi país en las Bases derramase a manos llenas en beneficio de ese vehículo. Usted que ha recibido la doctrina como su génesis la ve hoy de mal ojo, porque la ve al través del color amarillo que han dado a sus ojos mis cartas. Pedí el privilegio a la industria, no al 1inaje, que concede una ley de de Chile, imitación de una ley de libertad, vigente en Inglaterra y Estados Unidos, cuya aplicación frecuente se cuenta entre las causas de prosperidad industrial en aquellos países.
Alguien que hoy se asocia a la persecución con que usted me da la importancia que no tengo, me salió al encuentro en la cuestión de vapores, hallándonos en plena paz. Entonces como hoy su mano hacía mover otra mano; pero el público no le perdía de vista. Todo estaría bueno, si la oposición que se hace hoy en nombre de la libertad a la organización encabezada por los vencedores de Rosas, diese resultados más felices y positivos que las líneas de vapores que se anunciaron en 1850 de un modo tan afirmati¬o para el siguiente de la extinción del privilegio.
Me hacéis un reproche de que siendo abogado frecuente la prensa. Hacéis bien de celar vuestros dominios; pero estáis engañado en creer que rija la ley de la Novísima Recopilación, que prohibía a los abogados saber derecho público y algo más que el Código Civil. Si creéis que sea desventaja para mí el pasar del foro a la prensa cuando me da gana y cruzar mi pluma con el panfletero más pintado, mejor para vos, peor para mí, ¿no es verdad?
Me recordáis que ataqué a Lavalle en un tiempo. ¿A qué viene eso? os estimo el recuerdo. Una vez presté a usted una carta de mi propiedad en que el noble general Lavalle, al embarcarse en Montevideo para Martín García, me pedía que le defendiese en la prensa. Lo hice con el coraje de un soldado, y tengo sus gracias generosas en una brillante carta, que mil han leído. Dije verdades amargas a los primeros hombres de Montevideo, que así correspondían a los servicios de Lavalle y tuve el honor de ser arrastrado a un juri de que desistieron los promotores en presencia del rechazo de Rosas a la paz ofrecida por Rivera. Así serví a Lavalle cuando estaba en infortunio. ¿Sabéis cuándo censuré su conducta pública? cuando estaba al frente de cuatro mil hombres y disponía de millones. ¿Sabéis lo que en él censuré? el plan de campaña, que nos dio la derrota. ¿Sabéis cuándo? cuando era tiempo de adoptar otro. Varela adoptó mi censura, pero fue después de la retirada de Morón, après coup. Una vez Gómez, estando yo en Quillota, alteró estos hechos en la polémica; no quise rectificarlo después de tiempo con infinitas cartas de Lavalle, que poseo, del tenor de una que nunca se me devolvió.
¿Me recordáis e! panfleto de 1847? Lo veréis reimpreso bajo mi nombre el día que reúna mis publicaciones dispersas, y ya lo está en parte en mis Bases, aplaudidas por vos. Lejos de renegar acepto hoy día con doble convicción el fondo de ese escrito, que un solo amigo rechazó como intempestivo, que sus actuales aliados cubrieron de aplauso, y que Tejedor, enemistado conmigo antes de eso, atacó en e! estilo, que es común a ustedes dos, dando ocasión a que Frías los rectificase en mi defensa. Ese escrito pedía en 1847 lo que pidió Argirópolis en 1850: una Constitución, una ley bajo el auspicio de un poder fuerte, que la hiciese respetar en su interés propio y en el del país: porque la ley tiene esa virtud de salvar a todos, aun a sus enemigos: la pedía en e! idioma insinuante y pacífico de la concesión de que más tarde se valió el autor de Argirópolis, al dirigirse a gobernadores que detestaba. Hoy mismo, si tuviese que elegir entre una Constitución dada por Rosas en 1847, sin sangre y sin guerra civil, o la Constitución actual buscada al precio de tantos obstáculos y tantos horrores, yo estaría por la primera. En mis Bases aplaudidas por vos, digo como en el panfleto de 1847: “El mayor crimen de Rosas es haber malogrado la aptitud que nadie como él tuvo para organizar la República Argentina”. La política de concesión que aconsejé en ese opúsculo, es la que ha salvado la República por el brazo de Urquiza, en quien se inoculó la chispa de civilización rechazada por Rosas.
A este propósito ha vertido usted una especie que a mis ojos lo rebaja muchísimo. Habla usted de que yo hubiese escrito alguna vez al señor Arana, ministro de Rosas. Hoy no está en el poder ni bajo el terror ese caballero, y puede decir como puedo yo decir de usted que no dice verdad en este punto. En mi vida he cambiado una palabra ni una letra con el señor Arana. Al señor general Guido tengo el honor de conocerle desde Buenos Aires; a la vuelta de Europa recibí en el Janeiro atenciones de su parte, y en Chile algunas cartas ajenas a la política.
No le daré la palma que anhela de traernos a la política, que le es peculiar, de nombres y apellidos, de pullas y rechiflas, de cuentos y chismes.
Solamente dejaré aquí consignados tres textos para marcar la altura y profundidad de su instrucción en la cuestión argentina, que se reduce de 40 años a esta parte, a averiguar cuál es la forma de gobierno que conviene al país:
1845: “La República Argentina es una e indivisible.” “La República Argentina está geográficamente constituida de tal manera que ha de ser unitaria siempre aunque el rótulo de la botella diga lo contrario. Su llanura continua, sus ríos confluentes a un puerto único, la hacen fatalmente una e indivisible.” Sarmiento [4].
1850: “La naturaleza del país y la colocación recíproca de las Provincias indica cuáles deben ser sus relaciones. La voluntad nacional, la violencia, los hechos han dado al Estado la forma federal.” Sarmiento [5].
1852: Solución constitucional, a base de la que no se puede salir sin crimen, “a saber, la Constitución de la República bajo la mejor forma que estime la mayoría de los argentinos representada en Congreso soberano constituyente, en un solo cuerpo de nación, una e indivisible.” Sarmiento y otros [6].
VI
Enmienda honorable
Yo ataqué los escritos y al escritor en su carácter de tal; y él para probar su costumbre de la vida de libertad y cultura, que proclama, ha creído deber atacar mi persona por el insulto y la detracción.
No me defenderé de sus insultos dirigiéndole otro. Pero haré que me tribute enmienda honorable y repare así con su propia mano los ultrajes que ha hecho a la verdad, a la ley y a la antigua amistad.
A sus injurias no daré, pues, más castigo que reproducir sus elogios. El me ha dado un ejemplo, que aceptaré con dos limitaciones: 1º, la de no revelar cosas que comprometan a tercero; 2º, la de publicar elogios solamente, revelación única que jamás trae daño.
No lo haré por jactancia; no quiero sus elogios; se los devuelvo todos, es decir, los doy como no tributados, ni recibidos. Pero los daré a luz para hacer ver que no se equivoca en sus ataques y que a sabiendas presenta como indignos a los que están lejos de merecerle desdén. Cuando menos se sabrá que sus ultrajes valen tanto como sus elogios, y que unos y otros son medios que él emplea no según su conciencia, sino según su interés.
Extractos de cartas de Sarmiento a Alberdi
San Juan, enero 10 de 1838
“Aunque no tengo el honor de conocerle, el brillo de su nombre literario que le han merecido las bellas producciones con que su poética pluma honra a la República, alientan la timidez de un joven que quiere ocultar su nombre a la indulgente e ilustrada crítica de usted la adjunta composición”. “En su escasez de luces y de maestros a quien consultar, el incógnito ignora aún si lo que ha hecho son realmente versos. ¿Qué extraño es pues que acuda a quien pueda prestarle sano consejo?… “Es pues por esto que se atreve a esperar, que consagrándole algunos de sus ocios, le instruya y note los defectos de su débil ensayo.”… Su obsecuente admirador, que quiere apellidarse por ahora García Román.
Sarmiento.
San Juan, julio 6 de 1838
“He recibido con la mayor satisfacción su favorecida de abril 14 en que se digna hacer a la efímera producción que bajo el nombre de García Román dirigí a usted, las indulgentes observacioes que su prudente crítica le ha sugerido, y animado por tantas muestras de benevolencia, no he trepidado en aprovechar la invitación que se digna hacerme de ponerme en relación con usted, no obstante no considerarme calificado para sostenerla…”
…”Nacido en esta provincia remota de ese foco de civilización americana (Buenos Aires), no he podido formarme un género de estudios a este respecto, y si no fueran algunas pequeñas observaciones sin regularidad, hechas en la lectura de algunos poetas franceses que han llegado a mis manos y a la luz que puede suministrar las observaciones de La Harpe en su Curso de literatura, cuando no hay suficiente caudal de instrucción para aprovecharlo, diría que las reglas del arte me son absolutamente desconocidas.”
“En cuanto a la gloriosa tarea que se proponen los jóvenes de ese país, y que usted me indica, de dar una marcha peculiar y nacional a nuestra literatura, lo creo indispensable, necesario y posible.”
…”Cuando como yo no ha podido un joven recibir una educación regular y sistemada, cuando se han bebido ciertas doctrinas ha que uno adhiere por creerlas incontestables, cuando se ha tenido desde muy temprano el penoso trabajo de discernir, de escoger por decirlo así los principios que debían formar la educación, se adquiere una especie de independencia, de insubordinación que hace que no respetemos mucho lo que la paciencia y el tiempo han sancionado, y este libertinaje literario que en mí existe, me ha hecho observar con ardor las ideas que apuntaron en algunos discursos del Salón literario de esa capital.
Sarmiento.”
Santiago, El Progreso, del 25 de agosto de 1845
“La causa de Peña será célebre en los anales del crimen, no sólo por las circunstancias que han rodeado este acto, sino por el interés que sabrán darle los abogados encargados de la defensa y de la acusación. El doctor Ocampo es el acusador.
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“Los reos, padre e hija, han nombrado para su defensa al doctor Alberdi, jurisconsulto joven, lleno de vivacidad y de movimiento en sus escritos, y muy capaz de abrazar con celo y entusiasmo una causa que sólo trabajo, esfuerzos y un poco de gloria forense puede ofrecerle. Pero el señor Alberdi, por laudable modestia, no ha querido dejar que gravite sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad de las dos vidas que antes de inclinarse ante la cuchilla de la ley, le han pedido socorro y amparo. El doctor Carvallo ha respondido gustoso a la invitación que el señor Alberdi le dirigió para asociársele en la defensa, lo mismo que el doctor Barros Pasos, que también ha tomado parte en esta ruda tarea.”
Sarmiento.
En El Progreso, del 25 de septiembre de 1845
“Proceso de Justo Peña y su hija
“Tenemos por fortuna, un documento curioso que presentar a su avidez, y, entre nosotros, único en su género. Tal es la carta biográfica que Carmen Peña ha escrito a uno de sus abogados para ponerlo en aptitud de avalorar, como ella misma lo declara en la introducción, el origen de los acontecimientos desgraciados que tan terrible papel vienen a hacerse en su vida.”
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“La lectura de esta carta, singular por su estilo y los acontecimientos que refiere, nos trae a la imaginación, sin poderlo evitar, uno de esos tipos que ha trazado Eugenio Sue.”
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“La carta que publicamos ha sido escrita toda de mano de Carmen Peña; no es menos lucida su dicción; no son más brillantes sus pensamientos, que su escritura es delicada, su ortografía esmerada y correcta hasta la minuciosidad, como podrá inspeccionarla el que pueda echar una mirada sobre los autos en que se halla la carta autógrafa. Rasgos contiene este escrito que harían honor a un autor, a un novelista.”
Santiago, 29 de mayo de 1851
“Celebro haber acertado a complacerlo en la réplica del Archivo…” “Continúeme de vez en cuando sus consejos y no me deje como Morel, encorvarme al lado de la pluma a fuerza de no hacer otra cosa.”
Sarmiento.
Río de Janeiro, abril 10 de 1852
“Estoy en Río de Janeiro y vengo de Petrópolis, colonia alemana y residencia del Emperador, con quien he pasado horas y horas en conversación familiar casi, sobre nuestras cosas, nuestros hombres y nuestras costumbres. Ha reunido cuanto papelucho argentino ha podido y los nombres de Echeverría, Alberdi, Mármol, Gutiérrez, de ciento y la madre mar los conoce y estima. Me ha preguntado por usted como por muchos más.”
Sarmiento.
Yungai, 5 de julio de 1852
“Deseara que usted fuese” (de diputado al Congreso Constituyente).
Santiago, agosto 13 de 1852
“Deseara para llevar a cabo mi empresa (de hacer servir el Monitor de las escuelas a la política argentina), que me indicase los títulos de las leyes españolas que hablan de educación primaria y a que hizo alusión una vez… Si usted quisiera encargarse de un articulillo, haría una buena obra. Propícieme al redactor de El Mercurio a fin de favorecer el intento de El Monitor. Este acuerdo de la prensa puede dar resultados aquí y prestigios allá.”
… “¡Y usted sabe lo que dan los acontecimientos humanos! Puede ser que Urguiza y la opinión tengan razón. Tan preparado estoy a ello que me ocupo de refaccionar mi casa de Yungai e instalarme como si tuviese el pensamiento de no moverme jamás.”
“Necesito un buen retrato suyo al lápiz de 12 centímetros de desenvolvimiento la cara, en un marco de 37 centímetros de alto y 31 de ancho, de color paja, que sea dibujado a dos lápices y en papel de marquilla, todo de 50 centímetros por 40. Estoy haciendo una colección de mis amigos y usted entra en primera línea.” (Ni se pensó en la remisión de tal pedido.)
Sarmiento.
Yungai, septiembre 16 de 1852.
“Su Constitución es un monumento. Usted halla que es la realización de las ideas de que me he constituido apóstol. Sea; pero es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia. Usted y yo, pues, quedamos inexorablemente ligados, no para los mezquinos hechos que tienen lugar en la República Argentina, sino para la gran campaña sudamericana, que iniciaremos, o más bien, terminaremos dentro de poco.”
“ … De todos modos su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro va a ejercer un ejemplo benéfico.”
“Sentiría por su gloria, que su persona de usted se pusiese en oposición con su libro. Es posible que su Constitución sea adoptada: es posible que sea truncada, alterada; pero los pueblos por lo suprimido o alterado verán el espíritu que dirige las supresiones. Su libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino; y salvo la supresión del parágrafo indicado, la bandera de todos los hombres de corazón. Arcos lo lee con intención hostil y ya concluye (y en este mismo momento exclama: cosas muy buenas hay aquí), sin encontrar dónde hincar el diente. Por estas razones, por la inmensa notoriedad que le dará a usted y por el talento y principios que revela, temo que el general Urquiza no se lo perdone a usted. A mí me tiene en cuenta Argirópolis, del cual jamás me habló ni para decir lo he visto… Usted ha hecho peor: ha dictado una constitución y dejado frustradas las tensiones candorosas a la originalidad y absorción de toda iniciativa.”
Sarmiento.
Habiéndolo invitado a asociarse a los trabajos del Club de Valparaíso, contestó:
Santiago, septiembre 18 de 1852
“Lejos, pues, de complacerlo en el deseo de que yo tome parte en lo que creo extraviado, le suplico que no toquemos este punto entre nosotros para evitar inútiles y perjudiciales disentimientos. “Por lo que hace a personas, no anticipe nada, no toque nada. No salga del bellísimo rol que ha tomado: El legislador de la federación. Su Constitución es un programa, a que adhieren todos los hombres sinceros. Si se publica en Buenos Aires tanto mejor: si se hace una edición numerosa, entonces triunfamos por el senti¬miento público.”
Sarmiento.
Yungai, septiembre 24 de 1852
“No he entrado en la discusión de su obra, que, en general, acaso en detalle hallo perfecta y digna de obrar una revolución en América.
…”Con respecto a escribir yo un artículo bibliográfico, escribiría ciento y escribiré mil un día. Pero ¿ahora quiere usted que se adopte su Constitución? El medio seguro de excitar los celos de Urquiza es que yo la apruebe. Parece que usted no quiere convencerse de la verdad real de las cosas. El mérito singular que ella tiene es que no la he escrito yo, y que siendo una continuación y una codificación de las ideas que hoy abriga el partido civilizado de la República Argentina, sean federales o unitarios antiguos, han sido sistemadamente rechazadas con las ciudades para continuar el sistema militar de Rosas.”
…”Yo he escrito a San Juan, a Río de Janeiro, a Buenos Aires, a Copiapó, poniendo su trabajo de usted como el código nuestras ideas.”
Sarmiento.
Septiembre, 27 de 1852.
“Usted puede, pues, mantener una de esas lucidas teorías del desencanto aquí, pero guarde su persona de ponerla en práctica. Con sus maneras cultas, con su figura noble y fina sería usted puesto a los dos días en la picota del ridículo. Yo que nada de eso tengo en mis exterioridades, sólo pude mantenerme en medio de aquellas naturalezas torvas enseñando la punta de la espada. Salvé mi persona, pero no mi posición.
“Su libro de usted (las Bases) no se lo perdonará jamás Urquiza. Lo ha herido en todos sus flancos: ha arrancado la máscara de mentiras oficiales; ha mostrado que los unitarios no se oponen a la federación; le ha robado el lauro de ser el otorgador de una constitución; si adopta algunas de sus conclusiones no le perdonará haberle forzado la mano; si no las adopta ella es un espejo en que se verán de bulto las supresiones y las escatimaduras. Por eso convenía esperar; por eso no quiero hacerle a usted el mal servicio de ponderar la belleza de su trabajo, barrera opuesta contra el despotismo. ¡Y vea usted lo que es la fragilidad humana! Ni Mitre, ni yo, ni Vélez, ni toda la prensa de Buenos Aires, ha herido como usted tan de frente ni con tanto acierto la cuestión. ¡A que no halla en la prensa de Buenos Aires nada sobre extranjeros, sobre atraso, sobre barbarie, más claro que en su libro! ¿Qué resulta de todo su conjunto? Que los bárbaros son el azote de la América.”
Sarmiento.
Santiago, octubre 9 de 1852.
“He visto en los diarios su nombramiento de representante de la República Argentina aquí, y lo felicito de todo corazón.”
“Cuando venga usted para acá, o cuando usted lo desee le comunicaré lo que el Presidente me ha indicado como conveniente arreglar entre las dos Repúblicas -tratado postal, aduanas, etc., etc.-. Yo escribí a Mendoza pidiéndoles datos sobre algunos puntos, etc., etc.; todo lo que si viene estará a su disposición.”
Sarmiento.
1850: Recuerdos de provincia.
“Educado por medio de la palabra por el presbítero Oro, por el cura Albarracín, buscando siempre la sociedad de los hombres instruidos, entonces y después mis amigos Aberastain, Piñero, López, Alberdi, Gutiérrez, Oro, Tejedor, Fragueiro, Montt y tantos otros han contribuido sin saberlo a desenvolver mi espíritu transmitiéndome sus ideas … “
Sarmiento.
Sudamérica, del 9 de junio de 1851
“Puede ser la pasión la que me alucine; pero de sólo los argentinos que están en el Pacífico desde Concepción a California, hay tela de donde cortar un buen congreso, de cuya idoneidad Chile, Bolivia, el Perú se darían por muy satisfechos. Los nombres que siguen justificarán el aserto:
Doctor don Gabriel acampo, jurisconsulto, La Rioja.
Doctor don Domingo Ocampo, miembro de la Corte de apelaciones de Concepción, La Rioja.
Doctor don Ramón Ocampo, jurisconsulto, La Rioja.
Doctor don Juan Bautista Alberdi, jurisconsulto, publicista, ex secretario del Gobierno de la Intendencia de Concepción, Tucumán.
Doctor don Martín Zapata, jurisconsulto, Mendoza.
Don Juan María Gutiérrez, ingeniero del Departamento Topográfico, Buenos Aires.
Don Antonio Aberastain.
Don Francisco Delgado.
Don Carlos Lamarca.
Don Gregorio Beeche.
Don Gregorio Gómez.
Doctor don Javier Villanueva, etc., etc.”
Sarmiento.
1852: Carta al general Urquiza
“Si ha entrado, pues (el general Urquiza a Buenos Aires), mande disolver ese Congreso sin libertad, sin dignidad, sin prestigio, para que no figuren en él sus sirvientes Elías, Seguí, Leiva, Huergo, Gorostiaga, que están diciendo a gritos lo que hay en el fondo, y convoque un nuevo congreso elegido libremente, en que entren los señores Alberdi, Guido, Alsina, Anchorena, López, Mitre, Lagos (el coronel), Portela, Vélez, Carril, Pico, etc., hombres de saber, de prestigio, de autoridad, de conocimientos.”
Sarmiento.
Campaña en el ejército grande, pág. 244
“A mi regreso de Valparaíso tuve el gusto de ver consignado en el precioso escrito del doctor Alberdi: Bases para la Constitución de la República Argentina, aquellas ideas madres que me había esforzado en años de trabajos en hacer populares, sirviendo de constitución… El libro del señor Alberdi era, a mi juicio, un acontecimiento político. Nadie habría podido desenvolver en la República Argentina las ideas que contiene… La prensa argentina reprodujo el trabajo del señor Alberdi, unos en abono de Urquiza, otros en vía de ironía; pero todos difundiendo y popularizando las ideas que contiene. Yo provoqué una reunión de argentinos en Santiago, para que hiciéramos una manifestación en favor de las Bases.”
Sarmiento.
Muchos más elogios que debo al señor Sarmiento, habría podido reunir en este trozo si yo tuviese costumbre de compilar y guardar elogios. Pero bástanme y prefiero los de fecha más reciente, para no dejar suponer en el intervalo un cambio de mi conducta o de mis ideas, que legitime el de la pluma que hoy me hiere. Muy necio y ridículo es reproducir elogios en favor de uno mismo, pero la acción tiene disculpa cuando es un medio de represalia empleado en lugar de recriminaciones e insultos destemplados. En lugar de ver fango, ¿no es mejor que yo arroje al señor Sarmiento sus propias flores secas? Poniendo sus elogios delante de sus dicterios, he querido que el panegirista desacredite al detractor. Cuando esto es obra de uno mismo, ¿a quién echar la culpa? ¿El castigo de sí mismo no es el más soportable?
P.S.
Habiendo sido objeto de imputaciones desagradables de parte del señor Sarmiento, creo tener derecho a reproducir las siguientes piezas, venidas a mi poder después de escrito lo anterior, como comprobantes del valor que tiene el testimonio histórico del autor de la Campaña en el ejército grande.
Una casa de comercio, respetabilísima, ajena a la política, inclinada más bien al partido opuesto del general Urquiza, juzga el escrito del señor Sarmiento, como lo he juzgado yo. No dirá él que esa casa ha recibido encargo de Urquiza para refutarlo, en Buenos Aires, e14 de marzo de 1853, más de un año después de la revolución de 11 de setiembre.
En el número 240 de El Nacional de Buenos Aires, se lee la carta que sigue:
“Señor Redactor de El Nacional.
“En el número 235 de su acreditado periódico hemos leído las siguientes líneas escritas por D. F. Sarmiento, en su obra titulada Campaña en el ejército grande aliado de Sudamérica:
“Por la casa de Llavallol supe que se habían entregado el 10 de febrero a don Fermín Irigoyen dos mil onzas de oro para remitir a Benavides por cuenta de Rosas. ¿Alcanzó a mandar las onzas don Fermín? ¿Las recibió Benavides, etc.?”
“No poca sorpresa nos ha causado semejante alusión, destituida por otra parte de toda verdad. ¿Qué motivo habrá habido para que el señor Sarmiento se acuerde de nosotros? Una vez única le vimos en Palermo a principios del mes de febrero del año próximo pasado: no alcanzamos a estar diez minutos con él, y por supuesto que éstos se emplearon en el cambio de cumplimientos usuales y en hablar generalidades, como sucede entre personas que se ven por la primera vez en su vida, y que no tienen asunto especial de conferencia. No entramos a tratar de materia determinada; ni aun tiempo había habido para ello. Todavía es menos cierto el que hubiésemos dicho cosa referente a don Fermín Irigoyen, ni a las mencionadas dos mil onzas. No teníamos la menor idea sobre el particular, y si tal hubiésemos dicho, no habría sido de nuestra parte sino un embuste. Creemos, pues, deber declarar del modo más formal, que el escritor ha padecido una equivocación en esa alusión relativa a nosotros. Lo creemos un deber, repetimos, principalmente por mediar un compatriota como el señor Irigoyen, cuyas recomendables cualidades conocemos y apreciamos y porque nuestro silencio podría autorizar hasta cierto punto alguna mala interpretación.
“Sensible es que el señor Sarmiento, no se muestre más exacto en sus citas; puede ser que la memoria no sea en él una facultad descollante, mas así el crédito de sus narraciones puede hacerse problemático. Las reglas de la crítica severa exigen en el historiador exactitud y veracidad como primeras y vitales condiciones.
“Mucho agradeceremos, señor redactor, que se sirva usted insertar estas líneas en su ilustrado periódico. En ello, sobre contribuir a cumplir con un acto de justicia, hará un particular obsequio a sus atentos servidores:
“Jaime Llavallol e hijos.”
Buenos Aires, marzo 4 de 1853.
[1] Ley vigente de Imprenta, art. II.
[2] Campaña, pág. 51.
[3] Recuerdos de provincia, pág. 175.
[4] Facundo, la edición, págs. 25 y 140.
[5] Argirópolis, pág. 141.
[6] Nota de la comisión dirigida al Club de Valparaíso, el 3 de noviembre de 1852, firmada, entre otros, por Sarmiento.
Cartas Quillotanas (2ª parte) - Polémica con Sarmiento por Juan Bautista Alberdi en 1853