Conferencia pronunciada en el Ateneo de San Sebastián el 15 de noviembre de 1933

«Si la sociedad puede sostenerse tensa con una idea racionalista y relativista, nadie lo sabe. Ya los rusos, como desconfiando de toda teoría relativista, convierten el comunismo en religión, a Lenin en profeta y hacen que la Dialéctica de Hegel, que no parece más que un juego de seminario laico, se considere algo de un rigor científico absoluto.

Por ahora, el monoideísmo y el espíritu sectario es lo que produce la acción; las gentes agnósticas, saturadas de relativismo y de libre examen, con pluralidad de ideas, viven entre dudas y vacilaciones.

No hay hombre de espíritu relativista y comprensivo capaz de ordenar las matanzas que ordenaron los Lenin, los Trotsky y los Zinovief en Rusia, ayudados por unos judíos descendientes, sin duda, del mal ladrón, a juzgar por sus intenciones. Tampoco manda una persona de buen sentido las estúpidas matanzas que se hicieron en España en Casas Viejas. Para eso hay que ser un fanático y un pedante, fruta que abunda entre los políticos rusos y entre los españoles.

Yo supongo que en España debe haber gente harta de tanta palabrería, de tanto aspaviento, de tanto gesto histriónico y de tanta vulgaridad como ha destilado siempre la política.

Dicen que nos debemos dividir en izquierdas, derechas y centro. Todo eso de izquierda, derecha y centro yo lo veo muy claro en los descansillos de las escaleras, pero en la vida no lo noto absolutamente en nada.

Supongo que tiene que haber personas que quieran trabajar en lo suyo con un poco de silencio y con cierto pudor. Si no las hay, peor para nosotros. Esto querrá decir que no servimos más que para charlatanes de plazuela.

Que el político hable de los aranceles y de los presupuestos está bien; ¿pero de su alma?, ¿para qué? Para eso ya están los poetas; los Byron, los Bécquer, los Verlaine, los Baudelaire.

El público español corriente parece que quiere dar como trozo lírico de algún valor el alegato chabacano del político que exhibe sus sentimientos, probablemente falsos, con una literatura de último orden.

La retórica, que ni siquiera es la buena, nos envenena. La frase histriónica, la metáfora usada y efectista quieren hacerla pasar por un producto intelectual y hasta práctico.

Esta retórica de tono mayor, de grandes brochazos, de lugares comunes solemnes, esconde todos los gérmenes de porvenir, si es que los hay en España».

Discurso en su ingreso en la RAE el 12 de mayo de 1935

Discurso en su ingreso en la RAE el 12 de mayo de 1935

Pío Baroja sobre Oscar Wilde

“Oscar Wilde era alto, demasiado alto, con un cuerpo grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris; llevaba un sombrero blanco y una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida, un poco caballuna; las manos, enormes, así como fláccidas, muertas, y los pies por el estilo. Sabiendo quién era, daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombrón vulgar. No tenía nada de ese aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas. En el tiempo que le vi no contaba más de cuarenta y tres años, pero parecía un hombre de cincuenta.

El hombre aquel, triste y decaído, podía ser en su decadencia el autor de El retrato de Dorian Grey y de otros libros un poco aparatosos y petulantes escritos para snobs; pero no parecía que pudiera ser el que había escrito comedias tan chispeantes y alegres como El abanico de lady Windermere y, sobre todo, como La importancia de llamarse Ernesto (“The importance of being earnest”).

Los escritores franceses se mostraron muy severos con Oscar Wilde. Esto podía explicarse en una sociedad puritana; pero en un ambiente de estetismo y de corrupción no se comprendía.

La severidad inglesa en la cuestión de Oscar Wilde fue estúpida y torpe. Un hombre puede empeñarse en desafiar la opinión pública de un país; pero un país grande y fuerte, por lo mismo de ser fuerte, no debe aceptar el desafío de un cínico, sino resueltamente alejarlo y no ocuparse de él.

Era difícil explicar una actitud tan mezquina, tan ruin como la que tomaron los escritores con tipos como Oscar Wilde o como Verlaine. Que el uno era un invertido y el otro un borracho y quizá también invertido. Cierto; pero había un gran número de escritores que eran también invertidos y borrachos y no se les insultaba ni se les aislaba al ponerles este inri. (…)

Esta cuestión de Oscar Wilde a mí no me interesó nunca. Me pareció un tema de pensión de solteronas, una verdadera cursilería. La justicia inglesa estuvo también muy torpe. El juez debía haberle dicho al escritor:

–Mire usted, señor Wilde. Ese problema de usted nos importa poco a nosotros. Tome usted el barco, vaya usted al continente e instálese usted donde le parezca y viva donde quiera y como quiera.

El proceso de Oscar Wilde fue tan ridículo como el Corydon de Gide. Este libro parece, por lo poco que he leído de él, la apología del homosexualismo. ¿Para qué esa apología y esa pedagogía? No se ve para qué. Lo mismo creo que podría hacer la apología del herpetismo o de las hemorroides.

Oscar Wilde era, evidentemente, un escritor de talento; pero en aquel tiempo estaba rechazado por todos sus colegas franceses, a pesar de que a muchos de estos, como a Jean Lorrain y a otros varios, se les atribuían las mismas costumbres que al autor de Salomé. El homosexualismo era un mérito. Un escritor francés me decía:

–A mí nunca me han tachado de homosexual, y, naturalmente, no tengo éxito».

Discursos de Pío Baroja