Cualquiera no puede hablar de física cuántica, ni de cómo arreglar el telescopio Hubble. En cambio, cuando el tema es la Historia, todo el mundo tiene una opinión. El actor Hugo Silva, por ejemplo, decía en una entrevista que la serie El Ministerio del Tiempo le permitió darse cuenta de porque España es un país tan diferente a los demás. No decía en qué, pero es fácil adivinarlo. Todavía sigue en pie el mito una nación esencialmente “diferente” del resto de Europa, aunque la historiografía más sólida cuestione con buenos motivos ese pesimismo irritante. El que nos pinta como un fracaso de proporciones metafísicas. ¿Por el hecho de no ser británicos? Una gran desgracia, desde luego, carecer de un monarca que sea, también, cabeza de la Iglesia. ¿Por el hecho de no ser franceses? La España plural es mil veces más respetuosa con la diversidad que el tradicional centralismo galo. Además, se olvida que ciertas derrotas, con el paso del tiempo, no lo son tanto. ¿Se imaginan que la expedición a la Conchinchina, en tiempos de Isabel II, se hubiera saldado con un éxito? En el siglo XX habríamos tenido, seguramente, nuestra propia guerra de Vietnam.

Pero el caso es que, en vez de debatir mesuradamente, preferimos darnos golpes de pecho. Si hemos de hacer caso a cierto politólogo, España ni siquiera sería una nación sino el simple resto de un imperio. Semejante tesis, tan inexacta como pretender que Francia o Inglaterra son residuos de realidades más amplias, se sostiene a partir de un axioma: que la idea de España es algo esencialmente reaccionario, franquista. Como si los primeros nacionalistas españoles no hubieran sido los liberales de 1812. Como si los republicanos de 1936 no hubieran hecho la guerra por un sentimiento patriótico. Por España y para España, que decía Negrín.

La guerra civil, por desgracia, se ha convertido en un arma arrojadiza. Prolifera aún la pasión partidista, no el análisis sereno. Para un militante de izquierdas, la causa de la derrota republicana no presenta dudas: su inferioridad militar frente a un enemigo que disfrutaba de la ayuda de la Italia fascista y la Alemania nazi. No es cuestión de negar este factor, pero la realidad es demasiado compleja para solventarla con un relato maniqueo en el que la culpaba la tienen siempre los otros. La cuestión pertinente, por tanto, es en que falló la República. Porque perdió una guerra que, en principio, no podía perder, ya que al principio contaba con más de la mitad de la población, la industria de Cataluña y del País Vasco, y poseía las reservas del Banco de España.

El desastre, en suma, no estaba anunciado en 1936. ¿Qué sucedió entonces para que todo se viniera abajo? Un historiador progresista, Ronald Fraser, nos da pistas importantes en su obra Las dos guerras de España (Crítica, 2012). El gobierno legítimo se empeñó en utilizar una estrategia, basada en batallas campales, que no podía llevar sino a la derrota. En cambio, no se preocupó de potenciar otras formas de lucha, como la guerra de guerrillas. Más recientemente, en Transición (Galaxia, 2017), Santos Juliá hace referencia a lo obsoleto de unas tácticas, de inspiración francesa, que solo servían para que el ejército republicano se desangrara después de unos inicios prometedores, con lo que cualquier triunfo inicial se convertía en pírrico.

La República no asumió su inferioridad militar y, por lo tanto, no actuó en consecuencia. La diplomacia de sus dirigentes pecó también de la misma falta de realismo, ya que puso demasiadas esperanzas en obtener algo imposible en aquel momento, el apoyo de británicos y franceses.

No obstante, como bien señala Fraser, el factor determinante en el camino hacia 1939 fue de carácter político. No hubo forma de armonizar, dentro del bando lealista, ideologías incompatibles entre sí como el anarquismo y el comunismo estalinista. La división interna hizo imposible plantear una lucha eficaz frente al enemigo común. Unos priorizaban el esfuerzo bélico, otros luchaban para hacer la revolución.

Después vino la larga noche franquista. Para la izquierda, el concepto de régimen “autoritario” suena exculpatorio y conservador. Como si se quisiera justificar el franquismo. En una entrevista para la revista Tiempo, Ángel Viñas critica el uso de esta terminología: “Aquí nos hemos quedado en el modelo de Juan José Linz: que se trata de un régimen autoritario. Eso es lo que dice la derecha, claro. La izquierda no, decimos que fue una dictadura pura y dura”.

El historiador norteamericano Stanley G. Payne, por ejemplo, sería uno de los culpables de blanquear de esta manera la figura de Franco. Pero en el mismo número de Tiempo, cuando le preguntan si cree que el franquismo fue un régimen dictatorial o un sistema autoritario, responde que “régimen autoritario es la definición de una dictadura”. Por otra parte, cuando le acusan de dulcificar la represión, afirma que él ha presentado una cifra de ejecutados tras la guerra más elevada que la de Paul Preston, un conocido especialista de izquierdas.

En resumen: el fascismo es un tipo de dictadura pero no todas las dictaduras son fascistas. Manuel Azaña, el presidente de la República, creía que la de Franco era clerical y reaccionaria, no un equivalente hispánico al régimen de Mussolini. Tenía razón.

Si continuamos con la transición, la falta de sentido común se expresa en una demonización sin matices de aquel proceso que ha seguido a una exaltación igualmente excesiva, dos posturas extremas que nos hacen perder de vista que España no es un caso excepcional, ni para lo bueno para lo malo, sino solo otro país que ha tenido que enfrentarse a circunstancias difíciles. Sí, es fácil criticar la moderación de unos políticos que, supuestamente, habrían debido castigar a los franquistas, pero en Sudáfrica, Mandela, un líder universalmente respetado, también fue objeto de ataques feroces. Muchos no le perdonaron que fuera tan indulgente con los blancos.

Se olvida, además, que la amnistía de los inicios de la democracia no fue una imposición gubernamental sino una vieja aspiración de la izquierda. Los comunistas, desde 1956, tenían en su programa la reconciliación nacional. Había que correr un velo sobre los crímenes cometidos en la guerra civil por los dos bandos.

Raymond Aron, el gran pensador francés, cuenta que cambió su forma de situarse en el mundo cuando, después de criticar a determinado político, este le respondió que hubiera hecho él en su lugar. Aron se quedó sin saber qué decir, pero se dio cuenta de que era una pregunta clave. Si nos la formuláramos más a menudo, tal vez se rebajaría la extraordinaria crispación de nuestra vida política, con todo el mundo empeñado en librar su santa cruzada contra los abanderados del mal, que son, obvio es decirlo, siempre los adversarios.

Para defender cualquier barbaridad, siempre hay a mano un argumento histórico que supuestamente zanja el debate. Margaret MacMillan, en ese libro agudísimo que se titula Usos y abusos de Historia (Ariel, 2014), afirma que “el pasado se puede usar casi para cualquier cosa que se desee hacer en el presente”. Así es. Porque el pasado se convierte en una fuente de legitimidad con el efecto, perverso, de dar poder a los muertos sobre los vivos. Que la derecha asuma esta forma de ver las cosas parece normal, lo inconcebible es que la izquierda caiga en esta trampa. Porque, como dijo Julien Benda, el demócrata, cuando trata de adecuar sus principios a la naturaleza y la Historia, “es que sigue respetándolas y sigue siendo partidario del sistema de valores que pretende combatir”. Por tanto, a la hora de establecer lo que somos, lo cuenta no es lo que otros hicieron en épocas remotas sino lo que nosotros decidimos. Aquí y ahora.

Esta utilización política da por supuesto que la Historia constituye una ciencia exacta, una especie de matemáticas del espíritu, y no una disciplina en la que coexisten visiones enfrentadas, cuando no opuestas. En realidad, lo que tenemos es una especie de supermercado en el que cualquiera puede encontrar lo que busca en función de sus intereses. Ese saber supuestamente imprescindible para interpretar el presente, en realidad, tiene tanto de datos objetivos como de prejuicios ideológicos. Si la Historia de verdad posee carácter científico… ¿Cuál es su método? Los hay casi infinitos: historia política, historia social, historia económica, historia de las ideas… Y, dentro de estos campos, los marcos teóricos pueden ser de los más diversos. Podemos basarnos en el marxismo, en el estructuralismo, en el psicoanálisis… A los historiadores les gusta pensar que todo se resuelve con la apelación a las fuentes primarias. El problema es que los documentos deben interpretarse y que el documento, en sí mismo, es ya una interpretación. Eso, en el supuesto de que exista una voluntad de decir la verdad. Porque también hay papeles que mienten con descaro. Aunque a la gente le cueste creerlo, un mensaje no es verdadero por el hecho de estar escrito. Ni por salir en televisión, si nos ponemos con fuentes más modernas.

En Física o Medicina, replicar un experimento debe conducir a los mismos resultados. En Historia, un mismo documento puede muy bien llevarnos a visiones totalmente contrarias. Además, no podemos repetir un proceso y excluir del mismo un factor, para verificar así una relación causa-efecto. Eso por no hablar de las clamorosas lagunas en nuestras fuentes. ¿Cómo podemos estar seguros de lo que significó el Imperio romano si carecemos del punto de vista de los cartagineses o de los pueblos germánicos? En demasiadas ocasiones, el valor indiscutido de una fuente viene dado por su carácter único. No podemos contradecirla porque no tenemos en que apoyarnos.

Pero, con todo, La Historia ha de ser una ciencia. Porque quienes la practican lo certifican. Que busquen una pátina de respetabilidad para su disciplina, seguramente por complejo respecto a las ciencias duras, no tiene nada que ver. Faltaría más. Ellos son los sumos sacerdotes de un culto que despliega toda una parafernalia de supuestas demostraciones para disimular lo que de verdad cuenta, la utilidad para una causa terrenal. Demasiado a menudo, para alimentar supuestas diferencias de las que se espera recoger beneficios tangibles. En Quebec, se insiste en contraponer a francófonos y anglófonos, estos últimos siempre como los “malos” de la función”, de forma que se omiten los episodios de colaboración entre ambas comunidades, a la vez que se silencian episodios poco decorosos como las simpatías de los francófonos por la Francia de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial. En Irlanda, asimismo, se omitieron aquellos hechos que no se adecuan al relato de la confrontación entre católicos y protestantes. Se pasaba por alto que miles de católicos combatieron por Gran Bretaña entre 1914 y 1918, por cierta solo un caso. En Cataluña, se insiste en la opresión franquista pero no tanto en los apoyos que tuvo la dictadura dentro del principado, ni en los intentos de los partidos nacionalistas por llegar a una paz separada con Franco durante la guerra civil.

Como vivimos en un mundo en el que la ciencia es objeto de un culto religioso, lo científico se asimila sin más con lo verdadero y lo racional. No siempre es así, como muestra un repaso somero a la Historia. Unas teorías sustituyen a otras, no siempre para bien, como cuando se intentó justificar la superioridad racial de los blancos en base a pretendidas “pruebas”. De igual forma, la historia “científica” puede utilizarse para pisotear los derechos del prójimo en nombre de algún concepto arbitrario de la justicia.

En esa pequeña joya literaria que es La Oposición, de Alfonso Mateo-Sagasta, el protagonista, un candidato a catedrático demasiado honrado para regalar los oídos del Tribunal, acierta con el meollo de la cuestión al señalar que no es cierto que el presente dependa del pasado porque es el pasado lo que depende del presente. La actualidad marca la agenda que trasladamos a nuestras especulaciones sobre lo que fue. Croce no andaba desencaminado cuando decía que la historia es historia contemporánea, pues nuestros avances en historia social o historia de género, sin ir más lejos, no se entienden sin la existencia de un movimiento obrero o de un movimiento feminista. Otro asunto es que la militancia política empañe la comprensión de los acontecimientos.

No sin cierta beatería, nos aseguran que necesitamos comprender el pasado para tomar decisiones correctas. Esta suposición no tiene en cuenta que las circunstancias nunca son las mismas, por lo que no podemos establecer paralelismos mecánicos. Por otra parte, la experiencia nos muestra que la memoria no sirve para evitar la repetición de la catástrofe. El horror de la Primera Guerra Mundial, la guerra que iba a acabar con todas las guerras, no evitó el estallido de una conflagración mucho peor veinte años después. La memoria del Holocausto, por desgracia, no ha evitado genocidios como los de Yugoslavia o Ruanda.

Además, si la Historia sirve para algo, deberíamos tener consignados los ejemplos de gente que acertó por seguir su guía. ¿Es así? Miguel-Anxo Murado, en un ensayo muy provocativo, desmitifica la idea tradicional sobre la maestra de la vida. Porque son más numerosos los generales, reyes y presidentes que se equivocaron al seguir los consejos de la historia que los que acertaron. Y eso es así, entre otros motivos, porque demasiada insistencia en lo que sucedió hace demasiados años sólo sirve para exacerbar bajas pasiones como el sentimiento de superioridad o el odio a los vecinos. Estados Unidos, para aplastar a Sadam Hussein, no dudó en compararlo con Hitler aunque era un dictador mucho más débil. La analogía, falaz, funcionó. Se podrá decir que este es un uso de “mala” historia, pero… ¿Cuándo son nuestros conocimientos inatacables? En cualquier momento dado, lo que la gente puede llegar a saber es siempre imperfecto en relación a la historiografía del futuro. En los años treinta, por ejemplo, debían tomarse decisiones en base a las ideas establecidas en su época. Partidarios del apaciguamiento como Chamberlain o Josep P.Kennedy ignoraban hasta donde iban a llegar los horrores del holocausto, pero sí tenían presente las calamidades de la Primera Guerra Mundial y deseaban evitarlas.

La Historia, demasiadas veces, establece relaciones causa-efecto que no son precisamente evidentes aunque se vendan como incontrovertibles. Así, conocer lo que sucedió el 11 de septiembre de 1714 sería imprescindible para comprender el auge del independentismo en Cataluña. El problema es que los hechos no importan tanto como el sentido que se quiere extraer de ellos. En este caso, la toma de Barcelona por las fuerzas felipistas no se convirtió en una fecha simbólica hasta que, en el siglo XIX, el movimiento catalanista elaboró su propia lectura del hecho. Lo decisivo, pues, es el estudio de una fuerza social que utiliza el pasado con una determinada intencionalidad. En Castilla, la derrota de Villalar posee tanto potencial para un discurso reivindicativo como la diada. La diferencia no está en lo que realmente sucedió, sino en la debilidad del nacionalismo castellano, que no español, en comparación con el catalán. O del nacionalismo aragonés. La pregunta relevante sería por qué las Alteraciones del reinado de Felipe II no son importantes para nosotros y sí lo es el Decreto de Nueva Planta.

Los ejemplos con la historia universal también pueden multiplicarse. ¿De verdad es tan evidente que el tratado de Versalles inició el camino que conduciría a la Segunda Guerra Mundial? Margaret MacMillan nos explica, con toda razón, que en la Alemania de los años veinte la situación había mejorado. Lo que vino a desquiciarlo todo fue la recesión de 1929. Por otra parte, se asegura que el despedazamiento de Yugoslavia obedecía a odios ancestrales entre sus pueblos, con lo que se pasa por el alto la desastrosa política de Milosevic a la hora de suscitar antagonismos. ¿Seguimos con la lista de manipulaciones? Es cierto que los romanos tomaron la fortaleza de Masada en 73 d.C., pero los judíos no convirtieron la heroica resistencia de sus defensores en un referente identitario hasta muchos siglos después.

Demasiado a menudo, la Historia se convierte en un sistema de dogmas que obliga, como dice Muxado, a cerrar filas. Aunque se afirma, con buena intención, que su conocimiento resulta indispensable para el pensamiento crítico, demasiado a menudo comprobamos que el que posee opiniones contrarias a la ortodoxia dominante se transforma ipso facto, en hereje. Las que deberían ser discusiones académicas y serenas, a menudo degeneran en enfrentamientos sectarios en las que no faltan las descalificaciones del oponente, en una versión laica de las viejas y feroces pugnas entre teólogos. Que los protagonistas sean a menudo ilustres profesores que se las dan de progresistas no importa, porque no debemos fijarnos tanto en las ideas como en las actitudes. Y la intolerancia, lo mismo que la agresividad verbal, no son patrimonio exclusivo de nadie. Bien lo sabía el escritor peruano Manuel González Prada, que denominaba “Torquemadas rojos” a los dogmáticos de izquierda, es decir, a los que deberían ser más respetuosos que nadie si fueran coherentes con sus principios de libertad y justicia.

En general, los “expertos” suelen atribuirse el derecho a ejercer una particular influencia, en lo que no es sino una reedición de la pretensión platónica de que los filósofos dirigieran la república. Los políticos, se dicen, deben tener estudios. Pero, dejando aparte el insoportable elitismo de esta idea, ¿hay alguna garantía de éxito si ponemos nuestro futuro en los mejores y los más brillantes? La Historia, por desgracia, nos indica que los sabios pueden ser tan obtusos como los demás, sino peores, porque tienden a considerarse los sacerdotes de la religión del conocimiento. No son pocas las ocasiones en las que su intervención en la cosa pública se ha revelado desastrosa, al decantarse por la peor opción entre las diversas posibles. Los que defendían a Stalin en los años treinta y siguientes, por ejemplo, no eran analfabetos, sino la crema de la intelectualidad. Gente como Miguel Hernández o Pablo Neruda. Más tarde, los universitarios de la administración Kennedy no fueron capaces de evitar que Estados Unidos se precipitara en el abismo de la guerra de Vietnam, más bien lo contrario. A partir de los setenta, economistas como Milton Friedman auspiciaron doctrinas liberales que demostraron tener calamitosas consecuencias sociales, al dejar indefensos a los más débiles frente a la rapacidad de los fuertes. En España, no faltó quien estuviera convencido de que la transición tenía que desembocar en el caos.

Existe el prejuicio buenista de que el saber equivale a democracia y amplitud de miras. Por desgracia no es así. Por mucho que en las redes sociales se difundan eslóganes del tipo “El fascismo se cura leyendo”, como si el nazismo no se hubiera expandido en Alemania, el país de Kant, el de Goethe, el de Schiller. El más culto de Europa, en definitiva. Pero nada de esto hará retroceder la soberbia de los letrados, esos que asimilan incultura con estupidez, cuando no hay que retorcerse mucho los sesos para darse cuenta de que el inculto puede adquirir cultura mientras el tonto no tiene remedio. Cultura, sinónimo de pensamiento crítico y calidad de ideas. No de leer, como a menudo se cree. Porque, para leer determinadas basuras, mejor no abrir un libro. De ahí que un humilde pastor, que tiene tiempo para pensar, pueda ser capaz de ver las cosas con más claridad que una vanidosa rata de biblioteca.

 

 

Fuente | Francisco Martínez Hoyos | El Catoblepas · número 181 · otoño 2017 · página 9