Discurso "Formación de la Unidad Popular" pronunciado en el Senado el 6 de enero de 1970

«Señor presidente, pocas veces en la vida política chilena ha habido mayor inquietud en vastos sectores ciudadanos ante las perspectivas del pueblo de expresar sus anhelos y sus ansias en la lucha presidencial que se avecina.

No deseo, ni sería pertinente, hacer un análisis relativo a la significación del esfuerzo unitario de partidos o grupos que, a nuestro juicio, evidentemente representan la mayoría del país. Tan sólo deseo señalar que, en mi opinión, en esta hora inquietante de nuestra vida nacional, se hace más necesario que nunca tener fe y confianza en la voluntad de las masas populares y en la capacidad de sus dirigentes para enfrentar la responsabilidad histórica que tenemos los hombres de izquierda.
 
Hoy, desde el punto de vista personal, como precandidato del Partido Socialista, he tomado una resolución, condensada en un documento que me permitiré leer en el Senado, porque su contenido es de tipo político y porque ésta es nuestra tribuna. Sería petulancia de mi parte imaginar que los señores senadores se preocuparan de un problema de orden personal. Pero siendo, como es, una materia esencialmente política, quiero que mi pensamiento quede incorporado al Diario de Sesiones del Senado.
 
He entregado al conocimiento del país la siguiente declaración:
 
La designación del candidato único de los partidos de izquierda ha provocado lamentables dificultades, después de los significativos avances que se alcanzaron con la redacción de un programa, del acuerdo acerca del carácter del futuro Gobierno Popular y de un documento sobre la orientación de la campaña presidencial.
 
La circunstancia de que sea mi nombre el postulado por el Partido Socialista para aspirar a la representación unitaria y de que no se haya producido acuerdo en torno de la nominación, me han inducido a adoptar una actitud —ya conocida por mi partido— que creo necesario explicar públicamente.
 
Estoy cierto de que el Comité Central y los militantes del partido acordaron mi postulación teniendo presente mi invariable lealtad al socialismo, observada durante mi vida política y los esfuerzos que nunca escatimé en pro de la unidad popular.
 
Hace más de treinta años, me correspondió participar en forma activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de izquierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los partidos de la clase obrera —como el socialista— hizo posible el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo Gobierno tuve el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.
En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento de esclarecimiento ideológico, asumiendo su representación en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral.
 
En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas presidenciales, que si bien no culminaron en la conquista del poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el proceso revolucionario.
 
El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora importancia aún más relevante.
 
La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un Gobierno diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamente después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-cristiano y cuando aún están a la vista los resultados del anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.
 
El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller.
 
El proceso unitario en desarrollo abarca una amplitud nunca antes alcanzada y muestra en su seno la definitoria gravitación de los partidos revolucionarios. Las proyecciones de estos últimos son producto, en buena cuota, de la acción conjunta desplegada durante más de 14 años por socialistas y comunistas. La unidad también aparece reforzada por la radicalización de los partidos de clase media; como consecuencia de la dramática realidad social que castiga también a sus militantes y simpatizantes. Estas características diferencian nítidamente al proceso actual de anteriores experiencias, como el Frente Popular.
 
Los acuerdos suscritos por los partidos populares constituyen una expresión promisoria de los propósitos que orientan el proceso unitario. Por lo mismo, se torna más extraño y lamentable que surjan dificultades en la designación de quien habrá de representar a los sectores de izquierda en la próxima elección presidencial.
 
Al no vislumbrarse acuerdo en las conversaciones bilaterales, de inmediato comuniqué a mi partido, hace días, la petición de que se considerara seriamente la expectativa de levantar la postulación de otro de sus miembros, solicitud que he reiterado con posterioridad.
 
La Comisión Política del socialismo no consideró que procedía acoger mi sugestión. También puse oportunamente en conocimiento del Partido Comunista mi actitud. Actué de igual manera con algunos dirigentes del Partido Social Demócrata y con el senador don Luis Fernando Luengo, único parlamentario de esta misma colectividad.
 
E! Partido Socialista nunca atribuyó al hecho de no apoyar en esta etapa una determinada candidatura, extraña a sus filas, el significado de un veto o descalificación, circunstancia que había implicado prepotencia política. Durante la prolongada trayectoria cumplida con dedicación y esfuerzo incansable a favor de la Unidad Popular, nadie ha pretendido aplicar procedimientos discriminatorios.
En este momento tan trascendental para el proceso popular y para el país, no podría yo jamás asumir una actitud diversa de aquella que invariablemente he mantenido: consecuencia política y que es, sin duda, el mejor atributo que puedo exhibir después de tan dilatada participación en la lucha revolucionaria.
 
Fue seguramente la consideración de esta circunstancia la que indujo a mi partido a levantar, una vez más, mi nombre. En forma correlativa, por mi parte consideré que debía prestar, también una vez más, mi contribución a la causa a que siempre me he esmerado en servir con honestidad, decisión y clara conciencia doctrinaria.
 
En la misma medida en que estuve dispuesto a hacer el aporte personal que me correspondía, si se consideraba mi nombre como garantía para alcanzar el cumplimiento de las aspiraciones unitarias, he resuelto solicitar a la dirección de mi partido, como ya lo he hecho, que se prescinda de mí, si mi nombre constituye obstáculo para el logro de metas que se hallan muy por encima de todo personalismo y en las que están en juego el presente y el futuro de la clase trabajadora.
 
Al plantear esta petición a mi partido, lo he hecho porque pienso que en la actualidad no estamos empeñados en la mera lucha por elegir un presidente de la República sino tras la conquista del poder para el pueblo, a fin de abrir caminos a un proceso efectivamente revolucionario, que inicie la construcción de la nueva sociedad chilena y que señale también una ruta para América Latina.
 
La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica, que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del poder judicial y del regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apaga sino con su presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.
 
Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgencia desesperada o la dictadura como proyección de la insuficiencia cada vez más notoria del régimen.
 
No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios. Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antiimperialista, destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros, serán aplastados por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No somos sectarios ni tampoco excluyentes; somos y seremos, sí, exigentes, para que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia económica y política.
 
La dictadura contrarrevolucionaria no sería capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza, la legítima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.
 
El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se expresa desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácticas de lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual estado de cosas, aunque aquéllas no sean las más convenientes para el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos serias responsabilidades en el movimiento popular y hemos fundido nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para asumir una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.
 
Es precisamente lo que estoy dispuesto a hacer. Al dar este paso de responsabilidad personal, reitero mi decisión de que, en caso de no alcanzarse la nominación de un candidato de unidad, hecho lamentable que nunca podría ser atribuido a intransigencias del socialismo, cumpliré las tareas que el partido me señale. Si en tales circunstancias se viera obligada nuestra colectividad a enfrentar separadamente la próxima elección presidencial y reitera su decisión de que yo lo represente, mis camaradas podrán contar, como siempre ocurrió, aun en los momentos y condiciones más difíciles y sacrificadas, con mi concurso para tan honrosa tarea partidaria.
 
Destaco, asimismo, la actitud del secretario general del partido y la dirección, en resguardo de mi candidatura.
 
Por último, quiero agradecer a los miles y miles de chilenos, miembros o no de los partidos populares, y a todos y cada uno de los socialistas su adhesión, expresada en las concentraciones multitudinarias realizadas a lo largo del país. A su lealtad de siempre, responderé con mi lealtad de siempre; no seré un desertor de la lucha revolucionaria, aunque no figure como candidato. Por el contrario, en tal situación, será para mí más imperativo seguir junto al pueblo. Nuestra responsabilidad se acrecienta, sobre todo en momentos en que sólo se descubren horas caracterizadas por amenazas reaccionarias o dictatoriales que, de concretarse, significarán violencia y represión contra la juventud y los trabajadores.
 
Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo el «compañero Allende»».

Discurso "Triunfal" pronunciado el 5 de Septiembre de 1970

«Con profunda emoción les hablo desde esta improvisada tribuna por medio de estos deficientes amplificadores.
 
¡Qué significativa es, más que las palabras, la presencia del pueblo de Santiago, que interpretando a la inmensa mayoría de los chilenos, se congrega para festejar la victoria que alcanzamos limpiamente, el día de hoy, victoria que abre un camino nuevo para la patria, y cuyo principal actor es el pueblo de Chile aquí congregado! ¡Qué extraordinariamente significativo es que pueda yo dirigirme al pueblo de Chile y al pueblo de Santiago desde la Federación de Estudiantes! Esto posee un valor y un significado muy amplio. Nunca un candidato triunfante por la voluntad y el sacrificio del pueblo usó una tribuna que tuviera mayor trascendencia. Porque todos lo sabemos. La juventud de la patria fue vanguardia en esta gran batalla, que no fue la lucha de un hombre, sino la lucha de un pueblo; ella es la victoria de Chile, alcanzada limpiamente esta tarde.
 
Yo les pido a ustedes que comprendan que soy tan sólo un hombre, con todas las flaquezas y debilidades que tiene un hombre, y si pude soportar -porque cumplía una tarea- la derrota de ayer, hoy sin soberbia y sin espíritu de venganza, acepto este triunfo que nada tiene de personal, y que se lo debo a la unidad de los partidos populares, a las fuerzas sociales que han estado junto a nosotros. se lo debo al hombre anónimo y sacrificado de la patria, se lo debo a la humilde mujer de nuestra tierra. Le debo este triunfo al pueblo de Chile, que entrará conmigo a La Moneda el 4 de noviembre.
 
La victoria alcanzada por ustedes tiene una honda significación nacional. Desde aquí declaro, solemnemente que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro y quiero que lo sepan definitivamente, que al llegar a la Moneda, y siendo el pueblo gobierno, cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído, de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular.
 
Lo dije: no tenemos ni podríamos tener ningún propósito pequeño de venganza. sería disminuir la victoria alcanzada. Pero, si no tenemos un pequeño propósito de venganza, de ninguna manera, vamos a claudicar, a comerciar el programa de la Unidad Popular, que fue la bandera del primer gobierno auténticamente democrático, popular, nacional, y revolucionario de la historia de Chile.
 
Dije y debo repetirlo: si la victoria no era fácil, difícil será consolidar nuestro triunfo y construir la nueva sociedad, la nueva convivencia social, la nueva moral y la nueva patria.
 
Pero yo sé que ustedes, que hicieron posible que el pueblo sea mañana gobierno, tendrán la responsabilidad histórica de realizar lo que Chile anhela para convertir a nuestra patria en un país señero en el progreso, en la justicia social, en los derechos de cada hombre, de cada mujer, de cada joven de nuestra tierra.
 
Hemos triunfado para derrocar definitivamente la explotación imperialista, para terminar con los monopolios, para hacer una profunda reforma agraria, para controlar el comercio de exportación e importación, para nacionalizar, en fin, el crédito, pilares todos que harán factible el progreso de Chile, creando el capital social que impulsará nuestro desarrollo.
 
Por eso, esta noche que pertenece a la Historia, en este momento de júbilo, yo expreso mi emocionado reconocimiento a los hombres y mujeres, a los militantes de los partidos populares e integrantes de las fuerzas sociales que hicieron posible esta victoria que tiene proyecciones más allá de las fronteras de la propia patria. Para los que estén en la pampa o en la estepa, para los que me escuchan en el litoral, para los que laboran en la precordillera, para la simple dueña de casa, para el catedrático universitario, para el joven estudiante, el pequeño comerciante o industrial, para el hombre y la mujer de Chile para el joven de la tierra nuestra, para todos ellos, el compromiso que yo contraigo ante mi conciencia y ante el pueblo -actor fundamental de esta victoria- es ser auténticamente leal en la gran tarea común y colectiva. Lo he dicho: mi único anhelo es ser para ustedes el Compañero presidente.
 
Chile abre un camino que otros pueblos de América y del mundo podrán seguir. La fuerza vital de la unidad romperá los diques de la dictadura y abrirá el cauce para que los pueblos puedan ser libres y puedan construir su propio destino.
 
Somos lo suficientemente responsables para comprender que cada país y cada nación tiene sus propios problemas, su propia historia y su propia realidad. Y frente a esa realidad serán los dirigentes políticos de esos pueblos los que adecuarán la táctica que deberá adoptarse.
 
Nosotros sólo queremos tener las mejores relaciones políticas, culturales, económicas, con todos los países del mundo. Sólo pedimos que respeten -tendrá que ser así- el derecho del pueblo de Chile de haberse dado el gobierno de la Unidad Popular.
 
Somos y seremos respetuosos de la autodeterminación y de la no intervención. Ello no significará acallar nuestra adhesión solidaria con los pueblos que luchan por su independencia económica y por dignificar la vida del hombre.
 
Sólo quiero señalar ante la historia el hecho trascendental que ustedes han realizado, derrotando la soberbia del dinero, la presión y amenaza, la información deformada, la campaña del terror, de la insidia y la maldad. Cuando un pueblo ha sido capaz de esto, será capaz también de comprender que sólo trabajando más y produciendo más podremos hacer que Chile progrese y que el hombre y la mujer de nuestra tierra, la pareja humana, tengan derecho auténtico al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación, al descanso, a la cultura y a la recreación, juntos, con el esfuerzo de ustedes vamos a hacer un gobierno revolucionario.
 
La revolución no implica destruir sino construir, no implica arrasar sino edificar; y el pueblo chileno está preparado para esa gran tarea en esa hora trascendente de nuestra vida.
 
Compañeras y compañeros, amigas y amigos: Cómo hubiera deseado que los medios materiales de comunicación me hubieran permitido hablar más largamente con ustedes y que cada uno hubiera oído mis palabras, húmedas de emoción, pero a la vez firmes en la convicción de la gran responsabilidad que todos tenemos y que yo asumo plenamente. Yo les pido que esta manifestación sin precedentes se convierta en la demostración de la conciencia de un pueblo. Ustedes se retirarán a sus casas sin que haya el menor asomo de una provocación y sin dejarse provocar. El pueblo sabe que sus problemas no se solucionan rompiendo vidrios o golpeando un automóvil. Y aquéllos que dijeron que el día de mañana los disturbios iban a caracterizar nuestra victoria, se encontrarán con la conciencia y la responsabilidad de ustedes. Irán a sus trabajos, mañana o el lunes, alegres y cantando; cantando la victoria tan legítimamente alcanzada y cantando al futuro. Con las manos callosas del pueblo, las tiernas manos de la mujer y la sonrisa del niño, haremos posible la gran tarea que sólo un sueño responsable podrá realizar. El hecho de que estemos esperanzados y felices, no significa que nosotros vayamos a descuidar la vigilancia: el pueblo, este fin de semana, tomará por el talle a la patria y bailaremos desde Arica a Magallanes, y desde la cordillera al mar, una gran cueca, como símbolo de la alegría sana de nuestra vida.
 
Pero al mismo tiempo mantendremos nuestros comités de acción popular, en actitud vigilante, en actitud responsable, para estar dispuestos a responder a un llamado, si es necesario, que haga el comando de la Unidad Popular.
 
Llamado para que los comités de empresas, de fábricas, de hospitales, en las juntas de vecinos, en los barrios y en las poblaciones proletarias, vayan estudiando los problemas y las soluciones; porque presurosamente tendremos que poner en marcha el país. Yo tengo fe, profunda fe, en la honradez, en la conducta heroica de cada hombre y de cada mujer que hizo posible esta victoria. Vamos a trabajar más. Vamos a producir más. Este triunfo debemos tributarlo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la revolución chilena que vamos a realizar.
 
Quiero antes de terminar, y es honesto hacerlo así, reconocer que el gobierno entregó las cifras y los datos de acuerdo con los resultados electorales. Quiero reconocer que el jefe de plaza, General Camilo Valenzuela, autorizó este acto, acto multitudinario, en la convicción y certeza que yo le diera de que el pueblo se congregaría, como está aquí en actitud responsable, sabiendo que ha conquistado el derecho a ser respetado en su victoria, el pueblo que sabe que entrará conmigo a La Moneda el 4 de noviembre de este año. Quiero destacar que nuestros adversarios de la Democracia cristiana han reconocido en una declaración, la victoria popular. No le vamos a pedir a la derecha que lo haga. No lo necesitamos. No tenemos ningún ánimo pequeño en contra de ella. Pero ella no será jamás capaz de reconocer la grandeza que tiene el pueblo en sus luchas, nacida de su dolor y de su esperanza.
 
Nunca como ahora, sentí el calor humano; y nunca como ahora la canción nacional tuvo para ustedes como para mí tanto y tan profundo significado. En nuestro discurso lo dijimos: somos los herederos de los padres de la patria y juntos haremos la segunda independencia: la independencia económica de Chile.
 
Les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria.
 
Gracias, gracias, compañeras. Gracias, gracias, compañeros. Lo mejor que tengo me lo dió mi partido, la unidad de los trabajadores y la Unidad Popular.
 
A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero Presidente».

Discurso "A los trabajadores del cobre" pronunciado el 7 de febrero de 1971

«Amigo y presidente de la Confederación del Cobre, diputado Héctor Olivares Solís: compañero Vladimir Chávez, intendente de la provincia; estimados amigos y colaboradores; ministros de Estado, Orlando Cantuarias, de Minería, y José Oyarce, de Trabajo y Previsión Social; compañeros subsecretarios del Ministerio de Minería y del Trabajo, Hernán Soto y Julio Benítez; parlamentarios del pueblo; alcaldes y regidores, señor comandante de la guarnición de Rancagua; señor prefecto de esta ciudad; estimado colaborador edecán naval, comandante Arturo Araya; trabajadores del cobre:

Quiero referirme ahora a la iniciativa más trascendente y más importante de este Gobierno: al proyecto de reforma constitucional destinado a nacionalizar, sin apellidos, el cobre. Cuando planteamos en la campaña presidencial que Chile debería recuperar las riquezas fundamentales que están en manos del capital foráneo, señalamos muy claramente que los países dependientes o en vías de desarrollo no podrían jamás elevar sus condiciones materiales de existencia para sus pueblos y abrir horizontes más amplios, desde el punto de vista intelectual y espiritual, si acaso Chile no recuperaba esas riquezas, si nosotros no aprovechábamos el excedente que produce nuestra economía, si no planificábamos el desarrollo económico y utilizábamos los recursos que hoy día se van de nuestra patria, más allá de la frontera; van a fortalecer grandes empresas, fabulosas empresas que vuelcan sus capitales en los países poco desarrollados porque les rinden más intereses. Dije ante el pueblo, para que el pueblo lo aprendiera y no lo olvidara, que Chile, como tantos países de América Latina, era un país potencialmente rico y que, sin embargo, hoy somos un país pobre.

Destaqué que somos un país que no anda con la mano tendida, pidiendo unos cuantos millones de dólares, mientras salen de nuestras fronteras enormes cantidades; que siendo un país en vías de desarrollo, éramos un país exportador de capitales, y, sin embargo, andamos buscando capitales; señalé que en 50 añoso más han salido de Chile 9.800 millones de dólares, que representan el valor del capital social de la patria, acumulado a lo largo de toda su existencia; di a conocer lo que representaba el cobre para Chile como riqueza fundamental. Por eso, en las campañas y en las luchas electorales pusimos acento para que el pueblo comprendiera la importancia que tiene el que Chile sea dueño de sus riquezas esenciales; al mismo tiempo señalamos la importancia de una profunda y honda reforma agraria para el desarrollo económico nacional. Nos movió y nos mueve el defender a Chile, el poder impulsar el desarrollo económico de la patria, el poder elevar el nivel de vida de los chilenos.

Queremos otros recursos y el excedente de nuestra economía para hacer de Chile un país industrial, para crear los complejos agrarios e industriales, para trazar los caminos, para que los barcos lleven la bandera de Chile a todos los mares, para que las usinas, con el humo de sus chimeneas, opaquen la claridad de nuestro cielo. Queremos esos excedentes económicos para dar trabajo y dignificar la vida del hombre y la mujer chilena.

Creemos que los pueblos sólo progresan trabajando más y produciendo más; pero hemos agregado que es muy distinto trabajar para una minoría ávida de riquezas, de privilegios y granjerías, a trabajar para Chile y trabajar para los chilenos. Qué satisfacción tengo yo ahora al hablar aquí, como compañero Presidente, y oír el resumen de las conclusiones de los trabajadores del cobre. Gracias, compañero Héctor Olivares, en usted personalizo el apoyo, la comprensión, el espíritu de lealtad a Chile que tienen los heroicos trabajadores del metal rojo.

Ellos saben que tienen que producir más, que tienen que trabajar más y yo sé que lo van a hacer. Igual respuesta he recibido en el carbón cuando fuimos a decirles a los trabajadores que allí, y por primera vez, ellos iban a intervenir en el proceso de la producción; que las minas de Lota-Schwager eran de los chilenos; que habíamos adquirido las minas; cuando les dijimos que el Estado de Chile, representante de ellos, era el dueño de esas minas. Yo vi en el rostro curtido de viejos mineros rodar las lágrimas de emoción. Tantas veces, tantas veces les habían hecho esta promesa, y se cumplirá ahora porque hay un Gobierno de ustedes, un Gobierno Popular. Y les dije a los compañeros del carbón: «Ustedes producen 3.600 toneladas diarias de carbón; a ese nivel no podemos seguir; ustedes tienen que producir 4.500 0 4.700 toneladas diarias. Yo les pido por Chile y les pido por el pueblo que cumplan esa tarea». Los compañeros del carbón prometieron hacerlo y en el primer mes en que el gerente es un minero, un compañero que trabajaba como barretero del carbón, la producción ya ha mejorado ostensiblemente.

Voy a ir al salitre el 20 de este mes. Pocos países han vivido el drama de Chile frente a la oligarquía, coludida con los intereses foráneos, ante una riqueza tan importante para la patria, riqueza que significó vida, hambre, sacrificios heroicos de vidas chilenas, en la guerra y en la paz. Sin embargo, ahí está el salitre, ese emporio de riqueza, demostrando la inepcia e incapacidad de los grupos diri-gentes y la tolerancia culpable de los gobiernos que permitieron el latrocinio que se hizo contra Chile y el interés nacional. Baste decirles a ustedes, pueblo de Machalí, que la compañía minera de Chile Sociedad Química y Minera de Chile, producto del fracaso de la Anglo-Lautaro, empresa que ha explotado Pedro de Valdivia y María Elena, y frente al fracaso de Victoria, ha perdido el año antepasado 7 millones de dólares y el año pasado 11 millones de dólares. Pues bien, compañeros, sepan ustedes que nueve u once directores de esas compañías ganaban, hasta julio del año pasado, en total, cerca de 700.000 dólares; que un solo funcionario ganaba 65.000 dólares al año, mientras los trabajadores salitreros tenían un salario de doce escudos y cuarenta centésimos; y este señor, a quien le puso término en su trabajo el propio Gobierno de Frei, este señor ha demandado a la empresa, vale decir, al Estado chileno, por una suma cercana a los 3.000 millones de pesos, y, según me han dicho, tiene todavía estudiada una posible demanda de 2.000 millones de pesos más. Son insaciables e implacables. Ese tipo de chileno no lo considero patriota y no soy el Presidente de esa jauría de chilenos. Por eso es que el pueblo debe entender estas cosas, debe comprender que sólo será posible que Chile avance si rompe el retraso, la miseria y la incultura; sólo así será posible que el niño tenga el alimento necesario, que es más, desde luego, que el medio litro de leche que le hemos dado. Que la juventud tenga vestuario, posea un oficio, una carrera, y se prepare para trabajar. Que la mujer chilena se incorpore al esfuerzo común y colectivo y emplee su capacidad en igualdad de condiciones con el hombre. Que el adulto, hombre o mujer, tenga perspectivas de trabajo para ganarse la vida con dignidad y tenga derecho a la vivienda, a la salud y al descanso. Que el anciano, al término de su vida, no deba tender la mano en actitud mendicante.

Todo esto será posible cuando desarrollemos con esfuerzo, sacrificio y heroísmo en el trabajo una nueva economía, una nueva mentalidad, un nuevo espíritu, una nueva conciencia, que en efecto tienen que ofrecerla los campesinos y obreros chilenos.

Por eso tenemos que entenderlo y que nuestra palabra se oiga más allá de las fronteras de Chile. No nacionalizaremos el cobre ahora, mañana el hierro, las riquezas fundamentales después por un espíritu revanchista. Lo hacemos, no con un criterio de injusticia, lo hacemos por una necesidad esencial y vital para Chile y su destino.

Y tenemos derecho a hacerlo, porque de ello depende el futuro de la patria. Esta es la gran diferencia que hay cuando el pueblo es Gobierno, y cuando ha sido Gobierno la oligarquía y los grupos minoritarios, que entregaron la riqueza fundamental de nuestro suelo. Por eso he dicho y recalco: no adoptamos un camino de provocación para aquellos que invirtieron el dinero hace tiempo en Chile; no queremos el camino de la apropiación indebida ni de la usurpación; pero tampoco queremos el privilegio y la granjería. Queremos se dicte en un país independiente y soberano, dentro del marco jurídico de la propia democracia burguesa y con apoyo de los sectores demócratacristianos, queremos dictar una ley que permita a Chile, repito, dentro de los cauces legales, hacer que el cobre, como barricada, como bandera de combate de la Unidad Popular, sea auténticamente nacionalizado y sea el cobre de Chile y los chilenos. Eso no puede considerarse un atentado o una actitud artera contra otro país. Categóricamente no puede ser considerado una agresión a Estados Unidos. El Gobierno norteamericano y los sectores directivos de la población norteamericana deben comprender la angustia de nuestro pueblo y la necesidad que tenemos de planificar nuestra, economía y aprovechar para Chile los recursos. Y lo vamos a hacer, repito, no por una actitud de intransigencia o sectarismo. Lo vamos a hacer dentro de las normas de Chile y dentro de las normas jurídicas que un Congreso, en el cual no tenemos mayoría, va a acordar por el esfuerzo nuestro y la colaboración de ellos.

Por ello la actitud de Chile debe merecer respeto. Nosotros queremos evitar que haya represión contra Chile; queremos evitar que se nos cierren las fuentes del crédito; queremos evitar que se tomen medidas de represalia; queremos evitar que se pongan cortapisas al desarrollo técnico de nuestras Fuerzas Armadas; queremos evitar que se nos nieguen la colaboración técnica y el progreso científico; queremos evitar esas cosas, pero no al precio de la indignidad. Lo vamos a evitar sobre la base del derecho de un pueblo a conquistar su libertad económica y a conquistar su derecho a la vida.

Por eso es que creo que ya está madura una conciencia nacional; lo prueba la presencia multitudinaria de ustedes y lo prueban las conclusiones de este Consultivo Extraordinario, que será el aporte más serio a la dura tarea que tenemos por delante. Sin embargo, quiero y es mi obligación destacar aquí que si hay dificultades que puedan apuntar en el campo internacional, y si las hay también en el campo nacional frente a sectores que no comprenden cuál es la esencia patriótica de nuestra actitud, también hay dificultades que nacen dentro de los propios trabajadores del cobre. Allí hay un letrero que dice: «Compañero Presidente, termine con la aristocracia obrera». He sido muy claro en decirle al pueblo lo que pienso. Chile vive dos flagelos brutales: el de la inflación, por una parte, y el de la cesantía, por otra. ¿Cómo detener la inflación? ¿Cómo impedir que los que viven de un sueldo y un salario tengan el drama de todos los días de las alzas de precios y la disminución de los sueldos y salarios? Lo he dicho tantas veces; los precios suben por los ascensores mientras los sueldos suben por las escaleras en un proceso inflacionista. Nunca los sueldos o los salarios van a alcanzar el alza de precios.

Hay que detener la inflación, que tiene causas externas e internas que, lógicamente, golpean con más fuerza a los pensionados o montepiadas, a quienes poseen ingresos rígidos en sus sueldos o salarios. Por eso, por primera vez en esta historia hemos puesto cortapisas a los que tienen excedentes, a los que reciben altos ingresos.

Dijimos que nadie debía ganar en Chile más de 20 sueldos vitales al mes y les parece poco! ¿Y cuánto es ahora, a pesar de nuestro esfuerzo, el salario medio industrial?: 600.000 pesos al mes. Es decir, hay gente fue gana 35 veces más de lo que gana un obrero que tiene un salario de 600.000 pesos al mes. El que gana 17 millones tiene 35 veces más poder de compra. Eso es una injusticia. Hay países en el mundo donde la relación es de 1 a 4 y de 1 a 7. Antes en Chile era mucho más grande la distancia y hemos tenido que reducirla. De la misma manera hemos dicho que no puede haber ningún chileno que en Chile gane dólares, que no puede haber ningún chileno descarado o cínico que ganando dólares los vende en el mercado negro causando un perjuicio para Chile y los chilenos. Esto es lo que hemos dicho y es el motivo por el cual el pueblo comprende nuestra política. Por eso en la Ley de Reajustes elevamos de 12 a 20 escudos al día el salario mínimo industrial, vale decir, en el 67 por 100; elevamos la pensión de los obreros campesinos en un 100 % ; en un 64 % las asignaciones familiares de los empleados públicos y en un 35 % la asignación familiar de los empleados particulares. Sin embargo, existen la distancia y la diferencia, que el próximo año trataremos de reducir mucho más. Los empleados particulares tienen una asignación familiar, por cada carga, de 160.000 pesos al mes; 112.000 los empleados públicos, Fuerzas Armadas y Carabineros, y 90.000 pesos al mes los obreros y campesinos. A pesar, repito, que elevamos en un 100 % la asignación familiar de obreros y campesinos, porque la distancia era mucho mayor. De igual manera las pensiones y montepíos se han elevado en un porcentaje mucho más alto para los obreros, para sus viudas, para los campesinos y las mujeres de los trabajadores del agro. Y, sin embargo, hay diferencias fundamentales. En este país, mientras la pensión media del obrero imponente de la Ley 10.383 debe estar bordeando los 320.000 pesos mensuales, hay funcionarios que tienen jubilaciones de 25, 30, 40 0 50 millones de pesos al mes. Con esto también vamos a terminar en forma oportuna, compañeros. Por eso es que los obreros del cobre tienen que entender sus responsabilidades. Ser obrero del cobre, dentro del régimen vigente, es un privilegio. La organización de los trabajadores del cobre permite ejercer una presión mucho más fuerte que todo el resto de las organizaciones de trabajadores de Chile. Una huelga del cobre no podría durar más allá de 10, 12 0 15 días. Si durara 1, 2 0 3 meses, sería una catástrofe para la economía nacional. Hay huelgas de otros gremios que duran 90, 120 o más días. Una huelga en una fábrica de helados, de botones o de hilos no tiene mayor importancia para la economía nacional. Pero las huelgas del cobre, del acero, de la electricidad o del carbón pesan sobre la economía. Y se hiere a Chile y a todos los chilenos si acaso esa huelga perdura por largo tiempo.

Por eso nosotros hemos dicho que tenemos que apelar a la conciencia y a la responsabilidad, al sentido solidario de los trabajadores del cobre; ellos no pueden ejercer la presión que hacen a través de sus organizaciones sindicales, porque ellos, antes que obreros del cobre, son chilenos y además deben tener conciencia de clase y saber que otros trabajadores tienen ingresos mucho más bajos. Por eso hemos visto con satisfacción que se ha logrado un arreglo con los trabajadores del cobre sin ir a la huelga. Aunque ha sido más alto el reajuste general, que alcanza a un 35 por 100 para los sectores públicos, agradecemos esta actitud de los trabajadores del cobre. Hay, sin embargo, un sector de estos trabajadores que no quiere entender. Y yo tengo la obligación de plantear las cosas con claridad. Me refiero a los supervisores, que están en el rol oro. Quiero que ustedes, que Chile entero vea cómo hemos procedido y cuál ha sido la respuesta de esta gente que trabaja en el cobre.

Saben ustedes que existen supervisores pagados en escudos y pagados en dólares; los pagados en dólares son más o menos 1.500 y los pagados en escudos son más o menos 2.000. De los primeros, sólo un 30 por 100 desempeñan funciones técnicas propiamente tales. Hay funcionarios administrativos, hay secretarias, hay médicos que están en rol oro. Yo soy médico, pero no tengo un sentido gremíalista que me obligue a callar la verdad sobre los médicos que, por ejemplo, obtuvieron un 32 por 100 de aumento en sus sueldos en oro, vale decir, en dólares, el año pasado. Pues bien, qué sucede? Sucede, compañeros trabajadores del cobre, ciudadanos de Chile, que hasta ahora no hemos podido llegar a un acuerdo con los supervisores del rol oro. Este problema se empezó a crear cuando, por determinación de quien habla, se suprimió en Chile la posibilidad de que pudieran ganar en dólares. Pues bien, de inmediato entonces designamos una comisión en la que está el ministro de Economía, el presidente del Banco Central, el presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre y el fiscal de la Corporación del Cobre. Designamos esta comisión para entenderse con los supervisores, aunque, indiscutiblemente, no habría habido conflicto de ninguna especie si los supervisor lo hubieran respetado la ley vigente; vale decir, si hubieran liquidado sus ingresos en dólares de acuerda con las disposiciones legales, si hubieran liquidado sus dólares a 14,33 escudos.

Sin embargo, ya en 1969 quedó comprobado el hecho de que muchos empleados, técnicos y supervisores del cobre no liquidaban sus ingresos en dólares en el Banco Central, y el Gobierno de Frei, inclusive, siguió en el juzgado de Calama un juicio contra ellos. No obstante, frente a la amenaza de una huelga, no se siguió actuando. Se transó con ellos y entonces quedó en claro que un grupo de chilenos tenía el derecho a liquidar sus ingresos en moneda extranjera, no de acuerdo con las leyes vigentes y el interés de Chile, sino de acuerdo con sus propios y personales intereses. Si esto ocurrió en el Gobierno de Frei, no va a ocurrir en el Gobierno de ustedes, compañeros.

Ellos han amenazado con huelgas, y yo les digo a los supervisores que tienen una obligación con su propia conciencia y con Chile. No pueden abusar de la situación que implica el hecho que los técnicos tengan alta responsabilidad en la producción y productividad de la empresa. Les pido, como chileno, porque la mayoría son chilenos -hay tan sólo 80 extranjeros-, que piensen que hay millones de chilenos que ganan mucho menos, pero mucho menos que ellos: y son profesionales, empleados y obreros. Para qué decir los maestros; para qué decir los campesinos; los propios altos jefes de las Fuerzas Armadas y Carabineros, en el grado más alto de su carrera profesional, ganan mucho menos.

Que no alteren las cosas, que no estiren la cuerda, que no nos amenacen con huelgas, porque si van a la huelga les vamos a aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado. Y yo apelo a los supervisores que no están en ese predicamento, apelo a los obreros y empleados del cobre; apela a mis compañeros del metal rojo. Ellos tienen que estar vigilantes, ellos tienen que estar en pie de guerra. Si los supervisores van a la huelga, no se pararán las minas; las minas seguirán trabajando.

Yo sé que éste es el único lenguaje que cabe, o sea, el de un compañero de ustedes que ejerce la tarea de Presidente de Chile. Son ustedes junto con nosotros los que tienen la responsabilidad de sacar a Chile del marasmo y del retraso en que vive. Si acaso un sector de trabajadores piensa que la lucha del pueblo está destinada a servir nuevos privilegios, se equivoca. ¿Con qué derecho podrían los trabajadores pedir que pusiéramos atajo a los banqueros, a los terratenientes, a los que especulan con la moneda, si hay obreros y empleados que hacen lo mismo? Ser revolucionario implica una nueva moral. Ser revolucionario representa una conciencia honesta.

Por eso a mí no me gustan los que hablan a cada rato de la revolución y son incapaces de medir el alto y profundo sentido moral que tienen estas palabras. Alguien dijo, y con razón, escribiendo en las murallas de París, y lo he repetido porque es importante no olvidarlo: “La revolución comienza en las personas antes que en las cosas”. Eso es lo que deben tener ustedes, trabajadores del cobre: conciencia de ello, conciencia de que el cobre, riqueza que se da a los chilenos, hay que defenderlo trabajando más, produciendo más. Conciencia de que nacionalizar el cobre va a crear contra Chile resistencias que tenemos que vencer, vencer con esfuerzo, con sacrificio.

Por eso, compañeros, empleados y obreros del cobre, técnicos del cobre, yo apelo al sentido nacional de ustedes. Yo los llamo a cumplir con la patria. Yo les exijo, en nombre de Chile y de la patria, el sacrificio que ustedes deben entregar contra el privilegio; el esfuerzo de todos contra la granjería. Es el tribunal de la nueva actitud contra Chile y la historia. Yo tengo fe en ustedes, compañeros del cobre, que entenderán mi lenguaje, que es el lenguaje del compañero Presidente».

Discurso pronunciado en la Universidad de Concepción el 4 de Mayo de 1972

«Quiero manifestar -primeramente- a la comunidad universitaria de la provincia de Concepción nuestro pesar por el fallecimiento de la señora Esther Barañao de Molina que fuera la esposa y compañera del hombre que pusiera con su capacidad y esfuerzo el primer ladrillo de esta Universidad.
 
Comunidad universitaria, estimados amigos Edgardo Enríquez y Galo Gómez, compañero y joven amigo Manuel Rodríguez, presidente de la Federación de Estudiantes; autoridades civiles, militares, de carabineros y eclesiásticas:
 
Ha sido para mí al igual que para los que integran mi reducida comitiva -el señor Edecán Aéreo Roberto Sánchez- extraordinariamente significativo el estar con ustedes en este día.
 
Gracias a la invitación de las autoridades de esta Universidad y los estudiantes, he tenido la oportunidad de visitar y estar presente en la inauguración de importantísimos adelantos materiales que significan un aporte excepcional al trabajo que ampliamente ha expandido este centro universitario.
 
Estar en la biblioteca, poder uno mismo comprender y aquilatar con la distancia, la diferencia material de los que estudiáramos hace tanto tiempo, y los que estudian hoy. Pensar en lo que encierra de conocimientos, técnica y ciencia esa biblioteca puesta al servicio de ustedes y de la comunidad. Caminar algunos trancos, penetrar a un conjunto de aulas que permitirán aprender y enseñar.
 
Llegar hasta un nuevo hogar universitario, contribuir, afianzar la primera piedra de otro hogar que llevará el nombre de un compañero y amigo mío, ministro de la Vivienda, obrero, caído como combatiente en la lucha por dar techo y abrigo a nuestros compatriotas, es algo que me toca muy íntimamente y que agradezco.’
 
Estar, después, aquí para escuchar, no una cuenta pero sí una síntesis apretada hecha por el rector y que le permite a uno medir íntegramente el desarrollo de esta universidad tan importante en la vida de Chile. Percatarse del contenido democrático que encierran los planteamientos de las autoridades. Deducir, con claridad, de las propias palabras del rector que esta es una universidad comprometida con el proceso revolucionaria de cambios que nuestro país vive. Escuchar a mi joven compañero incursionar con conocimiento en la fría maraña de la teoría para buscar desde el ángulo de sus convicciones el planteamiento que limpiamente expone sobre el proceso revolucionario chileno. Estos son hechos que para mí tienen una grande y profunda significación y más lo tiene como lo dijera el propio rector y lo afirmara Manuel Rodríguez, esta bullente asamblea. Yo pensaba desde que entré aquí: ¿En cuántos países del mundo podrá darse un espectáculo como éste? Frente a las autoridades de Gobierno, frente a las autoridades universitarias, una comunidad estudiantil bullente, que sabe de las ideas y que las discute, que bebe de los principios, las doctrinas y las teorías revolucionarias que analiza. Una juventud que en sus propios gritos expresa antagonismo, pero que en su acción -estoy seguro- afianzará la unidad de la juventud al servicio de Chile y de su pueblo. (Aplausos.)
 
Escuchamos la orquesta de la universidad y al conjunto local «Grisú», trayéndonos la capacidad creadora de los trabajadores y diciéndonos en los versos lo duro que es el pique de la mina, lo oscuro que es el carbón, pero cómo lo enciende el hombre que tiene conciencia revolucionaria para señalar el camino de la rebeldía justa de los pueblos. (Aplausos.)
 
Ya estuve el año pasado y aunque no me inviten, volveré el próximo. (Aplausos.) Eso tiene un doble alcance, una noticia que espero sea grata para ustedes y una notificación para los otros que quisieran que no pudiera venir. (Risas.)
 
Pues bien, venir a esta asamblea es algo que para mí tiene un contenido vivificante, tonificante. Me hace olvidar un poco la brega, a veces pequeña o mediana, y a veces grande allá en la capital, y me gusta este ambiente, donde sé que de antemano, y quizás en justa proporción que me van a tocar unos cuantos silbidos y unos cuantos aplausos. (Aplausos.) Voy a tomar una frase de un viejo político del siglo pasado. También sirven esas frases (Risas): «Acostumbrado a navegar en el proceloso mar de la política, no me causan entusiasmo los aplausos de mis partidarios ni las rechiflas de mis adversarios». (Aplausos.)
 
Claro que yo pienso que ustedes no van a ser tan generosos y no hacer rechiflas, porque entonces ya la cosa es excederse un poco.
 
Bien decía Manuel Rodríguez, que estoy aquí como el compañero Presidente de la República. Traía veintiséis páginas y media a doble espacio (risas), pero me las voy a echar al bolsillo y voy a conversar con ustedes en voz alta. (Aplausos.)
 
Porque creo que es indispensable que los hombres de Gobierno, los jefes sindicales, los dirigentes políticos de máxima responsabilidad busquen el diálogo y el contacto con la juventud. Deben hacerlo, porque indiscutiblemente son los jóvenes los que siempre tendrán la responsabilidad efectiva del futuro. Son los jóvenes, por el hecho de ser jóvenes, los que deben ser más permeables a las corrientes renovadoras, al pensamiento creador, a la voluntad de acción constructiva y revolucionaria. Debemos buscar, cada vez que sea posible -y siempre lo será- el diálogo abierto con la juventud porque sin ella, sin su participación, sin su apoyo no se comprende un proceso revolucionario ni puede uno imaginarse que pueda tener contenido y proyección esta labor revolucionaria. Sobre todo en países como los nuestros, países que han vivido y viven la dependencia económica, cultural y tecnológica, son los sectores juveniles los que tienen esta gran obligación, y en Chile la cumplen. Fundamentalmente, lo hacen en esta universidad los que comprenden el privilegio que significa ser universitario, porque a pesar de las cifras que señalan con tanta claridad cómo se ha expandido esta universidad y cómo ha cambiado en un porcentaje muy alto el contenido socioeconómico del alumnado, todavía, y por algún tiempo más, no podrán entrar a las universidades todos los jóvenes que desearan hacerlo. Este es un hecho que acontece en escala mundial y con mayor razón en un país como el nuestro, con un Gobierno que tiene tan sólo 17 meses de fragosa vida.
 
Ser estudiante de está universidad, que tiene un acento regional,que debe conservar, pero que la amplía mucho más allá de las fronteras de esta provincia para proyectarlas en el ámbito nacional, ser estudiante en este plantel, son las condiciones materiales excepcionales, para el estudio, la meditación, la cultura y el deporte. Ser estudiante de una universidad que tiene una tradición como ésta, y que la acreciente, es un privilegio que obliga, que compromete, que debe llevar a los jóvenes que están en ella y que pasan por ella, a empaparse de la responsabilidad que asumen frente a la realidad de su patria para que con el esfuerzo de ustedes, podamos ir rompiendo el retraso, la incultura, la enfermedad, la miseria moral y la miseria fisiológica que azota y golpea y marca a miles de nuestros compatriotas. Ser estudiante universitario en un mundo que cruje en sus viejas estructuras, tener la información internacional al segundo y poder estudiar y documentarse -no tan sólo si es obligación básica hacerlo-, en la disciplina que se ha buscado como carrera, en la ciencia o en el arte, si no además, tener la visión más amplia y entender que un profesional, que un técnico, que un científico, tiene que estar entroncado con los procesos esenciales de su patria y de su pueblo.
 
Ustedes, estimados compañeros jóvenes de la Universidad de Concepción, no se dan cuenta, seguramente, de qué manera y cómo el mundo cruje en sus viejas estructuras, cómo las fuerzas renovadoras y revolucionarias tienen el empuje que las hace invencibles.
 
Aquí se ha recordado -y con razón- como símbolo de ese heroísmo, la lucha increíble de un pueblo dramáticamente heroico.
 
Para mí es extraordinariamente satisfactorio, como Presidente de Chile, reafirmar en esta multitudinaria asamblea que vibra y palpita con la batalla de los pueblos de los distintos continentes, que el Gobierno Popular que presido, ha resuelto tener relaciones a nivel de embajada con la República Popular de Vietnam (aplausos), con Corea del Norte y reconocer a Bangla Desh.
 
Mientras hablaba de Vietnam, Manuel Rodríguez, yo me recordaba que hace dos años y meses estuve en Hanoi, donde tuve el
 
privilegio de conversar con ese anciano venerable que era Ho Chi Minh. (Aplausos.) Nunca me olvidaré de su figura, nunca dejaré de recordar la transparencia de su mirada y, al mismo tiempo, la bondad de sus palabras. A1 saludarnos -yo iba con el compañero Eduardo Paredes nos dijo: «Gracias por venir de tan lejos, con tanto sacrificio, a traernos el apoyo moral de su pueblo».
 
Y en nuestra conversación, que fue relativamente larga, ya que estaba enfermo y seriamente enfermo, creo haber sido el último político de cierto nivel que conversó con él. (Aplausos.) ¡Esa es la verdad! (he dicho: político de cierto nivel, por lo tanto, no hay necesidad de reírse). Estaba muy enfermo y falleció a los 25 días que estuve en Vietnam. La conversación que tuvimos con Ho Chi Minh, versó, fundamentalmente, sobre la juventud. Tenía una libretita increíble, por lo vieja, en cuyas páginas centrales, con la letra temblorosa de un anciano, estaban anotadas las cifras que él nos explicó, eran las cifras de los alumnos que en los últimos cinco años habían sido alumnos distinguidos. Ho Chi Minh nos dijo que él les enviaba siempre a esos alumnos unas cuantas líneas. Yo pensaba, y pienso, ¡qué gran estímulo, qué extraordinaria recompensa debe haber sido para aquellos jóvenes que recibieron esas temblorosas líneas de Ho Chi Minh!
 
El padre de Vietnam, el hijo y el padre de la revolución, el escritor, el estadista, el liberador de su pueblo. Ese hombre que había alcanzado por su vida ejemplar el reconocimiento y el respeto, no sólo del pueblo vietnamita sino de todos los pueblos del mundo, tenía como preocupación esencial mandarles a los jóvenes una felicitación y vivía preocupado, de cómo ellos cumplían su tarea.
 
¡Qué buena lección para mí! Yo no la he olvidado, y por eso siempre, al recordar lo que me enseñara así, en minutos Ho Chi Minh, siempre he dicho, no citándolo, que para mí la juventud que tiene el privilegio como ustedes de pasar por el aula de la Universidad de Concepción, o ser universitario en cualesquiera de las universidades chilenas, tiene la obligación fundamental de entender que es universitario porque millones de chilenos, con su trabajo anónimo, ignorado, miles de obreros, campesinos y empleados, con su esfuerzo, crean las condiciones materiales para que se levanten estas universidades. No deben dejar de recordar que la inmensa mayoría de ellos nunca pudo pasar por una universidad, nunca va a poder pasar todavía por una universidad. (Aplausos.)
 
Del proceso de transformación que vive Chile, pienso que nadie podrá negar que es un proceso de cambios profundos, un proceso revolucionario, que se hace dentro de nuestra realidad, nuestras características, nuestra historia y nuestra tradición. Porque no hay recetas internacionales que puedan aplicarse, literalmente en cada pueblo, en cada país o en cada nación, ya que cada uno tiene sus peculiares características. Es la obligación de los dirigentes políticos discernir lo que enseña la teoría, porque no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria, pero tamizar los basamentos ideológicos para aplicarlos a esa realidad y proceder consecuencialmente con ellos. Es una obligación de todos, jóvenes y adultos que se dicen revolucionarios, pensar que las revoluciones no se han producido en la humanidad todos los días, y que la lucha de los pueblos ha sido brutalmente sacrificada, que millones de hombres han perdido su existencia, para hacer posible la presencia nuestra, en el mundo contemporáneo que abre nuevos horizontes al destino de la humanidad.
 
Cada vez que hablo con los jóvenes, golpeo su responsabilidad para instarlos a que sean esencialmente capaces y técnicos en la materia que han elegido, y que proyecten, con la convicción de su pasión juvenil, la acción que emprenderán mañana cuando actúen como profesionales y técnicos en una nueva sociedad que tanto los necesita y tanto reclama de ellos.
 
¿Cuál es la realidad de nuestro país, que tampoco deben olvidarla y desconocerla aun aquellos que ingresan por primera vez a las aulas de la Universidad de Concepción? País dependiente, uno de los países catalogados como en vías de desarrollo; esta expresión implica cesantía, hambre, falta de viviendas, de salud, carencia de perspectivas de educación, ausencia de cultura.
 
País en vías de desarrollo, que en lo político, en este continente, alcanza una evolución superior a otros pueblos, pero que en la realidad económica y social, marca también los grandes déficits que caracterizan a todos nuestros pueblos del continente latinoamericano.
 
No ha habido ningún Gobierno en este continente que haya sido capaz de superar los grandes déficit de la vivienda, de la salud, de la alimentación, del trabajo y de la cultura, cualesquiera que hayan sido los regímenes que hayan tenido, gobiernos democráticos los menos, seudo democráticos algunos, más dictatoriales y represivos los otros.
 
Sin embargo, ningún Gobierno ha sido capaz de romper, sobre la base del viejo camino del capitalismo, los déficit que caracterizan y marcan esta realidad socioeconómica de nuestros países.
 
Tenemos que mirar más allá de nuestras fronteras, ver la realidad en otros países y en otros continentes, aprovechar su experiencia, y en el caso concreto de América Latina, mirar la experiencia vivida por el pueblo cubano.
 
Yo puedo hablar de ello, porque así como estuve en Vietnam, algo más de un mes, en muchas de sus provincias, así como vi lo que es capaz de hacer un pueblo de economía retrasada y agraria, sepan ustedes que en el mes y días que estuve en Vietnam, no vi nunca un tractor, ¡nunca un tractor! Sólo el arado de madera y el animal que lo arrastra. Una muchachita de unos 22 años nos atendía en el hotel, en Vietnam. Tres días estuvo sirviéndonos como una empleada cualquiera; los tres días siguientes no fue; regresó al cuarto día de ausencia. Le preguntamos si había estado enferma, dijo que no -hablaba un correcto francés-, que había ido a la Universidad. A la Universidad, ¿en dónde? En la montaña. ¿En qué aula? De coligue. ¿A qué distancia? A kilómetros y kilómetros. ¿Cómo llegaba? En bicicleta. Y esa muchacha, estudiante de 4 ° año de pedagogía, nos dijo que tres días trabajaba en el hotel, para atender a la gente que invita el pueblo vietnamita. Era joven, fina, atrayente -tengo derecho a tener buena vista detrás de los anteojos. (Risas, aplausos.)
 
Pues bien, esa muchacha, joven, delicada y bella que no hizo ningún otro comentario, se retiró para ir a buscarnos el café. Cuando llegaba el intérprete, nosotros la elogiamos. Nos miró, se rió, y dijo: « ¿No les contó nada más?». No. «Es subcomandante de un escuadrón de ametralladoras.» (Aplausos.)
 
Pero es que ese es un pueblo que ha guerreado durante toda su vida, toda su historia. Son 4.000 años que el pueblo vietnamita lleva luchando. Hay que ver allí una experiencia. ¿Cuál es la experiencia? Primero, cómo un pueblo es capaz de superar su pequeñez material, su pobreza, cuando tiene en las entrañas de su propia vida, la convicción de que su patria tiene que ser un pueblo independiente y soberano.
 
La lección, también, que extraemos, es de la solidaridad internacional revolucionaria que se ha hecho presente, y muy generosamente, como debía serlo, en Vietnam. Este pueblo ha alcanzado por el enfrentamiento de su vida ese nivel que hace fundamental y esencial la unidad en la batalla por la liberación de su patria. Proyectamos esá experiencia a Cuba y vemos la lucha del pueblo cubano, vemos la acción contrarrevolucionaria de algunos cubanos, y el apoyo a esa contrarrevolución, desde afuera.
 
Miramos a un mundo que cruje y se derrumba frente al fracaso del más poderoso país del capitalismo, que tiene la más fuerte maquinaria bélica del mundo, pero que no ha podido derrotar a ese pueblo que sabía, sentía, tenía un profundo y acendrado sentido patriótico y nacional.
 
Muchas veces, yo también pongo pasión para criticar a algunos revolucionarios que no sienten el contenido de nuestra propia historia, que no le dan los valores reales que tienen a los hombres que en esos momentos realizaron la gran batalla de nuestra independencia, que no vibran con las gestas heroicas que nacieron de la pujanza del pueblo, a través de O’Higgins, los Carrera y Manuel Rodríguez, guerrilleros del pueblo que han esculpido el perfil nacional que desde entonces tenemos.
 
No son revolucionarios los que no tienen el valor moral de reconocer la acción de otros que les permitieron hoy vivir en un país donde estamos conquistando el camino al socialismo. (Aplausos.)
 
Son seudorrevolucionarios aquellos que creen que con ellos comenzó la historia revolucionaria. (Aplausos.)
 
La experiencia de Cuba, la propia experiencia del país continente en el mundo, que es la República Popular China, señala procesos diferentes en su contenido, en su realización, en las etapas sucesivas que han tenido que recorrer.
 
La larga marcha no se ha hecho en Cuba y no podía hacerse aún, desde el punto de vista material.
 
Cuando señalamos ejemplos que tienen la fuerza de los hechos históricos vividos, lo hacemos como una manera didáctica de señalarle a la juventud, sobre todo, las características distintas que tienen que tener los procesos de cambio, en las diferentes latitudes en que ellos se producen ose gestan.
 
En el caso concreto de nuestro país, este Gobierno, el compañero Presidente que les habla, tiene la tranquilidad de conciencia de haber cumplido hasta ahora sin vacilaciones de ninguna especie con el compromiso, que ante el pueblo y, por lo tanto, también, ante la juventud -porque no hay querella de generaciones- adquiriera de realizar estrictamente el programa de liberación nacional. He tenido la honradez de decir que nosotros no somos un Gobierno socialista; somos un Gobierno de transición, que abre el camino, que inició la construcción socialista. Los jóvenes tienen que darse cuenta que en ningún país revolucionario del mundo, en condiciones muy diferentes a las nuestras, donde todo el poder estuvo, desde el comienzo, en las manos de los gobernantes revolucionarios, se ha podido construir el socialismo, sino después de largos años de esfuerzo y sacrificio.
 
Las generaciones que construyen la nueva sociedad tienen que entender -y los jóvenes con mayor razón, porque ustedes van a ser quienes se beneficiarán auténticamente, en una sociedad distinta-, que la construcción socialista obliga a un sacrificio que a veces tiene que ser heroico. Tienen que darse cuenta, en el terreno de las cosas que golpean muchas veces a la gente. Pongo como ejemplo el problema de los abastecimientos: ¡cómo no va a interesar que la juventud de esta universidad entienda que en todo proceso revolucionario, tiene que producirse el hecho, que también ha apuntado en Chile y que puede apuntar más fuertemente! ¿Por qué razón? Porque la economía de nuestros países ha sido una economía con un desarrollo parcial, destinada a satisfacer las necesidades de los grupos pudientes y privilegiados. No una economía para las masas y para el pueblo, sino una economía racionalizada en su producción, se podría decir, para mantener los precios y tener buenas utilidades sobre la base de un control parcial de la producción, manteniendo una capacidad ociosa. Un Gobierno como el nuestro, que irrumpe, para romper la dependencia económica, tiene que estrellarse contra las fuerzas poderosas del capital foráneo, dueño de nuestras riquezas, y las represalias que ellos toman por haber nacionalizado esas riquezas. Un Gobierno como el nuestro que tiene que enfrentarse con los grupos que tradicionalmente y por más de 150 años gobernaron este país, dueños de los centros vitales del poder y de la riqueza. Un Gobierno que tiene que enfrentar en el campo la presencia retrasada del latifundio. Un Gobierno que tiene la experiencia dura de lo que es el arma poderosa del poder crediticio. Un Gobierno como el nuestro que por la definición y el contenido de sus convicciones programáticas tiene que interesarse por las grandes masas, y sus primeras medidas son abrir las fuentes de trabajo para 250.000 chilenos que estaban cesantes. Un Gobierno que redistribuye el ingreso, para elevar las condiciones materiales de existencia de millones de chilenos en actividad y al mismo tiempo para elevarlas, con mayor obligación, para las ancianas y los ancianos que tenían pensiones miserables, enfrenta un proceso que la juventud debe entender.
 
Mayor demanda, imposibilidad de satisfacerla. Un poder de compra interno desatado que no puede ser satisfecho, aun colocando en marcha el sector ocioso de las industrias y las empresas.
 
De igual manera que los jóvenes que estudian carreras en la Facultad de Medicina tienen que darse cuenta que es imposible otorgar medicina aún en este país. Pasará mucho tiempo, si acaso las universidades y el Gobierno no se ponen de acuerdo en un plan que acelere, drásticamente, la posibilidad de ampliar las carreras, fundamentalmente la médica. Miles de chilenos no podrán aún tener el cuidado de su salud, técnicamente eficiente.
 
Aquí en Chile faltan 4.000 médicos, aquí en Chile faltan 1.500 0 2.000 enfermeras universitarias y otras tantas matronas, eso, fuera de los hospitales y las postas, de los consultorios, etc.
 
Este ejemplo, tan sencillo y tan claro, pueden ustedes proyectarlo en todas las actividades nacionales y entender, entonces, las causas que generan estas reacciones que se explotan contra el Gobierno.
 
Un joven universitario de derecha, de centro o de izquierda, tiene la obligación de estudiar. No vengo aquí a pedir que todos piensen como nosotros, pero los que no piensen como nosotros tienen que tener como argumento ideas, y cifras, para poder criticarnos.
 
Sacar al país del marasmo económico, romper las barreras imperialistas, levantar las flameantes banderas de la dignidad, tienen todavía un valor mucho más alto que el valor material de poder entregar determinados alimentos o inclusive poder tener atención médica.
 
Sin costo social, sin sacrificio de vidas, sin haber suprimido la libertad, en una licencia de información de prensa, con el respeto a todas las ideas, los principios y las doctrinas, con un irrestricto respeto a todas las creencias, hemos avanzado en un proceso revolucionario que, mal que pese a algunos, significa un paso adelante en la historia no sólo de Chile, sino de los países revolucionarios del mundo. (Aplausos.)
 
En los regímenes capitalistas también ha habido etapas de falta de abastecimiento de algunos artículos. ¿Cómo se soluciona este problema? Alzando los precios, pero automáticamente, quedaban al margen de poder adquirir esos productos millones de chilenos. Era un problema coyuntural. El problema nuestro es mucho más grave. Es un problema estructural.
 
Necesitamos que la gente se capacite y que beba la doctrina revolucionaria, porque sin ella -como decía hace un instante- no hay acción revolucionaria. Pero que la adapte a la realidad, que la coloque frente a los hechos diarios de nuestra vida.
 
Cuesta muy poco leerse el Manifiesto Comunista. Es más duro leerse El Capital y entenderlo.
 
Pero, ni basta leer EL Capital -y son pocos los que lo han leído- ni basta haberse leído unos cuantos libros para pensar que se tiene el bagaje suficiente para poder orientar y definir una táctica o una estrategia.
 
¿Qué le pasa a este país, jóvenes estudiantes, qué le pasaba a este país? País que importaba en alimentos tan sólo 190 millones de dólares al año, es incapaz de producir para las necesidades esenciales, en todos los rubros de la actividad por la propia concepción del régimen y del sistema; país endeudado como ningún otro país en el mundo -excepto Israel que es un país en guerra-, país con 4.226 millones de dólares en deuda. Compañeras y compañeros jóvenes: tuvimos que ir a renegociar la deuda. Primero, por haber nacionalizado el cobre, se nos cortaron las líneas de crédito a corto plazo. Quizás algún joven dirá: ¿Qué importancia tiene? ¡Profundo error! Necesitamos comprar miles de cosas que Chile no produce, entre otras –óiganlo bien- los repuestos para la minería pesada, que son, en el caso del cobre, 150.000 repuestos, que tenían un solo origen. Un mismo país ha sido siempre el abastecedor de esos repuestos, porque toda la instalación destinada a producir la riqueza minera también tiene un mismo origen y las compañías eran de ciudadanos de ese país. Por lo tanto, de acuerdo con su concepción, defienden los intereses de sus connacionales, se toman medidas diferentes, según sea la capacidad de resistencia del país.
 
En Chile, por su historia, por su tradición, por su cultura, no van a desembarcar fuerzas adversarias armadas; pero en Chile se han tomado antes, durante y después de nuestra llegada al Gobierno medidas que los jóvenes no pueden desconocer.
 
Siempre lo dije en la campaña presidencial: «Va a ser difícil que ganemos la elección. Va a ser más difícil que alcancemos el Gobierno. Va a ser mucho más difícil que realicemos el programa». Que fue difícil que ganáramos en la elección, ustedes lo saben. Que llegáramos al Gobierno le costó la vida al comandante en jefe del Ejército. También, a algunos jóvenes que gritan reclamando un fusil yo les digo, con respeto, pero con claridad: Hay un Gobierno Popular en Chile, porque hay un pueblo consciente, porque hay un pueblo con tradición de lucha, porque hay un pueblo que vivió Ranquil, San Gregorio, La Coruña, porque vivió «José María Caro», El Salvador o Pampa Irigoin, porque hay Fuerzas Armadas y de Carabineros que son profesionales. Lo que no ocurre en muchos países del mundo, lo que no ocurre en pocos países de este continente, que sólo ocurre -y hay que tener el orgullo de reconocerlo- en nuestro propio país, Fuerzas Armadas y de Carabineros profesionales que acatan la voluntad del pueblo, expresada en las urnas. Por eso, como gobernante he dicho y lo sostengo, que ellas serán las únicas Fuerzas Armadas de nuestra patria. (Aplausos.)
 
La historia es muy distinta en cada país y en cada etapa del proceso. Tampoco dejo de pensar en la frase, después de un denso razonamiento, del joven compañero Manuel Rodríguez.
 
Coincido en el pensamiento de muchos compañeros jóvenes, en que la historia nos enseña que las fuerzas heridas en sus intereses, despojadas de sus privilegios, no se resignan y ellas son las que desatan la violencia. Lo importante es hacer entender eso a la inmensa mayoría de los chilenos. El poder de la prensa y de la información de los otros hace creer que la violencia es el único camino nuestro.
 
Lo dije al pueblo, con honradez, lo dije como candidato y lo digo como Presidente: No queremos la violencia, no necesitamos la violencia. Aquellos que exhiben en la prensa que es posible que en este país hubiera una guerra civil o aquellos que lo hablan, son unos irresponsables y unos cobardes. La guerra civil es algo demasiado duro, demasiado profundo, marca demasiado a un pueblo, cierra las expectativas de convivencia durante largos años, destroza la economía de un país. Nosotros somos los poderosos y los fuertes, porque tenemos la fuerza de millones de personas: obreros, campesinos y empleados. Somos la fuerza del trabajo y la producción, somos la fuerza capaz de hacer que todos los días la usina, la empresa, la escuela,, el taller y la universidad, caminen. Pero, al mismo tiempo, somos la fuerza capaz de paralizar este país y hacernos respetar. Somos la fuerza, que tiene la seguridad y la certeza que, siendo más poderosa, sólo la usará para responder a la agresión y a la fuerza de los otros.
 
Lo dije y lo vuelvo a repetir: sólo a la contrarrevolución que use la fuerza, usaremos nosotros la fuerza revolucionaria del pueblo. (Aplausos.)
 
A veces vacilan nuestros partidarios, sin embargo, avanzamos seguros, apoyados en la fuerza creadora de los trabajadores. Para avanzar con más firmeza, tenemos que incorporar fundamental y conscientemente a miles de chilenos.
 
La historia también lo enseña; los campesinos han sido en muchas partes un factor limitante por su sentido de la propiedad. A ellos hay que demostrarles en los hechos, que la tierra, si no va a ser trabajada individualmente por ellos, como cooperativa va a significar más para ellos mismos.
 
No hay que desconocer que en todos los procesos revolucionarios, junto al proletariado, han estado sectores de la burguesía, y guste o no les guste a muchos, socialmente, los líderes han salido de esos sectores. La actividad de miles y miles de chilenos que representan la pequeña industria, el comercio, la artesanía o la pequeña propiedad agraria, es indispensable también para el proceso revolucionario.
 
¿A alguien se le ocurriría que en un país con cesantía, que no tiene los medios de producción suficientes, que tiene las dificultades inherentes a una etapa en que sólo parcialmente se ha construido el área social de la economía, fuéramos, por ejemplo, a suprimir a los comerciantes detallistas, fuéramos a suprimir a los taxistas y autobuseros, fuéramos a suprimir a cientos y miles de pequeños artesanos? Sería absurdo compañeros jóvenes, sería una torpeza política, un error político. No lo han hecho países que tienen años y años de socialismo. Yo los he visitado y por eso les puedo afirmar tan rotundamente esta realidad.
 
Ello nos lleva a mirar con claridad cuáles son las etapas que tenemos que recorrer. En el caso concreto de Chile, me inquieta profundamente el hecho de que la mujer no haya entendido que ella será la beneficiada en forma más extraordinaria, con el proceso de cambios revolucionarios de Chile. Una nueva moral, una nueva relación en el trato humano entre el hombre y la mujer, una concepción del respeto a la compañera. Se abren nuevas expectativas para ella. Una igualdad jurídica acentúa su derecho a una igualdad económica en igual trabajo, dándole la consideración que tiene en su noble y elevada concepción de madre. Todos estos aspectos, en el proceso egoísta del capitalismo, son mucho más claros y mucho más duros. Sin embargo, la mujer no los mira con esa claridad y teme; teme a la revolución.
 
Es gran tarea, es una enorme tarea la de atraerla conscientemente, para que ella entienda que su propio futuro está precisamente en esos derechos que se le negaron y que nosotros no le vamos a regalar, porque ella los ha conquistado por el hecho de ser mujer y que va a construir junto al hombre, una sociedad distinta.
 
¿Y la juventud y los jóvenes? ¿Por qué yo he dicho que el año 1972 debe ser el año de la mujer y de los jóvenes chilenos? Porque no hay revolución sin la presencia de la mujer coadyuvando a este proceso de cambios y llevando su dulzura y su firmeza, su decisión y su capacidad creadora, como ya la han visto ustedes en el tierno ejemplo de esa muchachita de Vietnam, estudiante, bella, grácil y guerrillera. La mujer siempre responde a las necesidades del proceso social cuanto ella participa conscientemente.
 
¿Y la juventud? Este es el año de la juventud, es el año de ustedes. Me congratulo de planteamientos teóricos como los que ha hecho el compañero, pero en un sentido de hombre más viejo, me habría gustado que su concepción teórica hubiera concretado en problemas que la juventud chilena reclama.
 
¿Qué vamos a hacer por la juventud obrera? ¿Qué vamos a hacer por la juventud campesina? ¿Qué vamos a hacer por ustedes en cuanto a becas, hogares? ¿Qué vamos a hacer por el deporte? ¿Qué vamos a hacer por los estudiantes de los sectores medios? ¿Qué representa el porcentaje todavía alto de muchachos de la clase elevada que entran en las universidades, y los que quedan al margen? ¿Cuál es el problema esencial de un país en donde hay subalimentados?
 
¡Cuánta es la necesidad de arrancar a la juventud de las frustración, del vicio, para que se entregue con pasión siquiera, aunque no sean nuestras ideas, a la defensa de sus ideas! ¡Cuánto hay que trazarse por delante! ¡Cuánto de valor tiene que darse al trabajo voluntario, porque es necesario en los países como el nuestro y en los que hicieron su proceso revolucionario! ¡Cuánto vamos a precisar lo que tiene que ser en el caso de la mujer, una carta de compromisos que no sólo satisfaga los anhelos justos de las mujeres de la UP, sino de la mujer chilena, cualesquiera que sea o no sea su ideología!
 
De la misma manera que debemos tener conciencia en la carta de la juventud chilena, ésta debe saber por qué metas combate, por qué metas lucha. Piensen ustedes la diferencia que hay en la tarea que tiene un joven campesino de hoy y la que tendrá mañana, en un país que no tiene tractores, en que la mecanización del campo es un embrión, en un país que tiene un porcentaje muy bajo de abono. Ahí tendremos que capacitar al campesino de mañana, para una concepción distinta de lo que es la tierra y su producción. En un país donde no hay agroindustrias, tenemos que decirle al campesino porqué y para qué se pueden hoy deshidratar los alimentos y las frutas, y se pueden preservar por muchos años la fruta sin necesidad, inclusive, de tenerla en frigorífico. Es decir, la técnica, el conocimiento, es algo que tenemos que incorporar a la juventud, cualquiera que sea su nivel, más bajo, por cierto, a la juventud campesina, que nunca supo nada sino de la experiencia que tanto enseña, pero que tendrá que saber los métodos diferentes.
 
De igual manera, no es posible que la juventud chilena, aun teniendo metas claras, no participe y se integre al proceso revolucionario, asumiendo plenamente su responsabilidad.
 
He llamado a la juventud, y ayer, por vez primera en la historia de Chile, ha habido un consejo de gabinete presidido por el compañero Presidente para recibir a los jóvenes, oír sus puntos de vista y contraer con ellos un compromiso: viejos, gobernantes y jóvenes hacer juntos en Chile, el 14 de este mes, el Día del Trabajo Voluntario, con una conciencia distinta, un valor diferente y una proyección mucho más amplia; y el 23 de junio, firmar ante la conciencia de la patria la gran Carta de los Derechos y de los Deberes de la Juventud, derechos y deberes que cada joven debe aprender, así como aprende a rezar o así como aprende los cantos revolucionarios. Derechos y deberes que tienen que metérselos en el corazón y en la conciencia, porque no se trata sólo de que van a tener ustedes derechos, tendrán deberes, y en un proceso revolucionario sólo se conquistan los derechos cuando se ha tenido el coraje de cumplir con los deberes, camaradas. (Aplausos.)
 
Compañeros jóvenes de Concepción, compañeros estudiantes universitarios, les agradezco el estímulo que ustedes me entregan con su inquietud, con su fervor, con su propia expresión. Le agradezco, estimado amigo rector, esta invitación. Me alegro de haber hablado con ustedes, y con la franqueza con que es mi obligación hacerlo.
 
No me olvidaré de ustedes y, seguramente, no esperaré el próximo año. Siempre Concepción, su bullente acero, el calor de su carbón, la esperanza triste de sus campesinos, la energía creadora de su juventud, me atrae. Volveré a esta provincia, para olvidarme un poco de la pequeñez de los que en el centro del país no tienen la visión de la historia y pretenden contener, con sus dedos débiles, las mareas que avanzan, y que no pueden detenerse ni con leyes represivas ni con amenazas fascistas.
 
Jóvenes de Concepción: ¡a estudiar, a prepararse, a ser buenos técnicos, a estudiar doctrina revolucionaria, a tamizar en las ideas y los principios generales, para hacer con ellos una receta justa frente a nuestra propia realidad! ¡A hacer de ustedes una bullente y permanente asamblea de las ideas, al margen de la violencia! ¡Nunca rechazar al adversario, por el solo delito de pensar distinto! ¡A hacer de la juventud un pivote de la unidad! ¡Aquí hay sectores ampliamente revolucionarios que pueden discrepar, pero que nunca pueden olvidar que el enemigo no está ahí, ni está aquí, el enemigo ustedes saben dónde está, desde afuera y desde adentro del país! (Ovación.)».

Discurso pronunciado en la Universidad de Guadalajara de México, el 2 diciembre de 1972

«Qué difícil es para mí poder expresar lo que he vivido y sentido en estas breves y largas horas de convivencia con el pueblo mexicano, con su gobierno. Cómo poder traducir lo que nosotros, integrantes de la delegación de nuestra patria, hemos recibido en generosa entrega y como aporte solidario a nuestro pueblo en la dura lucha en que está empeñado.

Yo, más que otros, sé perfectamente bien que esta actitud del pueblo de México nace de su propia historia. Y aquí se ha recordado ya cómo Chile estuvo presente junto a Juárez, el hombre de la independencia mexicana proyectada en ámbito continental; y cómo entendemos perfectamente bien que, además de esta raíz común, que antes fuera frente a los conquistadores, México es el primer país de Latinoamérica que en 1938, a través de la acción de un hombre preclaro de esta tierra y de América Latina, nacionaliza el petróleo a través de la acción del general, presidente Lázaro Cárdenas.

Por eso ustedes, que supieron del ataque alevoso, tuvieron que sentir el llamado profundo de la patria en un superior sentido nacional; por eso ustedes, que sufrieron largamente el embate de los intereses heridos por la nacionalización; por eso ustedes, más que otros pueblos de este continente, comprenden la hora de Chile, que es la misma que ustedes tuvieron en 1938 y los años siguientes. Por eso es que la solidaridad de México nace en su propia experiencia y se proyecta con calidad fraternal frente a Chile, que está hoy realizando el mismo camino liberador que ustedes.

Quiero agradecer las palabras del ingeniero Ignacio Mora Luna, a nombre de los profesores de la Universidad de Guadalajara; las del licenciado Enrique Romero González, a nombre de las autoridades universitarias, y las del compañero Guillermo Gómez Reyes, presidente de la Federación de Estudiantes de esta Universidad.

Bien decía el presidente Echeverría, cuando él señalara que este viaje era conveniente que llegara a conocer la provincia, y eligiera a Jalisco, y me hablara de Guadalajara y de su Universidad. Yo se lo agradecí, y ahora -por cierto- se lo agradezco más. Porque si hemos recibido el afecto cálido del pueblo mexicano, de sus mujeres y de sus hombres, qué puede significar más que estar junto a la juventud, y sentir cómo ella late y presurosamente, con una clara conciencia revolucionaria y antimperialista.

Desde que llegara cerca de esta universidad, ya comprendí perfectamente bien el espíritu que hay en ella, en los letreros de saludo a mi presencia aquí, tan solo como mensajero de mi pueblo, con los cambios, con la lucha por la independencia económica y por la plena soberanía en nuestros pueblos.

Y porque una vez fui universitario, hace largos años, por cierto -no me pregunten cuántos-, porque pasé por la universidad no en búsqueda de un título solamente: porque fui dirigente estudiantil y porque fui expulsado de la universidad, puedo hablarles a los universitarios a distancia de años; pero yo sé que ustedes saben que no hay querella de generaciones: hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos me ubico yo.

Hay jóvenes viejos que comprenden que ser universitario, por ejemplo, es un privilegio extraordinario en la inmensa mayoría de los países de nuestro continente. Esos jóvenes viejos creen que la universidad se ha levantado como una necesidad para preparar técnicos y que ellos deben estar satisfechos con adquirir un título profesional. Les da rango social y el arribismo social, caramba, qué dramáticamente peligroso, les da un instrumento que les permite ganarse la vida en condiciones de ingresos superiores a la mayoría del resto de los conciudadanos.

Y estos jóvenes viejos, si son arquitectos, por ejemplo, no se preguntan cuántas viviendas faltan en nuestros países y, a veces, ni en su propio país. Hay estudiantes que con un criterio estrictamente liberal, hacen de su profesión el medio honesto para ganarse la vida, pero básicamente en función de sus propios intereses.

Allá hay muchos médicos -y yo soy médico- que no comprenden o no quieren comprender que la salud se compra, y que hay miles y miles de hombres y mujeres en América Latina que no pueden comprar la salud; que no quieren entender, por ejemplo, que a mayor pobreza mayor enfermedad, y a mayor enfermedad mayor pobreza y que, por tanto, si bien cumplen atendiendo al enfermo que demanda sus conocimientos sobre la base de los honorarios, no piensan en que hay miles de personas que no pueden ir a sus consultorios y son pocos los que luchan porque se estructuren los organismos estatales para llevar la salud ampliamente al pueblo.

De igual manera que hay maestros que no se inquietan en que haya también cientos y miles de niños y de jóvenes que no pueden ingresar a las escuelas. Y el panorama de América Latina es un panorama dramático en las cifras, de su realidad dolorosa.

Llevamos, casi todos los pueblos nuestros, más de un siglo y medio de independencia política, y ¿cuáles son los datos que marcan nuestra dependencia y nuestra explotación? Siendo países potencialmente ricos, la inmensa mayoría somos pueblos pobres.

En América Latina, continente de más de 220 millones de habitantes, hay cien millones de analfabetos y semianalfabetos.

En este continente hay más de 30 millones de cesantes absolutos, y la cifra se eleva por sobre 60 millones tomando en consideración aquellos que tienen trabajos ocasionales.

En nuestro continente 53% de la población según algunos, y según otros 57%, se alimenta en condiciones por debajo de lo normal. En América Latina faltan más de 26 millones de viviendas.

En estas circunstancias cabe preguntar, ¿cuál es el destino de la juventud? Porque este continente es un continente joven. 51% de la población de América Latina está por debajo de los 27 años, por eso puedo decir -y ojalá me equivoque- que ningún gobierno e incluyo, por cierto, el mío y todos los anteriores de mi patria, ha podido solucionar los grandes déficit, las grandes masas de nuestro continente en relación con la falta de trabajo, la alimentación, la vivienda, la salud. Para qué hablar de la recreación y del descanso.

En este marco que encierra y aprisiona a nuestros pueblos hace un siglo y medio, es lógico que tengan que surgir, desde el dolor y el sufrimiento de las masas, anhelos de alcanzar niveles de vida y existencia y de cultura.

Si hoy tenemos las cifras que aquí he recordado, ¿qué va a ocurrir si las cosas no cambian cuando seamos 360 ó 600 millones de habitantes? En un continente en donde la explosión demográfica está destinada a compensar la alta mortalidad infantil, los pueblos así se defienden; pero a pesar de ello aumenta vigorosamente la población de nuestros países, y el avance tecnológico en el campo de la medicina ha elevado -y también al mejorarse condiciones de vida ha mejorado- el promedio de nuestra existencia que, por cierto, es muy inferior al de los países del capitalismo industrial y a los países socialistas.

Pero ningún gobierno de este continente -democráticos los hay pocos, pseudodemocráticos hay más, dictatoriales también los hay-, ningún gobierno ha sido capaz de superar los grandes déficit, reconociendo, por cierto, que han hecho esfuerzos indiscutiblemente laudatorios por gobierno, y especialmente por los gobiernos democráticos, porque escuchan la voz, la protesta, el anhelo de los pueblos mismos para avanzar en la tentativa frustrada y hacer posible que estos déficit no sigan pesando sobre nuestra existencia.

¿Y por qué sucede esto? Porque somos países monoproductores en la inmensa mayoría: somos los países del cacao, del banano, del café, del estaño, del petróleo o del cobre. Somos países productores de materias primas e importadores de artículos manufacturados; vendemos barato y compramos caro.

Nosotros, al comprar caro estamos pagando el alto ingreso que tiene el técnico, el empleado y el obrero de los países industrializados. Además, en la inmensa mayoría de los casos, como las riquezas fundamentales están en manos del capital foráneo, se ignoran los mercados, no se interviene en los precios, ni en los niveles de producción. La experiencia la hemos vivido nosotros en el cobre, y ustedes en el petróleo.

Somos países en donde el gran capital financiero busca, y encuentra, por complacencia culpable muchas veces de gente que no quiere entender su deber patriótico, la posibilidad de obtenerlo.

¿Por qué? ¿Qué es el imperialismo, compañeros jóvenes? Es la concentración del capital en los países industrializados que alcanzando la fuerza de capital financiero, abandonan las inversiones en las metrópolis económicas, para hacerlo en nuestros países y, por lo tanto, este capital que en su propia metrópoli tiene utilidades muy bajas, adquiere grandes utilidades en nuestras tierras, porque, además, muchas veces las negociaciones son entre las compañías que son dueñas de éstas y que están más allá de nuestras fronteras.

Entonces, somos países que no aprovechamos los excedentes de nuestra producción, y este continente ya conoce, no a través de los agitadores sociales con apellido político, como el que yo tengo de socialista, sino a través de las cifras de la CEPAL, organismo de las Naciones Unidas, que en la última década -no puedo exactamente decir si de 1950 a1960 o de 1956 a 1966-, América Latina exportó mucho más capitales que los que ingresaron en ella.

De esta manera se ha ido produciendo una realidad que es común en la inmensa mayoría de todos nuestros pueblos: somos países ricos potencialmente, y vivimos como pobres. Para poder seguir viviendo, pedimos prestado. Pero al mismo tiempo somos países exportadores de capitales. Paradoja típica del régimen en el sistema capitalista.

Por ello, entonces, es indispensable comprender que dentro de esta estructura, cuando internacionalmente los países poderosos viven y fortalecen su economía de nuestra pobreza, cuando los países financieramente fuertes necesitan de nuestras materias primas para ser fuertes, cuando la realidad de los mercados y los precios lleva a los pueblos de éste y otros continentes, a endeudarse, cuando la deuda de los países del Tercer Mundo alcanza la fantástica cifra de 95 mil millones de dólares, cuando a mi país, país democrático, con muy sólidas instituciones, país que tiene un Congreso en funciones hace 160 años, país en donde las Fuerzas Armadas -igual que en México- son fuerzas armadas profesionales, respetuosas de la ley y la voluntad popular; cuando mi país, que es el segundo productor de cobre en el mundo y tiene las más grandes reservas de cobre del mundo y tiene la más grande mina de tajo abierto del mundo y tiene la más grande mina subterránea del mundo, Chuquicamata y El Teniente; cuando mi país se ha visto obligado a endeudarse con una deuda externa per cápita que sólo puede ser superada por la deuda que tiene Israel, que podemos estimar que está en guerra; cuando yo debía haber cancelado este año para amortizar y pagar los intereses de esa deuda 420 millones de dólares, que significan más de 30 por ciento del presupuesto de ingresos, uno puede colegir que es imposible que pueda esto seguir y que esta realidad se mantenga.

Si a ello se agrega que los países poderosos fijan las normas de la comercialización, controlan los fletes, imponen los seguros, dan los créditos ligados que implica la obligación de invertir un alto porcentaje en esos países; si además sufrimos las consecuencias que emanan y que cuando los países poderosos, o el país más poderoso, del capitalismo estiman necesario devaluar su moneda, las consecuencias las pagamos nosotros, y si tiembla el mercado del dinero en los países industrializados, las consecuencias son mucho más fuertes, mucho más duras y pesan más sobre nuestros pueblos. Si el precio de las materias primas baja, el precio de los artículos manufacturados, y aún los alimentos, suben; cuando el precio de los alimentos sube, nos encontramos que hay barreras aduaneras que impiden que algunos países que pueden exportar productos agropecuarios lleguen a los mercados de consumo, los países industriales.

El caso de mi patria es elocuente: nosotros producimos entre la gran minería, cerca de 750 mil toneladas de cobre. Entre Zambia, Perú, Zaire y Chile, signatarios de lo que se llama CIPEC, entre estos cuatro países se produce 70% del cobre que se comercializa en el mundo, más de tres millones de toneladas, pero el precio del cobre se fija en la bolsa de Londres y se transa tan sólo 200 mil toneladas. Y Chile hace tres años, por ejemplo, tuvo un promedio de precio de la libra de cobre año, superior a los 62 centavos, y cada centavo que suba o baje el precio de la libra de cobre, significa 18 millones de dólares más o menos de ingreso para nuestro país.

El año 1971, el precio del cobre, del último año de gobierno del presidente Frei, fue de 59 centavos la libra. En el primer año del Gobierno Popular fue tan solo de 49. Este año, seguramente no va a alcanzar más allá de 47,4; pero en valores reales, después de la devaluación del dólar, este promedio será, a lo sumo, 45. Y el costo de producción nuestro, a pesar de que son minas con un alto porcentaje de riqueza minera y están cerca del mar, rodea los 45 centavos en algunas de ellas; y es, por cierto, más alto por una técnica inferior en la producción de la pequeña y mediana minería.

He puesto este ejemplo porque es muy claro. Nosotros, que tenemos un presupuesto de divisas superior a muchos países latinoamericanos, que tenemos una extensión de tierra que podría alimentar, y debería alimentar, a 20 a 25 millones de habitantes, hemos tenido que importar, desde siempre -por así decirlo-, carne trigo, grasa, mantequilla y aceite: 200 millones de dólares al año.

Y desde que estamos en el Gobierno Popular, tenemos que importar más alimentos; porque tenemos conciencia que importar más alimentos que aún importando como lo hicieron los gobiernos anteriores, 200 millones de dólares al año, en Chile el 43 por ciento de la población se alimentaba por debajo de lo normal. Y aquí, esta casa de hermanos, yo, que soy médico, que he sido profesor de medicina social y el presidente durante cinco años del Colegio Médico de Chile, puedo dar una cifra que no me avergüenza, pero que sí me duele, en mi patria, porque hay estadísticas y no las ocultamos: hay 600 mil niños que tienen un desarrollo mental por debajo de lo normal.

Si acaso un niño en los primeros ocho meses de su vida no recibe la proteína necesaria para su desarrollo corporal y cerebral, si ese niño no recibe esa proteína, se va a desarrollar en forma diferente al niño que pudo tenerla, y que lógicamente es casi siempre el hijo de un sector minoritario, de un sector poderoso económicamente. Si a ese niño que no recibió la proteína suficiente, después de los ocho meses se la da, puede recuperar y normalizar el desarrollo normal de su cerebro.

Por eso muchas veces los maestros o las maestras en su gran labor -yo siempre vinculo a los maestros y a los médicos como profesionales de una gran responsabilidad-, muchas veces los maestros o las maestras ven que el niño no asimila, no entiende, no aprende, no retiene; y no es porque ese niño no quiera aprender o estudiar: es porque cae en condiciones de menor valía, y eso es consecuencia de un régimen y de un sistema social; porque por desgracia, hasta el desarrollo de la inteligencia está marcado por la ingestión de los alimentos, fundamentalmente los primeros ocho meses de la vida. Y cuántas son las madres proletarias que no pueden amamantar a sus hijos, cuando nosotros los médicos sabemos que el mejor alimento es la leche de la madre, y no lo pueden hacer porque viven en las poblaciones marginales, porque sus compañeros están cesantes y porque ella recibe el subalimento, como madres ellas están castigadas en sus propias vidas, y lo que es más injusto, en la vida de sus propios hijos, por eso, claro.

Los gobiernos progresistas, como los nuestros, avanzamos en iniciativas que tienen un contenido, pero que indiscutiblemente es un paliativo; por ejemplo, en mi país está la asignación familiar prenatal, se paga a la mujer que está esperando familia desde el tercer mes del embarazo; se hace real desde el quinto, donde puede comprobar que efectivamente está esperando familia. Esto tiene un doble objetivo: que tenga un ingreso que se entrega a la madre para que pueda ella alimentarse mejor. Y en la etapa final, comprar algo para lo que podríamos llamar la mantilla, los pañales del niño.

Y, por otra parte, para recibir este estipendio, que es un sobresalario, requiere un control médico y, por lo tanto, obliga a la madre a ir a controlarse. Y en ese caso, si la madre está, y es tratada oportunamente, el hijo nace sano. Y, además se le dan las más elementales nociones sobre el cuidado del niño. Y tenemos la asignación familiar que se paga también desde que el niño nace hasta que termina de estudiar, si estudia.

Pero no hemos podido, por ejemplo, nosotros, nivelar la asignación familiar, porque un Congreso que representa, no a los trabajadores en su mayoría, establece, como siempre, leyes discriminatorios. Y en mi patria había asignación diferente para bancarios, para empleados públicos, particulares, Fuerzas Armadas, obreros y campesinos. Nosotros levantamos la idea justa: una asignación familiar igual para todos. Y eso, con generosidad. Pero pensar que la asignación familiar sea más alta para los sectores que tienen más altos ingresos, es una inconsecuencia y una brutal injusticia.

Hemos logrado nivelar la asignación familiar de obreros, campesinos, Fuerzas Armadas y empleados públicos, pero queda distante todavía la asignación familiar de empleados particulares, y un sector de ellos, es un avance, pero no basta, porque si bien es cierto, entregamos mejores condiciones para defender el equilibrio biológico cuando se alimenta mejor el niño; y gracias a esta asignación familiar, también es cierto que el proceso del desarrollo universitario en el caso de la medicina -y lo pongo como ejemplo- conlleva a establecer que nosotros carecemos de los profesionales suficientes para darle atención a todo el pueblo, desde el punto de vista médico.

En Chile hay 4.600 médicos; deberíamos ser ocho mil médicos, en Chile faltan, entonces, tres mil médicos. En Chile faltan más de 6.000 dentistas. En ningún país de América Latina -y lo digo con absoluta certeza- hay ningún servicio público estatal que haga una atención médica dental con sentido social. Se limitan en la mayoría de los países, si es que tienen esos servicios, a la etapa inicial previa, básica, simple, sencilla, de la extracción. Y si hay algo que yo he podido ver con dolor de hombre y conciencia de médico, cuando he ido a las poblaciones, es a las compañeras trabajadoras, a las madres proletarias, gritar con esperanza nuestros gritos de combate, y darme cuenta, por desgracia, cómo sus bocas carecen de la inmensa mayoría de los dientes.

Y los niños también sufren esto. Por ello, entonces, y sobre la base tan solo de estos ejemplos simples, nosotros tenemos que entender que cuando hablamos de una universidad que entiende que para que termine esta realidad brutal que hace más de un siglo y medio pesa sobre nosotros, en los cambios estructurales económicos se requiere un profesional comprometido con el cambio social; se requiere un profesional que no se sienta un ser superior porque sus padres tuvieron el dinero suficiente para que él ingresara a una universidad; se necesita un profesional con conciencia social que entienda que su lucha, si es arquitecto, es para que se construyan las casas necesarias que el pueblo necesita. Se necesita un profesional que, si es médico, levante su voz para reclamar que la medicina llegue a las barriadas populares y, fundamentalmente, a los sectores campesinos.

Se necesitan profesionales que no busquen engordar en los puestos públicos, en las capitales de nuestras patrias. Profesionales que vayan a la provincia, que se hundan en ella.

Por eso yo hablo así aquí en esta Universidad de Guadalajara, que es una universidad de vanguardia, y tengo la certeza que la obligación patriótica de ustedes es trabajar en la provincia, fundamentalmente, vinculada a las actividades económicas, mineras o actividades industriales o empresariales, o a las actividades agrícolas; la obligación del que estudió aquí es no olvidar que ésta es una universidad del Estado que la pagan los contribuyentes, que en la inmensa mayoría de ellos son los trabajadores. Y que por desgracia, en esta universidad, como en las universidades de mi patria, la presencia de hijos de campesinos y obreros alcanza un bajo nivel, todavía.

Por eso, ser joven en esta época implica una gran responsabilidad, ser joven de México o de Chile; ser joven de América Latina, sobre todo en este continente que, como he dicho, está marcado por un promedio que señala que somos un continente joven. Y la juventud tiene que entender que no hay lucha de generaciones, como lo dijera hace un instante; que hay un enfrentamiento social, que es muy distinto, y que pueden estar en la misma barricada de ese enfrentamiento los que hemos pasado -y yo pasé muy poquito de los 60 años; guárdenme el secreto- de los sesenta años y los jóvenes que puedan tener 13 ó 20.

No hay querella de generaciones, y eso es importante que yo lo diga. La juventud debe entender su obligación de ser joven, y si es estudiante, darse cuenta que hay otros jóvenes que, como él, tienen los mismos años, pero que no son estudiantes. Y si es universitario con mayor razón mirar al joven campesino o al joven obrero, y tener un lenguaje de juventud, no un lenguaje sólo de estudiante universitario, para universitarios.

Pero el que es estudiante tiene una obligación porque tiene más posibilidades de comprender los fenómenos económicos y sociales y las realidades del mundo; tiene la obligación de ser un factor dinámico del proceso de cambio, pero sin perder los perfiles, también, de la realidad.

La revolución no pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo; la revolución pasa por las grandes masas; la revolución la hacen los pueblos; la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores.

Y yo comparto el pensamiento que aquí se ha expresado -y el presidente Echeverría lo ha señalado muchas veces-, que yo también lo he dicho en mi patria, allá luchamos por los cambios dentro de los marcos de la democracia burguesa, con dificultades mucho mayores, en un país donde los poderes del Estado son independientes, y en el caso nuestro, la Justicia, el Parlamento y el Ejecutivo. Los trabajadores que me eligieron están en el gobierno; nosotros controlamos una parte del Poder Ejecutivo, somos minoría en el Congreso. El Poder Judicial es autónomo, y el Código Civil de mi patria tiene 100 años. Y si yo no critico en mi patria al Poder Judicial, menos lo voy a hacer aquí. Pero indiscutiblemente, hay que pensar que estas leyes representaban otra época y otra realidad, no fueron leyes hechas por los trabajadores que estamos en el gobierno: fueron hechas por los sectores de la burguesía, que tenían el Ejecutivo, el poder económico y que eran mayoría en el Congreso Nacional.

Sin embargo, la realidad de Chile, su historia y su idiosincrasia, sus características, la fortaleza de su institucionalidad, nos llevó a los dirigentes políticos a entender que en Chile no teníamos otro camino que el camino de la lucha electoral -y ganamos por ese camino-, que muchos no compartían, fundamentalmente como consecuencia del pensamiento generado en este continente, después de la Revolución Cubana, y con la asimilación, un poco equivocada, de la divulgación de tácticas, en función de la interpretación que hacen los que escriben sobre ellas, nos hemos encontrado en muchas partes, y ahora se ha dejado un poco, la idea del foquismo, de la lucha guerrillera o del ejército popular.

Yo tengo una experiencia que vale mucho. Yo soy amigo de Cuba; soy amigo, hace 10 años, de Fidel Castro; fui amigo del comandante Ernesto Che Guevara. Me regaló el segundo ejemplar de su libro Guerra de Guerrillas; el primero se lo dio a Fidel. Yo estaba en Cuba cuando salió, y en la dedicatoria que me puso dice lo siguiente: A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Si el comandante Guevara firmaba una dedicatoria de esta manera, es porque era un hombre de espíritu amplio que comprendía que cada pueblo tiene su propia realidad, que no hay receta para hacer revoluciones. Y por lo demás, los teóricos del marxismo -y yo declaro que soy un aprendiz tan solo; pero no niego que soy marxista- también trazan con claridad los caminos que pueden recorrerse frente a lo que es cada sociedad, cada país.

De allí, entonces, que es útil que la juventud, y sobre todo la juventud universitaria, que no puede pasar por la universidad al margen de los problemas de su pueblo, entienda que no puede hacerse del balbuceo doctrinario la enseñanza doctrinaria, de entender que el denso pensamiento de los teóricos de las corrientes sociológicas o económicas requieren un serio estudio; que si es cierto que no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria, no puede haber la aplicación voluntaria o la interpretación de la teoría adecuándola a lo que la juventud o el joven quiere. Que tiene que mirar lo que pasa dentro de su país y más allá de la frontera, y comprender que hay realidades que deben ser meditadas y analizadas.

Cuando algunos grupos en mi patria, un poco más allá de la Unidad Popular, en donde hay compañeros jóvenes en cuya lealtad revolucionaria yo creo, pero en cuya concepción de la realidad no creo, hablan, por ejemplo, de que en mi país debería hacerse lo mismo que se ha hecho en otros países que han alcanzado el socialismo, yo les he hecho esta pregunta en voz alta: ¿Por qué, por ejemplo, un país como es la República Popular China, poderoso país, extraordinariamente poderoso país, ha tenido que tolerar la realidad de que Taiwán o de que Formosa esté en manos de Chian-Kai-Shek? ¿Es que acaso la República Popular China no tiene los elementos bélicos, por así decirlo, lo suficientemente poderosos para haber, en dos minutos, recuperado Taiwán, llamado Formosa? ¿Por qué no lo ha hecho? Porque, indiscutiblemente hay problemas superiores de la responsabilidad política; porque al proceder así, colocaba a la República Popular China en el camino de una agresión que podría haber significado un daño para el proceso revolucionario, y quizá una conflagración mundial.

¿Quién puede dudar de la voluntad de acción, de la decisión, de la conciencia revolucionaria de Fidel Castro? ¿Y por qué la bahía de Guantánamo no la ha tomado? Porque no puede ni debe hacerlo, porque expondría a su revolución y a su patria a una represalia brutal.

Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes, y los que han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes y critican a hombres, que por lo menos, tienen consecuencia en su vida. Y ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; pero ir avanzando en los caminos de la vida y mantenerse como revolucionario, en una sociedad burguesa, es difícil.

Un ejemplo personal: yo era un orador universitario de un grupo que se llama Avance; era el grupo más vigoroso de la izquierda. Un día se propuso que se firmara, por el grupo Avance un manifiesto -estoy hablando del año 1931- para crear en Chile los soviets de obreros, campesinos, soldados y estudiantes. Yo dije que era una locura, que no había ninguna posibilidad, que era una torpeza infinita y que no quería, como estudiante, firmar algo que mañana, como un profesional, no iba a aceptar.

Éramos 400 los muchachos de la universidad que estábamos en el grupo Avance, 395 votaron mi expulsión; de los 400 que éramos, sólo dos quedamos en la lucha social. Los demás tienen depósitos bancarios, algunos en el extranjero; tuvieron latifundios -se los expropiamos-; tenían acciones en los bancos -también se los nacionalizamos-, y a los de los monopolios les pasó lo mismo. Pero en el hecho, dos hemos quedado; y a mí me echaron por reaccionario; pero los trabajadores de mi patria me llaman el compañero presidente.

Por eso, el dogmatismo, el sectarismo, debe ser combatido; la lucha ideológica debe llevarse a niveles superiores, pero la discusión para esclarecer, no para imponer determinadas posiciones. Y, además, el estudiante universitario tiene una postura doctrinaria y política, tiene, fundamentalmente, no olvidarse que precisamente la revolución necesita los técnicos y los profesionales.

Ya Lenin lo dijo -yo he aumentado la cifra para impactar más en mi patria-, Lenin dijo que un profesional, un técnico, valía por 10 comunistas; yo digo que por 50, y por 80 socialistas. Yo soy socialista. Les duele mucho a mis compañeros que yo diga eso; pero lo digo, ¿por qué? Porque he vivido una politización en la universidad, llevada a extremos tales que el estudiante olvida su responsabilidad fundamental; pero una sociedad donde la técnica y la ciencia adquieren los niveles que ha adquirido la sociedad contemporánea, ¿cómo no requerir precisamente capacidad y capacitación a los revolucionarios? Por lo tanto, el dirigente político universitario tendrá más autoridad moral, si acaso es también un buen estudiante universitario.

Yo no le he aceptado jamás a un compañero joven que justifique su fracaso porque tiene que hacer trabajos políticos: tiene que darse el tiempo necesario para hacer los trabajos políticos, pero primero están los trabajos obligatorios que debe cumplir como estudiante de la universidad. Ser agitador universitario y mal estudiante, es fácil; ser dirigente revolucionario y buen estudiante, es más difícil. Pero el maestro universitario respeta al buen alumno, y tendrá que respetar sus ideas, cualesquiera que sean.

Por eso es que la juventud contemporánea, y sobre todo la juventud de Latinoamérica, tiene una obligación contraída con la historia, con su pueblo, con el pasado de su patria. La juventud no puede ser sectaria: la juventud tiene que entender, y nosotros en Chile hemos dado un paso trascendente: la base política de mi gobierno está formada por marxistas, por laicos y cristianos, y respetamos el pensamiento cristiano; interpreta el verbo de Cristo, que echó a los mercaderes del templo.

Claro que tenemos la experiencia de la iglesia, vinculada al proceso de los países poderosos del capitalismo e, incluyendo, en los siglos pasados y en la primera etapa de éste, no a favor de los humildes como lo planteaba el maestro de Galilea; pero sí los tiempos han cambiado y la conciencia cristiana está marcando la consecuencia por el pensamiento honesto, en la acción honesta, los marxistas podemos coincidir en etapas programáticas como pueden hacerla los laicos y lo hemos hecho en nuestra patria -y nos está yendo bien-, y conjugamos una misma actitud y un mismo lenguaje frente a los problemas esenciales del pueblo.

Porque un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros; por eso el sectarismo, el dogmatismo, el burocratismo, que congela las revoluciones, y ése es un proceso de concientización que es muy profundo y que debe comenzar con la juventud: pero la juventud está frente a problemas que no son sólo económicos, sino son problemas que lamentablemente se manifiestan con mayor violencia destructiva en el mundo contemporáneo.

El escapismo, el drogadismo, el alcoholismo. ¿Cuántos son los jóvenes, de nuestros jóvenes países, que han caído en la marihuana, que es más barata que la cocaína y más fácil de acceso?, ¿pero cuántos son los jóvenes de los países industrializados? El porcentaje, no sólo por la densidad de población, sino por los medios económicos, es mucho mayor.

¿Qué es esto, qué significa, por qué la juventud llega a eso? ¿Hay frustración? ¿Cómo es posible que el joven no vea que su existencia tiene que tener un destino muy distinto al que escabulle su responsabilidad? ¿Cómo un joven no va a mirar, en el caso de México, a Hidalgo o a Juárez, a Zapata o a Villa, o a Lázaro Cárdenas? ¡Cómo no entender que esos hombres fueron jóvenes también, pero que hicieron de sus vidas un combate constante y una lucha permanente!

¿Cómo la juventud no sabe que su propio porvenir está cercado por la realidad económica, que marca los países dependientes? Porque si hay algo que debe preocuparnos, también, a los gobernantes, es no seguir entregando cesantes ilustrados a nuestra sociedad.

¿Cuántos son los miles de jóvenes que egresan de los politécnicos o de las universidades que no encuentran trabajo? Yo leí hace poco un estudio de un organismo internacional importante, que señala que para América Latina, en el final de esta década se necesitaban -me parece- cerca de seis millones de nuevas ocupaciones, en un continente en donde la cesantía marca los niveles que yo les he dicho. Los jóvenes tienen que entender, entonces, que están enfrentados a estos hechos y que deben contribuir a que se modifiquen las condiciones materiales, para que no haya cesantes ilustrados, profesionales con títulos de arquitectos sin construir casas, y médicos sin atender enfermos, porque no tienen los enfermos con qué pagarles, cuando lo único que faltan son médicos para defender el capital humano, que es lo que más vale en nuestros países.

Por eso, repito -y para terminar mis palabras-, dando excusas a ustedes por lo excesivo de ellas, que yo que soy un hombre que pasó por la universidad, he aprendido mucho más de la universidad de la vida: he aprendido de la madre proletaria en las barriadas marginales; he aprendido del campesino, que sin hablarme, me dijo la explotación más que centenaria de su padre, de su abuelo o de su tatarabuelo; he aprendido del obrero, que en la industria es un número o era un número y que nada significaba como ser humano, y he aprendido de las densas multitudes que han tenido paciencia para esperar.

Pero la injusticia no puede seguir marcando, cerrando las posibilidades del futuro a los pueblos pequeños de éste y de otros continentes. Para nosotros, las fronteras deben estar abolidas y la solidaridad debe expresarse con respeto a la autodeterminación y la no intervención, entendiendo que puede haber concepciones filosóficas y formas de gobierno distintas, pero que hay un mandato que nace de nuestra propia realidad que nos obliga -en el caso de este continente- a unirnos; pero mirar más allá, inclusive de América Latina y comprender que nacer en Africa en donde hay todavía millones y millones de seres humanos que llevan una vida inferior a la que tienen los más postergados y pretéridos seres de nuestro continente.

Hay que entender que la lucha es solidaria en escala mundial, que frente a la insolencia imperialista sólo cabe la respuesta agresiva de los países explotados.

Ha llegado el instante de darse cuenta cabalmente que los que caen luchando en otras partes por hacer de sus patrias países independientes, como ocurre en Vietnam, caen por nosotros con su gesto heroico.

Por eso, sin decir que la juventud será la causa revolucionaria y el factor esencial de las revoluciones, yo pienso que la juventud por ser joven, por tener una concepción más diáfana, por no haberse incorporado a los vicios que traen los años de convivencia burguesa, porque la juventud debe entender que debe ser estudiante y trabajadora; porque el joven debe ir a la empresa, a la industria o a la tierra. Porque ustedes deben hacer trabajos voluntarios; porque es bueno que sepa el estudiante de medicina cuánto pesa un fardo que se echa a la espalda el campesino que tiene que llevarlo a veces, a largas distancias; porque es bueno que el que va a ser ingeniero se meta en el calor de la máquina, donde el obrero a veces, en una atmósfera inhóspita, pasa largos y largos años de su oscura existencia; porque la juventud debe estudiar y debe trabajar -porque el trabajo voluntario vincula, amarra, acerca, hace que se compenetre el que va a ser profesional con aquel que tuvo por herencia las manos callosas de los que, por generaciones, trabajaron la tierra-.

Gracias, presidente y amigos por haberme dado la oportunidad de fortalecer mis propias convicciones, y la fe en la juventud frente a la actitud de ustedes.

Gracias por comprender el drama de mi patria, que es como dijera Pablo Neruda, un Vietnam silencioso; no hay tropas de ocupación, ni poderosos aviones nublan los cielos limpios de mi tierra, pero estamos bloqueados económicamente, pero no tenemos créditos, pero no podemos comprar repuestos, pero no tenemos cómo comprar alimentos y nos faltan medicamentos, y para derrotar a los que así proceden, sólo cabe que los pueblos entiendan quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos.

Yo sé, por lo que he vivido, que México ha sido y será -gracias por ello- amigo de mi patria».

Discurso pronunciado en la Asamblea General de la Naciones Unidas el 4 de Diciembre de 1972

«Señor Presidente:
 
Señoras y Señores Delegados: Agradezco el alto honor que se me hace al invitarme a ocupar esta tribuna, la más representativa del mundo y el foro más importante y de mayor trascendencia en todo lo que atañe a la humanidad. Saludo al Señor Secretario General de las Naciones Unidas, a quien tuvimos el agrado de recibir en nuestra patria en las primeras semanas de su mandato, y a los representantes de más de 130 países que integran la Asamblea.
 
A usted, señor Presidente, proveniente de un país con el cual nos unen lazos fraternales, y a quien personalmente apreciamos cuando encabezó la delegación de la República Popular de Polonia a la III UNCTAD, junto con rendir homenaje a su alta investidura, deseo agradecerle sus palabras tan significativas y calurosas.
 
Vengo de Chile, un país pequeño pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los Tribunales de Justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la Carta Constitucional, sin que ésta prácticamente jamás dejado de ser aplicada. Un país, donde la vida pública esta organizada en instituciones civiles, que cuenta con fuerzas armadas de probada formación profesional y de hondo espíritu democrático. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura. Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. En mi patria, historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional.
 
Pero Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida, e inclusive enajenada, a empresas capitalistas extranjeras; ha sido conducido a un endeudamiento externo superior a los cuatro mil millones de dólares, cuyo servicio anual significa más del 30% del valor de sus exportaciones,un país con una economía estrechamente sensible ante la coyuntura externa, crónicamente estancada e inflacionaria. Donde millones de personas han sido forzadas a vivir en condiciones de explotación y miseria, de cesantía abierta o disfrazada.
 
Hoy vengo aquí, porque mi país está enfrentado a problemas que, en su trascendencia universal, son objeto de la permanente atención de esta Asamblea de las Naciones: la lucha por la liberación social, el esfuerzo por el bienestar y el progreso intelectual, la defensa de la personalidad y dignidad ,nacionales.
 
La perspectiva que tenía ante sí mi patria, como tantos otros países del Tercer Mundo, era un modelo de modernización reflejo, que los estudios técnicos y la realidad más trágica coinciden en demostrar que está condenado a excluir de las posibilidades de progreso, bienestar y liberación social a más y más millones de personas, relegándolas a una vida subhumana. Modelo que va a producir mayor escasez de viviendas, que condenará a un número cada vez más grande de ciudadanos a la cesantía, al analfabetismo, a la ignorancia y a la miseria fisiológica.
 
La misma perspectiva, en síntesis, que nos ha mantenido en una relación de colonización o de dependencia. Que nos ha explotado en tiempos de guerra fría, pero también en tiempos de conflagración bélica y también en tiempos de paz. A nosotros, los países subdesarrollados, se nos quiere condenar a ser realidades de segunda clase. siempre subordinados. 
 
Este es el modelo que la clase trabajadora chilena, al imponerse como protagonista de su propio porvenir, ha resuelto rechazar, buscando en cambio un desarrollo acelerado, autónomo y propio, transformando revolucionariamente las estructuras tradicionales.
 
El pueblo de Chile ha conquistado el Gobierno tras una larga trayectoria de generosos sacrificios, y se encuentra plenamente entregado a la tarea de instaurar la democracia económica, para que la actividad productiva responda a necesidades y expectativas sociales y no a intereses de lucro personal.
 
De modo programado y coherente, la vieja estructura apoyada en la explotación de los trabajadores y en el dominio por una minoría de los principales medios de producción, está siendo superada. En su reemplazo surge una nueva estructura, dirigida por los trabajadores, que puesta al servicio de los intereses de la mayoría, está sentando las bases de un crecimiento que implica desarrollo auténtico, que involucra a todos los habitantes y no margina a vastos sectores de conciudadanos a la miseria y la relegación social.
 
Los trabajadores están desplazando a los sectores privilegiados del poder político y económico, tanto en los centros de labor como en las comunas y en el Estado. Este es el contenido revolucionario del proceso que está viviendo mi país, de superación del sistema capitalista, para dar apertura al socialismo.
 
La necesidad de poner al servicio de las enormes carencias del pueblo la totalidad de nuestros recursos económicos, iba a la par con la recuperación para Chile de su dignidad. Debíamos acabar con la situación de que nosotros, los chilenos, debatiéndonos contra la pobreza y el estancamiento, tuviéramos que exportar enormes sumas de capital, en beneficio de la más poderosa economía de mercado del mundo. La nacionalización de los recursos básicos constituía una reivindicación histórica. Nuestra economía no podía tolerar por más tiempo la subordinación que implicaba tener más del 80% de sus exportaciones en manos de un reducido grupo de grandes compañías extranjeras, que siempre han antepuesto sus intereses a las necesidades de los países en los cuales lucran. Tampoco podíamos aceptar la lacra del latifundio, los monopolios industriales y comerciales, el crédito en beneficio de unos pocos, las brutales desigualdades en la distribución del ingreso.
 
El cambio de la estructura del poder que estamos llevando a cabo, el progresivo papel de dirección que en ella asumen los trabajadores, la recuperación nacional de las riquezas básicas, la liberación de nuestra patria de la subordinación a las potencias extranjeras, son la culminación de un largo proceso histórico. Del esfuerzo por imponer las libertades políticas y sociales, de la heroica lucha de varias generaciones de obreros y campesinos por organizarse como fuerza social para conquistar el poder político y desplazar a los capitalistas del poder económico.
 
Su tradición, su personalidad, su conciencia revolucionaria, permiten al pueblo chileno impulsar el proceso hacia el socialismo, fortaleciendo las libertades cívicas, colectivas e individuales, respetando el pluralismo cultural e ideológico. El nuestro es un combate permanente por la instauración de las libertades sociales, de la democracia económica, mediante el pleno ejercicio de las libertades políticas.
 
La voluntad democrática de nuestro pueblo ha asumido el desafío de impulsar el proceso revolucionario dentro de los marcos de un estado de Derecho altamente institucionalizado, fue ha sido flexible a los cambios y que hoy está frente a la necesidad de ajustarse a la nueva realidad socio-económica.
 
Hemos nacionalizado las riquezas básicas. Hemos nacionalizado el cobre.
 
Lo hemos hecho por decisión unánime del Parlamento, donde los partidos de Gobierno están en minoría. Queremos que todo el mundo lo entienda claramente: no hemos confiscado las empresas extranjeras de la gran minería del cobre. Eso sí, de acuerdo con disposiciones constitucionales, reparamos una injusticia histórica, al deducir de la indemnización las utilidades por ellas percibidas más allá de un 12.1% anual, a partir de 1955. Las utilidades que habían obtenido en el transcurso de los Últimos quince años algunas de las empresas nacionalizadas eran tan exorbitantes que, al aplicársele como límite la utilidad razonable del 12% anual, esas empresas fueron afectadas por deducciones de significación. Tal es el caso, por ejemplo, de una filial de Anaconda Company que, entre 1955 y 1970, obtuvo en Chile una utilidad promedio del 21,5a anual sobre su valor de libro, mientras las utilidades de Anaconda en otros países alcanzaba sólo un 3,601~ al año.
 
Esa es la situación de una filial de Kennecott Copper Corporation que en el mismo período obtuvo en Chile una utilidad promedio del 52% anual, llegando en algunos años a utilidades tan increíbles como el 106% en 1967, el 113% en 1968, y más de 1.205% en 1969. El promedio de las utilidades de Kennecott en otros países alcanzaba, en la misma época, a menos del 1% anual. Sin embargo, la aplicación de la norma Constitucional ha determinado que otras empresas cupieras no fueran objeto de desacuerdos por concepto de utilidades excesivas, ya que sus beneficios no excedieron el límite razonable del 12% anual.
 
Cabe destacar que en los años inmediatamente anteriores a la nacionalización, las grandes empresas del cobre habían iniciado planes de expansión los que en gran medida han fracasado, y para los cuales no aportaron recursos propios, no obstante las grandes utilidades que percibían, y que financiaron a través de créditos externos.
 
De acuerdo con las disposiciones legales, el Estado chileno ha debido hacerse cargo de esas deudas, las que ascienden a la enorme cifra de más de 727 millones de dólares. Hemos empezado a pagar incluso deudas que una de estas empresas había contratado con Kennecott, su compañía matriz en Estados Unidos.
 
Estas mismas empresas, que explotaron el cobre chileno durante muchos años, sólo en los últimos cuarenta y dos años se llevaron en ese lapso más de cuatro mil millones de dólares de utilidades, en circunstancias que su inversión inicial no subió de treinta millones. Un simple y doloroso ejemplo: en agudo contraste, en mi país hay setecientos mil niños que jamás podrán gozar de la vida en términos normalmente humanos, porque en sus primeros ocho meses de existencia no recibieron la cantidad elemental de proteínas. Cuatro mil millones de dólares transformarían totalmente a mi patria.
 
Sólo parte de esta suma aseguraría proteínas para siempre a todos los niños de mi patria.
 
La nacionalización del cobre se ha hecho observando escrupulosamente el ordenamiento jurídico interno, y con respecto a las normas del Derecho Internacional, el cual no tiene por qué ser identificado con los intereses de las grandes empresas capitalistas.
 
Este es en síntesis el proceso que mi patria vive, que he creído conveniente presentar ante esta Asamblea, con la autoridad que nos da el que estemos cumpliendo con rigor las recomendaciones de las Naciones Unidas, y apoyándonos en el esfuerzo interno como base del desarrollo económico y social. Aquí, en este foro, se ha aconsejado el cambio de las instituciones y de las estructuras atrasadas; la movilización de los recursos nacionales -naturales y humanos-; la redistribución del ingreso; dar prioridad a la educación y a la salud, así como a la atención de los sectores más pobres de la población, Todo esto es parte esencial de nuestra política y se halla en pleno proceso de ejecución.
 
Por eso resulta tanto más doloroso tener que venir a esta tribuna a denunciar que mi país es víctima de una grave agresión.
 
Habíamos previsto dificultades y resistencia externas para llevar a cabo nuestro proceso de cambios, sobre todo frente a la nacionalización de nuestros recursos, naturales. El imperialismo y su crueldad tienen un largo y ominoso historial en América Latina, y está muy cerca la dramática y heroica experiencia de Cuba. También lo está la del Perú, que ha debido sufrir las consecuencias de su decisión de disponer soberanamente de su petróleo. En plena década del 70, después de tantos acuerdos y resoluciones de la comunidad internacional, en los que se reconoce el derecho soberano de cada país de disponer de sus recursos naturales en beneficio de su pueblo; después de la adopción de los Pactos Internacionales sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y de la Estrategia para el Segundo Decenio del Desarrollo, que solemnizaron tales acuerdos, somos víctimas de una nueva manifestación del imperialismo. Más sutil, más artera, y terriblemente eficaz, para impedir el ejercicio de nuestros derechos de Estado soberano.
 
Desde el momento mismo en que triunfamos electoralmente el 4 de septiembre de 1970, estamos afectados por el desarrollo de presiones externas de gran envergadura, que pretendió impedir la instalación de un gobierno libremente elegido por el pueblo, y derrocarlo desde entonces. Que ha querido aislarnos del mundo, estrangular la economía, paralizar el comercio del principal producto de exportación que es el cobre, y privarnos del acceso a las fuentes de financiamiento internacional.
 
Estamos conscientes de que cuando denunciamos el bloqueo financiero-económico con que se nos agrede, tal situación aparece difícil de ser comprendida con facilidad por la opinión pública internacional, y aun por algunos de nuestro compatriotas. Porque no se trata de una agresión abierta, que haya sido declarada sin embozo ante la faz del mundo. Por el contrario, es un ataque siempre oblicuo, subterráneo, sinuoso, pero no por eso menos lesivo para Chile.
 
Nos encontramos frente a fuerzas que operan en la penumbra, sin bandera, con armas poderosas, apostadas en los más variados lugares de influencia.
 
Sobre nosotros no pesa ninguna prohibición de comerciar.
 
Nadie ha declarado que se propone un enfrentamiento con nuestra nación. Parecería que no tenemos más enemigos que los propios y naturales adversarios políticos internos. No es así. Somos víctimas de acciones casi imperceptibles, disfrazadas generalmente con frases y declaraciones que ensalzan el respeto a la soberanía y a la dignidad de nuestro país. Pero nosotros conocemos en carne propia la enorme distancia que hay entre dichas declaraciones y las acciones específicas que debemos soportar.
 
No estoy aludiendo a cuestiones vagas. Me refiero a problemas concretos que hoy aquejan a mi pueblo, y que van a tener repercusiones económicas aún más graves en los meses próximos.
 
Chile, como la mayor parte de los países del Tercer Mundo es muy vulnerable frente a la situación del sector externo de su economía. En el transcurso de los Últimos doce meses el descenso de los precios internacionales del cobre ha significado al país -cuyas exportaciones alcanzan a poco más de mil millones de dólares-, la pérdida de ingresos de aproximadamente doscientos millones de dólares. Mientras los productos, tanto industriales como agropecuarios, que debemos importar, han experimentado fuertes alzas; algunos de ellos hasta de un 60%.
 
Como casi siempre, Chile compra a precios altos y vende a precios bajos.
 
Ha sido justamente en estos momentos, de por sí difíciles para nuestra balanza de pagos, cuando hemos debido hacer frente, entre otras cosas, a las siguientes acciones simultáneas, destinadas al parecer a tomar revancha del pueblo chileno por su decisión de nacionalizar el cobre. Hasta- el momento de la iniciación de mi Gobierno, Chile percibía por concepto de préstamos otorgados por organismos financieros internacionales, tales como el Banco Mundial y el Banco Internacional de Desarrollo, un monto de recursos cercano a ochenta millones de dólares al año. Violentamente, estos financiamientos han sido interrumpidos.
 
En el decenio pasado, Chile recibía préstamos de la Agencia para el Desarrollo Internacional del Gobierno de EE.UU. (AID), por un valor de 50 millones de dólares.
 
No pretendemos que esos préstamos sean restablecidos.
 
Estados Unidos es soberano para otorgar ayuda externa, o no, a cualquier país. Sólo queremos señalar, que la drástica supresión de esos créditos ha significado contracciones importantes en nuestra balanza de pagos.
 
Al asumir la Presidencia, mi país contaba con líneas de crédito a corto plazo de la banca privada norteamericana, destinadas al financiamiento de nuestro comercio exterior, por cerca de doscientos veinte millones de dólares. En breve plazo, se ha suspendido de estos créditos un monto de alrededor de ciento noventa millones de dólares, suma que hemos debido pagar al no renovarse las respectivas operaciones.
 
Como la mayor parte de los países de América Latina, Chile, por razones tecnológicas y de otro orden, debe efectuar importantes adquisiciones de bienes de capital en Estados Unidos. En la actualidad, tanto los financiamientos de proveedores como los que ordinariamente otorga el Eximbank para este tipo de operaciones, nos han sido también suspendidos, encontrándose en la anómala situación de tener que adquirir esta clase de bienes con pago anticipado, lo cual presiona extraordinariamente sobre nuestra balanza de pagos.
 
Los desembolsos de préstamos contratados por Chile con anterioridad a la iniciación de mi Gobierno, con agencias del sector público de Estados Unidos, y que se encontraban entonces en ejecución, también se han suspendido. En consecuencia, tenemos que continuar la realización de los proyectos correspondientes, efectuando compras al contado en el mercado norteamericano, ya que, en plena marcha de las obras, es imposible reemplazar la fuente de las importaciones respectivas.
 
Para ello, se había previsto que el financiamiento proviniera de organismos del gobierno norteamericano. Como resultado de acciones dirigidas en contra del comercio del cobre en los países de Europa Occidental, nuestras operaciones de corto plazo con bancos privados de ese Continente -basadas fundamentalmente en cobranzas de ventas de este metal-, se han entorpecido enormemente. Esto ha significado la no renovación de líneas de crédito por más de veinte millones de dólares; la suspensión de gestiones financieras que estaban a punto de concretarse por más de doscientos millones de dólares, y la creación de un clima que impide el manejo normal de nuestras compras en tales países, así como distorsiona agudamente todas nuestras actividades en el campo de las finanzas externas.
 
Esta asfixia financiera de proyecciones brutales, dadas las características de la economía chilena, se ha traducido en una severa limitación de nuestras posibilidades de abastecimientos de equipos, de repuestos, de insumos, de productos alimenticios, de medicamentos, Todos los chilenos estamos sufriendo las consecuencias de estas medidas, las que se proyectan en la vida diaria de cada ciudadano, y naturalmente, también, en la vida política interna. Lo que he descrito significa que se ha desvirtuado la naturaleza de los organismos internacionales, cuya utilización como instrumentos de la política bilateral de cualquiera de sus países miembros, por poderoso que sea, es jurídica y moralmente inaceptable. ¡Significa presionar a un país económicamente débil! ¡Significa castigar a un pueblo por su decisión de recuperar sus recursos básicos! ! Significa una forma premeditada de intervención en los asuntos internos de un país! ¡Esto es lo que denominamos insolencia imperialista! Señores delegados, ustedes lo saben y no pueden dejar de recordarlo: esto ha sido repetidamente condenado por resoluciones de Naciones Unidas.
 
No sólo sufrimos el bloqueo financiero, también somos víctimas de una clara agresión. Dos empresas que integran el núcleo central de las grandes compañías transnacionales, que clavaron sus garras en mi país, la international Telegraph & Telephone Company y la Kennecott Copper Corporation, se propusieron manejar nuestra vida política.
 
La ITT, gigantesca corporación cuyo capital es superior al presupuesto nacional de varios países latinoamericanos juntos, y superior incluso al de algunos países industrializados, inició, desde el momento mismo en que se conoció el triunfo popular en la elección de septiembre de 1970, una siniestra acción para impedir que yo ocupara la primera magistratura.
 
Entre septiembre y noviembre del año mencionado, se desarrollaron en Chile acciones terroristas planeadas fuera de nuestras fronteras, en colusión con grupos fascistas internos, las que culminaron con el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider Chereau, hombre justo y gran soldado, y símbolo del constitucionalismo de las Fuerzas Armadas de Chile. En marzo del año en curso se revelaron los documentos que denuncian la relación entre esos tenebrosos propósitos y la ITT. Esta Última ha reconocido que incluso hizo en 1970 sugerencias al Gobierno de Estados Unidos para que interviniera en los acontecimientos de Chile. Los documentos son auténticos. Nadie ha osado desmentirlos.
 
Posteriormente, el mundo se enteró con estupor, en julio Último, de distintos aspectos de un nuevo plan de acción que la misma ITT presentara al gobierno norteamericano, con el propósito de derrocar a mi Gobierno en el plazo de seis meses. Tengo en mi portafolio el documento, fechado en octubre de 1971, que contiene los dieciocho puntos que constituían ese plan. Proponía el estrangulamiento económico, el sabotaje diplomático, el desorden social, crear el pánico en la población, para que al ser sobrepasado el Gobierno, las Fuerzas Armadas fueran impulsadas a quebrar el régimen democrático e imponer una dictadura.
 
En los mismos momentos en que la ITT proponía ese plan, sus representantes simulaban negociar con mi Gobierno una fórmula para la adquisición por el Estado chileno de la participación de ITT en la Compañía de Teléfonos de Chile. Desde 10s primeros días de mi administración habíamos iniciado conversaciones para adquirir la empresa telefónica que controlaba la ITT, por razones de seguridad nacional.
 
Personalmente, recibí en dos oportunidades a altos ejecutivos de esa empresa. En las discusiones mi Gobierno actuaba de: buena fe. La ITT, en cambio, se negaba a aceptar el pago de un precio fijado de acuerdo con una tasación de expertos internacionales. Ponía dificultades para una solución rápida y equitativa, mientras subterráneamente intentaba desencadenar una situación caótica en mi país.
 
La negativa de la ITT a aceptar un acuerdo directo, y el conocimiento de sus arteras maniobras nos ha obligado a enviar al Congreso un proyecto de ley de nacionalización. La decisión del pueblo chileno de defender el régimen democrático y el progreso de la revolución; la lealtad de las Fuerzas Armadas hacia su patria y sus leyes, ha hecho fracasar estos siniestros intentos.
 
Señores Delegados: Yo acuso ante la conciencia del mundo a la ITT, de pretender provocar en mi patria una guerra civil. Esto es lo que nosotros calificamos de acción imperialista. Chile está ahora ante un peligro cuya solución depende solamente de la voluntad nacional, sino que de una vasta gama de elementos externos. Me estoy refiriendo a la acción emprendida por la Kennecott Copper. Acción que, como expresó la semana pasada el Ministro de Minas e Hidrocarburos del Perú en la reunión Ministerial del Consejo Internacional de Países Exportadores de Cobre (CIPEC) trae a la memoria del pueblo revolucionario del Perú un pasado de oprobio del que .fuera protagonista la Internacional Petroleum Co., expulsada definitivamente del país por la revolución.
 
Nuestra Constitución establece que las disputas originadas por las nacionalizaciones deben ser resueltas por un tribunal que, como todos los de mi país, es independiente y soberano en sus decisiones. La Kennecott Copper aceptó esta jurisdicción y durante un año litigió ante este Tribunal. Su apelación fue denegada y entonces decidió utilizar su gran poder para despojarnos de los beneficios de nuestras exportaciones de cobre y presionar contra el Gobierno de Chile. Llegó en su osadía hasta demandar, en septiembre Último, el embargo del precio de dichas exportaciones ante los tribunales de Francia, de Holanda y de Suecia. Seguramente lo intentará también en otros países. El fundamento de estas acciones no puede ser más inaceptable, desde cualquier punto de vista jurídico y moral.
 
La Kennecott pretende que tribunales de otras naciones, que nada tienen que ver con los problemas o negocios que existen entre el Estado chileno y la Compañía Kennecott Copper, decidan que es nulo un acto soberano de nuestro Estado, realizado en vírtud de un mandato de la más alta jerarquía, como es el dado por la Constitución política y refrendado por la unanimidad del pueblo chileno.
 
Esa pretensión choca contra los principios esenciales del Derecho Internacional, en virtud de los cuales los recursos naturales de un país -sobre todo cuando se trata de aquellos que constituyen su vida- le pertenecen y puede disponer libremente de ellos. No existe una ley internacional aceptada por todos, o en este caso, un tratado específico que así lo acuerde. La comunidad mundial, organizada bajo los principios de las Naciones Unidas, no acepta una interpretación del derecho internacional subordinada a los intereses del capitalismo, que lleve a los tribunales de cualquier país extranjero a amparar una estructura de relaciones económicas al servicio de aquél. Si así fuera, se estaría vulnerando un principio fundamental de la vida internacional: el de no intervención en los asuntos internos de un Estado, como expresamente lo reconoció la Tercera UNCTAD. Estamos regidos por el Derecho Internacional; aceptado reiteradamente por las Naciones Unidas, en particular en la Resolución 1803 de la Asamblea General; norma que acaba de reforzar la Junta de Comercio y Desarrollo, precisamente teniendo como antecedente la denuncia que mi país formuló contra la Kennecott. La resolución respectiva, junto con reafirmar el derecho soberano de todos los países a disponer libremente de sus recursos naturales, declaró que: “en aplicación de este principio, las nacionalizaciones que los Estados llevan a cabo para rescatar estos recursos son expresión de una facultad soberana, por lo que corresponde a cada Estado fijar las modalidades de tales medidas, y las disputas que puedan suscitarse con motivo de ellos son de recurso exclusivo de sus tribunales, sin perjuicio de lo dispuesto en la Resolución 1803 de la Asamblea General.” Esta resolución, excepcionalmente, permite la intervención de jurisdicciones extranacionales siempre que “exista acuerdo entre Estados soberanos y otras partes interesadas.”
 
Esta es la única tesis aceptable en las Naciones Unidas. Es la única que está conforme con su filosofía y sus principios. Es la única que puede proteger el derecho de los débiles contra el abuso de los fuertes.
 
Como no podía ser de otra manera, hemos obtenido en los Tribunales de París el levantamiento del embargo que pesaba sobre el valor de una exportación de nuestro cobre. Seguiremos defendiendo sin desmayo la exclusiva competencia de los Tribunales chilenos para conocer de cualquier diferendo relativo a la nacionalización de nuestro recurso básico. Para Chile ésta no es sólo una importante materia de interpretación jurídica. E s un problema de soberanía. Señores Delegados: es mucho más, es un problema de supervivencia.
 
La agresión de la Kennecott causa perjuicios graves a nuestra economía. Solamente las dificultades directas impuestas a la comercialización del cobre han significado a Chile, en dos meses, pérdidas de muchos millones de dólares. Pero eso no es todo. Ya me he referido a los efectos vinculados al entorpecimiento de las operaciones financieras de mi país con la banca de Europa Occidental. Evidente es, también, el propósito de crear un clima de inseguridad ante los compradores de nuestro principal producto de exportación, lo que no se logrará.
 
Hacia allá se dirigen, en este momento, los designios de esta empresa imperialista, porque no puede esperar que, en definitiva, ningún poder político o judicial prive a Chile de lo que legítimamente le pertenece. Busca doblegarnos. ¡Jamás lo conseguirá!
 
La agresión de las grandes empresas capitalistas pretende impedir la emancipación de las clases populares. Representa un ataque directo contra los intereses económicos de los trabajadores. Señores Delegados: el chileno es un pueblo que ha alcanzado la madurez política para decidir, mayoritariamente, el reemplazo del sistema económico capitalista por el socialista.
 
Nuestro régimen político ha contado con instituciones suficientemente abiertas para encauzar esta voluntad revolucionaria sin quiebras violentas. Me hago un deber en advertir a esta Asamblea que las represalias y el bloqueo dirigidos a producir contradicciones y deformaciones económicas encadenadas, amenazan con repercutir sobre la paz y convivencia internas. No lo lograrán. La inmensa mayoría de los chilenos sabrá resistirlas en actitud patriótica y digna. Lo dije al comienzo: la historia, la tierra y el hombre nuestro se funden en un sentido nacional.
 
Ante la Tercera UNCTAD tuve la oportunidad de referirme al fenómeno de las corporaciones transnacionales y destaqué el vertiginoso crecimiento de su poder económico, influencia política y acción corruptora. De ahí la a la mía con que la opinión mundial debe reaccionar ante semejante realidad. El poderío de estas corporaciones es tan grande, que traspasa todas las fronteras. Sólo las inversiones en el extranjero de las compañías estadounidenses, que alcanzan hoy a 32 mil millones de dólares, crecieron entre 1950 y 1970 a un ritmo de 10% al año, mientras las exportaciones de este país aumentaron sólo a un 5%. Sus utilidades son fabulosas y representan un enorme drenaje de recursos para los países en desarrollo. Sólo en un año, estas empresas retiraron utilidades del Tercer Mundo que significaron transferencias netas en favor de ellas de 1723 millones de dólares: 1 013 millones de América Latina, 280 de África, 366 del Lejano Oriente y 64 del Medio Oriente. Su influencia y su ámbito de acción están trastocando las prácticas tradicionales del comercio entre los Estados de transferencia tecnológica, de transmisión de recursos entre las naciones y las relaciones laborales. Estarnos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones transnacionales y los Estados. Estos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo.
 
En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada. “Los mercaderes no tienen patria. El lugar donde actúan no constituye un vínculo. Sólo les interesa la ganancia.’’ Esta frase no es mía; es de Jefferson.
 
Pero, las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada se da también en los países industrializados, donde se asientan. Ello ha sido denunciado en los Últimos tiempos en Europa y Estados Unidos, lo que ha originado una investigación en el propio Senado norteamericano. Ante este peligro, los pueblos desarrollados no están más seguros que los subdesarrollados. Es un fenómeno que ya ha provocado la creciente movilización de los trabajadores organizados, incluyendo a las grandes entidades sindicales que existen en el mundo. Una vez más, la actuación solidaria internacional de los trabajadores deberá enfrentar a un adversario común: EL IMPERIALISMO.
 
Fueron estos actos los que, principalmente, decidieron al Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, a raíz de la denuncia presentada por Chile, a aprobar, en julio pasado, por unanimidad, una resolución disponiendo la convocatoria de un grupo de personalidades mundiales, para que estudien la “Función y los Efectos de las Corporaciones Transnacionales en el Proceso de Desarrollo, especialmente de los Países en Desarrollo, y sus Repercusiones en las Relaciones Intenacionales, y que presente recomendaciones para una Acción Internacional Apropiada” El nuestro no es un problema aislado ni Único. Es la manifestación local de una realidad que nos desborda. Que abarca al Continente Latinoamericano y al Tercer Mundo. Con intensidad variable y con peculiaridades singulares, todos los países periféricos están expuestos a algo semejante. El sentido de solidaridad humana que impera en los países desarrollados, debe sentir repugnancia porque el grupo de empresas llegue a poder interferir impunemente en el engranaje más vital de la vida de una Nación, hasta perturbarlo totalmente.
 
El portavoz del Grupo Africano al anunciar en la Junta de Comercio y Desarrollo, hace algunas semanas, la posición de estos países frente a la denuncia que hizo Chile por la agresión de la Kennecott Copper, declaró que su Grupo se solidarizaba plenamente con Chile porque no se trataba de una cuestión que afectara sólo a una nación, sino que potencialmente a todo el mundo en desarrollo. Esas palabras tienen un gran valor, porque significan el reconocimiento de todo un Continente, de que a través del caso chileno está planteada una nueva etapa de la batalla entre el imperialismo y los países débiles del Tercer Mundo.
 
La batalla por la defensa de los recursos naturales es parte de la que libran los países del Tercer Mundo para vencer el subdesarrollo. La agresión que nosotros padecemos hace aparecer como ilusorio el cumplimiento de las promesas hechas en los últimos años en cuanto a una acción de envergadura para superar el estado de atraso y de necesidad de las naciones de África, Asia y América Latina. Hace dos años esta Asamblea General, con ocasión del vigésimoquinto aniversario de la creación de las Naciones Unidas, proclamó en forma solemne la estrategia para el Segundo Decenio del Desarrollo. Por ella, todos los estados miembros de la organización, se comprometieron a no omitir esfuerzos para transformar, a través de medidas concretas, la actual injusta división internacional del trabajo y para colmar la enorme brecha económica y tecnológica que separa a los países opulentos de los países en vías de desarrollo. Estamos comprobando que ninguno de estos propósitos se convierte en realidad. Al contrario, se ha retrocedido.
 
Así, los mercados de los países industrializados han continuado tan cerrados como antes para los productos básicos de los países en desarrollo, especialmente los agrícolas, y aún aumentan los indicios de proteccionismo; los términos del intercambio se siguen deteriorando; el sistema de preferencias generalizadas para las exportaciones de nuestras manufacturas y semimanufacturas no ha sido puesto en vigencia por la nación cuyo mercado ofrecía mejores perspectivas, dado su volumen, y no hay indicios de que lo sea en un futuro inmediato. La transferencia de recursos financieros públicos, lejos de llegar al 0,701~ del Producto Nacional Bruto de las naciones desarrolladas, ha bajado del 0,34 al 0,24%. El endeudamiento de los países en desarrollo, que ya era enorme a principios del presente año, ha subido en pocos meses de 70 a 75 mil millones de dólares. Los cuantiosos pagos por servicios de deudas que representan un drenaje intolerable para estos países, han sido provocados en gran medida por las condiciones y modalidades de los préstamos. Dichos servicios aumentaron en un 18% en 1970 y en un 20% en 1971, lo que es más del doble de la tasa media del decenio de 1960.
 
Este es el drama del subdesarrollo y de los países que todavía no hemos sabido hacer valer nuestros derechos y defender mediante una vigorosa acción colectiva, el precio de las materias primas y productos básicos, así como hacer frente a las amenazas y agresiones del neoimperialismo. Somos países potencialmente ricos, y vivimos en la pobreza. Deambulamos de un lugar a otro pidiendo créditos, ayuda, y sin embargo somos -paradoja propia del sistema económico capitalista- grandes exportadores de capitales. América Latina, como componente del mundo en desarrollo, se integra en el cuadro que acabo de exponer. Junto con Asia, África y los países socialistas ha librado, en los últimos años, muchas batallas para cambiar la estructura de las relaciones económicas y comerciales con el mundo capitalista; para subsistir el injusto discriminatorio orden económico y monetario creado en Bretón Woods, al término de la Segunda Guerra Mundial.
 
Cierto es que entre muchos países de nuestra región y los de los otros continentes en desarrollo se comprueban diferencias en el ingreso nacional y aun las hay dentro de aquellas donde existen varios países que podrían ser considerados como de menor desarrollo relativo entre los subdesarrollados. Pero tales diferencias -que mucho se mitigan al compararlas con el Producto Nacional del mundo industrializado no marginan a Latinoamérica del vasto sector postergado y explotado de la humanidad.
 
Ya el Consejo de Viña del Mar, en 1969, afirmó esas coincidencias y tipificó, precisó y cuantificó el atraso económico y social de la región y los factores externos que lo determinan, destacando las enormes injusticias cometidas en su contra bajo el disfraz de cooperación y ayuda; porque en América Latina, grandes ciudades que muchos admiran, ocultan el drama de cientos de miles de seres que viven en poblaciones marginales, producto de un pavoroso desempleo y subempleo: esconden las desigualdades profundas entre pequeños grupos privilegiados y las grandes masas, cuyos índices de nutrición y de salud no superan a los de Asia y África, que casi no tienen acceso a la cultura.
 
Es fácil comprender por qué nuestro continente latinoamericano registra una alta mortalidad infantil y un bajo promedio de vida, si se tiene presente que en él faltan veintiocho millones de viviendas, el cincuenta y seis por ciento de su población está subalimentada, hay más de cien millones de analfabetos y semianalfabetos, trece millones de cesantes y más de cincuenta millones con trabajos ocasionales. Más de veinte millones de latinoamericanos no conocen la moneda, ni siquiera como medio de intercambio.
 
Ningún régimen, ningún gobierno, ha sido capaz de resolver los grandes déficits de vivienda, trabajo, alimentación y salud. Por el contrario, éstos se acrecientan año a año con el aumento vegetativo de la población. De continuar esta situación, ¿qué ocurrirá cuando seamos más de seiscientos millones de habitantes a fines de siglo? No siempre se percibe que el subcontinente latinoamericano, cuyas riquezas potenciales son enormes, ha llegado a ser el principal campo de acción del imperialismo económico en los Últimos treinta años. Datos recientes del Fondo Monetario Internacional nos informan que la cuenta de inversiones privadas de los países desarrollados en América Latina arrojó un déficit en contra de ésta de diez mil millones de dólares entre 1960 y 1970. En una palabra, esta suma constituye un aporte neto de capitales de esta región al mundo opulento, en diez años.
 
Chile se siente profundamente solidario con América Latina, sin excepción alguna. Por tal razón, propicia y respeta estrictamente la política de No Intervención y de Autodeterminación que aplicamos en el plano mundial. Estimulamos fervorosamente el incremento de nuestras relaciones económicas y culturales. Somos partidarios de la complementación y de la integración de nuestras economías. De ahí que trabajemos con entusiasmo dentro del cuadro de la ALALC, y, como primer paso, por la formación del Mercado Común de los países Andinos, que nos une con Bolivia, Colombia, Perú, Ecuador.
 
América Latina deja atrás la época de las protestas, que contribuyeron a robustecer su toma de conciencia.-Han sido destruidas, por la realidad, las fronteras ideológicas; han sido quebrados los propósitos divisionistas y agresionistas, y surge el afán de coordinar la ofensiva de la defensa de los intereses de los pueblos en el Continente, y en los demás países en desarrollo.
 
“AQUELLOS QUE IMPOSIBILITAN LA REVOLUCION PACIFICA, HACEN QUE LA REVOLUCIÓN VIOLENTA SEA INEVITABLE”.
 
La frase no es mía. ¡La Comparto! Pertenece a John Kennedy. Chile no está solo, no ha podido ser aislado ni de América Latina ni del resto del mundo. Por el contrario, ha recibido muestras de solidaridad y de apoyo. Para derrotar los intentos de crear en torno nuestro un cerco hostil, se conjugaron el creciente repudio al imperialismo, el respeto que merecen los esfuerzos del pueblo chileno y la respuesta a nuestra política de amistad con todas las naciones del mundo.
 
En América Latina todos los esquemas de cooperación o integración económica y cultural de que formamos parte, en el plano regional y subregional, han continuado vigorizándose a ritmo acelerado, y dentro de ellos nuestro comercio ha crecido considerablemente, en particular con Argentina, México y los países del Pacto Andino. No ha sufrido trizaduras la coincidencia de los países latinoamericanos, en foros mundiales y regionales, para sostener los principios de libre determinación sobre los recursos naturales.
 
Y frente a los recientes atentados contra nuestra soberanía hemos recibido fraternales demostraciones de total solidaridad. A todos, nuestro reconocimiento.
 
Es justo mencionar las reiteraciones de solidaridad del Presidente del Perú, hechas durante la conversación que sostuve con él hace horas, y señalar la fraternal recepción que me brindaran el Presidente y el pueblo mexicanos en la grata visita que acabo de realizar a su nación. Cuba socialista, que sufre los rigores del bloqueo, nos ha entregado sin reservas, permanentemente, su adhesión revolucionaria.
 
En el plano mundial, debo destacar muy especialmente que desde el primer momento hemos tenido a nuestro lado, en actitud ampliamente solidaria, a los países socialistas de Europa y Asia. La gran mayoría de la comunidad mundial nos honró con la elección de Santiago como sede de la Tercera UNCTAD, y ha acogido con interés nuestra invitación para albergar la Primera Conferencia Mundial sobre Derecho del Mar, que reitero en esta oportunidad. La reunión a nivel ministerial de los Países No Alineados, celebrada en Georgetown, Cuayana, en septiembre Último, nos expresó públicamente su decidido respaldo frente a la agresión de que somos objeto por parte de la Kennecott Copper .
 
El CIPEC , organismo de coordinación establecido por los países principales exportadores de cobre –Perú, Zaire, Zambia y Chile-, reunido a solicitud de mi Gobierno, a nivel ministerial, recientemente en Santiago, para analizar la situación de agresión en contra de mi patria creada por la Kennecott, adoptó varias resoluciones y recomendaciones a los Estados, que constituyen un claro apoyo a nuestra posición y un importante paso dado por países del Tercer Mundo para defender el comercio de sus productos básicos. Estas resoluciones serán, seguramente, materia de importante debate en la Segunda Comisión.
 
Sólo quiero citar aquí la categórica declaración de “que todo acto que impida o entrabe el ejercicio del derecho soberano de los países a disponer libremente de sus recursos naturales, constituye una agresión económica”.
 
Desde luego, los actos de la empresa Kennecott contra Chile, son agresión económica; por lo tanto, acuerdan solicitar de sus Gobiernos se suspenda con ella toda relación económica y comercial; que las disputas sobre indemnizaciones, en caso de nacionalización, son de exclusiva competencia de los Estados que las decretan.
 
Pero lo más significativo, es que acordó crear un mecanismo permanente de protección y solidaridad en relación al cobre. Ese mecanismo, junto al OPEC, que opera en e1 campo petrolero, es el germen de lo que debiera ser una organización de todos los países del Tercer Mundo, para proteger y defender la totalidad de sus productos básicos, tanto los mineros e hidrocarburos, como los agrícolas.
 
La gran mayoría de los países de Europa Occidental, desde el extremo norte con los países escandinavos, hasta el extremo sur con España, han seguido cooperando con Chile y nos ha significado su comprensión.
 
Por último, hemos visto con emoción la solidaridad de la clase trabajadora del mundo, expresada por sus grandes centrales sindicales; y manifestada en actos de hondo significado, como fue la negativa de los obreros portuarios de Le Havre y Rotterdam a descargar el cobre de Chile, cuyo pago ha sido arbitraria e injustamente embargado.
 
Señor Presidente, Señores Delegados: He centrado mi exposición en la agresión a Chile y en los problemas latinoamericanos y mundiales que a ella se conectan, ya sea en su origen o en sus efectos. Quisiera ahora referirme brevemente a otras cuestiones que interesan a la comunidad internacional.
 
No voy a mencionar todos los problemas mundiales que están en el temario de esta Asamblea. No tengo la pretensión de avanzar soluciones sobre ellos. Esta Asamblea está trabajando afanosamente desde hace más de dos meses en definir y acordar medidas adecuadas.
 
Confiamos en que el resultado de esta labor será fructífero. Mis observaciones serán de carácter general y reflejan preocupaciones del pueblo chileno.
 
Con ritmo acelerado se transforma el cuadro de la política internacional que hemos vivido desde la posguerra, y ello ha producido una nueva correlación de fuerzas. Han aumentado y se han fortalecido centros de poder político y económico.
 
En el caso del mundo socialista, cuya influencia ha crecido notablemente, su participación en las más importantes decisiones de política en el campo internacional, es cada vez mayor. Es mi convicción que no podrán transformarse las relaciones comerciales y el sistema monetario internacionales, aspiración compartida por los pueblos- si no participan plenamente en ese proceso todos los países del mundo y entre ellos, los del Área Socialista. La República Popular China, alberga en sus fronteras a casi’un tercio de la humanidad, ha recuperado, después de un largo e injusto ostracismo, el lugar que es el suyo en el foro de las negociaciones multilaterales y ha entablado nexos diplomáticos y de intercambio con la mayoría de los países del mundo.
 
Se ha ampliado la Comunidad Económica Europea con el ingreso del Reino Unido de Gran Bretaña y otros países, lo que le da un peso mayor en las decisiones, sobre todo en el campo económico. El crecimiento económico del Japón ha alcanzado una velocidad portentosa. El mundo en desarrollo está adquiriendo cada día mayor conciencia de sus realidades y de sus derechos. Exige justicia y equidad en el trato y que se reconozca el lugar que le corresponde en el escenario mundial.
 
Motores de esta transformación han sido, como siempre, los pueblos, en su progresiva liberación para convertirse en sujetos de la historia. La inteligencia del hombre ha impulsado vertiginosos progresos de la ciencia y de la técnica. La persistencia y el vigor de la política de coexistencia pacífica, de independencia económica y de progreso social que han promovido las naciones socialistas, han contribuido decisivamente al alivio de las tensiones que dividieron al mundo durante más de veinte años y han determinado la aceptación de nuevos valores en la sociedad y en las relaciones internacionales.
 
Saludamos los cambios que traen promesas de paz y de prosperidad para muchos pueblos, pero exigimos que participe de ellos la humanidad entera. Desgraciadamente, estos cambios han beneficiado sólo en grado mezquino al mundo en desarrollo. Este sigue tan explotado como antes. Distante cada vez más de la civilización del mundo industrializado. Dentro de él bullen nobles aspiraciones y justas rebeldías que continuarán estallando con fuerza creciente.
 
Manifestamos complacencia por la superación casi completa de la guerra fría y por el desarrollo de acontecimientos alentadores; las negociaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos, tanto respecto al comercio como al desarme; la concertación de tratados entre la República Federal Alemana, la Unión Soviética y Polonia; la inminencia de la Conferencia de Seguridad Europea; las negociaciones entre los dos Estados Alemanes y su ingreso prácticamente asegurado a las Naciones Unidas; las negociaciones entre los gobiernos de la República Democrática de Corea y de la República de Corea, para nombrar los más promisorios. Es innegable que en la arena internacional hay treguas, acuerdos, disminución de la situación explosiva.
 
Pero hay demasiados conflictos no resueltos que exigen la voluntad de concordia de las partes, o la colaboración de la comunidad internacional y de las grandes potencias. Continúan activas las agresiones y disputas en diversas partes del mundo: el conflicto en el Medio Oriente, el más explosivo de todos, donde todavía no ha podido obtenerse la paz, según lo han recomendado resoluciones de los principales Órganos de las Naciones Unidas; el asedio y la persecución contra Cuba; la explotación colonial; la ignominia del racismo y del apartheid; el ensanchamiento de la brecha económica y tecnológica entre países pobres.
 
No hay paz para Indochina, pero tendrá que haberla. Llegará la paz para Vietnam. Tiene que llegar, porque ya nadie duda de la inutilidad de esta guerra monstruosamente injusta, que persigue un objetivo tan irrealizable en estos días como es imponer, a pueblos con conciencia revolucionaria, políticas que no pueden compartir porque contrarían su interés nacional, su genio y su personalidad.
 
Habrá paz. ¡Pero, qué deja esta guerra tan cruel, tan prolongada y tan desigual! El saldo, tras tantos años de lucha cruenta, es sólo la tortura de un pueblo admirable en su dignidad; millones de muertos y de huérfanos; ciudades enteras desaparecidas; cientos de miles de hectáreas de tierras asoladas, sin vida vegetal posible; la destrucción ecológica. La sociedad norteamericana conmovida; miles de hogares sumidos en el pesar por la ausencia de los suyos. No se siguió la ruta de Lincoln.
 
Esta guerra deja también muchas lecciones. Que el abuso de la fuerza desmoraliza al que la emplea y produce profundas dudas en su propia conciencia social. Que la convicción de un pueblo que defiende su independencia lo lleva al heroísmo y lo hace capaz de resistir la violencia material del más gigantesco aparato militar y económico.
 
El nuevo cuadro político crea condiciones favorables para que la comunidad de naciones haga en los años venideros un gran esfuerzo destinado a dar renovada vida y dimensión al orden internacional.
 
Dicho esfuerzo deberá inspirarse en los principios de la Carta y en otros que la comunidad ha ido agregando, por ejemplo los de la UNCTAD. Como lo hemos dicho, tres conceptos fundamentales que presiden las responsabilidades entregadas a las Naciones Unidas debieran servirle de guía: el de la seguridad colectiva política, el de la seguridad colectiva económico-social y el del respeto universal a los derechos fundamentales del hombre, incluyendo los del orden económico, social y cultural, sin discriminación alguna.
 
Damos particular importancia a la tarea de afirmar la seguridad económica colectiva, en la cual tanto han insistido recientemente Brasil y el Secretario General de las Naciones Unidas.
 
Como paso importante en esta dirección, la organización mundial cuanto antes debiera hacer realidad la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, fecunda idea que llevó el Presidente de México, Luis Echeverría, a la Tercera UNCTAD. Como el ilustre mandatario del país hermano, creemos que “no es posible un orden justo y un mundo estable en tanto no se creen obligaciones y derechos que protejan a los estados débiles”.
 
La acción futura de la colectividad de naciones debe acentuar una política que tenga como protagonistas a todos los pueblos. La Carta de las Naciones Unidas fue concebida y presentada en nombre de Nosotros los Pueblos de las Naciones Unidas”.
 
La acción internacional tiene que estar dirigida a servir al hombre que no goza de privilegios sino que sufre y labora: al minero de Cardiff, como al “Fellah” de Egipto; al trabajador que cultiva el cacao en Ghana o en Costa de Marfil, como al campesino del altiplano en Sudamérica; al pescador de Java, como al cafetalero de Kenya o de Colombia. Aquélla debiera alcanzar a los dos mil millones de seres postergados a los que la colectividad tiene la obligación de incorporar al actual nivel de la evolución histórica y reconocerle “el valor y la dignidad de persona humana’, como lo contempla el preámbulo de la Carta.
 
Es la tarea impostergable para la comunidad internacional, asegurar el cumplimiento de la estrategia para el Segundo Decenio del Desarrollo y poner este instrumento a tono con las nuevas realidades del Tercer Mundo y con la renovada conciencia de los pueblos.
 
La disminución de las tensiones en las relaciones entre países, el progreso de la cooperación y el entendimiento, exigen y permiten simultáneamente reconvertir las gigantescas actividades destinadas a la guerra en otras que impongan, como nueva frontera, atender las inconmensurables carencias de todo orden de más de dos tercios de la humanidad. De modo tal que los países más desarrollados aumenten su producción y empleo en asociación con los reales intereses de los países menos desarrollados. Sólo entonces podríamos hablar de una auténtica comunidad internacional.
 
La presente Asamblea deberá concretar la realización de la Conferencia Mundial para establecer el llamado derecho del mar; es decir, un conjunto de normas que reglen, de modo global, todo lo referente al uso y explotación del vasto espacio marino, comprendido su subsuelo. Es esta una tarea grandiosa y promisoria para las Naciones Unidas, porque estamos frente a un problema del cual recién la humanidad, como un todo, adquiere conciencia, y aún muchas situaciones establecidas pueden conciliarse perfectamente con el interés general, Quiero recordar que cupo a los países del extremo sur de América Latina -Ecuador, Perú y Chile- iniciar hace justo veinte años esta toma de conciencia, que culminará con la adopción de un tratado sobre el derecho del mar. Es imperativo que este tratado incluya el principio aprobado por la Tercera UNCTAD sobre los derechos de los estados ribereños a los recursos dentro de su mar jurisdiccional y, al mismo tiempo, cree los instrumentos y los mecanismos para que el espacio marino extrajurisdiccional sea patrimonio común de la humanidad y sea explotado en beneficio de todos por una autoridad internacional.
 
Reafirmo nuestra esperanza en la misión de las Naciones Unidas. Sabemos que sus éxitos o sus fracasos dependen de la voluntad política de los estados y de su capacidad para interpretar los anhelos de la inmensa mayoría de la raza humana. De ellos depende que Naciones Unidas pueda ser un foro meramente convencional o un instrumento eficaz.
 
He traído hasta aquí la voz de mi patria, unida frente a las presiones externas. Un país que pide comprensión. Que reclama justicia. La merece, porque siempre ha respetado el principio de Autodeterminación y ha observado estrictamente el de No Intervención en los asuntos internos de otros estados. Nunca se ha apartado del cumplimiento de sus obligaciones internacionales y ahora cultiva relaciones amistosas con todos los países del orbe. Cierto es que con algunos tenemos diferencias, pero no hay ninguna que no estemos dispuestos a discutir, utilizando para ello los instrumentos multilaterales o bilaterales que hemos suscrito. Señores Delegados: he querido reafirmar, así, enfáticamente, que la voluntad de paz y cooperación universal es una de las características dominantes del pueblo chileno. De ahí la resuelta firmeza con que defenderá su independencia política y económica, y el cumplimiento de sus obligaciones colectivas, democráticamente adoptadas en el ejercicio de su soberanía.
 
En menos de una semana, acaban de ocurrir hechos que convierten en certeza nuestra confianza de que venceremos pronto en la lucha entablada para alcanzar dichos objetivos. La franca, directa y cálida conversación sostenida con el distinguido Presidente del Perú, general Juan Velasco Alvarado, quien reiteró públicamente la solidaridad plena de su país con Chile ante los atentados que acabamos de denunciar ante ustedes; los acuerdos de CIPEC, que ya cité; y mi visita a México.
 
Es difícil, casi imposible, describir la profundidad, la firmeza del apoyo que nos fue brindado por el Gobierno y el pueblo mexicano. Recibí tales demostraciones de adhesión del Presidente Echeverría, del Parlamento, de las universidades y sobre todo del pueblo, expresándose en forma multitudinaria, que la emoción todavía me embarga y me abruma por su infinita generosidad. Vengo reconfortado, porque después de esa experiencia sé ahora, con certidumbre absoluta, que la conciencia de los pueblos latinoamericanos acerca de los peligros que nos amenazan a todos, adquiere una nueva dimensión, y que ellos están convencidos de que la unidad es la Única manera de defenderse de este grave peligro.
 
Cuando se siente el fervor de cientos de miles de hombres y mujeres, apretándose en las calles y plazas para decir con decisión y esperanza: “Estamos con ustedes, no cejen, vencerán”, toda duda se disipa, toda angustia se desvanece. Son los pueblos, todos los pueblos al sur del Río Bravo, que se yerguen para decir: “¡Basta! ¡Basta a la dependencia! ¡Basta a las presiones! ¡Basta a la intervención! ” Para afirmar el derecho soberano de todos los países en desarrollo, a disponer libremente de sus recursos naturales.
 
Existe una realidad, hecha voluntad y conciencia. Son más de doscientos cincuenta millones de seres que exigen ser oídos y respetados.
 
Cientos de miles y miles de chilenos me despidieron con fervor, al salir de mi patria, y me entregaron el mensaje que he traído a esta Asamblea Mundial. Estoy seguro que ustedes, representantes de las naciones de la tierra, sabrán comprender mis palabras. Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los grandes valores de la humanidad, en la certeza de que esos valores tendrán que prevalecer. ¡No podrán ser destruidos! (OVACIÓN)».

Discurso pronunciado en La Habana el 13 de diciembre de 1972

«Pueblo de Cuba; Queridas compañeras y estimados compañeros de La Habana; 

Comandante y amigo, Primer Ministro de Cuba revolucionaria, Fidel Castro (aplausos);

Compañeros y amigo, Presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós (aplausos);

Compañeras y compañeros dirigentes del Partido Comunista de Cuba (aplausos);

Invitados de otros países amigos que asisten a este multitudinario acto de masas;

Cubanos y chilenos:
 
Levanto mi voz con profunda emoción en esta plaza donde tradicionalmente se reúne el pueblo para escuchar la palabra de Fidel y de los dirigentes de la revolución. Lo hago frente a la estatua de Martí, que cobra vida y presencia con el calor del pueblo (aplausos); lo hago con el sentimiento agradecido, porque hace unos minutos el Gobierno Revolucionario de Cuba ha honrado a Chile en mi persona al darme 1a más alta distinción que pudiera recibir en mi vida de revolucionario, al entregarme la medalla de José Martí. (Aplausos.) Yo sé que ella pertenece al pueblo chileno, que siempre estuvo y estará junto a1 pueblo de Cuba y a su proceso revolucionario. (Aplausos.)
 
Vine, por vez primera, en enero de 1959 y prácticamente todos los años, hasta 1968, concurrí a Cuba para estar junto a su pueblo y ver cómo se afianzaba su conciencia revolucionaria, cómo los conductores de la revolución y cómo Fidel Castro daban el ejemplo de una voluntad creadora para derrotar al imperialismo y hablar el lenguaje de solidaridad a través del mundo.
 
Vine a Cuba y tuve la oportunidad y el privilegio, junto a estar al lado del guajiro, del estudiante y el soldado, de conocer a hombres que tuvieron y tienen influencia decisiva en el proceso revolucionario latinoamericano.
 
Conversé con Camilo. (Aplausos.) Y más de una vez mis manos arrojaron al mar, en nombre de mi pueblo, las flores que se juntaban con las de ustedes para recordar al guerrillero desaparecido. (Aplausos.)
 
Creo que tengo derecho, y me honro al hacerlo, a decir que fui amigo del comandante Ernesto Che Guevara. (Aplausos.) Y guardo un ejemplar de su libro Guerra de guerrillas, que me dedicara fraterrisliísente. Y con su espíritu amplio, me decía allí con su letra dibujada por la fraternidad: «A Salvador Allende, que por otros medios busca lo mismo. Afectuosamente, Che». (Aplausos.)
 
Y en mi patria vivimos con inquietud las horas duras del guerrillero que entregara su vida por la emancipación de los pueblos latinoamericanos. Y como amigo, comprendiendo la magnitud de su sacrificio, cumplí el deber de acompañar a los que fueron sus compañeros en la lucha hasta Tahití, para que pudieran volver después a su patria. (Aplausos.)
 
He tratado a Raúl Castro, a los compañeros dirigentes; he conversado largas y largas horas con Dorticós y con Fidel.
 
Por eso, Martí tenía razón cuando escribió:
 
La América, al estremecerse al principio de siglo desde las entrañas hasta las cumbres, se hizo hombre, y fue Bolívar. No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre. A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.
 
Aquí, en Cuba, apareció el hombre, síntesis del pueblo: ¡Fidel Castro! (Aplausos.)
 
He vivido, junto a ustedes, acontecimientos que no podré olvidar: la hora del triunfo, en enero de 1959; llegué pocas horas des pués de Playa Girón, donde el pueblo cubano derrotara, aplastara, diera una lección de heroísmo al derrotar a los malos cubanos contrarrevolucionarios, agentes del imperialismo (aplausos); estuve en esta misma plaza en 1962, cuando se hiciera la Segunda Declaración de La Habana. Y dijo Fidel:
 
«Ahora sí la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia … Porque esta gran humanidad ha dicho: ¡basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia … (Aplausos.)
 
Por eso es que puedo decir más que otros que he visto desde sus horas iniciales el largo y duro y sacrificado camino que ha andado el pueblo de Cuba, venciendo el bloqueo económico, derrotando la insolencia imperialista, afianzando su conciencia revolucionaria y consolidando su conciencia política. Lo he visto haciendo producir la tierra, levantando escuelas, trazando caminos, atendiendo los enfermos, empujando su economía.
 
Pero, por sobre los esfuerzos que implicaba luchar por una zafra más alta y mejor, por sobre el sacrificio está el ejemplo: el ejemplo de un pueblo que señala al mundo una nueva moral, que dice a América Latina que hay un lenguaje nuevo en la ética revolucionaria, que pueblo y dirigentes conjugan.
 
Y Cuba enseña a América Latina y al mundo su clara concepción del internacionalismo proletario. Y porque hay esa nueva moral, porque hay esa nueva conciencia, porque está aquí latiendo la voluntad revolucionaria ejemplar de un pueblo, la delegación chilena y el compañero Presidente que les habla han podido sentir la emoción viril que hemos sentido cuando este pueblo acoge la generosa iniciativa de Fidel Castro para arrancarse un pedazo de pan y entregarlo a mi pueblo que lucha contra el imperialismo. (Aplausos.)
 
¡Gracias. Simplemente, gracias, queridos compañeros! Se las doy en nombre de los niños de Chile, de sus mujeres, de sus ancianos.
 
Gracias, queridos compañeros. (Aplausos.)
 
Pero la historia ya nos vinculó en los albores de nuestra lucha por la independencia. Y no lo traigo a colación por la generosa proposición de Fide) -que la ignoraba-. Lo digo porque es bueno entender que, antes que nosotros, otros hombres también sintieron la necesidad de ser solidarios. Cuando Cuba luchaba por su independencia, un chileno fue enviado por nuestro Gobierno para organizar un ejército que viniera a estar al lado de ustedes. Y yo leí a mi pueblo la proclama que Vicuña Mackenna entregara a conocimiento del mundo cuando llamaba a estar junto a los cubanos, al lado de ellos, en su lucha por su independencia. (Aplausos.)
 
Y otro hombre nuestro, dirigente revolucionario en esa época, Guillermo Matta, le decía al país: «¿Por qué el Gobierno de Chile no diría que Céspedes y los revolucionarios de Cuba están haciendo lo que nuestros padres hicieron, y por cuyas acciones les decretamos f la inmortalidad y el bronce de nuestras estatuas?».
 
Así comprendían los revolucionarios chilenos la lucha del pueblo cubano. Así señalaban la vida de los que dieron su vida por hacer independiente a Cuba.
 
¡Por eso la historia de ayer viene hoy día a unirse con la actitud fraterna, solidaria, generosa, para señalar que ayer, hoy y siempre, Cuba y Chile marcharán unidos!
 
Ya hace cerca de un año el pueblo de Cuba estuvo en Chile en la persona del comandante Fidel Castro y de una delegación que visitara nuestra patria. Allá Fidel, como era lógico imaginarse, recibió el embate insolente de los proimperialistas y los profascistas. Pero recibió el calor del minero con quien dialogó en la dura pampa del salitre o en las montañas cerca de Chuqui, recibió el afecto del campesino del valle central, y el ovejero de la estepa magallánica lo recibió a pesar del frío con el calor humano que entregara al hermano que llegaba desde esta tierra.
 
Chile oyó su palabra: nos entregó su experiencia, nos habló con el lenguaje de la realidad, y fortaleció la fe de nuestro pueblo en sus propias fuerzas. Y al hablar de su pueblo y de ustedes, hizo entender a muchos que la revolución es sacrificio, generosidad, renunciamiento; que los revolucionarios tienen que sentir la necesidad de entregarse plenamente para afianzar la independencia de su patria, y trabajar para que las generaciones del futuro no sufran lo que hemos sufrido estas generaciones.
 
Por eso la presencia de Fidel significó fortalecer la fe revolucionaria del pueblo chileno y la fe revolucionaria de los pueblos latinoamericanos. (Aplausos.)
 
Y con esa sencillez del maestro, dijo en Chile:
 
Si me preguntan qué está ocurriendo en este país, sinceramente les diría que en Chile está ocurriendo un proceso revolucionario. Y nosotros incluso a nuestra revolución la hemos llamado un proceso. Un proceso todavía no es una revolución. Hay que estar claros. Un proceso es un camino, es una fase que se inicia.
 
El revolucionario, el orientador y guía de un pueblo que llevaba viviendo diez años tensos, sacrificados y duros, le decía a nuestro pueblo que todavía no alcanzaban a plenitud la revolución. Le enseñaba a nuestro pueblo a meditar lo que es el proceso revolucionario y lo que significa la revolución, para poner atajo a los que piensan que se construye el socialismo por decreto o para decirles también a los reacios que la revolución implica inquebrantable fe en las masas y en el pueblo.
 
Por eso he recordado esas palabras de Fidel: porque fue una de las tantas caras lecciones, y realistas, que entregara a Chile en la etapa inicial de su proceso; de su proceso caracterizado por la voluntad de las masas de conquistar nuestra independencia económica.
 
Para ello: erradicar el capital foráneo, recuperar las riquezas esenciales en manos del imperialismo, profundizar una reforma agraria, nacionalizar los monopolios en manos del capital extranjero y nacional, controlar el comercio de importación y exportación, nacionalizar los bancos, ¡y sobre todo incorporar a los trabajadores, al pueblo, a la clase obrera, a la dirección del proceso revolucionario, a la dirección del propio Estado chileno!
 
Por eso, compañeros, Chile recibió a Fidel. La clase obrera, los trabajadores, la juventud y las mujeres del pueblo le dieron su afecto y su respeto.
 
Y yo quiero expresarles a ustedes cómo la delegación que presido ha sentido el afecto de Cuba y de su pueblo por Chile y sus trabajadores.
 
Al llegar en un día domingo, en la noche, cuando yo pensaba -y los compañeros también- que el cansancio de la espera había desilusionado a muchos, sentimos que las calles de La Habana tomaban luz de afecto y de cariño. Y la presencia multitudinaria en ellas señalaba la voluntad de ustedes de expresarnos su solidaricdad frente al. ataque y la agresión contra nuestra patria, Y al día siguiente, en camino a Varadero, en cada recodo estaba el pueblo: los muchachos, los niños, las madres, los trabajadores. Y ayer hemos sentido de cerca, en otro trozo de Cuba, la presencia del campesino. Y esta noche, como despedida, esta plaza repleta en una concentración multitudinaria difícil de superar viene a reafirmar su vocación latinoamericana; viene a decir que no soñamos cuando creemos que algún día será verdad la frase escrita allí: « ¡Desde el río Bravo a la Patagonia, un solo pueblo: América Latina! ». (Aplausos.)
 
Queridos compañeros: cada país tiene su propia historia, su idiosincrasia, sus costumbres, ha vivido de manera diferente las distintas etapas de su proceso social.
 
Chile, el pueblo, las masas populares, de acuerdo con nuestra propia historia y realidad, han alcanzado el Gobierno para desde allí conquistar el poder.
 
Es muy difícil, dentro de los marcos de una democracia burguesa, impulsar un auténtico proceso revolucionario. Pero hemos avanzado y lo seguiremos haciendo. Y lo hacemos cumpliendo con nuestra conciencia, con el programa que levantamos frente al pueblo, y con la decisión de los que están abriendo el camino a una nueva sociedad y que empiezan a destruir el carcomido régimen capitalista para edificar el socialismo.
 
Por ello, también Fidel Castro en uno de sus discursos nos dijo:
 
Porque como hemos expresado en otras ocasiones, no son los revolucionarios los inventores de la violencia. Fue la sociedad de clases a lo largo de la historia la que creó, desarrolló e impuso su sistema, siempre mediante la represión y la violencia. Los inventores de la violencia fueron en todas las épocas los reaccionarios, los que impusieron a los pueblos la violencia fueron en toda época los reaccionarios.
 
En nuestro país hemos conquistado el Gobierno a través de la expresión de la voluntad mayoritaria. Hemos dicho que el pueblo no busca ni quiere la violencia. Hemos hecho entender -y el pueblo lo sabe- que la violencia está institucionalizada en el régimen capitalista, que golpea implacablemente a las masas populares. En mi patria no hemos usado la violencia, pero sentimos la violencia agresivp, del imperialismo que, como lo dijera Fidel, con nuevos métodos, más sutiles, pero directamente agresores, levanta un cerco para estrangular económicamente a nuestra patria.
 
Sentimos la violencia que quisieron desatar -hasta llevarnos a una posible guerra civil- los bastardos intereses de las empresas transnacionales como la ITT, y llegaron en sus tenebrosas maquinaciones hasta a asesinar al comandante en jefe del Ejército, general René Schneider.
 
Fue el pueblo, fue la clase obrera, fueron las masas populares chilenas las que se movilizaron para defender su victoria. No la victoria de un hombre: la victoria esperada de un pueblo. Fue la lealtad ejemplar de las Fuerzas Armadas de mi patria, fuerzas profesionales respetuosas de la voluntad popular, las que aplastaron a la insolencia imperialista y a la propia reacción chilena.
 
Por eso -y como lo ha dicho Fidel- se lo hemos dicho muchas veces a nuestro pueblo: no queremos la violencia. Utilizamos el marco cerrado de una institucionalidad burguesa para defender el derecho de Chile a transformar las estructuras económicas y crear una nueva sociedad. Pero también les hemos advertido a los imperialistas -y por eso utilicé la tribuna de las Naciones Unidas, que es el foro internacional más importante- para señalar que no nos van a doblegar, que no nos van a impedir que construyamos por nuestra propia voluntad nuestro propio destino. Fui a acusar, ante la conciencia del mundo, las tenebrosas maquinaciones de las empresas transnacionales. Y he dicho allí y lo he dicho en Chile, que nosotros -que no queremos la violencia- a la contrarrevolución y a la violencia reaccionaria responderemos utilizando primero la ley, después utilizaremos la violencia revolucionaria.
 
Por eso cuando Chile, frente a una realidad impostergable, nacionalizó su riqueza fundamental, el cobre, se desató toda la campaña que ha golpeado a nuestro país desde fuera y desde dentro. Ya Fidel les dio algunas cifras, yo quiero que no olviden dos o tres más que les voy a entregar.
 
Porque los pueblos como el nuestro son pueblos potencialmente ricos, que han vivido, como consecuencia de la dirección impuesta por los grupos privilegiados que han conquistado el poder sobre la base del dinero, hipotecando nuestro futuro. Somos pueblos que hemos vivido pidiendo prestado, y sin embargo somos exportadores de capitales.
 
Y todos sabemos la relación dialéctica que hay entre el subdesarrollo y el imperialismo: existe el imperialismo porque existe el subdesarrollo, y está presente el subdesarrollo porque existe el imperialismo.
 
En mi país, que tiene la más grande mina de tajo abierto de cobre del mundo -Chuquicamata-, que tiene la más grande mina de cobre que se trabaja en las profundidades de la tierra -El Teniente-, que tenemos las más grandes reservas de cobre del mundo, en mi país hace 42 0 44 años, generosamente considerado, las empresas imperialistas invirtieron -si es que llegaron- una suma cercana a los dieciocho o veinte y tantos millones de dólares. Y han retirado -¡óiganlo bien, hermanos cubanos!-, han retirado de Chile 4.200 millones de dólares en ese tiempo.
 
Nosotros no hemos confiscado -porque la Constitución política no lo permitía- las empresas, las hemos nacionalizado. Eso sí, históricamente reivindicamos el derecho a aceptar para ellas una utilidad del 12 %, y descontamos de las potenciales indemnizaciones toda utilidad superior a esta cifra. Y como algunas empresas – ¡óiganlo bien, compañeros cubanos! – llegaron a obtener el 21, el 30, el 77, el 210 % de utilidades algunos años, descontando el excedente sobre el 12 %, no recibieron indemnización. Pero nos hemos hecho cargo de las deudas de esas compañías, porque ellos no reinvirtieron utilidades sino que contrataron empréstitos y créditos para ampliar planes de producción que fracasaron. ¡Es el pueblo de Chile el que debe pagar 726 millones de dólares de los créditos de esas compañías! Así hemos procedido, dentro todavía de un criterio jurídico, modificando la Constitución que un Congreso -en que el Gobierno es una aplastante minoría- aprobó por unanimidad.
 
Y, sin embargo, desconociendo las resoluciones internacionales, desconociendo la aplicación de las normas constitucionales de mi patria, desconociendo la soberanía de Chile, el fallo de nuestros propios tribunales, han intentado en los tribunales de otros países que se embargue nuestro cobre, o el valor de él, para crearnos dificultades comerciales.
 
Por eso, ante la conciencia del mundo acusé también a la Kennecott, como acusara a la ITT, de tratar de agredir a Chile para barrenar las bases del Gobierno y recuperar sus privilegios.
 
Cuando los pueblos sean Gobierno; cuando las masas populares -y no será tarde— adquieran la dimensión de su fuerza; cuando el campesino sepa que le entrega el pan, y el minero la riqueza; cuando la mujer de este continente se canse de llorar, reclamando alimento para sus hijos; cuando América sienta el llamado de la historia, entonces hablaremos el lenguaje común, y entonces estará presente en la plenitud de sus derechos el pueblo revolucionario que con el machete en la mano desbrozó la maleza imperialista para levantar la caña fresca y dulce de la amistad latinoamericana. (Aplausos.)
 
¡Viva Cuba revolucionaria! (Aplausos y exclamaciones de: «¡Viva!».)
 
¡Vivan los pueblos latinoamericanos! (Aplausos y exclamaciones de: «¡Vivan!».)
 
 
¡Vivan los jefes y el pueblo revolucionario! (Aplausos y exclamaciones de: « ¡Vivan!». )
 
¡Gracias, compañero y amigo, comandante de la esperanza latinoamericana, Fidel Castro! (Ovación.)».

Discurso "Manifiesto al País" pronunciado el 24 de Agosto de 1973

«Al país:

La Cámara de Diputados ha aprobado, con los votos de la oposición, un acuerdo político destinado a desprestigiar al país en el extranjero y crear confusión interna. Facilitará con ello la intención sediciosa de determinados sectores.
 
Para que el Congreso se pronuncie sobre el comportamiento legal del Gobierno, existe un solo camino: La acusación constitucional según el procedimiento expresamente contemplado por la Constitución. En las elecciones parlamentarias últimas sectores opositores trataron de obtener dos tercios de los senadores para poder acusar al Presidente. No lograron suficiente respaldo electoral para ello. Por eso, ahora, pretenden, mediante un simple acuerdo, producir los mismos efectos de la acusación constitucional. El inédito acuerdo aprobado no tiene validez jurídica alguna para el fin perseguido, ni vincula a nadie. Pero contiene el símbolo de la renuncia por parte de algunos sectores a los valores cívicos más esenciales de nuestra democracia.
 
En el día de anteayer, los diputados de oposición han exhortado formalmente a las Fuerzas Armadas y Carabineros a que adopten una posición deliberante frente al Poder Ejecutivo, a que quebranten su deber de obediencia al Supremo Gobierno, a que se indisciplinen contra la autoridad civil del Estado a la que están subordinadas por mandato de la Carta Fundamental, a que asuman una función política según las opiniones institucionales de la mayoría de una de las ramas del Congreso.
 
Que un órgano del Poder Legislativo invoque la intervención de las Fuerzas Armadas y de Orden frente al Gobierno democráticamente elegido, significa subordinar la representación política de la Soberanía Nacional a Instituciones Armadas.
 
 
El Presidente de la República, en uso de sus atribuciones privativas, ha confiado responsabilidades ministeriales a las Fuerzas Armadas y Carabineros para cumplir en el Gabinete un deber superior al servicio de la paz cívica y de la Seguridad Nacional, defendiendo las instituciones republicanas frente a la insurrección y terrorismo. Pedir a las Fuerzas Armadas y Carabineros que lleven a cabo funciones de gobierno al margen de la autoridad y dirección política del Presidente de la República es promover al golpe de Estado. Con ello, la oposición que dirige la Cámara de Diputados asume la responsabilidad histórica de incitar a la destrucción de las instituciones democráticas, y respalda de hecho a quienes conscientemente vienen buscando la guerra civil.
 
La democracia chilena es una conquista de todo el pueblo. No es obra ni regalo de las clases exploradoras y será defendida por quienes, con sacrificios acumulados de generaciones, la han impuesto.
 
Con tranquilidad de conciencia y midiendo mi responsabilidad ante las generaciones presentes y futuras, sostengo que nunca antes ha habido en Chile un Gobierno más democrático que el que me honro en presidir, que haya hecho más por defender la independencia económica y política del país, por la liberación social de los trabajadores. El Gobierno ha sido respetuoso de las leyes y se ha desempeñado en realizar transformaciones en nuestras estructuras económicas y sociales.
 
Reitero solemnemente mi decisión de desarrollar la democracia y el Estado de Derecho hasta sus últimas consecuencias. Y como dijera el pasado día 2 en carta al presidente del Partido Demócrata Cristiano, “es en la robustez de las instituciones políticas donde reposa la fortaleza de nuestro régimen institucional”.
 
El parlamento se ha constituído en un bastión contra las transformaciones y ha hecho todo lo que ha estado en su mano para perturbar el funcionamiento de las finanzas y de las instituciones, esterilizando cualquier iniciativa creadora. Anteayer la mayoría de la Cámara de Diputados, al silenciar toda condena al terrorismo imperante, en el hecho lo ampara y lo acepta.
 
Con ello facilitan la sedición de los que quisieran inmolar a los trabajadores que bregan por su libertad, económica y política plenas. Por ello me es posible acusar a la oposición de querer impedir el desarrollo histórico de nuestra legalidad democrática, elevándola a un nivel más auténtico y alto. Pretenden ignorar que el Estado de Derecho sólo se realiza plenamente en la medida que se superen las desigualdades de una sociedad capitalista.
 
Con estas acciones la reacción chilena descubre ante el país entero y el mundo los intereses egoístas que defiende.
 
Hoy cuando la reacción embiste de frente contra la razón del derecho y amenaza de muerte a las libertades, cuando los trabajadores reivindican con fuerza una nueva sociedad, los chilenos pueden estar seguros de que el Presidente de la República, junto al pueblo, cumplirá sin vacilaciones con su deber, para asegurar así la plena realidad de la democracia y las libertades dentro del proceso revolucionario. Para esta noble tarea convoco a los trabajadores, a todos los demócratas y patriotas de Chile.»

Discursos pronunciados desde La Casa de la Moneda en Santiago de Chile, el 11 de septiembre de 1973

7:55 A.M. Radio Corporación

«Habla el presidente de la República desde el Palacio de La Moneda. Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso y que la ciudad estaría ocupada, lo que significa un levantamiento contra el Gobierno, del Gobierno legítimamente constituido, del Gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano.

En estas circunstancias, llamo a todos los trabajadores. Que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan la calma y serenidad. Hasta este momento en Santiago no se ha producido ningún movimiento extraordinario de tropas y, según me ha informado el jefe de la Guarnición, Santiago estaría acuartelado y normal.

En todo caso yo estoy aquí, en el Palacio de Gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al Gobierno que represento por voluntad del pueblo. Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la Patria, que han jurado defender el régimen establecido que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas. En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero presidente de la República».

8:15 A.M.

«Trabajadores de Chile:

Les habla el presidente de la República. Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la Provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del Ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar las instrucciones que emanan de la Presidencia. Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el Gobierno de los Trabajadores. Tengan la certeza que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de Noviembre de 1976. Deben permanecer atentos en sus sitios de trabajo a la espera de mis informaciones. Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la Patria».

8:45 A.M.

«Compañeros que me escuchan:

La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participan la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada. Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse. Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida».

9:03 A.M. Radio Magallanes

«En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato consciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.

Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra… rota la doctrina de las Fuerzas Armadas.

El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor».

9:10 A.M.

«Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición».

Discursos de Salvador Allende