El amante casado

 

¿Por qué, habiéndola conquistada, me lamento?
Porque la gracia vestal de su espíritu
me incita a perseguirla incansablemente,
y ella, como un espectro, elude mis abrazos;
tan intensa es su femineidad que verla
es como besar la mano de una Reina,
caricia que no conforma ninguna familiaridad;
sino que marca la justa altura
a la que puede aspirar la negligencia,
así como las damas humildes hostigan
la gracia que confunden con imprudencia;
entonces ella con cálidos favores alimenta
la lealtad de un amor tan grande
que allí la presunción jamás se diferencia
en el acto o la palabra,
tan humildes como la mujer humilde puede ser,
sus modales al llamarme Señor
me recuerdan la intensa cortesía;
y no menos el consentimiento de su voluntad
que mi orgullo herido afectó,
pero aquel noble estilo todavía
la impulsa a un inalcanzable desierto;
mientras evoco su risa y su aliento,
recuerdo que cuando todo está ganado
aún podemos preguntar,
reflejar la luz de la nieve sin esperanzas
que brilla en el éter de su virginidad,
porque, aunque libre de otros templos,
conservo este santuario bajo los cielos;
ya que, en definitiva,
ella nunca podrá ser mía.

El ángel en la casa

 

El hombre debe ser complacido, pero complacido
en el placer de la mujer,
bajando por el golfo de sus necesidades

ella pone su mejor esfuerzo, ella se arroja.
¡Y con qué frecuencia se arroja en vano!

Estrecha su corazón en el capricho,
cada palabra impaciente provoca otra,

no de ella, sino de él,
mientras ella, suave aún para la réplica,

espera de él una respuesta amable,
espera su remordimiento,
ya con el perdón en sus ojos.

Las victorias del amor

 

Quien oye una vez con claridad
la música de las esferas prohibidas,
en adelante estará solo,
y durante el resto de sus días,
como alguien que recorre la Muralla China,
de un lado divisará ciudades y cortesías,
y de otro verá leones.

Coventry Patmore, Inglaterra, 1823-1896

Realidad del amor

 

Camino, confío, con los ojos abiertos;
he recorrido la mitad del terrenal desierto;
detrás de mis pasos se esconde
mucha vanidad y algo de remordimiento;
he vivido para sentir el orgullo de los espíritus,
anclados entre sí como la mano al guante;
me he sonrojado por el castillo del amor,
jamás descreí de él, aún sin mi corazón,
jamás negué al amor, la única cosa mortal
cuyo valor es eterno, inmortal;
nunca tuve en cuenta los errores,
residuos que cantan los horrores,
indignos de una grave canción;
y el Amor es mi recompensa, por ahora,
cuando la mayoría de los espectros se quejan,
el mirto florece sobre mi frente,
y su aroma echa raíces en mi mente.

Las profundidades del espíritu

 

No es en la crisis de los eventos
De una esperanza musical,
O en los actos de graves consecuencias,
Donde la vida revela su profundidad.
El día de los días no está en el pasado,
En aquello que fue pospuesto, demorado;
La noche de la muerte
Se llevó nuestra lámpara lejos,
Sin ser la noche en la que, perplejo,
Mi amada llegó bajo la luna en el espejo,
A través de los umbrales de la tersura.
Caminando sobre aquella tarde profunda,
Dónde vimos las flores agitarse en el agua.

Venus y la Muerte

 

En áureos grilletes yacían sus pies cautivos,
Dulcemente asoleados;
En aquella palma la amapola, el Sueño;
En ésta la manzana, la Dicha;
Contra el flanco suave de su Esposa y Madre,
Un pequeño Dios prosperó.
Y en ellos una Muerte En Vida asquerosamente respiró
Por un rostro que era una reja de dientes.
Levantaos, oh Ángeles, levantad sus párpados,
¡No sea que él los devore a los dos!

Despedida

 

No fue como tu grande y suave cortesía.
Tú, que estás libre de reproches,
¿nunca, mi amor, te arrepentiste
de cómo, aquel crepúsculo de julio,
te marchaste,
con repentina frase incomprensible
y el miedo entre los ojos,
en ese viaje de tan largos días,
sin un beso siquiera, o un adiós?
Bien supe yo que pronto partirías,
y así esperamos en la tarde leve,
tú susurrándome en tu voz tan frágil
arrasadoras alabanzas.
Pues bien, fue bueno
escucharte decir aquellas cosas,
y muy bien yo sabía
qué dio a tus ojos su amorosa sombra
como el viento del sur a un bosquecillo.
Y fue tu grande y suave cortesía
quien te hizo hablar de cosas cotidianas
alzando el luminoso, triste párpado,
para dejar lucir la risa
mientras yo me inclinaba
porque tu voz apenas ya se oía.
Pero dejarme así en terror de pronto,
por el asombro más que por la pérdida,
con frase vaga, incomprensible,
y el miedo entre los ojos,
para irte al viaje de todos tus días,
sin un beso siquiera, o un adiós,
vacía la mirada final en que te fuiste,
no fue según tu grande y suave cortesía.

 

Versión de Eliseo Diego

Coventry Patmore, Inglaterra, 1823-1896