Este discurso es una reclamación sobre una herencia (epidikasla). Trasíloco de Sifno, hijo del adivino Trasilo y de su tercera mujer, adopta como heredero, en el momento de su muerte, a un sobrino de la primera mujer de su padre, y le da a su propia hermana en matrimonio. Una hija ilegítima de Trasilo reclama la herencia; entonces el heredero nombrado por Trasíloco, encarga a Isócrates este discurso de defensa. Hay que advertir que el proceso tiene lugar en Egina, donde se refugiaron Trasíloco y su heredero, una vez que fueron expulsados de Sifno, pequeña isla del mar Egeo, por razones políticas; de ahí su nombre de Eginético.

Es el único discurso de la oratoria forense ática que no se pronuncia en Atenas. Parece que el acusado habla antes que el acusador, por los pasajes 30-32 y 42 del mismo discurso; quizá la ley de Egina lo permitía. La fecha del proceso puede fijarse con bastante seguridad; la hegemonía de Atenas en el mar se ha conseguido en la batalla de Cnido en el 304; por tanto, Trasíloco y su heredero, que son aristócratas, han debido salir de Sifno, ir a Melos, Trecén y por último a Egina; allí Trasíloco ha pasado seis meses en cama y no ha muerto antes del año 391.

Como las relaciones entre Egina y Atenas son malas en el 390-389, con lo dicho anteriormente se puede fijar la fecha del discurso en 391 ó 390. Blass lo sitúa no antes del 393 ni después del 390 a. C. Es quizá el mejor discurso de la primera época de Isócrates (403-393 a. C.)

“Yo pensaba, eginetas, que Trasíloco había dispuesto tan bien sus cosas, que nadie vendría nunca a obrar en contra del testamento que él dejó; pero, puesto que mis adversarios tienen tal manera de pensar que discuten sobre las cláusulas así establecidas, me siento obligado a solicitar justicia de vosotros. Experimento lo contrario que la mayoría de los hombres. Pues veo que otros llevan a disgusto correr sin motivo un riesgo por algo, pero a mí me falta poco para dar las gracias a los que me pusieron en este proceso. Si el asunto no hubiera sido traído al tribunal, no sabríais cómo me comporté con el difunto y llegué a ser su heredero; pero cuando sepáis lo ocurrido, todos os daréis cuenta de que, en justicia, merecí una recompensa incluso mayor que 3 ésta 1. Además, lo que debía hacer la que reclama el dinero de la herencia era intentar conseguir la fortuna que Trasíloco dejó, no recurriendo a vosotros, sino haciéndose merecedora de ella por su cariño a aquél. Ahora, en cambio, está tan lejos de arrepentirse de lo mal que se portó con él en vida, que, ya muerto, intenta * anular su testamento y dejar desierta su casa. Y me admiro de que los que actúan en favor de ella crean que el riesgo del proceso merece la pena por esto, a saber, porque nada tienen que pagar si no tienen éxito. En cambio, yo pienso que también será un gran castigo el quedar convictos de que su reclamación era injusta, porque ante vosotros quedará peor su reputación. Su maldad la conoceréis, pues, por sus acciones, cuando hayáis oído hasta el final lo ocurrido. Empezaré a contarlo desde el punto a partir del que, según creo, con más rapidez captaréis el asunto por el que litigamos.

Trasilo, el padre del autor del testamento, no recibió de sus antepasados hacienda alguna, pero llegó a tener lazos de hospitalidad con el adivino Polemeneto, y tal fue su amistad con él, que, al morir Polemeneto, le dejó sus libros sobre adivinación y parte de la herencia de la que ahora tratamos. Y habiendo recibido estos medios, Trasilo ejerció esta profesión de adivino; viajó y residió en muchas ciudades, mantuvo relaciones con diversas mujeres, algunas de las cuales tuvieron hijos que aquél nunca legitimó; también en aquella época tuvo relaciones con la madre de ésta. Y cuando adquirió gran fortuna y añoró su patria, se separó de aquélla y de otras, navegó hacia Sifno y se casó con la hermana de mi padre. Trasilo era entonces el primero de los ciudadanos por su riqueza, pero sabía que nuestra familia sobresalía por la nobleza de su origen y por otros honores. Tanto le complació la amistad de mi padre que, muerta su mujer sin hijos, se casó de nuevo con una prima de mi padre, porque no quería deshacer el parentesco con nosotros. No mucho tiempo después de haberse casado, tuvo con esta esposa la misma desgracia que con la primera. Entonces se casó con una mujer de Serifo, de familia mucho más importante de lo que corresponde a esta ciudad4; y de ella nacieron Sópolis, Trasíloco y una hija que es ahora mi mujer. Trasilo murió, tras dejar como legítimos sólo a estos hijos y nombrarlos sus herederos. Trasíloco y yo heredamos de nuestros padres la amistad tan grande que hace poco he recordado y la hicimos aún mayor de lo que era. Porque, mientras fuimos niños, nos quisimos más que si fuéramos hermanos y no hacíamos el uno sin el otro ni un sacrificio ni una peregrinación ni cualquier otra fiesta; cuando nos hicimos hombres, nunca nos peleamos entre nosotros, sino que hasta considerábamos comunes nuestros asuntos privados, pensábamos de igual manera en política y nuestros amigos y enemigos eran los mismos. Y ¿por qué hablar sólo de nuestras relaciones en la patria? Pues ni cuando estuvimos desterrados pensamos en separarnos. Finalmente, cuando Trasíloco estuvo aquejado  e agotamiento y enfermo durante mucho tiempo, muerto su hermano Sópolis antes que él, y ausentes su madre y hermana, estando en tal desamparo, le cuidé con tanto esmero y mimo que aquél pensó que no podía pagarme un favor digno de lo que había hecho. Y a pesar de eso, no se olvidó; por el contrario, cuando empeoró y no tuvo esperanza alguna de vivir, ante testigos me adoptó por hijo y me entregó su hermana y su fortuna. Dame el testamento.

(TESTAMENTO)
Léeme también la ley de los eginetas; pues el testamento debía redactarse de acuerdo con ella, porque vivíamos aquí como residentes.

(LEY)
Eginetas, según esta ley, Trasíloco me adoptó como hijo a mí, que era conciudadano y amigo suyo, no inferior por mi linaje a ninguno de Sifnos, educado y criado como él. Así que no sé cómo podía haber cumplido mejor la ley, que manda adoptar como hijos a los iguales. Dame también la ley de Ceos, por la que nosotros nos gobernamos.

Y si, eginetas, mis contrarios se hubieran opuesto a estas leyes, pero hubieran presentado en su apoyo la ley que ellos tenían, su manera de actuar sería menos sorprendente; pero sucede que su ley es semejante a la que hemos leído. Dame el libro.

(LEY)
¿Qué argumento les queda, pu prendente; pero sucede que su ley es semejante a la que
hemos leído. Dame el libro.

(LEY)
¿Qué argumento les queda, puesto que ellos mismos reconocen que Trasíloco dejó hecho testamento, que ninguna ley les apoya y a mí, en cambio, todas? Primero la que tenéis vosotros, que sois los que sentenciaréis el asunto; después, la de los sifnios, de donde era el que dejó el testamento, y además la de los mismos adversarios. Y ¿de qué se abstendrán los que intentan convenceros de la necesidad de anular el testamento, cuando las leyes son así y vosotros habéis jurado votar de acuerdo con ellas?
Creo, en efecto, que he demostrado suficientemente el asunto; pero, para que nadie crea que tengo la herencia por motivos fútiles o que esta mujer está privada dél dinero cuando se portó convenientemente con Trasíloco, quiero hablar también sobre esto. Pues me daría vergüenza por el mismo difunto, si no quedarais todos convencidos de que actuó no sólo según las leyes, sino también con justicia. Creo que la demostración será i? fácil. Hay tal diferencia entre nosotros y ella, que ella, que disputa la herencia basándose en su parentesco, pasó todo el tiempo discutiendo y llevándose mal con Trasíloco, Sópolis y la madre de ambos; yo, en cambio, mostraré que he sido digno de ser su mejor amigo no sólo en lo que atañe a Trasíloco y a su hermano, sino también en lo que respecta a la misma hacienda por la que disputamos.

Sería muy largo hablar sobre sucesos antiguos; cuando Pasino tomó Paros, ocurrió que mis amigos tenían depositada la mayoría de su fortuna en casa de gente unida a mí por lazos de hospitalidad; pues creíamos que esta isla era la más segura. Y cuando aquéllos andaban apurados, pensando que la habían perdido, yo navegué por la noche y les traje el dinero, con peligro 19 de mi vida, pues el país tenía guarniciones y habían colaborado en la conquista de la ciudad algunos de nuestros desterrados, que en un solo día mataron con sus propias manos a mi padre, tío, cuñado y además a tres primos míos. A pesar de esto no me eché atrás, sino que me fui en barco, porque pensaba que era tan preciso correr un riesgo por ellos como por mí mismo. Después de estos sucesos, fuimos desterrados de la ciudad en medio de tanta confusión y miedo, que algunos descuidaron aun a los suyos; pero yo en estas desgracias no me contenté con poder salvar a mis familiares, sino que, como sabía que Sópolis estaba ausente y Trasíloco enfermo, saqué conmigo a su madre y hermana y toda su fortuna. ¿Quién es de hecho más justo que tenga esta fortuna que el que entonces ayudó a salvarla y ahora la ha recibido de sus dueños?

Lo dicho hasta ahora son cosas en las que corrí peligro, pero no sufrí daño alguno; puedo, sin embargo, contar otras en que resulté gravemente perjudicado por hacerle un servicio a Trasíloco. Cuando, en efecto, fuimos a Melos, al saber él que teníamos la intención de residir allí, me pidió que navegase con él a Trecén y que nunca le abandonase; hablaba de su debilidad física, de sus muchos enemigos y de que, sin mí, nada podía hacer en sus negocios. Mi madre tenía miedo porque sabía que aquel territorio era insalubre, y nuestros huéspedes nos aconsejaban que nos quedáramos en Melos, pero decidimos darle gusto. Y no bien acabábamos de llegar a Trecén cuando contrajimos enfermedades tan graves, que yo mismo estuve a punto de morir. A mi hermana, muchacha de 14 años, la enterré a los 30 días de nuestra llegada y a mi madre apenas cinco días después. ¿Qué creéis que pensaba con este cambio tan grande  que se había producido en mi vida? Yo, que nunca antes había sufrido nada malo, que hacía poco había probado el destierro, el vivir entre extraños y la pérdida de mis bienes, además de esto vi a mi madre y a mi hermana arrojadas de la patria y muertas en tierra extraña y ante extraños. Por eso nadie en justicia me envidiaría si obtuviera algún bien de las cosas de Trasíloco; porque, para agradarle, me establecí en Trecén y pasé desgracias tales que nunca podré olvidar.

No podrán decir, de cierto, que sufrí todo esto cuando Trasíloco estaba en buena situación, pero que le abandoné cuando le fue mal; porque en estas circunstancias demostré aún más claramente y mejor el afecto que le tenía. Porque cuando, después de vivir en Egina, cayó enfermo de este mal del que murió, le atendí de tal manera como creo que nunca nadie lo hizo a otro, a él que estuvo enfermo casi todo el tiempo, sin apenas poder moverse, yaciendo en la cama durante seis meses sin interrupción. Y ninguno de sus parientes consideró oportuno participar de estas miserias, sino que ni se acercaron a visitarle, salvo su madre y su hermana, que no lo debían haber hecho, pues llegaron enfermas de Trecén hasta el punto de precisar ellas mismas cuidados. En cambio yo, cuando los demás se comportaban así con él, no rehusé ni me fui, sino que lo cuidé con la ayuda de sólo un esclavo; pues ninguno de sus criados lo soportaba. £1 era, sí, difícil de carácter por naturaleza y estaba aún más malhumorado por la enfermedad; por eso no hay que admirarse de que no se quedaran, sino mucho más de que yo pudiera resistir cuidándole en tal enfermedad. Supuraba la mayoría del tiempo y no podía moverse del lecho, y sufrió tanto que no pasábamos ningún día sin lágrimas, sino que vivíamos lamentando nuestras penas, el destierro y nuestra soledad. Y esto nunca cesó; pues no era capaz de irme, ni de que pareciera que le descuidaba, lo que para mí era lo peor de los males presentes.

Quisiera ser capaz de aclararos cómo me porté con él; porque creo que ni aceptaríais oír una palabra de mis adversarios. No es cosa fácil, sin embargo, contar ahora que en el cuidado de un enfermo existen las mayores dificultades, las circunstancias más desagradables
y los trabajos más enojosos, así como que se precisa la mayor atención. Pero vosotros mismos considerad con cuántos insomnios y trabajos uno cuidaría una enfermedad así durante tanto tiempo. Yo me puse tan malo, que cuantos amigos nos visitaron decían que temían que también yo muriera y me aconsejaban que me cuidara, diciendo que la mayoría de los que cuidaron esta enfermedad, también ellos murieron. Yo les respondía que prefería mucho más morir que dejar a aquél morir por falta de atenciones antes de que llegara su hora.

Y a mí que pasé todo esto, se atreve a disputarme el dinero ésta que nunca se dignó a ir a verle, y eso que estuvo tanto tiempo enfermo, y que ella sabía cada día cómo estaba y le era fácil la visita. Además ahora intentará tratarlo como hermano n, y así, cuanto más mencione su parentesco con el muerto, más se notará que ella faltó en lo más importante y venerable; esta mujer ni cuando él estaba a punto de morir, y veía a nuestros conciudadanos que se hallaban en Trecén, navegar hacia Egina para enterrarle, ni siquiera en esta circunstancia se presentó; por el contrario, fue tan inhumana y criminal que no le pareció oportuno asistir al funeral, pero no dejó pasar ni 10 días para ir a reclamar la herencia n, como si fuera parieiíte del dinero y no de aquél. Y si esta mujer reconociera que existía tanta antipatía entre ella y aquél, que era lógico que obrara así, Trasíloco no habría decidido mal al preferir dejar su fortuna a sus amigos antes que a ella; pero si esta antipatía no existió, resultó tan negligente y malvada con él, que con mucha más justicia debía ser privada de sus propios bienes que ser heredera de los de aquél. Pensad que si de ella hubiera dependido, Trasíloco no habría tenido cuidados en su enfermedad ni habría recibido las honras fúnebres acostumbradas u, cosas ambas que alcanzó gracias a mí. Y es justo que vosotros concedáis vuestro voto, no a los que dicen ser parientes, pero en sus obras resultan semejantes a unos enemigos, sino con más razón a cuantos, sin tener pretensión alguna de parentesco, se portaron en las desgracias con más cariño que los allegados.

Dicen mis oponentes que no ponen en duda que Trasíloco haya dejado testamento, pero sostienen que no es conveniente ni correcto. Y bien, eginetas, ¿cómo resolvería uno sus asuntos con más conveniencia o corrección? ¿Mejor que Trasíloco, que no dejó desierta su casa y testimonió su agradecimiento a sus amigos, que a su madre y hermana no sólo las hizo dueñas de lo suyo, sino también de lo mío, al casar a su hermana conmigo y hacerme hijo de su madre? ¿Habría, acaso, obrado mejor aquél si no hubiera procurado que alguien se ocupara de su madre, ni se hubiera acordado de mi, si hubiera dejado a su hermana a la ventura y visto con indiferencia desaparecer el nombre de su familia?

Quizá era yo indigno de ser adoptado por Trasíloco y de casarme con su hermana. Todos los sifnios atestiguarían que mis antepasados, por linaje, riqueza, buena fama y por todo lo demás, eran los primeros de los ciudadanos. Porque ¿quiénes fueron considerados dignos de los más altos cargos o pagaron las mayores contribuciones o desempeñaron las coregías más hermosas o cumplieron los servicios públicos con mayor magnificencia? ¿De qué familia de los sifnios salieron más reyes?I5. Por eso Trasíloco, aunque nunca hubiera tenido yo trato con él, seguramente habría decidido darme su hermana, por todos mis antecedentes, y yo, aunque nada de esto tuviera, sino que fuera el más sencillo de los ciudadanos, con justicia habría merecido recibir los mayores premios por mis buenas acciones para con él.

Además, creo que habría dado muchísimo gusto a su hermano Sópolis al tomar estas disposiciones. Pues también Sópolis detestaba a esta mujer y la consideraba malintencionada en sus actos, y a mí, en cambio, me tenía por el mejor de sus amigos. Lo demostró en otras muchas ocasiones, y, sobre todo, cuando nuestros compañeros de destierro decidieron capturar la ciudad con la ayuda de sus tropas auxiliaresJs. Al ser elegido Sópolis como general con plenos poderes, me designó como secretario y me hizo tesorero de todos los fondos; y cuando estábamos a punto de combatir, él me colocó a su lado. Observad cuánto le ayudé: cuando nosotros fracasamos en el ataque a la ciudad y la retirada no resultó como pensamos, Sópolis resultó herido e imposibilitado para caminar y desfallecido, y yo le llevé al barco con la ayuda de mi criado, transportándole sobre mis hombros; y por eso decía con frecuencia y delante de muchos que yo era el único hombre causante de su salvación. Y ¿qué hazaña podría ser mejor que ésta? Cuando Sópolis murió tras navegar a Licia, esta mujer, no muchos días después de recibida la noticia, hacía sacrificios y celebraba fiestas, sin avergonzarse ante el hermano que aún vivía; ¡tan poco pensaba ella en el muerto! Yo, en cambio, le lloraba como es costumbre llorar a los familiares. Y todo esto lo hacía por mi propia manera de ser y por mi amistad con aquéllos, no porque pensase en este proceso; pues no creí que fueran a tener tan mala suerte, que al morir ambos sin descendencia nos llevarían a comprobar cómo se portó con respecto a ellos cada uno de nosotros.

Habéis oído, en resumen, cómo nos portamos con Trasíloco y Sópolis ésta y yo; quizá recurrirán al único argumento que les queda: que Trásilo, el padre de ésta, se llevaría un gran disgusto — si es que los muertos tienen alguna noticia de lo que ocurre aquí—  al ver a su hija privada del dinero, y a mí como heredero de lo que él ganó15. Yo creo, en cambio, que debemos hablar no de los que están muertos  desde hace tiempo, sino de los que dejaron su herencia recientemente. Porque Trásilo dejó como dueño de lo suyo a los que quiso; lo justo será que permitáis a Trasíloco hacer lo mismo y que los herederos de su herencia sean los que él designó, y no esta mujer; y además parecería que yo tampoco rechazo la opinión de Trásilo. Pues pienso que sería el más duro juez de ésta, si supiera cómo se portó con sus hijos. Y estaría muy lejos de disgustarse si votáis de acuerdo con las leyes, pero sí que se enfadaría, y mucho, si viera que los testamentos de sus hijos quedan anulados. Porque si Trasíloco hubiera dejado su hacienda a mi familia, se podría reprocharle esto, pero Trasíloco me introdujo en su familia y así recibieron no menos de lo que dieron. Excepto estos adversarios míos, es lógico que Trásilo más que nadie esté bien dispuesto con los que basan su reclamación en una donación; porque también él aprendió el arte de adivinación junto a Polemeneto y heredó su fortuna, no por parentesco, sino por sus cualidades; por eso no se enfadaría si uno, que fue útil a sus hijos, fuese considerado digno de la misma donación que él. Hay que acordarse también de lo que se dijo al principio. Os señalé que Trásilo tuvo en tal alta consideración el hacerse pariente nuestro, que se casó con una hermana de mi padre y después con una prima. Entonces ¿a quiénes hubiera dado con más gusto su propia hija que a éstos de los que él mismo quiso tomarla? ¿De qué familia habría visto con más placer que se adoptara legalmente un hijo, que de la que él intentó tener hijos propios?

Por eso si decidís con vuestro voto que la herencia me pertenece, obraréis bien con aquél y con todos los demás que tienen algún interés en estos asuntos; en cambio, os equivocáis si hacéis caso a esta mujer, y no sólo me haréis injusticia a mí, sino a Trasíloco, que dejó el testamento, a Sópolis, a la hermana de los dos que ahora es mi mujer, y a su madre, que sería la más desdichada de todas las mujeres, como si no bastándole haber perdido a sus hijos, tuviera que ver sin efecto la resolución que aquéllos tomaron y su casa desierta. También vería ella que se quedaba con su dinero la que se alegraba con sus desgracias y que no podía obtener justicia yo, que hice por sus hijos tantas cosas que, si alguno me comparase no con ésta, sino con los que alguna vez discutieron una donación, descubriría que con mis amigos me comporté mejor que nadie. Y es preciso que los que así se portan reciban honores y sean tenidos en la mayor consideración en lugar de ser desposeídos de las recompensas que otros les dieron. También hay que ayudar a la ley según la cual nos está permitido hacer adopciones y decidir sobre nuestros propios bienes, pensando que esta ley está establecida para proporcionar hijos a los hombres que no los tienen; pues, gracias a ella, tanto los parientes como los que no lo son, guardan mejores relaciones entre sí.

Para terminar mi discurso y no gastar más tiempo, so examinad qué grandes y justas son las razones con que vengo ante vosotros: en primer lugar, una amistad antigua con los que dejaron la herencia, amistad heredada de los padres y mantenida en todo tiempo; luego, muchos y grandes buenos servicios hechos a aquéllos cuando estaban en mala situación; por último, un testamento reconocido incluso por los adversarios y una ley que sanciona esto y que todos los griegos reconocen como establecida. Y la mayor prueba es que los que mantienen opiniones contrarias sobre otras muchas cosas, en esto concuerdan. Os pido, pues, que teniendo en la memoria esto y lo dicho anteriormente, votéis lo justo y seáis conmigo tales jueces como desearíais obtenerlos para vosotros mismos”.

Discurso Eginético de Isócrates pronunciado el 390 a.C.