En vísperas de la gran revolución

 

Discurso pronunciado el domingo 10 de junio, en el Italian Hall, en el mitin que para la defensa de los compañeros Raúl Palma y Odilón Luna, organizó el Comité Latino de la International Workers Defense League (Liga Internacional de Defensa de los Trabajadores).

 

“Camaradas:

Hace más de un mes que los compañeros Raúl Palma y Odilón Luna se encuentran presos, sin que hasta estos momentos se sepa cuál es la determinación de las autoridades federales, qué es lo que se va a hacer con esos prisioneros. Son proletarios, son miembros de la clase trabajadora, son desheredados y eso basta para que la justicia burguesa, la vil prostituta que se deshace en sonrisas y atenciones para el rico, eche en olvido a nuestros hermanos de sufrimientos y privaciones, tanto más cuanto le interesa quitar de en medio a todos aquellos que ponen un obstáculo al libre ejercicio de las uñas de los senadores de levita y de bombín.

El caso de Luna y Palma no es un caso aislado, no es una coz que la bestia da al acaso, no es la bala perdida que da en un blanco sobre el cual no fue disparada, no es la teja desprendida que descalabra indistintamente a un hombre o a una mujer, a un anciano o a un niño; el caso de Palma y de Luna obedece a un plan bien definido de la clase burguesa; obedece al mismo plan por el cual Rangel y compañeros están condenados a dejar sus huesos en los presidios texanos; es el resultado de la misma conspiración que condenó a Billings por vida; que tiene el lazo echado al cuello de Thomas Mooney, y que abre la fosa para dejar en ella los restos palpitantes de Rena Mooney; Palma y Luna están presos por los mismos motivos que lo están Ford y Suhr, Schmidt y Caplan; contra Palma y Luna se enderezan las mismas fuerzas que acribillaron a balazos a Joe Hill[1] y dieron fin en la horca a la existencia fecunda de Parsons; son las negras fuerzas de la reacción burguesa que cierran el paso a la emancipación de los humildes; son las fuerzas del Estado, solapador y cómplice del crimen capitalista, en sus funciones de ahogar en su cuna toda manifestación de descontento, de suprimir con el calabozo o a palos o con la horca y la silla eléctrica toda crítica que comprometa la estabilidad de un sistema protector de bandidos y torturador de inocentes; son las fuerzas que tratan de apagar la luz que arroja el periódico anarquista, las sombrías fuerzas que hacen pedazos la pluma del que escribe la verdad; que ahogan en la garganta el grito de la indignación y el rugido de la cólera, y que atan de pies y manos al que tiene la audacia de mostrar el puño a sus verdugos.

Es la justicia arrogante que se encara al derecho sin medir las responsabilidades, sin pensar en las consecuencias, ebria de poder y de fuerza, sin reflexionar que la paciencia tiene sus límites y olvidando las páginas de la Historia escritas con sangre de tiranos, en las que se aprende que las cabezas de los déspotas no han caído a los golpes de hombres libres, sino que han sido tronchadas por las manos del esclavo en rebelión.

Son los excesos de la tiranía los que se encargan de sacudir las dormidas energías de los pueblos, y los pueblos están despertando. Largas décadas de sana propaganda anarquista, no lograron modificar la mentalidad de los pueblos como lo han conseguido sólo tres años de pesadilla guerrera. Tres años de horror, de luto, de sangre, de lágrimas y de hambre, han hecho no solamente posible la Revolución, sino inminente e inevitable en todo el mundo. La Revolución se cierne sobre nuestras cabezas. Mejor aún: la Revolución está en las conciencias. El indiferente que hasta hace poco tachaba de locos y de ilusos a los revolucionarios, ya piensa él también que se necesita una Revolución, que las cosas no deben seguir como hasta aquí, que es necesario un cambio en las condiciones económicas, políticas y sociales de los pueblos para lograr una situación que haga imposible que algunos pueblos se arrojen unos sobre los otros y se despedacen en beneficio de intereses particulares, de intereses mezquinos, de intereses que no benefician sino a unos cuantos, de los intereses, en suma, de la clase capitalista, intereses antagónicos a los intereses generales de la humana especie, porque son contrarios a la libertad y al bienestar.

Sí, la Revolución flota en el aire, la Revolución está en las conciencias. El azote de la guerra ha tenido la virtud de despertar a los pueblos, que si se mostraron sordos por tantos años a los llamamientos del honor, que si permanecieron indiferentes por tan largo tiempo a las solemnes excitativas que se hicieron a su dignidad, que si habían perdido toda noción de decoro y de vergüenza, el castigo los solivianta y los estremece y los agita, no tanto porque se sienten lastimados en su dignidad y en su honor, sino porque el golpe los despierta y los hace ver con horror el abismo en cuyo borde dormían con tan pesado sueño. La Revolución que tenemos encima, la gran Revolución que no tarde en incendiar al mundo entero, el formidable cataclismo que barrerá con reyes, con presidentes y con cuanto parásito pesa sobre los hombros de la humanidad, no es el resultado del honor y de la dignidad ofendidos, sino la reacción poderosa del instinto de conservación rudamente sacudido por el crimen burgués.

Así como la prisión de Palma y de Luna no es un hecho aislado, no es una arbitrariedad excepcional, sino que responde a un plan de represión de toda energía rebelde, del mismo modo que la Revolución rusa no es un caso particular ruso, no es un acontecimiento que sólo pudo ocurrir en Rusia, no es una insurrección esporádica que puede quedar confinada al territorio ruso, sino que es un hecho, es un fenómeno social y político que responde al sentir de la humanidad entera, que concuerda con el modo de pensar de todos los pueblos de la Tierra en este momento solemne, en esta hora de dolor, que es como el momento que precede al parto, como que estamos en vísperas de ver surgir de los humeantes escombros de instituciones anticuadas y nocivas, un nuevo orden, una forma nueva de convivencia social más en armonía con la cultura de la época, más de acuerdo con las leyes inmutables de la naturaleza, y en la que pueda desarrollarse con menos trabas una humanidad más justa y más sabia.

El ambiente está saturado de promesas de insurrección y protesta. La paciencia se agota; la mansedumbre se ausenta de los corazones; los ojos, desilusionados, ya no se clavan en el cielo con la esperanza de que la mano de Dios rompa las cadenas de la esclavitud, sino que buscan ansiosas el fusil que libera y la dinamita que redime; las cabezas ya no se inclinan, resignadas, ante un nuevo atentado de la tiranía, sino que sueñan con la barricada y la revuelta.

El mundo es un volcán próximo a hacer erupción; México y Rusia son los primeros cráteres anunciadores del despertar de las fuerzas de la miseria y del hambre. A México y a Rusia les seguirán bien pronto todos los pueblos de la Tierra, hartos ya de tiranía, cansados ya de injusticia, convencidos al fin de que su salvación no ha de ser decretada por un ser imaginario que se nos dice que reside más allá de las estrellas que alcanzamos a ver, sino que su libertad y su bienestar tienen que ser conquistados por el hierro y por el fuego, por el motín y por la barricada. Con súplicas sólo se logra el envalentonamiento del enemigo. Contra la enfermedad llamada tiranía no hay más que un remedio: la guillotina.

Todo anuncia que la catástrofe está por sobrevenir; la miseria sacude rabiosa sus puños descarnados; el descontento ya no murmura: ¡grita!, y las manos impacientes acarician nerviosas el pomo del puñal y el gatillo del rifle.

Se conspira en voz alta y a la luz del sol; los gobiernos pierden su prestigio; la ley es vista con odio, y un sano sentimiento de humana solidaridad comienza a borrar las fronteras y a desteñir las banderas nacionales, dando vigor a la risueña promesa de una próxima fraternidad universal.

El proletariado de todo el mundo comienza a darse cuenta de que el trabajador nada tiene que ganar con las guerras fraguadas por los capitalistas, y este convencimiento, unido a la miseria cada vez más creciente y a los excesos cada vez más brutales de la tiranía gubernamental, satura de cóleras el ambiente y se respira una atmósfera preñada de odio y de venganza.

A dondequiera que se dirija la mirada se tropieza con los ojos airados de la rebeldía. En Alemania, las masas populares se amotinan; cuerpos de ejército se desertan en masa; los trabajadores de las fábricas de armas y municiones se declaran en huelga; la minoría socialista aboga por la paz a cualquier precio, y en el seno del Parlamento una voz valiente anuncia la revolución. Austria-Hungría sufre idénticas convulsiones, anunciadoras de la tempestad que está por desatarse y diputados socialistas húngaros, reunidos en Berna, adoptan resoluciones revolucionarias. En Brasil, las organizaciones obreras rehúsan prestar su apoyo al Gobierno en una guerra contra Alemania. El Japón enseña los dientes al emperador, a la burocracia y al militarismo, y la prensa de oposición enseña al mikado, como una saludable advertencia, el cetro quebrado de Nicolás Romanov.[2] En Suecia el proletariado grita: “¡Pan, más pan!”; los más audaces gritan: “¡Revolución!”; las muchedumbres se amotinan en muchos lugares del reino, y el rey se encierra en su palacio, redobla sus guardias y destaca soplones a los mítines obreros para retardar el momento en que su corona ruede por el polvo a hacer compañía a la de Nicolás. En Inglaterra los obreros de importantes centros fabriles se declaran en huelga para protestar contra el envío de más jóvenes a la guerra. En China se disputan la supremacía los militaristas y los antimilitaristas, con el resultado plausible del debilitamiento del Estado burgués. Filipinas fragua la insurrección. En Portugal el hombre alarga la mano huesuda y se apodera virilmente del pan que le niega el poderoso. En Dinamarca, las fuerzas del trabajo intensifican su agitación antiguerrera. En Italia, el partido socialista adopta, en Roma, resoluciones contra la guerra. En Cuba, Menocal[3] se quema los dedos en sus esfuerzos por apagar el rescoldo revolucionario. Irlanda gruñe, España está próxima a estallar, Canadá va a arder en Quebec y en British Columbia. En Rusia los trabajadores hacen un llamamiento mundial para la revolución social en todos los países de la Tierra.

Tal es, a grandes rasgos, la situación mundial anunciadora del próximo e inevitable conflicto entre las fuerzas de los hambrientos y de los hartos, de los de abajo y de los de arriba. Todo indica que estamos en vísperas de una catástrofe depuradora y santa. En Texas el Gobierno descubre una conspiración para resistir con las armas en la mano la leva que se acerca. Las cárceles de Estados Unidos están llenas de agitadores antiguerristas. El hambre arrecia y la tiranía se extrema. El descontento crece. Según la Prensa, la agitación antiguerra en varios Estados aconseja el uso de la fuerza para resistir la leva. El escritor burgués Harry Carr dice, en el Times, que el káiser puede ser derribado de su trono por una insurrección, y que tal suceso pondrá en peligro a todos los tronos de Europa y aun los Estados Unidos no estarán a salvo de la violencia de la sacudida. Joseph Canon,[4] líder obrero y organizador, compareció ante el comité de asuntos militares del Senado y predijo de este modo las consecuencias de la ley sobre servicio militar obligatorio: “Habrá huelgas, los precios de los artículos alimenticios aumentarán como una consecuencia de la explotación que se hace de la guerra, y la sangre va a correr en las calles. Se dice que entramos a la guerra para establecer la democracia en Alemania, y para llevar a cabo tal cosa estamos estableciendo la autocracia en América”.

George W. Anderson, fiscal federal y ayudante especial del Ministerio de Justicia, declaró ante la Cámara de agricultura de la Cámara de Diputados en Washington, refiriéndose al alza de los precios de los artículos alimenticios: “Hay que hacer algo. No puede negarse que nos amenaza un levantamiento social y político. Yo veo los síntomas de esa insurrección. Todo observador atento lo sabe. Si no se hace algo para impedirlo, se producirá, en los Estados Unidos, un fenómeno contra la ley y el orden”.

Víctor L. Berger,[5] prominente socialista, dijo estas palabras en un mitin celebrado en Nueva York el 30 de Mayo último: “Nosotros necesitamos saber por qué estamos en esta guerra. Si no se nos responde y ocurren motines en Nueva York, en Chicago y en Milwaukee, entonces el pueblo de esta nación se rebelará, como lo hicieron sus camaradas rusos, para establecer una verdadera democracia social”.

No somos los anarquistas los únicos que vemos los negros nubarrones que cierran el horizonte. Son hombres de distintos ideales y tendencias los que anuncian la tempestad que va a desatarse. Las instituciones burguesas están por caer arrastradas por su propio peso. La burguesía no puede culpar a nadie de su caída, más que a sí misma. Su desastre, obra es de su desenfreno. Se ahoga en la sangre que ella misma ha derramado. Estamos en presencia de un suicidio.

Es que ha sonado la hora de la justicia; es que la miseria enarbola sus harapos y los despliega al sol como una bandera de revancha, convocando a la lucha a todos los desgraciados de la Tierra. Felicitémonos, los que nada tenemos que perder como no sean nuestras cadenas. Que se alegren los corazones; que renazca en los pechos la esperanza. La humanidad se regenera; el cordero recuerda que es león.

Y el león comienza a rugir y a sus rugidos tiembla la tierra. El caos se aproxima. ¡Viva la Revolución Social! ¡Viva la Anarquía!”

 

Regeneración, núm. 257, 23 de junio de 1917

 

 

NOTAS:

[1] Joel Emmanuel Hägglund (a) Joe Hill (Galve, Suecia, 1879-Salt Lake City, 1915). Hijo de ferroviario, emigra a los Estados Unidos en 1902. Minero y estibador, recorre de este a oeste el país hasta radicarse en California. En 1910 se afilia al Industrial Workers of the World y participa en la huelga de estribadores de San Pedro, Calif., Autor de canciones, poeta, vagabundo y humorista influyó en la cultura popular norteamericana. Participó en la campaña del plm en Baja California, en su última fase. Llegó a Tijuana el 1 de junio de 1911 y abandonó la península después de la batalla del 22 de ese mismo mes. “Esclavos asalariados del mundo ¡Levantáos!, hagan su deber por la causa, de Tierra y Libertad”, escribió como coro para su canción “Should I Ever Be a Soldier”. Acusado de asesinato en Utah, fue fusilado, a pesar de las protestas internacionales que su caso suscitó. A un camarada sueco, Hill escribió poco antes de morir: “Tuve el gran honor de luchar en el campo de batalla bajo la Bandera Roja y debo de admitir que estoy orgulloso de ello”.

[2] Nicolás Romanov (1868-1918). Último zar de Rusia. Fue derrocado por la revolución de 1917 y fusilado el 17 de julio de 1918.

[3] Mario García Menocal (1866-1941). Político cubano conservador. Participó en la Guerra de Independencia. Jefe de la Policía de La Habana durante la primera intervención norteamericana. Presidente de Cuba de 1913 a 1921. Tanto en 1917 como en 1919 la isla fue invadida de nueva cuenta por el ejército de los Estados Unidos, alegando el peligro que representaban levantamientos indígenas.

[4] Joseph D. Cannon. Político y activista de la Metal Worker’s Union de Nueva York. Miembro del Partido Socialista de América. Participó en el mitin llevado al cabo en el Simpson Auditorium de Los Ángeles, Calif., el 26 de noviembre de 1907, en protesta por la detención de los miembros de la joplm, llevada al cabo el 23 de agosto de ese año. En 1909, durante el juicio en Tombstone, Ariz., continuó la campaña a favor de su liberación junto con la escritora Luella Twining, entre otros. Tanto Mother Jones como Cannon se entrevistaron en la ciudad de México con Francisco I. Madero y llegaron al acuerdo de que los primeros buscarían disuadir a los miembros de la joplm encarcelados de continuar su lucha y reintegrarse a la vida política de México.

[5] Victor L. Berger (1860-1929). Político y escritor de origen austriaco. Fundador del Partido Socialista Norteamericano. Personaje central del movimiento socialista en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Diputado por el estado de Wisconsin en 1910. Criticó acremente la dictadura de Porfirio Díaz y la complicidad que los capitalistas estadounidenses mantuvieron con ella. Participó activamente en la campaña enarbolada por los medios radicales estadounidenses para evitar la intervención militar de Estados Unidos en México. Tras un breve periodo de simpatía hacia la lucha del plm, se mostró partidario de Madero, declarándose escéptico ante la posibilidad de una revolución social en México. En la sección en inglés de Regeneración, William C. Owen polemizó ampliamente, al menos hasta finales de 1912, con las posturas expresadas por Berger.