Discurso pronunciado al recibir el III Premio Internacional de Novela "Rómulo Gallegos" el 2 de agosto de 1977

Darle Vida al Pasado para que Tengan Vida el Presente y el Futuro

«Durante diez años, Rómulo Gallegos vivió en México. Sería falso afirmar que vivió en el exilio, porque México es tierra de venezolanos y Venezuela es tierra de mexicanos. Los déspotas creen desembarazarse de los hombres libres mediante el destierro y, a veces, el asesinato. Sólo se ganan testigos que, como el espectro de Banquo, les roban para siempre el sueño.

La muerte del justo ha sido a menudo el precio de nuestras vidas. No lo olvidemos hoy, cuando la América Latina, luminosa utopía fundada una y otra vez en las empresas del descubrimiento, las gestas de la Independencia y el desgarramiento de las Revoluciones, vive una de las noches más negras, largas y tristes de su historia de empecinadas esperanzas. La sangre de Francisco Madero regó el espinazo seco y ardiente de México y le dio la vida a los ejércitos revolucionarios de Villa, Obregón y Zapata. La sangre de Salvador Allende aún no se seca. Mancha las manos de sus asesinos, pero también corre por las arterias de la resistencia popular chilena. Chile, algún día, recobrará la libertad perdida.

Rómulo Gallegos, presidente constitucional de Venezuela, escribió primero nuestro eterno drama de la civilización contra la barbarie y luego lo vivió. Mas bien dicho: lo sobrevivió para vencer a los tiranos, a ese ser abstracto que se llama «Yo, el supremo» en la gran novela de Roa Bastos y cuya única ley es la amalgama de astucia de cantina y genocidio anónimo que Carpentier denomina en otra de sus grandes obras, El Recurso del Método. Recurso inverso al de las novelas policiales: en la historia de la América Latina, sucede repetidamente que se sepan los nombres de los criminales, pero no los de las víctimas. Continente de muertes anónimas en el que más de una vez se ha invocado el concepto abstracto de «patria» para justificar el crimen. La verdadera patria es, por lo contrario, lo más concreto del mundo: es los lugares, las obras, las ideas, las personas que amamos. Y sus muertos.

Déspotas de la sombra: El Otoño del Patriarca es una larga temporada en el infierno, una estación inmóvil, un eclipse metálico de los astros que normalmente permiten medir el tiempo de los hombres y vivirlo como hombres. Pero la anormalidad ha sido la norma de nuestra historia. Trujillo, Batista y Pinochet son como los vampiros que sólo prosperan de noche. Todos ellos, nuestra interminable lista de tiranos, son criaturas de la noche, dependen de la noche y sólo son síntoma de la noche. Es la noche misma la que debemos combatir para mantener a los vampiros en sus tumbas.

Hombre de letras y hombre de acción, Rómulo Gallegos sabía esto; él fue un peregrino de la noche latinoamericana, armado no con la lámpara que sólo busca al hombre, sino con la antorcha que lo ilumina y lo incendia. Luz de la verdad, incendio de la mentira; luz de la memoria, incendio del olvido; luz de la palabra, incendio del silencio. En semejante empresa, con acentos distintos y por caminos plurales, podemos reconocernos y participar todos los novelistas de la América Latina. Nuestro instrumento son las palabras y las palabras, como el aire, son comunes: o son de todos o no son de nadie.

No existe poder político sin apoyo verbal. Una democracia se mide por la latitud del poder verbal de los ciudadanos frente al poder verbal del Estado. Y una dictadura, por lo estrechez o ausencia de ese margen. Sobra decir que en la América Latina ha imperado la segunda situación y que, en buena medida, el vigor de nuestra literatura contemporánea tiene su origen en que, desprovistas de canales normales de expresión – partidos políticos, sindicatos, parlamentos, prensa, medios audiovisuales libres nuestras sociedades buscan y encuentran en la obra de poetas, ensayistas y novelistas todo lo no dicho por nuestra historia pasada o presente. Pues también la historia es, finalmente, una operación del lenguaje: sabemos del pasado, y sabremos del presente, lo que de ellos sobreviva, dicho o escrito.

La historia de la América Latina parece representada por un gesticulador mudo. Adivinamos, en las muecas y manotazos del orador, una alharaca de discursos grandilocuentes, proclamas y sermones, votos piadosos, amenazas veladas, promesas incumplidas y leyes conculcadas. Escuchamos en vano el silencio; desciframos unas piedras hermosas: sólo nos hablan de nuestros tres siglos coloniales las estatuas torturadas de 0 Aleijodinho, los templos barrocos de Quito y Tonantzintla, las celosías secretas de Lima y la Habana. Veneramos a las escasas voces que se dejaron oír: Sor Juana y el Inca Garcilaso en la colonia, Mora y Lastarria, Sarmiento, Bello y Martí en medio del sonido y la furia de nuestras operetas decimonónicas: gritos de ahogado en un mar de sepulcros.

No hay presente vivo con un pasado muerto. Y no hay pasado vivo sin un lenguaje propio. La gigantesca tarea de la literatura latinoamericana contemporánea ha consistido en darle voz a los silencios de nuestra historia en contestar con la verdad a las mentiras de nuestra historia, en apropiarnos con palabras nuevas de un antiguo pasado que nos pertenece e invitarlo a sentarse a la mesa de un presente que sin él sería la del ayuno. Darle vida al pasado para que tengan vida el presente y el futuro, ceñir la realidad del presente, ser y no sólo estar en el presente y así contribuir a un porvenir humano libre de los fantasmas de ayer y de los opresores de hoy, pero pródigo en la memoria de la tradición viva y vivificante sin la cual el futuro nacería viejo: no sé de una sola novela latinoamericana importante que no contribuya, de una u otra manera, a esta empresa de salud colectiva.

De allí la vitalidad de nuestra narrativa contemporánea, inexplicable, desde luego, sin la elaboración de una poética, centro solar que todo lo relaciona, en el gran arco lírico que va de Rubén Darío a Octavio Paz. Gracias a ellos, a Lugones, a Huidobro, a Neruda, a Gorostiza, a Vallejo, a Liscano, a Lezama Lima, a Gonzalo Rojas, los novelistas entramos en posesión de nuestro lenguaje. Un pasado vivo: Carpentier regenera los prodigiosos recursos del barroco americano para recordarnos el origen perdido de nuestras utopías fundadoras y Donoso aprovecha los mismos recursos en sentido inverso para enterrar a los cadáveres que aún se pasean con simulacro de vida por las calles de nuestras pesadillas sociales. Un presente vivo: Mario Vargas Llosa y Otero Silva, González de León, Garmendia y David Viñas, integran el lenguaje de la actualidad latinoamericana, demostrando que las palabras ni se heredan pasivamente ni se calcan gratuitamente, sino que se elaboran en la imaginación y la pasión críticas; Monterroso, Sainz, Puig y Cabrera Infante arrancan a carcajadas la máscara de la solemnidad verbal para decirnos que sólo vive en el presente quien ríe en el presente; y el gran Onetti, padre fundador, que sólo sobrevive en el presente quien sufre en el presente. Nadie, como el gran novelista uruguayo, se ha acercado más al centro trágico de toda presencia: el desafío final de la libertad consiste en saber que el otro que me domina soy yo mismo. Un futuro vivo: La obra de Julio Cortázar transmuta la actualidad pasajera y su lenguaje en una serie de instantes incandescentes que nos quema los labios porque sienten y presienten la naturaleza de toda la libertad que podemos ganarnos en el porvenir. Obra liberadora, la de Cortázar es la del Bolívar de nuestra novela; sus libros eliminan la pasividad del lector y le imponen la carga de la libertad, una libertad que el lector debe ganar para sí mismo y para el autor. La obra abierta de Cortázar es incomprensible sin la cocreación de lectores libres, libres para completar, reformar, negar o afirmar, armar a desarmar la obra. Lo que nunca podrán hacer, ni Cortázar ni sus lectores, ni ustedes ni yo, es concluir la obra. Como la libertad.

Como el porvenir. Un encuentro vivo de todos los tiempos. Rulfo y García Márquez reúnen magistralmente la triplicidad de tiempo y lenguaje para alcanzar la visión, descarnada en el mexicano, opulenta en el colombiano, de la simultaneidad de todas las historias y todos los espacios, todas las vidas y todas las muertes, todos los sueños y todas las vigilias de la América española. Desde las cimas de Pedro Páramo y Cien Años de Soledad, situadas en el eterno presente del mito, se comprenden las terribles palabras de Kafka: «Habrá mucha esperanza pero no para nosotros». La libertad es la lucha por la libertad y el porvenir no nos absolverá de ella. Rulfo y García Márquez, lo imaginan todo para que, sin engaños respecto a lo que somos, seamos capaces de desearlo todo. Tal es el rostro de nuestro futuro, de todo futuro: la cara del deseo. Un lenguaje vivo, en fin: Borges desnuda al verbo hispanoamericano a fin de demostrarnos que las palabras sirven para algo más que la oratoria, pero también con el propósito de darles la jerarquía de un arte musical y matemático, suficiente en sí mismo y por ello comprometido con una vigilancia diabólica sobre sus medios propios y sus fines esenciales: que las palabras se nos escapen de la boca, pero nunca más de las manos. Ejemplifico con Borges, junto con ellos, escritores como María Luisa Bombal, José Blanco, Severo Sarduy, Reynaldo Arenas, Salvador Elizondo y Héctor Bianeiotti habitan el laberinto de Luzbel. Y allí, la palabra precede tanto a Dios como al hombre. Igual que en las mitologías de los albores, la creación y la caída se confunden por obra de la palabra, pues la palabra es el único artificio previo a sus artífices.

Todo lenguaje nos precede; de allí su carga onerosa y desafiante. Sobre todo cuando, históricamente, la precedencia se acentúa con el traslado. Hijos de España por parte de padre, nos encontramos después de los desastres de la guerra civil en la misma orilla que los españoles: la de la orfandad. La generación de novelistas españoles que creció bajo el fascismo – Ferlosio, Martín Santos, García Hortelano, Juan y Luis Goytisolo, Benet, Marsé – se reconoció en nosotros como nosotros en ellos: huérfanos todos, hermanos todos, desconcertados todos frente a la agonía de nuestras sociedades y la enajenación de nuestros medios de expresión. Memorablemente, Juan Goytisolo ha escrito: «Podemos hablar de idiomas ocupados como hablamos de países ocupados». La tragedia española nos permitió darnos cuenta de que la lengua española había sido ocupada durante más de dos siglos por los sacerdotes de la retórica, las vírgenes de la Real Academia y los exorcistas de la herejía sexual, religiosa o política.

Con las dos mitades de España – la exilada y la encerrada hicimos el recuento de nuestro fracaso histórico común y nos unimos en la empresa literaria común de demoler para construir, ensuciar para limpiar y abolir el Mar Océano para que los gallinazos literarios sobrevolasen a las carabelas que ahora, cuando España vuelve a ser libre, harán el trayecto de ida y vuelta: Ya no habrá literatura hispanoamericana que pueda excluir a España misma, so pena de mutilar nuestra civilización común.

¿Cuál será el destino de esa civilización común, cuál el tipo de sociedad en el que nuestras tareas de escritores habrán de cumplirse? La medida de una civilización, ha escrito el poeta Auden, es el grado de unidad que retiene y el grado de diversidad que promueve. Y Paul Valery, famosamente, dijo que las civilizaciones, al cabo, se saben mortales. Difiero matizadamente: las civilizaciones no son mortales; lo es el poder que transitoriamente las encarna. Es mortal la civilización que se somete o es obligada a someterse al poder. Perviven los poderes que saben integrarse a la civilización. En el primer caso, el poder arrastra a la civilización a una tumba de chatarra: cadenas y sables son su monumento helado.

En el segundo, la civilización renueva sus poderes. Empleo intencionalmente el plural. El verdadero poder civilizado es el que coexiste con los poderes plurales de la sociedad y el proceso mismo de la cultura consiste en transformar paulatina o radicalmente, el poder en los poderes. Poder del individuo, sí, y de los derechos humanos que las revoluciones burguesas, por más que los hayan desvirtuado, ganaron para todos los hombres. Poder de la colectividad, sí, para eliminar la explotación pero no para sustituirla por otra que, al anular los derechos individuales de opinión, palabra, disidencia, anula también su propia razón dialéctica y convierte a la historia que pretende encarnar en confrontación, ciega e inmóvil, entre el desamparo atomizado de individuos sin colectividad y el desamparo monolítico de colectividad sin individuos. La democracia y el socialismo son otra cosa y son inseparables.

La democracia sin dimensión colectiva es tan engañosa como el socialismo sin dimensión individual. La democracia socialista es la que integra los derechos individuales y los derechos colectivos como ejercicio activo de la civilización, incluyendo la posibilidad del instante revolucionario de una civilización: o se asumen todas las libertades ganadas, enunciadas y deseadas por el pasado, o se sacrifica tanto a la revolución como a la civilización. Democracia y socialismo son solidaridad colectiva fundada en los derechos personales y derechos personales fundados en la solidaridad colectiva. Son, en suma, pluralidad de poderes: poder del obrero en su empresa, poder del campesino en su tierra, poder del estudiante en su casa de estudios y poder del maestro en su escuela, poder del profesionista en su tarea social, poder del hombre de ciencia en su laboratorio, poder del periodista en su redacción, poder del artista en su taller, del cineasta en su pantalla, del hombre de teatro en su escenario y del escritor en su mesa de trabajo. Poder para todos, menos para los explotadores. Libertad para todo, menos para oprimir.

La democracia del futuro no podrá limitarse a la representación delegada, sin duda válida e indispensable deberá extenderse y ejercerse en los lugares mismos del trabajo de cada uno, dentro de normas de autogestión y descentralización crecientes y con medios de organización, defensa y publicidad propios. Sin embargo, esta sociedad humana que avizoro hoy la deseo para nosotros, aquí, en la América Latina y como latinoamericano no puedo hacer caso omiso del problema del poder del Estado. Un alud de circunstancias han impedido que los países de la América Española, francesa y portuguesa adquieran el rango pleno de la Nación-Estado alcanzada, digamos por Francia a Inglaterra. En cambio ese estadio comienza a ser superada por imperativos económicos, políticos y tecnológicos que convenimos en llamar el estadio de la interdependencia. Mi pregunta es ésta: ¿puede haber interdependencia entre fuertes y débiles entre lobos y corderos?

Sólo concibo un verdadero orden de interdependencia: el de la interdependencia entre independientes. De allí el carácter indispensable en sociedades como las nuestras de un Estado nacional viable que represente el centro nacional e independiente de decisiones – vale decir de decisiones – sin el cual seríamos presas aun más fáciles e inmediatas de los oligopolios internacionales que dictaron la ley de la jungla económica, prosperaron con ella y desataron la crisis que es su pecado exportable a la periferia dependiente, pero que será también la penitencia de su misma culpa.

Luchamos por un nuevo orden económico internacional y pocos estadistas, como los venezolanos y los mexicanos, han sabido encauzar ese esfuerzo con mayor energía y reflexión. Pero debemos crear también, dentro de cada uno de nuestros países, el orden de justicia que reclamamos internacionalmente. Todo lo dicho nos propone un desafío que no quiero soslayar: el de la coexistencia, en la América Latina, de estados nacionales viables con la suma de poderes sociales que, limitando democráticamente al Estado en lo interno, en realidad lo fortalecen en lo externo. No hay Estado más débil que el que carece de ciudadanos libres.

Semejante armonía resulta difícil de concebir en un continente mayoritariamente aplastado por botas y cerrojos. No obstante, el desafío persiste y no se evaporará, a menos que nos resignemos a morir ahogados por la marea ascendente de los fascismos criollos. Hablo como escritor, no como político. Me preocupa la sociedad en la que escribo y en la que vivirán mis hijos. No convoco una ilusión, sino apenas uno esperanza concreta: que la América Latina sea la portadora de un futuro social humano en el que los Estados nacionales acaben de integrarse gracias a la fuerza de los poderes sociales, y que éstos puedan desarrollarse respetados por Estados nacionales que sirvan de escudo a nuestro desarrollo independiente. Tales serían las características de un latino-socialismo. La alternativa es la postración y acaso, la agonía.

Creo que los escritores no podemos ser ajenos a estas preocupaciones. En realidad, ellas se encuentran íntimamente ligadas a nuestro quehacer y se le asemejan. Igual que la obra literaria, el desarrollo social no se gana ni en la resignación embrutecedora ni en el Apocalipsis instantáneo. Son resultados de la paciencia, el trabajo, la conquista diaria de hechos y derechos. A veces, se ha dicho que un escritor de la América Latina no tiene derecho a escribir una línea mientras haya un niño iletrado o enfermo en su suelo nativo. Me pregunto: ¿qué será de nosotros el día en que no haya niños iletrados o enfermos en México o en Venezuela, si al mismo tiempo no hay una cultura que otorgue identidad y propósito al progreso material? ¿Qué leerá ese niño cuando aprenda a leer: Superman o Don Quijote? Sin una cultura propia, seremos colonias mentales, prósperas quizás, pera colonias al cabo.

Civilización policultural: la América Latina tiene la posibilidad, rara por no decir única en el mundo actual, de escoger y fusionar diversas tradiciones a efecto de crear un modelo auténtico de progreso, propio de nosotros, a pesar de y gracias a nuestras contradicciones, nuestras abundantes derrotas y nuestras escasas victorias. Me explico: cuando hablo de modelos propios de desarrollo no preconizo ni la autarquía ni un chovinismo estrecho. Todo lo contrario. Creo, con mi maestro Alfonso Reyes, que sólo nos es ajeno lo que ignoramos. En cambio, nos es propio cuanto conocemos o somos capaces de conocer. Conocimientos del presente, sí, y del contradictorio futuro que prefiguran: jamás en la historia de la raza humana el porvenir ha ofrecido a la voluntad humana semejante opción entre la felicidad y la desdicha, la vida plena o el aniquilamiento total. Pero precisamente para poder optar en favor de un futuro humano, debemos conocer, con la misma atención que merecen nuestros recursos naturales, nuestros recursos culturales. No debemos olvidar que somos herederos de una vasta tradición que sólo por desidia crítica o amnesia voluntaria podemos darnos el lujo de ignorar.

Es esta tradición riquísima la que quiero evocar, convencido de que su carácter soterrado o latente está en espera de que la saquemos al aire y la articulemos, renovada, a la elaboración de nuestro porvenir. Somos dueños de la tradición de las civilizaciones indígenas, que nos reservan las lecciones de su espontaneidad comunitaria, la armonía de sus formas de autogobierno local la constancia de su rememoración de los orígenes, su genio artesanal y, sobre todo, su capacidad de portar la cultura en el cuerpo. Somos dueños legítimos de la antigüedad grecolatina y del medievo cristiano y herético – sobre todo de este último, pues «herejía» significa etimológicamente «tomar para si», «escoger libremente». Y somos dueños invisibles de la tradición democrática de la Edad Media española que culmina con la primera revolución moderna, el movimiento de los comuneros de Castilla aplastado por Carlos V el mismo año en que lo capital azteca, Tenochtitlán, cae en manos de Cortés y los Austria nos privan de una experiencia libertaria más profunda que las de Francia o Inglaterra. Y por los mismos motivos, debemos recuperar el legado dual de las culturas judía y musulmana que sólo en Iberia coexistieron con el cristianismo, que los Reyes Católicos y sus sucesores mutilaron y que nos corresponde invitar de nuevo a nuestra civilización, empobrecida desde el siglo XVI por su ausencia. Somos dueños de la épica cantada por Ercilla y también de su contradicción, las utopías del Renacimiento traídas a tierras de América por los frailes lectores de Tomás Moro y cuya lección continúa vigente: el ejercicio de la autoridad depende de los valores de la comunidad, y no a la inversa. Somos dueños de la tradición intelectual de Erasmo que, en los albores triunfales del racionalismo, advierte que la razón puede ser tan opresiva como lo fe, a menos que la vigile sin tregua una ironía crítica. Y somos herederos de la creación de la historiografía moderna por Giambattista Vico, nacido en la España napolitana: el primer pensador que concibe lo historia como obra de los hombres y no de la providencia. Somos dueños de la tradición del Siglo de las Luces y de la fundación del tiempo histórico moderno por la Revolución Francesa; herederos de la crítica marxista de la sociedad y de la crítica nietzcheana de la cultura; dueños de cuanto nos identifica como hombres y mujeres libres, conscientes, abiertos al mundo para recibir y para dar. Pues todas las tradiciones que he enumerado adquirieron, en suelo de América, personalidad y realidad americana. La utopía de Moro recreada en Michoacán por Vasco de Quiroga se funde con la tradición comunitaria indígena. El barroco europeo, combustión de la revolución copernicana, es transformada por los artesanos indios en continuidad de los tiempos cíclicos y los espacios sagrados de ese paraíso original que Carpentier encuentra al remontar, en Los Pasos Perdidos, las aguas del Orinoco. La poesía de Sor Juana es algo más que la de Góngora: una reflexión lúcida y desesperada sobre las palabras capaces de vencer el silencio colonial y darle voz a la novedad mestiza de América, primer espacio ecuménico del mundo postcopernicano, primer melting pot de la tierra global de Colón y Galileo; América india y europea. América negra, incluso América ligada por la Nao de China al Extremo Oriente, América donde las aguas del Mediterráneo y las del Mar de Japón al fin se reúnen y se estrellan contra las altas mesetas del mundo incásico y náhuatl. Fusión de sangres, civilizaciones y acentos de la vida histórica y cultural: cosmogonías mayas, fortalezas quechuas, utopía humanista, barroco liberado, contrarreforma opresora, épica vacilante.

La épica rememorada por Bernal Díaz medio siglo después de los acontecimientos es nuestra primera búsqueda del tiempo perdido: vale decir, la primera novela hispanoamericana, más melancólica que la visión de los vencidos recogida por Sahagún, porque Bernal, viejo soldado de Guatemala, sabe que los conquistadores fueron conquistados, por la Iglesia y por la Corona, pero también por el mundo de las víctimas. Antecedente secreto de toda la narrativa hispanoamericana, la Crónica Verdadera de la Conquista de la Nueva España es un lamento misterioso de la oportunidad perdida por los homines novi de la España moderna asfixiada por el Concilio de Trento, pero también la épica triste – la novela esencial – en la que el vencedor acaba por amar al vencido, y se reconoce en él. El erasmismo español pervive en la raíz misma de nuestra literatura: todos somos erasmistas sin saberlo porque todos, de Felisberto Hernández a Bioy Casares, practicamos la triple ley del sabio de Rotterdam; la dualidad de la verdad, la ilusión de las apariencias y el elogio de la locura. ¿Es otro el sillar de la Rayuela de Julio Cortázar, del Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti? Y por motivos similares – la tradición es una red de vasos comunicantes – todos somos marxistas, de Baldomero Lillo a José Revueltas: sin la crítica del fenómeno, que es manifestación y revelación, no es posible conocer la relación de las esencias. ¿Es otro el procedimiento de La Casa Verde de Mario Vargas Llosa, del País Portátil de Adriano González León? Y de manera menos obvia todos somos nietzcheanos, de Horacio Quiroga a Agustín Yáñez; la historia explica todo menos lo inexplicable corresponde al arte, no explicar, sino afirmar la multiplicidad de lo real. ¿Nos dicen otra cosa el Paradiso de Lezama Lima, o el Conde Julián de Juan Goytisolo, o las admirables Leyendas de Guatemala de Miguel Angel Asturias?

Pero acaso el ejemplo más claro de esta cultura de encuentros en la que la herencia se crea, es el de nuestras Revoluciones de Independencia, cuando la ilustración europea adquirió un color nativo, el de las Lanzas Coloradas de Uslar Pietri, cuando Bolívar subió a Rousseau al caballo de la conquista española convertido en corcel  de la libertad americana. Dar y recibir. Recibir para dar. Desde el instante de su fundación, la América Latina adquiere una vocación universal: la de ser la otra imagen del occidente, el doble oscuro, el guardián de los valores latentes que algún día pueden suplir las ausencias de una civilización que puede amanecer desnuda y en ruinas. La América Latina devuelve a Europa la advertencia con que Shakespeare se despidió del Medioevo y saludó el valiente mundo nuevo del Renacimiento: hay más cosas en el cielo y la tierra que las soñadas en tu filosofía. Las plazas vaciadas después del carnaval de Brueghel son visitadas par la calavera catrina de José Guadalupe Posada al son de la jitanjafora de Mariano Brull. Valiente mundo nuevo: la América Latina, india, negra, excentricidad que se vuelve central cuando todos los centros desaparecen y el mundo entero se vuelve excéntrico, adquiere hoy una nueva vocación ecuménica: la de responder activamente, junto con los pueblos de Africa y Asia, al máximo desafío de los próximos veinticinco años: el del acceso de las tres cuartas partes de la humanidad al bienestar y la justicia. Pero la  América Latina sólo participará en la creación del futuro si es dueña de sí misma, si convierte en acción política, económica y moral este pasado vivo que nos radica en un presente vivo. La tarea de nuestros escritores se identifica, de esta manera, con la tarea de toda una civilización. Rómulo Gallegos describió, como nadie, el espacio vasto e indomado de nuestras tierras. Tenemos a la mano, para poblarlo y domarla, una riqueza de herencias incomparable y en esta somos todo menos subdesarrollados. Ni la América anglosajona ni nación europea alguna cuentan con semejante pluralidad de tradiciones: las que se dieron cita en la América Latina y aquí se sumergieron en el proceso de nuestro mestizaje de sangre y cultura. ¿Careceremos de la imaginación política y moral para aprovecharlas y dotarnos de modelos auténticos de desarrollo, propios de cada una de nuestras naciones y de su genio, experiencia y aptitudes específicas? El ideal de la unidad latinoamericana no podrá ser impuesto desde afuera ni impuesto artificial o uniformemente. Deberá nacer de las personalidades propias y finalmente integradas de cada uno de nuestros países. Ninguna nación latinoamericana puede pretender que su vía es la única válida. Pero ninguna nación latinoamericana lo será si su vía no recorre y conquista los caminos de la libertad individual, la justicia colectiva y la independencia internacional.

Señoras y señores.

La América Latina comienza en la frontera de México. Tengan ustedes la seguridad de que seguirá comenzando allí. Mi país ha sufrido agresiones graves y presiones
constantes a lo largo de su historia. Quizá esa situación fronteriza, límite, ha permitido a México mantener con particular fervor su identidad en nombre propio y de la América Latina.

Los escritores mexicanos no hemos sido ajenos a este combate. Una literatura pluralista, no programática, ejercida en la libertad y para la libertad, ha contribuido a mantener una fisonomía nacional que es parte constitutiva del ser latinoamericano, variado e indiosincrático, al que acabo de referirme. Solitaria pero solidaria, toda obra de escritura nace y se sostiene de la tierra común que otros han abonado. Todas las novelas y todos los escritores que hemos mencionado aquí existen porque existen otras novelas, otros escritores que las han nutrido. El signo personal de una obra no es producto del aislamiento. Todo lo contrario. La personalidad de las culturas, ha escrito Levy-Straus, no nace de su aislamiento, sino de su relación con otras culturas. Lo mismo podríamos decir de los libros y de las naciones.

Creo por ello que el Premio Rómulo Gallegos que hoy recibo con un sentimiento de honor y gratitud sinceras, es una recompensa a la literatura de mi país, tan antigua como los cantos del Popol Vuh y tan actual como la poesía de Octavio Paz, a la cultura toda de mi país, secularmente visible en las piedras sagradas de Teotihuacán y en las figuras profanas de José Luis Cuevas.

Que este premio, el más alto que otorga nuestra comunidad de lengua, me sea entregado en Venezuela y por venezolanos, no hace sino acrecentar esos sentimientos hasta convertirlos en un compromiso: el de la fidelidad de un escritor mexicano para con este país cuya máxima riqueza es la hospitalidad; el de la solidaridad de un ciudadano mexicano con Venezuela, uno de los escasísimos solares de libertad de nuestra América. Hay muchas maneras de escribir una novela. Todas ellas son conflictivas. No es de extrañar que sus autores también lo sean, puesto que viven y crean los conflictos literarios entre los personajes, dentro de los personajes, dentro del propio autor, entre la novela y el mundo y entre la novela y el lector. Todas estas formas conflictivas presuponen un «yo» con el que se empieza a escribir el libro y un «tú» al cual se dirige. Hoy, por primera vez y gracias a todos ustedes, tengo la impresión de que esos conflictos constantes que son el caldo de cultivo del novelista, se suspenden momentáneamente, esos extremos singulares se reposan antes de reiniciar la lucha y tanto el «yo» como el «tú» se transforman en el «nosotros» de la amistad y el afecto compartidos.

Muchas gracias».

Las culturas, portadoras de la vida posible, agosto de 1984

Mi amigo el novelista norteamericano Donald Barthelme me preguntó una vez:

-¿Por qué escriben ustedes tanto en Latinoamérica? ¿Cómo lo hacen? ¿No hay escasez de papel? – Añadió que, en los Estados Unidos, la mayoría de los escritores sentía que había muy poco que decir.

Yo le contesté que en la América Latina sentíamos, por el contrario, que nos faltaba decirlo todo. Quizás esta es la razón principal de esta urgencia vibrante que distingue a la literatura contemporánea de la América Española y la convierte, junto con la de Europa Central, en uno de los polos de la imaginación literaria en el mundo contemporáneo: estas literaturas manifiestan la continuidad de la cultura en medio de la fragmentación de la historia.

Hay mucho que decir y no hay manera de decirlo sino ésta, la más frágil, la más paradójica: escribir libros en un continente de tantos iletrados y proponer palabras
e ideas en sociedades donde, a menudo, es difícil distinguir las exclamaciones de la oratoria de los gritos de la tortura. Sin embargo, ¿no son esta paradoja y esta fragilidad los signos más seguros de la fuerza y consistencia de una cultura que no nació ayer, sino que se remonta, en primer lugar, a las acciones fundadoras del Nuevo Mundo y su poderosa carga de civilizaciones? Centrados en el campo épico y el sueño utópico, partícipes de una dramática lucha entre el deseo del poder y el poder del deseo, acaso la resolución irónica de nuestros conflictos culturales merezca el título de una de las comedias del primer escritor específicamente hispanoamericano, Juan Ruiz de Alarcón, el jorobado de Taxco que inspiró las comedias de Corneille. «La verdad sospechosa» de Alarcón no es ni más ni menos que la distancia sonriente de Erasmo frente a su amigo Moro y a su enemigo Maquiavelo, todos ellos padres fundadores de la cultura latinoamericana con títulos tan ciertos como los de los conquistadores Cortés, Pizarro o Valdivia.

EL BASURERO DEL DISPENDIO INDUSTRIAL
La cultura de la América Española, tan hambrienta de modernidad, posee una tradición. Sin el conocimiento de esta tradición, corremos el riesgo de convertirnos en
el basurero del dispendio industrial. Recibimos series de televisión obsoletas, tecnología obsoleta, armas obsoletas e ideas económicas obsoletas en generosa abundancia, pero a muy altos precios.

La tradición es un conocimiento propio que permite escoger sin miedo lo mejor o lo más útil de otras culturas y enriquecernos con ellas. Sin la cultura de la tradición, careceríamos de la tradición de la cultura: seríamos huérfanos de la imaginación. Una nueva creación se funda en una tradición viviente. Una cultura que no puede acoger la cultura viva de los otros – lo extraño, lo minoritario – es una cultura moribunda. Pero una cultura que sólo recibe el detritus de una cultura muerta sólo puede responder con su propia cultura viva.

La América Latina tiene una circulación cultural viva, pero un esqueleto político muerto. ¿Pueden coexistir por mucho tiempo la sangre viva y el hueso muerto en el mismo cuerpo? Este, creo yo, es un problema cultural; en términos políticos, económicos y sociales, se traduce en la necesidad de proponer un modelo de progreso propio a cada uno de nuestros países, no una imitación sino un modelo crítico propio de nuestra cultura europea, india, negra, mestiza, nacido de nuestras  necesidades y experiencias, no una copia servil de otros modelos, ni un sofocante convento autárquico: las culturas aisladas no sobreviven a su esterilidad repetitiva; las culturas avasalladas perecen bajo el peso de un modelo externo de fuerza sofocante; las culturas vivas ganan su independencia escogiendo: conciencia psíquica de si y de los demás.

CIVILIZACIÓN UNIDA, BALCANIZACIÓN POLÍTICA
Desde su fundación, la América Latina ha poseído una profunda continuidad cultural. Sin embargo, dolorosamente, su historia política no refleja este hecho. Una
cultura ininterrumpida y una sociedad esporádica; una civilización unida y una balcanización política.

Crear nuestro propio modelo con todos los instrumentos críticos que nuestra civilización nos ofrece: este vasto proyecto para la regeneración de un continente postrado incluye los derechos y las obligaciones de la cultura. No al nivel del compromiso con esta o aquella ideología. Nuestro problema no consiste en discutir dogmas y escolasticismos más o menos sutiles sino en atender con compasión activa la voz de nuestra alternativa dolorosa y recurrente, la misma que obsesionó, de
acuerdo con su tiempo, a Sarmiento y a Martí, a Gallegos y a Mariátegui: civilización o barbarie. La civilización mínima que afirma el valor de los ojos de un niño,
el sexo de una mujer o las manos de un hombre; o la barbarie represiva, torcionaria o corrupta que nos pisotea o degrada a todos.

La América Latina se siente frustrada por el fracaso, no de sus formaciones culturales, sino de sus deformaciones políticas. De Sor Juana Inés de la Cruz a Octavio Paz, de Ercilla a Neruda, del Inca Garcilaso a Gabriel García Márquez, la cultura latinoamericana ha mantenido una vitalidad ininterrumpida. La paradoja de escribir en un continente devastado por la ignorancia quizás no sea tan grande; quizás un escritor sabe que escribe para mantener vivo el prodigioso pasado cultural que rara vez encontró equivalencia política. Omitir ese pasado sería admitir la derrota del porvenir: consagrar la fatalidad de un futuro vacío.

Esto es inaceptable para la América Latina, una de las más ricas áreas policulturales del mundo, un universo de formas y pensamientos y palabras que es depositario de la duración mítica del mundo indígena, la valiente decisión de vivir de los africanos transplantados y, a través de España y Portugal en la fundación del siglo XVI y de Francia en la insurgencia del siglo XIX, del corpus entero de la civilización occidental.

TRADICIÓN Y CAMBIO POLÍTICO
El conocimiento de la tradición nos permite valorizar sin engaños la naturaleza del aparente cambio político, no sólo al nivel cosmético de la ideología, sino al nivel total de la cultura que Vico indicó en su crítica de la razón y Wilhelm Reich en su crítica del fascismo: los verdaderos cambios culturales sólo ocurren dentro de esa realidad global que incluye las relaciones familiares y sexuales, la manera de comer, vestir y bailar, los castigos y los premios, los monumentos y los arreglos florales, la vida psíquica y la vida política, el amor, las leyes y los deseos tal y como se sostienen, se niegan, se expresan o se manipulan, al cabo, en la comunicación, incluyendo el lenguaje hablado y escrito.

Escribir en un continente donde los iletrados son muchos. ¿Y si escribir ahora fuese la única manera de comunicarse con quienes, algún día, no serán iletrados y tendrán, entonces, derecho de reclamar la ausencia de las voces de hoy como nosotros, hoy, reclamamos la ausencia de las voces de nuestro pasado? Yo no quiero que algún día, en el futuro, un joven lector demande la Rayuela que debió publicarse en 1963, El laberinto de la soledad que debió publicarse en 1950, la Residencia en la tierra que debió publicarse en 1933, pero que no fueron publicados porque, entonces, sólo una élite los hubiese leído y la élite, después de todo, preferiría leer malas traducciones de novelas europeas. ¿Quién ha oído jamás hablar de Cortázar, Paz o Neruda? Quizás los tres no son sino humoristas silentes, oscuros e inéditos, que vivieron el siglo XVIII en una pulpería cerca de Tucumán, en una plazuela empedrada y añil de Mixcoac o en un fundo nublado y lluvioso en las afueras de Temuco. No sabemos: leíamos Clarisa Harlowe .

¿Y si escribir hoy, siempre, en la América Latina no fuese sino otra manera de ofrecer un nivel más, un relieve más, a ese territorio constante de nuestra civilización:
la presencia ininterrumpida de una poderosa cultura popular, manual, artesanal: una cultura que siempre ha sabido bailar, cantar, iluminar, edificar? ¿Quién construyó Chichen Itzá y Machu Picchu, Torre Tagle y Tonantzintla y Congonhas do Campo? Tenemos que saber todo esto, pues si ignoramos nuestro pasado tendremos que afirmar que todo lo duradero de nuestras sociedades fue construido por fantasmas y entonces nosotros mismos seremos fantasmas. Debemos estar listos para recibir el pasado si queremos tener un presente y un porvenir: para que ellos no sean fantasmas, a nosotros nos corresponde convertirlos en seres humanos a fin de serlo, también, nosotros.

Nuestro terrible siglo muere; en todas partes las ideologías mueren con él y las culturas reaparecen como las portadoras de la vida posible. Acaso la América llegue a conocerse verdaderamente en este florecimiento del rostro oculto de las civilizaciones que parece prefigurar la fisonomía del siglo venidero.

 

Fuente | Este artículo fue publicado por Perspectiva, UNESCO, París, N 799-800, 1984 | Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad Nº 73, Julio-Agosto de 1984, ISSN: 0251-3552.

Discurso al recibir el Premio Cervantes de 1987

«Majestades,

Si este galardón -que tanto me honra y tanto aprecio- es considerado el premio de premios para un escritor de nuestra lengua, ello se debe a que, como ningún otro, es un premio compartido.

Yo comparto el Premio Cervantes, en primer lugar, con mi patria, México, patria de mi sangre pero también de mi imaginación, a menudo conflictiva, a menudo contradictoria, pero siempre apasionada con la tierra de mis padres. México es mi herencia, pero no mi indiferencia; la cultura que nos da sentido y continuidad a los mexicanos es algo que yo he querido merecer todos los días, en tensión y no en reposo. Mi primer pasaporte -el de ciudadano de México- he debido ganarlo, no con el pesimismo del silencio, sino con el optimismo de la crítica. No he tenido más armas para hacerlo que las del escritor: la imaginación y el lenguaje.
Son éstos los sellos de mi segundo pasaporte, el que me lleva a compartir este premio con los escritores que piensan y escriben en español. La cultura literaria de mi país es incomprensible fuera del universo lingüístico que nos une a peruanos y venezolanos, argentinos y puertorriqueños, españoles y mexicanos. Puede discutirse el grado en el que un conjunto de tradiciones religiosas, morales y eróticas, o de situaciones políticas, económicas y sociales, nos unen o nos separan; pero el terreno común de nuestros encuentros y desencuentros, la liga más fuerte de nuestra comunidad probable, es la lengua -el instrumento, dijo una vez William Butlerler Yeats, de nuestro debate con los demás-, que es retórica, pero también del debate con nosotros mismos, que es poesía.

Comparto este premio con México y con los escritores que piensan y escriben en español

Debate con los demás, debate con nosotros mismos. Nos disponemos, así que pasen cuatro años, a celebrar los cinco siglos de una fecha inquietante: 1492. Vamos a discutir mucho sobre la manera misma de nombrarla. ¿Descubrimiento, como señalan las costumbres, o encuentro, como concede el compromiso? ¿Invención de América, como sugiere el historiador mexicano Edmundo O’Gorman; deseo de América, como anheló el Renacimiento europeo, hambriento de dos objetivos incompatibles: utopía y espacio; o imaginación de América, como han dicho sus escritores de todos los tiempos, de Bernal Díaz del Castillo a Sor Juana Inés de la Cruz, y a Gabriel García Márquez?

Los cinco siglos que van de aquel 92 a éste se inician, también, con la publicación de la primera gramática de la lengua castellana, por Antonio de Nebrija. Y aunque Nebrija designa a la lengua como acompañante del imperio, hoy reconocemos la otra vertiente de la celebración y ésta es la crítica. La lengua de la conquista fue también la de la contraconquista, y sin la lengua de la colonia no habría lengua de la independencia.

Nuestra imaginación política, moral, económica, tiene que estar a la altura de nuestra imaginación verbal

Hablo de un idioma compartido, con mi patria, con mi cultura y con sus escritores. Quiero ir más lejos, sin embargo. Esta lengua nuestra se está convirtiendo, cada vez más, en una lengua universal, hablada, leída, cantada, pensada y soñada por un número creciente de personas: casi 350 millones, convirtiéndola en el cuarto grupo lingüístico del mundo; sólo en los EEUU de América sus hispanoparlantes transformarán a ese gran país, apenas rebasado el año 2000, en la segunda nación de habla española del mundo.

Esto significa que, en el siglo que se avecina, la lengua castellana será el idioma preponderante de las tres Américas: la del Sur, la del Centro y la del Norte. La famosa pregunta de Rubén Darío -¿tantos millones hablarán inglés?- será al fin contestada: no, hablarán español.

Nuestra imaginación política, moral, económica, tiene que estar a la altura de nuestra imaginación verbal.

Esta lengua nuestra, lengua de asombros y descubrimientos recíprocos, lengua de celebración pero también de crítica, lengua mutante que un día es la de san Juan de la Cruz y al siguiente la de fray Gerundio de Campazas y al día que sigue, lengua fénix, vuela en alas de Clarín, esta lengua nuestra, mil veces declarada, prematuramente, muerta, antes de renacer para siempre, a partir de Rubén Darío, en una constelación de correspondencias trasatlánticas, ha sido todo esto porque ha sido espejo de insuficiencias, pero también agua del deseo, hielo de triunfos y cristal de dudas, roca de la cultura, permanente, continua, en medio de borrascas que se han llevado a la deriva a tantas islas políticas; vidrio frágil, la lengua nuestra, pero ventana amplia, también, gracias a los cuales tenemos refugio y compensación, así como visión y conciencia, de los tiempos inclementes.

La literatura de origen hispánico ha encontrado un pasaporte mundial

La lengua imperial de Nebrija se ha convertido en algo mejor: la lengua universal de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, de Julio Cortázar y Octavio Paz. La literatura de origen hispánico ha encontrado un pasaporte mundial y, traducida a lenguas extranjeras, cuenta con un número cada vez mayor de lectores.

¿Por qué ha sucedido esto? No por un simple factor numérico, sino porque el mundo hispánico, en virtud de sus contradicciones mismas, en función de sus conflictos irresueltos, en aras de sus ardientes compromisos entre la realidad y el deseo, y a la luz de la memoria colectiva de nuestra historia, que es la historia de nuestras culturas, plurales de nuestro lado del Atlántico -europeos, indios, negros y mestizos- pero de este lado también -cristianos, árabes y judíos-, ha podido mantener vigente todo un repertorio humano olvidado a menudo, y con demasiada facilidad, por la modernidad triunfalista que ha protagonizado, entre aquel 92 y éste, la historia visible de la humanidad.

Hoy, que esa modernidad y sus promesas han entrado en crisis, miramos en torno nuestro buscando las reservas invisibles de humanidad que nos permitan renovarnos sin negarnos, y encontrarnos en la comunidad de la lengua y de la imaginación española dos surtidores que no se agotan.

Mas apenas intentamos ubicar el punto de convergencia entre el mundo de la imaginación y la lengua hispanoamericana y el universo de la imaginación y el lenguaje de la vida contemporánea, nos vemos obligados a detenernos, una y otra vez, en la misma provincia de la lengua, en la misma ínsula de la imaginación, en el mismo autor y en la obra misma, que reúnen todos los tiempos de nuestra tradición y todos los espacios de nuestra imaginación.

La provincia -acá abajo, con Rocinante- es La Mancha. La ínsula -allá arriba, con Clavileño- es la literatura. El autor es Cervantes, la obra es el Quijote y la paradoja es que de la España postridentina surgen el lenguaje y la imaginación críticos fundadores de la modernidad que la Contrarreforma rechaza.

Daniel Defoe escribe el Robinson Crusoe con el tiempo de una modernidad consonante. Miguel de Cervantes escribe el Quijote a contratiempo, desautorizado por la historia inmediata, respondiendo no tanto a lo que está allí sino a lo que hace falta; potenciando la imaginación para hablarnos menos de lo que vemos que de lo que no vemos; de lo que ignoramos, más de lo que ya sabemos.

Unamuno ve las caras de Robinson y Quijote; en la del inglés, reconoce a un hombre que se crea una civilización en una isla; en la del español, a un hombre que sale a cambiar el mundo en que vive. Hay esto, pero algo más también: la tradición de Robinson será la de la seguridad, la coincidencia con el espíritu del tiempo, incluyendo una coincidencia con la crítica del tiempo, pero a veces, también, la arrogancia de nombrarse protagonista del mismo. La poética de Robinson será la de la narrativa lineal, realista, lógica, futurizante, poblada por seres de carne y hueso, definidos por la experiencia: Robinson y sus descendientes leen al mundo.

Cervantes potencia la imaginación para hablarnos de lo que ignoramos, más de lo que ya sabemos.

Quijote y los suyos son leídos por el mundo, y lo saben. La tradición quijotesca no disfraza su génesis fictiva; la celebra; sus personajes no son entes psicológicos, sino figuras reflexivas; no el producto de la experiencia, sino de la inexperiencia; no les importa lo que saben, sino lo que ignoran: lo que aún no saben. No se toman en serio; admiten que su realidad es una mentira. Pero esa maravillosa mentira, la novela, salva, nos dice Dostoyevsky hablando de Cervantes, a la verdad.
La poética de La Mancha y su descendencia numerosa, que un día antes que yo evocó aquí mismo el gran novelista cubano Alejo Carpentier, incluyen a los hijos de Don Quijote, el Tristram Shandy de Sterne, contemplando su propia gestación novelesca; y el fatalista de Diderot, Jacques, ofreciéndole al lector repertorios infinitos de probabilidades; a sus nietas, la Catherine Moorland de Jane Austen y la Emma Bovary de Gustave Flaubert, que también creen todo lo que leen; a sus sobrinos el Myshkin de Dostoyevsky, el Micawber de Dickens y el Nazarín de Pérez Galdós: todos aquellos que escogen la difícil alternativa de la bondad y por ello sufren agonía y ridículo; y si todos ellos son descendientes de Don Quijote lo son, acaso, de San Pablo también, pues la locura de Dios es más sabia, dice el santo, que toda la sabiduría de los hombres.

La locura de Don Quijote y su descendencia es una santa locura: es la locura de la lectura. Su biblioteca de libros de caballerías es su refugio inicial, la protección de su supuesta locura, que consiste en dar fe de la lectura. Pero esta convicción entraña el deber de actualizar sus lecturas.

Don Quijote sale a probar la existencia de una edad pasada, cuando el mundo era igual a sus palabras. Se encuentra con una edad presente, empeñada en separarlo todo. Sale a probar la existencia de los héroes escritos: los paladines y caballeros andantes del pasado. Encuentra su propia contemporaneidad en un hecho para él irrefutable: Don Quijote, como sus héroes, también ha sido escrito.

Quijote y Sancho son los primeros personajes literarios que se saben escritos mientras viven las aventuras que están siendo escritas sobre ellos. Colón en la tierra nueva, Copérnico en los nuevos cielos, no operan una revolución más asombrosa que ésta de Don Quijote al saberse escrito, personaje del libro titulado El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Don Quijote y Sancho son los primeros personajes literarios que se saben escritos

La información moderna, el privilegio pero también la carga de la mirada plural, nacen en el momento en que Sancho le dice a Don Quijote lo que el bachiller Sansón Carrasco le dijo a Sancho: estamos siendo escritos. Estamos siendo leídos. Estamos siendo vistos. Carecemos de impunidad, pero también de soledad. Nos rodea la mirada del otro. Somos un proyecto del otro. No hemos terminado nuestra aventura. No la terminaremos mientras seamos objeto de la lectura, de la imaginación, acaso del deseo de los demás. No moriremos -Quijote, Sancho- mientras exista un lector que abra nuestro libro.

Paso definitivo de la tradición oral a la tradición impresa, Don Quijote, culminando prodigiosamente su novedad novelesca, es el primer personaje literario, también, que entra a una imprenta para verse a sí mismo en proceso de producción. Ello ocurre, naturalmente, en Barcelona.

El precio de esta aventura de Don Quijote, su pasaporte entre dos tiempos de la cultura, es la inestabilidad. Inestabilidad de la memoria: Don Quijote surge de una oscura aldea, tan oscura que su aún más oscuro -su incierto- autor, ni siquiera recuerda o no quiere recordar, el nombre del lugar. Don Quijote inaugura la memoria moderna con la ironía del olvido: todos sabían dónde estaba Troya y quién era Aquiles; nadie sabrá quién es K el agrimensor de Kafka, o dónde está El Castillo, dónde está Praga, dónde está la historia.

Inestabilidad, en segundo lugar, de la autoría: ¿quién es el autor del Quijote, un tal Cervantes, más versado en desdichas que en versos, o un tal de Saavedra, evocado con admiración por los hechos que cumplió, y todos por alcanzar la libertad; el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, cuyos papeles son vertidos al castellano por un anónimo traductor morisco, y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda?

¿Pierre Ménard, autor del Quijote? ¿Jorge Luis Borges, autor de Pierre Ménard y en consecuencia … ?

Inestabilidad del nombre, en tercer lugar. «Don Quijote» es sólo uno de los nombres de Alonso Quijano, que quizás es Quixada o Quesada y que, apenas incursiona en el género pastoril, se convierte en Quijotiz; apenas entra a la intriga de la corte de los duques se convierte en el don Azote de la princesa Micomicona; cambian de nombre sus amantes -Dulcinea es Aldonza-, sus yeguas -Rocín-antes-, sus enemigos -Mambrino se convierte en Malandrino- y hasta sus infinitos autores: Benengeli se nos convierte en Berenjena.

Memoria inestable, autoría y nominación inestables; búsqueda, en consecuencia, del género mismo, del visado que nos diga: soy literatura, soy novela. Pero esto tampoco escapa a la inseguridad. Inaugurando la novela moderna, Cervantes nos dice: éste es el género de todos los géneros y la contaminación de todos ellos, de todo cuanto esta novela, Don Quijote, abarca: picaresca y épica, pastoril y amorosa, novela morisca y novela bizantina, interpolada e interrumpida: indefinición de las categorías perfectas y cerradas; conflicto y contagio perpetuo del lenguaje. Radicalmente moderno, Cervantes nos dice desde el siglo XVII: recuerden, podemos olvidar; miren, no sabemos quiénes somos; escuchen, ya no nos entendemos.

Cervantes nos dice desde el siglo XVII: recuerden, podemos olvidar

Si el tiempo de la Contrarreforma, que es el suyo, le pide unidad de lenguaje, Cervantes le devuelve multiplicidad de lenguajes; si quiere fe, le devuelve dudas. Pero si la modernidad exige, por su lado, la duda constante, Cervantes, más moderno que la modernidad, le devuelve la fe en la justicia y el amor, y le exige el mínimo de unidad que nos permita comprender la diversidad misma.

Cervantes nos dice que no hay presente vivo con un pasado muerto. Leyéndolo, nosotros, hombres y mujeres de hoy, entendemos que creamos la historia y que es nuestro deber mantenerla. Sin nuestra memoria, que es el verdadero nombre del porvenir, no tenemos un presente vivo: un hoy y un aquí nuestro, donde el pasado y el futuro, verdaderamente, encarnan. Mirada extraordinaria del discípulo de Alcalá de Henares sobre su mundo y el nuestro; la suya es la más ancha de las modernidades. Contratiempo, sí, y paradoja que acaso no lo sea tanto: novela permanente, origen del género pero también destino del mismo, el Quijote es nuestra novela y Cervantes es nuestro contemporáneo porque su estética de la inestabilidad es la de nuestro propio mundo.

A las crisis de entonces y de ahora Cervantes les indica el camino de una apertura que convierte a la inseguridad en el motivo de una creación constante. Cervantes inventa la novela potencial, en conflicto y en diálogo consigo misma, que es hoy la novela de Italo Calvino, de Milan Kundera y de Juan Goytisolo: la invitación quijotesca es la invitación perpetua a salir de nosotros mismos y vernos -a nosotros y al mundo- como enigma, pero también como posibilidad incumplida. La novela, para ganarse el derecho de criticar al mundo, comienza por criticarse a sí misma: la interrogante de la obra produce la obra.

Cervantes inventa la novela potencial, en conflicto y en diálogo consigo misma

Pero si la poética de La Mancha es la del mundo contemporáneo, también es la del Nuevo Mundo americano. Desde la fundación, nosotros nos preguntamos, como el lector de Cervantes, ¿quién es el autor del Nuevo Mundo? ¿Colón, que lo pisó primero, o Vespucio, que primero lo nombró? ¿Los dioses que huyeron, o el Dios que llegó? ¿Los anónimos artesanos mestizos de nuestras iglesias barrocas, o la afamada poeta barroca, obligada a guardar silencio por las autoridades? ¿Y dónde está el Mundo Nuevo? ¿En un lugar de Macondo, de cuyo nombre no quiero acordarme? ¿En un lugar en Comala, en un lugar de Canaima, en las alturas de Macchu Picchu? ¿Existen realmente esos lugares, son ciertos sus nombres? ¿Qué quiere decir «América»? ¿A quién le pertenece ese nombre? ¿Qué quiere decir «el Nuevo Mundo»? ¿Cómo pudo transformarse la dulce Cuauhnáhuac azteca en la dura Cuernavaca española? ¿Cómo bautizar el río, la montaña, la selva, vistos por primera vez? Y sobre todo, ¿cómo nombrar el vasto anonimato humano -indio y criollo, mestizo y negro- de la cultura multirracial de las Américas?

Darle voz y nombre a quienes no los tienen: la aventura quijotesca aún no termina en el Nuevo Mundo. Recordar que había una civilización del Nuevo Mundo antes de 1492 y que aunque la conquista propuso una nueva historia, los conquistados no renunciaron a la suya. El recuerdo ilumina el deseo, y ambos se reúnen en la imaginación: ¿quién es el autor del Nuevo Mundo?

Somos todos nosotros: todos los que lo imaginamos incesantemente porque sabemos que sin nuestra imaginación América -el nombre genérico de los mundos nuevos- dejaría de existir.

A partir de la imaginación los hispanoamericanos estamos intentando llenar todos los abismos de nuestra historia con ideas y con actos, con palabras y con organización mejores, a fin de crear, en el Nuevo Mundo hispánico, un mundo nuevo, una realidad mejor, en contra del capricho del más fuerte, que se sustenta en la fatalidad; a favor del diálogo y de la coexistencia, que se sustentan en la libertad, y otorgándole un valor específico al arte de nombrar y al arte de dar voz. Escritores, somos también ciudadanos, igualmente preocupados por el estado del arte y por el estado de la ciudad.

Portamos lo que somos en dirección de lo que queremos ser: voces en el coro de un mundo nuevo en el que cada cultura haga escuchar su palabra. La nuestra se dice (y a veces hasta seduce) en español y con ella queremos hablarle a un planeta que no puede limitarse a dos opciones, dos sistemas, dos ideologías, sino que pertenece a múltiples culturas humanas y a sus fecundas posibilidades, hasta ahora apenas expresadas.

Sin embargo, la velocidad de los avances tecnológicos, la creciente interdependencia económica y el carácter instantáneo de las comunicaciones, forman parte de una dinámica global que no se detiene a preguntarle a nadie: oye, ¿ya decidiste cuál es tu identidad?

1992 es quizás nuestra última oportunidad de decirnos a nosotros mismos: esto somos y esto le daremos al mundo. Ejemplifico, no agoto: somos esta suma de experiencias, esta capacidad para actualizar los valores del pasado a fin de que el porvenir no carezca de ellos, este sentimiento trágico de que ninguna receta ideológica asegura la felicidad o puede, por sí misma, impedir la infelicidad si no va acompañada de algo que nosotros, los hispánicos, conocemos de sobra: el poder del arte para compensar y completar la experiencia histórica, dándole sentido y convirtiendo la información en imaginación. Es la lección de La Mancha: Cervantes. Es también la lección de Comala: Rulfo; y la de Santa María: Onetti.

No estamos solos y nos encaminamos hacia el mundo del siglo venidero con ustedes, los españoles, que son nuestra familia inmediata. Nos necesitamos. Pero, también, el mundo del futuro necesita a España y a la América española. Nuestra contribución es única; también es indispensable; no habrá concierto sin nosotros. Pero antes debe haber concierto entre nosotros. A España le concierne lo que ocurre en Hispanoamérica y en Hispanoamérica nos concierne lo que ocurre en España. Sólo necesitándonos entre nosotros, el mundo nos necesitará también. Sólo imaginándonos los unos a los otros, el mundo nos imaginará.
La celebración del Quinto Centenario será, dentro de este espíritu, un acto renovado de fe en la imaginación. Nos corresponde de nuevo, de ambos lados del Atlántico, imaginar los mundos nuevos, pues no hay otra manera de descubrirlos.

1992 es nuestra última oportunidad de decirnos: esto somos y esto le daremos al mundo

Majestades,
Este honor excepcional con el que España distingue hoy a un ciudadano de México es parte de una tradición constante, que nos precede y nos prolongará: la relación de los escritores del Nuevo Mundo con la patria de Cervantes.

Quiero destacar un momento de esta relación, en el que España nos dio, a mí y a muchos mexicanos, lo mejor de sí misma.
Mi país le abrió los brazos a la España peregrina que en México encontró refugio para restañar las heridas de una guerra dolorosa. La emigración española compartió con nosotros algunos de los frutos más brillantes del arte, de la poesía, de la música, de la filosofía y del derecho modernos de España.

Muchos mexicanos somos los que somos, y sin duda somos un poco mejores, porque nos acercamos a esos peregrinos y ellos nos ayudaron a ver mejor -Luis Buñuel-, a pensar mejor -José Gaos-, a oír mejor -Adolfo Salazar-, a escribir mejor -Emilio Prados, Luis Cernuda- y a concebir mejor la unión de la lengua y de la justicia, de las palabras y los hechos.

A nadie le debo más en este sentido que a mi viejo maestro don Manuel Pedroso, antiguo rector de la Universidad de Sevilla, que para mi generación en la Universidad de México le dio identidad española al estudio del derecho internacional, actualizando entre nosotros la tradición de Suárez y Vitoria, y preparándonos para decir y defender en el continente americano los principios del derecho de gentes: no intervención, autodeterminación, solución pacífica de controversias, convivencia de sistemas.

Estoy seguro de que a él le gustaría saber que lo recuerdo hoy, aquí, en otra gran Universidad, la de Alcalá de Henares, y en presencia suya, señor, pues nadie, como usted, ha hecho tanto para cerrar las heridas históricas y devolvernos, íntegra y generosa, a nuestra España, y nadie, más que Su Majestad la Reina, ha estado tan atenta al cultivo de la relación diaria, humana, gentílisima, entre nuestras dos patrias, España y México.

Gracias, entonces, por darle a mi pasaporte mexicano y manchego el sello de vuestra calidad espiritual.

Ahora abro el pasaporte y leo:

Profesión: escritor, es decir, escudero de Don Quijote.

lengua: española, no lengua del imperio, sino lengua de la imaginación, del amor y de la justicia; lengua de Cervantes, lengua de Quijote.

Muchas gracias».

Discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del 1995

«Majestad,
Alteza Real,
Alteza,
Señoras y señores,

Se me concede el gran honor de agradecer en nombre de todos los que hemos sido distinguidos en 1994 con los Premios que, en vuestro nombre y bajo vuestro patrocinio, Alteza, distinguen año con año a hombres, mujeres y grupos que trabajamos en las áreas de la comunicación y de las humanidades, las artes, las ciencias, la investigación, los deportes, la cooperación internacional y, coronándolo todo, la concordia que, nos dice Shakespeare, es la música interior del ser humano.

Es, también, esencia de la paz que, en su cantar, un gran rey y poeta que nos pertenece a todos, Salomón, le ofrece por igual a los que están cerca y a los que están lejos: paz para todos, los próximos y los lejanos, la humanidad visible pero también la invisible, la olvidada, la marginada. Por eso, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia se le da este año al recuerdo necesario, al porvenir imprescindible, a la edad más entrañable del ser humano: la niñez, pero la niñez amenazada hoy en demasiadas calles del planeta.

El tamaño del honor es comparable a la dificultad de hacerme voz de un grupo tan rico, diverso y, sí, necesario, de talentos.

Nos diferencia la profesión, la nacionalidad, la edad, el sexo. Sin embargo, desde la antigüedad griega, existe la tradición de unir los méritos y las ocupaciones distintas en un himno común: tan importante es lo que nos distingue como lo que nos une.

Píndaro, el gran poeta helénico del siglo VI antes de Cristo, nos dejó un canto coral a los vencedores olímpicos en el que se premiaba, conjuntamente, a los deportistas, a los músicos, a los poetas y a los estadistas.

Virtud, valentía, fuerza y justicia, el uso moderado del poder y la gloria que todo ello otorga, son los laureles que Píndaro atribuye a los vencedores de las primeras olimpiadas.

Pero su poesía pertenece a un mundo que, desde la gesta homérica, era consciente de que, al lado de los triunfos de la paz, existían los horrores de la guerra. Ambos se disputaban el nombre de la gloria. Pero la gloria de la guerra, al perder su máscara, revelaba su rostro verdadero: la muerte.

Qué terribles palabras estas de Aquiles a su víctima postrada: 
«Vamos, amigo, tú también debes morir.
Patrocolo valía más que tú, y sin embargo, ha muerto.»

Simone Weil, la gran filósofa judeo-cristiana, se sirve de este ejemplo para recordarnos lo que Homero ya sabía: El imperio de la violencia es infinito; puede ser tan grande como la naturaleza -imaginemos, lo ruego, este horror: una violencia tan grande que se vuelve sinónimo de la naturaleza-.

Sólo pueden disipar el horror tres consejos: no admires el poder, no detestes al enemigo y no desprecies a los que sufren.

Esta es la otra cara de la victoria olímpica cantada por Píndaro.

Nuestro tiempo, privado de una cultura trágica, no ha sabido respetar estas advertencias.

El siglo XX ha idolatrado el poder, ha destruido al enemigo con alevosía premeditada y cuasi-científica, y ha acumulado dolor y más dolor sobre los hombros de los seres sufrientes.

Hoy, al acercarnos al fin del siglo y del milenio, aprovechamos encomios tan exaltantes como éste de Asturias para reflexionar sobre la necesidad de crear una civilización común, diversificada pero compartida, a fin de merecer nuestros premios y ser dignos de la gloria que nos dispensa la patria de Jovellanos y de Clarín, que con sus nombres nos indican cuán lejos puede llegar el espíritu humano cuando lo ilumina el deseo de añadir verdad y belleza a la tierra.

Permitidme, Alteza, que ampare mis palabras esta noche con esos dos nombres de asturianos ilustres: Gaspar Melchor de Jovellanos, el pensador y estadista que más lejos nos llevó por el camino de la razón y el buen gobierno, y Leopoldo Alas «Clarín», el novelista que más lejos nos condujo por el camino de la imaginación y la sensualidad. Razón y sensualidad, complementándose, sin sacrificio de la inteligencia o el placer humanos. Qué gran lección de humanidad y belleza para nuestra civilización plural y compartida nos dan los pensadores y artistas asturianos.

Una civilización común: desde este techo de España, Asturias, montaña levantada sobre los hombros del patriota rebelde, Pelayo, podemos esta tarde distinguir claramente algo que nos reúne a todos.

Es la cultura del Mediterráneo, el Mar Nuestro, el gran abrazo que nos abarca desde Israel, Palestina y el Levante, pasando por Grecia e Italia hasta Iberia y más allá, pues las olas del Mediterráneo europeo llegan hasta el Mediterráneo americano, que es el Caribe y el Golfo de México, y allí fecundan una civilización de encuentros que habla castellano, inglés, holandés, francés y todos los cruces y mestizajes verbales nacidos en la plantación y en el barco esclavista.

El abrazo del Mediterráneo se extiende hasta sus riberas sureñas, el Magreb y Egipto, y hasta sus límites nórdicos, tributarios también, del Atlántico hasta el Báltico, de la filosofía griega, el derecho romano, la ciencia árabe y la religión judía.

Hablo desde la tierra española donde todos estos valores se dan cita, otorgándole a esta ceremonia el significado de una conmemoración y un reencuentro de culturas.

No en balde coexistieron aquí, durante cinco siglos, cristianos, judíos y musulmanes.

No en balde se vio a sí mismo San Fernando de España como descendiente de las tres culturas del libro, la hebrea, la islámica y la cristiana: hijo de los tres monoteísmos mediterráneos, el Rey Santo hizo inscribir su tumba en Sevilla, por los cuatro costados, con las lenguas de una cultura diversa pero compartida: latín, español, árabe y hebreo.

No en balde Alfonso X de Castilla, el Sabio, trajo a su corte a los intelectuales árabes y judíos que tradujeron al español la Biblia y el Corán, la Cábala y el Talmud.

La futura prosa de España, la que nos une a 400 millones de hombres y mujeres en España y las Américas, desde México hasta Chile y Argentina –sin olvidar a los treinta millones de hispanoparlantes en los Estados Unidos– proviene de la corte de Alfonso y es, en esencia, el lenguaje de las tres culturas.

¡Qué gran ejemplo para los años de intolerancia, persecución y exilio que siguieron!

¡Qué gran advertencia para que nunca más degrademos nuestra humanidad en la barbarie del racismo y la xenofobia!

¿Sabremos identificar de nuevo un destino común para la humanidad, sin sacrificio de los aportes singulares de cada pueblo?

A los pueblos de ambos Mediterráneos -el de acá y el de allá, el de Beirut, Tel Aviv y Jericó, y el de Veracruz, Cartagena de Indias y la Nueva Orleans; el de Alejandría, Túnez y Argelia, y el de Puerto Rico, Nicaragua y Panamá; el de Palermo, Barcelona y Venecia, y el de Puerto Cabello, Santo Domingo y Santiago de Cuba-, a todos nosotros nos corresponde comprobarlo: como los aquí premiados, debemos saber lo que nos distingue y decir lo que nos une.

Fueron esta lengua y esta cultura compartidas las que cruzaron el Atlántico para llevar el abrazo mediterráneo hasta las costas americanas y proseguir allí, más allá de los crímenes de la conquista y los abusos de la colonización, una civilización activa y desafiante, una contra-conquista y una descolonización hecha por criollos, indios, mestizos, negros y mulatos que unieron su propia palabra a la lengua de España y en ella descubrieron que una buena tercera parte de nuestro vocabulario es de origen árabe -acequia, almohada, alberca, azotea, aljibe, alcázar, alcachofa, limón, naranja y ¡olé!-, que la mitad de nuestra religión es israelita -del Génesis al Libro de Daniel- y que en nuestro pensamiento español e hispanoamericano no podemos separar al cristiano San Isidoro, al judío Maimónides y al árabe Averroes.

No habría «Libro del Buen Amor» del Arcipreste Juan Ruiz sin «El collar de la paloma» de Ibn’Hazm de Córdoba, y sin ambos, no habría escrito el judío converso Fernando de Rojas la obra auroral de la ciudad renacentista, «La Celestina».

El gran novelista colombiano, Premio Nobel de Literartura, Gabriel García Márquez, cuya presencia nos honra esta tarde, me cuenta que un día llegó al aeropuerto de Teherán y los onmipresentes periodistas le preguntaron cuál era la influencia de la literatura persa en su obra.

Sorprendido por un instante, el autor de «Cien años de soledad», iluminado por el Espíritu Santo, respondió: «Las mil y una noches».

¿Existe en efecto un narrador que no sea hijo de Sherezada, es decir, de la mujer que cada noche cuenta un cuento más para ver una mañana más y aplazar, así, la muerte?

De igual modo, no podemos separar la obra de Jorge Luis Borges de las grandes construcciones morales e ideales del judaísmo: la Cábala que rige los destinos entrelazados de Tlon, Uqbar y Orbis Tertius, y el Talmud que es la guía para extraviarse, delectablemente, en el jardín de senderos que se bifurcan.

América envía de regreso a España, desde el siglo XVI, las carabelas verbales para surcar un nuevo Mare Nostrum: las crónicas españolas de Bernal Díaz, las crónicas indígenas de Guzmán Poma de Ayala y las crónicas mestizas del Inca Garcilaso de la Vega, quien nos advierte a todos desde el Perú virreinal: «Mundo sólo hay uno».

A México vienen de España Gutierre de Cetina y Mateo Alemán, desde México llega a España Juan Ruiz de Alarcón y desde entonces el flujo mediterráneo no ha cesado: tanto le debe España al nicaragüense Rubén Darío como América al granadino Federico García Lorca como España al chileno Pablo Neruda como América, nuevamente, a los poetas del exilio español.

Basta esa memoria para entender que nuestra cultura es dos cosas: peregrina y mestiza.

Mezcla de muchas razas y culturas: ésta es la razón de su continuidad y su fuerza.

Pero también fruto de muchos exilios, migraciones, trasiegos: éste es el impulso de su dolor, su coraje y su virtud.

Cultura mestiza, cultura migratoria: Hoy ambas cualidades están en peligro y ello ocurre en el momento en que, después de cincuenta años de estéril guerra fría, las ideologías excluyentes le ceden el lugar a las culturas incluyentes, largo tiempo postergadas porque no cabían en el refrigerador bipolar del conflicto Este-Oeste.

Las culturas como protagonistas de la historia: No estamos acostumbrados a este desafío, sobre todo cuando, hoy, las culturas son portadas, no sólo por sus escritores y artistas, no sólo por sus empresarios y estadistas, sino por sus trabajadores, los obreros que emigran obedeciendo a la demanda del mercado y rompiendo la maldición de la pobreza.

Nuestras culturas peregrinas se han universalizado, se mueven ahora en vastas corrientes del sur al norte y del este al oeste: con ellas viajan los trabajadores y sus familias, sus oraciones, sus cocinas, sus memorias, sus maneras de saludar y cantar y reír y soñar y desear, desafiando prejuicios, reclamando la equidad junto con la identidad; mantener su propio perfil cultural para enriquecer las identidades nacionales a las que se integran en un mundo móvil, determinado por la comunicación instantánea, la velocidad tecnológica y el flujo de los mercados, tanto del capital como del trabajo.

¿Podemos negarle, en un universo de tan rápida mutación, el derecho de existir a herencias seculares que pueden convertirse en contribuciones esenciales, acaso salvadoras, para un futuro que aún desconocemos, que se nos escapa todos los días, tan complejo como imprevisible?

Vivimos hoy, como lo escribió el poeta romántico francés Alfred de Musset inclinado sobre el fin de la era napoleónica, con un pie sobre las cenizas y otro sobre las semillas. No sabemos separar el pasado del porvenir, ni debemos hacerlo: ambos nos acompañan en el presente.

Entre la ruina y el surco, nuestro brevísimo siglo XX -que se inició en 1914 en Sarajevo y murió en 1994, también en Sarajevo- fue un siglo de progreso inigualado junto a una desigualdad incomparable.

El mayor avance científico y el máximo retraso político.

El viaje a la luna y el viaje a Siberia.

La gloria de Einstein y el horror de Auschwitz.

La persecución implacable contra razas enteras, la guerra no contra los ejércitos sino contra los civiles, seis millones de judíos asesinados por el nazismo, dos millones de vietnamitas muertos en guerras coloniales y cuarenta mil niños que mueren todos los días en el Tercer Mundo, muertes innecesarias, que cada vez serán menos, y algún día ninguna, gracias a hombres como Manuel Patarroyo.

Autodeterminación para algunos pueblos, pero no para otros, a veces vecinos de aquéllos, y una ironía digna de Orwell: todas las naciones son soberanas, pero algunas son más soberanas que otras.

Hacen falta organizaciones internacionales renovadas que reflejen una nueva composición mundial: doscientos estados independientes en 1994, no cuarenta y cuatro como al fundarse la ONU en 1945; pugna de jurisdicciones trasnacionales, nacionales, regionales, tribales; oposición entre la aldea global y la aldea local, entre la aldea tecnológica de Ted Turner y la aldea memoriosa de Emiliano Zapata, entre el alegre robot que vive en el penthouse y los ídolos de la tribu que sobreviven en el sótano; tránsito doloroso de una economía de volumen a una economía de valor, con el sacrificio de millones de trabajadores víctimas de la siguiente paradoja: productividad mayor con mayor desempleo; y una red mundial de información que informa muy poco porque hemos perdido la relación orgánica entre experiencia, información y conocimiento: explosión de la información, implosión del significado.

Todos estos conflictos son, al mismo tiempo, oportunidades porque, al fin y al cabo, pueden ocasionar contacto, intercambio, diálogo: concordia, imaginación y humanidad para ese mundo único que previó el Inca Garcilaso y que hoy nos obliga a reconocernos en una problemática común:

Hay mendigos en Birmingham, Bogotá y Boston.

Hay gente sin hogar en Londres, Lima y Los Angeles.

Hay un Tercer Mundo dentro del Primer Mundo, pero los problemas de la mujer y del anciano, la educación, el crimen, la violencia, la droga, el sida, no distinguen entre primer, segundo, tercero o cuarto mundos.

Igual mueren niños asesinados por vigilantes en las calles de Río de Janeiro, que niños asesinados por otros niños en los guetos de Chicago, que niños asesinados al azar por el tiroteo entre pandillas en Nueva York.

Sí, mundo sólo hay uno: Esto nos dicen, con la esperanza y la voluntad, todos los artistas, estadistas, deportistas y científicos hoy premiados. Pero sobre todo, Alteza, los tres premios de la Concordia: los Mensajeros de la Paz de España, el movimiento brasileño de los Meninos de Rua y la organización británica Save the Children.

La voluntad política nos ha demostrado que es posible reducir el imperio de la violencia y darle un rostro actual al deseo homérico de respetar al antiguo enemigo y de amar a quienes sufren la historia.

África del Sur y el Medio Oriente hoy, con suerte Irlanda y el Caribe mañana, son ejemplos de que las vías de la diplomacia y el diálogo vuelven a ser transitables para evitar la violencia y establecer la fraternidad.

Celebramos esta noche a los hombres y mujeres del futuro, como nos ha pedido, a todos, Simón Peres que lo seamos.

Yaser Arafat y Isaac Rabin honran esta noche a nuestra humanidad diversa pero compartida: ensanchan aún más el abrazo del Mediterráneo y nos dan a todos ese reposo que Moisés encontró al llegar a su suelo, dejando de ser «un extranjero en tierra extraña», o que el poeta palestino Mahmud Darvish, con gran emoción, explicó en su poema «Reflexiones sobre el exilio»: «Séllame con tu mirada / Llévame donde quiera que estés…/ Llévame como un juguete, como un ladrillo / para que nuestros hijos no se olviden de regresar…».

Majestad,
Alteza Real,
Alteza,
Señoras y señores:

Quisiera introducir una muy breve nota personal para finalizar estas palabras.

Interpreto todo premio que se me da como un premio para mi país, México, y la cultura de mi país, fluida, alerta, no ideológica, parte inseparable del dramático proceso de transición democrática y afirmación de los valores de la sociedad civil, que vivimos hoy, con esperanza decidida, 90 millones de mexicanos.

A mi patria y a sus valores hago acreedores del Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Pero a través de México y la civilización mexicana, me uno, con todos ustedes, a la civilización asturiana de Jovellanos y de Clarín, que son asturianos porque no le tuvieron miedo al riesgo de la creación política, artística, económica y moral. Seamos dignos de ellos, dignos de Asturias».

Discurso durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española pronunciado en Cartagena de Indias el 26 de marzo de 2007

«Conocí a Gabriel García Márquez allá por el 1962, en la ciudad de México y en la calle de Córdoba 48, una casa llamada «La Mansión de Drácula» por su evidente aspecto transilvánico y sede de la compañía productora de cine de Manuel Barbachano Ponce.

Barbachano Ponce era un rotundo y energético yucateco, miembro de la llamada «casta Divina» que dominó largo tiempo a la península maya con vastas plantaciones de henequén y trabajo feudal. Desposeídos por la Revolución mexicana y en particular por las medidas del gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto, los Barbachano debieron encontrar otras hacendosas ocupaciones en la hotelería, el turismo y el cine.

Manolo Barbachano renovó en su momento el lánguido cine comercial de México, cimbrado apenas por las trepidaciones bailables de «Tongolele», Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, nuestras caribeñas rumberas oficiales. Barbachano apostó a un cine documental y cuasi documental, directo, sin adornos, en blanco y negro: Torero, una experiencia de cine-verdad en torno al diestro Luis Procuna; Raíces, la adaptación de varios cuentos rurales del escritor Francisco Rojas González, y, finalmente, Nazarín, la película con la que Luis Buñuel volvió a cegar la pantalla, después de un indeseado e indeseable asueto comercial, con las navajas de Aragón y los tambores de Calanda.

La historia de Pérez Galdós fue adaptada por otro español, el guionista Julio Alejandro, y situada en un México agrario y agreste donde el cura Nazario intenta hacer el bien, provoca el mal y recibe como recompensa una inmanejable piña. Digo con esto que al llegar a México a principios de los sesenta, Gabriel García Márquez fue recibido —en La Mansión de Drácula— por un equipo que incluía a los republicanos españoles Federico Américo, productor de la vieja CIFESA, Carlos Velo, que en España realizó un memorable documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de Baena, un seductor señorito madrileño de agudo ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano, que fue quien me presentó, en Córdoba 48, al recién llegado Gabriel García Márquez, al cual yo ya conocía, desde luego, como el joven escritor de La hojarasca, un libro de apariencia rústica y entraña nobilísima, pues de él, me parece, surge el universo creador de García Márquez. Yo había editado en los años cincuenta una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista Mito, dirigida por
Jorge Gaitán Durán.

Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de Gabo. «La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de perro azul»…, títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio, naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y sueño.

Todo ello me impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer al autor que nombró esos cuentos, al artífice que los soñó: aquí estaba, en Córdoba 48, tal y como años más tarde lo describiría, en sus memorias, el presidente François Mitterrand, como «un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso…, dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear». «Desde que leí Cien años de soledad —añade Mitterrand— la obra me ha embrujado». Seguramente un hombre tan perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería, leyó en Cien años lo que muchos más vimos desde las páginas sin árbol de La hojarasca: García Márquez era un nuevo descubridor, un bautizador del nuevo mundo, hermano de Núñez de Balboa y Fernández de Oviedo, de Gil González y Pedro Mártir, en la tarea interminable de darle nombre a América.

Lo conocí en 1962 en Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo, con la instantaneidad de lo eterno. Gabo culminaba en México un joven periplo que lo había llevado de Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y luego de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas tabletas de información escritas en El Universal, luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador, que lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás, pero teniendo presentes siempre, las tensiones colombianas que se renuevan —porque no se inician— el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y culminan con la clausura de El Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955, determinando una errancia que, al cabo, nos trae al Gabo, en un autobús Greyhound, con Mercedes y Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad  de México, la más vieja ciudad viva del hemisferio occidental, la urbe azteca, virreinal, barroca, caótica, antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra tezontle y afrancesadas mansardas esperando la improbable nevada tropical y edificios de cristal despedazado que no quieren durar más de cincuenta años. México, D. F., donde la familia de García Márquez tendría, de allí en adelante, su principal residencia para honor y alegría de México y los mexicanos. Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo monolito cuyos terribles elementos —serpientes, calaveras, manos laceradas, sexo impenetrable— le proclaman a la ciudad y al mundo: —Yo no soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque no soy humana. Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez dice:
—Ya entendí a México.
Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos, constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le atribuía Mitterrand.

Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del Castillo determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino —amuélense todos— en un consulado mexicano del extranjero. Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México.

Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en
una fonda de Tres Marías? Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».

Porque en esa época, él y yo fabricábamos guiones de cine, demostrando nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos horas en colocar una coma o en describir el portón de una hacienda. Es decir: nos importaba lo que se leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde, echados en la eterna primavera del césped de mi casa en el barrio de San Ángel, Gabo pudo preguntarme:
—Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir nuestras novelas?
La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había estado allí en 1950, cuando la ruina de la guerra era dolorosamente visible en una Italia donde los niños recogían colillas de cigarrillo para sobrevivir, donde en el invierno los museos estaban llenos porque solo allí había calefacción, donde un pueblo empobrecido viajaba en tercera clase de los trenes con maletas amarradas con cuerdas. En una Viena donde la fachada del Hofburg era ocultada por grandes mantas con las efigies de Lenin y Stalin y de donde no se podía viajar sin un pase de una de las cuatro potencias de ocupación. De un París, en fin, donde el espíritu francés convalecía gracias a la inteligencia de Sartre y Camus, popularizada por el existencialismo personificado, a su vez, por la cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena negra, mirada desencantada, voz inolvidable: Je hais les dimanches. En un apartamento vasto y congelado de la avenida de Víctor Hugo vivía la pareja literaria de Octavio Paz y Elena Garro, siempre acompañados de otra pareja, esta argentina, formada por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: fuego graneado de citas poéticas, juegos surrealistas del cadáver exquisito y correrías nocturnas por Saint-Germain-des Prés.

Octavio me condujo a una galería de la Place Vendôme donde se exhibía un solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia, cuyo autor, Max Ernst, allí presente como vigía de su propia obra, había pintado un paisaje lacerante, alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos intensamente azules bajo la corona blanca de Ernst y al ver la pintura, me pregunté si el verdadero surrealismo europeo solo se dio en Alemania y en España, países de imaginación mágica popular, como lo
demostraba ese mismo año de 1950 Luis Buñuel con Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia cartesiana, donde André Breton escribía con la corrección del duque de Saint-Simon en la Corte de Luis XVI.

Con razón, hacia 1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos —Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietro y Alejo Carpentier— se detuvieron un rato en el Pont des Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el surrealismo francés, innecesario —proclamaron— en una Iberoamérica donde abundaba «lo real maravilloso». Digo esto porque a Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez, encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los buenos latinoamericanos van a París a escribir.

Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail. Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…». «Para no tener más vida que esta».

Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad. Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado «el pequeño azul» al cual acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo querer de todos.

«Querido Julio:
Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de
cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!». Y añado: «Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una regeneración infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.

Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo». Dialogando con nosotros».