“Esto es inusual para mí. He dado recitales, pero no conferencias. A la gente que me las pide, le he dicho que no tengo conferencias para dar. Es verdad. Puede parecer extraño que un hombre que ha tratado con palabras, ideas y emociones, por casi cincuenta años, no tenga algunas para compartir, para dialogar. Todo lo valioso sobre mí está en mis libros. Cualquier cosa extra que exista en mí, no está completamente formada. Estoy plenamente consciente de eso; está a la espera de mi próximo libro. Vendrá a mí —con suerte— en lo que escribo ahora, y me tomará por sorpresa. Ese elemento sorpresa es el que busco cuando estoy escribiendo. Es la forma en que juzgo lo que estoy haciendo —no es siempre fácil de hacer.

Proust ha escrito, con gran agudeza, sobre la diferencia entre el escritor como escritor y el escritor como ser social. Esas apreciaciones las encontrarán en algunos de sus ensayos de Contra Sainte-Bebe, un libro reconstruido a partir de sus primeros textos.

El crítico francés del siglo XIX, Sainte-Bebe, sostenía que para entender a un escritor era necesario conocer, tanto como fuera posible, su exterioridad, los detalles de su vida. Es un método seductor, usar al hombre para clarificar la obra. Puede parecer inexpugnable. Excepto porque Proust, muy convincentemente, es capaz de ponerlo a un lado. “El método de Sainte-Beuve”, escribe Proust, “ignora lo que un leve grado de autoconocimiento nos enseña: que un libro es el producto de un ser diferente al que proyectamos en nuestros hábitos, en nuestra vida social, en nuestros vicios. Si tratáramos de entender ese ego particular, buscando en nuestro propio seno, y tratando de reconstruirlo allí, en ese interior, puede que lleguemos a él”.

Esas palabras de Proust deben estar presentes cuando leemos la biografía de un escritor —o la biografía de cualquier persona que dependa de lo que llamamos inspiración. Todos los detalles de la vida, las rarezas y amistades pueden ser entregados por nosotros, pero los misterios de la escritura permanecerán. Ninguna cantidad de documentos, sin importar lo fascinante que sea, nos llevará allá. La biografía de un escritor —o incluso su autobiografía— siempre tendrá esa carencia.

Proust es un maestro de la exagerada jovialidad, y me gustaría regresar a Contra Sainte-Beuve sólo por un momento. “En realidad,” escribe Proust, “son las secreciones de su más íntimo ser, escritos en soledad, para uno mismo, y que se dan al público. Lo que uno ofrece sobre la vida privada —en conversación… o en esas salas de espera son menos que diálogos impresos— es el producto de un yo bastante superficial, no del más íntimo ser, el cual uno sólo puede recobrar al apartar el mundo y al yo que frecuenta ese mundo”.
Cuando lo escribió, aún Proust no había encontrado el tema que lo llevaría a la gloria. Y usted podría argumentar, basado en lo que he citado, que era un hombre que confiaba en su intuición y en la llegada de la suerte. Estas mismas palabras las he citado en otros lugares. La razón es que ellas definen cómo he andado en mi oficio. He confiado en la intuición. Lo hice desde el comienzo. Lo hago incluso ahora. No tengo la menor idea de cómo pueden cambiar las cosas, adónde puedo ir con mi escritura. He confiado en mi intuición para encontrar los temas, y he escrito intuitivamente. Tengo una idea cuando comienzo, tengo una forma; pero entenderé por completo lo que he escrito sólo después de algunos años.

Dije antes que todo lo importante sobre mí está en mis libros. Iré más allá. Diré ahora, que soy la suma de mis libros. Cada libro, intuitivamente sentido y, en el caso de la ficción, intuitivamente trabajado, se basa en lo que ha sucedido antes y se desarrolla después. Siento que, en cualquier etapa de mi carrera literaria, podría haberse dicho que el último libro contenía todos los otros.

Ha sido así por mi entorno. Mi entorno es, al mismo tiempo, excesivamente simple y excesivamente confuso. Nací en Trinidad. Una pequeña isla en la boca del gran río Orinoco en Venezuela. Puedo decir entonces que Trinidad no es estrictamente de Sur América ni rigurosamente del Caribe. Se desarrolló como una plantación colonial del Nuevo Mundo, y cuando nací, en el año de 1932, tenía una población cercana a los 400 mil habitantes. De esos, unos 150 mil eran de la India, hindis y musulmanes, casi todos de origen campesino, y la mayoría provenía de la llanura del río Ganges.

Era mi pequeña comunidad. El mayor número de emigrantes de la India llegó después de 1880. La situación era así: la gente se ligaba a un contrato de aprendizaje por cinco años para trabajar en una hacienda. Al finalizar ese período se le entregaba una pequeña parcela de tierra —tal vez cinco acres— o un pasaje de regreso a la India. En 1917, debido a la agitación promovida por Gandhi y otros, el sistema de contratos de aprendizaje fue abolido. Y quizá por eso, o por algunas otras razones, la promesa de una tierra o la repatriación fueron desacreditadas para quienes llegaron después. Esas personas estaban desamparadas en su totalidad. Dormían en las calles de Port-of-Spain, la capital. Cuando era un niño las vi. Supongo que no sabía que estaban desamparadas —esa idea vino mucho más tarde— y no me impresionaron. Era parte de la crueldad de la plantación colonial.

Nací en un pequeño pueblo llamado Chaguanas, dos o tres millas tierra adentro desde el golfo de Paria. Chaguanas era un nombre extraño, en su grafía y en su pronunciación, y mucha gente de la India —que era mayoría en el área— prefería llamarlo por el nombre de la casta india de Chauhan.

Tenía 34 años, cuando conocí el nombre de mi lugar de nacimiento. Vivía en Londres, había estado en Inglaterra por 16 años. Estaba escribiendo mi noveno libro. Era una crónica de Trinidad, una crónica humana, tratando de recrear la gente y sus historias. Acostumbraba a ir al Museo Británico para leer los documentos españoles sobre la región. Estos documentos —recuperados de los archivos españoles— fueron copiados por el Gobierno Británico en la década de 1890, tiempo en que mantenía una sucia disputa fronteriza con Venezuela. Los documentos comienzan en 1530 y finalizan con la caída del Imperio Español.

Leía sobre la absurda búsqueda de El Dorado, y las sangrientas intromisiones del héroe inglés, Sir Walter Raleigh. En 1595, él invadió Trinidad, mató a todos los españoles que pudo, y fue Orinoco arriba en busca de El Dorado. Nada encontró, pero cuando regresó a Inglaterra relató que lo había hallado. Tenía un pedazo de oro y arena para mostrar. Dijo que el oro lo había extraído de un acantilado sobre la ribera del Orinoco. La Casa de La Moneda Real certificó que la arena, que Raleigh pidió examinar, no tenía ningún valor, otras personas dijeron que había comprado el oro de antemano en el norte de África. Entonces, publicó un libro para probar que tenía razón, y por cuatro siglos, la gente ha creído que Raleigh encontró algo. La magia del libro de Raleigh, el cual es realmente difícil de leer, reposa en este título bien largo: “Descubrimiento del extenso, rico y bello imperio de Guiana, con una relación de la gran y dorada ciudad de Manoa (la que los españoles llamaban El Dorado) y provincias de Emeri, Aromaia, Amapaia, y otros países, con sus ríos adjuntos”[i].
¡Cuán real suena! Y, difícilmente, había estado en el caudal del Orinoco.

Entonces, como sucede con quienes tratan engañar a los demás, Raleigh quedó atrapado en sus propias fantasías. Veintiún años después, viejo y enfermo, se le permitió salir de la prisión en Londres para que fuera a Guiana y buscara las minas de oro que decía había encontrado. En esa fraudulenta aventura murió su hijo. El padre, para salvaguardar su reputación y sus mentiras, llevó a su hijo a la muerte. Entonces, lleno de dolor, sin nada que lo atara a la vida, regresó a Londres para ser ejecutado.

La historia debería haber terminado aquí, pero los documentos españoles eran abundantes; la correspondencia imperial era muy lenta: una carta enviada desde Trinidad podía tomarse más de dos años para que fuera leída en España. Ocho años después, los españoles de Trinidad y Guyana aún estaban organizando sus registros de los indígenas del Golfo. Un día leí en el Museo Británico una carta del rey de España al gobernador de Trinidad. Tenía fecha del 12 de octubre de 1625.

“Te pedí”, escribe el Rey, “enviarme alguna información sobre una nación indígena llamada Chaguanes, quien dice usted tiene un número mayor de mil, y que están en tan mala disposición que fueron ellos los que guiaron a los ingleses cuando se tomaron el pueblo. Sus crímenes aún no han sido castigados porque las fuerzas no estaban disponibles para ese propósito y porque los indígenas reconocieron que ningún amo salvaguarda sus propios deseos. Usted ha decidido darles un castigo. Siga las reglas que le he dado; y déjeme saber cómo procede”.

No sé lo que hizo el Gobernador. No pude encontrar referencias adicionales sobre Chaguanes en los documentos del Museo. Quizá había más información en la montaña de papel del archivo de Sevilla, España, que los investigadores del gobierno británico no copiaron. Pensaron que no eran lo suficientemente importantes. Lo cierto es que la pequeña tribu de más de mil —que podría haber estado viviendo a ambos lados del Golfo de Paria— desapareció en su totalidad. Nadie en el pueblo de Chaguanas, o Chauhan, sabía algo sobre ellos. La idea vino a mí en el museo, yo era la primera persona, desde 1625, para quien esa carta del Rey de España tenía un significado real. Esa carta había sido desenterrada de los archivos sólo en 1896 ó 1897. Una desaparición, y entonces el silencio de los siglos.

Nosotros vivimos sobre la tierra de los chaguanes. Todos los días —cuando apenas comenzaba a ir a la escuela— caminaba desde la casa de mi abuela pasando por tres de las tiendas en la calle principal, el salón de belleza chino, el teatro del Jubileo, y una pequeña fábrica portuguesa, de olor fuerte, donde se hacían unos baratos jabones en barras azules y amarillas, y que sacaban a la calle, en las mañanas, para que se pusieran duros. Vivía esa situación, que parecía eterna, todos los días, camino a la Escuela Estatal de Chaguanas. Distantes del colegio había haciendas de caña de azúcar, yendo hacia el golfo de Paria. La gente que había sido desposeída pudo haber tenido su propia forma de agricultura, su propio calendario, sus propios códigos, sus propios sitios sagrados. Ellos habrían entendido las corrientes del golfo de Paria alimentadas por el Orinoco. Ahora, todo su arte y todo lo demás sobre ellos se había borrado.

El mundo siempre está en movimiento. La gente, en cualquier lugar, en algún tiempo, fue despojada. Creo que me conmocionó el descubrimiento que hice sobre mi lugar de origen, en 1967, porque nunca tuve idea de él. Pero ésa fue la forma en que la mayoría vivimos en la colonia agrícola, a ciegas. No había complot de parte de las autoridades para mantenernos en esa oscuridad. Pienso que, simplemente, el conocimiento ya no estaba. La historia sobre los chaguanes pudo no haber sido considerada importante, y no habría sido fácil de recuperar. Era una pequeña tribu, eran aborígenes. Tales personas —en el continente, en lo que fue llamado B.G., British Guiana— fueron conocidas por nosotros, y fue como una broma. Eran calificadas como gente bulliciosa y de mal comportamiento, en todos los grupos de Trinidad, creo que les llamaban warrahoons. Solía pensar que era una palabra inventada, hecha para sugerir fiereza. Sólo cuando comencé a viajar por Venezuela, en mis cuarenta, entendí que esa palabra era más bien el nombre de una gran tribu aborigen.

Conocí una difusa historia cuando era un niño —y para mí ahora, es una historia insoportablemente conmovedora. En cierta época, los aborígenes llegaron en canoas desde el continente, caminaron a través del bosque en el sur de la isla, y en un punto específico recolectaron cierto tipo de fruta e hicieron una ofrenda. Entonces, regresaron por el golfo de Paria hasta el lagunoso estuario del Orinoco. El rito debe haber sido de enorme importancia para haber sobrevivido a cuatrocientos años de convulsión y a la desaparición de los aborígenes de Trinidad. O quizás —aunque Trinidad y Venezuela tienen una flora común— fueron a recolectar una fruta en particular. No lo sé. No puedo recordar a nadie preguntándose sobre ese asunto. Ahora, toda la memoria está perdida; y ese sitio sagrado, si existió, ha pasado a ser un lugar común y corriente.

Lo pasado es pasado. Supongo que fue la actitud generalizada. Nosotros indios, inmigrantes de la India, tuvimos esa actitud hacia la isla. Vivimos la mayor parte una vida ritualizada y no fuimos capaces de una autovaloración, que es, precisamente, el lugar donde empieza el aprendizaje.

La mitad de nosotros en esta tierra de Chaguanes estábamos fingiendo —quizá no fingiendo, tal vez sintiendo, nunca formulándola como una idea— que habíamos traído un pedazo de India con nosotros, la que podíamos desenrollar como si fuera una carpa sobre la arena plana.

La casa de mi abuela en Chaguanas tenía dos partes. La parte frontal, de ladrillos y yeso, estaba pintada de blanco. Era como una casa de la India, con una gran terraza balaustrada en el piso de arriba, y un salón para orar sobre este último. Era ambiciosa en sus detalles decorativos, con fondos de loto en las columnas, y esculturas de deidades hindúes, todas elaboradas por gente que trabajaba a partir del recuerdo de las cosas de la India. Era una extravagancia arquitectónica en Trinidad. En la parte de atrás, unida, por un puente elevado, estaba una construcción de madera al estilo francés del Caribe. La puerta de entrada quedaba a un lado, entre las dos casas. Era una puerta alta de cinc con un marco de madera. Construida para lograr una exagerada privacidad.

Así, de niño tuve esa sensación de dos mundos —el mundo fuera de esa alta puerta de cinc, y el mundo del hogar— o, de cierta manera, el mundo de la casa de mi abuela. Era un vestigio de nuestro sentir de casta, el aspecto que excluía y bloqueaba la entrada. En Trinidad, como recién llegados, éramos una comunidad en desventaja, la idea de exclusión era una especie de protección; eso nos permitía —sólo durante ese tiempo— vivir a nuestra manera, según nuestras costumbres y de acuerdo con nuestras reglas, en nuestra propia y difusa India. Eso determinó que todo girara de manera extraordinaria alrededor de nosotros mismos. Mirábamos hacia adentro. El mundo exterior existía dentro de una especie de oscuridad; no preguntábamos nada.

Había una tienda musulmana al lado de la casa. El pequeño mirador de la tienda de mi abuela terminaba contra su blanca pared. El dueño se llamaba Mian. Era todo lo que sabíamos sobre él y su familia. Supongo que debimos haberlo visto, pero ahora no tengo un retrato mental de él. Nada sabíamos de los musulmanes. Esa idea de extrañeza, de que las cosas debían mantenerse alejadas, se extendía incluso a otros hindúes. Por ejemplo, comíamos arroz al medio día y trigo en las noches. Había gente que, de manera excepcional, invertía ese orden natural y comía arroz en las noches. Pensaba que eran personas extrañas —deben ustedes imaginarse a un niño menor de siete años, porque cuando cumplí siete, toda esa vida en la casa de mi abuela en Chaguanas terminó para mí. Nos mudamos a la capital, y después a las colinas del noroeste.

Pero la mentalidad, concebida por esa vida encerrada hacia fuera y hacia adentro, perduró por mucho tiempo. Si no fuera por los cuentos que mi padre escribió, no sabría casi nada sobre la vida de nuestra comunidad de la India. Esas historias me dieron más que conocimiento. Me dieron solidez. Me entregaron algo para permanecer en este mundo. No puedo imaginar cómo habrían sido mis imágenes mentales sin esas historias.

El mundo exterior existía en medio de la oscuridad; nada preguntábamos. Era lo suficientemente mayor para tener alguna idea sobre las epopeyas de la India, del Ramayana, en particular. Los niños que llegaron a nuestra extensa familia —cinco años o más— después de mí, no tuvieron esa suerte. Nadie nos enseñó hindi. En ocasiones alguien escribía el alfabeto para que lo aprendiéramos, eso fue todo; se esperaba que hiciéramos el resto nosotros mismos. Así, permeados por el inglés, empezamos a perder nuestra propia lengua. La casa de mi abuela estaba llena de religión; había muchas ceremonias y lecturas, algunas de las cuales duraban varios días. Pero nadie explicaba o traducía a quienes no podíamos seguir nuestra lengua. Así, nuestra fe ancestral fue olvidándose, se hizo misteriosa e irrelevante para nuestro diario vivir.

No hicimos preguntas sobre la India o sobre los familiares que se habían quedado. Cuando nuestras formas de pensar cambiaron, y deseamos conocerla, era demasiado tarde. Nada sabía sobre mi familia del lado paterno. Sólo sé que algunos de ellos llegaron de Nepal. Hace dos años, un amable nepalés, encantado con mi nombre, me envió unas copias sobre la India, tomadas de una gacetilla geográfica publicada por los ingleses en 1872, Hindu Castes and Tribes Represented in Benares (Castas y tribus hindúes presentes en Benares). Las páginas presentaban —entre una multitud de nombres— los grupos de nepaleses, en la ciudad santa de Benares, que llevaban el nombre de Naipal. Eso es todo lo que tengo.

Más allá del mundo de la casa de mi abuela, donde comíamos arroz al medio día y trigo en las noches, estaba lo desconocido —en esa isla de sólo 400 mil personas. Estaban los africanos o sus descendientes, que eran mayoría. Eran policías, profesores. Uno de ellos fue mi primera maestra en el Colegio Gubernamental de Chaguanas; por años, la recordé con adoración. También estaba la capital, donde muy pronto tendríamos que ir en busca de educación y trabajo, y donde nos quedaríamos permanentemente, entre extraños. Estaba la gente blanca, no todos eran ingleses; los portugueses y chinos, también inmigrantes como nosotros. Y, más misteriosos que los anteriores, estaba la gente que llamábamos españoles, ‘pagnols, mestizos, de tez morena, quienes provenían del período español, antes de que la isla fuera separada de Venezuela y del Imperio Español —una historia, en verdad, más allá de mi comprensión de niño.

Para darles una idea de mi entorno, he tenido que recordar imágenes y nociones que llegaron a mí mucho más tarde, principalmente a partir de mi escritura. Como niño, casi nada sabía. Nada más allá de lo que había asimilado de la casa de mi abuela. Todos los niños, supongo, llegaron al mundo así, sin saber quiénes eran. Pero para un niño francés, pienso, ese conocimiento está esperándolo. Ese conocimiento estará a su alrededor. Vendrá indirectamente de las conversaciones de sus mayores. Estará en los periódicos y en la radio. En el colegio, el trabajo de generaciones de estudiosos, consignados en textos por grados, le dará algunas ideas sobre Francia y los franceses.

En Trinidad, a pesar de que, creo, era un muchacho brillante, estaba rodeado de áreas oscuras. La escuela nada me aclaraba. Estaba lleno de datos y fórmulas. Todo lo tenía que aprender de memoria; todo era abstracto para mí. Nuevamente, estoy seguro de que no había un plan o conjuro para hacer las clases de esa manera. Lo que estábamos recibiendo era el aprendizaje de un colegio tradicional. En otro escenario tendría sentido. Y por lo menos parte de la falla recaía en mí. Con mi limitado ambiente social, era difícil ingresar con creatividad en otras sociedades o comunidades que estaban distantes. Amé la idea de los libros, pero me era difícil leerlos. Me iba mejor con cosas de Andersen y Esopo, intemporales, inespaciales, sin exclusiones. Al final, en el sexto grado, el nivel más alto del colegio, sentí atracción por algunos textos de literatura —Moliere, Cyrano de Bergerac— supongo que porque tenían la fascinación de los cuentos de hadas.

Cuando me convertí en escritor, esas áreas de oscuridad que tuve de niño, se convirtieron en mis temas. La tierra; los aborígenes; el Nuevo Mundo; la colonia; la Historia; India; el mundo musulmán, con el cual también me siento unido; África; y luego Inglaterra, lugar donde estaba escribiendo. Eso fue lo que quise decir cuando dije que mis libros permanecen el uno sobre el otro, y de esa forma, yo soy la suma de mis libros. Fue lo que quise dar a entender cuando dije que mi entorno, la fuente y motivación de mi trabajo, fue extremadamente simple y extremadamente complicado. Habrán visto cuán simple era la vida en Chaguanas. Y pienso que entenderán cuán complicado era para mí como escritor, especialmente al comienzo, cuando los modelos literarios que tenía —entregados por lo que puedo llamar como mi falso aprendizaje— se relacionaban con sociedades completamente diferentes. Pero quizá puedan sentir que el material era tan rico que no habría habido ningún problema con el hecho de empezar y seguir. Lo que he dicho sobre el entorno, sin embargo, viene del conocimiento que adquirí con mi escritura. Deben creerme cuando les digo que el patrón de mi trabajo sólo ha llegado a esclarecerse en los últimos dos meses o algo así. Me leyeron pasajes de mis viejos libros y vi la interrelación. Hasta ese momento, el gran problema para mí, era describir mi escritura a otros, expresar lo que había hecho.

Dije que era un escritor intuitivo. Así fue, y es así ahora, cuando estoy cerca del final. Nunca tuve un plan. No seguí ningún sistema. Trabajé intuitivamente. Mi objetivo era escribir, crear algo interesante y sencillo para leer. En cada etapa, pude sólo trabajar con mi conocimiento, sensibilidad, talento y una visión del mundo. Esos elementos se desarrollaron libro a libro. Tuve que escribir porque no existían libros sobre temas que me dieran lo que quería. Tuve que esclarecer mi mundo, dilucidarlo, para mí mismo.
Tuve que ir en busca de los documentos en el Museo Británico y otros lugares, para tener el verdadero sentimiento de la historia de la colonia. Tuve que viajar a la India porque no había quién me dijera cómo era la India de donde mis abuelos habían venido. Estaban los escritos de Nehru y Gandhi; y de manera extraña fue Gandhi, con su experiencia al sur de África, quien me dio más, pero no suficiente. Estaba Kipling; estaban escritores indo-británicos como John Masters (muy fuertes en los 50, con un plan anunciado, más tarde abandonado, temo yo, por 35 novelas relacionadas con la India Británica); había novelas románticas de escritoras. Los pocos escritores de la India que habían surgido en ese tiempo era gente de clase media, de provincia; no conocían la India, de donde nosotros habíamos venido.

Y cuando esa necesidad india fue satisfecha, otras se hicieron visibles: África, Sur América, el mundo musulmán. El objetivo siempre ha sido completar mi dibujo del mundo, y el propósito viene desde mi niñez: estar más a gusto conmigo mismo. Gente amable algunas veces me escribe y me pide que vaya y escriba sobre Alemania, supongamos, o China. Pero ya hay muchos y muy buenos escritos sobre esos lugares. Estoy dispuesto a depender de materiales que ya existen, esos temas son para otra gente. Esos asuntos no eran oscuros para mí cuando niño. Así, como hay un crecimiento en mi trabajo, un desarrollo en la habilidad narrativa; en mi conocimiento y sensibilidad, existe también una especie de unidad, un objetivo, aunque pueda parecer que voy en muchas direcciones.

Cuando comencé no tenía idea del camino que seguía. Sólo deseaba hacer un libro. Estaba tratando de escribir en Inglaterra, donde permanecí después de mis años de universidad, y me parecía que mi experiencia era insuficiente, en todo caso, no como para escribir libros. No pude encontrar en ningún texto algo cercano a mi entorno. El joven francés o inglés deseoso de escribir encontraba una buena cantidad de modelos que le determinaban el camino a seguir. Yo no los tuve. Las historias de mi padre sobre nuestra comunidad en la India pertenecían al pasado. Mi mundo era muy diferente. Era más urbano, más híbrido. Los simples detalles físicos de la vida caótica de nuestra inmensa familia —habitaciones o áreas para dormir, horas de comida, el exagerado número de personas —parecían imposible de manejar. Había mucho que explicar, tanto de la vida en casa, como del mundo fuera de ella. Al mismo tiempo, había mucho sobre nosotros —como los ancestros y nuestra propia historia— que no conocíamos.

Hasta que un día, tuve la idea de comenzar con la calle de Port–of–Spain a la cual habíamos llegado cuando nos mudamos de Chaguanas. No había puertas de cinc bloqueando el mundo. La vida de la calle estaba abierta para mí. Fue un inmenso placer observarla desde la terraza. Sobre la vida de esa calle comencé a escribir. Deseé escribir rápido, evitar cuestionarme a mí mismo, así fue más fácil. Omití el entorno de ese niño narrador. Ignoré la complejidad racial y social de la calle. No expliqué nada. Escribía en forma sencilla, igual que para hablar. Describí a las personas sólo como aparecían en la calle. Escribí una historia cada día. Los primeros cuentos eran muy cortos y me preocupaba cuando una idea tomaba mucho tiempo. Entonces, la escritura hizo su magia. El material se me presentaba desde muchas fuentes. Las historias llegaron a ser más largas; no podían escribirse en un día. Y la inspiración, que en un momento había hecho todo más fácil, arrollándome, llegó a su final. Pero había escrito un libro, y tenía en mi mente la idea de llegar a ser escritor.

El trecho entre el escritor y su material aumentó con los dos textos siguientes; la visión era más amplia. Así, la intuición me llevó a escribir un extenso libro sobre la vida de mi familia. En él mi afán por la escritura creció. Cuando lo terminé, sentí que había hecho todo lo que podía hacer con el material de la isla. Sin importar cuánto lo meditara, no vendrían más ficciones.

Un hecho fortuito, entonces, me rescató. Me convertí en viajero. Recorrí la región del Caribe y entendí mucho más del período colonial, del cual había sido parte. Por un año estuve en la India, la tierra de mis ancestros, fue un viaje que partió mi vida en dos. Los libros que escribí sobre esos dos viajes me llevaron a nuevos reinos de emoción, me dieron una visión del mundo que nunca había tenido, la amplió. En mis ficciones, esa visión vino a mí y fui capaz de llevarla a Inglaterra al igual que al Caribe ––cuán difícil fue hacerlo. Podía entender todos los grupos raciales de la isla, lo cual nunca antes logré.

Esta nueva novela trataba sobre la vergüenza colonial y la fantasía, un libro, en realidad, sobre cómo los que no tienen poder se mienten sobre ellos mismos, y a ellos mismos, siendo éste su único recurso. El libro se llamó The mimic men. Y no era sobre mímica. Era sobre el hombre de la colonia parodiando su condición de valentía, hombres que habían crecido para desconfiar de todo lo que se refería a ellos mismos. Algunas páginas de ese libro me las leyeron hace unos días —no las había visto por más de treinta años— y se pasó por mi mente que había estado escribiendo sobre esquizofrenia colonial. Pero no lo había pensado de esa manera. Nunca había usado palabras abstractas para describir cualquiera de los propósitos de mi escritura. Si lo hubiera hecho, nunca habría sido capaz de escribir un libro. Fue escrito intuitivamente, y sólo por observación directa.

De hecho esta revisión de mis comienzos para mostrar las fases por las cuales, en sólo diez años, mi lugar de nacimiento ha alterado o desarrollado mi escritura: desde la comedia de la vida en la calle hasta una especie de esquizofrenia generalizada. Lo que era simple se había vuelto complicado.

Ambos, la ficción y los libros de viajes me han enseñado mi manera de observar; y entenderán por qué para mí todas las formas literarias son igualmente valiosas. Por ejemplo, cuando comencé a escribir mi tercer libro sobre la India —26 años después del primero— me di cuenta de que lo más importante sobre un libro de viajes eran las personas entre las que el escritor viajaba. La gente tenía que definirse ella misma. Una idea suficientemente simple, pero que requería un nuevo tipo de libro; demandaba una nueva forma de viajar. Fue el mismo método que usé, tiempo después, cuando fui por segunda vez al mundo musulmán.

Me he movido solo. Siempre por intuición. No tengo sistema literario o político. No he abanderado ideas políticas. Pienso que, probablemente, la causa de esto está en mis ancestros. El escritor indio R.K. Narayan, quien murió este año, no tenía ideas políticas. Mi padre, quien escribió sus historias, en un tiempo muy oscuro, sin recompensa, no tuvo ideas políticas. Quizás, es porque hemos estado lejos de una autoridad por muchos siglos. Eso nos da un especial punto de vista. Siento que estamos más inclinados a ver el humor y el dolor de las cosas.

Hace unos treinta años fui a Argentina. Fue en el tiempo de la crisis de la guerrilla. La gente estaba esperando que el viejo dictador Perón regresara del exilio. El país estaba lleno de odio. Los peronistas estaban a la espera para saldar viejas cuentas. Uno de esos hombres me dijo, “Hay buena tortura y mala tortura”. Buena tortura fue la que hiciste a los enemigos del pueblo. Mala tortura fue la que los enemigos del pueblo te hicieron a ti. La gente del bando contrario también decía lo mismo. No había debate real sobre nada. Había sólo pasión y la jerga política prestada de Europa. Escribí: “Donde la jerga convierte asuntos vivos en abstracciones, y donde la jerga termina compitiendo con la jerga, la gente no tiene causas. Sólo tiene enemigos”.

Y las pasiones de Argentina aún continúan funcionando, todavía derrotando a la razón y destruyendo vidas. No hay solución a la vista.
Ahora, estoy cerca del final de mi trabajo. Estoy complacido por lo que he hecho, creativamente complacido por haberme empujado yo mismo y llegado tan lejos como pude. Debido a la forma intuitiva con la cual he escrito y, también, por la naturaleza desconcertante de mi material, cada libro ha surgido como una bendición. Cada libro me ha asombrado; hasta el momento de escribirlo nunca supe que existiera. Pero el más grande milagro para mí fue empezar. Siento —y la ansiedad está todavía viva— que pude fácilmente haber fracasado antes de empezar.

Finalizaré como empecé, con uno de los cortos y maravillosos ensayos de Proust en Against Sainte-Beuve. “Las cosas bellas que escribiremos, si tenemos talento”, dice Proust, “están dentro de nosotros, poco claras, como el recuerdo de una melodía que nos deleita a pesar de que somos incapaces de recapturar su forma. Aquellos que están obsesionados por esta borrosa memoria de verdades, nunca han sabido que son hombres privilegiados… El talento es como cierta especie de memoria la cual permitirá finalmente traer esa borrosa música más cerca de ellos, para escucharla con claridad, para escribirla…”.

Talento, dice Proust. Yo diría suerte, y mucho esfuerzo”.

 

 

Traducción de David Lara Ramos.

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