Descripción de la perfecta belleza

Un cabello que temerario a Berenice esquiva,
una boca que exhibe rosas, plena de perlas,
una lengua que emponzoña mil corazones,
dos senos, donde el rubí alabastro tramaría.

Un cuello que en todo aventaja al cisne,
dos mejillas, donde la majestad de Flora se agita,
una mirada que derriba hombres, que convoca rayos,
dos brazos, cuya fuerza al león han ejecutado.

Un corazón, del cuál no brota más que mi ruina,
una voz, tan celestial que mi condena sentencia,
dos manos, cuyo rencor al destierro me envían,

y con dulce veneno la misma alma envuelve
un adorno, así parece, en Paraíso creado,
de todo ingenio y libertad me ha privado.

Elogio de la más amable de las mujeres

Estimadas doncellas, dulce, gracioso sol,
joya escogida sois, de calle y casa el dechado.
¿Quién puede ser tan pétreo, que no os gane amor?
¿Y a quién al hogar no habéis devuelto aherrojado?

¿Quién será el audaz que esté ante vuestros ojos,
cuando hayáis expuesto la hermosa mercancía?
¿Quién no os adorará, bellas, como a un dios, de hinojos,
puesto que sois la imagen que acuñó Venus misma?

Mas tan sólo tocar una parte es lo que ansío
de lo que os dio Natura con largueza sin par.
Del sentido a esas tierras llevarme ha el navío
donde el viento de amor bate y leche colma el mar.

Los pechos son mi meta, de mármol bella esfera,
donde Amor erigió un castillo de placer;
por el juego del hálito bajan y se elevan,
sol áureo, aroma de ámbar, las baña el rosicler.

Un paraíso son en que maduran manzanas,
el más dulce manjar por que todo Adán suspira,
dos rocas que el silbo del céfiro acollara.
Huerto de bellos frutos, que el deleite inspira.

No terrenal imagen que hay que venerar.
Un pulido altar ante el que el mundo se inclina.
De torrentosos ríos la fuente de cristal
cuya dulzura al néctar despoja de estima.

Cierto: son dos hermanas que duermen en un lecho,
y, no obstante, jamás una a la otra aprieta.
Dos cuartos, ya copiosa panoplia de amor hechos,
de la que Cypripor lanza áureas saetas.

Son un viscoso engrudo, que aprisiona el sentido;
un fuego, que entibia al más frío corazón;
un bezoar, que devuelve el alma a quien la ha perdido;
un tesoro ante el cual la riqueza es privación.

Para enamorados suculento maná;
fábrica de alabastro, que rubíes encumbra;
dulce almíbar de miel, que liba el alma apagada;
un cielo, en que la hueste de astros de amor relumbra.

Una espada afilada, que hondo nos vulnera.
Un rosal, que aun en invierno da sus rosas.
Un mar en que se ve el vigor de las sirenas,
de las cuales el canto llega al alma y la acosa.

Son un níveo castillo que en chispas resplandece,
cual blanda cera al más duro acero funde en nada.
Un rebosante estanque, en que nadan los peces
con los cuales se sacia el hambre enamorada.

Placer de juventud, yesca de todo recreo,
guirnalda en que se ve la flor de la castidad.
Fundan milagro vano, el tedio hacen escueto,
porque florecen ascua y nïeve en su sitial.

Son el redondo féretro de Amor enterrado,
de abrir capaz ganzúa el corazón a fondo;
sólo el placer se quiere en el lugar asentado
de cuyas cuencas leche fluye y néctar no poco.

 

Toneles dos, colmados de un dulce julepe,
dos reclamos, que al libre corazón caütivan,
dos soles, que aun ceñidos por un velo tan leve,
con su fulgor al ojo más claro encandilan.

De alba seda de cisne la veste son tïerna,
que la trama de cada hilo permite ver.
Dos colinas con cimas de tiza cubïertas;
pomitos, que jamás libran leche del placer.

Dos fuentes de que siempre mana sólo agua sana,
donde la aridez no agota los veneros.
Cazadores son dos de fïera bestia y mansa,
coto en el que ninguna presa está a cubierto.

Dos bolas de nïeve, de licuarse impedidas,
que las doncellas tiran al alma de los hombres.
Cuerdas y lazos dos de facultad no cautiva,
de los que nadie escapa, aunque prudencia le sobre.

De dos tiendas que exponen favor y gracia atenta,
puede ser la tendera sólo boca de grana.
Por dos cestos que dan sólo mazapán en venta,
ansiando su dulzura, todos los labios claman.

Atalayas son dos, en cuyo ebúrneo esplendor
monta guardia empeñosa la flecha de Cupido.
Dos joyas, que adornan los cuerpos con fulgor,
cuando su gentileza red al hombre ha tendido.

Son un füelle, apto para encender un fuego
al que por medio alguno se da punto final.
Dos lechos, para bodas del rubí y el mármol luego,
donde leche de almendras lava en rosa el coral.

Son brújula marina, que a bogar induce
antes de haber entrado del deleite en el puerto.
Un trono puro, sobre el que argénteos lirios lucen
y para enamorados tan sólo está abierto.

Un precioso santuario, que besan castos labios,
si el corazón se humilla, genuflexo, delante.
Un mar, que vierte el goce y la gracia sin resabios;
una mina, que muestra en el fondo dos diamantes.

Mas nadie alaba el uso de cubrir las esferas,
donde el país se ubica del amor y el placer.
¡Ay beldades, creedme!: ocultas, si estuvieran,
se rendirían a ojos con el amor de ver.

Demuestra Orontes mismo que no sirve ocultar;
de los pechos tras suave tela lució el Faro.
Cuando las velas rasga aún cruda tempestad,
en puerto de amor descansa ahora a su amparo.

¡Dichoso aquél que así pueda vivir complacido!
¡A quien tan blanco escudo evite que nostalgia hiera!
¡Que con azúcar tal a su boca haga cumplidos,
y esté con gozo tal en el jardín de azucenas!

Que en blancas praderas pueda cortar las flores;
que diamantes, rubíes extraiga de esa mina;
que le den dulces pomas vïandas y vigores;
que pueda coger rosas sin una sola espina.

De quien el hado así consïente y deleita,
puede un curvo pecho ser cojín y almohadón.
Quien en el seno va de la amada a rienda suelta,
a su Venus le instila un bálsamo de amor.

Caducidad de la belleza

Con su mano la muerte pasará helada,
su palidez al cabo, Lesbia, por tus pechos,
será el suave coral pálidos labios deshechos,
del hombro arena fría la nieve hoy inflamada.

De los ojos el dulce rayo y los vigores
de tu mano, que vencen a su par, vencerá
el tiempo, y el cabello, hoy áureo de fulgores,
será un cordel común, que la edad cortará.

El bien plantado pie, la postura agraciada
serán en parte polvo, en parte nulos, nada;
ya el numen de tu brillo no tendrá ofrendante.

Esto y aún más que esto ha al fin de sucumbir,
sólo tu corazón puede siempre subsistir,
pues la naturaleza lo ha hecho de diamante.

Christian Hoffmann von Hoffmannswaldau, Alemania, 1617-1679
Christian Hoffmann von Hoffmannswaldau, Alemania, 1617-1679
Christian Hoffmann von Hoffmannswaldau, Alemania, 1617-1679