Dadme la libertad o dadme la muerte

 

“Señor Presidente:

Probablemente no haya hombre que piense más alto que yo del patriotismo, así como del talento de los muy dignos señores a los que me dirijo en esta Convención. Pero los hombres a menudo ven diferentes un mismo tema o con diferentes prismas y, por lo tanto, espero que no consideren una falta de respeto a Uds. si, exaltado como estoy yo, vierto opiniones muy opuestas a las suyas, expresando mis sentimientos libremente y sin reservas. Este no es momento para ceremonias. La cuestión planteada ante la Cámara es de momento terrible para este país. Por mi parte, considero que es nada menos que como una cuestión de libertad o la esclavitud, y en proporción a la magnitud del tema debe ser la libertad del debate. Es sólo de esta manera que podemos tener la esperanza de llegar a la verdad, y cumplir con la gran responsabilidad que tenemos ante Dios y ante nuestro país. ¿Debería contener mis opiniones en un momento así, por miedo a ofender? ¿Yo me consideraría culpable de traición hacia mi país, y de un acto de deslealtad hacia la majestad de los cielos, que me colocara por encima de todos los reyes de la tierra?

Sr. Presidente, es natural al hombre entregarse a las ilusiones de la esperanza. Tenemos la tendencia a cerrar los ojos ante una verdad dolorosa, y escuchar el canto de sirena hasta que nos transforma en bestias. ¿Es esta la parte de los hombres sabios, involucrados en una gran y ardua lucha por la libertad? ¿Estamos dispuestos a ser el número de aquellos que, teniendo ojos, no ven, y, teniendo oídos, no oyen, las cosas que tan de cerca afectan a su salvación temporal? Por mi parte, cualquiera que sea la angustia de espíritu lo que cueste, estoy dispuesto a conocer toda la verdad, para saber lo peor, y para proveer para ella.

Sólo tengo una lámpara por la que se guían mis pies, y que es la luz de la experiencia. No sé de ninguna otra manera de juzgar el futuro, que el pasado. Y a juzgar por el pasado, quiero saber lo que ha habido en la conducción del ministerio británico de los últimos diez años, para justificar las esperanzas con que los señores han tenido el placer de consuelo a si mismos y a la Casa de Representantes. ¿Es esa sonrisa insidiosa con que nuestra petición ha sido recibida últimamente? Confiamos en que no, señor, que se revele como una trampa para los pies. No a ser traicionado con un beso. Pregúntense cómo esta recepción amable de nuestra petición concuerda con estos preparativos de guerra, que cubren nuestras aguas y oscurecen nuestra tierra. ¿Las flotas y los ejércitos son necesarios para una obra de amor y reconciliación? ¿Nos hemos demostrado a nosotros mismos estar tan poco dispuestos a reconciliarnos, que la fuerza debe ser llamada para recuperar nuestro amor? No nos engañemos a nosotros mismos, señor. Estos son los instrumentos de guerra y el sometimiento, los últimos argumentos que los reyes entienden. Les pido, señores, ¿qué significa esta matriz de guerra, que no sea obligarnos a la sumisión? Señores ¿pueden asignar cualquier otro posible motivo para ello? ¿Gran Bretaña tiene un enemigo, en esta parte del mundo, para llamar a la acumulación de todo esta armada y ejércitos? No, señor, no tiene ninguno. Ellos son para nosotros, ya que no pueden ser destinados a ningún otro. Ellos son enviados a través de atar y remache sobre nosotros esas cadenas que el ministerio británico han sido tan largo de la forja. ¿Y qué hemos de oponer a ellos? Vamos a tratar este argumento. Señor Presidente, ¿que hemos estado intentando en los últimos diez años? ¿Tenemos algo nuevo que ofrecer sobre el tema? Nada. Hemos mantenido el tema en cada luz de la que es capaz, pero ha sido todo en vano. ¿Vamos a recurrir a la súplica y súplica humilde? ¿En que condiciones nos encontramos que no se hayan agotado ya? Os ruego, señor, que no nos engañemos a nosotros mismos. Señor Presidente, hemos hecho todo lo que se podía hacer, para evitar la tormenta que ahora se acerca. Hemos solicitado, hemos protestado, hemos suplicado, nos hemos postrado nosotros mismos delante del trono, y hemos implorado su intervención para detener la mano tiránica del ministerio y el Parlamento. Nuestras peticiones han sido menospreciadas, nuestras protestas han generado más violencia y el insulto; nuestras súplicas han sido ignoradas, y se nos ha rechazado, con desprecio, desde el pie del trono. En vano, después de estas cosas, podemos abrigar la esperanza de cariño de la paz y la reconciliación. Ya no hay ningún margen para la esperanza. Si queremos ser libres; si queremos preservar la inviolabilidad de los privilegios inestimable para los que hemos estado tanto tiempo sosteniendo; si nos referimos no vilmente a abandonar la lucha noble en que nos hemos dedicado tanto tiempo y que nos hemos comprometido nunca a abandonar hasta que el objeto glorioso de nuestro concurso se obtenga, tenemos que luchar! Lo repito, señor, tenemos que luchar! Un llamado a las armas y al Dios de los Ejércitos es todo lo que nos queda!

Se nos dice, señor, que somos débiles, incapaces de hacer frente a adversario tan formidable. Pero, ¿cuando vamos a ser más fuerte? ¿Será la próxima semana, o el año que viene? ¿Será que estamos totalmente desarmados? Y cuando un guardia británico deba situarse en cada casa, ¿vamos a reunir la fuerza por la indecisión y la inacción? ¿Vamos a adquirir los medios de resistencia efectiva, mientiendo sobre nuestras espaldas, y abrazar el fantasma de la ilusoria esperanza, hasta que nuestros enemigos nos hayan atado a nosotros de pies y manos? Señor, no somos débiles, si hacemos un uso adecuado de los medios que el Dios de la naturaleza ha colocado en nuestro poder. Tres millones de personas, armadas en la sagrada causa de la libertad, y en un país como este que poseemos, resultan invencibles frente a cualquier fuerza que el enemigo despache en nuestra contra. Además, Señor, no pelearemos nuestras batallas solos, pues existe un Dios justo, quien preside sobre los destinos de las naciones y quien levantará a sus aliados para que peleen nuestras cruzadas. La batalla, Señor, no es solo para los fuertes. Es también para los vigilantes, los activos, los valientes. Además, Señor, no tenemos elección. Aun si fuésemos lo suficientemente fuertes para desearlo, ya es demasiado tarde para retirarse de la contienda. ¡No existe la retractación sino es en la sumisión y en la esclavitud! ¡Nuestras cadenas se han roto! Sus chasquidos se escuchan en las praderas de Boston. La guerra es inevitable. Así pues, ¡dejadla venir! Repito Señor: ¡Dejadla venir!
Resulta vano, Señor, prolongar este asunto. Los hombres podrán gritar: ¡Paz, Paz!, pero la paz ya no existe. La guerra ya ha empezado. El próximo galeón que parta hacia el norte traerá hasta nuestros oídos el retumbar de las armas. ¡Nuestros alientos ya están en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos, entonces, inactivos? ¿Qué es lo que los hombres desean? ¿Qué es lo que quieren? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, como para ser comprada al precio de las cadenas y de la esclavitud? ¡Prohíbelo, Oh Dios Omnipotente! Ignoro el curso que otros han de tomar; pero en lo que a mí me respecta: ¡Dadme libertad o dadme muerte!”.

Discurso Patrick Henry "Dadme la libertad o dadme la muerte"