Se esboza un diagnóstico de la crítica de Gustavo Bueno a la crítica que Juan Bautista Fuentes hiciera de su libro España frente a Europa en el artículo titulado «Crítica a la Idea de España de Gustavo Bueno»

En el número 30 de la revista El Basilisco (abril-junio 2001), aparece un artículo de Gustavo Bueno titulado «Dialéctica de clases y dialéctica de Estados», en el que lleva a cabo la crítica destructiva de la crítica (de pretensiones no menos destructivas) que Juan Bautista Fuentes hiciera de su libro España frente a Europa en un artículo publicado en la revista Anábasis digital y que lleva por título «Crítica de la Idea de España de Gustavo Bueno». Muy brevemente, el presente comentario pretende ofrecer un primer intento (posible) de diagnóstico de la reacción de Bueno a partir del cual, poder comenzar, al menos, a hacernos cargo de cual es el terreno en el que se está desarrollando la polémica.

El caso es que, según entiendo, para Gustavo Bueno, la proposición conjuntiva que él mismo usa como título para su artículo (Dialéctica de clases y dialéctica de Estados), contiene la disyuntiva sustancializada de sus partes atómicas. Y, como consecuencia de estar usando semejante hipóstasis, Juan Bautista Fuentes, según Gustavo Bueno, estaría operando en su crítica desde el supuesto de una ley universal que marca el ritmo lineal de la Historia teniendo como Primer Motor de ese movimiento a la lucha entre clases sociales por la propiedad de los medios de producción, y como motor sub-alterno del mismo a la lucha entre Estados. El caso es que, como consecuencia de todo ello, a Juan Bautista Fuentes no le quedaría más remedio que diagnosticar en la construcción de Gustavo Bueno la sub-alternación contraria, evidenciando de este modo que, en realidad, su crítica no discrimina (como efectivamente pretende) dos géneros distintos de filosofía de la Historia (materialismo histórico marxista / idealismo histórico buenista), sino dos especies distintas de un mismo género de filosofía de la historia: el materialismo histórico. Y lo que en resumidas cuentas vendría a decirnos Gustavo Bueno, es que una de esas dos especies, la que identifica como la propia de Juan Bautista Fuentes, el materialismo histórico trotskysta, es en realidad una especie de-generada. Como prueba evidente de que la crítica de Fuentes no clasifica bien las cosas, Bueno nos ofrece el hecho de que, en última instancia, para sostenerla, Fuentes se vea obligado a tener que clasificar ad hoc psico-biográficamente su personalidad, encontrándole un hueco entre los más puros falangistas. Y entonces, lógicamente, surge la inevitable pregunta: ¿se trata sin más de un mero intento fallido de comprensión del asunto, o hay algo de «mala fe» de por medio?

En adelante, sin pretender ser exhaustivo y desde la «mejor fe» posible que quepa tener, me propongo ofrecer una posible re-construcción de la construcción destructiva de Bueno, intentando con ello abrir un posible cauce de comunicación.

Veámos: Por un lado tenemos que Bueno pone «del revés» la tesis marxista sobre el origen del Estado. El resultado de dicha inversión dialéctica es que, en virtud de ella, el Estado aparece constituido en el proceso de codeterminación con otros Estados competidores en la lucha por los medios de producción, y no en el proceso de codeterminación con sus clases sociales internas en supuesta lucha por lo mismo. Por tanto, desde un punto de vista genético, el Estado y las clases sociales no se codeterminan en un mismo proceso dialéctico. Pero, por otro lado, desde un punto de vista sistemático (o estructural si se prefiere), tenemos un momento determinado del desarrollo procesual del Estado en el que la dialéctica de las clases sociales y la dialéctica del Estado «intersectan» codeterminándose en un mismo proceso dialéctico. Nos encontramos, por tanto, delante de una contradicción en toda regla, pues en ese momento determinado del desarrollo procesual de Estado (momento-límite), tendríamos forzosamente que reconocer que ya no se está reproduciendo el mismo proceso de codeterminación en el que éste se constituye. Y entonces, una de dos: o bien «cancelamos» de algún modo la contradicción para poder seguir moviéndonos, considerando que el momento-límite no es momento de ningún Todo (la Historia) al que habría que considerar supuesto como «lo verdadero», o bien, simplemente, dejamos de movernos admitiendo (por razones diversas y ya sea explícita o implícitamente) que ese momento-límite es, en realidad, momento-final de un Todo (la Historia) supuesto de antemano como «lo verdadero».

Ahora bien, sabemos que para Hegel si «sólo lo espiritual es real» es porque «lo verdadero es el todo», con lo que la disyuntiva anteriormente planteada lo que nos está ofreciendo, en el fondo, es la distancia que media entre el materialismo histórico y el idealismo histórico y, por tanto, la posibilidad de re-clasificar a Fuentes dentro del género del que él mismo se autoexcluía, como un epígono marxista de Hegel (bien es cierto que cualquier cosa menos «mediocre»). Una re-clasificación esta que, a mi juicio, ejercita la «vuelta del revés» de la posición contraria y no su mera negación absoluta.

Ese momento-límite en el que «intersectan» codeterminándose en un mismo proceso dialéctico las clases sociales y el Estado, es un momento histórico de ruptura violenta que tiene referencias positivas abundantes y precisas, las cuales podríamos englobar dentro de lo que conocemos como la «Gran Revolución» que, a partir del siglo XVIII, removerá los cimientos del Modo de Producción Feudal abriendo para las Naciones-Estado la vía del Capitalismo. Ahora, la guerra entre los Imperios y la lucha entre las clases por la propiedad de los medios de producción en el interior de ellos, confluirán en un proceso de des-estructuración de los mismos, cuyas partes integrantes serán re-estructuradas dando lugar a una nueva configuración (la Nación-Estado) impulsada por los planes y programas de la clase social victoriosa: la burguesía industrial. Una clase que, en adelante, y en la medida en que logre la consolidación de la lógica que articula la reproducción ampliada de capital (tras la sangrienta fase de «acumulación originaria»), gozará, por primera vez, del enorme «privilegio» de no tener que controlar la capa conjuntiva del cuerpo político para llevar a cabo la planificación de su capa basal, además de tener a su disposición los contenidos de la capa cortical para usarlos en el caso de a algún grupo organizado se le ocurriera cancelar la lógica de dicha planificación.

De lo anterior se deriva que, previamente a la divergencia formal (objetiva) entre nobleza / burguesía y burguesía / proletariado por la propiedad de los medios de producción, no hay lucha entre clases sociales por lo mismo más que por analogía de proporcionalidad en la que la lucha burguesía / proletariado desempeña la función de primer analogado en torno al cual se sitúan el resto de acepciones de lucha de clases como meros efectos suyos. Dar por supuesta la anterioridad lógica de la lucha de clases respecto a la lucha entre Estados, no es más que un mero anacronismo. Situarse en «el punto de vista de clase» para organizar los materiales de la Historia carece por ello de sentido, incluso desde un «punto de vista marxista» (conviene recordar, al respecto, que los esfuerzos teóricos de la sociología –ciencia que aparece, precisamente, en el siglo de la «Gran Revolución»– se dirigen hacia la ocultación de esta lucha objetiva entre clases, sustituyendo el concepto marxista de clase social por otros «menos conflictivos» como los de rol, grupo o estatus). De otro modo: la lucha entre «señores y pecheros» no puede ser «la contradicción fundamental en la Historia del Reino de Castilla y León» porque, sencillamente, dicha oposición no está mediada formalmente (lógicamente) por la lucha por la propiedad de los medios de producción. De ahí, que dicha mediación tenga que ser trasladada a otra escala en la que sí pueda alcanzar sentido político efectivo, esto es, a la escala en la que se recortan los conflictos entre «moros y cristianos»: la escala estatal.

Lo que, a su vez, no se deriva de lo anterior, es que la contradicción entre «moros y cristianos» deje de ser real (una mera superestructura ideológica) cuando aparezca necesariamente mediada por la lucha objetiva entre clases por los medios de producción. Dicha contradicción («cultural» está de moda decir ahora) entre «moros y cristianos» o entre «moros y judíos», será ahora tan real como la que existe entre las clases sociales en lucha objetiva por la propiedad de los medios de producción, sólo que, ahora, no podrá ya desentenderse o abstraerse sin más de ésta. La tesis de Samuel P. Huntington sobre el «choque cultural entre civilizaciones» no es más que pura sofistería ideológica que, es cierto, a muchos les ha dado últimamente por manosear demasiado, sobre todo a raíz de lo sucedido el 11 de septiembre pasado. Y en esto, al menos, Fuentes tiene razón.

Y la razón que yo propongo por la que la guerra entre Naciones-Estado cristianas y Naciones-Estado musulmanas no puede abstraerse de la lógica impulsada por la lucha entre clases sociales, no es ninguna razón creativa, en el sentido de que si ello es así, lo es porque es dicha lógica la que genera, crea o produce dicha guerra. Nada de eso. Esa lógica es, como se sabe, la lógica de la reproducción ampliada del capital, pero el capital (valor re-valorizado) no es, ni en primera ni en última instancia, algo así como una especie de espíritu universal generador de todas y cada una de las determinaciones que se dan en las Naciones-Estado modernas (muchas de ellas, como es el caso de las guerras, dadas con muchísima anterioridad al capital), como si tales determinaciones no fueran más que momentos de la lógica de su despliegue, y dicha lógica una especie de Absoluto hegeliano. Puestos a buscar coordinaciones analógicas, es cierto que más metafóricas que conceptuales, me inclinaría por afirmar que esa lógica impulsada por la lucha de clases es, más bien, una especie de Acto Puro aristotélico de cuyo movimiento eterno ajeno al mundo, no pueden abstraerse el resto de realidades que en él se mueven siguiendo su propia ley. El capital, por tanto, sólo produce más capital y no guerras, y si las necesidades de dicha producción, en determinadas condiciones, hacen inevitable para «moros y cristianos» el tener que declararse la guerra, pues entonces la guerra estallará. Eso es todo.

 

Fuente | Andrés González Gómez | El Catoblepas (Alicante, a 9 de abril de 2002)