“Excmo. e Ilmo. Sr.:

Al abrirse a los jóvenes estudiantes un nuevo curso, en esta solemnidad de su inauguración pública, nada más propio, sin duda, que dirigirles en alocución exhortativa consejos sobre el ánimo con que han de perseguir sus estudios, y advertencias respecto a lo que de ellos debemos esperar.

Los últimos reveses de la patria nos han ocasionado, a vueltas de su maleficio, un saludable efecto, cual es el de hacer que convirtamos a nosotros mismos nuestras miradas para esforzarnos con ahínco en conocernos mejor. Y en este prurito de propia inquisición es la enseñanza pública uno de los institutos sociales a que más nuestro examen de conciencia se endereza, ya que es en los jóvenes en quienes ha de poner la patria sus esperanzas más corroboradoras. Mal pueden, en efecto, darle nueva vida los que en la antigua fraguaron su espíritu. A vosotros los jóvenes toca disipar la plúmbea nube de desaliento y desesperanza que a tantos cela la ruta del porvenir. Sois vosotros los que tenéis que descubrirnos a España y marcarla luego un fin, que no lo es ella en sí misma.

Los que a otras actividades que no la vuestra viertan su espíritu, podrán preocuparse más exclusivamente en hacer a España vigorosa, grande, opulenta, y llenarán, de cierto, su deber al hacerlo, pero vosotros debéis considerar que no es la patria un fin sustantivo, sino medio más bien para que mejor nuestro destino humano cumplamos, y habéis de buscar, con esto en consonancia, a qué propósito hayan de ordenarse el vigor, la grandeza y la opulencia que para ella ambicionamos si es que han de descansar sobre sólidas bases. Vosotros habéis de ser mañana ministros de la reflexión común, y a reflejar con plena conciencia el espíritu de la comunidad habéis de tender desde luego. En el seno mismo de esta comunidad patria, en los anhelos genuinos del pueblo de que somos parte, es donde hemos de ir a despertar el ideal dormido, pues toda realidad por algún ideal vive, ni le hay, en rigor viable y fecundo más que en las entrañas de la realidad misma. Para ello, os lo repito, menester os es descubrirnos a España.

Descubrirnos a España digo, porque si es cierto, como por muchos se nos asegura, que su mayor riqueza material en su subsuelo se esconde esquiva mientras araña el labriego con el tradicional arado la ligera capa que la recubre y vela, en su subsuelo espiritual también, en los no escudriñados soterraños de su cotidiana vida colectiva yace tal vez el venero de su renovación futura mientras seguimos arañando con nuestra crítica y apologética en las humosas glorias de su capa histórica. Tenéis que descubrir a nuestro pueblo tal como por debajo de la historia vive, trabaja, espera, ora, sufre y goza.

Y debéis estudiar también a vuestro pueblo porque siendo aquel de quien vivís, con quien vivís y por quien vivís, es su estudio el único que puede llevaros como por la mano a conocer con entrañable conocimiento a la humanidad toda. Hay en este examen algo de introspección colectiva y social. Mucho de hondo contiene el dicho de esta tierra, que reza así: «Quien vio Frades, vio todos los lugares». Las referencias que acerca de extrañas gentes obtengáis serán siempre retratos y trasuntos de realidad; realidad misma sólo en torno vuestro habéis de encontrar.

Los jóvenes que acudís hoy a estas aulas a que os traslademos lo que otros averiguaron o lo que de la realidad hemos directamente averiguado nosotros, tenéis que interrogar a la realidad misma que se abre liberal a quien la invoca. Pero es preciso que la miréis cara a cara sin interposición de librescos prejuicios, es menester que las lentes de las doctrinas recibidas no estén ahumadas adrede o por descuido. Las disciplinas que aquí se os trasmiten son legado de los siglos, recordatorio de la humanidad, es cierto, pero también lo es y con mayor plenitud aún la realidad exterior concreta, la actualidad palpitante. En la vida común que os rodea, en las costumbres a que todos por hábito ajustamos nuestra conducta, en lo que sucede en la plaza, en el mercado o en la feria, en el templo, en el hogar o en la campiña late el pasado más vivo aún que en todos los libros, crónicas y documentos, donde de ordinario no quedó más que su engañoso y deformado trasunto.

¿Historia? Historia es lo que en torno vuestro ocurre, el motín de ayer, la cosecha de hoy, la fiesta de mañana. Sólo con el hoy aquí entenderéis rectamente el ayer allí, y no a la inversa; sólo el presente es clave del pasado y sólo lo inmediatamente próximo lo es de lo remoto. Lo que no descanse de una manera o de otra en el presente, ya a flor de él, ya en su lecho de roca sedimentado, no fue más que fugitiva apariencia. Es el presente el esfuerzo del pasado por hacerse porvenir y lo que al mañana no tienda en el olvido del ayer debe quedarse.

En la historia apenas se oye más que a los bullangueros y vistosos; los silenciosos y oscuros, que son los más, callan en ella y por ella se deslizan inadvertidos. Óyese en la nuestra el trotar de los caballos de los moros que invadieron nuestro suelo, pero no el lento y silencioso paso de los tardos bueyes que trillaban en tanto las mieses de los que muy de grado se dejaron conquistar. Y sin la comprensión de esto es aquello incomprensible.

¿Literatura? Sólo se refresca y corrobora acudiendo de continuo al siempre inexhausto manantial de cantos, cuentos, consejas, dicharachos, relatos, refranes y leyendas que guarda y lega el pueblo, y empapándose en la vida de éste.

Otra cosa es caer en literatismo. Si leéis el antiguo y siempre verde relato del mítico Homero no se lo entrañará mejor el que con prolijo aparato de erudición y apuro, glosas y escolios intente desmenuzarlo, si no quien sea más capaz de ver, cerrando los ojos, con los de la imaginativa, a los mozos de su pueblo empeñarse en una pedrea con los del lugar vecino por cuestión del noviazgo de uno de ellos…

¿Lenguas? Jamás comprenderéis con comprensión activa y fecunda, no pasiva y estéril, cómo una lengua vive mientras no abráis los oídos a la que en vuestro derredor suena, prestándolos atentos y fieles a los modismos del vulgo, a sus dichos y decires, a todo lo que como a barbarismo indigno de atención han solido desechar los que hacen del lenguaje un producto de pacto literario sujeto a académica prescripción.

¿Derecho o economía? ¿Habéis observado los tratos y contratos, trueques, retrueques y cambalaches de una feria con sus alboroques de añadido? ¿Sabéis cómo vive el labrador vecino o por qué cultiva trigo y no otra cosa y cómo paga su renta y su parte al fisco y cómo se gana la vida?

Bueno es el estudio de reflejo en libros y ajenas lecciones, muy bueno sin duda, pero sólo en cuanto a la realidad directamente intuida nos guíe. Mas sucede con harta frecuencia, por desgracia, que el libro os aparte de la realidad, del texto vivo el muerto, en vez de descubrírosla; acontece que en estos penumbrosos claustros se os enflaquezca la vista y el sol os estorbe luego para ver al aire abierto y a la luz libre. Traed a la memoria la escuela en que se os enseñó a leer, escribir y contar y la recordaréis como una jaula, en medio de la campiña aireada y soledada no pocas veces. ¿Os sacaron a ésta a aprender en medio del campo, por visión directa, lo que el campo a nuestro estudio ofrece? Y si por acaso os educasteis en vuestros primeros años en alguna ciudad, ¿os llevaron a ver las obras de arte o de industria que ella guardara?

Nos cuidamos muy poco de la niñez; cierto culto a los antepasados quita sitio en nuestro corazón al culto debido a la posteridad.

Y así un publicista hoy muy leído, Kropotkine, ha podido escribir «que el niño reputado como perezoso en la escuela es a menudo aquel que comprende mal lo que le enseñan mal», añadiendo esta severísima sentencia: «Vuestra escuela se convierte en la Universidad de la pereza como vuestra prisión en una Universidad del crimen». Podéis tachar esta acerbísima sentencia de exagerada, en hora buena, pero es lo cierto que en vez de satisfacer las preguntas que espotáneamente brotan del niño, las ingenuas cuestiones que, como silvestres flores que se abren, la vida misma a la mente presenta, suscítansele otras en que nunca hubo pensado, interrogaciones a que suele desembocar una investigación mal planteada, cuestiones ociosas, de puro ejercicio escolástico a menudo. Ansía el inocente libre juego espiritual, gozar de los movimientos de sus potencias y facultades, y sométenle a gimnásticos volatines. Y este daño se remata adiestrándolo más tarde para la polémica y la discusión en esgrima de gladiador esclavo, no para la investigación pacífica, en labor de combatiente libre.

Líbreme Dios de predicaros que cerréis los libros, pero sí os repetiré que aprendáis a ver al través de ellos la vida, y no al través de ésta los libros, como hoy tanto ocurre. Poco se lee aquí, por desgracia, pero es donde se lee menos donde más daño puede hacer aquello poco que se lee.

Traduciendo una vez en mi clase cierto pasaje que cuenta Herodoto cómo para embalsamar los cadáveres les ingerían en el vientre los egipcios resina de cedro, hube de preguntar a mis alumnos si conocían este árbol, y todos me contestaron que no, y éstos, los mismos que confesaban no conocerlo, podrían verlo en uno de los paseos de esta ciudad. Y habrá acaso quien sin conocerlo mejor lo tome de tópico, que suele serlo el cedro del Líbano. En tópicos de retórica hemos convertido merced a tal educación no pocas especies en un tiempo henchidas de vida y realidad, en flores de trapo las antaño naturales. Estudiante forastero habrá que de esta ciudad se vuelva a su pueblo, concluida su carrera, sin haber visitado todos, absolutamente todos los monumentos y reliquias del pasado que ella encierra, o si es de nuestra Facultad de Letras, sin haber contemplado en La Flecha el escenario que inspiró al maestro León tantas páginas admirables de sus preñados diálogos de los Nombres de Cristo, en que describe aquel paraje, o los sotos que Meléndez Valdés cantara, o el histórico campo de los Arapiles.

No sé que proyectéis excursiones a contemplar obras de arte o la obra eterna de Dios, la naturaleza, ni sé que organicéis investigaciones sobre vivo de tanto aspecto de la realidad ambiente como nos solicita a estudio. Toda vuestra actividad académica fuera de esta casa redúcese, a lo que sé, a reuniros en otra para discusear y discutir sobre lo que otros formularon o pensaron. No os reunís para fines genuinamente científicos, de ciencia que se hace y no la que se recibe hecha, pero os falta tiempo así que se os ofrezca el más liviano pretexto, para echaros de holgorio por esas calles, paseando las banderas de las Facultades. ¡Y a esto hay quien llama patriotismo!

Sed aplicados, sí, sedlo, pero no olvidéis que no lo es más quien se encierra en su cuarto a mascullar ajenas ideas, o, lo que es ya malo, a aprenderse de coro ajenas frases, sino quien va a todas partes con los ojos y los oídos bien abiertos y en la mano el corazón. Aspirad a que de vosotros se diga: «¡Ha vivido mucho y bien!», más que: «¡Cuánto ha leído!». ¡Cosa terrible sería en verdad una educación con antojeras, como a las bestias de tiro, en que sólo vierais alargarse sin fin ante vuestros ojos la cinta árida y polvorosa de la carrera, sin que os recrearan y confortasen el ánimo los frescos sotos, lozanos prados o frondosos montes que a un lado y otro de ella se despliegan! No ha de enseñársenos aquí tanto a ganar la vida cuanto a vivirla, a vivirla por la ciencia y en ella.

No perdáis tampoco de vista que la experiencia nos enseña cuán frecuente es el fracaso en la vida y en la ciencia de no pocos sobresalientes cargados de laureles académicos. La emulación, aguijada por vanidad no pocas veces, esa deplorable emulación que nuestro infausto sistema de notas y recompensas fomenta, rara vez puede dar opimos frutos. Es un sistema condenado hoy por los más juiciosos pedagogos. No habéis de proponeros sobrepujar a los demás sino sobrepujaros a vosotros mismos, ser hoy más que erais ayer. No os suceda que sudéis y agotéis vuestras juveniles energías en certamen de competencia, como quien corre en pista o redondel, mientras podríais marchar a paso por el camino de la vida. Suele ser no pocas veces en un joven señal de vigoroso espíritu el que atento a la suprema recompensa de conquistar la verdad, único premio digno de nuestros afanes, no se doblegue a enseñanzas que en sí o en el modo de ministrárselas le repugnen, el que no se fuerce a aprender lo que en su conciencia reputa dañoso o vano por un mezquino empeño de amor propio y de vanagloria.

Y en justa correspondencia, deber es del maestro en una disciplina cualquiera inspirar afición a ella en sus discípulos, hacerles amar su estudio.

Si algo distingue a la verdadera juventud es la redundancia de vida, redundancia que para la mente se convierte en comezón de todo saberlo, de inquirirlo todo, en curiosidad a todos los vientos orientada. Y parece como que enseñándosenos tanta cosa que por muerta no nos interesa, hase conseguido tan sólo el que ya no nos interese lo vivo. El niño a los ocho años es un surtidor de preguntas, no se le caen de la boca los porqués, mientras que a los veinte parece poseer ya la clave de los misterios o que de ellos se le dé una higa; está en el secreto, porque le han enseñado que las cosas consisten en la consistidura, que no en otra explicación vienen a dar las soluciones puramente verbales que nos regalan en vez de enseñarnos a saber ignorar e inquirir. Porque es el saber ignorar el principio de toda ciencia; el saber ignorar aunado al querer averiguarlo todo. Saquemos fuerzas de la conciencia de nuestra propia ignorancia.

No perdáis tampoco de vista que la ciencia es para la acción y que todo cuanto no vivifique vuestra obra de mañana nace ya muerto en vuestra mente, pero al tomar en consideración esto no entendáis que haya de sujetarse la ciencia a eso que llaman algunos con estrecha comprensión, lo útil. Buscad la verdad y su triunfo y todo lo demás se os dará de añadidura.

Muchos de los descubrimientos que más han intensificado la vida del linaje humano cumpliéronse mientras el inventor perseguía pura y desinteresada satisfacción de saber, otros se debieron al acaso. Lo que más hizo maestro de civilización al pueblo griego fue su siempre despierta curiosidad, curiosidad de niño, casi sin ulterior propósito, su espíritu platónico, su amor por la caza intelectual más que por la pieza que en ella pudiera cobrarse. Han trascurrido siglos antes de que se hayan traducido en eso que se llama aplicaciones útiles las desinteresadas lucubraciones de Pitágoras, Arquímedes, Euclides, Eratóstenes y tantos otros.

Si alguna vez la pereza mental os dijese: «No quieras saber eso, teorías y nada más que teorías que no han de servirte para la práctica», sabe que de obedecerla no será tu práctica más que rutina, pereza en acción.

El culto a la verdad por la verdad misma es cosa que os predicarán muchos, pero muy luego contradirán su propia predicación. Porque es ése un culto que en su oficio no se deja arredrar ante la secuela práctica que de una afirmación teórica pueden sacar, cegados por sus pasiones, los hombres; ni jamás juzga de la verdad de un principio porque sus consecuencias arruinen nuestras más arraigadas instituciones o ahoguen los fundamentos que, con razón o sin ella, ponemos a los más caros sentimientos de nuestro corazón. La verdad es terrible para el que sólo busca el consuelo a que esté habituado, sin crearse otro en ella.

La inquisición de la verdad por la verdad misma, sobre fe robusta de que nos lleva siempre a la acción más fecunda y más sana, y no el buscarla como soporte de lo que tenemos ya establecido, ha de ser el cimiento de vuestra ciencia. Habiéndole advertido a un insigne pensador francés, a Taine, las consecuencias que de una de sus enseñanzas podrían sacar los franceses, dicen que respondió: «¡Cuando escribo no pienso en que haya franceses en el mundo!». No os acordéis de que hay hombres cuando investiguéis la verdad, que debe erigirse sobre todos los hombres y sobre las aspiraciones e intereses humanos todos. El hombre para la verdad, no la verdad para el hombre.

Utilitario fue sin duda el origen de la ciencia; la necesidad de saber para vivir y no una vana curiosidad movió al hombre a escudriñar los secretos de la vida de la naturaleza y del espíritu; de las exigencias de la navegación surgió la astronomía; de las mediciones de tierra en Egipto, la geometría, pero el hombre debe aspirar a elevarse sobre su propia humanidad y a hacer que el conocimiento, hijo de la acción, sea padre de ésta. Será, pues, vuestra más honda labor, la de los que a la ciencia os consagréis, extraer reflexivo pensamiento del espontáneo y casi inconciente obrar del pueblo de que formáis parte, para que ese pensamiento revierta a la acción, vivificado en la conciencia antes; preparar mediante la reflexión del hábito recibido por el pueblo el que se habitúe éste a lo reflexivo que ha de recibir; llevar a luz de inteligencia lo instintivo para que cuaje en instinto lo intelectual. Pero esto habéis de buscarlo con pureza de intención, sin propósitos bastardos, cuales son los que sólo a corroborar los ya consagrados apotegmas tienden.

Hay quien a pretexto de su ninguna o escasa utilidad posterga ciertos estudios. La más nobre tarea es hacer que sea todo útil, y la más noble confianza creer que todo llegará a serlo. «Necesitamos estudios de aplicación» —dicen—. ¿De aplicación?, de aplicación ¿a qué? A lo ya establecido, a lo presente, a lo constituido. ¿Y los estudios propios para establecer el porvenir?, ¿los que engendran generosas utopías, los estudios de creación? Frente a la ciencia constituida yérguese la constituyente; junto a los estudios de aplicación, los de creación. Ni cabe, en rigor, aplicar cosa alguna con eficacia sin crearla de nuevo.

Sumergíos, pues, en la vida a verla con visión especulativa y desinteresada, a dejaros empapar en realidad inmediata y actual con pureza de intención, sin pedirle más de lo que pueda daros ni exigirle argumentos para soluciones de antemano trazadas a medida de nuestros deseos. Si lo hacéis comprenderéis muy luego que no cabe la realidad en fórmulas ni conceptos silogizables, porque rebosando de ellos, se desborda. La infinita complicación de su trama, su inextricable tejido habrá de enseñaros a desconfiar de todos los sistemas que pretenden encerrarla en fábrica lógica. Y esto os habrá de emancipar de una de las más profundas y arraigadas llagas de nuestro espíritu nacional: el dogmatismo, padre de sectas y de intolerancia.

La rebusca de la verdad con estricta sujeción a los hechos y sin tesis previa es la mejor escuela de humildad, de modestia y de tolerancia; el aprenderse estampadas afirmaciones redondas y escuetas, fórmulas y apotegmas decididos ex cathedra lo es de soberbia intolerante. No caigáis en el ipse dixit ni olvidéis que todo lo que puede saberse entre todos lo sabemos. Y aprended a la vez a cuestionarlo todo, a poner en tela de juicio hasta lo que más asentado y axiomático os parezca, a no aceptar postulado alguno si es que queréis gozar viva visión de lo real. Y no excluyáis nada. Tened el espíritu abierto.

Lo necesitáis y lo necesitamos nosotros, los que el Estado os pone de administradores de ciencia. Vosotros nos habéis de hacer catedráticos, maestros. De arriba, de lo que llamamos, no sé bien por qué, arriba, apenas puede esperarse regeneración alguna para la enseñanza, que no se pliega ésta a decretos, y de nosotros mismos, los profesores, sólo vendría bajo excitación y acicate vuestro. ¡Empujadnos! «La verdadera educación —decía Michelet— no abarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la experiencia de los padres, si no además, y con mayor frecuencia aún, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de los hijos». ¡Ojalá vinieseis todos henchidos de frescura, sin la huella que os han dejado quince o veinte exámenes, y trayendo a estos claustros no ansia de notas sino sed de verdad y anhelo de saber para la vida, y con ellos aire de la plaza, del campo, del pueblo, de la gran escuela de la vida espontánea y libre!”

 

 

NOTAS:

[1] Analecta Malacitana agradece públicamente a D. Miguel de Unamuno Adarraga, nieto del ilustre rector salmantino, la autorización para publicar este Discurso en el presente número de AnMal, XXI, 1, 1998.

 

NOTAS AL DISCURSO

 

Sin que yo se lo diga, de sobra sabe Vd.
si me habrá gustado su discurso, cuyo
desembarazo no falta a conveniencia alguna;
lo cual no sería tampoco falta, tal como andamos
(Carta de Francisco Giner a Miguel de Unamuno, 9-X-1900)

Si yo vendo pan no es pan, sino levadura o fermento
(Miguel de Unamuno, «Mi religión», 9-XII-1907)

 

NOTA PREVIA

1

Con su habitual saber histórico-literario, Azorín describía para los lectores de ABC hace cincuenta años (22-IX-1948) el folleto que en las páginas siguientes editamos y que contenía el «Discurso leído en la solemne apertura del curso académico de 1900 a 1901», en la Universidad de Salamanca, por el doctor don Miguel de Unamuno, catedrático de Literatura Griega. La proverbial meticulosidad azoriniana indica que «El libro es chico: quince centímetros de largo por diez de ancho. El papel es amarillento, ligeramente satinado; la impresión, clara, limpia, espaciada, fácil a la lectura. Tiene el libro diecinueve páginas. La cubierta es de un color verde gris, glauco» [1]. El pie de imprenta precisa el lugar y la fecha de edición: Salamanca, Establecimiento Tipográfico del Noticiero Salmantino, 1900.

Como también advierte la sagaz relectura azoriniana —en el cincuentenario de la crisis de 1898— el libro aparece en un momento decisivo, tras los últimos reveses de la Patria, y ofrece al contemplador del panorama histórico español, al joven maestro vasco afincado en Salamanca, motivos de esperanza y de melancolía, que se concretan en el mensaje del folleto dirigido a la juventud, formulado en la glosa de Azorín del siguiente modo: «Deseamos ahincadamente conocernos; queremos conocer a España. Y en España, principalmente lo soterraño y lo espontáneo: que los jóvenes estudien lo que hay de vivo y fecundo en la tradición» [2]. La mirada escéptica del Azorín de 1948 acertaba a ver en las concisas páginas del folleto una balanza ultrasensible del acontecer español de 1900, al mismo tiempo que en torno a su mensaje se hacía tres inteligentes preguntas: «¿Quienes eran los jóvenes de 1900? ¿Atendieron o no a Unamuno? ¿Hasta qué punto se atiende él mismo?» [3]. La respuesta de estas preguntas constituiría —sin duda— un firme y escrupuloso discurso crítico acerca de la juventud intelectual del 98 y el liderazgo espiritual que sobre ellos ejerció Miguel de Unamuno.

El pulso que guía a Unamuno en su intervención salmantina de 1900 es síntesis de su primer ideario dibujado inicialmente en los ensayos de 1895 en La España Moderna, En torno al casticismo, en unos tiempos en los que alrededor de su personalidad está cristalizando el grupo de Baroja, Martínez Ruiz y Maeztu. El ademán unamuniano de octubre de 1900 es adelanto del de una naciente generación intelectual a la que se refería con lucidez y penetración Francisco Ayala en un demasiado olvidado texto, fechado en un momento dramático para la conciencia liberal española, 1941:

Al completarse en la guerra desastrosa contra Estados Unidos la definitiva disgregación del mundo hispano, hora terrible en que una nueva generación intelectual, destinada a elevar de nuevo el valor de la literatura española a un nivel universal, se revuelve en el viejo solar reducido y maltrecho —en él, y contra él—, golpeando sobre las llagas con furor santo y gritando bajo ademanes proféticos la infinita angustia del destino español en un ansia que llega a la obsesión. [4]

 

2

El discurso inaugural del curso académico 1900-1901 fue un hito fundamental tanto para la Universidad salmantina como para la trayectoria intelectual unamuniana. Un dato acredita esta importancia: Unamuno fue nombrado Rector el 24 de octubre (había pronunciado el discurso el día primero del mes) y tomó posesión del cargo una semana después. La trascendencia universitaria y ciudadana circunscrita a Salamanca del discurso y del nombramiento de Rector ha sido estudiada con detalle por Jean Claude Rabaté en un estudio imprescindible para conocer los primeros años castellanos de Unamuno [5]. Junto a la resonancia del discurso en la prensa local hay que anotar el amplio eco —no siempre preciso y ajustado— que las palabras unamunianas encontraron en la prensa nacional y en la hispanoamericana [6].

Unamuno consideraba la oración inaugural como un texto de menor envergadura que los ensayos que hasta entonces había dado a la luz. Así se lo comunica a su habitual corresponsal Pedro Jiménez Ilundain por carta del 19 de octubre de 1900:

El tal discurso ha alcanzado cierta resonancia no por su valor intrínseco —es de lo más flojo que he hecho— sino por la ocasión y el sitio. Les sorprende a muchos que me decidiera a predicar tales cosas en una solemne apertura de un curso oficial ante un claustro revestido de toga, muceta y borla [7].

Sin embargo, el Rector salmantino pensó siempre en el discurso que editamos como el primer eslabón de un proyectado y nonato volumen de discursos, del que habla continuamente en su correspondencia del segundo semestre del año 1902. La primera noticia se la ofrece a Santiago Valentí Camp en carta del 26 de junio de 1902, mientras trabaja en la redacción del discurso que debía pronunciar en Cartagena el 8 de agosto: «Por otoño publicaré en un tomo, precedidos de un prólogo, Cinco discursos, que son: 1º, el de apertura de curso; 2º, el de Bilbao; 3º, el de Valencia; 4º, el que leí ante el Rey, y 5º, el que leeré en Cartagena. Este será el más importante» [8]. A Alberto Nin Frías le escribe el 19 de julio de 1902 para indicarle que sus tres obras capitales son hasta esa fecha: los ensayos En torno al casticismo (1895), la novela Paz en la guerra (1897) y Tres ensayos (1900), a la par que le comunica que está preparando un tomo Cinco discursos, «que son el de apertura de curso de esta Universidad, de 1900, el de los Juegos Florales de Bilbao, el que leí ante el Rey, uno que envié a Valencia y el que leeré el 8 del mes que viene en Cartagena» [9].

Creo que es durante la preparación del discurso de Cartagena —«puse mi alma […] Yo no hago juegos de palabras ni paradojas en el sentido que a esto se presta. Yo vierto mi alma», le escribe a Jiménez Ilundain (7-XII-1902) [10]— cuando se fragua la obsesión unamuniana por dar a la luz los cinco discursos. En los esbozos del prólogo que debía haber precedido a los discursos, Unamuno indicó su intención de abordar las relaciones del discurso de 1900 con Amor y pedagogía y con Tres ensayos, si bien varios testimonios epistolares hablan de la estrecha dependencia del texto de 1900 y de los restantes que iban a componer el nonato volumen con respecto a los ensayos fundacionales de su pensamiento, En torno al casticismo:

En Cartagena dije lo que vengo diciendo hace tiempo, lo que dije en mis ensayos En torno al casticismo, en 1895, y dije en mi ensayo La vida es sueño [11].

Por otra parte el Discurso de 1900 sintetizaba —al aire del ideario del ensayo ¡Adentro! (1900), donde Unamuno expone los pormenores de la misión externa, pero íntima, que está convencido debe cumplir [12]— las reflexiones que había expuesto en su folleto De la enseñanza superior en España (1899) acerca de la doble y convergente tarea que quería para los jóvenes universitarios españoles al alborear el siglo XX:

[…] ahondar en nuestro propio espíritu colectivo, llegar a sus raíces, intraespañolizarnos, y abrirnos al mundo exterior, al ambiente europeo. Y no persisto en esto, porque de ello escribí de largo cuando allá, hace más de cuatro años diserté, En torno al casticismo [13].

Síntesis que —no lo olvidemos— coincide con el momento ilusionado de su nombramiento de Rector, misión que acoge dentro de su pensamiento de agitación, acción y rebeldía que acababa de dibujar en ¡Adentro!:

Morir como Ícaro vale más que vivir sin haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera. Sube, sube, pues, para que te broten alas, que deseando volar te brotarán. Sube; pero no quieras una vez arriba arrojarte desde lo más alto del templo para asombrar a los hombres, confiado en que los ángeles te lleven en sus manos, que no debe tentarse a Dios. Sube sin miedo y sin temeridad. ¡Ambición, y nada de codicia! [14].

Ideario activo que quería pragmatizarse en una serie de sermones laicos o predicaciones verdaderas [15] de las que habla con insistencia a sus interlocutores epistolares en las últimas semanas de 1901. El plan detallado de los seis sermones laicos se lo expone a Jiménez Ilundain en carta del 4 de diciembre de 1901, donde repite lo que le había confesado a Timoteo Orbe el 8 de octubre de 1901 [16]. El 12 de diciembre le comunica a Arzadun que le han llamado de Vigo para pronunciar seis conferencias, «y en vez de soltar seis conferencias de economía política o de lingüística haré una seiscena, seis sermones laicos, con su tinte protestante» [17]. Un día después le escribe a Bernardo G. de Candamo: «Voy a predicar seis sermones laicos. Es mi labor. Tengo fe en mí mismo y esto me da calma. Hasta he empezado a creer en una misión providencial que me está en España encomendada» [18]. Finalmente el 19 de diciembre le dice a Leopoldo Gutiérrez Abascal: «Será una seiscena de sermones laicos en que agitaré hasta el fondo el problema total de vida en España» [19]. La predicación la hará en nombre de la verdad, la verdad de su conciencia: la misma fuerza moral que le había impulsado a la catilinaria de octubre de 1900 ante el claustro de profesores y estudiantes de su Universidad. Desde entonces Unamuno se verá abocado a la pelea y al combate, a la inquisición y a la agitación, para desparramarse, verterse, darse, ofreciendo en texto vivo lo que les pedía a los jóvenes universitarios salmantinos en octubre de 1900.

 

3

El Discurso reúne en su tejido ideológico las dos invariantes principales del pensamiento de Unamuno, formuladas en los ensayos de 1895, proyectadas en los ensayos de Ciencia Social (1896), La vida es sueño —el paradigmático ensayo de 1898—, las cartas públicas a Ángel Ganivet (recogidas años más tarde bajo el marbete de El porvenir de España) y los Tres ensayos de 1900. De un lado, el estudio de lo intrahistórico, que oreado por vientos de modernidad europea puede servir de antídoto de la condenada historia bullanguera y superficial. De otro, la apelación a la acción de la juventud en el descubrimiento de sí mismos y de sus verdaderos valores, y del paisaje y la intrahistoria española: es el «menester os es descubrirnos a España» del comienzo del Discurso.

Alimentado por estos elementos perennes del ideario del primer Unamuno el Discurso se inscribe en el centro mismo de una de las dos preocupaciones axiales del maestro vasco: la inquietud por la educación y la enseñanza, entendidas como caminos seguros de la regeneración espiritual de España. En este sentido el Discurso es heredero del racionalismo pragmático de don Francisco Giner y de su siembra continuada en el dominio de la educación. También desde esta óptica hay que señalar que las novedades del Discurso son mínimas, y más bien hay que leerlo como palimpsesto del pensamiento de Unamuno en la órbita de la temática pedagógica. Unamuno apela a la juventud para que, negándose a empantanarse en las apariencias de la historia y en el literatismo, busque con redundancia de vida y con afán de verdad las entrañas de sí misma y del manantial vivo y cordial de lo intrahistórico.

La órbita del Discurso viene dibujada por el folleto De la enseñanza superior en España (1899), previamente publicado en ocho entregas en la Revista Nueva (del 5 de agosto al 25 de octubre) al mismo tiempo que lo hacía en La Publicidad barcelonesa (del 24 de agosto al 28 de octubre). Artículos como «La pirámide nacional» (Vida Nueva, 11-IX-1898) [20], «Las Universidades» (Heraldo de Madrid, 9-X-1898) [21], «De exámenes» (Las Noticias, 28-VI-1899) y «La cátedra y el libro» (Las Noticias, 28-VI-1899) [22], conforman el precedente inmediato del quehacer unamuniano en los meses anteriores al Discurso, que tiene como contextos el importante ensayo de Giner, El problema de la educación nacional y de las clases productoras —aparecido a lo largo de 1900 en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza [23]; diversos trabajos de esos años de Leopoldo Alas y de Pedro Dorado Montero, y sobre todo, del Discurso de Rafael Altamira en la apertura del curso de la Universidad de Oviedo, de octubre de 1898, con el inequívoco título de La Universidad y el patriotismo [24]. En este mar de datos no creo que sea superfluo indicar que un joven liberal catalán, Santiago Valentí Camp (meses más tarde editor de Unamuno, Baroja y Martínez Ruiz), discípulo de Leopoldo Alas en Oviedo, eligiese como personalidades de referencia en el dominio educativo, a la altura de 1900, a don Francisco Giner, Pedro Dorado Montero y Miguel de Unamuno, según atestiguan los tres excelentes perfiles biográficos que ofrece a los lectores La Publicidad [25]. Para la conciencia liberal española en los horizontes primeros del siglo XX las tres voces universitarias formaban parte de un mismo anhelo y de una idéntica vocación de regeneración espiritual.

Miguel de Unamuno invitaba desde la apertura del curso académico 1900-1901 a que los jóvenes universitarios buscaran el encuentro con la verdad, sin apriorismos dogmáticos, con verdadera ilusión de entablar un diálogo entre la cultura y la vida auténtica y sincera. La educación era el remedio adecuado contra la envidia y la mentira de la fantasmagoría de la vida colectiva española.

La urdimbre ideológica, el tono y el léxico del Discurso le eran propios desde 1895 y los ensayos En torno al casticismo (que —no olvidemos— cristalizan una serie de ideas bien conocidas por los lectores del idealismo hegeliano y del positivismo tainiano), pero la impronta convergía con la de de don Francisco Giner y el círculo institucionista. Desde una Universidad y unas enseñanzas, cuyas metodologías reemplacen el libro por el diálogo y el laboratorio, y cuya finalidad sea el descubrimiento de la verdadera faz intrahistórica de la diversidad española, Unamuno cree —quiere creer— que se puede edificar un motivo para vivir las personas y los pueblos, un ideal de verdadero patriotismo:

¡Motivo de vivir! ¡Motivo de vivir vida colectiva, fe patriótica, un ideal, conciencia de una finalidad ad extra de nuestro pueblo, pues sin esa finalidad no será el pueblo nunca patria! [26].

Ideal de verdadero patriotismo que no se queda anclado y cerrado en lo propio excluyente y egoísta, sino que —lo dice en el folleto de 1899— suponga «la forma viva de nuestro lazo con el ideal que de la humanidad nos forjamos» [27]. A los jóvenes universitarios salmantinos del curso 1900-1901 Unamuno les exigía la voluntad de engendrar «un ideal vasto y unitario, un ideal que, por indeciso y vago, lo alcance todo, un motivo de vivir, fíjate bien en esto, un motivo de vivir» [28], según dejó de nuevo escrito en el artículo «Sobre la revolución», publicado en el periódico barcelonés Las Noticias el 5 de mayo de 1901.

 

NOTAS:

[1] José Martínez Ruiz «Azorín», «Bibliografía» (abc, 22-ix-1948), A voleo (1905-1953), Obras Completas (ed. Ángel Cruz Rueda), Aguilar, Madrid, 1954, t. IX, pág. 1335. En el tomo preparado por Laureano Robles, Azorín-Unamuno. Cartas y Escritos Complementarios (Generalitat Valenciana, Valencia, 1990) se data erróneamente el artículo en 1900 (pág. 49) y se ofrece en un lugar cronológicamente inadecuado en las relaciones entre Unamuno y Azorín.
[2] José Martínez Ruiz «Azorín», «Bibliografía», Obras Completas, t. ix, pág. 1336.
[3] Ibidem, pág. 1337.
[4] Francisco Ayala, «Antonio Machado: el poeta y la patria», en Histrionismo y representación, Sudamericana, Buenos Aires, 1944, págs. 170-171.
[5] Jean Claude Rabaté, 1900 en Salamanca (Guerra y Paz en la Salamanca del joven Unamuno), Universidad de Salamanca, 1997.
[6] Un buen botón de muestra lo ofrece la noticia que La Nación de Buenos Aires da el 8 de agosto de 1908 del que va a ser —tras unas esporádicas colaboraciones— uno de sus corresponsales regulares. Se dice en dicha noticia que la alocución inaugural del curso data de 1901. Cf. Miguel de Unamuno, Patriotismo espiritual (Artículos en «La Nación» de Buenos Aires, 1901-1914) (ed. Víctor Ouimette), Universidad de Salamanca, 1997, pág. 33.
[7] Miguel de Unamuno, Epistolario Americano (1890-1936) (ed. Laureano Robles), Universidad de Salamanca, 1996, pág. 95.
[8] José Tarín Iglesias, Unamuno y sus amigos catalanes, Peñíscola, Barcelona, 1966, págs. 162-163.
[9] Miguel de Unamuno, Epistolario Americano (1890-1936), pág. 139.
[10] Ibidem, pág. 149.
[11] Ibidem, pág. 149.
[12] «No quiero negarme a nada, no quiero ser ambicioso; prefiero ser un pródigo espiritual, un agitador […] Me desparramaré, sin cálculos egoístas», le dice a Giner en carta del 3 de noviembre de 1900 [Dolores Gómez Molleda (ed.) Unamuno «agitador de espíritus». Correspondencia inédita, Madrid, Narcea, 1977, pág. 90]. «Tengo una misión que cumplir y la cumpliré. Y quiero supeditarme a algo mayor que yo, servir a un ideal, para tener derecho de supeditar a mí otras cosas, y a no detenerme en mi camino por piedra más o menos», le escribe el 12 de diciembre de 101 a Juan Arzadun [«Cartas de Miguel de Unamuno», Sur, 119 (1944), pág. 58. La carta está erróneamente fechada en 1900; por ello enmiendo su datación a 1901].
[13] Miguel de Unamuno, De la enseñanza superior en España [Revista Nueva, 1899], Obras Completas (ed. Manuel García Blanco), Escelicer, Madrid, 1966, t. i, págs. 758-759. Sobre la contaminación que el ideario de En torno al casticismo ejerce en el primer Unamuno (hasta 1905) remito a la consulta de mi libro Miguel de Unamuno: Artículos en “Las Noticias” de Barcelona (1899-1902), Lumen, Barcelona, 1993.
[14] Miguel de Unamuno, Obras Completas, t. I, pág. 949.
[15] «¡Cuantas veces no le he dicho que mi verdadera vocación es la de predicador!» [Cartas íntimas. Epistolario entre Miguel de Unamuno y los hermanos Gutiérrez Abascal (ed. Javier González de Durana), Eguzki, Bilbao, 1986, pág. 78. La carta de Unamuno está fechada el 23 de noviembre de 1897].

 

Fuente | Analecta malacitana