Carta "El Nacionalsocialismo y la Judería" del 10 de septiembre de 1919

Es esta una carta que aparece en un texto de Jusegoje,«El Nacionalsocialismo y la Juderia», articulo que despeja dudas y desviaciones sobre la cuestión judía y los esfuerzos serios y cientificos del Tercer Reich.

El 10 de Septiembre de 1919, cuando Hitler estaba aún en el ejército, uno de sus superiores, el capitán de Estado Mayor Karl Meyer, le solicitó su opinión sobrela actitud de los Socialistas hacia los judíos. Esta solicitud fue hecha al “Estimado señor Hitler”.

Hitler respondió el día 16 de Septiembre de 1919 y su respuesta es la que reproducimos más abajo. Se ha hecho lo imposible por mantener el sentido del original.

Si la amenaza con que la judería se enfrenta a nuestro pueblo ha dado lugar a una hostilidad innegable por parte de grandes sectores de nuestra población; la causa de esta hostilidad no debe ser buscada en el hecho claro de que la Judería como tal está teniendo, deliberada o involuntariamente, un efecto pernicioso sobre nuestra nación, si no principalmente en el trato interpersonal, en la pobre impresión que el judío hace en forma individual. Como resultado, el antisemitismo asume un estricto carácter emocional. Esta no es la respuesta correcta. El antisemitismo, como movimiento político, no puede y no debe ser modelado por factores emocionales si no por el reconocimiento de los hechos. Los hechos son: Para comenzar, los judíos son incuestionablemente una raza y no una comunidad religiosa. El judío no se describe a sí mismo como un alemán judío, un polaco judío o un americano judío, si no que siempre como un judío alemán, polaco o americano. Lo más que ha absorbido un judío de los pueblos extranjeros en medio de los cuales ha vivido es el idioma.Y, como un alemán que está forzado a emplear el francés en Francia, el italiano en Italia, y el chino en China no viene del francés, italiano ni chino; así no podemos llamar a un judío que viva entre nosotros y que esté forzado a emplear el alemán, un alemán. Y aún la fe mosaica, no obstante su importancia para la preservación de esa raza, no debe ser el único criterio para decidir quien es judío y quien no. Hay difícilmente una raza en el mundo en que todos sus miembros pertenezcan a una religión única.

A través de la endogamia de miles de años, frecuentemente en círculos muy pequeños, el judío ha sido capaz de preservar su raza y sus características raciales más exitosamente que muchos de los pueblos dentro de los cuales vive. Como resultado, tenemos viviendo en medio del pueblo alemán una raza extranjera no alemana, poco dispuesta y en realidad incapaz de despojarse de sus características raciales, sus sentimientos, pensamientos y ambiciones particulares y, sin embargo, gozando de los mismos derechos políticos que nosotros. Y como los sentimientos judíos están limitados a la esfera de lo material, sus pensamientos y ambiciones están destinados a ser eso mismo aun más fuertemente. La danza alrededor del becerro de oro viene de una lucha despiadada por aquellos bienes que nosotros sentimos interiormente que no son ni los más altos ni los únicos por los que vale la pena luchar en esta tierra. El trabajo de un individuo no está ya más determinado por su naturaleza o por la importancia que pueda tener para la comunidad, si no por el tamaño de su fortuna, su hacienda.

La grandeza de una nación no está ya más medida por la suma de sus recursos morales y espirituales, si no únicamente por sus bienes materiales.

Todo esto resulta en esa actitud mental y esa búsqueda de dinero y poder para protegerlo que permite al judío ser tan inescrupuloso en su elección de medios y tan misericorde en su uso para sus propios fines.En los estados autocráticos se arrastra delante de la “majestad” de los príncipes y abusa sus favores para convertirse en una sanguijuela del pueblo.

En una democracia busca los favores de las masas, se humilla delante de la “majestad del pueblo”, pero sólo reconoce la majestad del dinero.

Mina el carácter del príncipe con adulación bizantina; el orgullo y la fuerza nacional es por la desvergonzada seducción al vicio. Su arma preferida es la “opinión pública” tal como es falsificada por la prensa. Su poder es el poder del dinero que acumula tan fácil e interminablemente en la forma de interés y con el cual impone un yugo a la nación, yugo que es el más pernicioso ya que su brillo oculta sus terribles consecuencias. Todo lo que hace luchar a un pueblo por cosas más grandes, sea religión, socialismo o democracia, sirve al judío meramente para la satisfacción de su avaricia y sed de poder.

El resultado de su trabajo es una tuberculosis racial de la nación. Esto tiene las siguientes consecuencias: El antisemitismo puramente emocional halla su expresión última en la forma de progrom. Por el contrario, el antisemitismo racional debe conducir a una lucha sistemática y legal contra y por la erradicación de aquellos privilegios de que gozan los judíos sobre otros extranjeros que viven entre nosotros. Su objetivo final debe ser la remoción total de todos los judíos de nuestro seno. Ambos objetivos sólo pueden ser alcanzados por un gobierno de fuerza nacional, no por un gobierno de impotencia nacional.

La República Alemana debe su existencia, no a la voluntad unida de nuestro pueblo, si no a la turbia explotación de una serie de circunstancias que, tomadas en conjunto, se expresan en una profunda insatisfacción. Estas circunstancias, sin embargo, surgen independientemente de la estructura política, y están trabajando aún hoy día. En verdad más que nunca antes. Por eso una gran parte de nuestro pueblo ha llegado a reconocer que no por cambiar la estructura del estado nuestra posición será mejorada, si no sólo por el renacimiento de la moral y de las fuerzas espirituales de nuestra nación.

Y este renacimiento no puede ser preparado por el liderazgo de una mayoría irresponsable influenciada por dogmas partidarios o por frases cliché y eslóganes internacionalistas de una prensa irresponsable, si no por actos determinados de la parte de líderes nacionales con un sentido interno de responsabilidad.

Este hecho sirve para privar a la República del soporte interno de las fuerzas espirituales que cualquier nación tiene mucha necesidad. Por lo tanto los líderes actuales de la nación están obligados a buscar el apoyo de aquellos que sólo se han beneficiado y continúan beneficiándose al cambiar la forma del estado alemán, y de aquellos que por esa misma razón se convirtieron en la fuerza motriz de la revolución: Los judíos.

Menos preciando la amenaza judía, la cual es indudablemente reconocida aun por los líderes actuales (como testimonian varias afirmaciones de personalidades eminentes), estos hombres están forzados a aceptar favores judíos para su beneficio privado y a devolver esos favores. Y la devolución no involucra meramente el satisfacer cualquier posible petición judía, si no sobre todo impedir la lucha del pueblo embaucado contra aquellos que lo engañaron, mediante el sabotaje del movimiento antisemita.

Adolf Hitler.

 
 

Discurso "Derrotaremos a los enemigos de Alemania" pronunciado el 10 de abril de 1923

«¡Mis queridos compatriotas, hombres y mujeres alemanes!

En la Biblia está escrito: «Lo que no es ni caliente ni frío lo quiero escupir de mi boca». Esta frase del gran Nazareno ha conservado hasta el día de hoy su honda validez. El que quiera deambular por el dorado camino del medio debe renunciar a la consecución de grandes y máximas metas. Hasta el día de hoy los términos medios y lo tibio también han seguido siendo la maldición de Alemania. La situación de nuestra patria, según la condición geográfica una de las mas desfavorables en Europa, fue comprendida en realidad por primera vez, por el pequeño estado prusiano, odiado, un rival en sentido espiritual y material para todos los pueblos circundantes, le quedo reservado a este pequeño estado modelo llegar a ser el adalid del pensamiento alemán hasta aquella unión de los troncos alemanes que en el fondo, a pesar de dos guerras ganadas, aun no era una unión.

Aun hoy somos el pueblo menos apreciado de la tierra. Un mundo de enemigos se alza contra nosotros y el alemán debe decidirse también hoy si quiere ser un soldado libre o un esclavo blanco. Las precondiciones bajo las cuales solo puede desenvolverse una estructura estatal alemana han de ser por consiguiente: unión de todos los alemanes de Europa, educación para la conciencia nacional y la disposición de poner todas las fuerzas nacionales enteramente al servicio de la nación.

Estas, solamente, son las condiciones fundamentales bajo las cuales podemos vivir en el corazón de Europa. El anciano gigante de la vida estatal alemana, Bismarck, ha mantenido totalmente esta línea directriz, y cuando él se fue vino el dominio de los términos medios, de lo tibio. En lugar de representación de intereses patrios se hizo política dinástica, en lugar de política nacional, la internacionalización. Las palabras-impacto de «echar un puente entre todos los antagonismos», de fraternización, de tregua y otras similares minaron la fuerza del pueblo alemán hacia adentro y hacia afuera. La judaización fue la consecuencia inmediata de esta política tibia, la judaización de la nación alemana, porque el judío no renuncia a su propia nacionalidad.

Industrialización, conquista económica pacifica del mundo fueron otros objetivos, según los cuales se procedió, sin tener en cuenta que no existe ninguna política económica sin espada, ninguna industrialización sin poder. Hoy no tenemos ya una espada en el puño, ¿Donde tenemos entonces una política económica exitosa? Inglaterra ha reconocido muy bien este primer principio de la vida estatal, de la salud estatal, y actúa desde hace siglos de acuerdo al fundamento de convertir fuerza económica en poder político, y el poder político debe a su vez, a la inversa, proteger la vida económica. El instinto de conservación del estado puede construir una economía; pero nosotros quisimos conservar la paz mundial en lugar de defender con la espada los intereses de la nación, la vida económica de la nación, y de abogar sin consideraciones por las condiciones de vida del pueblo.

Y en esto participan por igual todos los partidos del actual parlamentarismo. Los demócratas quieren salvar la democracia aunque Alemania sucumba por ello. Por la democracia afirma el demócrata que quiere morir, por lo general nunca se llega tan lejos. Una enormidad seria para él si la democracia sucumbiera. En la práctica se desarrollo, gracias a esta idea que conduce a la paralización del pueblo, el dominio de la bolsa y de los manejos bursátiles.

El centro representa la idea de la solidaridad de un determinado credo. Otros pueblos, por fanáticamente que piensen y actúen de acuerdo a los principios de su credo, son en primer término hijos de su pueblo y recién después abogan por una confesión determinada.

La socialdemocracia representa intereses político-mundiales; pero un proceder conjunto con los trabajadores de todo el mundo, por cierto, solo es posible en base a un mutuo respeto y posición de igualdad. El alemán debe ser en primer término un alemán, así como el inglés es un inglés, si quiere ganarse el respeto de los otros; y este respeto existe hoy en día menos que nunca. No se trata de si el obrero alemán se declara solidario con los obreros de otros países, sino si el obrero de otros países quiere declararse solidario con el obrero alemán.

Por lo demás el pueblo alemán no quería ser internacionalista. El mejor corazón del alemán dejo ir a la guerra hace nueve años a incontados millones entusiastamente, y hoy los obreros de Essen, cuando ametralladoras francesas tabletearon en aquel funesto sábado dentro de sus filas, no fijaron su mirada en la solidaridad internacional, sino sobre Alemania y sobre aquel día que alguna vez llegara a ser el día de la venganza.

Debido a la mediocridad y debilidad de los partidos parlamentarios sobrevino, lógicamente, la mediocridad de los gobiernos. De esta manera, a partir del momento en que debía ser mantenida la «paz mundial» bajo cualquier circunstancia, por necesidad natural debió desarrollarse la guerra mundial. Hubiéramos podido concertar alianzas con metas firmes y grandes; con decisiones a medias no se lo puede hacer, y los canallas que anteriormente reflexionaron, y ponderaron ahorraron y fueron tacaños, tiran hoy millones sin provecho para el pueblo alemán*. Todo estaba bajo el signo de la mediocridad, de la tibieza, hasta la lucha por la existencia en la guerra mundial y más aun la concertación de la paz. Y hoy la continuación de la política a medias de entonces ha llegado a ser triunfo. El pueblo unido entre sí en la ardua lucha, y aclaro que en la trinchera no había partidos ni confesiones, ha sido desgarrado por el dominio de los intermediarios rapaces y pillos. La reconciliación y la compensación de los antagonismos, por cierto vendrían pronto si a toda «la compañía» se la colgara. Pero es que los intermediarios rapaces y pillos son «ciudadanos» y lo que es aun más importante, adeptos de aquella religión que el Talmud santifica.

No es el proletario quien ha llegado a ser señor, sino que el judío galiztiano se puso en el lugar de reyes que van cayendo. Ahora ya hace mas de cien años que esta trabajando en la desintegración de los estados europeos; siempre ha encontrado auxiliares y los encuentra aun hoy: severing aquí, poincare alla! No se hubiera podido hacer nada contra un pueblo de setenta millones si previamente no se le hubiera quitado la fuerza. Y el que quita al pueblo este poder de decisión interior es el culpable del hundimiento de la nación.

Hace tres años he declarado en este mismo lugar que el derrumbe de la conciencia nacional alemana también arrastrara conjuntamente al abismo la vida económica alemana. Porque para la liberación se requiere más que política económica, se requiere mas que laboriosidad, ¡para llegar a ser libre se requiere orgullo, voluntad, terquedad, odio, y nuevamente odio!

¿Qué se puede esperar de los gobiernos? Ellos sueñan con un milagro. Ellos sueñan con negociar, pero ¡para negociar se requiere poder! Una delegación con refuerzos de cuero en las rodillas va a París, trae de allí la decisión como don de gracia que allí es dictada por un poder superior, y la Nación Alemana da las gracias a la delegación por su «sentido del tacto», por su «sabia mesura», por su comportamiento en el «sentido de la mas auténtica democracia», y el pueblo sucumbe a consecuencia de ello. Aun se puede comprar carbón, aun no ha desaparecido el último marco de oro. Tres cuencas carboníferas ya han sido enajenadas por dinero, pero yo creo que no nos será ahorrado aplicar a nosotros la sentencia de Clemenceau que rezaba: «Me batiré delante de París, en París y detrás de París». Por cierto con una pequeña modificación: no nos quisimos batir delante del Ruhr, no nos quisimos batir en el Ruhr, tendremos que batirnos detrás del Ruhr. Los hambrientos que en los tiempos venideros clamaran por pan no serán alimentados por el munchester post y los 20 millones de alemanes que se dijo están de más en Alemania, deberán enfrentarse con un terrible destino. Y cada cual deberá preguntarse: ¿también estarás tú entre ellos?

La hoz, el martillo, la estrella y la bandera roja ascenderán sobre Alemania; pero Francia no devolverá el territorio del Ruhr. ¿Qué se puede hacer contra estos dos terribles peligros que amenazan con aniquilarnos? Desde arriba no viene el espíritu, el espíritu que purifique Alemania, que con escoba férrea limpie el gran establo de la democracia. Hacer esto es el cometido de nuestro movimiento. No ha de gastarse en superfluas batallas oratorias, sino que el estandarte con el disco blanco y la esvástica negra será enarbolado sobre toda Alemania el día que será el día de la liberación de todo nuestro pueblo».

Discurso "El Judío, el enemigo de los pueblos" pronunciado el 13 de Abril de 1923

«¡Compatriotas, hombres y mujeres alemanes!

En el invierno del año 1919-1920, nosotros los nacionalsocialistas formulamos por primera vez públicamente la pregunta al Pueblo Alemán: ¿Quién es culpable de la guerra? En vista de la orientación del gobierno de entonces de los héroes de noviembre, «diputados del pueblo», así como por la total confusión de las masas seducidas por éstos, esto era una empresa arriesgada.

Y, en efecto, también recibimos de inmediato de todas partes la respuesta estereotipada de despreciable auto-denigración: «Lo confesamos, los culpables de la guerra somos nosotros», y el gobierno «alemán» de entonces en Munich publicó así llamados documentos que debían exponer nuestra culpa en la guerra ante todo el mundo. ¡Sí! Toda la revolución ha sido hecha artificialmente en base a esta mentira sencillamente monstruosa. ¿Por que sino no se la hubiera podido esgrimir como formula propagandística contra el viejo Reich, que sentido se le hubiera podido atribuir entonces a la traición de noviembre? Se necesitaba esta calumnia del sistema imperante hasta ese entonces para poder justificar con ello delante del pueblo la propia acción infame. La masa criminalmente azuzada y engañada estaba pronta a creer desaprensivamente todo lo que los nuevos hombres del gobierno le decían.  

Estaba pronta a abuchear a todo el que osaba la afirmación que no Alemania sino potencias bien distintas tenían culpa del desencadenamiento de la guerra. Los sepultureros marxista-democrático-pacifistas del viejo Reich gritaban: «el solo hecho de que fuera resuelta por las armas una guerra prueba que fue la obra del sistema monárquico-capitalista-pangermano corrompido por la disipación. ¡los pueblos civilizados de ninguna manera hacen la guerra entre ellos!». Pues bien, las consecuencias de la civilización que hemos alcanzado a través del día de gracia del 9 de noviembre, se ve en todos los rincones de la Europa encendida, en subversión y violencia. Según nuestra opinión, los tiempos sin «liga de las naciones» fueron con mucho los mas honestos y los mas humanos. Los otros, por cierto, afirman en cambio que nosotros hemos alcanzado la era de máxima cultura.

Preguntamos: ¿Debe haber guerras? El pacifista responde: ¡no! El declara en especial que las disputas en la vida de los pueblos son solamente la expresión del sojuzgamiento de una clase humana por la burguesía que en ese momento gobierna. En caso de efectivas diferencias de opinión entre los pueblos afirma que debe decidir un «tribunal de paz». Pero deja sin respuesta la pregunta acerca de si los jueces de este tribunal arbitral también tendrían el poder de hacer comparecer siquiera a las partes ante los estrados. Pienso que un acusado por regla general solo acude «voluntariamente» al juzgado porque en caso contrario seria llevado a él por la fuerza.

¡quisiera ver a la nación que en caso de litigio se deja arrastrar sin compulsión exterior ante este tribunal de la liga de las naciones! En la vida de los pueblos decide en ultimo termino una especie de juicio de Dios. Hasta puede suceder que en una controversia de dos pueblos ambos tengan razón. Así Austria, un pueblo de 50 millones, de cualquier modo tenia derecho a una salida al mar. Pero Italia, como en la franja territorial en cuestión primaba la población italiana, exigió para si el «derecho de autodeterminación». ¿quien renuncia voluntariamente? ¡nadie! Decide la fuerza propia de los pueblos.Siempre ante Dios y el mundo el mas fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad. La historia da la prueba: ¡al que no tiene la fuerza el «derecho en si» no le sirve de nada! Un tribunal mundial sin una policía mundial sería una broma. ¿De que naciones de la actual liga de naciones se reclutaría ésta? ¿quizás hasta de las filas del viejo ejercito alemán? Toda la naturaleza es una formidable pugna entre la fuerza y la debilidad, una eterna victoria del fuerte sobre el débil. Nada mas que podredumbre habría en toda la naturaleza si fuera de otro modo. Se corromperían los estados que pecan contra esta ley elemental. Ustedes no necesitan buscar mucho tiempo por un ejemplo de semejante podredumbre que trae la muerte. ¡lo ven en el actual Reich!

Debemos analizar que antagonismos existieron en Europa antes de la guerra mundial. Inglaterra y Rusia estaban en competencia comercial en la llanura baja bengalí, en Afganistán, etcétera. Con Francia, Inglaterra estaba ya desde hace 140 años en conflicto por la hegemonía. A pesar de la guerra de rapiña llevada conjuntamente han seguido siendo hasta la hora presente, viejos y encarnizados rivales. Francia estaba a su vez en oposición de intereses con Italia, sobre todo en el norte de África. Ninguna contraposición en cambio ha existido jamas entre Alemania y Rusia. Por el contrario, el estado industrial Alemán necesitaba perentoriamente otros años de paz; el estado agrario Ruso necesitaba muchas otras cosas, pero en ningún caso ampliaciones territoriales de cualquier índole a costa del imperio alemán. De la misma manera, Alemania no tenía superficies de fricción de ninguna clase con Italia. Sin embargo, en un juego de intrigas conducido con consumada arteria, primeramente Rusia fue azuzada contra Alemania y, por fin, todo el mundo contra nosotros. Es un engaño infame escribir hoy hipócritamente: «¡si en Alemania se hubieran matado a tiempo a los provocadores de la guerra, la Guerra Mundial nos hubiera quedado ahorrada!». Yo pregunto: ¿Dónde estaban, pues, en todo el mundo estos provocadores de la guerra? ¿quienes son y de que medios se han valido?

Con la denuncia del tratado de reaseguramiento de Bismarck con Rusia comenzó la campaña consecuente de azuzamiento de la prensa mundial judeo-democrática-marxista. En el París republicano aclama al «zar de sangre», en el Berlín imperial brama al mismo tiempo: «¡abajo con el zar!» la bolsa brama; los partidos democráticos y marxistas hacen lo mismo. Y mas, bebel, por lo general nunca dispuesto a conceder al «perverso militarismo» tan solo un soldado, un centavo para la protección contra Francia, pronuncio las palabras: «¡si vamos contra Rusia yo mismo cargo un fusil!». Y también en San Petersburgo es el mismo cuadro: desmedido azuzamiento contra Alemania, glorificación de Francia, nuevamente en las columnas de la gran prensa allí exclusivamente democrático-judeo-marxista. En asombrosa colaboración logran aquí como allá la democracia y el marxismo, con la probada conducción superior de los judíos que manejan los hilos, llevar a los alemanes y rusos, que originariamente tienen sentimientos recíprocos amistosos, a un antagonismo completamente insensato, incomprensible. Si el pueblo alemán no tenia motivo ni para odiar ni envidiar a Rusia ¿quien podía tener un interés tan ardiente en este azuzamiento artificial? ¡era el judío! 

Él genero y alimento este odio hasta el día de la orden de movilización sonsacada al zar. ¡que era pues todo este liberalismo, nuestra prensa, la bolsa, la francmasonería… Instrumentos del judío! El zarismo ¿Debía ser derribado para conquistar al judaísmo de Rusia quizás los mismos derechos? ¡no! ¡sino el poder! Como ya los poseía en otros estados democráticos. El judío pugnaba por un dominio absolutoen el país de las limitaciones, y no de las persecuciones de judíos, porque persecuciones de judíos no las ha habido ya en los últimos 200 años, sino solamente una continua persecución de cristianos. Para la destrucción de Rusia, el judío ¿De que podía servirse sino solamente de Alemania? Terminar mas tarde con esta Alemania, eso lo considero un juego de niños. ¡porque él conocía demasiado bien a los niños alemanes! Solamente en una prensa como la marxista alemana un Salomon Kosmanowsky (Kurt Eisner), podía atreverse a escribir: «¡Ya no hay retroceso posible! ¡Adelante contra Rusia! ¡Una misión liberadora de pueblos se presenta ahora a Alemania!». Sólamente frente al Estado Mayor Alemán, políticamente por entero falto de instinto, semejante judío del este podía osar ofrecerse para el servicio!

La prensa mundial democrático-marxista-judía ha hecho de Alemania una víctima de su política de alianzas. Ha aprovechado consecuentemente los antagonismos Austria-Rusia y Austria-Italia para provocar el estallido de la guerra con seguridad matemática. Austria-Rusia: ella atizaba la miope política polaca de Viena contra Rusia. Ella azuzó a los polacos en Cracovia y Lemberg al abuso de las libertades que allí les fueron dejadas. Ella azuzo en San Petersburgo: «el camino a Viena pasa por Berlín.» ella azuzó hasta que el grado de la amistad mortal ruso-austriaca había sido alcanzado. Austria-Italia: simultáneamente azuzaba en Viena como en Roma. Allí bramaba usando una palabra de Bismarck: «¡El que atenta contra Trieste toca la punta de la espada alemana!» ¡Bien! ¿¡Pero por que no se ha germanizado a Trieste!? Para esto se requería un puño de hierro, una voluntad de hierro. Pero ésta no la pudo reunir Viena. ¿Por qué? Porque en toda tentativa para ello la misma prensa comenzaba a azuzar en el sentido opuesto: «¿Bárbaros qué sois? ¡Pensad en la humanidad? ¡Derecho de autodeterminación! ¡Sed humanos!». ¡Pero con «humanidad» y democracia nunca han sido liberados los pueblos! La misma prensa democrática-marxista-judía entonó a la misma hora en Roma la canción de azuzamiento: «¡Libertad a vuestros hermanos irredentos! ¡El camino a Trieste pasa por Viena! ¡No hay retroceso posible! ¡Una misión liberadora de pueblos habéis de cumplir!». ¡Así la francmasonería judía de Italia a través de su prensa, pasando por encima de Austria, también azuzó a Italia a la guerra con Alemania! 

Porque la salida política que un gobierno alemán inteligente y decidido hubiera debido elegir, la misma prensa igualmente la supo impedir en Berlín echando mano de frases sentimentales. Porque en lugar de romper la estructura imposible de Austria a quien el espíritu interior faltaba tan por completo como para mantenerse como estado, incorporarse la Austria alemana y no el resto sea impelido Alemania a sumarse al destino de este miembro perdido.

En las relaciones entre Alemania y Francia imperaban contrastes fundamentales que ni por los telegramas de un Eisner-Kosmanowsky ni por cobarde servilismo podían ser obviados. Antes de la guerra solo, era posible estar uno al lado del otro en armas. Es verdad que para Alemania la guerra de 1870-1871 significaba una terminación de la enemistad de siglos. En Francia, por el contrario, a través de todos los medios de la propaganda periodística, en los textos escolares, teatros y cines, fue cultivado un odio candente contra Alemania. Así como Berlín azuzaba contra Rusia, así París contra Berlín. Mineros alemanes acuden presurosamente a través de la frontera para llevar a colegas franceses ayuda en una terrible catástrofe. ¿Quién espeta las mas odiosas calumnias? ¿Quien difama hasta la acción, que nació de genuina caballerosidad alemana? – Matin, Journal, etcétera. ¡Todos los periódicos judíos de Francia! ¡Buscar el conflicto y aprovecharlo, es también aquí la intención claramente reconocible del judaísmo mundial!

El contraste entre Alemania e Inglaterra está en el terreno económico. Hasta 1850 la posición de potencia mundial de Inglaterra era incontrovertible. Ingenieros británicos, y el comercio británico conquistan el mundo. Alemania comienza a devenir, gracias a su mayor laboriosidad y acrecentada capacidad, un competidor peligroso. A corto plazo las sociedades inglesas que se encuentran en Alemania, pasan a ser propiedad de la industria alemana, es más, sus productos desplazan hasta en el mercado londinense a los propios británicos. La medida de defensa «made in germany» tiene por resultado lo contrario de lo esperado: esta «marca registrada» se transforma en la propaganda mas eficaz. 

La economía alemana no fue creada solamente en Essen, sino por un hombre que sabía que detrás de la economía también debe haber poder, dado que sólamente el poder garantiza la economía, y este poder nació en los campos de batalla de 1870-1871, no en la atmósfera de parloteo de los parlamentos. 40.000 caídos han hecho posible la vida de 40 millones. Cuando Inglaterra frente a esta Alemania estaba en peligro de caer de rodillas, pensó en el último medio de la competencia de los pueblos: ¡en la violencia! Se inicia una grandiosa propaganda de prensa como preparación. ¿Pero quién es el jefe de la totalidad de la prensa de los mundiales británicos? Un nombre se cristaliza: ¡comerciantes Northeliffe! ¡Un judío! Él envía semanalmente 30 millones de diarios a todo el mundo. Y en un 99 por ciento la prensa de Inglaterra se encuentra en manos judías. «¡Cada niño alemán recién nacido cuesta la vida a un británico!». «¡No hay ningún británico que no ganaría con el aplastamiento de Alemania!». Así con las más ruines palabras-impacto se apela a los instintos mas bajos; se azuza con afirmaciones, calumnias y promesas tales como solamente el judío es capaz de idear, tales como únicamente periodicos judíos osan presentarlas a un pueblo ario. ¡Arriba, a salvar a las pequeñas naciones, por el honor de la Humanidad! ¡La misma mendacidad en la totalidad de la acción de azuzamiento en todo el mundo! ¡Su éxito lo siente el pueblo alemán muy dolorosamente!

¿Qué razón tuvo finalmente Norteamérica de ir a la guerra contra Alemania? Pues bien: con el estallido de la Guerra Mundial tan largamente anhelada por Judá todas las grandes firmas judías de los Estados Unidos llegaron a ser proveedoras de guerra. Ellos aprovisionaron al «mercado» de guerra europeo en una medida tal como quizás no lo habían soñado, ¡una cosecha gigantesca! Pero a la voracidad insaciable del judío nada le fue suficiente. Así comenzó entonces la prensa venal dependiente de los reyes de la bolsa, una campaña propagandística sin igual. Su estructura, una gigantesca organización de la mentira periodística. Y nuevamente es un consorcio judío, la Prensa Hearst, el que da el tono para la campaña de azuzamiento contra Alemania. El odio de estos «norteamericanos» no se dirigía únicamente contra la Alemania comercial, y no tampoco quizás contra la militar. Se dirigía especialmente contra la Alemania social. Por que ésta se había mantenido hasta entonces fuera de las líneas directrices de los trusts mundiales. Es que el viejo Reich al menos ha hecho la tentativa honrada de ser social, es que podíamos mostrar comienzos sociales como ningún otro país de toda la tierra. Es que en la construcción de viviendas y de fábricas se prestaba atención en su mayor parte a la higiene, baño, luz y aire, en contraposición a la República de Noviembre, cuyas «direcciones de vivienda» apriscan a los seres humanos en conejeras. Antes los tranvías suburbanos aun llevaban a los obreros por diez centavos a sus colonias de casetas de madera cubiertas de verdor, las que, bajo la «asistencia» de la República de Noviembre, debieron enajenar o dejar en estado de abandono, porque o bien los tranvías se hallan completamente paralizados o los precios de los viajes se han hecho prohibitivos. El viejo Reich edifico escuelas, hospitales, institutos científicos, que provocaron el asombro y la envidia de todo el mundo. En la República de Noviembre sucumben diariamente tales lugares de cultura. 

Que el viejo Reich ha sido social en este sentido, que se permitió no considerar a sus seres humanos exclusivamente como números, en esto residió su mayor peligrosidad para la bolsa mundial. De ahí la lucha de los «compañeros» dirigidos por judíos, también en nuestro país en contra de sus más caros intereses. De ahí la campaña difamatoria según la misma consigna en todo el mundo. Por eso la prensa judeo-democrática de Norteamérica tuvo que realizar su obra maestra: a saber, llevar por azuzamiento a un pueblo grande, pacífico, al que las luchas de Europa le eran tan indiferentes como el Polo Norte, «en aras de la cultura» a la más cruel de todas las guerras por medio de la propaganda de atrocidades ideada, mentida, falsificada en nombre de la cultura, de una infamia sin precedentes desde la ‘a’ hasta la ‘z’. Porque este último estado social de la Tierra debía ser hecho pedazos, 26 pueblos de la tierra han sido azuzados recíprocamente por esta prensa, que se encuentra exclusivamente en poder de un solo pueblo mundial, de una sóla raza, que en el fondo es enemiga a muerte de todos los estados nacionales.

¿Quién hubiera podido impedir la Guerra Mundial? ¿Quizás la «solidaridad cultural», en cuyo nombre justamente se practicaba esta propaganda de atrocidades contra Alemania por los judíos? ¿O quizás los pacifistas? ¿A lo mejor hasta los pacifistas «alemanes»? ¿Aquellos Nikolai, Förster, Quidde etc., pregonando a los cuatro vientos día tras día su calumnia del heróico Pueblo Alemán? 

Estos maestros del así llamado pacifismo mundial, que había sido inventado de nuevo exclusivamente por judíos. ¿Quizás la muy ensalzada solidaridad del proletariado? «¡Todas las ruedas se paran cuando tu fuerte brazo lo quiere!». Las ruedas del mundo han girado asiduamente. Únicamente una rueda se trato de parar en incesante trabajo de socabamiento. Con la huelga de las fábricas de municiones de 1918, que costó la vida a miles de combatientes del frente, aún no se logró del todo. Pero el 9 de Noviembre fue paralizada esa rueda: la rueda alemana. El partido socialdemócrata declaró textualmente en su órgano principal, «Vörwarts», que no estaba en el interés del trabajador alemán que Alemania gane la guerra. Yo pregunto en cambio: tú, trabajador alemán: ¿Está en tu interés que hoy hayas llegado a ser esclavo? Que tú mismo luchas y gimes mil veces peor que antes en una servidumbre personal sin perspectiva y sin esperanza, mientras que tus dirigentes sin excepción… ¿Pero quienes son estos dirigentes del proletariado? ¡Nuevamente judíos!

¿Pero es que quizás los francmasones debían impedir la Guerra Mundial? ¿Esta la más noble institución filantrópica, que más clamorosamente anunciaba que se iba a colmar de felicidad al pueblo, y que al mismo tiempo fue la principal atizadora de la guerra? ¿Quienes son, pues, en realidad, los francmasones? Se distinguen dos grados. A los inferiores pertenecen en Alemania aquellos burgueses medios que en el fárrago de frases ofrecidas pueden alguna vez sentirse «alguien». Los responsables, empero, son aquellos multifacéticos que soportan cualquier clima, aquellos 300 Rathenau, que todos se conocen entre sí, que dirigen los destinos del mundo por encima de las cabezas de los reyes y presidentes de Estado. Aquellos, que sin escrúpulos se hacen cargo de cualquier función, que brutalmente saben esclavizar a todos los pueblos: ¡nuevamente judíos!

Ahora bien: ¿Por que los judíos han estado contra Alemania? Esto al presente, demostrado claramente por un sinnúmero de realidades, es perfectamente evidente. Ellos usaban la antiquísima táctica de las hienas: cuando los combatientes desfallecen, entonces echa mano. ¡Entonces cosecha! En la guerra y en las revoluciones judá alcanzo lo casi inalcanzable. ¡Cientos de miles de piojosos judíos del este llegan a ser «europeos» modernos! Tiempos intranquilos son capaces de producir milagros. ¡¿Cuanto tiempo se hubiera necesitado antes de 1914, p. ej. en Baviera, para que un judío galitziano llegara a ser presidente de ministros?! ¡¿O en Rusia un anarquista del ghetto neoyorquino, Bronstein (Trotzki), dictador?! Pocas guerras y revoluciones han sido suficientes para hacer del pueblo de los judíos el poseedor del oro rojo y con ello, el señor del mundo.

Este pueblo odiaba dos estados ante todo, que hasta 1914 aun le impedían la consecución de su meta de dominación mundial: Alemania y Rusia. Aquí aún les había llegado en forma total lo que ya poseían en las democracias occidentales. Aquí ellos no eran aún los únicos soberanos en la vida espiritual asi como en la económica. Asimismo, los parlamentos no eran aquí aun exclusivamente instrumentos del capital y de la voluntad judíos. El hombre alemán y el ruso genuino habían conservado todavía una cierta distancia frente al judío. En ambos pueblos vivía todavía el sano instinto del desprecio a los judíos, y existía el gran peligro de que en estas monarquías podrían con todo surgir nuevamente un Fridericus, un Guillermo I, y que la democracia y las prácticas parlamentarias fueran mandadas al diablo. ¡Así los judíos se hicieron revolucionarios! La república debía conducirlos al enriquecimiento y al poder. Ellos disfrazaron esta meta: ¡caída de las monarquías! ¡instauración del pueblo «soberano»! ¡Yo no sé si hoy es posible llamar soberano al pueblo alemán o ruso! ¡En todo caso uno no se percata de ello! ¡Pero de lo que el pueblo alemán se percata, lo que diariamente tiene ante sus ojos en la forma más crasa, es el desenfreno, la intemperancia en el comer y en el beber y la especulación, de los que hace ostentación el abierto escarnio del judío! El así llamado estado libre alemán se ha transformado en el refugio donde estas sabandijas pueden enriquecerse desenfrenadamente. Así tuvieron que ser derribadas Rusia y Alemania, a fin de alcanzar el cumplimiento de una vieja profecía. Así todo el mundo fue sacudido. Así han sido aplicados brutalmente todos los medios de la mentira y propaganda contra el estado de los últimos idealistas: ¡los alemanes! ¡y asiíJudá gano la Guerra Mundial! ¿O quiere usted afirmar que el «pueblo» francés, el inglés y el norteamericano han ganado la guerra? Ellos todos, vencedores al igual que vencidos, son los derrotados. Una cosa se levanta sobre todos ellos: ¡la bolsa mundial, que ha llegado a ser el amo de los pueblos!

Ahora bien, ¿qué culpa tiene Alemania misma en la guerra? Consistió en que en un tiempo, cuando ya el anillo se cerraba alrededor de su existencia, omitió organizar la defensa tan enérgicamente que por el despliegue de su poder o bien les fuese quitado a los demás a pesar se sus peores intenciones, el coraje de agredir, o bien que la victoria del Reich fuera garantizada. Es la culpa del pueblo alemán que en 1912 esos tres cuerpos de ejercito que el criminal reichstag en increible maldad y estupidez denego, no los haya construido por encima de él. Con estos 120.000 hombre mas la batalla de marne hubiera sido ganada y la guerra decidida. ¡dos millones menos de héroes alemanes hubieran bajado a la tumba! ¿Pero quien en 1912 así como en el ultimo año de guerra, ciego al pueblo alemán con aquella teoría: «todo el mundo depondrá las armas si Alemania lo hace? ¿quien?: ¡el judío democrático-marxista, que a la misma hora y hasta el presente azuzaba y azuza entre los otros la carrera armamentista para el sojuzgamiento de la Alemania «bárbara»!

Ahora quizás surja todavía la pregunta de si hoy es conveniente hablar sobre la culpa de la guerra. ¡Por cierto, hasta tenemos la obligación de hablar de ello! Por que los asesinos de nuestra Patria, que a través de todos los años traicionaron y vendieron a Alemania, son los mismos que como criminales de noviembre nos han arrojado al infortunio mas hondo! Tenemos la obligación de hablar sobre ello porque en un futuro próximo junto con el poder también tendremos la ulterior obligación de colgar a estos corruptores, canallas e incursos en alta traición en la horca, donde deben estar! ¡Que nadie crea que quizás ellos han cambiado! Al contrario, estos canallas de noviembre que hoy aún pueden moverse libremente entre nosotros, ellos también hoy actúan contra nosotros!

¡Del conocimiento viene la voluntad de resurgir! Han quedado dos millones en la lucha. También ellos tienen derechos, no solamente nosotros los sobrevivientes. Hay millones de huérfanos, lisiados y viudas entre nosotros. ¡También ellos tienen derechos! Para la Alemania de hoy ninguno ha muerto ni ha quedado lisiado, huérfano o viuda. ¡Tenemos la deuda con estos millones de construir una nueva Alemania!».

Discurso pronunciado con motivo de la toma de la cancillería tras la victoria electoral el 30 de enero de 1933

«Compatriotas alemanes…

el 30 de enero se formó un nuevo gobierno nacional. Yo, y conmigo el movimiento nacionalsocialista nos hemos incorporado a él. Siento, que el objetivo por el que tanto he luchado en los años pasados ha sido alcanzado.

Cuando terminó la guerra en 1918, yo era igual que muchos millones de otros alemanes, no responsable de las causas de la guerra, no responsable de la conducción de la guerra, y no responsable de la situación política de Alemania. Yo solo era un soldado entre otros ocho o diez millones de otros soldados.

Hubo un tiempo en el que un alemán solo podía estar orgulloso del pasado; cuando el presente causaba vergüenza. Con el declive de la política extranjera y la decadencia del poder político comenzó el derrumbamiento interno, la disolución de nuestras grandes organizaciones nacionales, y la decadencia y corrupción de nuestra administración. ¡Y así comenzó el declive de nuestra nación! Todo esto fue causado por los hombres de noviembre de 1918.

Y ahora vemos cómo se derrumban clase tras clase. Las clases medias están desesperadas, centenares de miles de vidas están arruinadas, año tras año la situación se hace más desesperada. Decenas de miles se declaran en quiebra, y ahora el ejército de los desempleados comienza a engrosarse…uno, dos, tres millones… cuatro millones… cinco millones… seis millones… siete millones… Si, hoy en día podría ser de siete a ocho millones.

¿Cuánto tiempo puede continuar esto? Estoy convencido de que debemos actuar ahora si no queremos llegar demasiado tarde. Por consiguiente, he decidido, el 30 de enero, utilizar a mi Partido, antaño de siete hombres y ahora de doce millones, para salvar a la nación…y a la patria.

Tal y como yo trabajé durante catorce años para construir este movimiento y hacerlo crecer desde siete hombres a doce millones, ¡así trabajaré!, ¡así trabajaremos todos, para la resurrección de la nación alemana! Pueblo de Alemania: dadnos cuatro años, y juro que del mismo modo que he ocupado el poder, también lo abandonaré. ¡No lo he hecho buscando una recompensa! ¡Lo he hecho por vosotros!».

Discurso "Llamamiento del gobierno del Reich al pueblo alemán" pronunciado el 1 de febrero de 1933

«Más de catorce años han transcurrido desde el infortunado día en que el pueblo alemán, deslumbrado por promesas que le llegaban del interior y del exterior, lo perdió todo al dejar caer en el olvido los más excelsos bienes de nuestro pasado: la unidad, el honor y la libertad. Desde aquel día en que la traición se impuso, el Todopoderoso ha mantenido apartada de nuestro pueblo su bendición. La discordia y el odio hicieron su entrada. Millones y millones de alemanes pertenecientes a todas las clases sociales, hombres y mujeres, lo mejor de nuestro pueblo, ven con desolación profunda cómo la unidad de la nación se debilita y se disuelve en el tumulto de las opiniones políticas
egoístas, de los intereses económicos y de los conflictos doctrinarios.

Como tantas otras veces en el curso de nuestra historia, Alemania ofrece desde el día de la revolución un cuadro de discordia desolador. La igualdad y la fraternidad prometidas no llegaron nunca, pero en cambio perdimos la libertad. A la pérdida de unidad espiritual, de la voluntad colectiva de nuestro pueblo, siguió la pérdida de su posición política en el mundo.

Calurosamente convencidos de que el pueblo alemán acudió en 1914 a la gran contienda sin la menor noción de haberla provocado, antes bien movido por la única preocupación de defender la nación atacada, la libertad y la existencia de sus habitantes, vemos en el terrible destino que nos persigue desde noviembre de 1918 la consecuencia exclusiva de nuestra decadencia interna. Pero el resto del mundo se encuentra asimismo conmovido desde entonces por crisis no menos graves. El equilibrio histórico de fuerzas, que en el pasado contribuyó no poco a revelar la necesidad de una interna solidaridad entre las naciones, con todas las felices consecuencias económicas que de ella resultan, ha sido roto.

La idea ilusoria de vencedores y vencidos destruye la confianza de nación a nación y, con ello, la economía del mundo. Nuestro pueblo se halla sumido en la más espantosa miseria. A los millones de desempleados y hambrientos del proletariado industrial, sigue la ruina de toda la clase media y de los pequeños industriales y comerciantes. Si esta decadencia llega a apoderarse también por completo de la clase campesina, la magnitud de la catástrofe será incalculable. No se tratará entonces únicamente de la ruina de un Estado, sino de la pérdida de un conjunto de los más altos bienes de la cultura y la civilización, acumulados en el curso de dos milenios.

Amenazadores surgen en torno a nosotros los signos que anuncian la consumación de esta decadencia. En un esfuerzo supremo de voluntad y de violencia trata el comunismo, con sus métodos inadecuados, de envenenar y disolver definitivamente el espíritu del pueblo, desarraigado y perturbado ya en lo más íntimo de su ser, para llevarlo de este modo a tiempos que, comparados con las promesas de los actuales predicadores comunistas, habrían de resultar mucho peores todavía que no lo fue la época que acabamos de atravesar en relación con las promesas de los mismos apóstoles en 1918.

Empezando por la familia y hasta llegar a los eternos fundamentos de nuestra moral y de nuestra fe, pasando por los conceptos de honor y fidelidad, pueblo y patria, cultura y riqueza, nada hay que sea respetado por esta idea exclusivamente negativa y destructora. Catorce años de marxismo han llevado a Alemania a la ruina. Un año de bolchevismo significaría su destrucción. Los centros de cultura más ricos y más ilustres del mundo quedarían convertidos en un caos. Los males mismos de los últimos quince años no podrían ser comparados con la desolación de una Europa en cuyo corazón hubiese sido levantada la barbarie roja de la destrucción. Los millares de heridos, los
incontables muertos que esta guerra interior han costado hasta hoy a Alemania, pueden ser considerados como el relámpago que presagia la tormenta cercana.

En estas horas de preocupación dominante por la existencia y el porvenir de la nación alemana, nosotros, los hombres de los partidos y las ligas nacionales, hemos recibido el llamamiento del anciano jefe de nuestros ejércitos en la Guerra Mundial, para que, una vez más, en el hogar de la patria, ahora, como antes en el frente, nos aprestáramos a luchar bajo sus órdenes por la salvación del Reich. Al sellar para este fin con nuestras manos una alianza común, respondiendo a la generosa iniciativa del presidente del Reich, hacemos como jefes de la nación, ante Dios, ante nuestras conciencias y ante nuestro pueblo, la promesa de cumplir con decisión y perseverancia la misión que en el gobierno nacional nos ha sido confiada.

La herencia que recogemos es terrible. La tarea que hemos de acometer en busca de una solución es la más difícil que, de memoria humana, ha sido impuesta a hombres de Estado alemanes. La confianza que a todos nos inspira es, no obstante, ilimitada: porque tenemos fe en nuestro pueblo y en los valores imperecederos que atesora. Campesinos, obreros y burgueses, han de aportar conjuntamente las piedras necesarias para la edificación del nuevo Reich.

El gobierno nacional considerará, por tanto, como su primera y principal misión, el restablecimiento de la unidad en el espíritu y en la voluntad de nuestro pueblo. Vigilará y defenderá los cimientos en que se funda la fuerza de nuestra nación. El cristianismo, como base de nuestra moral, y la familia, como célula germinal del pueblo y del Estado, gozarán de su protección más decidida. Por encima de todas las clases y estamentos se propone devolver a nuestro pueblo la conciencia de su unidad nacional y política y de los deberes que de ella se derivan. Quiere hacer del respeto a nuestro gran pasado y del orgullo por nuestras viejas tradiciones la base para la educación de la juventud alemana. Con ello declara una guerra sin cuartel al nihilismo espiritual, cultural y político. Alemania no debe ni quiere hundirse en el comunismo anarquista.

En lugar de los instintos turbulentos se propone el gobierno elevar de nuevo la disciplina nacional a la categoría de elemento rector de nuestra vida. Al hacerlo así prestará el gobierno su máxima atención a todas aquellas instituciones que son los
verdaderos baluartes de la fuerza y de la energía nacionales.

El gobierno nacional resolverá el gran problema de la reorganización económica de nuestro pueblo por medio de dos grandes planes cuadrienales:

  • Protección eficaz a la clase campesina como medio para mantener la base de la subsistencia material y, con ello, de la vida misma de la nación.
  • Protección eficaz a los obreros alemanes por medio de una campaña enérgica y general contra el desempleo forzoso.
  • En catorce años los partidos de la revolución de noviembre han arruinado a la clase campesina alemana.
  • En catorce años han creado un ejército de millones de obreros en desempleo forzoso.

El gobierno nacional llevará a cabo con férrea decisión e infatigable constancia el plan siguiente:

  • Dentro de cuatro años el campesino alemán debe haber sido arrancado de la miseria.
  • Dentro de cuatro años el desempleo forzoso debe haber sido definitivamente vencido.

Con ello han de producirse, al propio tiempo, las condiciones previas para el florecimiento de las demás actividades económicas. A la par que esta tarea gigantesca de saneamiento de nuestra economía, el gobierno nacional acometerá el saneamiento del Reich, de los Estados autónomos y de los municipios, en su administración y su sistema tributario. Únicamente así llegará a ser una realidad de carne y hueso el mantenimiento del Reich sobre la base del principio federativo. La colonización interior y el servicio obligatorio de prestaciones de trabajo al Estado figuran entre los pilares básicos de este programa. Pero la preocupación por el pan cotidiano irá también acompañada del cumplimiento de los deberes sociales en los casos de enfermedad y de vejez. En la economía de la administración, el fomento del trabajo, la protección a nuestra clase campesina, así como en el aprovechamiento de las iniciativas individuales reside al propio tiempo la mejor garantía para evitar cualquier experimento que pueda poner en peligro nuestra moneda.

En política exterior, entenderá el gobierno nacional que su principal misión consiste en la defensa de los derechos vitales de nuestro pueblo, unida a la reconquista de su libertad. Dispuesto a acabar con la situación caótica que Alemania atraviesa, contribuirá con ello a incorporar en la comunidad de las naciones, un Estado de igual valor que los demás, pero al mismo tiempo también con iguales derechos. El gobierno se siente a este respecto animado por la grandeza del deber que le incumbe de contribuir en nombre de este pueblo libre e igual a los demás, al mantenimiento y consolidación de una paz que el mundo necesita hoy más que nunca.

Con decisión y fieles a nuestro juramento queremos acudir directamente al pueblo alemán, vista la incapacidad del actual parlamento para hacerlo, al objeto de que nos preste su apoyo en la tarea que nos proponemos realizar. Al llamarnos, el presidente del Reich, el Mariscal von Hindemburg, nos ha dado la orden de ofrecer a la nación, con nuestra unanimidad, la posibilidad de rehacerse. Apelamos, por consiguiente, al pueblo alemán para que venga a refrendar, con su propia firma, este acto de consolidación.

El gobierno del levantamiento nacional quiere trabajar y trabajará. Los catorce años de ruina nacional no son obra suya. Quiere, al contrario, volver a llevar la nación alemana por caminos ascensionales. Está decidido a reparar en cuatro años los daños que durante catorce han sido causados. Pero lo que el gobierno no puede hacer es someter esta labor de regeneración a la aprobación de aquellos que provocaron la catástrofe. Los partidos marxistas y sus colaboradores han dispuesto de catorce años para poner a prueba sus capacidades. El resultado es un campo de ruinas. Pedimos ahora al pueblo alemán que nos conceda un plazo de cuatro años antes de juzgar y de juzgarnos.

Fieles a la orden del Mariscal estamos dispuestos a comenzar la labor. Quiera Dios conceder su gracia a nuestra obra, orientar rectamente nuestra voluntad, bendecir nuestras intenciones y colmarnos con la confianza de nuestro pueblo. ¡No combatimos en nuestro interés propio, sino por Alemania!».

 

Fuente | Adolf Hitler, discursos 1933-1938 (Editorial Kamerad)

Discurso pronunciado en el Palacio de los Deportes de Berlín ante 60.000 SS y SA el 3 de febrero de 1933

¡Mis SA y SS!

Despúntase ya la gran época que hemos ansiado. Alemania está despierta después de una lucha de catorce años, cuya grandeza y sacrificio el mundo exterior no puede imaginar. Todo lo que hemos ambicionado, nuestras predicciones y profecías, son ya realidad; la hora en que el pueblo alemán vuelve en sí, nuevamente torna a ser dueño de su propio destino, y se levanta, no por donación del mundo, por gracia de nuestros enemigos, sino por su propia fuerza, por su propia voluntad, por su propia acción.

Hay algo maravilloso en este movimiento y su desarrollo característico, nacido de lo profundo de la aflicción de la guerra, y de la mayor desgracia de la decadencia alemana, antes una idea, hoy una realidad.

Es maravilloso volver a recordar el camino que recorrió la idea de este movimiento hasta llegar a la realización actual. Es también a veces necesario recordar este camino a fin de tomar de él experiencias para el camino venidero. Hay muchos hoy entre nosotros que atestiguan que lo sucedido en Alemania fue también el deseo y la esperanza de otros.

¡Mis SA y SS!

Ciertamente en la imaginación, lo que nosotros queríamos también existió antes. No hay idea de la cual pueda decirse con justicia que haya nacido en un instante. Todo lo que se piensa, lo ha pensado alguien con anterioridad, todo lo que aparece en la imaginación humana, fue también por otros imaginado. Pero lo importante es que tal imaginación, pensamiento o idea, encuentre el camino de salir del débil terreno de lo irreal para llegar a realizarse, que tal idea encuentre los cuerpos y de su organización se logre crear lentamente la fuerza que permita convertir en realidad lo imaginado.

Después de la catástrofe de 1918 al volver a nuestros hogares, fuimos presa de un sufrimiento interior que habían sentido ya nuestras generaciones pasadas, pero que en nuestra época nos era extraño.

Pero si hoy muchos dicen que lo que deseamos no es nuestra voluntad, que otros también querían e ideaban lo mismo, a pesar de todo esto, esta voluntad es nuestra, pues por nuestro intermedio, por el vuestro, mis camaradas, pudo encontrar el camino de la realización.

Lo que otros pensaban y querían fue su problema y lo sigue siendo: siempre quedó solo en el espíritu y en la imaginación. Lo que nosotros queríamos, mis camaradas, es hoy realidad y esta realidad es por lo tanto nuestra, aunque otros hayan aspirado a lo mismo y quizá hayan tenido semejante mentalidad. No hay idea alguna que posea por sí sola la seguridad de su realización; para realizarla es preciso separarla del terreno de la imaginación, de la perspectiva y del pensamiento, y conducirla al campo de la pelea y de la lucha. Debe entonces crearse su representación del pueblo mismo, y debe como representante vivo iniciar la batalla con total amplitud para la conquista de los hombres.

Esto se inició hace catorce años; lo mismo fue imaginado posiblemente por otros antes que nosotros, pero nosotros lo hemos convertido en realidad; de la ruptura de la lucha de clases, profesiones y castas, del fin de la decadencia del pueblo y de la fuerza del Estado, hemos construido como idea una nueva aspiración como demostración de nuestro programa e iniciamos el darle forma de dogma por el cual se manifiestan millones de individuos.

Y así nació de una idea antes limitada una organización de perfil agudo, y de la agudeza de su perfil debió reconocerse que no se trataba de hacer percibir pensamientos en la vida popular, prometerles obediencia, sino que este reconocimiento debía llegar también a obtener la fuerza de la realización, pues solo ella puede crear el derecho en esta Tierra.

Después del desastre de 1918, cuando iniciamos la búsqueda de nuestro derecho por todas partes, algo fue claro para nosotros, los nacionalsocialistas: el derecho no está fuera de nosotros, sino en nosotros mismos; sólo podremos encontrarlo en nuestra propia fuerza.

En todos los tiempos sólo la fuerza pudo levantar una exigencia de voluntad. Nunca la debilidad recibió del mundo el derecho de existencia. Por eso hemos reconocido claramente: es necesario que la organización que representa a nuestra nueva comunidad popular sea por sí misma factor de poderío, que pueda un día realizar lo que auspiciamos, sin esperar auxilio extraño.

Desde un principio fue nuestra intención imprimir al movimiento este convencimiento: nadie nos va a regalar algo, nos va a apoyar ni a conceder lo que no seamos capaces de darnos nosotros mismos por nuestra fuerza. Por ello nacieron un día las SA y SS.

El enemigo quería acabar con el movimiento por medio del terror, tenía el poder en su mano, podía vencer a cualquiera que se atreviera a exhibir alguna idea contraria a sus intereses.

Cientos de miles de nuestros políticos plebeyos consideraban al Estado y sus organizaciones como factores destinados a ser amparo y protección de sus voluntades políticas. En aquel entonces me aparté de tal mentalidad y contemplé al pueblo desde el punto de vista del Estado y me dije: “Aquí, del pueblo mismo, hay que crear el arma y la defensa con que alcanzar nuestro objetivo.”

Si queremos conquistar nuestro círculo, la fuerza necesaria sólo la obtendremos del círculo mismo; debemos crear la fuerza y tener el valor de presentarnos nosotros mismos en su defensa, sin esperar que el terreno que vamos a conquistar nos proteja o nos dé amparo. Ni vamos tampoco a pensar que un día como Estado o fuerza sostenedora del Estado, seremos más fuertes que antes como fuerza de lucha por el Reich.

Así nació entonces de un puñado de hombres esta pequeña corporación SA, camaradas fieles que se pusieron a mi disposición, convencidos que debía nacer un nuevo Reich, y que no podía nacer sino de un nuevo pueblo, de modo que debía ir a las masas inagotables para conformar la nueva organización de nuestra vida.

Dos razones existieron para la fundación de las SA y SS.

Primero: Nosotros, los nacionalsocialistas, quisimos protegernos por nosotros mismos; no queríamos ir a mendigar auxilio extraño; teníamos el convencimiento de que la propia protección de una idea y del movimiento que la transporta sólo puede estar en el valor, en la fidelidad convencida de los partidarios y no en la policía, en los soldados, ni en las leyes, tribunales o Justicia, ni en objetividad o apreciación de derecho. La protección está en el propio valor, en la propia fuerza y en la constancia y resistencia.

Segundo: ¿Cómo queremos alcanzar la meta grandiosa de la nueva Alemania si no creamos un nuevo pueblo alemán? ¿Cómo ha de nacer este nuevo pueblo si no podemos vencer por nosotros mismos todo lo que vemos de corrupción que rodea a nuestro pueblo? No se forma un Estado desde fuera; lo que tiene verdadero valor secular y milenario sólo puede crecer del interior.

Vemos ante nosotros al pueblo repleto de innumerables prejuicios, desquiciado, aún en desunión, los unos debilitados por orgullo de castas, los otros lacerados por el odio de clases; donde miremos sólo encontramos prejuicios, envidia y odio, celos, desacuerdos y falta de raciocinio; y de todo esto debe nacer hoy un pueblo.

¿Cómo podemos empezar? Yo no puedo esperar que repentinamente, como golpe de varita mágica, la Providencia nos otorgue lo que nosotros mismos no alcanzamos. Así he comenzado a enseñar en una pequeña organización, lo que ha de constituir esencia popular del Estado venidero, hombres que se desprendan de su medio, que dejen atrás todas las pequeñeces de la vida que son de importancia aparente, hombres que vuelvan en sí hacia una nueva tarea, que dispongan del valor, que puedan ya atestiguar por su apariencia, que nada desean tener con todas las imaginaciones de eterno ardor y disolvencia que envenenan la vida popular.

Por otra parte, en el convencimiento que es necesario ejercitar en pequeño lo que se hará más tarde, este joven movimiento debe decidirse valeroso por sus caudillos luchadores; esperemos que un día la totalidad del pueblo alemán se decida por la disciplina de la cual sabemos que es única capaz de formar un pueblo fuerte e indestructible. La fe en la conducción, en la autoridad, que hemos mil veces experimentado por la Historia, es sólo capaz de levantar a un pueblo sobre las masas absurdas y dementes hacia un nuevo ideal. Hemos intentado educar al movimiento dentro del espíritu que debía tener Alemania, antes que nada, en los SA, y después, al segundo grupo, los SS, que representan el espíritu de nuestro frente.

Nuestro triunfo lo debemos a nuestra constancia y de ello debemos también tomar lección para el porvenir. El año 1932 parecía habernos acumulado una lucha excesiva; queríamos dudar de la Justicia, de la Providencia, pero no nos dejamos oprimir. Y vino entonces la época en que debíamos decir: ¡no! Y una segunda vez cuando la puerta parecía abierta, de nuevo debimos decir no, de nuevo tuvimos que negarnos, de aquella manera no podía salir adelante.

Hasta que por tercera vez llegó la hora en que se nos dio lo que podíamos y debíamos exigir, la época en que el movimiento nacionalsocialista penetró en el grandioso período histórico de los acontecimientos trascendentales. Por ello, os doy las gracias a vosotros, que habéis permanecido fieles y valientes a mis espaldas.

Las exigencias que dirijo hoy a mis camaradas son las de siempre. Hay dos grandes tareas a realizar. Después de haber conquistado el poder, debemos conquistar al pueblo alemán. Las masas de nuestros millones de conciudadanos trabajadores deben conquistarse para la nueva comunidad a fin de que, de los 6 millones de hombres se llegue a 8 o 10 millones.

La nueva generación debe aceptar grandes sacrificios a fin de enmendar los daños causados por las generaciones anteriores.

El ejército pardo no caerá en el olvido ni con el transcurso de los siglos.

Si permanecéis en el futuro fieles y obedientes a mis espaldas, ninguna fuerza del mundo será capaz de aniquilar a este movimiento. Seguiremos nuestro camino de victoria y el valor, la obediencia y disciplina mostrados por nuestros camaradas muertos será para nosotros una consigna. Marcharemos en la Historia como las tropas de asalto del resurgimiento alemán. ¡Marchamos hacia un gran destino!

El pueblo alemán en alas de la revolución nacional, solicita nuevamente su derecho al Todopoderoso Creador; sabemos que este movimiento es portador del más gran legado que existe, y demostraremos también que poseemos la dignidad para esta gigantesca empresa. Los que lucharon catorce años con honor no podrán jamás ser deshonrados; este es el voto que ofrendamos en conmemoración de los caídos por nosotros y por Alemania. ¡Heil a los SA y SS, artífices del triunfo del movimiento nacionalsocialista!».

 

Fuente | Adolf Hitler, discursos 1933-1938 (Editorial Kamerad)

Discurso pronunciado en el Palacio de los Deportes de Berlín el 10 de febrero de 1933

«Compatriotas, hombres y mujeres alemanes:

El 30 de enero de este año ha sido formado el nuevo gobierno de concentración nacional. Con ello ha entrado el movimiento nacionalsocialista y yo en el poder. Con ello se han logrado los objetivos por los que luchamos el pasado año.

La República de Weimar fue la que empezó el crimen de la inflación, y después de esta ira de robos, con ayuda de su ministro Hilferdings empezó el desbarajuste espantoso. Porcentajes de incrementos imposibles, los cuales ningún Estado hubiera aceptado, son el pan de cada día de la república en su sistema social. Y con ello empieza la destrucción de la producción. La destrucción mediante esas teorías marxistas de mercado y la anormalidad en nuestra política de impuestos, la cual hará el resto. Entonces vemos como todo se derrumba paso a paso. Como poco a poco se apagan miles de existencias desesperadas. Como año tras año aumentan las suspensiones de pago. Como se celebran cientos de miles de subastas obligatorias. Los puestos de trabajo se van a pique, no se puede seguir existiendo. Ello llega a las ciudades. El ejército de desempleados empieza a crecer: un millón, dos, tres, cuatro millones, seis millones, hoy, ciertamente, deben de ser ya siete u ocho millones. Han destruido todo lo que podían destruir con su trabajo durante catorce años, en los cuales no han sido interrumpidos por nadie. Hoy puede apreciarse todo este sufrimiento con una sola comparación. Un país, Turingia. Los ingresos totales de sus comunidades son de 26.000.000 de marcos. De esta cantidad tienen que sacar para su organización, conservación de monumentos, todo lo que han de gastar las escuelas para utensilios de enseñanza. Deben sacar también para sus necesidades en obras benéficas. 26.000.000 de ingresos totales, y solamente para estas obras benéficas hacen falta 45.000.000. Así está hoy la situación en Alemania bajo el régimen de los partidos, los cuales han arruinado durante catorce años a nuestro pueblo.

Sólo podemos preguntarnos: ¿durante cuánto tiempo todavía? Por esto, porque estoy convencido de que ahora, si no se quiere llegar tarde, hay que empezar por la salvación, por esto me he declarado de acuerdo, el 30 de enero, en utilizar al movimiento que creció de siete hombres a doce millones, para salvar a nuestra patria y a nuestro pueblo alemán.

Nuestros contrarios preguntan ahora por nuestro programa. Mis compatriotas, yo podría hacerles a ellos la misma pregunta. ¿Dónde ha estado vuestro programa? ¿Queríais hacer lo que habéis hecho con Alemania? ¿Era este vuestro programa? ¿O no queríais esto? ¿Quién os impidió hacer lo contrario? De repente no quieren acordarse de que han tenido el poder durante catorce años. Pero nosotros se lo recordaremos, nosotros seremos al mismo tiempo los fiscales. Y nos preocuparemos de que su conciencia no se derrumbe, que sus recuerdos no se nublen. Si ellos dicen: “Díganos su programa detallado”, entonces solo les puedo dar como respuesta: “En todos los tiempos, hubiera sido suficiente un programa, con pocos pero concretos puntos para un régimen. Después de vuestra destrucción, hemos de reestructurar por completo al pueblo alemán, igualmente como fue destruido hasta su base. ¡Este es nuestro programa!”.

Y aquí se levantan ante nosotros una serie de grandes compromisos, el mejor y, por tanto, primer punto de nuestro programa: no queremos mentir y no queremos engañar. Desde el principio rehuí presentarme ante el pueblo y hacerle promesas baratas. Nadie puede levantarse para testificar contra mí sobre que alguna vez haya dicho que el resurgir de Alemania es cosa de pocos días. Siempre y siempre predije: el levantamiento de la nación alemana es volver a recuperar la fuerza y salud interior del pueblo alemán.

Así como yo he trabajado durante catorce años, sin interrupción y sin perder la esperanza en la construcción de este movimiento, y así como a mí me ha sido posible hacer de siete personas, doce millones, así quiero y queremos construir y trabajar por el levantamiento de nuestro pueblo alemán. Así como este movimiento hoy ha sido encargado de tomar el mando del Reich alemán, así volveremos a llevar algún día a este Reich alemán hacia la vida y hacia la grandeza. Estamos decididos a no dejarnos interrumpir por nada.

Así llegamos al segundo punto de nuestro programa. No les quiero prometer que este levantamiento de nuestro pueblo llegue por sí mismo. Queremos trabajar pero el pueblo ha de ayudar. No se ha de pensar nunca que, de pronto, libertad, felicidad y suerte, sean un regalo del cielo. Todo tiene sus raíces en la propia voluntad, en el propio trabajo.

Y, en tercer lugar, queremos dejar guiar todo nuestro trabajo por el conocimiento. No creemos nunca en la ayuda ajena, nunca la ayuda se encuentra en el exterior de nuestra nación. Solamente en sí mismo está el futuro de nuestro pueblo. Solamente nosotros mismos levantaremos a este pueblo alemán con propio trabajo, con propia eficacia, con propia constancia, entonces volveremos a subir. Igual que los padres de Alemania, no por ayuda ajena, sino por sí mismos, la hicieron grande.
En el cuarto punto de nuestro programa, no queremos hacer esta reestructuración basándonos en teorías que inventó algún raro cerebro, sino bajo leyes eternas que siempre tienen validez. No en teorías de clase, no en puntos de vista de clase. Estas leyes las resumimos bajo el quinto punto de nuestro programa: las bases de nuestra vida están en los valores que nadie nos puede robar, a excepción de nosotros mismos. Ellos son nuestra carne y nuestra sangre, nuestra voluntad y nuestra tierra. Pueblo y tierra, estas dos son las raíces de las que sacaremos nuestra fuerza, y sobre las cuales construiremos nuestros proyectos.

Y así llegamos al sexto punto, meta de nuestra lucha. El mantenimiento de nuestro pueblo y de su tierra, el mantenimiento de este pueblo en el futuro con el conocimiento que solamente él puede darnos un verdadero sentido por la vida. No vivimos para las ideas, no para las teorías, no para los programas de partidos fantásticos. No. Vivimos y luchamos por el pueblo alemán, para el mantenimiento de su existencia, para realizar su propia lucha en la vida. Y estamos convencidos de que solamente de esta forma podemos ayudar a aquello que otros tanto quieren poner en primer lugar: la paz mundial.

Ésta siempre tiene las mismas bases. Pueblos fuertes, los cuales la desean y protegen. Una cultura mundial se construye sobre la cultura de las naciones y de los pueblos. Un mercado mundial solamente es posible por medio de un mercado de naciones individuales sanas. Partiendo de nuestro pueblo, levantaremos una piedra en la reestructuración del mundo.

El siguiente punto dice: porque vemos en el mantenimiento del pueblo y de su lucha por la vida nuestra mayor meta, hemos de hacer desaparecer las causas de nuestra destrucción y para ello, reconciliar a las clases alemanas. Una meta que no se consigue en seis semanas ni en cuatro meses, habiendo trabajado otros setenta años en su destrucción. Pero es una meta que no debemos perder nunca de vista, mientras trabajemos por reconstruir esta comunidad, debemos hacer desaparecer, poco a poco las causas de esta destrucción.

Los partidos de la lucha de clases han de convencerse de que, mientras Dios me dé vida, haré todo lo posible para destruirlos con todas mis fuerzas y con toda mi voluntad. Nunca, nunca, abandonaré este deber: hacer desaparecer al marxismo y sus sicarios de Alemania. Y jamás estaré dispuesto en esto a llegar a un compromiso.

Alguien debe ser el vencedor: o el marxismo o el pueblo alemán. ¡Y Alemania ganará!

Mientras reconciliamos a las clases queremos volver a llevar, directa o indirectamente, a este pueblo alemán, unido hacia las fuentes eternas de su fuerza. Queremos educarles desde la infancia, para hacerles creer en Dios y para hacerles creer en su pueblo. Queremos reestructurar el campesinado como base de nuestro pueblo.

Luchar por el futuro alemán es luchar por la mina alemana y por el campesino alemán. Él nos alimenta, él ha sido el sufrimiento eterno durante miles de años y él debe ser mantenido.

Sigo hacia el segundo pilar de nuestro pueblo: hacia el trabajador alemán. El que en el futuro ya no será un extraño. No lo debe ser para el Reich alemán, y al cual le abriremos las puertas para que pueda entrar en la comunidad del pueblo alemán como base de la nación.

Queremos asegurar al espíritu alemán la posibilidad de su desarrollo, queremos que reaparezca la personalidad con todo su valor, la fuerza de creación. Con esto queremos acabar con una democracia podrida, y en su puesto queremos colocar el conocimiento eterno. Todo lo que es grande solo puede nacer de la fuerza de la personalidad individual. Lucharemos contra la aparición de un nuevo sistema parlamentario-democrático. Y así pasamos, enseguida, al punto doce: la reaparición de la limpieza en nuestro pueblo. Junto a esta limpieza en todos los campos de nuestra vida; la limpieza de nuestra organización, la limpieza de nuestra vida social, la limpieza de nuestra cultura, también queremos la restauración del honor alemán y del respeto ante él. Queremos crear en los corazones el conocimiento hacia la libertad; pero también queremos hacer feliz a nuestro pueblo con la verdadera cultura alemana, con una arquitectura alemana, con una música alemana, que nos devolverá nuestra alma, y queremos despertar con ello el respeto hacia las grandes tradiciones de nuestro pueblo. Despertar el respeto ante las producciones de nuestro pasado, la gran admiración hacia los hombres de la Historia. Queremos devolver a nuestra juventud este Reich maravilloso del pasado. Con respeto se han de arrodillar ante aquellos que vivieron antes que nosotros, trabajaron y crearon aquello sobre lo que hoy podemos vivir.

Y queremos educar a esta juventud en el respeto hacia aquellos que un día dieron el mayor sacrificio por la vida de nuestro pueblo y su futuro. Lo peor que se ha hecho en estos catorce años ha sido que dos millones de muertos fueron engañados en su sacrificio. Y estos dos millones han de levantarse ante los ojos de nuestra juventud, como eternos guardianes, para vengarlos.

Queremos educar a nuestra juventud en el respeto hacia nuestra vieja Armada. Se la debe volver a recordar, a amar. Debe volver a ser la fuerza de nuestra nación, el sentido del esfuerzo que ha realizado nuestro pueblo durante su historia.
Este programa será el programa de la reestructuración nacional en todos los campos de la vida, rechazando cada uno que atentara contra la nación.

Hermano y amigo para todos es el que quiere ayudar a luchar para el levantamiento de su pueblo, de nuestra nación. Con ello quisiera daros la última consigna, mis compatriotas.

El 30 de enero tomamos el poder. Muchos peligros acechan a nuestro pueblo. ¡Los queremos evitar y los evitaremos! A pesar de muchas sonrisas, podremos hacer desaparecer a este contrario. Y así también acabaremos con las causas de su régimen. Para poder tranquilizar a Dios y a nuestra conciencia, nos hemos vuelto a entregar al pueblo. Él nos ha de ayudar. Si este pueblo nos abandona ahora, entonces no nos mantendremos. Iremos por el camino para que el pueblo alemán no se pudra.
Pero queremos que la reestructuración del pueblo alemán no se identifique solamente con algunos nombres y personas, sino que esté enlazada con el nombre del propio pueblo alemán. Que no sea solo el régimen quien trabaje, sino que detrás se encuentre una masa de millones que, ayudados de su fuerza, quieran reforzarse a sí mismos y ayudarnos a nosotros en esta gran obra.

Sé, que si hoy se abrieran muchas tumbas, los espíritus del pasado, aquellos que lucharon y murieron por Alemania, saldrían y detrás nuestro estaría su sitio. Todos estos grandes hombres de nuestra historia, sé que hoy están detrás de nosotros y ponen sus miradas en nuestra obra y en nuestro trabajo.

Durante catorce años los partidos de la destrucción y de la revolución de noviembre, han deshecho y destruido a nuestro pueblo. Tengo derecho, entonces, a presentarme ante la nación y decirle: “Pueblo alemán, danos cuatro años y, entonces, juzga por ti mismo. Pueblo alemán, danos cuatro años y, juro, que así como he ocupado este puesto así lo dejaré. No lo hice por un sueldo o por dinero, ¡lo hice por ti mismo! Ha sido la decisión más difícil de mi vida. La he tomado porque estoy convencido de ello. He tomado esta decisión porque estoy seguro que no se puede esperar más. He tomado esta decisión, porque estoy convencido de que, al fin, nuestro pueblo volverá a recobrar el sentido común y que, aunque millones todavía nos odien, llegará la hora en que marcharán detrás de nosotros, porque comprenderán que verdaderamente representamos lo mejor y que no tuvimos jamás otra meta ante los ojos que servir a aquello, que es para nosotros lo más grande del mundo.”

No puedo apartarme de la fe en mi pueblo; no puedo alejarme del convencimiento de que esta nación volverá de nuevo a superarse, no puedo desprenderme del cariño hacia este pueblo mío. Y abrigo firmemente la convicción de que llegará el momento en que estos millones que actualmente nos odian, estarán detrás de nosotros para saludar en nuestra unión, al nuevo Reich creado en común, conquistado con fatigas y logrado con amarguras; el nuevo Reich alemán de la grandeza, el honor, la fuerza y la justicia. ¡Amén!».

 

Fuente | Adolf Hitler, discursos 1933-1938 (Editorial Kamerad)

Discurso pronunciado en la Iglesia de la Guarnición de Potsdam con motivo de la inauguración del nuevo parlamento el 21 de marzo de 1933

«¡Señor presidente del Reich! ¡Señoras y señores, diputados del parlamento!

Desde hace años vive nuestro pueblo bajo el peso de hondas preocupaciones.

Después de un período de orgullosa ascensión, de florecimiento y de prosperidad en todos los aspectos de nuestra vida, han vuelto a penetrar en nuestro país, como tantas otras veces en el pasado, la miseria y la pobreza.

A pesar de su industria y amor al trabajo, de su decisión, de su inteligencia y buena voluntad, buscan en vano millones de alemanes el pan de cada día. La vida económica languidece, la hacienda está desorganizada, millones de hombres carecen de trabajo.

El mundo sólo conoce el aspecto externo de nuestras ciudades, pero no ve las miserias y calamidades.

Dos mil años hace que nuestro pueblo vive acompañado de ese incierto destino. A las pocas épocas de prosperidad siguen una y otra vez las de decadencia. Las causas fueron siempre las mismas. Dominado por la descomposición interna, dividido espiritualmente, disperso en la voluntad y, por lo tanto, impotente para la acción, el pueblo alemán se encuentra desprovisto de energías para afirmar su propia existencia. Sueña con la justicia en un mundo ideal y pierde el contacto con la realidad.

Pero cuanto mayor es la decadencia del pueblo y del Estado, y más débil, por consiguiente, la defensa y protección de la vida nacional, con tanta mayor fuerza se ha procurado siempre hacer de la pobreza una virtud. La teoría del valor peculiar de cada uno de los grandes linajes o familias germánicas era como un obstáculo para llegar al reconocimiento de la necesidad de formar una voluntad común. Finalmente no les quedaba a los alemanes más camino abierto que el de la exploración de su propio espíritu. Pueblo de músicos, de poetas y pensadores, soñaba en un mundo que para los demás pueblos era la realidad misma y únicamente ante los embates sin piedad de la miseria y de la desgracia, llegaba a surgir de la emoción artística la nostalgia de un nuevo impulso, de una nueva afirmación nacional y, con ello, de una vida nueva.

Cuando a las ansias intelectuales de la nación alemana hizo seguir Bismarck la unidad política, pareció que había de haber terminado para siempre el largo período de discordias y guerras civiles entre alemanes. Fiel a la proclama del emperador, nuestro pueblo contribuyó a fomentar los bienes de la paz, de la cultura y de la civilización humana. El sentimiento de su fuerza estuvo siempre unido a la responsabilidad profundamente sentida por la vida común de las naciones europeas.

Esta época de unidad política y militar de los pueblos alemanes coincide con los comienzos de un proceso ideológico de disolución de la conciencia nacional, cuyas funestas consecuencias se hacen sentir todavía.

Y esta decadencia interna de la nación se convirtió una vez más, como tantas otras, en aliada del mundo exterior. La revolución de noviembre de 1918 terminó un combate al cual la nación alemana acudió llevada por el sacratísimo convencimiento de que con ello no hacía más que defender su libertad y su derecho a la vida.

La culpabilidad de Alemania en la guerra es una calumnia, porque ni el emperador ni el gobierno, ni el pueblo habían querido la guerra. Únicamente la caída de la nación, el desmoronamiento general, pudieron obligar a una generación débil a aceptar contra su leal deber y su sagrado convencimiento la imputación de nuestra culpabilidad.

Este derrumbamiento fue seguido de la decadencia en todos los órdenes. Moral y materialmente, intelectual y económicamente, nuestro pueblo descendió cada día más bajo.

Y lo peor de todo fue la destrucción de la fe en la propia fuerza, la degradación de nuestras tradiciones y, con ello, la ruina de toda base firme para la confianza.

Crisis interminables han trastornado desde entonces la vida de nuestro pueblo.

Pero la felicidad y la riqueza del resto del mundo no han aumentado tampoco por el hecho de que haya quedado política y económicamente roto un eslabón esencial en la comunidad de los Estados.

De la extravagante teoría que pretende perpetuar la noción de vencedores y vencidos surgió la locura de las reparaciones y, a consecuencia de ella, la catástrofe de la economía mundial.

Mientras de este modo el pueblo y la nación alemana se hundían en la división y en la discordia internas y la vida económica marchaba hacia la ruina, empezaba por otra parte la nueva concentración de los alemanes que, animados por la fe y la confianza en sí mismos, trataban de formar una nueva comunidad.

A esa joven Alemania confiasteis, vos, señor Mariscal, el día 30 de enero de 1933 con generosa decisión, el gobierno del Reich.

Convencidos de que el pueblo debe dar también su asentimiento al nuevo orden de la vida alemana, los hombres que formamos este gobierno nacional acordamos dirigir un último llamamiento a la nación.

El día 5 de marzo tomó el pueblo su decisión y, en su mayoría, expresó su adhesión a nuestra causa. En un levantamiento único y en el curso de pocas semanas ha restablecido el honor nacional y gracias a vuestra comprensión, señor presidente del Reich, ha consumado la unión entre los símbolos de la antigua grandeza y de la energía juvenil.

Al presentarse el gobierno nacional, en esta hora solemne por primera vez ante el nuevo parlamento, anuncia al propio tiempo su voluntad inquebrantable de acometer y llevar a cabo la gran obra de reorganizar el pueblo y el Estado alemanes.

Consciente de actuar como intérprete de la voluntad nacional, espera el gobierno de los partidos que integran la representación popular, que al cabo de quince años de sufrimientos y miserias sean capaces de superar los estrechos doctrinarismos y dogmas partidistas y se sometan a la férrea ley que la crisis y sus amenazadoras consecuencias a todos nos imponen.

La obra que el destino exige de nosotros ha de elevarse soberanamente sobre la pequeñez y la estrechez de los recursos de la política cotidiana.

Queremos restablecer en la nación alemana la unidad de pensamiento y de voluntad.

Queremos conservar los eternos fundamentos de nuestra vida, a saber: nuestra personalidad como pueblo y las energías y valores a ella inherentes.

Queremos ajustar la organización y el gobierno del Estado a los principios que en todo tiempo fueron condición previa para la grandeza de los pueblos y de las naciones.

Queremos aliar la confianza en las sanas y rectas normas naturales de la conducta con la firmeza en la evolución política tanto interior como exterior.

En lugar de las continuas vacilaciones queremos establecer un gobierno firme que devuelva a nuestro pueblo una inquebrantable autoridad.

Nos proponemos tomar en cuenta todas las experiencias que en la vida individual y colectiva, no menos que en la vida económica, hayan demostrado, en el curso de los milenios, su carácter beneficioso para la humanidad.

Queremos restablecer la primacía de la política, llamada a organizar y dirigir la lucha por la vida de la nación.

Pero queremos también atraernos todas las fuerzas verdaderas, vivas del pueblo, porque en ellas vemos el sostén del porvenir de Alemania y a la vez que nos esforzaremos en unir a todos los hombres de buena voluntad, procuraremos reducir a la impotencia a cuantos pretendan causar perjuicio al pueblo alemán.

Sobre la base de los pueblos germánicos, de sus estamentos y profesiones, de lo que hasta hoy se han llamado clases, queremos fundar una nueva comunidad, con derecho a establecer entre los diversos intereses vitales el justo equilibrio exigido por el porvenir común de todos ellos. Campesinos, burgueses y obreros han de volver a formar un pueblo alemán.

Ese pueblo ha de convertirse en eterno y fiel guardián de nuestras creencias y de nuestra cultura, de nuestro honor y nuestra libertad.

Frente al mundo, y recordando la magnitud de los sacrificios de la guerra, queremos ser sinceros amigos de la paz que cure por fin las heridas de todos.

El gobierno nacional está decidido a llenar la misión aceptada ante el pueblo alemán. Se presenta, por lo tanto, al parlamento, animado del ferviente deseo de encontrar en él un apoyo en el cumplimiento de esta tarea. Procurad, señoras y señores, como representantes elegidos del pueblo, ajustar vuestros actos al espíritu de los tiempos y colaborar a la gran obra de la regeneración nacional.

Entre nosotros se encuentra hoy una anciana testa. Nos levantamos para inclinarnos ante vos, señor Mariscal.

Tres veces luchasteis en el campo del honor por la existencia y el porvenir de nuestro pueblo.

Como teniente en los ejércitos del rey y por la unidad alemana, en las legiones del viejo emperador alemán por la gloriosa realización del Reich, y en la mayor de las guerras de todos los tiempos como Mariscal de campo por la conservación del Reich y la libertad de nuestro pueblo.

Fuisteis testigo del nacimiento del Reich, de la obra del gran canciller, de la maravillosa ascensión de nuestro pueblo y fuisteis después nuestro conductor en la época extraordinaria cuyas luchas hubimos de vivir nosotros mismos por decreto del destino.

Hoy, señor Mariscal, permite la Providencia que seáis protector del nuevo alzamiento de nuestro pueblo. Vuestra vida maravillosa es para todos nosotros símbolo de la fuerza vital indestructible de la nación alemana. Así os está agradecida la juventud alemana y agradecidos os están también aquellos que estiman vuestro asentimiento a la obra del levantamiento de Alemania como una bendición. Que esta energía logre también comunicarse a la nueva representación de nuestro pueblo, cuya apertura tiene ahora lugar.

Quiera también la Providencia concedernos el valor y la constancia que en este recinto sagrado para todo alemán sentimos en torno a nosotros, hombres que luchamos por la libertad y la grandeza de nuestro pueblo, reunidos al pie de la tumba del más grande de sus reyes».

 

Fuente | Adolf Hitler, discursos 1933-1938 (Editorial Kamerad)

Discurso pronunciado ante la Cámara Alta el 5 de abril de 1933 (acerca de la agricultura alemana)

«¡Señor presidente!, ¡señores!:

Si podemos celebrar hoy otra sesión bajo la bandera negro-blanco-roja y bajo el símbolo del renacimiento nacional en Alemania es quizá porque el campesino alemán ha tomado grandísima parte en este nuevo curso histórico de nuestro destino. Se habla tanto de los motivos que determinan individualmente las acciones de los gobiernos y se olvida que todas las medidas adoptadas en ciertos tiempos tienen una misma raíz. Las acciones de años que están detrás de nosotros han partido también de una raiz y, exactamente ocurrirá con las de aquel tiempo que yace ante nosotros, que también de una raíz tendrán que partir.

Al hablar aquí en nombre del gobierno nacional, quiero hablar de la tendencia de que este necesita. Nos llamamos hoy un gobierno del levantamiento alemán, de la revolución nacional. Queremos decir con ello que este gobierno se siente y considera conscientemente como una representación de los intereses del pueblo alemán. Debe ser asimismo una representación de los campesinos alemanes, pues no puedo defender los intereses de un pueblo si al fin no reconozco la fuerza mas importante en una clase social que significa efectivamente el porvenir de la nación.

Si paso la vista por sobre todos los fenómenos aislados de la economía, por sobre todas las transformaciones políticas, al fin queda siempre la cuestión esencial de la conservación de la nacionalidad en si. Esta cuestión solo podrá ser resuelta favorablemente cuando haya quedado resuelto el problema de la conservación de los campesinos. Que un pueblo podía existir sin ciudadanos, nos lo enseña la historia, que no es capaz de vivir sin campesinos, lo hubiera demostrado en un tiempo la historia si hubiese persistido el antiguo sistema. Todas las oscilaciones son al fin tolerables, todos los reveses de la suerte pueden ser conllevados siempre que exista una clase campesina fuerte. En tanto que un pueblo pueda contar con una clase campesina fuerte, sacara de ella, una vez y todas, nuevos bríos y nuevas fuerzas. Creédmelo, señores, la revolución que yace tras nosotros no hubiera sido posible si parte del pueblo del campo no hubiese militado en nuestras filas. Hubiera sido imposible conquistar solo en las ciudades todas aquellas posiciones de salida que también en nuestras acciones nos han dado el peso de la legalidad. Al campesino alemán debe, pues, el pueblo alemán la renovación, el levantamiento y con ello la revolución que ha de conducir al saneamiento general de las condiciones alemanas.

Todo gobierno que nos pare miente en la importancia de este fundamento portante. No podrá ser mas que un gobierno del momento. Podrá dominar y gobernar por espacio de algunos años, pero nunca llegara a obtener exítos duraderos ni mucho menos eternos, puesto que estos exigen que se comprenda una vez y otra la necesidad de la conservación del propio espacio de vida y, por consiguiente, de la propia clase campesina. Este reconocimiento fundamental exige la necesidad de obrar en numerosos sectores y la esencia de innumerables resoluciones individuales; servirá de idea fundamental y se sobrepondrá constantemente a todas nuestras acciones y a nuestras resoluciones.

Pensando de manera tan fundamental no se perderá jamas el suelo bajo los pies, darán siempre y primeramente con lo justo, aun cuando los hombres, que todos lo somos, no hayan elegido y hallado temporalmente, una vez que otra, lo justo y verdadero. Creo por tal razón que este gobierno, viendo su misión en la conservación de la nacionalidad alemana, la cual, a su vez, esta atendida principalmente a la conservación del campesino alemán, no tomara nunca resoluciones falsas. Puede que aquí y allá yerre en sus medios, pero no lo hará nunca en lo esencial y fundamental.

Es cuestión de valor no ver solamente las cosas tal cual ellas son. Habrá que romper con muchas tradiciones antiguas, habrá en algunos casos que verse precisado a oponerse a la opinión pública. Podrá hacerse esto tanto mejor y tanto mas pronto, mientras mas cerrado este un bloque de la nación detrás del gobierno. Una cosa es imposible: que un regimiento sea capaz al fin de pelear hacia todas direcciones. Si es que un gobierno lucha por la conservación de la nacionalidad alemana y consiguientemente por la del campesino alemán, es precisamente esta nacionalidad la que ha de secundar las acciones y los hechos del gobierno. Esto le da entonces aquella estabilidad interior que necesita para adoptar resoluciones que por el momento son difíciles de defender, pero que forzosamente hay que adoptar y cuyo éxito no podrán ver en el acto nuestros hermanos obcecados en un principio, pero de quienes se sabe que acabaran por contribuir a la salvación de toda la nacion.

Si los campesinos alemanes han encontrado hoy una gran fusión, el hecho de poner grandes masas del pueblo detrás del gobierno facilitará grandemente la actuación de este en lo futuro. Creo que en este gobierno no hay nadie que no este animado del sincero deseo de llegar a esta estrecha colaboración. En la solución de este problema vemos al mismo tiempo la salvación del Pueblo Alemán en lo futuro, no solo para 1933 o 1934, sino para los tiempos mas remotos.

Estamos dispuestos a adoptar aquellas medidas, y a ponerlas en practica en los próximos años, de las cuales sabemos que las generaciones venideras las reconocerán como justas y las fijaran definitivamente.

Ya era tiempo de encontrar la fuerza para adoptar resoluciones a las cuales debemos, en el mas profundo y ultimo sentido, la salvación de la Nación Alemana.

Estamos dispuestos a echar sobre nuestros hombros tan difícil lucha. Por la ley de autorización se ha conseguido que la acción de salvación del Pueblo Alemán se libere y desprenda por primera vez de las intenciones y consideraciones de partido de la que ha sido hasta ahora la representación del pueblo. Podremos hacer ahora con ella lo que creamos necesario para el porvenir de la nación pensándolo despacio y con sangre fría. Se han creado las presuposiciones puramente legales para su consecución. Eso si que es necesario que el pueblo tome parte activa en nuestra labor. Que no crea que la nación no tiene ya necesidad de tomar parte en la formación de nuestro destino por la sencilla razón de que el parlamento no es ya capaz de intervenir, inhibiéndolas, en las resoluciones. Todo lo contrario, lo que queremos es que el Pueblo Alemán vuelva en si precisamente ahora y se ponga detrás del gobierno cooperando vivamente. Se ha de llegar al punto de que cuando volvamos a apelar nuevamente a la nación, pasados unos cuatro años, no nos dirijamos a hombres que han dormido, sino que encontremos a un pueblo que en estos años ha despertado finalmente de su hipnosis parlamentaria y posea los reconocimientos necesarios para comprender las eternas presuposiciones de la vida.

Se que la labor que nos espera contiene problemas de enorme gravedad. No sólo porque al cabo de quince años de no apreciar las presuposiciones mas naturales de la vida debemos empezar con los principios mas sencillos de la razón, sino porque durante este tiempo ha tenido lugar un inaudito enlazamiento de intereses y no se puede dar un solo paso sin tropezar con corrupciones que hay que exterminar a toda costa, ya sean de carácter espiritual o material. Sea como se quiera, este problema tiene que ser resuelto, y se resolverá. Si el Pueblo Alemán conoce detrás de si milenios de un destino lleno de vicisitudes, no ha de ser la voluntad de la providencia el que antes de nosotros se haya luchado y sacrificado para que las futuras generaciones echen a perder su vida ellas mismas y no puedan entrar en los milenios del porvenir. Las grandes luchas del pasado hubieran sido inútiles si dejásemos de luchar por el futuro.

Los sacrificios que nosotros mismos hemos hecho por la conservación del Reich, han sido pesados. La generación que peleo en esta guerra mundial ha sufrido lo indecible. No es justo poner solo esto en la cuenta, pues debemos pensar en lo que han hecho, sufrido y batallado las generaciones que nos precedieron. Debemos contar la suma total de los sacrificios hechos antes de nosotros, no para que una generación capitule ante el destino y se extingan las de los tiempos futuros, sino en la esperanza de que cada generación cumpla, por su parte, con su deber en esta eterna sucesión de generaciones.

Ante nosotros se levanta hoy este deber exhortándonos a su cumplimiento. Por espacio de quince años se han cometido los mas graves pecados, sin excepción alguna, unos conscientemente activos, otros pasivamente por toleración. A nosotros nos toca proceder juntos y de acuerdo para borrar las huellas de este tiempo.

El problema podrá ser muy grande, pero si ha de ser resuelto, habrá que resolverlo. Rige también aquí la eterna máxima: donde reina una voluntad inquebrantabie, podrá quebrantarse igualmente una época de penuria».

Discurso "El triunfo de la Voluntad" pronunciado en Nüremberg el 1934

«El sexto día del partido del movimiento esta llegando a su fin lo que para millones de alemanes fuera de nuestras filas apareció como una muestra de fortaleza política, para cientos de miles de luchadores fue, a la postre mas, la gran reunión personal y espiritual de veteranos luchadores y camaradas en lucha y, quizá, para parte de vosotros desafiados por el impulso cortes de esta revista a muestro partido retornaran con embravecidos corazones a los días en los que fue difícil ser nacionalsocialista.

Cuando nuestro partido lo componían únicamente siete miembros ya tenía dos principios. Primero, seria un partido con una verdadera ideología y segundo, seria intransigentemente el primer y único poder en Alemania. Tuvimos que permanecer en la minoría ya que movilizamos los elementos más valiosos de lucha y sacrificio en la nación que siempre no han estado en la mayoría, sino más bien en la minoría. Y como estos son los racialmente mejores de la nación alemana pueden en la más alta autoestima reclamar el liderazgo del pueblo y el imperio. El pueblo alemán supeditándose a si mismo a este liderazgo en creciente numero. El pueblo alemán es feliz sabiendo que una visión constantemente variable ha sido remplazado por una posición fija. Cualquiera que se considere portador de la mejor sangre y a sabiendas lo aprovecha para lograr el liderazgo, nunca lo abandonará. Hay siempre una parte del pueblo que sobresale como luchadores realmente activos y mas se esperan de ellos que de millones de compatriotas camaradas de la población en general, para ellos no es simplemente suficiente poner la promesa: “Yo creo”, si no más bien la aseveración “Yo lucho”. En el porvenir el partido será la fuente del liderazgo político para el pueblo alemán. Lo adoctrinará y, a la postre, organizara duro como el acero. Moldeable en sus estrategias y adaptable en su totalidad. Sera una escuela, como una orden santa hermandad para lideres políticos. Debe resaltarse, sin embargo que todos los alemanes honrados se convierten en Nacionalsocialistas, solo los mejores Nacionalsocialistas sin embargo, son Camaradas del Partido. Una vez, nuestros enemigos nos inquietaron y persiguieron y, de vez en cuando, quitaron de en medio los elementos inferiores del movimiento por nosotros. Hoy debemos examinarnos y extirpar de entre nosotras filas los elementos que se han transformado en dañinos que por consiguiente, no tienen sitio con nosotros. Es nuestro deseo y nuestra voluntad que este estado y este imperio duren por mil años. Podemos estar felices de saber que este futuro nos pertenece enteramente.

Cuando los mayores entre nosotros vacilen, la juventud se pondrá firme y se mantendrá hasta que sus cuerpos se corrompan. Solo luego, si nosotros en el partido con nuestra más dócil diligencia llegamos a ser la más alta encarnación del pensamiento nacionalsocialista entonces el partido se materializará como un eterno e indestructible pilar del pueblo alemán y del imperio. Entonces nuestro glorioso y admirable ejército veterano, orgulloso, portador del estandarte de nuestro pueblo que esta igualmente dispuesto a la tradición defenderá el liderazgo político y al partido. Y entonces estas dos instituciones por igual moldearan el hombre alemán y, por ende, lo fortalecerá y cargara sobre sus hombros el estado alemán, el imperio alemán. A estas horas, decenas de miles de nuestros camaradas del partido están partiendo ya de la ciudad mientras muchos de ellos reviven en sus memorias la concentración a pesar de todo otros ya planean la siguiente revista. Y otra vez el pueblo vendrá y acudirá y se fascinara nuevamente y dichoso y se motivara, por la idea y el movimiento se alimentara dentro de nuestro pueblo. Y con el movimiento ¡Esta el símbolo de la eternidad!

¡Larga vida al movimiento Nacionalsocialista!

¡Larga vida a Alemania!».

Discurso desconocido pronunciado en Essen el 1935

«Si consideráis mi trabajo como justo, si creéis que he trabajado mucho, que he trabajado, que me he comprometido en estos años con vosotros, si consideráis mi trabajo como justo, que he utilizado mi tiempo decentemente en el servicio de mi pueblo, denme su voto ahora… ¡Si la respuesta es SÍ! entonces apuesten por mi, como yo aposte por vosotros».

Discurso "A la Juventud Hitleriana" pronunciado en Nüremberg el 1937

«Esta mañana me dijeron nuestros hombres del tiempo que para hoy tendríamos una situación atmosférica borrascosa. Bien, mis muchachos y muchachas, esta situación atmosférica la ha tenido Alemania durante 15 años y también el Partido lo ha tenido. Por encima de un decenio, sobre el movimiento no ha lucido el sol, era una lucha en la cual sólo la esperanza podía salir victoriosa. La esperanza de que al final en Alemania luciría por fin el sol. Y el sol ya luce. A vosotros hoy no os sonrie el sol, pero no es ningún problema, porque nosotros hemos querido educar una nueva juventud, no sólo para los días de sol, sino también para los días de tormenta.

Yo daría por fracasada toda la educación que el Nacionalsocialismo está prestando si el resultado de esta educación no fuera una Nación que en todo momento, inclusive en los más difíciles días, no permaneciese unida. Esta Nación, mi juventud, sois vosotros, en el futuro. La juventud hoy tiene unos ideales distintos a los que poseía en tiempos anteriores. En lugar de una juventud que antaño era educada para el placer, crece hoy una juventud que es educada para la entrega, para el sacrificio; pero en especial, para el fortalecimiento de un cuerpo sano, con facultades de resistencia. Por eso, para nosotros, los nacionalsocialistas, aquellos tiempos de lucha, a pesar de que el sol no luciera, eran bonitos. Nosotros queremos luchar una y otra vez por esto y pedirle a la Providencia que mantenga a nuestro Pueblo sano y firme y que le de a nuestro pueblo el sentido para una verdadera libertad y que mantenga en él, siempre despierto, el sentimiento del honor. Nosotros no queremos pedir a la Providencia el que nos haga libres, o el que nos regale la libertad, sino sólo que haga de nosotros un pueblo como debe ser, de forma que nosotros mismos podamos en cualquier tiempo conquistar nuestra posición que nos corresponde en el mundo. Posición que es la que necesita un pueblo libre. Nosotros no queremos ningún regalo, sólo pedimos la gracia de poder entrar en un combate honrado. Entonces, la Providencia, podrá decidir si nuestro pueblo se ha ganado esta vida o no y cuando yo os veo a vosotros, yo pienso que este pueblo también en el futuro se habrá ganado su libertad y con ello su honor y su vida.

Nunca la dirección de esta juventud estará en manos de otros que no hayan salido de la Idea y del Movimiento. Él os ha formado, de él tenéis el uniforme y a él serviréis. Así como vosotros hoy estáis frente a mí, de esta manera las jóvenes generaciones se encontraran, año tras año durante siglos, frente a los Führers venideros. Y siempre demostrara su adhesión a esta Alemania que hoy nosotros hemos ganado. Alemania, Sieg Heil !!».

Discurso "Paz o Guerra, se me acabó la Paciencia" pronunciado el 26 de septiembre de 1938

«Tenemos ahora ante nosotros el último problema que hay que solucionar y solucionaremos. Es la última exigencia territorial que debo hacer en Europa, pero es una exigencia que no pienso retirar y que, Dios mediante, haré que se cumpla.

La historia del problema es la siguiente. En 1918, bajo el lema del «derecho de los pueblos a la autodeterminación», Europa Central fue hecha pedazos y reconstruida por una serie de supuestos «estadistas» dementes. Sin consideración por el origen de los pueblos, sin consideración por su deseo como naciones o por sus necesidades económicas, Europa Central fue dividida en átomos y se crearon arbitrariamente esos supuestos nuevos Estados.

A este procedimiento debe su existencia Checoslovaquia. Este Estado checo nació gracias a una mentira, el padre de la cual fue Benes(Nota: Edward Benes, presidente de ese país desde 1935 hasta el Tratado de Munich de 1939). El señor Benes apareció por entonces en Versailles y lo primero que hizo fue asegurar que existía una nación checoslovaca. Se vio obligado a inventar esta mentira para otorgar una importancia mayor al escaso número de sus propios compatriotas y, de este modo, justificarse. En ese momento, a los estadistas anglosajones, que no eran, como ocurre siempre, muy versados en lo que respecta a cuestiones de geografía o nacionalidad, no les pareció necesario comprobar las afirmaciones del señor Benes. En caso de que lo hubieran hecho, podrían haber comprobado que no existe tal cosa como una nación checoslovaca, sino tan sólo checos y eslovacos, y que éstos no querían tener nada que ver con los checos.

De modo que al final, gracias al señor Benes, Eslovaquia fue anexada por los checos. Pero como este Estado no parecía suficientemente apropiado para vivir, tuvieron que incorporar a tres millones y medio de alemanes, lo que supuso una violación de su derecho a la autodeterminación y de su deseo por la autodeterminación. Como aquello no bastó, tuvieron que añadir a más de un millón de magiares, luego, algunos rusos de los Cárpatos y, al final, a varios cientos de miles de polacos. Este es el Estado que luego procedió a llamarse a sí mismo Checoslovaquia, lo que supuso una violación del derecho de los pueblos a la autodeterminación, una violación del claro deseo y la voluntad de las naciones a las que se había causado este daño.

Sin embargo, la parte vergonzosa de la historia empieza ahora. Este Estado, cuyo gobierno se encuentra en manos de una minoría, compele a las otras nacionalidades a cooperar en una política que un día de éstos los obligará a matar a tiros a sus propios hermanos. El señor Benes exige a los alemanes que: «Si declaro la guerra a Alemania, tendrán que disparar contra alemanes. Y si se niegan a hacerlo, serán unos traidores del Estado y haré que los fusilen». Y lo mismo espera de Hungría y de Polonia. Exige a los eslovacos que apoyen objetivos que les resultan totalmente indiferentes, ya que el pueblo eslovaco desea la paz y no aventuras. De hecho, el señor Benes convierte a estas personas en traidores al país o traidores a su pueblo. O se muestran dispuestos a traicionar a su pueblo, a disparar contra sus compatriotas, o el señor Benes les dice: «Son unos traidores a su país y yo mismo los fusilaré». ¿Acaso puede haber algo más vergonzoso que obligar a personas de otro pueblo, que se encuentra en unas circunstancias muy especiales, a disparar contra sus compatriotas por el mero hecho de que un gobierno criminal, malvado y ruinoso se lo exige? Puedo afirmar que cuando ocupamos Austria mi primera orden fue: ningún checo tiene por qué servir en el ejército alemán, es más, no debe hacerlo. Yo no les he provocado ningún conflicto de conciencia.

¡Ahora el señor Benes deposita sus esperanzas en el mundo! Y él y sus diplomáticos no lo ocultan. Lo afirman claramente: «Tenemos la esperanza de que Chamberlain sea derrocado, de que Daladier sea obligado a dimitir, y creemos que la revolución está en camino». Depositan sus esperanzas en la Rusia soviética. Aún creen que será capaz de rehuir el cumplimiento de sus obligaciones.

Así pues, sólo puedo decir una cosa más: en este momento hay dos hombres dispuestos uno frente al otro. El señor Benes está allí, y yo estoy aquí. Somos dos hombres de carácter muy distinto. Durante la gran lucha de los pueblos, mientras el señor Benes se dedicaba a vagar por el mundo, yo cumplí con mi trabajo como un honrado soldado alemán. ¡Y hoy me encuentro frente a este hombre como el soldado de mi gente!

Tan solo quisiera decir un par de cosas más: estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos. Le he asegurado que no hay nada que el pueblo alemán anhele más que la paz, pero también le he dicho que no puedo ir más allá de los límites de nuestra paciencia. También le he asegurado, y lo repito aquí, que cuando este problema se haya resuelto, para Alemania se habrán acabado los problemas territoriales de Europa. Y le he asegurado que en el momento en que Checoslovaquia solucione sus problemas, lo que significa que los checos alcancen un acuerdo con sus otras minorías, y mediante medios pacíficos y no la opresión, entonces cesará todo mi interés por el Estado checo. ¡Y se lo he prometido! ¡No queremos a los checos!

Pero del mismo modo, deseo afirmar ante el pueblo alemán que, en lo referente al problema de los Sudetes alemanes, ¡se me ha acabado la paciencia! Le he hecho una propuesta al señor Benes que no es más que la puesta en práctica de lo que él mismo prometió. Ahora, la decisión está en sus manos: ¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad. El mundo debe tomar nota de que en cuatro años y medio de guerra, y durante mi larga vida política, hay una cosa que nadie podrá echarme en cara: ¡Nunca he sido un cobarde! ¡Ahora me sitúo al frente de mi pueblo como su primer soldado y detrás de mí, para que lo sepa el mundo, marcha un pueblo muy distinto al de 1918! Si en aquel momento un erudito trotamundos fue capaz de inyectarle a nuestro pueblo el veneno de los lemas democráticos, la gente de hoy en día ya no es como la de entonces. Tales lemas son para nosotros como los aguijones de avispa: no pueden hacernos daño, ahora somos inmunes. ¡Todo el pueblo germano se va a unir conmigo, sentirá que mi voluntad es su voluntad! Del mismo modo que su futuro y su destino son la fuerza que me lleva a actuar de este modo. Ahora queremos que nuestra voluntad sea tan fuerte como en el momento de nuestra lucha, el momento en que yo, un simple soldado desconocido, conquistó un imperio y nunca dudó del éxito ni de la victoria final.

Entonces se reunió en torno a mí un grupo de hombres y mujeres valientes que me acompañaron. Así que les pido, mi pueblo alemán, que se sitúen detrás de mí, hombre junto a hombre y mujer junto a mujer. En este momento, todos deseamos formar una voluntad común, y esta voluntad debe ser más fuerte que cualquier dificultad y peligro. Y si esta voluntad es más fuerte que todas las dificultades y todos los peligros, llegará un día en que los hará añicos. ¡Estamos decididos! ¡Ahora dejemos que el señor Benes tome una decisión!».

Discurso "Congreso del Frente Alemán del Trabajo" pronunciado en Berlín

«En la vida de los pueblos no puede haber grandes revoluciones si es que -casi me atrevo a decir- no hay absoluta necesidad de ellas.
No puede hacerse una revolución realmente seria si el pueblo no aspira a ella en su interior, si determinadas circunstancias no obligan a emprenderla. Nada más fácil que cambiar exteriormente la forma de gobierno. Transformar interiormente a un pueblo será posible únicamente cuando se haya efectuado más o menos un determinado proceso de desarrollo, cuando un pueblo sienta -si bien tal vez no tan claramente, por lo menos en subconsciencia- que el camino emprendido no es el justo y quisiera dejarlo, mas no puede porque la pesadez y la inercia de la masa le impiden hallar el nuevo camino, hasta que sobreviene un impulso de cualquier parte o hasta que un movimiento que se ha percatado ya de la nueva ruta obliga al pueblo a seguir este nuevo camino. Tal vez quiera hacerlo en el primer momento, o haga como que no quiere, pero a fin de cuentas emprenderá el camino cuando sienta en su interior, consciente o inconscientemente, que la ruta seguida hasta aquí no es la verdadera, la que le conviene. Entre todas las crisis por que atravesamos, y que dan una idea completa, no hay que negar que la más sensible para el pueblo es la crisis económica.

La crisis política, la moral, no la sienten algunos sino muy raras veces. El hombre medio no ve en su tiempo lo que afecta a la totalidad, sino que en la mayoría de los casos sólo ve lo que se refiere a su propia persona. De aquí que el presente no comprenda casi nunca la decadencia política o la moral mientras ésta no se haga extensiva de cualquier manera a la vida económica. Si esto llegara a tener lugar, ya no se tratará de cualquier problema abstracto, de un problema que pueda observarse o estudiarse en otra parte, sino que llegará el día en que el individuo se sienta afectado por la misma cuestión y se irá convenciendo de la imposibilidad de persistir en la misma situación a medida que vaya notando en s u propia persona las consecuencias de la crisis. Se hablará entonces de una crisis económica, de una penuria económica, y, partiendo de esta misma crisis, se tendrá la posibilidad de hacerla comprender, de hacer sentir la penuria que de otro modo suele permanecer oculta por mucho tiempo en cada ser humano.

Es natural que la crisis económica no sea reconocida en el acto en sus diversas causas, que no se vea aquí cuanto acabe por condicionar esta crisis. Es de comprender asimismo que cada uno quiera echarle la culpa al otro, y que se quiera hacer responsables a la generalidad, a las corporaciones, etc. de lo que uno mismo es también responsable. Es una gran dicha el que se vaya logrando entonces poco a poco aclarar tal crisis de suerte que vayan siendo cada vez más los que reconocen las verdaderas causas, lo cual es necesario para hallar los caminos que conducen a la curación.

No basta decir que la crisis económica alemana es una consecuencia de una crisis mundial, de la miseria económica que impera por doquier, pues de la misma manera podrá encontrar cualquier otro pueblo la misma disculpa y las mismas razones para fundar su penuria. Claro está que esta miseria no podrá entonces tener sus raíces en cualquier parte de la tierra, sino dentro de los pueblos, como siempre. Sólo hay una cosa probable, la de que esta raíz sea quizá la misma en muchos pueblos, pero sin la esperanza de poder contrarrestar la miseria por el solo hecho de comprobar que existe una miseria determinada en el correr de los tiempos. Desde luego que es necesario poner al descubierto estas raíces en el interior de un pueblo y curar la miseria ahí donde verdaderamente se la puede curar.

Desgraciadamente el alemán tiene siempre la propensión a dirigir la mirada en tales épocas de lontananza en vez de concentrarla en su propio ser. La larga educación de nuestro pueblo para inculcarle conceptos internacionales lo hace que en estos tiempos de crisis se dedique a la solución de este problema siguiendo puntos de vista internacionales, digo más, da lugar a que muchos de nosotros crean que no es posible hacer frente a esta desgracia sin proceder a la aplicación de métodos internacionales. Nada más erróneo que esto. Natural es que los achaques internacionales que aquejan a todos los pueblos sean curados por ellos mismos. Todo ello no varía el hecho de que cada pueblo debe emprender la lucha por sí y, ante todo, de que un pueblo no debe ser liberado de esta penuria mediante medidas internacionales caso de no adoptar por si solo las medidas necesarias.

Las propias medidas pueden estar naturalmente en el marco de las de carácter internacional, si bien este propio modo de proceder no debe hacerse depender del de los demás. La crisis de la economía alemana no es de las que se expresan en nuestros coeficientes económicos, sino que es en primer lugar una crisis que encuentra igualmente su expresión con las otras en su curso interior, en la naturaleza de nuestra organización, etc. de la vida económica de Alemania. En este caso podemos hablar de una crisis que ha llegado a afectar a nuestro pueblo más que a los otros.

Es la crisis que vemos en relación entre el capital, la economía y el pueblo. Bien crasamente vemos esta crisis en la relación entre nuestro obrero o empleado y nuestro patrón. La crisis ha llegado aquí a un nivel que no ha alcanzado en ningún otro país de la tierra. Si no se resuelve ahora, todas las demás tentativas que se hagan para contrarrestar los peligros de la miseria económica serán inútiles a la larga. Si examinamos la esencia del movimiento obrero alemán tal como se ha venido desarrollando en los últimos 50 años, daremos con tres causas que implican este desarrollo peculiar, raro. La primera causa yace en el cambio que ha sufrido la forma de servicio de nuestra economía en sí.

Esta causa la vemos aparecer en todo el mundo del mismo modo como se presenta en Alemania. A principios del siglo pasado y más aún en nuestros días, ha tenido lugar una transformación de nuestra antigua forma económica de pequeña burguesía -si se me permite la expresión- en sentido de la industrialización, perdiéndose así, definitivamente la relación patriarcal entre patronos y obreros. Este proceso se acelera desde el momento en que las acciones pasan a ocupar el puesto de la propiedad personal. Vemos el comienzo del enajenamiento entre el que crea con la cabeza y el que lo hace con la mano, pues ésta es en resumidas cuentas la única diferencia que decide real y efectivamente.

No es la palabra propiedad la que debe ser aquí considerada como característica, pues sabemos que una gran cantidad de hombres de los que fundaron nuestra producción no vino primitivamente de la propiedad, sino del trabajo, que la fuerza del puño llegó a intensificarse en ellos hasta convertirse en genialidad de la mente, que fueron inventores u organizadores por la gracia de Dios, a quienes nosotros debemos en parte nuestra vida, siendo así que sin las capacidades de estos hombres no nos hubiera sido posible alimentar ni mantener a 65 millones de habitantes en la limitada superficie donde moramos.

De otra manera hubiéramos seguido siendo país de exportación bruta de trabajo. País de exportación, incluso naturalmente del espíritu oculto bajo este concepto: abonos culturales para el resto del mundo. El no haber sido así lo debemos a la gran cantidad de hombres de nuestro pueblo que supieron levantarse de la sima y que, merced a sus muchas capacidades, a su gran ingenio, pudieron proporcionar y asegurar el pan a millones de individuos. No se trata pues, de que desde un principio podamos decir: contratistas y patronos, sino que la salida consiste en que el espíritu, como ocurre siempre en la vida del hombre, se levanta, imperante, sobre la fuerza ordinaria. Este espíritu no ha sido entre nosotros algo así como una prerrogativa del nacimiento, sino que lo encontramos en todas las clases y en todas las condiciones de la vida. Bien puede decirse que todas las clases sociales de Alemania han contribuido a ello.

El desmoronamiento que hemos podido ver paulatinamente ha dado lugar a que de un lado se revelaran los intereses especiales de obreros y empleados, dando con ello principio a la desgracia de nuestro desarrollo económico. Al emprender este camino, forzosamente tenía que venir la separación. Impera aquí una ley:
Una vez pisado un camino determinado, un camino extraviado, va uno separándose cada vez más del camino de la razón. Lo hemos visto prácticamente por espacio de 70 años. El camino hubo de separarse tanto de la razón natural, que los pensadores, que eran a la vez guías por este camino, hubieran confesado, de haber sido interrogados, que el camino era, en verdad, una locura. Lo han confesado individualmente. Únicamente en el imperio de la organización no han podido encontrar de nuevo el camino de la razón.

Todo lo contrario: el camino los separa forzosamente, favoreciendo -según se ha dicho- por la despersonalización de la propiedad.
De esta manera el camino queda -si se me permite la frase- consolidado científicamente en la apariencia. Poco a poco se va produciendo una ideología que cree poder mantener a la larga el concepto de la propiedad, bien que los usufructuarios prácticos de este concepto no están formados sino por un porcentaje mínimo de la nación. Surgió al revés la opinión de que el concepto de la propiedad debía ser rechazado por ser tan reducido el porcentaje de usuarios prácticos. Provino de aquí la discusión sin fin y la guerra por el concepto de propiedad privada y por la «propiedad» en sí. Ésta lucha dio lugar en lo sucesivo a que se separaran más y más los dos exponentes de la vida económica.

Lo que se desarrolló ahora, es en parte poco o nada natural. Desde el momento en que los dos interesados creen que su misión no tiene nada en común, no cabe duda que frente al contratista sólo puede existir el obrero organizado, claro es entonces que a la fuerza que representa el contratista sólo puede oponerse la reunida del obrero o el empleado. Una vez emprendido el camino, lógicamente habrá que poner la organización de los obreros y empleados ante la de los contratistas. Claro está que ambas organizaciones no se ocuparán una en otra, tolerándose, sino que más bien velarán por sus intereses, al parecer separados, por los medios de combate de que disponen, es decir: el paro forzoso y la huelga. En esta lucha, algunas veces vencerán los unos, otras los otros. Toda la nación será en ambos casos la que ha de pagar el precio de la lucha, la que ha de sobrellevar el perjuicio.

El resultado final será que las dos organizaciones en vías de construcción se harán más embarazosas o engorrosas en vista del carácter de los alemanes de propender a la burocratización y producirá un aparato cada vez más grande. El aparato acabará finalmente por no servirles a los interesados, sino que estos serán los que tengan que servir al aparato, y la lucha proseguirá para poder fundamentar la existencia del aparato, aún cuando a veces venga la razón bruscamente y diga: todo es una locura; la ganancia, medida por las víctimas, es ridícula; los sacrificios hechos por el aparato, contados en conjunto, son mucho más grandes que la ganancia posible. Los aparatos tendrán entonces que demostrar cuán necesarios son atizando la lucha de los intereses unos contra otros, pudiendo acontecer que los aparatos, dándose cuenta de lo que pasa, acaben por entenderse y reconciliarse.

En otros términos: el aparato A dirá: cuánto me alegro de que esté aquí el aparato B, pues hallo siempre los medios para entenderme con el aparato B. Si no existiera este aparato y en su lugar lucharan fanáticos honrados, la cosa sería mil veces peor. Conocemos a las gentes del aparato B y sabemos perfectamente cómo hemos de tratarlas. Siempre hay un camino viable. Al César lo que es del César, al pueblo lo que es del pueblo, y a la organización obrera lo que es de la organización obrera. Ya se encontrará entonces un recurso para coexistir «pacíficamente». Todo llegará a ser a veces un mal espectáculo; se ladrarán recíprocamente, se pelearán unos con otros, pero al final de cuentas no se harán nada, no se matarán, tampoco podrán hacerlo, puesto que de lo contrario no podrán existir ni las organizaciones obreras ni las sociedades y asociaciones de patronos. Todo, en resumen, vive a costa de la generalidad.

Esta lucha, emprendida mediante un derroche de medios, fuerzas de trabajo, etc. es una de las causas de la catástrofe provocada lentamente, pero con seguridad. La segunda causa es el encumbramiento del marxismo.

El marxismo como concepto universal de la descomposición vio con mirada perspicaz en el movimiento de las organizaciones obreras la posibilidad de emprender la agresión y la lucha contra el Estado y la sociedad humana con un arma absolutamente aniquiladora. No para ayudar al obrero. ¿Qué es el obrero, de cualquier país que sea, para estos apóstoles internacionales? ¡Nada, absolutamente nada!
¡No lo ven! ¡Cómo que no se trata de obreros, sino de literatos extraños al pueblo, de la chusma extraña al pueblo!

Se han dado perfecta cuenta de que con el movimiento de las organizaciones obreras y los excesos provocados del otro lado es como puede obtenerse un buen instrumento para emprender la lucha al mismo tiempo que para alimentarse, pues en todos estos últimos decenios se ha alimentado la socialdemocracia política de esta lucha y de los medios para organizarla. Hubo que inculcar a la organización obrera la idea: tú eres un instrumento de la lucha de clases, y ésta encuentra, a fin de cuentas, su guía únicamente en el marxismo. ¡Ya nada más natural que rendirle tributo al guía! ¡Y el tributo se ha recogido con creces! Los señores no se han contentado con un 10, sino con tipos de interés mucho más grandes.

Esta lucha de clases conduce a la proclamación de la organización obrera como puro instrumento para la representación de los intereses económicos de los obreros y consiguientemente para fines de la huelga general. La huelga general surge aquí por primera vez como factor político de gran fuerza y muestra lo que el marxismo había esperado efectivamente de esta arma: no un medio para salvar al obrero, todo lo contrario, un instrumento de combate para el aniquilamiento del Estado enemigo del marxismo. Hasta donde ha podido llegar semejante locura, de ello tenemos los alemanes un ejemplo terrible e instructivo: la guerra.

Numerosos líderes de la socialdemocracia, completamente transformados interiormente por el nuevo espíritu de los nuevos tiempos, arguyen ahora con la memoria un tanto debilitada: es que la socialdemocracia luchó también en los campos de batalla.

¡No, el marxismo no ha peleado nunca, el que ha peleado ha sido el obrero alemán! En 1914, el obrero alemán, en un reconocimiento interior brusco -casi me atrevo a decir clarividente- se retiró del marxismo para incorporarse de nuevo a su pueblo, sin que pudieran evitarlo los líderes del marxismo que habían visto venir esta fatalidad. Algunos de ellos, muy pocos, regresaron en esta hora con el corazón al seno de su pueblo. Sabemos que un gran hombre, un hombre que ha intervenido decisivamente en la historia de los pueblos, Benito Mussolini, supo encontrar en estos momentos el camino de su pueblo. También en Alemania ha habido algunos que hicieron lo mismo. La gran masa de los líderes políticos no ha sacado para sí las consecuencias, ateniéndose al poderoso levantamiento del obrero alemán, no fue inmediatamente, voluntariamente, al frente: esta transformación interior espiritual parece que se les ahorró en aquellos tiempos, no obstante afirmar hoy lo contrario: perecieron obreros. Los líderes se han conservado cuidadosamente en el 99%.

No figuran con el porcentaje de muertos y heridos que vemos en todo el pueblo. Creyeron que su actuación política era mucho más importante. En aquella época, 1914/15, vieron su misión en una discreta reserva, y más tarde en el mando de u determinado número de outsiders, vieron su misión en una reserva paulatina frente al problema nacional. Finalmente llegó el cumplimiento en la revolución.
Sólo podemos decir a esto:

Si el movimiento de las organizaciones obreras hubiera estado entonces en nuestras manos, si hubiera estado en mis manos, pongo por ejemplo, si se hubiera desarrollado con la misma finalidad errónea como ocurrió entonces, nosotros los nacionalsocialistas hubiésemos puesto esta gigantesca organización al servicio de la patria. Hubiésemos declarado: conocemos naturalmente los sacrificios, estamos dispuestos a hacerlos nosotros mismos, no queremos evitarlos, lo que queremos es luchar con los demás, ponemos nuestra suerte y nuestra vida en manos de la poderosa Providencia, como han de hacerlo los otros. Lo hubiésemos hecho sin más ni más.
Has de saber, obrero alemán: no se trata ahora de decidir sobre Alemania como Estado, del Imperio como forma de gobierno, no se decide sobre la monarquía, ni sobre el capitalismo, ni el militarismo, sino sobre el ser o no ser de nuestro pueblo, y nosotros los obreros alemanes hacemos el 70% de este pueblo. ¡Sobre nosotros se decide!

He aquí lo que debía saber y se podía saber en aquél entonces. Debíamos saberlo. Hubiésemos sacado todos las consecuencias para nuestra propia vida y naturalmente que también hubiésemos sacado las consecuencias para el movimiento de las organizaciones obreras. Hubiésemos dicho: obrero alemán, lo que queremos es detener tus derechos. Seguramente que entonces hubiésemos tenido que hacerle frente al EStado, es decir, hubiésemos protestado contra los excesos y la desvergonzada conducta de las sociedades de guerra.
Hubiésemos protestado contra esta chusma de chanchulleros y hubiésemos intervenido para hacer entrar en razón a esta canalla, hasta empleando sogas en caso de necesidad.

Hubiésemos derribado a cuantos se hubiesen negado a servir a la Patria. Hubiésemos dicho: al hacer frente ahora es porque no anhelamos otra cosa que la victoria de nuestro pueblo, no la victoria de una forma de gobierno, sino la victoria para la conservación de nuestra vida. Y si perdemos la guerra, no ha perdido una forma de gobierno, sino que se le ha quitado el pan a millones de hombres. Y los primeros que pierdan el pan no serán seguramente los capitalistas y los millonarios, sino los obreros manuales, la masa pobre y empobrecida.

Fue un crimen el no haber procedido de esta manera. No se hizo porque hubiera sido proceder contra el sentido interno del marxismo, pues éste no urqería otra cosa que el aniquilamiento de Alemania. Hubo de esperar hasta creer que el pueblo y el Reich, desmoralizados por la enorme superioridad numérica, no serían capaces de arrostrar los ataques de dentro. Cayeron entonces sobre ellos.

¡Y Alemania fue vapuleada, llevándose la peor parte del obrero alemán!

La suma de sufrimientos, miseria y desgracias que han pasado desde entonces por millones de pequeñas familias obreras y pequeños hogares domésticos pesa gravemente sobre la responsabilidad de los criminales de Noviembre de 1918. No han de quejarse ahora de nada. No hemos ejercido ninguna venganza. Si hubiésemos querido hacerlo, hubiésemos tenido que matarlos a decenas de millares.

Hablan mucho de que también los socialdemócratas estuvieron en los campos de batalla. ¡Los obreros alemanes estuvieron en los campos de batalla! Pero si en aquél tiempo hubiesen abrigado sentimientos socialdemócratas en momento de obcecación -no ha sucedido tal cosa, y quien haya estado en el frente como soldado sabe perfectamente que nadie pensaba entonces en ningún partido-, si hubiese sido así: qué vileza la de éstos jefes de robar a sus propias gentes, a las víctimas de esta lucha, el fruto de estos sacrificios, de hurtar con ello a sus propias gentes tanta miseria, tantos sufrimientos de muerte, penas, hambre y noches de insomnio. No podrán remediar jamás los males que infligieron a nuestro pueblo con semejante crimen. Y, ante todo, nunca podrán reponer los daños que causaron al obrero alemán sometiéndole por espacio de muchos decenios a un aislamiento mental cada vez más terrible, cargándolo en Noviembre de 1918, por la vil acción de grupos mezquinos e irresponsables, con una acción de la que él no podía ser responsable. Desde los días de Noviembre de 1918 se viene consolidando en millones de alemanes la creencia de que el obrero alemán tiene la culpa de nuestra desgracia. Él, que tantos y tan indecibles sacrificios tuvo que hacer, que tuvo que llenar nuestros regimientos con millones de sus soldados, fue señalado bruscamente como el responsable de los hechos cometidos por los aniquiladores perjuros, embusteros y degenerados de la patria. ¡No podía haber cosa peor! Desde aquél momento dejó de existir para muchos millones de hombre sen Alemania la comunidad nacional. Millones se entregaban a la desesperación y otros clavaban la mirada en lo incierto sin poder encontrar de nuevo el camino hacia el pueblo. Con la comunidad nacional se quebrantó automáticamente la economía alemana, ya que la economía no es una cosa en sí, sino más bien un fenómeno vivo, una de las funciones del cuerpo del pueblo, y su proceder y todo su curso son determinados por hombres. Si los hombres llegan a ser exterminados de esta manera, no habrá porqué extrañarse de que también la economía vaya siendo destruida paulatinamente. La locura del pensar individualmente se suma a la locura del pensar de la colectividad y acaba por destruir algo cuya destrucción infligirá a la totalidad los más graves perjuicios.

La causa tercera del desarrollo fatal yace en el propio Estado.

Algo hubiera habido que tal vez hubiese podido ponerse frente a estos millones: este algo hubiese sido el Estado si éste no hubiera degenerado en juguete de los grupos interesados. No es pura casualidad el que el desarrollo total se efectúe paralelamente a la democratización de nuestra vida pública. Esta democratización dio lugar a que el Estado cayera primeramente en manos de determinadas clases sociales identificadas con la propiedad en sí, con los patronos como tales. La gran masa del pueblo tenía más y más la sensación de que el Estado no era una institución objetiva, puesta por encima de los acontecimientos, que no encarnaba ninguna autoridad objetiva, sino que más bien era el flujo del querer económica y de los intereses económicos de grupos determinados dentro de la nación, y que la dirección del Estado justificaba tal aseveración. La victoria de la burguesía política ya no era otra cosa que la victoria de una clase social producida por leyes económicas, de una clase que carecía, a su vez, de todas las condiciones necesarias para una dirección política efectiva, que hacía que la dirección política dependiera de los fenómenos y sucesos eternamente variables de la vida de las masas, de la preparación de la opinión pública, etc. En otros términos: el pueblo tenía, con razón, la sensación de que en todos los ramos de la vida tiene lugar una selección natural, partiendo siempre de la capacidad para este ramo determinado de la vida, menos para uno: el de la dirección política. En el ramo de la dirección política se echó mano repentinamente de un resultado de selección que debe su existencia a un proceso enteramente diferente. Mientras que entre los soldados es muy natural que sea jefe únicamente quien ha recibido una instrucción debida, no era lógico que sólo pudiera ser guía político quien tuviese la instrucción necesaria y demostrase la capacidad para serlo, sin oque más bien se fue extendiendo la opinión de que bastaba pertenecer a una determinada clase de la sociedad, nacida de leyes económicas, para sentir la aptitud indispensable para regir un pueblo. Hemos conocido las consecuencias de este error. La clase que se arrogaba esta dirección ha sufrido un tremendo fracaso en las horas críticas y ha resultado ser completamente inútil en los momentos más graves que ha tenido la nación.

Pero al propio tiempo nos encontramos en el período en que debemos abordar la cuestión relativa a la reconstrucción de nuestra economía alemana, no sólo para reflexionar radicalmente acerca de la misma, sino también para resolverla radicalmente viéndola no por fuera y por arriba, sino investigando las causas internas de la decadencia y resueltos a eliminarlas. Creemos que debemos empezar aquí primeramente por donde ha de estar hoy el principio, a saber: por el propio Estado.

Hay que levantar una nueva autoridad, y esta autoridad ha de ser independiente de las corrientes momentáneas del espíritu de la época, independiente ante todo de las corrientes que revela el egoísmo reducido y limitado económicamente. Ha de erigirse una conducción estatal que represente una autoridad real y efectiva, una autoridad que no dependa de ninguna clase social. Hay que establecer una dirección estatal en la que todo ciudadano tenga la fe y la confianza de que no quiere otra cosa que la dicha del pueblo alemán, el bien de este pueblo, una dirección de la que pueda decirse con razón que es independiente hacia todos lados. Se ha hablado tanto de la época absolutista de los pasados tiempos, del absolutismo de Federico el Grande y de la época democrática de nuestros tiempos parlamentarios. Los tiempos pasados eran los más objetivos vistos con los ojos del pueblo, pudiendo velar por los intereses de la nación de una manera más objetiva, al paso que los tiempos posteriores fueron degenerando más y más en la pura representación de intereses de cada clase social. Nada puede demostrarlo mejor que la divisa: el dominio de la burguesía ha de ser substituido por el del proletariado, es decir, se trata únicamente de un cambio de la dictadura de clases, mientras que nosotros queremos la dictadura del pueblo, o sea, la dictadura de la totalidad, de la comunidad. No vemos que lo decisivo en una posición social sea una clase social; esto pasa en el sino y en el tiempo de los milenarios. Esto viene y desaparece. Lo que queda es la substancia en sí, una substancia de carne y de sangre: nuestro pueblo. Es lo que es y lo que permanece, y sólo ante él debe uno sentirse responsable. Sólo entonces se creará la primera condición para la curación de nuestras profundas heridas económicas. Sólo entonces se reavivará para millones de seres humanos la convicción de que el Estado no es la representación de los intereses de un grupo o una clase social, sino el agente del pueblo en sí. Si de uno u otro lado hay hombres que no pueden o creen no poder someterse o rendirse a ello, la nueva autoridad tendrá que salirse con la suya ya sea contra un lado o contra el otro. Tendrá que hacer ver a todos que no deriva su autoridad de la buena voluntad de cualquier clase social, sino de una ley: ¡la necesidad de la conservación de la nacionalidad en sí!

Es necesario, además, eliminar cuantos sucesos abusen conscientemente de la debilidad humana para poder emprender con su auxilio una empresa mortal. Al declarar yo hace 14, 15 años y repetir desde entonces ante la nación alemana que mi misión ante la historia alemana la veo en la destrucción del marxismo, no he dicho una frase vacía, sino un sagrado juramento que pienso cumplir mientras circule una gota de sangre por mis venas. Esta confesión, la confesión de un solo hombre, la he hecho confesión de una poderosa organización. Una cosa sé ahora: si la suerte se me llevase de este mundo, esta lucha sería continuada y no acabaría nunca, este movimiento lo garantiza. Esta lucha no es ninguna lid que pudiera terminarse con mal arreglo amigable. ¡En el marxismo vemos al enemigo de nuestro pueblo, al enemigo que aniquilaremos, que exterminaremos hasta la última raíz, consecuentemente, inexorablemente!

Sabemos asimismo que en la vida económica suelen chocar a menudo los intereses de unos contra otros, o parecen estar en pugna unos con otros, que el obrero se siente perjudicado, que lo es a menudo y que también el patrono se ve acosado, que a menudo también lo está, que lo que para unos parece ser una ganancia, lo tienen otros por desgracia propia, lo que para unos es un éxito, significa a veces para otro la ruina segura. Lo sabemos y lo vemos, y sabemos también que los hombres sufren y han sufrido siempre sus consecuencias. Pero precisamente por esto resulta ser muy peligroso el que una organización no persiga otro objetivo que aprovecharse conscientemente de estos terribles fenómenos de la vida para destruir al pueblo entero. Por ser así, conviene destruir una organización y exterminar una teoría que abusa de estas debilidades naturales, de debilidades que radican en la insuficiencia de los hombres, pues sabemos perfectamente que la meta de toda esta evolución, digo mal, de esta lucha entre el puño y la frente, entre la masa, es decir, el número y la calidad es: destrucción de la calidad de la frente. Esto no es seguramente una bendición para el número, ni un encumbramiento del obrero, sino que viene a significar: miseria, penuria, la ruina definitiva.

Vemos la crisis económica y no somos tan pueriles para creer que todas estas dificultades puedan quedar eliminadas de la noche a la mañana, con sólo anhelar algo mejor. Ponemos también la insuficiencia humana en juego, la cual hará siempre una mala jugada a los hombres y desnaturaliza con frecuencias la mejores ideas, la mejor voluntad. Mas nosotros tenemos la firme voluntad y el inquebrantable propósito de no dejar que llegue a tal punto, sino de luchar y seguir luchando -toda la vida es una lucha contínua- contra tales eventos, de poner la razón en su lugar y hacer que el interés común pase a primer término. Si se malogra por el momento, ¡lo que hoy no se logra, deberá lograrse mañana! Y si alguien replicara: ¿cree uste que cesarán algún día los sufrimientos?, le contestaré: sí, señor, cuando llegue la época en que no haya hombres insuficientes en el mundo, pero como temo que la insuficiencia de los hombres no acabará jamás, los sufrimientos no cesarán nunca. No es posible arreglar las cosas para toda la eternidad desde una sola generación.

Cada pueblo tiene la obligación de cuidar de si mismo. Cada época tiene la misión de arreglar sus cuitas por si sola. No crean ustedes que vamos a quitárselo todo al porvenir. No y no, tampoco queremos educar a nuestra juventud par que se convierta en sucio parásito de la vida o para disfrutar cobardemente de lo que otros han creado. No, lo que desees poseer tendrás que ganarlo de nuevo, tendrás que lanzarte una vez y otra a la lucha. Para esto queremos educar a los hombres. No queremos infundirles desde un principio la falsa teoría de que esta lucha es algo innatural o indigno del hombre; todo lo contrario, queremos inculcarles la idea de que esta lucha es la terna condición para la selección, que sin la eterna lucha no habría hombres en la tierra. ¡No, lo que hacemos ahora, lo hacemos para nosotros!
Dominando hoy la crisis estamos trabajando para el porvenir, puesto que mostramos a nuestros descendientes cómo han de hacerlo cuando les llegue su tiempo, así como nosotros debemos aprender del pasado lo que tenemos que hacer hoy. Si la generación anterior a nosotros hubiese pensado de igual manera, según nos quieren hacer creer, de seguro que nosotros no estaríamos aquí. No puedo decir que para lo futuro sea bueno lo que he creído falso para lo pasado. Lo que la vida me da a mí y a nosotros, ha de ser justo para la vida de nuestros descendientes, de modo que estamos obligados a obrar con arreglo a esto.

Debemos pues, proseguir la lucha hasta la última consecuencia contra los acontecimientos que han corroído al pueblo alemán en los últimos 17 años, que nos han causado tan terribles perjuicios y que, de no haber sido vencidos, hubieran aniquilado a Alemania. Bismarck dijo una vez que el liberalismo era el entrenador de la socialdemocracia. No es preciso que diga aquí que la socialdemocracia es el entrenador del comunismo.

El comunismo es el entrenador de la muerte, de la muerte del pueblo, de la ruina. Hemos emprendido una lucha contra él y la continuaremos hasta el fin. Como ya tantas veces en la historia de Alemania, así se verá que el pueblo alemán va adquiriendo, a medida que aumenta la miseria, mayor fuerza y nuevos bríos para hallar el camino hacia arriba y hacia adelante. ¡También esta vez lo encontrará, digo más, estoy convencido de que lo ha encontrado ya! Paso ahora a la tercera medida: la liberación de las asociaciones consideradas primeramente como dadas, del influjo que creen ver en ellas y poseer en estas asociaciones una última posición de retirada. ¡Que no se entreguen a falsas conjeturas! Lo que ellos construyeron lo tenemos nosotros por falso. Vemos que el genio alemán despertó aquí lentamente en millones de individuos, contra la propia voluntad de estos arquitectos, un sentimiento que hubo de exteriorizarse en la institución de organizaciones poderosas. Ellos mismos hubieran destruido las organizaciones. Se lo recibimos, mas no para conservarlo todo para lo porvenir, sino para salvarle al obrero alemán los céntimos ahorrados que ha invertido en la obra y para que actúe con los mismos derechos en la formación del nuevo estado de cosas, para darle la posibilidad de intervenir como factor investido de iguales derechos que los demás. ¡Se ha de crear un nuevo Estado con él, nunca contra él!

No ha de tener la sensación de ser considerado como paria, como proscrito o estigmatizado. ¡Bien al contrario! Desde un principio, en la gestación y formación del nuevo Estado, queremos inculcarle el sentimiento de ser alemán que goza y disfruta de los mismos derechos y prerrogativas que el resto de sus connacionales. El mismo derecho no es en mis ojos otra cosa que el complacerse en tener los mismo derechos y obligaciones. No se hable siempre, únicamente de derecho, háblese también del deber. El obrero alemán debe disipar en los millones del otro lado la creencia de que ni el pueblo alemán ni su revolución le importan un ardite. Seguramente que habrá elementos que no quieran tal cosa. También los hay del otro lado de nuestro pueblo. Sobre todos ellos pasará la suerte a la orden del día.

Se encontrarán en Alemania hombres que con toda sinceridad y de todo corazón no quieran otra cosa que la grandeza de su pueblo. Ya s entenderán unos con otros, y de fijo se entenderán, y si alguna vez llegase a retornar la duda y a hacerles una mala jugada la dura realidad, gustosamente actuaremos nosotros de corredores, de agentes de cambio y bolsa. La misión del Gobierno consistirá entonces en volver a juntar las manos que están ahora a punto de soltarse, haciendo como agente honrado y probo, y repitiendo al pueblo alemán una y otra vez: no debéis reñir, no debéis juzgar por las apariencias, no debéis abandonaros por la sencilla razón de que la evolución haya seguido tal vez en el decurso de los siglos caminos que nosotros no podemos tener por felices, sino que todos vosotros debéis tener siempre presente que vuestro deber es la conservación de vuestra nacionalidad. ¡Ya se encontrará entonces un camino, se precisa hallar un camino! No puede decirse: se ha hecho imposible el camino hacia la vida de la nación porque la hora opone quizás dificultades. Pasará la ora, mas la vida ha de ser y será. Con ello adquiere un gran sentido moral el movimiento obrero alemán en su totalidad. Al proceder a la construcción de un nuevo Estado, de un Estado que sea el resultado de muy grandes concesiones de ambos lados, queremos enfrentar dos contrayentes que abrigan sentimientos nacionales en su corazón, dos contrayentes que sólo ven a su pueblo ante sí, dos contrayentes dispuestos a toda hora a posponerlo todo para alcanzar este provecho común, pues sólo siendo esto posible desde un principio creo barruntar el éxito de tamaña acción.

Aquí decide también el espíritu del cual ha nacido el hecho. No ha de haber vencedores y vencidos fuera de un solo vencedor: nuestro pueblo alemán.

Vencedor de las clases sociales y vencedor sobre los intereses de cada uno de estos grupos de nuestro pueblo. Con ello contribuiremos y llegaremos al refinamiento del concepto de trabajo, trabajo éste que, como es natural, no puede hacerse de la noche a la mañana. Así como este concepto ha sufrido sendas modificaciones a través de los siglos, así en este caso tendremos necesidad de muchos siglos para poder transmitir al pueblo alemán todos estos conceptos en su forma prístina. El objetivo perseguido impertérritamente por el movimiento que representamos yo y mis compañeros de armas será elevar la palabra obrero a un gran título de honor de la nación alemana. No en balde hemos incluido esta palabra en la denominación de nuestro movimiento, y no porque esta palabra nos haya aportado alguna vez un gran provecho. ¡Al contrario! Lo que nos trajo fue odio y hostilidad de una parte, e incomprensión de otra. Hemos elegido esta palabra porque con la victoria de nuestro movimiento queríamos elevar victoriosos el vocablo.

La hemos elegido para que en este vocablo se encuentra al final, además del concepto pueblo, la segunda base: la unión de los alemanes, pues nadie que abrigue una voluntad noble podrá hacer profesión de otra cosa que de esta palabra.

Soy de por sí enemigo de aceptar títulos honoríficos, y no creo que algún día haya quien me eche en cara lo contrario. Lo que no sea absolutamente necesario que haga, no lo hago. Nunca quisiera mandarme hacer tarjetas de visita con títulos que le conceden a uno gloriosamente en este mundo que habitamos. Ni siquiera en mi lápida sepulcral otro nombre que el mío seco y escueto. Probable es que por los caminos que me ha trazado el sino esté yo más que nadie capacitado para comprender la esencia el ser y la vida toda de las diversas clases del pueblo alemán, no porque haya podido observar esta vida desde arriba, sino por haberla vivida en persona, por haberme hallado en medio de ella, por haberme arrojado la suerte caprichosa, o tal vez providencial, dentro de esta gran masa del pueblo y de los hombres. Por haber trabajado yo luengos años como simple trabajador para ganarme el sustento cotidiano, y por haber estado por segunda vez en esta gran masa como soldado raso, y porque a la vida plugo confundirme con otras clases de nuestro pueblo, al punto de poder decir que las conozco mucho mejor que tantísimas personas que nacieron en ellas. Así es que la suerte parece haberme predestinado a mí más que a ninguno a ser el -permítaseme emplear esta palabra para mí- el corredor o el agente honrado, el agente honrado en todos los sentidos.

Aquí no estoy interesado personalmente; ni dependo del Estado ni de ningún cargo público, como tampoco dependo de la economía ni de la industria, ni de ninguna organización obrera. Soy un hombre independiente y no me he propuesto otro objetivo que serle útil al pueblo alemán en la medida de mis fuerzas, a ser útil aquí precisamente a millones de hombres que tal vez por su buena fe, su ignorancia y la maldad de sus antiguos líderes son los que más han sufrido. Siempre he creído y dicho que que no puede haber cosa mejor que ser abogado de todos aquellos que no puedo defenderse bien ellos mismos.

Conozco la gran masa del pueblo y sólo quisiera decirles una cosa a nuestros intelectuales: todo Estado que queráis levantar exclusivamente sobre las bases del intelecto es de construcción endeble.

Conozco este intelecto: siempre cavilando, siempre investigado, pero también eternamente inseguro, eternamente vacilante, móvil, nunca firme. Quien quiera construir únicamente sobre este intelecto un imperio, se convencerá bien pronto de que no construye nada sólido ni estable. No es pura casualidad el que las religiones sean más estables que las formas de Estado. En los más de los casos suelen hundir más profundamente sus raíces en el seno de la tierra; serían inimaginables sin esta gran masa del pueblo. Sé que las clases intelectuales suelen ser atacadas muy fácilmente de la arrogancia de querer medir este pueblo por el rasero de sus conocimientos y de su llamada inteligencia; y, sin embargo, hay aquí cosas que a menudo no ve la inteligencia de los inteligentes porque no pueden verlas. Esta gran masa es seguramente tarda en el pensar y obrar, a veces retrógrada y poco amovible, no muy ingeniosa ni tampoco genial, pero tiene algo: tiene fidelidad, tiene perseverancia, tiene estabilidad. Puedo decir: la victoria de esta revolución no hubiera sido nunca un hecho si mis compañeros, la garn masa de nuestros pequeños conciudadanos, no nos hubieran asistido haciendo alarde de una fidelidad sin igual y de una perseveracia inconmutable. Nada mejor puedo imaginarme para nuestra Alemania que lograr que estos hombres, que están fuera de nuestras filas de combate, entren en el nuevo Estado y se conviertan en uno de sus más fuertes y poderosos cimientos.

Dijo una vez un poeta: «Alemania estará en el apogeo de su grandeza el día en que sus hijos más pobres sean sus ciudadanos más fieles.». He conocido a estos pobres hijos por espacio de cuatro años y medio como soldados de la gran guerra; los he conocido, he conocido a aquellos que quizás nada tenían que ganar para sí y que sólo obedeciendo la voz de la sangre, por el hecho de sentirse alemanes, llegaron a ser héroes. Ningún pueblo tiene más derecho que el nuestro a levantar monumentos a su soldado desconocido. Esta impávida guardia, que se mantuvo firme en tantas y tantas batallas sangrientas, que nunca vaciló ni retrocedió, que ha dado tantos ejemplos de inaudito valor, de fidelidad, disciplina y obediencia sin límites, tenemos que conquistarla para el Estado, debemos ganarla para el Reich que viene, para nuestro tercer Reich. Esto es, sin duda alguna, lo más precioso que podemos darle.

Precisamente porque conozco este pueblo mejor que cualquiera que conoce a la vez el resto del pueblo, estoy dispuesto en este caso, no sólo a hacerme cargo del papel de agente honrado, sino que me siento feliz de que la suerte me haya deparado este papel.

¡No sentiré nunca mayor orgullo en mi vida que el poder decir cuando cierre los ojos para siempre: he ganado, luchando, al obrero alemán, para el Reich de los alemanes!».

Discurso "Nacionalsocialismo y religión" pronunciado en Berlín el 30 de enero de 1939

«Uno de los cargos que en las llamadas democracias se levanta contra nosotros es que la Alemania nacionalsocialista es un Estado enemigo de la religión. Frente a esa afirmación quisiera hacer ante todo el pueblo alemán la siguiente declaración solemne:
Primero: En Alemania no se ha perseguido hasta ahora, ni se perseguirá tampoco a nadie a causa de sus convicciones religiosas.

Segundo: Desde el año 1933, el Estado nacionalsocialista ha puesto a disposición de las dos iglesias, católica y protestante, las sumas siguientes: durante el período presupuestario de 1933, ciento treinta millones de marcos; en 1934 ciento setenta millones; en 1935 doscientos cincuenta millones; en 1936 trescientos veinte millones; en 1937 cuatrocientos millones y por último en 1938, quinientos millones de marcos.

Aparte de estas cantidades, las Iglesias han recibido anualmente ochenta y cinco millones de marcos procedentes de los diversos países alemanes y siete millones de parte de los municipios. Debe indicarse además que las Iglesias, después del Estado, son los mayores propietarios territoriales en Alemania. El valor de estas propiedades excede los diez mil millones de marcos y las rentas producidas por las mismas se evalúan en más de trescientos millones anuales; a lo que hay que agregar innumerables donaciones y legados y sobre todo los resultados de las colectas efectuadas en las iglesias. Por último las Iglesias en el Estado nacionalsocialista, están libres de todo impuesto.

A decir verdad, constituye una mentira incalificable el querer pretender, como lo hacen ciertos politicastros extranjeros, el que el estado nacionalsocialista es enemigo de toda religión; pero si las iglesias consideran como verdaderamente insoportable la situación en que hoy se encuentran, el Estado nacionalsocialista no tendrá inconveniente alguno en realizar en cualquier momento la definitiva separación de la Iglesia y el Estado, tal como ya se ha verificado en Francia, en Estados Unidos y en otros países. Quisiera formular solamente la siguiente pregunta: cuáles son las cantidades que durante ese mismo espacio de tiempo han entregado Francia, Inglaterra o Estados Unidos a sus respectivas Iglesias de los fondos públicos? El Estado nacionalsocialista no ha cerrado ninguna Iglesia ni ha impedido el ejercicio de culto alguno, ni jamás pretendido influencia en forma alguna ni la liturgia ni credo alguno. El Estado hará entender claramente a aquellos eclesiásticos que entienden que su misión consiste en molestar al Reich, que no tolerará, que persona alguna le ataque y que si los eclesiásticos se ponen fuera de la ley habrán de ser sometidos al imperio de la misma al igual que cualquier ciudadano que hubiese cometido el mismo delito y debe hacerse resaltar, sin embargo, que existen miles de sacerdotes de las confesiones cristianas que de modo inmejorable cumplen sus deberes religiosos que aquellos otros instigadores políticos a que me he referido, y sin que jamás hayan entrado en conflicto alguno con las leyes del Estado.

Si ciertos estadistas demócratas del extranjero se hacen cargo exageradamente de la defensa de ciertos sacerdotes alemanes, ello no puede responder más que a una razón política, ya que esos mismos estadistas enmudecieron cuando en Rusia cientos de miles de eclesiásticos fueron exterminados, callando también cuando en España decenas de millares de sacerdotes y religiosos eran asesinados o quemados vivos por los comunistas; mientras que, a raíz de estas matanzas, numerosos voluntarios nacionalsocialistas y fascistas se habían puesto a disposición del General Francisco Franco, con el fin de preservar a Europa de cualquier nueva expansión de la amenazadora ola de sangre bolchevique. Alemania ha tomado parte en el conflicto español precisamente para salvar la cultura europea y la verdadera civilización del peligro de la destrucción bolchevique y ha secundado el movimiento del General Franco solamente por el ardiente deseo de verle conseguir libertar a España del comunismo. No es, por lo tanto, la simpatía o la piedad hacia los religiosos «perseguidos» lo que puede haber provocado el interés de los ciudadanos de ciertos estados democráticos en pro de algunos sacerdotes alemanes que se han puesto fuera de la ley sino en primer y único lugar el apoyar a quienes se oponen al Estado alemán.

Una vez más, es preciso subrayar, que nosotros protegemos siempre al eclesiástico, siervo de Dios, pero tendremos que proceder contra aquellos que por su conducta se convierten en enemigos del Reich».

Discurso ante el Reichstag pronunciado en Berlín el 1 de septiembre de 1939

«El Estado polaco rechazó la regularización pacífica de las relaciones civiles, tal como lo he deseado. En vez de ello ordenó la movilización.

Los alemanes en Polonia fueron acosados por medio de un sangriento terror y despojados de sus hogares y de sus campos.

El número de violaciones de nuestras fronteras, intolerables a una gran potencia, demuestra que Polonia ya no está dispuesta a respetar por más tiempo las fronteras del Reich alemán.

Con el fin de poner fin a estas actividades, no me queda otro camino que contestar a la fuerza con la fuerza. De ahora en adelante dirigiré la lucha por el honor y por los derechos vitales del pueblo alemán con firme determinación.

Espero que cada uno de los soldados cumpla con su deber hasta el fin, de acuerdo con el espíritu de la gran tradición del eterno soldado alemán. No olviden, en cualquier situación, que son los representantes de los nacionalsocialista de la Gran Alemania.

Viva nuestro pueblo y nuestro Reich!».

Discurso delante de trabajadores de armamento pronunciado en Berlín el 10 de diciembre 1940 (extracto)

«.. En el mundo inglés / francés existe la democracia… como sabéis, esta democracia se caracteriza por lo siguiente: Se dice que representa el poder del pueblo. Ahora, el pueblo, debe tiene la posibilidad de expresar su opinión y sus deseos.

La democracia, observándola de cerca, se puede percibir que tiene un problema y es que ante todo el pueblo no tiene convicciones, sino que estas convicciones les son impuestas, tal como ocurre en todos los lados. Y las preguntas decisivas son: Quien establece la convicción / creencia / ideología del pueblo.? Quien instruye al pueblo?Quien constituye el pueblo?

En estos países quien realmente gobierna es el capital, es decir, un exclusivo grupo de unos pocos cientos de personas que poseen inmensas fortunas, los cuales son completamente independientes y libres de sus actos a causa de esta peculiar estructura política.

Cuando ellos dicen “nosotros tenemos aquí libertad” ante todo, se refieren a la “Economía libre”. Y bajo el concepto de economía libre, ellos entienden no solo la libertad de conseguir capital, sino también reutilizar el mismo capital libremente, ser libre de cualquier supervisión estatal y popular tanto en la adquisición como en la utilización de dicho capital. Esta es la realidad de su concepto de libertad.

Las grandes fortunas, primero crean su propia prensa, los mismos que hablan de la libertad de prensa. Realmente cada periódico tiene su propio dueño. Y de igual forma el dueño del periódico es quien lo financia.Por tanto quien dirige ese periódico es el que lo financia y no el redactor.

Si el redactor quiere escribir algo que a su dueño no le gusta, al siguiente día este quedara despedido. Esa prensa, canalla y sin carácter y sumisa a su dueño manipula la opinión publica. Y esta opinión publica movilizada por la prensa será dividida y repartida entre los diferentes partidos políticos.

Estos partidos se diferencian muy poco los unos de los otros, tal como ocurría aquí no hace mucho tiempo. Ustedes ya conocen los antiguos partidos. Eso fue siempre así, una y otra vez.

Estos partidos con esta prensa, forman la opinión publica. Cabe pensar, que todos estos países con su libertad y sus riquezas debería dar al pueblo un estado de bien estar sin precedentes. Pero resulta lo contrario.

En estos países, la situación de las masas es peor que en ningún otro lugar. Como la rica Inglaterra, controlando 40 Millones de km2, con cientos de millones de trabajadores en condiciones de miseria, como por ejemplo en la India.

Es de suponer que, esta riqueza debe estar repartida entre sus participantes. Al contrario, en estos países la diferencia entre las clases es mas grande de lo que se pueda imaginar. Pobreza, pobreza inimaginable mientras que la otra cara son riquezas inimaginables.Ellos no han resuelto ningún problema.

Estos países, que disponen de los recursos naturales y de sus trabajadores, los cuales viven en agujeros lamentables. Países, que disponen de los recursos naturales, y que cuyas poblaciones visten miserablemente.

Países, que podrían tener mas que de sobra pan y todo tipo de frutas, y sin embargo hay millones de personas de clase baja que no tienen suficiente para llenarse el estómago ni una sola vez, con un aspecto de morir de hambre.

Las gente que puede y tiene la capacidad de conducir a un mundo de trabajo son incapaces de solucionar el desempleo y poner en un orden el país. La rica Inglaterra desde hace varias décadas cuenta con 2.5 millones de desempleados sin ningún ingreso.

Estados Unidos con toda su riqueza tiene entre 10 y 13 millones de desempleados sin ningún ingreso. Francia 6 – 7 – 800.000 de desempleados, ¿qué se puede decir de nosotros? Pero también es comprensible.

En estos países la así llamada democracia, el pueblo, no se coloca en el centro de atención.

Lo determinante es exclusivamente la existencia de un par de personas, las cuales deciden que es la democracia, es decir, la existencia de un par de cientos de personas con gigantescas fortunas, que dirigen a esos pueblos basándose exclusivamente en el hecho de ser propietarios de sus patrimonio y acciones de bolsa. Las grandes masas de gente no les importa lo mas mínimo.

Estas masas son interesantes para nuestros burgueses y partidos políticos solo cuando hay elecciones, solo para entonces ellos necesitan su voz. El resto del tiempo la masa del pueblo les resulta completamente indiferente.

Luego hay una diferencia de educación, no resulta francamente ridículo, que oigamos decir ahora, a un miembro del partido laboral ingles, que dicho sea de paso, es pagado por el gobierno central: “Cuando la guerra termine, queremos hacer algunas mejoras sociales. “Ante todo, que los trabajadores ingleses puedan viajar.”¡Pero que magnifica idea han tenido,! que no solo los millonarios deberían tener la posibilidad de viajar, sino también el pueblo.

Sin embargo, nosotros, ya resolvimos ese problema hace tiempo. No, piensen ustedes, que estos gobiernos, exhibiendo su gran cultura económica, en ultima instancia y bajo el abrigo de la democracia, el egoismo es una capa relativamente pequeña.y esta capa no es controlada ni corregida por nadie.

Por tanto es comprensible, si un ingles dice: “Nosotros no queremos, que nuestro mundo muera.” Tienen razón.

Saben perfectamente que su imperio no esta amenazado por nosotros. Sin embargo no les falta razón cuando dicen: “Si estos pensamientos populares de Alemania, no son erradicados, llegaran a nuestros pueblos”.

Discurso "Mi último deseo" pronunciado el 29 de Abril de 1945

«Mi Último Deseo y Testamento Político:

Como consideré que no debía aceptar la responsabilidad, durante los años de conflicto, de contraer matrimonio, ahora he decidido, antes de concluir mi carrera en la tierra, tomar en matrimonio a la mujer, quien después de muchos años de fiel amistad, entró a la sitiada ciudad por su propia voluntad, con el propósito de compartir su destino conmigo. Por su propio deseo, ella ira a la muerte como mi esposa. Eso nos compensará, por lo que ambos perdimos por mi trabajo al servicio del pueblo.

Lo que poseo, pertenece en su debido grado al Partido. Si este ya no existe, al Estado; si el Estado también es destruido, no hace falta una última decisión mía.

Mis pinturas, en las colecciones que he comprado durante el curso de los años, nunca fueron coleccionadas con propósitos privados, sino como una extensión de la galería de mi casa en Linz a.d. Donau.

Es mi más sincero deseo que este legado sea debidamente ejecutado.

Designo como mi Albacea, a mi más fiel camarada del Partido, Martin Bormann. A él le doy mi máxima autoridad legal, para que tome todo lo que tenga un valor sentimental o que les sea necesario para mantener una vida modesta y simple a mis hermanos y hermanas, sobre todo también para la madre de mi esposa y mis colaboradores que son bien conocidos por él, principalmente, mis secretarias sin igual, Frau Winter, etc. quienes por muchos años me ayudaron en mi trabajo.

Yo, personalmente, y mi esposa, para escapar a la deshonra de la deposición o capitulación, hemos escogido la muerte. Es nuestro deseo que seamos incinerados inmediatamente, en el lugar donde he llevado a cabo la mayor parte de mi trabajo diario, en el curso de doce años al servicio de mi pueblo.

Dado en Berlín, el 29 de Abril de 1945 a las 4:00 AM.
Mi Testamento Político

Primera Parte

Más de treinta años han pasado desde que en 1914 hice mi modesta contribución como voluntario en la Primera Guerra Mundial a la que fue forzado el Reich.

En esas tres décadas he actuado, únicamente por amor y lealtad a mi pueblo en todos mis pensamientos, actos y vida. Ellos me dieron la fuerza para tomar las decisiones más difíciles que mortal alguno nunca confrontó. En ello he empleado mi vida, mi esfuerzo en el trabajo y mi salud, durante estas tres décadas.

No es cierto que yo, o alguien más en Alemania, quisiera la guerra en 1939. Fue deseada e instigada exclusivamente por esos hombres de estado quienes han sido judíos o han trabajado para intereses judíos. He hecho muchas ofertas para el control y limitación de armamentos, las cuales no podrán ser olvidadas por la posteridad, para que la responsabilidad del inicio de la guerra sea echada sobre mí.

Tampoco he deseado nunca, que después de la fatal primera guerra mundial, una segunda contra Inglaterra, o aún sobre Estados Unidos, fuera desatada. Los siglos pasarán, pero de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos, resurgirá el odio contra aquellos finalmente responsables -a quienes todos debemos agradecer todo lo sucedido- el Judaísmo Internacional y sus secuaces.

Tres días antes del inicio de la guerra entre Alemania y Polonia, le propuse al embajador británico en Berlín una solución al problema germano-polaco, similar al del caso del Distrito del Sarre, bajo control internacional. La existencia de esa oferta tampoco podrá ser negada. Fue rechazada únicamente por los círculos dirigentes de la política británica que querían la guerra, en parte, por debido a las posibilidades de negocios y en parte por la influencia de la propaganda organizada por el judaísmo internacional.

También he dejado bien en claro que, si las naciones de Europa fueron consideradas como meros bonos, que podían ser comprados y vendidos, en dinero e intereses financieros, por esos conspiradores internacionales, entonces esos competidores, los judíos, quienes son los verdaderos criminales en este conflicto asesino, deberán ser responsabilizados.

También quiero que nadie tenga ninguna duda, que esta vez han logrado que no sólo millones de niños arios en Europa mueran de hambre; hombres jóvenes han sufrido la muerte y no solo cientos de miles de mujeres y niños han sido bombardeados e incinerados hasta morir en las ciudades, sin que los verdaderos criminales hayan expiado su culpa, ni siquiera por medios humanos.

Después de seis años de guerra -que a despecho de los obstáculos será recordada algún día como la más gloriosa y valiente demostración del propósito de vida de una nación- no puedo abandonar la ciudad que es la capital de este Reich. Como las fuerzas son muy exiguas como para intentar cualquier oposición en contra de los ataques enemigos, y porque nuestra resistencia se ha venido debilitando por los hombres que nos han engañado con su falta de iniciativa, al permanecer en esta ciudad quiero compartir mi destino con los otros millones de hombres que han decidido hacer lo mismo. Tampoco quiero caer en manos de un enemigo, que querrá presentar un nuevo espectáculo organizado por los judíos, para el regocijo de las masas histéricas.

Por tanto he decidido permanecer en Berlín y libremente escoger la muerte en el momento que yo crea que la posición del Fuehrer y la propia Chancillería, no pueda ser más defendida.

Muero con el corazón feliz, consciente de los incalculables legados y logros de nuestros soldados en el frente, nuestras mujeres en casa, los logros de nuestros campesinos y obreros en su trabajo, únicos en la historia, de las juventudes que llevan mi nombre.

A ellos, desde el fondo de mi corazón, les expreso mi gratitud, como es evidente es mi deseo que ustedes, debido a eso, bajo ningún concepto abandonen la lucha en esta contienda sino que más bien la continúen, contra los enemigos de nuestra madre patria, sin importar dónde, fieles al credo de Clausewitz. Del sacrificio de nuestros soldados y por mi comunión con ellos en la muerte, nunca desaparecerá de la historia de Alemania, la semilla del radiante renacimiento del movimiento Nacional-Socialista y por tanto, de una verdadera comunidad de naciones.

Muchos de los hombres y mujeres valientes han decidido unir sus vidas con la mía. Hasta el ultimo momento he rogado y finalmente les he ordenado, no hacerlo y tomar parte en la última batalla de la nación. He rogado a los dirigentes del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, reforzar por todos los medios el espíritu de resistencia de nuestros soldados en el sentido Nacionalsocialista, con especial referencia al hecho, de que también yo mismo, como creador y fundador de ese movimiento, he preferido la muerte a la cobarde abdicación o peor la capitulación.

Deberá, en un futuro, formar parte del código de honor del oficial alemán, como es actualmente de nuestra marina, que rendir un distrito o una ciudad es imposible, y que por sobre todo, nuestros líderes deben marchar al frente como ejemplos refulgentes, cumpliendo con fe en su obligación hasta la muerte.

Mi Testamento Político

Segunda Parte

Antes de mi muerte, expulso al ex Mariscal del Reich Herman Goering del partido y lo despojo de todos los derechos que pudiera gozar en virtud del decreto del 29 de junio de 1941; y también en virtud de mi manifiesto en el Reichtag el 29 de Junio de 1939. Designo en su lugar al Gran Almirante Doenitz, como Presidente del Reich y Supremo Comandante de las Fuerzas Armadas.

Antes de mi muerte, expulso del partido y de todas las oficinas del Estado al ex Reichsfuehrer-SS y Ministro del Interior, Heinrich Himmler. En su lugar designo al Gauleiter Karl Hanke como Reichsfuehrer-SS y Jefe de la Policía Alemana y designo al Gauleiter Paul Giesler como Ministro del Interior del Reich.

Goering y Himler, totalmente aparte de su deslealtad hacia mi persona, han hecho un daño enorme al país y a toda la nación, al efectuar negociaciones secretas con el enemigo, las que condujeron sin mi consentimiento y contra mis deseos, y al intentar usufructuar ilegalmente poderes del Estado.

Con el propósito de darle al pueblo alemán un gobierno compuesto por hombres honorables, un gobierno que pueda satisfacer sus deseos de continuar la guerra por todos los medios, designo a los siguientes miembros del nuevo gabinete de líderes de la nación:

Presidente del Reich: Dönitz
Canciller del Reich: Dr.Goebbels
Ministro del Partido: Bormann
Ministro del Exterior: Seyß-Inquart
Ministro del Interior: Gauleiter Giesler
Ministro de Guerra: Dönitz
Comandante Supremo del Ejército de Tierra: Schörner
Comandante Supremo de la Marina de Guerra: Dönitz
Comandante Supremo de la Aviación: Greim
Reichs führer-SS y Jefe de la Policía Alemana: Gauleiter Hanke
Economía: Funk
Agricultura: Backe
Justicia: Thierack
Cultura: Dr. Scheel
Propaganda: Dr. Naumann
Finanzas: Schwerin-Crossigk
Trabajo: Dr.Hupfauer
Armamento: Saur
Director de la Organización Nacional del Frente del Trabajo y Miembro Asociado al Gabinete del Reich: Reichsminister Dr.Ley.

Como una cantidad de esos hombres, como Martin Borman, Dr. Goebbels, etc., conjuntamente con sus esposas, se unieron a mí por propia voluntad y no desean dejar la capital del Reich bajo cualquier circunstancia, pero desean perecer conmigo aquí, debo pedirles que obedezcan mi solicitud, y en este caso cedan sus propios intereses a los intereses de la nación, por sobre todos sus sentimientos.

Por su trabajo leal como camaradas, ellos estarán muy cerca de mí después de la muerte, así como el deseo de que mi espíritu perdure y que siempre siga con ellos. Dejen que sean estrictos, pero nunca injustos, pero sobretodo, no les permitan que el temor guíe sus actos, y que pongan el honor de la nación por sobre todas las cosas del mundo. Finalmente, permítanles que sean conscientes del hecho de que nuestra obligación, que es continuar la construcción del Estado Nacionalsocialista, signifique el trabajo de los siglos por venir, que colocará a cada persona individualmente, bajo la obligación de servir siempre al interés común y subordinar sus propios intereses a ese fin. Demando que todos los alemanes, todos los Nacionalsocialistas, hombres, mujeres y a todos los hombres de las Fuerzas Armadas, sean fieles y obedientes, hasta la muerte, al nuevo gobierno y a su Presidente.

Por sobre todo, encargo a los líderes de la nación y a todos sus subordinados la observación escrupulosa de las leyes de la raza y la oposición inmisericorde a los envenenadores de los pueblos, el judaísmo internacional».

Discursos de Adolf Hitler