“Memoria de Atacama”, 24 de marzo de 2012.

El pueblo de Morille está ubicado a 937 metros de altura, a 18 kilómetros de Salamanca, Provincia de Castilla y León, España; su población es de 267 habitantes, aunque según las palabras del tabernero del único bar existente es posible que el fin de semana, gracias a las visitas citadinas, se superen las 300 almas.

Aquí se sitúa el Cementerio del Arte de Morille, quizá el más importante del mundo en su particular género, en el que han sepultado sus obras artistas como Fernando Arrabal (escritor y Premio Nacional de Teatro), Esther Ferrer (Premio Nacional de Artes Plásticas) y Pierre Klossowski (artista y filósofo francés), entre otros.

En el mismo cementerio yacen enterradas desde el 24 de marzo de 2012, a dos metros bajo tierra, los rostros de cientos de prisioneros políticos -algunos aún vivos, la mayoría desaparecidos- de los campos de prisioneros de Chacabuco y Pisagua en Chile. Metros, muchos metros de cintas de 16mm con los rostros más tristes y amedrentados que se hayan filmado en el país durante las últimas décadas del siglo pasado.

¿Y cómo es posible que parte importantísima de nuestra memoria histórica yazca bajo tierra en un pequeño pueblito cercano a Salamanca, España? Gracias a Miguel Herberg. Durante algunas semanas del año 2012 fue tildado en Chile como un viejo loco y despechado, porque no querían financiarle un nuevo documental sobre los sobrevivientes de los campos de concentración. Se dijo que era un viejo chalado, loco, chocho.

Si hasta le llamaron “chanta” en ciertos medios de comunicación súper cómicos, mientras que importantes organismos chilenos como la , el Museo de la Memoria o el Instituto Goethe dijeron que las intenciones de Herberg eran populistas y desmintieron todo lo que este señor gritaba.

Herberg asegura por esos días que tenía en sus manos importantes documentos, cintas y entrevistas sobre los prisioneros políticos chilenos y –además- como infiltrado de la derecha que dice haber sido, poseía sendas entrevistas a personajes como Roberto Viaux y el mismísimo Augusto Pinochet.

Pero la intelectualidad chilena (o lo que es lo mismo, los “sobrevivientes” espirituales de la dictadura militar), dijo que no, que ni hablar, que todo era mentira, que el señor Herberg actuó como traductor para una productora especializada en documentales de la ex RDA (República Democrática Alemana) y que si estuvo ahí (porque lo estuvo), fue sólo a guisa de traductor del alemán al español. Y viceversa.

Pero ¿quién es Miguel Herberg? Sin duda, un veterano y polémico personaje, documentalista, escritor, periodista y anarquista, infiltrado en la derecha en Chile por encargo de la productora de Roberto Rossellini, de la RDA y del Partido Comunista Italiano en los años 70, dedicado en la actualidad a su empresa de animación con sede en China.

En marzo de 2012 decide quemar no sólo las citadas cintas, sino que también entrevistas y documentos recabados como espía en la derecha chilena durante cuatro años, proyectando sobre el humo de esas llamas los rostros de los prisioneros políticos que dijo haber grabado con una pequeña cámara de 16mm.

Antes, durante y después de hacer lo que hizo, explicó con la vena carótida hinchada, entre tos y tos (al parecer dejó demasiado tarde el cigarrillo y ahora sufre las consecuencias), defendiéndose como pudo ante un número importante de periodistas venidos de todas partes de Europa a la ciudad de Salamanca.

Lo cierto es que quiso explicarse y lo hizo. Convenció, pero no venció. Porque estar de acuerdo con él y creerle todo, son cuestiones bien distintas. De ahí, en todo caso, tildarle de viejo chocho y chanta a priori, no parece buen periodismo.

A siete años de ocurridos los hechos, recordamos varios aspectos de lo que fue el entierre de material audiovisual sobre la dictadura en Chile. Cultura y Tendencias estuvo presente en esa oportunidad, conversando con el propio Miguel Herberg y con los principales implicados en este acto ¿reivindicativo? ¿simbólico? ¿artístico?…

Universidad de Salamanca, Noam Chomsky, cochinillo y confusión

Llegamos a Salamanca el 22 de marzo de 2012, un día antes de la citada conferencia de Herberg y dos días antes del “entierro oficial”. Quizá una de las primeras cosas que nos sorprende al estar en la Facultad de Filología e Historia de la universidad local -punto en el que, supuestamente, se realizaría la conferencia de prensa- es que desde el portero hasta algunos académicos no tienen idea de qué les estamos hablando.

“¿Miguel cuánto?” “¿Conferencia sobre los prisioneros políticos de Atacama?” “¿Dónde queda eso, cerca de las Sierras de Madrid?” “¿No se estarán ustedes refiriendo a los mineros estos que rescataron hace un par de años en Chile?”

Nos dirigimos, entonces, a la Sala El Gallo, donde -según los organizadores- se iba a realizar durante toda la semana una exposición de los documentos y fotografías que Herberg iba a quemar y a enterrar.

Y aunque nos acercamos varias veces durante la tarde de ese 22 de marzo, las puertas del lugar están siempre cerradas. En uno de nuestros intentos por entrar, un borrachín salmantino de turno, sentado bajo el dintel de las puertas cerradas como un Gólem que vigila el portal del otro mundo, explica que la sala sólo la abren de noche “y eso cuando la abren”. Extraño el espacio destinado a una muestra de tanta trascendencia.

Nuestra decepción es tan grande como nuestra estupefacción. En la prensa chilena, en las redes sociales, en algún que otro programa de la televisión española se habla por esos días con sorna o muy en serio del “Schindler español”, del que “había salvado con su cámara a cientos de prisioneros políticos por el sólo hecho de haberlos filmado”.

Recordamos nuestras propias experiencias como chilenos. Éramos muy jóvenes, pero vivimos en nuestra propia carne esa etapa de la historia: Nuestros parientes bajo represión, nuestros amigos desaparecidos, exiliados o torturados. Pasaron como ráfagas por nuestras mentes las imágenes de los degollados, de los dos jóvenes quemados vivos, de los prisioneros arrojados al Océano Pacífico desde helicópteros de las Fuerzas Armadas.

Así que decidimos relajarnos un rato e ir a comprobar si es cierto que también en Salamanca, como en otras gloriosas ciudades de España, te ponen una tapa (un pequeño “pica pica”), junto con una cerveza muy bien tirada, de esas que dejan “crema” sobre la superficie. Y la verdad es que sí. ¡Y qué tapas! Pequeños platitos de cochinillo acompañados con tacos de pan crujiente. En eso sí, por lo menos, las expectativas se cumplieron.

Sobre las diez de la noche volvemos a la Sala El Gallo y esta vez sí estaba abierta. El local era un sótano. Nos dicen que bajemos en silencio porque se ensaya una obra de teatro. Escuchamos gritos de actrices ¿De qué iría la obra? ¿Quizás representarían una escena política relacionada con la tortura en los campos de prisioneros chilenos? ¿Y la exposición? ¿Y Herberg? ¿Y la Universidad de Salamanca?

Chomsky entra en juego. Se sabe que envía una carta a Herberg, pidiéndole que no concrete su anuncio. Dice el filólogo estadounidense en su misiva: «Me parece que dado el valor histórico e importancia de tales filmes, se los debería preservar si efectivamente son únicos y, de ser posible, se los debería transferir al Museo de la Memoria en Chile».

Enfatiza que se debe respetar el dolor y sufrimiento de los prisioneros políticos chilenos, «cuyas voces e imágenes aparecen en dichos filmes y que de otra manera serían eliminadas de la historia, destino que estaría en directa contradicción con el respeto que se les debe y que -en cierto sentido- replicaría lo que la dictadura militar chilena literalmente hizo con tantas de sus víctimas».

Cuando ya el fastidio se hace notorio ante tanta confusión, aparece como un fantasma shakesperiano salido de “Hamlet”, el administrador de la Sala El Gallo y gestor del Museo del Arte de Morille. Se acerca, nos tiende la mano, inclina la cabeza y se presenta con un susurro: “Sean ustedes bienvenidos, soy Domingo Sánchez Blanco, el sepulturero”.

“El término alemán museal tiene inflexiones desagradables. Describe objetos hacia los cuales el observador ya no tiene una relación vital y que están moribundos. Deben su preservación más al respeto histórico que a las necesidades del presente. Museo y mausoleo son términos que están relacionados por algo más que una asociación fonética. Los museos son los mausoleos de las obras de arte”. (Theodor W. Adorno, Valéry Proust Museum)

Domingo Sánchez Blanco, Licenciado de Salamanca, artista multidisciplinar, administrador de la Sala El Gallo en donde se realizaría la supuesta exposición permanente de Miguel Herberg, pero sobretodo el cerebro, alma y “sepulturero” oficial del Cementerio del Arte de Morille, lugar en el que se anuncian las exequias de la memoria histórica chilena, sale a nuestro rescate e intenta aclararnos la situación.

El resultado es que quedamos aún más confusos, pero -al menos- ya se comienzan a conocer los personajes principales de un evento que termina llamando la atención mediática mucho más allá de lo que sus organizadores hubiesen imaginado y -probablemente- deseado jamás.

Bajo la hipótesis de que el autor es dueño de su obra y también es dueño de deshacerse de ella cuándo y cómo le dé la gana, ya sea por despecho o por provocación, e incluso por no poder soportar más el lastre de arrastrarla porque lo lleva a la desesperación o al suicidio, Domingo Sánchez, junto a otros “Licenciados de Salamanca”, crean este cementerio-mausoleo del arte.

Conversar con él sobre Miguel Herberg, su polémica quema y entierro, y sobretodo sobre el Cementerio de Arte de Morille, fue una experiencia muy interesante, con un final muy, muy inesperado.

A la conferencia de Miguel Herberg del viernes 23 de marzo asisten dos tipos de periodistas: Los locales, que en su mayoría creían estar frente al “Schindler español”, y los chilenos, que daban por hecho que tenían delante suyo un viejo chocho e impostor que sólo buscaba plata, fama o descargar su despecho porque no quisieron financiarle su proyecto de documental sobre los sobrevivientes de los campos de prisioneros de Chacabuco y Pisagua.

Si había algún tipo de término medio dentro de la sala, puede que fuesen los organizadores, los licenciados de Salamanca que observaban el montaje con cierta ironía.

Las paredes de la Sala El Gallo rebosaban fotografías de los personajes más importantes del thriller del 73. Jarpa, Frei, Aylwin, Allende, Pinochet. Incluso destacaban las fotografías más emblemáticas del ataque aéreo de La Moneda, aquéllas que supuestamente fueron tomadas el 11 de septiembre de 1973 desde una habitación del Hotel Carrera.

El escepticismo de la pequeña comunidad periodística chilena que abarrotaba la pequeña sala iba en aumento ¿Pero es que este señor sacó todas esas fotografías que tenemos grabadas en el sub consciente desde que éramos cabros chicos? ¿Él fue el fotógrafo-espía que capturó los momentos más álgidos del golpe, con su pequeña Minolta alemana desde una osada posición a través de una ventana del Hotel Carrera?

Abundaban sobretodo las fotos de los prisioneros políticos que, supuestamente, salvaron su vida gracias a ser filmados por Herberg. Rostros tristes, amedrentados, resignados. Quizás rostros de seres humanos que esperaban, sencillamente, la muerte. Rostros rabiosamente reales.

En medio de la sala, una mesa soportaba las casi diez bobinas con las cintas de los documentales que, según el señor Herberg, nadie quería en Chile ni en ninguna otra parte del mundo.

Herberg, que tiene prohibido fumar por cuestiones de salud, pidió un cigarrillo, sólo para ponérselo en la boca, sin encenderlo. No parecía nervioso, pero sí muy irritado. Intuía a lo que se iba a enfrentar y permanecía emboscado tras el escritorio y los cristales de sus gafas escudriñándonos con sus ojos de documentalista, uno por uno, calculando el tamaño y número de sus enemigos.

A su lado, franco, sonriente, conciliador, Domingo Sánchez, el sepulturero. Comienza la batalla.

Cuando llegamos a Morille, ya era noche cerrada. Hacía frío y en total no sobrepasábamos las treinta personas. La mayoría de los periodistas chilenos al parecer se habían decantado por quedarse en Salamanca probando la siempre “bien tirada” cerveza de barril y, suponemos, que siempre acompañadas por unas riquísimas tapas de cochinillo.

Pero sí había un número importante de periodistas españoles, alemanes, franceses…y sobretodo algunos espectadores locales. Principalmente personas de la tercera edad que habían salido en pantuflas a ver qué quemaban y enterraban esta vez estos locos y simpáticos “jóvenes” que habían venido a instalar el cementerio del arte a su pueblo.

En medio de lo que podríamos llamar la plazoleta se levanta una hoguera aún no encendida en donde posteriormente se quemaría el material. A pocos metros, un proyector parecía estar preparado para disparar los “rostros de los prisioneros políticos” sobre el humo que desprendería la hoguera, la cual sería alimentada por los documentos secretos, fotos y cintas de vídeo recabados por Herberg.

En un rincón un joven “anarquista” de Morille custodiaba algunas pancartas con pintadas de improperios contra Miguel Herberg: “Miguel, cabrón” “¡Herberg a la hoguera!”. Aunque luego descubrimos que había sido idea del propio Herberg y los organizadores del evento para darle un toque de humor a la ocasión. Velada que, sin embargo, tardaba en empezar.

Algunos periodistas decidimos esperar en el pequeño bar del pueblo, a la sazón de un buen vaso de vino tinto para escarmentar el frío castellano, a que empezara la función. Nos entendíamos como los marineros de diferentes nacionalidades que suelen trabajar en los barcos de alta mar. En “espanglish”. Por fin comienza el espectáculo. Don Isidro, trabajador, campesino del pueblo, es el encargado de preparar y encender la hoguera.

Miguel Herberg acerca a la hoguera un par de cajas de cartón atiborradas de documentos, vídeos y fotografías.

Una a una las comienza a arrojar al fuego. De vez en cuando explica qué era lo que quemaba: “Estas son fotos de Salvador Allende, de unas entrevistas que le hicimos en el setenta y…”.

Debemos aclarar que en medio del campo, con toda esa prensa internacional disparando sus flashes y con la carrasposa y débil voz de Herberg, no nos fue posible escuchar todo lo que dijo mientras incendiaba su (nuestra) memoria.

“Estos son documentos secretos de cuando yo me infiltré en la derecha chilena -al parecer añadió: “por idea de Rossellini, el famoso cineasta italiano”- en donde se explica claramente, dos años antes del 11 de septiembre, cuándo y cómo la derecha chilena haría el golpe de estado…si alguien quiere leerlos antes…si no, ¡Ala, a la hoguera!”, comenta Herberg.

– CyT: ¡Espere, señor Herberg! Nosotros queremos leerlos, aunque sea una parte…
– Herberg (Entregándonos algunos folios con un tono casi paternal): Bueno, bueno…pero luego a la hoguera ¿eh?”.

Lamentamos confesar que no sólo no lanzamos esos documentos a la hoguera, sino que los guardamos a buen recaudo y hemos escaneado un trozo de ellos para que nuestros lectores puedan juzgar por sí mismos.

Cuando el humo está lo suficientemente espeso, los se comienza a proyectar el documental “Chile 73 o la historia que se repite”, el que tanto revuelo causa en Chile en torno al tema de la autoría de dicho material.

Pero el resultado no es muy exitoso que digamos. De vez en cuando se proyectan algunas tenues sombras sobre el humo de la hoguera.

En un momento pudimos apreciar claramente la sombra difuminada de una torre de vigilancia del campo de prisioneros de Chacabuco. Confesamos de paso que pudimos constatar posteriormente que en un periódico español estaba claramente “reflejado sobre el humo de sus víctimas”, el rostro del Pinochet más malvado y mediático, ese en que sale con lentes de sol, los brazos cruzados sobre el pecho y rostro de buldog enfadado, probablemente su foto más famosa, la que dio más vueltas por el mundo. El punto es que en el documental de Herberg que se proyectaba sobre ese humo, esa imagen de Pinochet no aparece jamás. Cosas del Photoshop.

Pasan los minutos y lo que puede respirarse en el ambiente era sencillamente…indiferencia. Los supuestos documentos secretos, las fotografías, los vídeos eran todas “copias guardadas a buen recaudo”. El rostro de Allende estaba impreso en unas fotos que más bien se asemejaban a postales compradas en un puesto artesanal del Barrio Bellavista. Había un cierto silencio emotivo, pero nada más.

Quizá la única persona que parecía afectada verdaderamente era la ex mujer de Herberg, que se había alejado a varios metros de la hoguera, le daba la espalda al espectáculo y tenía una mano puesta en la cara. Con tanta oscuridad, imposible saber si lloraba.

Al cabo de una hora, termina el espectáculo. Quién más trabajo tiene es Don Isidro, quien debe mantener viva una hoguera que a momentos se niega a encenderse, como si los espíritus de los desaparecidos quisieran burlarse de tan “solemne” acto y se escabullen para revolotear sobre la húmeda alfalfa que rodea el pueblo.

Se acaba la hoguera y cada uno se va a lo suyo. Nosotros volvimos a Salamanca, pero ya era muy tarde para comer cochinillo. Pensamos que a esa hora en muchas ciudades de Chile aún podríamos haber comido unas sopaipillas con pebre o sánguches de potito. Pero, claro, estamos a más de diez mil kilómetros de distancia.

Es una mañana de sábado hermosa como pocas. La luz del sol lo acaricia todo y el pueblo parece sacado directamente de una de las Novelas Ejemplares de Cervantes. La presencia periodística había disminuido considerablemente. Éramos unos pocos corresponsales y algún documentalista suelto.

No parecía un entierro, sino un festejo. En medio de la plazoleta del pueblo hay una carreta tirada por un burro peludo y de orejas cortas Lo conduce y le lanza improperios campestres para que no detenga la marcha Don Isidro, pero guía las riendas un niño que no supera los tres años.

Sobre la carreta, un cajón rojo, un “sarcófago” en cuyo interior se enterrarían -¿para siempre?-, los sagrados documentos que llevan a Miguel Herberg a realizar un acto más simbólico que extremo.

Luego de cargada la carreta, salimos en procesión desde la plazoleta del pueblo hacia un descampado en donde se encuentra el famoso y polémico Cementerio del Arte de Morille.

Unas treinta personas caminamos lentamente casi 500 metros, al ritmo del burro y de unas falsas plañideras ataviadas con velos negros que imitan llantos de verdadero congojo: “Miguel, por qué lo haces?” “Hay Dios mío, pobrecitos, ¿por qué los entierra?”

Nos preguntamos entonces si estas graciosas plañideras-actrices habrían participado alguna vez en un entierro real de un prisionero político hallado muerto, rodeadas de Carabineros y policía secreta en vez de parientes, amigos, periodistas y Licenciados de Salamanca. Pero era imposible no sentirse alegre en un día tan hermoso, aunque los sentimientos eran muy encontrados.

Mientras avanzamos hacia el cementerio aprovechamos de rematar nuestro trabajo. Habíamos escuchado que Miguel Herberg estaba enterrando sus documentos en ese pueblo por una extraña coincidencia: Por haber conocido a Elia Plaza y Cristina Zelich, dos encantadoras mujeres que se dedican al mundo del arte y que buscaban comprar una propiedad en Formariz, en la provincia de Zamora, el mismo pueblo donde reside Herberg.

Le preguntamos a Elia Plaza por el origen de todo este evento y en qué modo había intervenido ella y su amiga Cristina. Nos responde con la misma franqueza y naturalidad con que el sol alumbra esa hermosa mañana en Morille. Y nos aclara un par de cosillas ¿importantes? (ver aquí conversación con Elia Plaza)

Lo demás fue simple y rápido. En medio de un descampado que se asemeja mucho a los paisajes sicilianos que aparecen en más de una ocasión en la película “El Padrino II”, salpicado de tumbas-mausoleos muy artísticos en donde se entierran obras de artistas vivos y muertos, había una fosa ya cavada, muy probablemente por Don Isidro, en donde en pocos minutos se deposita el “féretro” con todos esos documentos que tanto le pesan a Miguel Herberg.

Una joven canta un “fandango portugués” mientras Herberg y Domingo Sánchez, el sepulturero, lanzan algunas paladas de terrones dentro del foso, los que rebotan sobre el féretro provocando un eco sordo y mortal (Foto 10).

Quizás sólo en ese instante, durante un escaso par de minutos, guardamos todos un silencio respetuoso y sentimos que -de verdad- estábamos en un entierro, y que los que ahí dentro yacían, eran las sombras de unos prisioneros y desaparecidos que nunca descansarán en paz, como en las películas sobre esos fantasmas que no se resignan a abandonar este mundo, hasta que no se les haga justicia. Ahí, en un descampado, a diez mil kilómetros de distancia de su propia tierra.

Nos devolvimos poco a poco al pueblo, comentando lo ocurrido, pero –sobretodo- pensando en la comida. Había hambre y nos habían comentado que en la taberna del pueblo, junto a la cañita bien tirada, te ponían una “tapita” de morcilla que estaba para chuparse los dedos.

Atrás, Don Isidro continúa el trabajo verdaderamente duro: terminar de echarle paladas de tierra al foso de dos metros. Miguel Herberg, plañideras, parientes, amigos, periodistas y Licenciados de Salamanca a comer morcilla, mientras el pueblo se queda allá atrás, solo, enterrando a otro pueblo.

Fuente | Cultura y Tendencias (C+T) | by Beto Stocker (24/03/2012)​

Cementerio de Morille - Miguel Herberg
Cementerio de Morille - Miguel Herberg
Cementerio de Morille - Miguel Herberg
Cementerio de Morille - Miguel Herberg

Material enterrado

Miguel Herberg y la quema de material fílmico sobre la dictadura en Chile: «No quemo a Allende, quemo la indiferencia que tenéis ante su memoria»

“Les cito hoy por dos razones muy concretas. Y aviso que, para que la prensa no tergiverse mis declaraciones, las estamos grabando, así nunca podrán decir que estoy contando una cosa por otra. Punto uno: Los materiales que esta noche se quemarán en protesta contra la indiferencia, son las obras de mis archivos, archivos que nadie quiere. Punto dos, los materiales que mañana se enterrarán en el cementerio del arte de Morille podrán ser desenterrados si el comité del cementerio juzga las condiciones satisfactorias. Y punto tres, existen copias de seguridad de todos mis materiales y microfilmados de los documentos que comprometen a los Estados Unidos, a la República Federal de Alemania y a Chile, en el derrocamiento y muerte de Salvador Allende. Estos documentos están custodiados en caja fuerte y ante notario, podrán ser entregados al pueblo chileno, insisto, sólo al pueblo chileno, representado exclusivamente por los comités de los ex prisioneros de los campos de concentración de Pinochet. Pero pongo para ello una condición: Sólo serán entregados después que se haya desenterrado hasta la última víctima de Pinochet…y de Franco”.

En este punto de la declaración la sorpresa del público asistente, sobretodo la de los periodistas chilenos, creció hasta el punto en que El Sepulturero tuvo que pedir orden como un juez sin mazo justiciero y el propio Herberg se vio obligado a alzar su carrasposa voz, entre toses y probablemente ciertos murmurados improperios. “¡Chantaje!” Se escuchaba por allí “¡Eso es imposible!” gritaban otros por allá. Finalmente Miguel Herberg logró continuar con su declaración.

“Esta conferencia debió realizarse en la Universidad de Salamanca, que se supone es la catedral de la cultura española, pero que -finalmente- ha demostrado ser la catedral de la incultura y del establishment…de todos modos, con estos actos hemos conseguido, y este es el tema central aquí, buscar el eco mediático que queríamos, sobretodo en Chile…aunque no he recibido más de 200 mails. Unos profundamente agradecidos por mis actos y otros, difamatorios e insultantes, orquestados por una intelectualidad chilena que sólo pretende encubrir su clara colaboración con un sistema represivo que antes atacaron, pero del que hoy reciben dividendos y privilegios… ellos no merecen ni una palabra más de mi parte… pero lo que nadie entiende aquí es que esta es una llamada abierta para levantar nuestra voz contra todos los opresores, tanto en España, como en Chile y en todo el mundo”.

Para entonces era evidente que la prensa chilena se estaba cabreando. La prensa extranjera comenzaba a sonreír solapadamente; pues este señor parecía querer cargar sobre sus espaldas con los males del mundo entero, lo que sonaba oligofrénico y narcisista, aunque también, digámoslo claro, bastante noble y quijotesco.

“Yo quería decir esto en la universidad de Salamanca, pero lo mismo da que lo diga aquí en la Sala Gallo. Cuando don Miguel de Unamuno les dijo a los fascistas de la Guerra Civil Española “venceréis, pero no convenceréis”, se equivocó por completo ¡Es que no sólo vencieron, sino que convencieron! ¿¡Dónde están los desaparecidos de Chile, de España, del mundo!? ¿¡Y seguís creyendo en los gobiernos y votándolos!? Compañeros, que este acto sirva al menos para reflexionar y luego para pasar a la acción ¡Muerte al miedo!”

Al acabar su discurso, se notaba que, pese a su irritabilidad de anarquista viejo y mosqueado, tenía un poco de miedo a las preguntas de la prensa chilena y por eso nunca habló de “conferencia de prensa”. Y no era para menos, como pudo demostrarse de inmediato.

Un periodista chileno que trabajaba para la televisión Suiza, sin intermediar presentaciones ni levantar la mano, lanzó la primera pregunta. En su tono había mucho de teatralidad. Saltaba a la vista que se hacía el indignado más que estar sinceramente enojado o demasiado comprometido con el tema.

Pero para Cultura y Tendencias sus preguntas fueron bastante acertadas y deseamos transcribirlas junto a sus respuestas.

¿Cómo nadie pudo haber aceptado el material que usted recogió en Chile? ¿No será que lo entregaba sólo a cambio de ciertas condiciones?

– Iba a quemar muchos documentos esta noche, pero algunos de ellos no los quemaré, porque sirven para querellarme yo ahora contra todas las instituciones chilenas que me han vilipendiado. Ofrecí en 1992 mis documentos a la Fundación Salvador Allende. La respuesta es una carta que tengo aquí en mis manos y que está firmada por Isabel Allende, hija de Salvador Allende, en donde me responde que ella se va de vacaciones, que vuelve a finales de febrero y que ya podíamos hablar más adelante. Luego, cuando se creó el Museo de la Memoria (chilena) en el 2005, les ofrecí todos mis archivos y las respuestas fueron todas evasivas, desinterés total…

¿Pero no hubo ninguna condición a cambio?

– Mis documentos se encuentran en España y en Italia. La única condición que les puse es que pagaran el precio del transporte ¿Es lo mínimo, no? Y así tengo un montón de respuestas evasivas de organismos chilenos. Las quemaré casi todas esta noche en Morille. Podéis leerlas antes si queréis.

¿Y por qué cree que sus documentos no le interesan a estas instituciones?

– No les interesa porque la izquierda chilena está compuesta hoy en día por gente que trabaja para el establishment; ellos tienen que defender sus sillones, sus intereses y levantan toda esta polvareda para distorsionar otra vez la realidad. No quieren saber nada. Estos intelectuales son los que más protestan, pero tengo todo documentado y ellos lo saben.

Tanto en su blog como en foros de internet le han ofrecido hacerse cargo del material que usted quiere quemar y enterrar ¿Usted por qué se niega a entregarlo?

– ¿Cuándo me lo han ofrecido?

En su blog está escrito…

– (Pegando un fuerte puñetazo en la cubierta de la mesa) ¡Ah, cuarenta años después! ¡Cuarenta años después! ¡Si quieren desenterrarlo, que hablen ahora con el director del cementerio!

Hubo una carta abierta de la Cineteca Nacional de Chile en donde le ofrecían hacerse cargo del material…

– ¿¡Pero es que yo tengo que estar pendiente de las gilipolleces que dice la gente cuarenta años después!?

Pero esas imágenes, más allá que diga usted que tiene copias o no, creo que no sólo le pertenecen a usted, sino que pertenecen también a la memoria histórica de un país…

¿Pero quién se ocupa?

El Museo de la Memoria de Chile, por ejemplo.

– ¡El Museo de la Memoria ha dicho que no se ocupa! ¡Lo tengo por escrito, coño! Ahora lo dicen porque yo he levantado el escándalo ¿Vale? Ahora lo dicen…vamos a ver qué dirán dentro de dos semanas…van a estar muy bien enterrados allí (los archivos, en el cementerio del arte de Morille).

Pero justamente ahora que le están dando las soluciones, usted persiste en hacer esta quema y este entierro…

– A mí no me han dado ninguna solución.

Hay varias soluciones en su blog…es cosa que lea su blog. Hay personas de Chile, de Europa que le dicen que se pueden hacer cargo de su material, que pueden hacer un documental…

– En el blog cualquiera puede decir cosas hasta en nombre del Papa.

Camarógrafos, gente de cine, documentalistas, televisiones…

– Muy bien, que hagan una carta oficial, como las que yo les he hecho al Museo de la Memoria de Chile cada año, por ejemplo, y que me las envíen.

Esta quema de material fílmico me recuerda mucho a las quemas que hubo en el tiempo de los nazis…

– Exacto y en el tiempo de Pinochet también.

¿Por qué estamos cayendo en lo mismo? Eso es lo que no entiendo.

– Bueno, si no lo entendéis lo siento, cada uno puede o no puede entender. Pero hay un hecho: no quemo la memoria de los prisioneros chilenos, sois vosotros, no vosotros como personas físicas, sino las instituciones las que han demostrado durante cuarenta años una total indiferencia. Entonces yo, hoy, que era amigo personal de Allende, voy a quemar 300 fotos de Allende ¡No quemo a Allende! ¡Quemo la indiferencia que tenéis ante su memoria!

Encuentro terrible que se queme material de memoria, sean cuales sean las condiciones que usted ponga…

– ¡No le interesa a nadie! ¿Por qué no lo puedo quemar?

Yo vengo de Suiza para ver esto con mis propios ojos.

– ¿Pero has venido de Suiza con un documento del Banco de Suiza que dice «Yo voy a custodiar estos documentos»?

No, pero mi canal dijo que se hacía cargo de los archivos fílmicos si usted quería.

– A mí no me sirve que escriban eso en un blog o lo digan a través de un mensajero….a mí me sirve un papel con un sello y no he recibido nada de eso…

Bueno, pero usted no tiene derecho a destruir un material de memoria que probablemente ni siquiera le pertenece a usted ya… Existen formas de solución ¿por qué no evitarlo?

Tras dar otro puñetazo en la mesa, Herberg intenta subir aún más la voz, pero el público se ha embarcado en un meta debate al margen de los conferenciantes y los periodistas, como en los viejos tiempos, cuando en Santiago de Chile se discutía de política en el Paseo Ahumada.

Un estudiante universitario que no supera los veinte años grita: “Destruirlo no es una solución”. Un chileno grita: “¡Ni siquiera sabíamos que existía ese material poh! ¿y usted nos castiga a nosotros?”.

Herberg se defiende, alteradísimo: “¿Cuántos libros crees que he publicado sobre la dictadura chilena? ¡Se los he ofrecido a editores chilenos sin cobrarles nada y nunca se han interesado, ¡coño!” Coloca unos cuatro libros sobre la mesa.

¿Pero por qué no se los ofreció al pueblo?, pregunta una mujer del público. Herberg se ha encasquetado momentáneamente en un especie de mutismo.

– A nadie le interesa. Punto.

Un periodista chileno le dice, un tanto más conciliador: “La cosa es que es el patrimonio de un pueblo lo que tiene usted, no puede destruir un patrimonio. Espero sinceramente que tenga copias de todo ese material”.

Herberg, aunque parecía imposible por cuestiones de niveles dialécticos, se indigna aún más: “¿¡Pero es que no habéis escuchado nada de lo que os he leído antes!? ¿¡Queréis fotocopias!? ¿¡Queréis que lo repita para que lo memorizéis!?

Te leo el punto tres de mi declaración: Existen copias de seguridad de to-dos mis ma-te-ria-les, y microfilmados de to-dos mis do-cu-men-tos, que comprometen a los Estados Unidos, Alemania y Chile en el derrocamiento y muerte de Salvador Allende, copias depositadas en caja fuerte y custodiadas por notario, ¡coño! ¿Cuántas veces tendré que repetirlo?”.

Cuando termina esta última perorata una buena parte del público español, sobre todo jóvenes estudiantes de la Universidad de Salamanca, estallan en un aplauso. Miguel Herberg mira a su alrededor como sorprendido de no estar rodeado sólo de enemigos.

Un amigo suyo se le acerca y le dice: “Tranquilo Miguel…tienen derecho a hacerte esas preguntas…”. Herberg levanta los hombros y hace una mueca parecida a la de un niño reprendido, pero se calma.

“Estoy en contacto directo con los auténticos ex prisioneros políticos chilenos, los conozco nombre por nombre, ellos saben perfectamente que este acto no es más que una provocación”, explica.

El ambiente se distiende por un momento, como en esas pausas no pactadas que existen en ciertos debates o comidas familiares conflictivas. Algunos incluso aprovechan para salir a fumar un cigarro, para ir al baño, para beber un botellín de agua.

Herberg enciende el cigarrillo, pero su ex mujer, una señora italiana de porte noble y cabello cano, que ha venido de Italia expresamente a apoyarlo, le dice en voz alta: “¡Non provare ad accenderti ´sta sigaretta!” ( “¡Ni se te ocurra encender ese cigarrillo!”).

Herberg sonríe, como agradecido de que alguien le quiera y apaga el cigarrillo. Se avecina -eso sí- el segundo asalto. Desde el fondo de la sala un periodista español interrumpe…

-¡Señor Herberg!

– ¡Servidor! –(risas del público).

La condición que usted impone es un chantaje…son más de 400 mil las víctimas de la guerra civil española y la de chile creo que superan las cien mil. Desenterrar sus documentos sólo si se hace justicia con todos estos torturados, fusilados y desaparecidos es un chantaje enorme.

– ¿Y a mí no me chantajean con el silencio, con la indiferencia?

Está claro, pues, que como eso no será posible, usted no va a entregar ese material…
Herberg se limita a levantar los hombros, como diciendo, “qué se yo”.

Un cineasta local juega a hacerse el ingenuo. Otro Licenciado de Salamanca.

Yo quizás soy aquí la persona menos entendida en cine, usted es cineasta ¿Me puede explicar si hay alguna diferencia física entre la copia y el original? ¿Esas copias que usted dice guardar serán de la misma calidad, valdrán lo mismo desde un punto de vista técnico, que las que pretende enterrar mañana?

– Bueno, el proceso químico de la película en sí, es bastante duradero, sobretodo en blanco y negro…lentamente se pierde la emulsión, entonces hay que proceder , sobre todo con un tipo de material que se ha rodado hace ya 38 años, a la limpieza y a la manutención: Se limpian las cintas con productos químicos, pero el sonido se “vinagriza”, porque el sonido es un material magnético que va junto a la imagen que se pudre y huele a vinagre …todo esto se puede masterizar en formato digital, pero aquí entramos en un proceso que cuesta dinero ¿Y otra vez tengo que pagar yo de mi bolsillo? ¿Sabe lo que cuesta remasterizar eso?

No, la verdad es que no, por eso se lo pregunto. Si ese material no está remasterizado por falta de presupuesto ¿Qué tipo de copias del material que va a destruir son las que usted guarda? ¿En qué formato están preservadas?

– Bueno, las he remasterizado, y he pagado yo, claro

No entiendo nada y quiero que usted me lo explique ¿Cómo son exactamente esas copias?

– Del material negativo hoy en día se hace un telecine que pasa luego a un máster de una pulgada, y de eso se hacen copias de vídeo como las que por ejemplo se van a quemar esta noche…a mi me sobran 30 o 40 copias, y como no las quiere nadie, pues las quemo… ese el proceso. Si tú tienes un máster, incluso de ese máster hay que hacer siempre un máster de seguridad….el original es siempre la película, esa es la que hay que cuidar químicamente.

Un periodista alemán pregunta: “¿Entonces lo que tú quieres quemar esta noche y enterrar mañana se puede estropear, podrir…?

-Claro, por supuesto…

El público guarda un silencio extraño. La verdad es que estamos todos un tanto confusos. Un estudiante de Salamanca también interviene.

Si usted fue el autor de todos estos documentos, entrevistas y fotos ¿Por qué cree que se alzan tantas voces que quieren quitarle la autoría?

– Bueno… eso ha quedado zanjado en el juicio de Roma de 1975. La RDA (República Democrática Alemana) financió mi trabajo, mi viaje a Chile como documentalista, pero había un contrato firmado por el Partido Comunista Italiano, por mí y por el Gobierno de la RDA, en donde nos distribuíamos el trabajo de montaje y de derechos: La RDA y el PC italiano se quedarían con la distribución y derechos para los así llamados países del otro lado del telón de acero y yo -por mi parte- me quedaría con el material para distribuirlo y hacer lo que me placiera en los así llamados países occidentales ¿Vale? ¿Hemos llegado hasta ahí?

Prosigamos: La RDA y el PC italiano no cumplieron ese contrato, no me mandaron los internegativos de mis filmes y tuve que llevarles a juicio. Lo gané, repito, en Roma, en el año 1975. Yo hice luego mis versiones con ese material y ellos hicieron las suyas…pero luego cae el muro (de Berlín) la RFA (República Federal Alemana) se anexiona la RDA, y con eso se apoderan de todos los laboratorios (cinematográficos) con todos los materiales que ahí habían.

Estamos hablando de los laboratorios que contaban con la cantidad más grande de archivos sobre la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y otros innumerables conflictos mundiales…entonces ahora ellos (los alemanes), se creen propietarios absolutos de todos esos materiales. Pero ellos sólo tienen derecho a usar ese material en los países socialistas, porque así se había establecido…es decir, creo que sólo pueden usar su material en Corea del Norte.

Sin embargo, yo puedo ocupar el mío donde me plazca , porque a estas alturas ¿Qué país no es capitalista? ¡Así que ellos están invadiendo mi territorio! Y yo me reservo el derecho de llevarles otra vez a juicio, pero aquí no se trata de Miguel Herberg, no se trata de polémicas absurdas y tontas que han quedado ya zanjadas. Se trata de la memoria de los prisioneros chilenos y del derrocamiento de Salvador Allende, así que aprovecho de decir aquí que todas estas personas e instituciones que me han difamado ¡Se van a llevar una querella que te cagas!

¿No se dan cuenta del juego? Ellos quieren que estemos hablando de estas estupideces en vez de lo esencial… ¿Queréis seguirle el juego a la prensa reaccionaria o intentar que resolvamos los problemas de la represión que hubo en Chile y en la Guerra Civil española?

Aquí se alzaron nuevas voces desde el público. Se entendía que el debate era ahora la exageración de querer resolverlo y mezclarlo todo a la vez, la Guerra Civil Española con la dictadura militar chilena ¡Chantaje! ¡Extorsión! ¡Viva Miguel Herberg, el Schindler español! ¡Abajo los fascistas! Y entonces creímos que era la oportunidad para que interviniésemos nosotros.

«Miguel, primero que todo y en nombre de la revista chilena Cultura y Tendencias, queremos disculparnos por el modo y las palabrotas que usaron para tildarlo en ciertos medios chilenos. Independientemente de la postura que uno pueda tener como particular o como medio, no estamos de acuerdo con ese lenguaje vulgar e insultante…(Quién sabe exactamente por qué, pero hubo un aplauso general en la sala…quizás una explosión de emoción, un soltar adrenalina después de tanto debate). Hay una cosa que nos llama la atención de su blog. En él, y no hace más de una semana, Fredy Alonso, portavoz de los ex prisioneros políticos de Pisagua y Chacabuco, le redacta una carta muy elogiosa por el documental que, y dice él textualmente, “unos señores extranjeros” hicieron en los campos de prisioneros de Atacama. No se acuerdan ni de los rostros ni de los nombres de quienes les entrevistaron, sólo saben que muchas vidas fueron salvadas gracias a ese documental, aunque después de que los periodistas se retiraran les dieran una tremenda paliza a cada uno de los entrevistados para saber qué habían contado exactamente a la prensa extranjera. Dice Fredy Alonso que el Museo de Memoria de Chile pasa olímpicamente de ellos. Y que las instituciones chilenas parecen haberlos olvidado completamente».

Aquí Herberg palmotea, apunta al entrevistador y le dice al público: “¿Lo ven, no era lo que yo les decía?”

Sí, pero si me permite continuar, en esa carta Alonso le implora que por esos mismos motivos no destruya, queme ni entierre los pocos documentos fidedignos que puedan quedar sobre esos campos. Pide que se los entregue a ellos. Señor Herberg, usted dijo hace pocos minutos que sólo se entendería con “el pueblo” chileno y con “las víctimas directas” de este genocidio ¿Por qué no les da el material a ellos que precisamente son los ex prisioneros de esos campos, y demás está decir, pertenecen al pueblo chileno?

(Herberg guarda unos segundos de silencio, medita, baja la voz)

– Estoy en contacto directo con los auténticos ex prisioneros políticos chilenos, los conozco nombre por nombre, ellos saben perfectamente que este acto no es más que una provocación. Ellos viven tranquilos sabiendo que esos documentos no se perderán. Conmigo los ex prisioneros están en paz.

— En nuestro país, y supongo que también pasará en otros, nos cabreamos especialmente cuando los extranjeros nos remueven la conciencia, nos desentierran cadáveres o nos encarcelan tiranos (risas del público), como pasó hace pocos años con el caso Garzón-Pinochet. En Chile pudimos escuchar en aquél entonces que por último Pinochet era nuestro tirano local y que no tenían por qué venir a extraditárnoslo ni españoles ni europeos, como si fuésemos críos ¿No cree usted que parte del enojo que hay en su contra por parte de la comunidad chilena sea este especie de paternalismo con el que quiere remover nuestras conciencias, quemando parte de nuestra propia historia?

– Tienes razón, por supuesto que tienes razón- Hice esto con Chile como un pretexto. Podríamos estar hablando perfectamente de Camboya o de la Conchinchina…

Pero hablamos de Chile. En España se vuelve a tratar el tema de la memoria histórica, me refiero institucionalmente. Es sabido que se vuelve a hablar de juzgar a los responsables de las muertes, torturas y desapariciones de la Guerra Civil, porque prácticamente no queda a nadie a quién juzgar y, de quedar alguno, rondaría los 90 años como mínimo. Si lo que usted tuviera en sus manos fueran documentos sobre la tragedia de la Guerra Civil Española, y no sobre el conflicto chileno ¿Los quemaría y enterraría igualmente?

– Por supuesto. He hecho muchas cosas contra España. Si consideráis que he hecho algo contra Chile, pues os equivocáis…en esta sala hay más de veinte testigos que saben lo que he hecho ayudando a Chile. He ayudado a Francia, España y a la conchinchina…hasta a Corea del Norte, para ser muy claro…este un problema universal, no es un problema chileno. Tengo una lista de todas las personas que hay que juzgar en Chile. Y hasta el momento no han juzgado a ninguna de esas personas. No se han metido con ninguna de esas personas…

Quizás sus documentos servirían para eso…Ya no podemos juzgar a Pinochet, pero si usted dice tener una lista semejante…

– Ni a Franco, porque ya se ha muerto…

Un estudiante de Salamanca agrega: “¿Ni siquiera a Fraga? (Manuel Fraga es un personaje español muy conservador y polémico ligado a la dictadura de Franco).

– Pero si a Fraga le han puesto en un altar…¿Por quién están hechos los gobiernos en España? ¿Por quién la Constitución? ¿Quién puso al Rey ahí? El pintor Pacheco pintaba siempre a Franco dándole el biberón al Rey ¿Dónde están esos cuadros? ¿Quién nos puso a esa gente ahí? Y la gente va y les aplaude. Si Unamuno se equivocó, no solamente vencieron, sino que convencieron. Todo el mundo está convencido aquí de las mentiras oficiales y, lentamente, esa información pasa de generación en generación. Mientras nosotros, los testigos, nos vamos muriendo y…si nadie quiere mis documentos ¿Por qué tengo que guardarlos yo? ¿Soy yo acaso el armario de la historia?

Miguel Herberg se pone en pie, enérgico y nos conmina: “¿Que os parece si nos vamos a Morille a quemarlo todo?” Una chica joven grita desde el público “¡Hiuhuuuuuu!”. Nos ponemos en pie, cogemos nuestras cámaras y grabadoras.

Herberg y los organizadores comienzan a quitar los rostros pegados en la pared. Uno a uno, Pinochet, Allende, Frei, Schnaider, Aylwyn, Jarpa, Jaime Guzmán, el Cura Hasbún y muchos, sobretodo muchos rostros anónimos, quizás alguno de ellos desaparecidos para siempre, que se dirigen -nuevamente- al entierro, a la hoguera, al olvido.

Fuente | Cultura y Tendencias (C+T) | by Beto Stocker (26/03/2012)​

Cementerio de Morille - Miguel Herberg
Cementerio de Morille - Miguel Herberg

“Los artistas entierran sus obras porque quieren deshacerse de ellas»
Domingo Sánchez Blanco, del Cementerio del Arte (Salamanca, España)

Aparte de sepulturero de arte ¿eres artista de alguna disciplina en particular?

– Soy un artista, no sé si multidisciplinar o heterosexual o rimbombante… Aunque no esté en la estética de Miguel Herberg, entiendo la esencia de por qué quiere definitivamente deshacerse de sus documentos.

¿Y por qué quiere deshacerse de ellos, según tú?

– Porque le molestan. Porque está aburrido de verlos cuarenta años metidos en un rincón o en un almacén, guardados cogiendo polvo. Mejor los entierra dignamente y que se pudran.

¿Pero estamos hablando de arte? Me parece que hablamos más bien de la memoria histórica de una nación, de documentos políticos que un día podrían ser cruciales…

– Sólo hago mi oficio de sepulturero. Él supongo que quiere enterrar una obra que ha sido un calvario, que es una especie de enredo tremendo. El artista hace una obra y al final tiene que aguantarla toda la vida. Probablemente, Herberg pensó: “Prefiero deshacerme de ella”, esa es la razón.

Bastante contradictorio. No considero que filmar detenidos desaparecidos sea una obra de arte.

– Pero esa es una apreciación tuya…

¿Una apreciación mía?

– Considero que un artista tiene una trayectoria muy grande y lo que él haga y cómo lo haga, es cuestión suya. Hay arquitectos que no eran nazis y han tenido que trabajar para los nazis, pero han hecho -pese a todo- una arquitectura fantástica; lo mismo fotógrafos, músicos. Somos seres humanos y a veces nos toca vivir situaciones límite.

Entonces, según tu opinión, Miguel Herberg fue a Chile a desarrollar su arte a través de filmar prisioneros políticos.

– No quiero entrar en su trabajo y, seguramente, ni siquiera me identifico con su trabajo. Comunista, anarquista, cineasta ¿cómo se mezcla eso? Tengo entendido, aunque sé que hay polémicas sobre si fue él quien filmó a esas personas o no, que todas las personas filmadas salvaron su vida precisamente por eso, por aparecer en un documental llamado “Chile 73 o la historia que se repite”. Si todo eso es cierto, a mí me parece un hecho muy sólido.

No hemos notado una reacción masiva en Salamanca por este acto. Si lo que te pidieran fuera enterrar documentos sobre la Guerra Civil Española, sobre el sufrimiento vuestro durante décadas ¿Lo harías igualmente?

– Lo haría igual, idénticamente igual. Absolutamente.

¿Seguro que no estás un poco incómodo con este entierro en particular? ¿Defiendes este acto porque es lo que te toca hacer?

– No, para nada ¿Por qué no voy a dar cobertura a Herberg en el mausoleo de arte más grande del mundo, donde han enterrado obras artistas como Fernando Arrabal, Esther Ferrer o Juan Hidalgo? Los artistas entierran sus obras porque quieren deshacerse de ellas. En este caso, sólo estamos enterrando películas, sólo un trozo de film.

Un trozo de film que no pertenece a un solo artista, sino a un pueblo entero.

– Pero, al menos, se ha provocado una alarma social, probablemente a partir de un bulo. En Chile se han alterado mucho, pero nadie se altera si no hay una cobertura mediática.

Domingo Sánchez coge una de las bobinas con las cintas de Herberg, que permanecen apiladas en un rincón del camerino para ser expuestas al día siguiente durante la conferencia de prensa. “Mira”, nos dice, “están llenas de polvo, porque estaban guardadas durante décadas en un mismo sitio. Probemos abrirlas”.

Domingo Sánchez intenta abrir una de las bobinas. Una mujer, probablemente su pareja, le grita “¡Domingo, no lo hagas!”. “Que sí mujer, que no pasa nada”. Pero pese a que Domingo parece un hombre fuerte, no fue capaz de abrir la bobina. También nosotros lo intentamos, con el mismo resultado. Parecían estar soldadas.

¿Y aquí no hay dinero de por medio?

– Aquí no hay nadie que mercadee, nadie que se aproveche de esto para revalorizar lo que se va a enterrar, ni tan siquiera aprovechando el impacto mediático que este entierro ha creado. Si incluso me llamó Alfredo Jaar , el famoso arquitecto chileno, directamente desde Nueva York. Me dijo “Dígame el precio de lo que va a enterrar ese señor y yo se lo compro todo”. Enfatizó que quería “todo” el material. Le respondí: “Señor Jaar, sólo soy el sepulturero, hable usted directamente con el señor Herberg y entiéndanse ustedes si quieren”. Herberg se negó a venderle su obra.

Justamente en ese momento entra al camerino Miguel Herberg. Quizás por descubrir que un periodista se había adelantado a la conferencia, tal vez porque entendió que queríamos comprobar la veracidad de su material, salió del camerino, como lo describiría Cervantes o Tirso de Molina, “tomando las de Villadiego”, rapidito y sin dar explicaciones. Se fue. No quedaba más remedio, pues, que esperar a la día conferencia de prensa del siguiente.

Fuente | Cultura y Tendencias (C+T) | by Beto Stocker (26/03/2012)

Cementerio de Morille - Miguel Herberg

El sepulturero

Cementerio de Morille - Miguel Herberg

Las plañideras

Cementerio de Morille - Miguel Herberg

Miguel Herbert

Nota: Foto de Miguel Herbert de Telecinco.es. Resto de fotos de Beto Stocker Salinas.

Nota: Foto de Miguel Herbert de Telecinco.es. Resto de fotos de Beto Stocker Salinas.