México devorado por el capitalismo americano

 

“Camaradas:

“¡No quiero ser esclavo!”, grita el mexicano, y, tomando el fusil, ofrece al mundo entero el espectáculo grandioso de una verdadera revolución, de una catástrofe social que está sacudiendo hasta los cimientos el negro edificio de la Autoridad y del Clero.

No es la presente la revuelta mezquina del ambicioso que tiene hambre de poder, de riqueza y de mando. Ésta es la revolución de los de abajo; ¡éste es el movimiento del hombre que en las tinieblas de la mina sintió que una idea se sacudía dentro de su cráneo, y gritó “¡Este metal es mío!”; es el movimiento del peón que, encorvado sobre el surco reblandecido con su sudor y con las lágrimas de su infortunio, sintió que se iluminaba su conciencia y gritó: “¡Esta tierra es mía y míos son los frutos que la hago producir!”; es el movimiento del obrero que, al contemplar las telas, los vestidos, las casas, se da cuenta de que todo ha salido de sus manos y exclama emocionado: “¡Esto es mío!”; es el movimiento de los proletarios, es la Revolución Social.

Es la Revolución Social, la que no se hace de arriba para abajo, sino de abajo para arriba; la que tiene que seguir su curso sin necesidad de jefes y a pesar de los jefes; es la revolución del desheredado, que asoma la cabeza en el festín de los hartos, reclamando el derecho de vivir.

No es la revuelta vulgar que termina con el destronamiento de un bandido y la subida al Poder de otro bandido, sino una contienda de vida o muerte entre las dos clases sociales: la de los pobres y la de los ricos, la de los hambrientos contra los satisfechos, la de los proletarios contra los propietarios, cuyo fin será, tengamos fe en ello, la destrucción del sistema capitalista autoritario por el empuje formidable de los valientes que ofrendan sus vidas bajo la bandera roja de ¡Tierra y Libertad!

Y bien: esta lucha sublime, esta guerra santa, que tiene por objeto librar del yugo capitalista al pueblo mexicano, tiene enemigos poderosos que a todo trance y valiéndose de toda clase de medios, quieren poner obstáculos a su desarrollo. La libertad y el bienestar —aspiraciones justísimas de los esclavos mexicanos— son cosas molestas para los tiburones y los buitres del Capital y la Autoridad. Lo que es bueno para el oprimido, es malo para el opresor. El interés de la oveja es diametralmente opuesto al interés del lobo. El bienestar y la libertad del mexicano, de la clase trabajadora, significa la desgracia y la muerte de la explotación y de la tiranía. Por eso cuando el mexicano pone la mano vigorosa sobre la ley para hacerla pedazos, y arranca de las manos de los ricos la tierra y la maquinaria de producción, gritos de terror levantan del campo burgués y autoritario, y se pide que se ahoguen en sangre los esfuerzos generosos de un pueblo que quiere emanciparse.

México ha sido presa de la rapacidad de aventureros de todos los países, que han sentado sus reales en aquella rica y bella tierra, no para beneficiar al proletariado mexicano, como falsamente lo ha asegurado en todo el tiempo el Gobierno, sino para ejercer la explotación más criminal que ha existido sobre la tierra. El mexicano ha visto pasar la tierra, los bosques, las minas, todo, de sus manos a las de los extranjeros, apoyados éstos por la Autoridad, y ahora que el pueblo se hace justicia con su propia mano, desesperado de no encontrarla en ninguna parte; ahora que el pueblo ha comprendido que es por medio de la fuerza y por sí mismo como debe recobrar todo lo que los burgueses de México y de todos los países le han arrebatado; ahora que ha encontrado la solución del problema del hambre; ahora que el horizonte de su porvenir se aclara y cuando sueña con días de ventura, de abundancia y de libertad, la burguesía internacional y los gobiernos de todos los países empujan al Gobierno de los Estados Unidos a intervenir en nuestros propios asuntos, con el pretexto de garantizar la vida y los intereses de los explotadores extranjeros. ¡Esto es un crimen! ¡Ésta es una ofensa a la humanidad, a la civilización, al progreso! ¡Se quiere que quince millones de mexicanos sufran hambre, humillaciones, tiranía, para que un puñado de ladrones vivan satisfechos y felices!

Forman parte de esa intervención la ayuda decidida que el Gobierno de los Estados Unidos está prestando a Francisco I. Madero para sofocar el movimiento revolucionario, permitiendo el paso de tropas federales por territorio de este país para ir a batir a las fuerzas rebeldes,[1] y la persecución escandalosa de que somos objeto los revolucionarios a quienes se nos aplica esa legislación bárbara que lleva el nombre de leyes de neutralidad.

Pues bien: nada ni nadie podrá detener la marcha triunfal del movimiento revolucionario. ¿Quiere paz la burguesía? ¡Pues que se convierta en clase trabajadora! ¿Quieren paz los que la hacen de autoridad? ¡Pues que se quiten las levitas y empuñen, como hombres, el pico y la pala, el arado y el azadón!

Porque mientras haya desigualad; mientras unos trabajan para que otros consuman; mientras existan las palabras burguesía y plebe, no habrá paz: habrá guerra sin cuartel, y nuestra bandera, la bandera roja de la plebe, seguirá desafiando la metralla enemiga sostenida por los bravos que gritan: ¡Viva Tierra y Libertad!

En México han pasado a la historia las revoluciones políticas. Los cazadores de empleos están fuera de su tiempo. Los trabajadores conscientes no quieren más parásitos. Los gobiernos son parásitos: por eso gritamos: “¡Muera el Gobierno!”

Camaradas: saludemos nuestra bandera. Ella no es la bandera de un solo país, sino del proletariado entero. Ella condensa todos los dolores, todos los tormentos, todas las lágrimas, así como todas las cóleras, todas las protestas, todas las rabias de los oprimidos de la tierra. Y esta bandera no encierra sólo dolores y cóleras; ella es el símbolo de risueñas esperanzas para los humildes y encierra todo un mundo nuevo para los rebeldes. En las humildes viviendas, el trabajador acaricia las cabecitas de sus hijos, soñando emocionado en que esas criaturas vivirán una vida mejor que la que él ha vivido; ya no arrastrarán cadenas; ya no tendrá que alquilar sus brazos al burgués ladrón, ni tendrán que respetar las leyes de la clase parasitaria, ni los mandatos de los bribones que se hacen llamar Autoridad. Serán libres, sin el amo, sin el sacerdote, sin la Autoridad; la hidra de tres cabezas que en estos momentos, en México, arrinconada, convulsa de rabia y de terror, todavía tiene garra y colmillos que los libertarios le arrancaremos para siempre.

Ésa es nuestra tarea, hermanos de cadenas; aplastar al monstruo, por el único medio que nos queda: ¡La violencia! ¡La expropiación por el hierro, por el fuego y por la dinamita!

La hipócrita burguesía de los Estados Unidos dice que los mexicanos estamos llevando a cabo una guerra de salvajes. Nos llaman salvajes porque estamos resueltos a no dejar que nos exploten ni los mexicanos ni los extranjeros, y porque no queremos presidentes ni blancos ni prietos. Queremos ser libres, y si un mundo nos detiene en nuestra marcha, un mundo destruiremos para crear otro. Queremos ser libres, si todas las potencias extranjeras se nos echan encima, lucharemos contra todas las potencias como tigres, como leones. Repito, ésta es una lucha de vida o de muerte. Están frente a frente las dos clases sociales: los hambrientos de una parte; de la otra, los hartos, y la contienda terminará cuando una de las dos clases sea aplastada por la otra.

Desheredados: nosotros somos los más; ¡nosotros triunfaremos! ¡Adelante! Nuestros enemigos tiemblan; es necesario ser más exigentes y más audaces; que nadie se cruce de brazos: ¡arriba todos!

Camaradas: nada logrará que los mexicanos se aparten de la lucha: ni la engañifa del político que promete delicias para “después del triunfo”, para que se le ayude a escalar el Poder; ni la amenaza de los esbirros de ese pobre payaso que se llama Francisco I. Madero; ni los aprestos militares de los Estados Unidos. Esta contienda tendrá que ser llevada hasta su fin: la emancipación económica, política y social del pueblo mexicano, cuando hayan desaparecido de aquella bella tierra el burgués y la Autoridad, y ondee, triunfadora, la bandera de Tierra y Libertad. ¡Viva la Revolución Social!”

 

Regeneración núm. 93, 8 de junio de 1912

 

 

NOTAS:

[1] El 7 de junio de 1911, el gobierno del presidente Taft, autoriza el paso de tropas federales mexicanas por territorio norteamericano para ir a batir a las fuerzas rebeldes en Baja California.