"Hipócritas", artículo publicado en ABC el 19 de enero de 1962

«Los que se amedrentan y atemorizan ante las explosiones termonucleares por vía de ensayo y no tuvieron escrúpulos para lanzar la primera bomba atómica sobre los seres indefensos de Hiros­hima.

Los que condenaron al fuego hombres y ciudades y en Núremberg se erigieron en jueces de los criminales de guerra.

Los que hoy, pusilánimes y temblorosos, llaman la atención sobre el peligro comunista y se aliaron con el comunismo entregándole como botín patrias y culturas.

Los que alardean, vocingleros, de anticomunistas y en el fondo “buscan anhelantes una formula de coexistencia que, les permita vivir tranquilos, aunque millones de hombres continúen gimiendo como esclavos.

Los que firman, alcanzan y establecen bases estratégicas de carácter militar en países a los que llaman amigos y luego los abandonan indiferentes y mudos cuando estos países se encuentran en el momento difícil.

Los que incitan a la lucha por la libertad movilizando voluntades con espíritu de sacrificio y después, iniciada la lucha, permanecen impasibles ante la represión brutal del enemigo.

Los que hicieron su historia y su grandeza volando buques y atribuyendo culpas para justificar la intervención armada en beneficio propio y ahora se escandalizan de sus mejores discípulos.

Los que hablan de libertad de pensamiento y de libertad de prensa y de un modo sistemático y con arreglo a prejuicios irreformables ahogan ciertas noticias, las desfiguran o las inventan y en vez de una censura inspirada, aunque cometa errores, en el bien común, crean tantas censuras solapadas y clandestinas, como intereses sectarios o grupos de presión económi­ca y política.

Los que presumen de anticolonialistas y al exigir la independencia y la autodeterminación de los pueblos subdesarrollados, pretenden uncirlos al yugo de una total dependencia económica.

Los que quisieron o toleraron la división de Berlín, de Alemania, de Corea y del Vietnam y se rasgan las vestiduras y atropellan el derecho por la división del Congo.

Los que facilitaron armas, brindaron aliento y proporcio­naron la mayor propaganda gratuita a Fidel Castro y se estremecen ante los horrores del sistema y, lo que es más grave, ante su enorme fuerza de contagio.

Los que mantienen relaciones diplomáticas con las naciones ocultas tras el telón de acero o el telón de “bambú” y pata­lean si otros gobiernos de la órbita occidental aspiran a seguir su ejemplo.

Los que juegan a mantener gobiernos liberales sin apoyo popular autentico y sin obra social entre las manos, a sabien­das de su enorme debilidad para oponerse al marxismo.

Los que ofrecen millones en concepto de ayuda generosa y abonan precios de hambre por la riqueza obtenida en los países a los cuales la ayuda se ofrece.

Los que predicaron los derechos del hombre y, sin embargo, le arrancan el derecho a la vida al impedir los movimientos migratorios, condenar al hambre a millones de ciudadanos y esti­mular sin preocupaciones morales el control de los nacimientos y el aborto (más de un millón y medio de abortos provocados en las clínicas oficiales del Japón en 1.960).

Los que hablan de democracia, de sufragio universal y de un hombre, un voto, y después condicionan el voto al pago de un impuesto para evitar el voto de los negros pobres o al conoci­miento del inglés para evitar el voto de los ciudadanos de raíz cultural distinta.

Les que exigen el respeto a las minorías y ahogan con hábil y paciente terquedad a las que existen dentro de las propias fronteras.

Los que mientras favorecen las llamadas reivindicaciones territoriales de otras naciones, mantienen con orgullo colonias inútiles en países soberanos.

Los que hacen del pacifismo y de la no violencia adagio y norma de conducta y usan la fuerza cuando así lo consideran oportuno.

Los que a un tiempo atropellan al débil y observan una actitud de cobarde respeto frente al vecino poderoso que los ofende.

Los que se dicen defensores ardientes del mundo occidental y abren, negociando a espaldas de Occidente, un portillo por el cual un rio de divisas occidentales contribuye a aumentar la fuerza del comunismo.

Los que nos ofrecen su amistad y a estas alturas y refiriéndose al descubrimiento de América se atreven a escribir con carácter oficial: “It was no accident that the voyages which led to the discovery of America were led by an Italian. Italian seamanship was supreme. The exploration of the Western Hemisphere was a direct result of the inquiring mind of 15th century Italy“, desco­nociendo y despreciando así la obra de España.

Los que eluden el vocablo Hispanoamérica y no estarían dis­puestos a consentir que se hablase de África latina.

Los que lisonjean al llamado catolicismo liberal y progresista y buscando su colaboración y ayuda “bajo el lema de comprensión, dialogo y caridad, acaban, cuando triunfan, persiguiendo y aniquilando a la Iglesia de Cristo.

Pero, nada es tan oculto que no se haya de manifestar, ni tan secreto que al fin no se sepa. (San Lucas XII, 2). En estos años hemos aprendido muchas cosas, tantas y tan graves que a nuestros hermanos podemos repetir aquello de Cristo: “guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía».

Mística y política de la Hispanidad pronunciado el 19 de abril de 1969

«La Hispanidad es un vocablo de uso corriente entre nosotros, y hasta se atisban o vislumbran de un modo confuso, al pronunciarlo, algunas de las ideas que en el vocablo se esconden y contienen. Hoy, la Hispanidad circula como una moneda de valor y cuño conocidos.

Pero a nosotros, ahora y en este momento, nos incumbe algo más que recibir la moneda, examinarla superficialmente y dejarla correr en el mercado. Desaprovecharíamos con estúpida frivolidad esta ocasión que la Providencia nos depara si no intentáramos -con la impresión de riesgo que la aventura implica- retirarnos con esa moneda a nuestro estudio a fin de considerarla con atención y minuciosa simpatía, de repasar, despacio y con amor, las honduras y el perfil de sus relieves, de recitar con pausa sus orlas y leyendas y de extrañarnos en su hechura para conocer con detalle su ingrediente y la ley que norma y preside su íntima aleación.

¿Cómo y cuando se ha elaborado y construido la doctrina de la Hispanidad? ¿Cuáles son sus principios ideológicos? ¿Cuál es la empresa, el programa, el quehacer de la Hispanidad?

Porque, ciertamente, nosotros no hemos inventado la Hispanidad. Nos hemos limitado a bautizarla, a darle un nombre. Monseñor Zacarías de Vizcarra, Obispo Consiliario general de la Acción Católica Española, fue el feliz descubridor de la palabra. Y Ramiro de Maeztu, uno de sus teóricos y expositores, el que la propaga y vulgariza. Pero la Hispanidad estaba ahí. Nosotros no la hemos edificado ni constituido. Nos hemos limitado a declararla, a proclamarla, a quitar los velos que la cubrían.

Nos ha sucedido con la Hispanidad aquello que acontece con los astros y con los dogmas. No son nuevos, no nacen de la noche a la mañana. No se crean, ni se inventan cada día.

El astro esta en su sitio, girando en su órbita desconocida para nosotros, hasta que llega un instante en que la triple concurrencia de un observador agudo, de un tiempo bonancible y de un instrumento hábil señalan, con precisión y exactitud, la diáfana presencia de la antes ignorada criatura sideral.

El dogma, igualmente, está embebido, navegando en el tesoro de la Revelación tradicional y escrita, vagamente percibido, expuesto a los choques de la discusión y la disputa, hasta que, agudizada la perspectiva histórica y asistido por la infalibilidad prometida cuando se trata de los graves asuntos que atañen a la Fe, el Romano Pontífice declara la verdad que, so pena de herejía, deben aceptar y creer los hijos de la Iglesia.

Los mismos contradictores de la Hispanidad, los de dentro y los de fuera de nuestra dimensión geográfica, han contribuido, sin saberlo, a aclarar sus contornos. La reciedumbre y agresividad de sus ataques nos revelaba que había algo de peso que atacar, y como reacción y contraste, aquello que insultaban, menospreciaban y zaherían atrajo la curiosidad de muchos; al principio. con las precauciones y cautelas de algo que se reputa vergonzante y prohibido y, al fin, con el ímpetu, el entusiasmo y la generosidad de una causa que se estima grande y bella a la vez.

Fue así como una generación, luego conocida como la generación de la esperanza, pudo tener la sensación, espiritual y física, de que una entera y prolija comunidad humana había vivido en la plenitud de la Hispanidad. La Hispanidad comenzó a percibirse cuando, por paradoja, empezó a retirarse, cuando dejo de vitalizar el conjunto, y ello por la sencilla razón de que, al igual que el hombre, las colectividades tienen un sistema nervioso que acusa la incomodidad y la falta de salud.

Estamos en el camino de retorno, enfermos, si, pero con la ilusión rejuvenecida y alimentada por el tesoro de la experiencia. Esa experiencia, necesaria siempre, que cursa a los hombres y a las sociedades, que les da un cierto sentido para discernir y ponderar, nos ha revelado ahora, de un modo clarividente, que nuestro error, error grave y colectivo, no fue otro que asociar la quiebra del Imperio a la quiebra de la Hispanidad, es decir, de los principios ideológicos que la habían estructurado en el curso de tres siglos de amorosa convivencia.

No fuimos capaces de percibir que el Imperio -aquel Imperio sin imperialismo, como alguien ha estampado con letras de molde- era tan sólo una fórmula política, un expediente pasajero, contingente, susceptible de mudanza y de cambio, sin que por ello padeciera la Hispanidad.

La Hispanidad era lo permanente, el espíritu con fuerza y energía creadora y fecundante, capaz de corporeizarse, de hacerse visible y operar a través de esquemas distintos. Estimamos que al devenir insuficiente e inservible la fórmula, también lo sustantivo se encontraba en liquidación, y con infantil alegría emprendimos la subasta.

De otro lado, no supimos tampoco caracterizar y calificar el hecho doloroso de la separación. Creímos que las Provincias emancipadas hacían, con el gesto independiente, una manifestación tajante, definitiva y pública de repudio a la España materna y progenitora que, cubierta de luto, lloraba la incomprensión de sus hijas, cuando la realidad era que la España de comienzos del XIX era la hija mayor que había desfigurado su rostro, la “vieja y tahúr, zaragatera y triste” que dibujara Antonio Machado y que repelía a la más noble juventud de América. Las provincias españolas de América y de Asia, Hispanoamérica y Filipinas, repudiaron a esa España en metamorfosis que se había traicionado a sí misma, pero no repudiaron a la Hispanidad. Más aún, por ser fieles a la Hispanidad, por entender que la España de su tiempo no respondía a las exigencias ideológicas del mayorazgo, se hicieron independientes y soberanas. No fue la Enciclopedia, ni un afán de mimetismo -aunque todo ello tuviera su influjo-, lo que produjo el parto de veinte naciones en la configuración política del universo. Fue un proceso desintegrador, incubado y desarrollado exclusivamente de puertas para adentro, la lucha entre el absolutismo centralizador de la monarquía borbónica de signo francés y el régimen tradicional criollo de los Cabildos abiertos y de los Congresos generales; y aunque después el alejamiento de la Hispanidad se generalizara -que no fue vano el grito suicida de “¡Libertémonos de nuestros libertadores!”-, lo cierto es que la Independencia fue desgajamiento de España y afirmación de Hispanidad

La España oficial, el equipo dirigente de la Nación, había renegado de los valores que nos engendraron a la existencia histórica. Ya el 30 de marzo de 1751, el Marqués de la Ensenada escribía al embajador Figueroa: “Hemos sido unos piojosos llenos de vanidad y de ignorancia.”

De aquí, al análisis exacerbado y punzante de los hombres del XIX no había mas que un paso. Como escriben Areilza y Castiella en su magnífica obra Revindicaciones de España, la postración nacional, subsiguiente la Independencia y emancipación americana, se halla atravesada por un río caudaloso de hipercrítica afrancesada y liberal que se suma satisfecha a la tesis de la “leyenda negra”, que comparte, saboreándolos, los puntos de vista de nuestros enemigos y que asienta y consolida la tesis de la decadencia española como algo fatal e inherente a la Nación.

Cuando llega el año del desastre, cuando es preciso, ante la perdida de Cuba y Filipinas recoger la bandera y apretar los dientes, exclamando con versos del poeta Ramos Carrión:

“Hoy desmayada y triste con humildad se pliega amarilla de rabia y roja de vergüenza”, España se hunde en una atmósfera de hastío y de fatiga. Hay como un dolor amargo, como una temperatura alocada y febril que hace, en su delirio, bancarrota de valores . Todo se ha vuelto triste y feo. Se diagnostica, con nausea, de nuestra Historia y de nuestro presente. Para Unamuno, “los pueblos de habla española están carcomidos de pereza y de superficialidad”. Baroja asegura que América y el catolicismo son las dos trabas que habían entorpecido la grandeza de España. Costa propone que se cierre con dos llaves el sepulcro del Cid, y Cánovas, el restaurador, comentando, a su modo, la Constitución de 1876, afirma con sarcasmo y con burla que “son españoles… los que no pueden ser otra cosa”.

¿Cómo sorprendernos, pues, ante esta condenación brutal de nuestro pasado histórico, de aquellas generaciones hispanófobas y positivistas que subsiguen a los libertadores de América? ¿Cómo admirarnos de los insultos de Sarmiento y de la frase terrible del ecuatoriano Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo: “Vivimos en la ignorancia y en la miseria”? ¿Cómo extrañarnos de aquel grito: “¡Despañolización!”, que fórmula el chileno Francisco Bilbao, o del ímpetu soñador de Luis Alberto Sánchez, que quiere “hacerlo todo de nuevo, y todo sin España”?

Hoy, el transcurso del tiempo, la serenidad y la pausa de la investigación y el acontecer histórico nos permiten asignar a ese conjunto histérico y dramático de vejaciones y denuestos su alcance limitado.

Si en un principio los hombres que presentían la Hispanidad podían sentirse irritados e increpar a los enemigos como se increpa a Calibán, el monstruo shakesperiano: “te doy el don de la palabra y con ella me maldices”, en la hora presente os habéis dado cuenta, vosotros los hispanoamericanos, de que “hablar mal de los conquistadores -como ha dicho el uruguayo José Enrique Rodó- es hablar mal de vuestros abuelos, porque más tenéis vosotros de tales conquistadores que aquellos que permanecimos en la Península”; y nos hemos dado cuenta, nosotros los españoles -como escribe Ramiro de Maeztu-, que al fin y al cabo es preferible que nos insulte un hombre de Hispanoamérica a que nos adule Mr. Taft, porque cuando alguno de vosotros nos insulta, nos insulta porque nos quiere, porque, a despecho de sus palabras, le hierve la sangre española, le duele España y quisiera transfundirla y rehacerla a imagen y semejanza de su ideal.

¡Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimiento! Porque hay un dolor que naufraga en la angustia y que termina en la tragedia suicida del nihilismo. Pero hay también un enfoque cristiano del dolor que nos refugia en la eternidad, que nos hace humildes, que nos purifica y eleva, que nos devuelve y retorna la voluntad de vencer, con un firme y definitivo propósito de la enmienda.

Nosotros no detestamos el dolor de los hombres que vivieron la amargura del desastre. Lo que repudiamos en algunos es el derrotero espiritual y político de su dolor, el ver tan solo “una España que muere y otra España que bosteza”, el no descubrir, como Rodó, la España niña, la España núbil que aguarda la hora propicia de enviar al mundo el mensaje nuevo de su eterna y vigorosa juventud.

Por eso, porque en mi Patria hubo una alegre y heroica juventud que creía en la España núbil, porque alguien dijo, frente al sarcasmo de Cánovas, que “ser español era una de las pocas cosas serias que se podía ser en el mundo”, porque no creímos en la decadencia que es fruto de una enfermedad interna, sino en la derrota por imperios rivales; porque entendimos que es estúpido dar la razón a los vencedores por el hecho simple de su victoria; porque hay una diferencia clara entre los vencidos después de la lucha y los cobardes que de la lucha desertan, nos pusimos en pie dispuestos a romper para siempre las dos grandes losas que angustiaban la vida de la Nación: por abajo, la losa de la injusticia social, y por arriba, la falta de un sano y auténtico patriotismo. Aspiramos a empalmar el ayer con el mañana, a fundir lo social y lo nacional bajo las exigencias religiosas, y a aupar a España buscando su esencia y su quehacer histórico, porque, como reza un himno: “del fondo del pasado nace mi revolución”.

Mas no creáis que aquella etapa de la amargura y del cansancio se presenta tan oscura y sombría. Un instinto casi irracional pugnaba por abrirse paso en una atmósfera saturada de reservas. A su conjuro, las naciones de nuestra común estirpe se sabían hermanas, compañeras de un destino unánime, personajes de igual categoría en una empresa universal y humana.

En la vía próxima de la auscultación, acercando el oído al aliento popular, estaba claro que una misma lengua permitía comunicarse y entenderse a los hombres que vivían del norte al sur y del este al oeste de aquella dilatada vastedad. Andrés Bello, el insigne venezolano, entiende que frente a todo separatismo lingüístico, “esta unidad de lengua hay que conservarla celosamente, como el vinculo inmortal de España con las naciones de América que de España descienden, como un medio providencial de comunicación y un vinculo fraterno entre las naciones de origen hispano”. Por esta razón, Andrés Bello, al escribir su Gramática castellana para americanos, emula la misión de Antonio de Nebrija y, siguiendo su pauta, el argentino Amado Alonso, el venezolano Rafael María Baralt y los colombianos José Eusebio Caro, Rufino José Cuervo y Mario Fidel Suárez, con plenitud de facultad y de derechos, legislan acerca de nuestro idioma. José Martí, artífice de la independencia cubana, escribe sin ambages: “Buena lengua nos dio España”, agregando: “Quien quiera oír Tirsos y Argensolas ni en Valladolid mismo los busque…, búsquelos entre las mozas apuestas y los mancebos humildes de la América del Centro, donde aún se llama galán a un hombre hermoso, o en Caracas, donde a las contribuciones dicen pechos, o en Méjico altivo, donde al trabajar llaman, como Moreto, hacer la lucha”. Y es que, de una parte, mientras mas se estudia el habla criollo, tanto más se convence uno de que muchas voces y giros que en América se estiman de origen guaraní, quechua o araucano son genuinamente españolas, y, de otra, que siendo patrimonio común el castellano, un giro que nace en Castilla no tiene más razones para prevalecer e imponerse que otro nacido en Lima o en Tegucigalpa.

Se produce así un fenómeno de intercambio y ósmosis. Rubén Darío y Valle Inclán popularizan entre nosotros los llamados americanismos. Se fundan, en pleno siglo XIX, las Academias americanas de la Lengua correspondientes de la Española, y en el II Congreso de las mismas, celebrado en Madrid en el año 1956, se reafirma la unidad del lenguaje y, como una prueba de tolerancia y de abertura, se reconoce, admite y legitima el “seseo”.

Ese examen de lo auténticamente popular, por encima de la extravagancia y desentrenamiento de las clases mas cultas, pone de relieve el origen peninsular del folklore de Hispanoamérica. Como dice Joaquín Rodrigo, la primera música que llega al Nuevo Mundo es la música popular española: los sones de guitarra, las coplas y los bailes del pueblo; y es esta música la que, al entrar en colisión con la música aborigen, la desaloja en parte de los oídos y de la memoria y en parte se mezcla y se funde con ella. De este modo, la ranchera de Méjico, el merengue de Santo Domingo, el son-chapín de Guatemala, el punto guanasteco de Costa Rica, el joropo de Venezuela, el bambuco de Colombia, la marinera del Perú, la cueca de Chile, la samba argentina, el yaraví de Bolivia y la guarania del Paraguay, responden a una temática común de ritmo y de armonía y denuncian el aire familiar hispánico. No hay en ellos, como escribe Barreda Laos, ni estridencias ni saltos acrobáticos; hay suavidad y dulzura de abandono. Hispanoamérica, cuando se aparta del snobismo de la moda y baila con su propio sentido, busca la gracia leve del arte y no el automatismo mecánico de los pies; se entrega a la melodía del alma y huye del ruidoso estrépito del “jazz”.

En uno y otro lado se conservan, al través del tiempo, las mismas canciones populares. Pedro Massa, argentino, escucha emocionado, a la altura de Baeza, una seguidilla familiar en su patria:

“Me enamoré -jugando-
de una María;
cuando quise olvidarla
ya no podía.”

Y en Santiago del Estero aún se escuchan coplas del cancionero medieval de España:

“Las estrellas del cielo
son ciento doce;
con las dos de tu cara,
ciento catorce.”

¡Cómo admirarnos, pues, de la influencia de Albéniz en los músicos criollos y de la acogida fraterna en la península de vuestras canciones, que repiten sin cansancio de los oyentes las orquestas y los tríos musicales, y que se ponen de moda y se escuchan desde Madrid y Barcelona hasta los cortijos andaluces y los caseríos de Navarra! Es que existe un fondo lírico y musical común adentrado en la conciencia de los hombres hispánicos, los cuales, ante un ritmo concreto, levantan el espíritu, se contagian de alegría o de tristeza, esbozan una sonrisa de humor o empanan los ojos con lagrimas leves y furtivas.

En esa vida diaria y popular, lejos de las urbes abigarradas y cosmopolitas, se conserva profundo y enraizado el sentimiento hispánico de las nacientes soberanías. En los campos abiertos, en la pampa, en la sabana y en el llano sobre los corceles que arrancan su linaje de los caballos andaluces que sirvieron de cabalgadura a los hombres de la conquista, los vaqueros de Méjico, los guasos de Chile, los gauchos del Río de la Plata, los llaneros de Venezuela y los cow-boys de los Estados Unidos, contribuyen, con su anónimo cabalgar, a la extensión de las fronteras.

La estampa airosa del caballo sirve de trampolín para el recuerdo de la conquista. “después de Dios, debemos la victoria a los caballos” había escrito Bernal Díaz. “A la Jineta -asegura el Inca Garcilaso -se gaño mi patria”

Sin duda por ello, Santos Chocano canta la epopeya de los corceles andaluces:

“¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales.
¡No! No han sido los guerreros solamente
de corazas y penachos y tizonas y estandartes
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes.
Los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes.
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los nos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras y en los bosques y en los valles
Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!”

Todo aquello que sirve de talismán y de piedra de toque para que el alma del pueblo, sin engaño y sin artificio, se manifiesta y se desborda, trasluce de inmediato una misma conformación espiritual. Y así, el cine, ese espectáculo de masas, a pesar de la técnica y del respaldo económico de los que han convenido en llamarse países adelantados, no tiene eco y resonancia de taquilla, no desborda las salas de espectáculos, hasta que Cantinflas, Sandrini o José Luis Ozores no reproducen la comicidad de nuestros ambientes, hasta que Pedro Armendáriz o Pablito Calvo no representan en la pantalla todo el tramado de pasión y de ingenuidad de nuestros hombres, hasta que María Félix o Carmen Sevilla no dibujan, con su donaire y con su garbo, un modo especial de entender la belleza.

Este transfondo de unidad se palpa cuando lo “nuestro”, lo de “todos”, tiene que luchar y que enfrentarse con una circunstancia hostil o indiferente. Así, en Nueva York, todos los años se celebra el desfile de los “hispánicos”, cuyo contingente más numeroso, los emigrados de Puerto Rico, han hecho del castellano un idioma familiar en la urbe y obligatorio en las escuelas; y en Los Ángeles, donde los nietos de mejicanos continúan hablando su lengua de origen, y donde los “espaldas mojadas”, al rellenar los cuestionarios oficiales, ponen orgullosamente en la. casilla señalada para el país de procedencia, spanish, es decir, “hispánico”.

Hombres de nuestros países luchan y trabajan en los países ajenos como en el propio. Los reveses de la fortuna o de la política no impelen ni constriñen a una radical expatriación, porque, sobre unas fronteras artificiales, se repite y reproduce el ambiente de familia.

Hay fenómenos que, no obstante afectar de un modo directo e inmediato a una de las naciones que integran nuestro mundo, dan origen en todas ellas a una tensión unánime, profunda y general. La guerra de España, el justicialismo de Perón, el A. P. R. A. del Perú, los movimientos políticos de Belice y el fidelismo cubano son hechos palpables y suficientes que explican, sin aclaraciones ni comentarios, la realidad operante de esta conciencia colectiva de los pueblos hispánicos.

Esa conciencia colectiva está como traspasada e impregnada de una profunda religiosidad. Los avatares de la Independencia, la ausencia de clero y su falta de ejemplaridad en muchos casos, la instigación y la propaganda de las sectas, el Estado agnóstico o beligerante en la persecución y la escuela laica, no han sido capaces de arrancar el sentido católico romano de nuestros pueblos. Aunque es verdad, como alguien ha dicho, que son muchos los hispánicos que no acuden a las iglesias, la realidad es que, en su inmensa mayoría, en su unidad moral, viven en la Iglesia y se saben miembros de su mística corporeidad.

Por mucho que se haya intentado identificar a la Iglesia con la antigua Monarquía española, dando a entender que era patriótico luchar contra ambas, lo cierto es, como demuestra Hichard Patte, que la Independencia de las naciones hispanoamericanas. nada tuvo que ver con la Iglesia como tal; no hubo entonces, durante las jornadas difíciles y turbulentas de la emancipación, ni un solo caso de anticlericalismo ni de hostilidad a la Iglesia, y el mismo Bolívar, en sus consejos, tantas veces, por cierto, desatendidos, dice textualmente: “Me permitiréis que mi último acto sea el recomendaros que protejáis la santa religión que profesamos y que es el manantial abundante de las bendiciones del cielo.”

Entre esas bendiciones, aquella que ha servido para mantener esa confirmación católica del Continente americano de origen español, ha sido, sin temor a dudas, la devoción a la Virgen. Bajo el signo de María se descubre América. La jornada memorable del descubrimiento estaba ya bajo el dulce y amoroso patrocinio de la Señora y como si ello no fuera bastante la misma Señora alzó en aquella mañana todo un mundo nuevo arrancado de las tinieblas de lo desconocido, pare elevarlo aún más alto en el trono de su reinado maternal.

Bajo el signo de María se fundan las ciudades como La Paz, La asunción o Nuestra Señora del Buen Aire, se bautizan ríos y ensenadas, se erigen escuelas y universidades, y en la roca del Tepeyac se aparece nuestra Madre al indio Juan Diego, se dibuja y reproduce en su tilma y, como queriendo refrendar desde la altura la Hispanidad naciente, le habla al indio en castellano e inunda su mantón, cuando el Obispo Zumarraga le exige las pruebas del prodigio, con un manojo fragante de rosas de Castilla.

María deviene así la Regina Hispaniarum Gentium El Gobierno independiente de Caracas jura defender; como lo habían hecho tantos municipios españoles, el privilegio de la Concepción Inmaculada de la Señora, y la Señora, bajo las bellas y emotivas advocaciones de Luján, del Carmen y la Aparecida, de la Caridad del Cobre, de la Alta Gracia, de Caacupé, de Copacabana, de Chiquinquira, de Coromoto, de Suyapa, , de la Merced, es proclamada Patrona Celestial de los países soberanos e independientes de Hispanoamérica.

Este fenómeno de la unidad, lleno de vida y palpitación, no podía por menos de conmover y subyugar a quienes en América hispana y Filipinas advenían a la cultura libres de prejuicios y con lealtad, valor e intrepidez bastantes pare hacer tabla rasa de los mismos. Ellos son los que integran esa generación de la esperanza a que antes aludíamos, una generación cuya perenne fidelidad nos asegura, para un futuro quizá próximo e inmediato, un trueque de rotulo y bandera. Porque la esperanza, como la fe, en frase de San Pablo, son virtudes para la dureza, la austeridad, la zozobra y la incertidumbre del camino, y siendo la caridad la virtud que permanece a la llegada, cuando la unión y la entrega se consuman, nos es lícito entender que a muchos de estos esforzados caballeros de la Hispanidad, entrevistos por la mirada soñadora de Maeztu cabrá en suerte la providencial tarea de tejer y edificar, con su amor y su talento, la continuidad de los pueblos hispánicos.

En esta línea de pensamiento, al proyectar sin celajes la mirada sobre el tremendo episodio de la conquista y del trasvase subsiguiente por España a los pueblos de América del tesoro envidiable de la cultura cristiana y occidental, que otros países europeos, por contraste, guardaron con celo para sí, se multiplican las frases, los párrafos, las estrofas, los libros de admiración, de agradecimiento y de sorpresa.

En Ecuador, Montalvo no vacila en decir: “¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre y de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti lo debemos. Yo, que adoro a Jesucristo y que hablo la lengua de Castilla, ¿cómo habría de aborrecerla?” Y Benjamín Carrión estampa sin miedo esta frase tan bella: “España, que nos hizo la visita de las carabelas, nos dejo la herencia de la cruz y la lengua, la lealtad, el honor y la aventura”. Y José Rumazo, el poeta de hoy, escribe: “Recordada en la sangre, España mía.”

“Renegar de España, el punto de partida -escribe el argentino Manuel Ugarte- , es edificar en el viento”. “España -dice el también argentino Julio Soler Miralles- nos ha dado la concepción del hombre cabal. Por ello y porque nos ha dado aquello que vale más que la vida, que es el estilo y la fe, que Dios la bendiga.” Y hasta el propio Juan Domingo Perón, hubo de afirmar: “Si la América española olvidara la tradición que enriquece su alma… y negara a España, quedaría instantáneamente baldía.”

“Si hemos de mantener alguna personalidad colectiva -argumenta el uruguayo José Enrique Rodó- necesitamos conocernos en el pasado, divisarlo por encima de nuestro suelto velamen y confesar la vinculación con el núcleo primero. Sólo así -concluye- tendremos conciencia de continuidad histórica, abolengo, solar y linaje en las tradiciones de la humanidad civilizada.”

“Hemos sido educados en la leyenda negra -grita con ademán airado el chileno Augusto Fontaine Aldunate- cuando nos son precisas y con urgencia lecciones de hispanidad, es decir, de un modo noble y señorial de ser y de comportarse como hombre.”

«¿Por qué se oculta en las historias oficiales de mi país -nos dice el mejicano Alberto Escalona Ramos- que durante los siglos virreinales Méjico era la capital de un mundo que se alargaba desde Honduras. al Canadá?» «¿Es qué acaso se quiere -como protesta Vasconcelos con su indignación justificada- que reneguemos de un pasado grandioso, que liquidemos nuestra médula cristiana y española y nos transformemos y convirtamos en parias del espíritu?» «¿Es qué se olvida que tan sólo España es -como afirma don Alfonso Reyes- el camino de nuestra América?» «¿Es qué acaso España no es la Madre y -como asegura Porfirio Díaz- sigue siéndolo, porque las maternidades no prescriben?»

“Nosotros somos, amigos europeos -dice como en una arenga el nicaragüense José Coronel Urtecho-, la España americana” “España está en nosotros” -escribe su compatriota Ycaza Tijerino-. “Y nosotros -agrega el colombiano Eduardo Caballero Calderón- salvaremos la levadura española en los pueblos de Hispanoamérica, porque España es como una levadura sin la que el pan puede, desde luego, fabricarse, mas con el castigo casi bíblico de que ni la masa crece ni el pan se degusta.»

España está así como metida en el alma de Hispanoamérica, y son los versos, la expresión más alta y encendida de la belleza, los que se desbordan en rimas subyugantes.

En Méjico, Amado Nervo, en su poema “Águilas y leones”, escribe:

¡Oh España…!
Los pueblos hermanos que en ti fijos
tienen los grandes ojos, negros. soñadores,
te brindan sus estrellas, sus manos enlazadas,
sus vivos gorros frigios.
¡Somos de raza de águilas y de leones!
Tengamos esperanza.

Y en Guatemala, Manuel José Arce y Valladares, en “Los argonautas vuelven», dice:

Y una raza -india, núbil- desgarrada
en la violencia del primer encuentro;
y el abrazo de sangre del mestizo
como tierno maíz al sol granado.
La cruz proliferó las selvas vírgenes,
de sol de fe de España jamás puesto,
y mi sol tropical hinchó de zumos,
de oro y de glorias nuevas toda España.

Y en Panamá, Enrique Grenzier, grita:

¡Mentira! Tú no estás en decadencia,
noble, gloriosa, bendecida España.
No estás en decadencia como dicen,
estás en gestación cual la crisálida.

Y en Venezuela, Andrés Eloy Blanco, en su “Canto a España”, casi reza:

Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Occidente.
Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Colón,
frente al sol, las pupilas, contra el viento la frente,
y en la arena sin mancha, sepultado el talón.
Halla en España mimos y en América arrullos,
¡el mismo vuelo tiendan al porvenir las dos!
y el mundo estupendo verá las maravillas
de una raza que tiene por pedestal tres quillas
y crece como un árbol hacia el cielo, hacia Dios.

Y en Colombia, José Joaquín Ortiz, se expresa de este modo

El recuerdo de España
seguíamos doquiera.
Todo nos es común: su Dios, el nuestro,
la sangre que circula por sus venas
y el hermoso lenguaje;
sus artes, nuestras artes, la armonía
de sus cantos, la nuestra;
sus reveses,
nuestros también, y nuestras
las glorias de Bailén y de Pavía.

Y en Chile, Gabriela Mistral, en “Salutación”, amonesta:

“Y he dicho al descartado que destiñe lo nuestro que en español es más profundo el Padrenuestro. Soy vuestra y ardo dentro la España apasionada como el diente en el rojo millón de la granada. Os fue dada por Dios una virtud tremenda: el ganar el botín y abandonar la tienda; perder supieron sólo España y Jesucristo, y el mundo todavía no aprende lo que ha visto.”

Y en Argentina, Ignacio B. Anzoátegui, en , proclama:

Presencia
del cielo de España
que puso una cruz en el cielo,
para que la ausencia
tuviera un poco de España y de anhelo.
Y en Paraguay, José Antonio Bilbao, se emociona:
Tú, madre España, patria antigua, gozas
tu piel de mar a mar bien extendida
-camino de tu sangre y de tus rosas-
estás con sangre a nuestra piel cosida.

En Filipinas, Manuel Bernabé, canta:

Filipinas, la Virgen marinera
salta de una ribera a otra ribera
montante en trampolín de nipa y caña,
y os trae, como regalos del Oriente,
los dos soles que bailan en su frente:
la fe de Cristo y el amor a España.

Y Claro Mayo Recto, en Elogio del Castellano, nos arenga:

No en vano por tres siglos tus ejércitos
han levantado en mi solar sus tiendas,
y vieron el prodigio de mis lagos
y de mis bellas noches el poema;
no en vano en nuestras almas imprimiste
de tus virtudes la radiosa estela
y gallardos enjoyan tus rosales
plenos de aroma las nativas sendas.
No morirás en este suelo
que ilumina tu luz; quien lo pretenda
ignora que el castillo de mi raza
es de bloques que dieron tus canteras.

Pero no basta con este cambio de mente. Era preciso que un soplo de primavera llegara hasta nosotros e hiciera florecer en nuestro invierno helado las flores fraternales de una misma esperanza. Fue Rubén, el poeta de los cisnes, las princesas y las crisálidas el que nos trajo el mensaje de las ínclitas razas ubérrimas, el que infundió, al brindarnos la estupenda y melodiosa, energías nuevas para deshacer la farándula deambulante y perezosa de la vida nacional y convertirla en una empresa dinámica, tensa y contagiosa:

“¿Quién será el pusilánime
que al vigor español niegue músculo
que al alma española
juzgase artera, ciega y tullida?
Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos,
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente.
Juntas las testas ancianas ceñidas de lincos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora.
¡Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispana fecunda!”

Ganivet, en su Ideario español, ya había escrito: “Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas.” Pero es Ramiro de Maeztu, el convertido, el que había anhelado ir “hacia la otra España”, el que escribe, sembrando la fe: “La obra de España, lejos de ser ruina y polvo, es una fabrica a medio hacer, como la Sagrada Familia de Barcelona o la Almudena de Madrid o, si se quiere, una flecha caída a mitad del camino que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida que esta pidiendo los músicos que sepan continuarla.”

“El ideal hispánico esta en pie y, por mucho que se haga por olvidarlo, mientras lleven nombres españoles la mitad de las sierras del globo, la idea nuestra seguirá saltando de los libros de la mística a las paginas graves y solemnes de la historia universal.”

Este bagaje ideológico y emotivo movilizo a los nuevos alarifes, a los músicos noveles, a los guerreros barbilampiños a continuar la obra interrumpida, la sinfonía inacabada, a encorvarse hasta el suelo, a tomar la flecha y acerarla con precisión pare abrirse camino en la fronda y en la maraña de los errores, de las calumnias y las desidias.

Ahí estaban las más recientes interpretaciones de la América española, que era preciso examinar con agudeza y desenmascarar con denuedo.

En primer lugar, la que estima el paso de. España como algo advenedizo y extraño que se yuxtapone a la población autóctona y que es preciso sacudir y expulsar con objeto de que aquellas espléndidas civilizaciones vernáculas recobren su vigor y su grandeza primitivos. La América española es una creación artificial, lo que cuenta es Indoamérica, e indigenismo se llama la doctrina redentora que es necesario predicar frente a la opresión de la conquista.

Se utilizan los tópicos conocidos, se montan leyendas con hecatombes de indios pacíficos e inocentes y de tal modo se exagera la nota de brutalidad de los españoles, que Clemente Orozco, uno de los mas grandes pintores mejicanos, no ha podido por menos, criticando el indigenismo, que escribir estas paginas humorísticas: “La Conquista no debió haber sido como fue. En lugar de capitanes crueles y ambiciosos, España debió mandar una delegación numerosa de etnólogos, antropólogos, arqueólogos, ingenieros civiles, cirujanos, dentistas, veterinarios, médicos, maestros rurales, agrónomos, enfermeras de la Cruz Roja, filósofos, filólogos, biólogos, críticos de arte, pintores murales y eruditos en Historia. A1 llegar a Veracruz, desembarcar de las carabelas carros alegóricos enflorados y en uno de ellos Hernán Cortes y sus capitanes, llevando sendas canastillas de azucenas y gran cantidad de flores, confetis y serpentinas para el camino de Tlaxcala. Y después de rendir pleito homenaje al poderoso Moctezuma, establecer laboratorios de bacteriología, neurología, rayos X, luz ultravioleta, un departamento de asistencia pública, universidades, kindergartens, bibliotecas y bancos refaccionarios… Poner a Alvarado, a Ordaz, a Sandoval y demás varones fuertes de gendarmes, a cuidar las ruinas… Aprender ellos mismos los 782 idiomas diferentes que se hablaban. Respetar la religión indígena… Impulsar los sacrificios humanos, con departamento de engorde y maquinaria moderna para refrigerar y enlatar y sugerirle, muy respetuosamente, al gran Moctezuma que estableciera la democracia en el pueblo, pero conservando los privilegios de la aristocracia.”

Pero es que la construcción ideológica de Indoamérica es radicalmente falsa en su base y deletérea edemas, si de la misma se deducen sus naturales consecuencias.

Es falsa en su base porque, sin perjuicio de los abusos inherentes a toda empresa humana, la médula del quehacer español en América no fue otra que la expansión del Evangelio. La Conquista no fue encomendada a empresas comerciales, provistas de concesiones y privilegios, que asegurasen, en todo caso, rentas ajustadas a la Corona, ni fue tampoco el resultado de una huida de grupos disidentes que buscaban cobijo a su preciosa libertad. La empresa española fue una empresa del pueblo y del Estado, fieles, absolutamente fieles, a la convicción ortodoxa que pliega y subordina los intereses temporales al mas alto servicio de Dios y de las almas.

Por esto -y vuelvo a repetir que sin ocultar la existencia de pecados y pecadores-, cuando Alonso de Ojeda desembarca en las Antillas en 1509, no les dice a los indios que los descubridores pertenecen a una raza superior y distinta, sino que, animándoles, les enseña que “Dios Nuestro Señor, que es único y eterno, creo el cielo y la tierra y un hombre y una mujer de los cuales vosotros y yo, y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos”. “Nuestros amigos los indios”, repetirán los Reyes de España, y para ellos, para que fueran respetados y amados como iguales, se dicta ese monumento de las Leyes. de Indias, que ahí está para gloria de los hispanos y vergüenza de los fariseos que han querido ocultar sus lacras vergonzantes lanzando manotadas de cieno sobre la estampa limpia de la verdad.

Pero la construcción ideológica de Indoamérica no solo es falsa en su base, sino que es absurda en sus resultados, sobre todo si entre ellos se aspira a buscar estímulos y resortes a la unidad de nuestros pueblos. En primer lugar, países como Argentina, Uruguay y Costa Rica, donde apenas si existen vestigios de la población autóctona, quedarían automáticamente separados del movimiento;. Por otro lado, habría que detener el mestizaje, que los auténticos indigenistas han de considerar como producto híbrido, como una yerba malsana que es necesario expulsar o destruir con tanto o con mas ahínco que aquellos cuyo color y contextura siguen representando la conquista. Finalmente, conseguidas las metas deseadas y repuesta la situación en el punto de partida, en el instante mismo en que las culturas aborígenes quedaron paralizadas, nos encontraríamos con el espectáculo desesperante de miles de tribus, ligadas tan solo por el vinculo lugareño, separadas por abismos de incomprensión y de idioma, sin conciencia histórica nacional, entregadas a practicas y costumbres primitivas y, en muchos casos, despóticas y sanguinarias.

La construcción ideológica de Indoamérica es inadmisible. Si hay algo en el indigenismo que merece beligerancia y que ha de recogerse con cariño y con amor es aquello que tiene de inquietud por mejorar el nivel de vida de los indios, en demasiadas ocasiones bajo, desolador e infrahumano; lo que tiene de afán por ir agregando a la cultura a las tribus en estado salvaje; lo que tiene de ambición por ofrecerles la posibilidad de ser, como ha escrito Lain, lo que fue en su época y con respecto a los hombres de su raza, el Inca Garcilaso.

Pero esto no es otra cosa que Cristianismo a secas, continuación de esa sinfonía inacabada que hemos llamado la Hispanidad. La que prolongan, ensanchan y continúan los misioneros en las auras avanzadas de los infieles; la que hace de lo español, como escribe el chileno Jaime Eyzaguirre, no un elemento más en el conglomerado étnico, sino el factor decisivo y aglutinante, con fuerza y genio capaz de atarlos a todos, de armonizar las lenguas dispares de Méjico y hacer de Chile, no ya el nombre de un valle, sino la denominación de una vasta y plena unidad territorial.

Si alguna vez hubo desprecio hacia los indios, no fue realmente durante la Colonia, sino en los años inmediatos y subsiguientes a la emancipación. Jamás fueron escuchados de labios peninsulares sentencias tan auras como esta de Sarmiento: “Los araucanos son indios asquerosos a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos colgar ahora”; y jamas, durante la época colonial, se produjo la situación de Guatemala en 1870, cuando el Presidente Barrios anuló e incluso ordenó destruir los títulos de propiedad otorgados a los indios quiché por la Corona de España, aboliendo una situación legal avalada por siglos de existencia y deshaciendo, con daño del país, un orden económico que había traído la paz y la ventura a los indígenas.

Lo que hay de auténtico y de valioso en el indigenismo es patrimonio de la Hispanidad, en cuanto que la Hispanidad tiene un núcleo medular cristiano.

Ramiro de Maeztu, al enfrentarse con el problema “nativista”, como se llama en Brasil la doctrina que mantiene la postura indoamericana, ha escrito de modo admirable: “Cuando el azteca culto compare un día la gran promesa que significa la catedral de Méjico, con la miseria, la ignorancia y las supersticiones de muchos de sus hermanos, es muy posible que se le ocurra renegar de la promesa y declararse enemigo de la Iglesia católica. Pero también es muy posible que vislumbre que la obra de la Hispanidad no está sino iniciada, que consiste precisamente en sacar a los indios y a todos los pueblos de la miseria y de la crueldad, de la ignorancia y de las supersticiones. Y acaso entonces se le entre por el alma un relámpago de luz que le haga ver que su destino personal consiste en continuar la obra en la medida de sus fuerzas. A1 reflejo de esa chispa de luz, habrá surgido un caballero de la Hispanidad, que también podrá ser un duque castellano, o un estudiante de Salamanca, o un cura de nuestras aldeas, o un hacendado brasileño, un estanciero argentino, un negro de Cuba, un indio de Méjico o Perú, un tagalo de Luzón o un mestizo de cualquier país de América, así como una monja o una mujer intrépida, porque si un ideal produce caballeros, también han de nacerle damas que le sirvan.”.

Pues bien, si la construcción doctrinal de Indoamérica es inadmisible, no lo es menos la que, volviendo los ojos hacia el norte, defiende la postura panamericana y hace santo y seña de lo que Rodó ha llamado la “nordomanía” y que se conoce con el nombre de panamericanismo. El panamericanismo cuenta con una declaración publica, oficial y solemne en la doctrina de Monroe y con una formulación literaria, hecha desde un campo opuesto, en el mensaje a la América hispana, de Waldo Frank.

El atento examen de las fuentes mencionadas, pone de manifiesto que el panamericanismo parte de dos principios que considera incontrovertibles: que la concepción católica e hispánica es una concepción medieval fracasada y superada en la historia, que la concepción sajona y protestante constituye el nervio del porvenir. Por ello, el panamericanismo pretende la aglutinación de América y la unificación política y cultural del Continente, con arreglo a las normas e instituciones del pueblo norteamericano.

Con dicho fin, se han seguido los sistemas del “big stik” y de la ayuda económica y técnica, y se ha pasado del terreno puramente especulativo al terreno institucional, mediante la creación y perfeccionamiento de la Organización de los Estados Americanos.

En virtud de la política del “big stik”, el balance para las naciones de origen español en América ha sido tan satisfactorio como el siguiente: Los Tratados de Guadalupe, que arrancan a Méjico e incorporan a la Unión los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California, es decir, la mitad del territorio patrio; Nicaragua y Costa Rica ven hollados sus puertos y aldeas, en 1853 por las tropas de Guillermo Walker, derrotadas, al fin en Santa Marta. Cuba y Santo Domingo son ocupadas por el ejercito yanqui, quedando intervenida la aduana; Panamá se transforma en república independiente, y los Estados Unidos adquieren la zona del Canal como una concesión perpetua, que viene a ser algo así como el precio que la joven nación americana tiene que abonar para obtener su anhelada soberanía.

De la política del “big stik” , el panamericanismo pasa a la ayuda económica y técnica, que va poniendo en manos de las grandes empresas de los Estados Unidos la enorme riqueza potencial de los países de Hispanoamérica y con carácter sucesivo, se han aplicado a: los bananos, el azúcar, el petróleo, las industrias extractivas, los nudos y sistemas de comunicación y de transporte. No se trata de préstamos a largo plazo para crear riqueza nacional, sino de inversiones absorbentes del patrimonio que monopolizan fuerzas económicas tan hábiles y potentes que, a despecho de las fórmulas, tienen en sus manos la orientación social y política de los partidos y de los gobiernos. La fijación de los precios topes a las material primas y la libertad de precio para los artículos manufacturados, hace deficitaria la balanza de pagos de muchos países de Hispanoamérica, clientes únicos en el doble juego de la importación y de la exportación de los Estados Unidos.

Pero, como antes apuntábamos, el panamericanismo no se ha limitado a una formulación doctrinal y a un aprovechamiento de las distintas coyunturas para adentrarse en Hispanoamérica. El panamericanismo ha cuajado, además, institucionalmente, en la Organización de los Estados Americanos, cuyo punto de partida corresponde al año 1890, en Washington, y cuya culminación se produce al firmarse, en abril de 1948, la Carta de Bogotá. Durante este lapso relativamente corto de tiempo, el panamericanismo ha dado sus frutos y las naciones americanas de origen español han visto mediatizada, manejada y dirigida desde fuera su política internacional, puesta al servicio de intereses distintos y a veces opuestos a los suyos.

En efecto, como escribe Mario Amadeo, en ningún caso el mecanismo de seguridad colectiva o de coordinación que prevén los acuerdos suscritos por los estados integrantes de la Organización, se ha puesto en marcha para defender puntos de vista que no son precisamente los de los Estados Unidos. Cuando los Estados Unidos eran neutrales en la segunda guerra mundial, la reunión de consulta de Panamá proclamó la neutralidad más estricta. Cuando los Estados Unidos comenzaron a aproximarse a la guerra, la reunión de consulta de La Habana declaró la solidaridad ante la amenaza exterior. Cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, la reunión de Río de Janeiro recomendó declarar la guerra. Cuando los Estados Unidos empezaron a tener dificultades con Rusia, la Conferencia de Bogotá señaló el peligro de la infiltración comunista.

El panamericanismo ha despertado así una atmósfera de recelo y de resentimiento cada día más agudizado, estimándose, como dice Ycaza Tijerino, que Norteamérica no puede imponer, ni siquiera con el pretexto de la amenaza comunista, a la Organización de los Estados Americanos, al Continente y a las Repúblicas hispanoamericanas, su propio estilo de vida, sus preocupaciones políticas y sus concepciones para la realización ideológica de su destino.

La hora del momento es lo suficientemente trágica y decisiva para que soslayemos el problema bajo la excusa de la amistad. Precisamente porque nos damos cuenta del papel protagonista que los Estados Unidos desempeñan en la historia del momento y de la responsabilidad cósmica que la Providencia ha querido encomendarle, tenemos la obligación de apuntar los errores que, a la larga o a la corta, pueden redundar en su perjuicio y en perjuicio de la Humanidad.

Tarea de amigos, de amigos sinceros, es la de señalar los fallos, no para recrearse cuando los mismos se cometen, sino para avivar el punto de mira y evitarlos y prevenirlos en el futuro..

Pues bien, constituye un error tremendo y lamentable identificar con los intereses de los Estados Unidos la lucha contra el sistema comunista, de tal manera que cualquier movimiento político, cualquier reivindicación social, cualquier orientación de las corrientes comerciales que se oponga a sus programas deba estimarse que favorece al comunismo.

En primer lugar, los Estados Unidos no han sido siempre los campeones de la lucha anticomunista, ni son, desde luego, los más ejemplares. Durante la segunda guerra mundial, los Estados Unidos fueron aliados de la U.R.S.S., y a la U.R.S.S. entregaron una gran parte de Europa. En Asia cometieron la terrible torpeza de abandonar al ejercito nacionalista chino, dejando a merced de la “democracia popular” una inmensa área de territorio y más de seiscientos millones de almas. Y hoy en día, los Estados Unidos protege y ayudan, militar y económicamente, a Yugoslavia, que vive bajo la dictadura del mariscal Tito, en régimen comunista, aunque este régimen, por circunstancias más bien de tipo personal, no se halle de acuerdo con Moscú.

Yo no voy a entrar en las razones de peso que justifican este proceder de los Estados Unidos; pero quiero afirmar, de un modo rotundo, que pueden existir otras líneas de conducta de signo anticomunista mucho más tajantes y enérgicas, como lo es, a no dudarlo, la que ha seguido y viene manteniendo la política española.

Frente a un anticomunismo de coyuntura, puede existir y de hecho existe un anticomunismo sustancial, fruto de una postura radical y esencialmente hispánica.

Realizar en los países hispánicos una política que menoscabe su personalidad, tolerar o admitir que los pastores protestantes disuelvan nuestra fe, anular el ímpetu y el coraje de los movimientos nacionalistas que pretenden la consolidación política y la superación económica de nuestros pueblos, equivale a seguir una política miope, dando a entender como, sin duda, lo entienden los grupos comunistas, ortodoxos o disidentes -y ahí esta el libro de Jorge Abelardo Ramos como prueba-, que determinadas exigencias de Justicia, irrebatibles o inexorables, pueden conseguirse solamente, únicamente, adoptando una postura opuesta y refractaria a los Estados Unidos.

El panamericanismo es, por consiguiente, rechazable. Implica una desviación de nuestro sentido histórico que desconoce y ahoga la personalidad cultural y política de Hispanoamérica.

No quiere decir ello, claro es, que no sea posible aunar los esfuerzos y establecer, en el esquema mismo de la Organización de Estados Americanos, una atmósfera de convivencia fraterna. Mas para ello es preciso que, de buena gana, lealmente, con hidalga caballerosidad se reconozcan y rectifiquen los errores cometidos, se tracen las coordenadas de una actuación sincera y, sobre todo, exista un equilibrio de poder, de tal modo que no haya, como al presente -y según apunta Humberto Pasquini Usandivaras- algo así como unas acciones preferentes y de voto plural, privilegiadas y de soberanía, en la caja fuerte de los Estados Unidos y otras acciones vulgares, ordinarias, que aseguran un puesto en la Asamblea para hacer bulto y contribuir a la farsa y que están en manos de las naciones de Hispanoamérica.

Pero si son falsas e inadmisibles, como acabamos de demostrar, las construcciones doctrinales del indigenismo y del panamericanismo, no lo es menos la tesis, más hábil, enguantada y sutil que, partiendo de una supuesta filiación espiritual, minoriza la aportación española a la creación de las naciones de Hispanoamérica y habla con desenvoltura y desparpajo de América Latina.

No solo se ha intentado, por toda clase de medios, arrancar a España la gloria del Descubrimiento de América, acotando y aislando la figura del Almirante para centrar las ofrendas y las conmemoraciones en torno al llamado “Día de Colon”, sino que, además, y por añadidura, quiere desconocerse el esfuerzo, el tesón y la energía de más de trescientos años de entrega y sacrificio. Con tal fin, se inventó la frase, hoy vulgar y generalizada, de la América Latina, que muchos de vosotros y de nosotros repetimos haciendo el juego a quienes con interés y con falacia la han puesto en circulación, la han impuesto en las organizaciones oficiales y la han vulgarizado a través de sus medios poderosos de difusión y propaganda.

De acuerdo con su tesis, la noción de Hispanoamérica es incomprensible, porque en la constitución espiritual de las naciones oriundas de España, han intervenido tanto o más que los valores españoles, los italianos y los franceses.

No es posible negar que los valores franceses e italianos, como los alemanes, los ingleses o los eslavos, han producido un acrecentamiento del panorama cultural de los países de Hispanoamérica, pero negamos de una manera categórica que tales valores hayan influido en la constitución de aquellas naciones.

Si éstas -escribe el chileno Oswaldo Lira- son cada una de ellas, las mismas esencialmente que en los momentos de la Independencia -cosa que ningún patriota puede poner en duda sin renegar de sí mismo-, es necesario admitir que la afluencia de valores extranjeros no pudo tener otro alcance que el de un prodigioso enriquecimiento adjetivo del espíritu nacional.

Los valores europeos llegaron y sus posibilidades de influjo y asimilación se debieron a que, como afirma el peruano Alberto Wagner de Reina las naciones americanas de origen español habían recibido la cultura de España. Fue esta cultura, forjada al amparo de la cruz y de las cinco declinaciones latinas la que, al convertirse en columna medular de dichas naciones, las hizo capaces de aprender y asimilar las otras culturas occidentales.

El argumento de la América Latina se vuelve así en contra de sus defensores. Si en ella hay algo que no sea estrictamente peninsular, algo del espíritu francés, del italiano, del inglés o del germánico, se debe a España, que no dudo en transferir sin reservas el tesoro de su idioma y de su bagaje intelectual.

Hoy, esta verdad, clara y tajante, empieza a ser reconocida por hombres ajenos a nuestro ambiente, y así Jaques de Lauwe, en su obra L’Amérique Ibérique, escribe que la misma “constituye un mundo aparte y que es mentiroso el calificativo de Latina que se le atribuye”, y Waldo Frank, al que antes hacíamos referencia, escribe que “España esta más próxima a América que las corrientes complejas de París”.

Por tanto, si los términos Latinoamérica y América Latina sólo pretender con torpeza diluir el nombre español en fórmulas amplias y genéricas que den cabida y preponderancia -como apunta Jaime Eyzaguirre- a otras naciones, muy ilustres, pero que estuvieron ausentes en las etapas culminantes de la Conquista y de la Colonia, si dicha terminología supone, como escribe Lohman, una aberración conceptual, debemos con justicia exigir, en nombre de la historia, como pide Oswaldo Lira, y de los principios mas elementales de la filosofía de la cultura, que tales denominaciones son eliminadas y abolidas.

En los ambientes populares, incontaminados por los juegos del idioma, se palpa de inmediato lo artificioso de estas construcciones. “Vista desde Europa -dice Rodó-, -toda la América nuestra es una sola entidad que procede históricamente de España y que se expresa en idioma español.” Y apreciada desde dentro esta claro, como señala el argentino Enrique V. Corominas, que, no obstante la presión artificiosa de indigenistas, panamericanistas y latinoamericanistas, hay como una fuerza emocional y telúrica que vincula y ata a los pueblos de América en lo español y que los convierte en comunidades de ciudadanos hispanoamericanos.

Toda la argumentación desemboca, pues, en el lógico e indiscutible corolario de que la única denominación ajustada y, a la vez, comprensiva de las naciones americanas que se emanciparon de la Península, es precisamente la de Hispanoamérica o Iberoamérica, bajo la cual se comprende a la América española y a la portuguesa.

Ahora bien, si lo ibérico es algo así como la infraestructura, lo espontáneo, lo étnico y temperamental subyacente en lo español y portugués, y lo hispánico, en cambio, es la alta estructura, la determinación cultural y la forma histórica de lo español y de lo luso, resulta congruente que el vocablo más preciso es Hispanoamérica.

Almeida Garret confirma esta tesis al decir, con harta razón: “Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a peninsula hispánica”. En el mismo sentido, Ricardo Jorge dice: “Chamese Hispana a peninsula, hispano, ao seu habitante ondequer que demore, hispanico ao que lhez diez respeito”. Y Miguel Torga, el poeta portugués de nuestro siglo, no vacila en decir que su patria “termina en los Pirineos”.

Por su parte, el escritor brasileño Gilberto Freire escribe que “Brasil es una nación doblemente hispánica, la nación más hispánica del mundo por el hecho feliz de haber tenido, a la vez, una formación española y portuguesa”.

Y es que hay algo entrañable que enlaza y complementa a los dos pueblos de la Península, cantados por Camoens en la época de su máxima extensión territorial con los versos hermosos:

“Del Tajo al Amazonas el portugués impera, de un polo al otro el castellano yoga y ambos extremos de la terrestre esfera dependen de Sevilla y de Lisboa.”

La tradición hispánica pertenece por igual a las dos. naciones peninsulares, como pertenece y forma parte del de Hispanoamérica. El secreto con la continuidad, en contribuir y en mantener y desarrollar este sentimiento de tradición, en darnos cuenta del fraterno quehacer que se nos brinda y comprender a fondo aquellas palabras de Menéndez y Pelayo, según las cuales los pueblos no pueden renunciar a la cultura que les es propia, sin mengua de la parte mas noble de su ser, sin comenzar una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil.

Tal es la tarea de nuestra generación y de nuestro tiempo: dar plenitud de vigencia al ser histórico de las naciones hispánicas. Cierto que son muchos los impacientes a los que ahoga y desespera la lentitud, que son muchos los que ambicionan una superación inmediata del estadio floral, pero también es cierto que, con independencia y aún a pesar de las disquisiciones líricas y de las evocaciones sentimentales, nuestra obra esta en marcha.

En un mundo industrial y mecanizado como el mundo moderno, la enorme empresa hispánica parece caminar con lentitud, con una engañosa impresión de retraso, más ello se debe, como apunta Coronel Urtecho, a que la misma no opera, en primer lugar, sobre la superficie de la tierra, modificando los aspectos aparentes de la civilización, sino que trabaja secretamente, como un fermento,

Un patrimonio cultural que consiste en rendir culto a un esfuerzo colectivo un sentimiento de tradición, en hacer que se nos brinda, en las profundidades oscuras de la vida del hombre, en la entraña insondable de las naciones, en el subsuelo de la cultura y en el humus fecundante del sentido católico de nuestros pueblos.

En este operar callado, hemos visto aparecer, limpia y recortada, la figura de Hispanoamérica, es decir, de un conjunto de naciones que, por encima y por debajo de su lozana diversidad, tienen el común apellido de hispánicas. Más al occidente de América, el archipiélago filipino, que los españoles descubrieron y civilizaron, constituye una nación de la misma raíz y estirpe. Por último, en Europa, Portugal y España, los dos países ibéricos, peninsulares y fundadores, son también, y por las razones señaladas, substantivamente hispánicos.

Es decir, que además de los hispanoamericanos, existen los hispanofilipinos y los hispanopeninsulares. Todos ellos gozan de la hispanofiliacion e integran, por consiguiente, la Hispanidad.

Pero la Hispanidad no es solo el conjunto de hombres que gozan de la hispanofiliación, ni el marco geográfico y político en que los mismos habitan Hispanidad es, sobre todo, como apunta Lain Entralgo, un modo de ser o, como nosotros indicábamos al comienzo, el conjunto de principios vitales que un día cuajaron en un cuerpo político y que hoy, por tener como nunca el más alto grado de vigencia histórica, pueden y deben operar y manifestarse de nuevo.

La diferencia en el modus operandi radica, con respecto al pasado, en que en la oportunidad presente, no es España (y Portugal con ella) la nación portadora de tales principios. Si las naciones peninsulares fueron entonces las que infundieron Hispanidad, ahora es el conjunto de pueblos en que la Hispanidad quedo trascendida, los que, de un modo solidario, han de incorporarse a la tarea. No es, por consiguiente, que Hispanoamérica, como han dicho Pablo Antonio Cuadra y Alfredo Sánchez Bella, comience en los Pirineos; es que la unidad de Hispanoamérica procede de España y luego la comprende con el nombre de Hispanidad. Lo hispánico no es, por consiguiente, lo español; la Hispanidad no fluye, en consecuencia, de la España del momento, sino que, partiendo de la España de entonces, mana a través de los pueblos hispánicos y nutre o deja nutrir la corriente del gran Amazonas de nuestro espíritu. La Hispanidad es como una llama que, encendida con la leña ancestral de los olmos, los robles y las encinas de la Península, prende y a la vez se nutre, vigoriza y alimenta -como con bella metáfora ha dicho el uruguayo Alejandro Gallinal -con las maderas y los troncos de vuestros montes y vuestras cordilleras vírgenes.

La España actual es una entre los pueblos hispánicos, tan hija de la España progenitora, como pueden serlo Ecuador o Venezuela. La Madre Patria de que hablan con tanto amor como respeto hispanoamericanos y filipinos, es también la madre de nuestra España, a la que solo corresponde, por razón de su mayorazgo, la custodia y no la propiedad de los viejos papeles de familia. El centro de gravedad de los pueblos hispánicos, su nivel, no esta aquí ni allá, en Europa, en América o en Oceanía, está en aquel grupo de hombres que representen, en cada instante, de un modo mas fiel, exacto y preciso, los ideales de la Hispanidad.

Por eso ha podido escribirse desde América que si España dejara de existir, tragada por el mar, o hiciera traición a sus propias esencias hispánicas, la Hispanidad realizaría su propia misión sin España, esforzándose como un primer objetivo en reconstituirla y en rehacerla.

Si la Hispanidad es, por consiguiente, un fluir de vida y exigencias, se equivocan aquellos que la reducen, empequeñecen y esterilizan, confundiéndola con una mera contemplación embobada y narcisista de España en los estratos históricos superados.

La Hispanidad, sin desentenderse del pasado, aspira a trascenderlo con una dinámica permanente, pensando en la España actual y concreta, con sus virtudes y defectos; en la nación filipina, enfrentada en una lucha heroica contra valores extraños a su plasma vital; en las naciones, grandes o chicas de América, pero orgullosas de su destino.

Bajo este punto de vista, la Hispanidad supone una auténtica revolución histórica. Es más que recuerdo, empresa; más que sentimiento, voluntad de fundación. En la Hispanidad ya estamos -escribe Mariano Picón Salas-; lo que nos hace falta es su actuación eficiente, crear -como arguye Sandro Tacconi- un orden hispánico nuevo; dar forma jurídica -como quiere Martín Artajo- al conjunto de naciones hispánicas.

Había, hasta la fecha, como una cierta timidez al llegar a este punto de las conclusiones. Expuesta la doctrina, se estancaba aquí, como temiendo que alguien se escandalizara ante el anuncio de un posible encuadramiento formal de la estirpe hispánica.

¿Acaso no sería todo ello una argucia, hábilmente tejida, por la España del momento que ideara para recobrar su pasada hegemonía? Más aún, ¿acaso no sería la Hispanidad si se llegaba a tales consecuencias, un artilugio para exportar de contrabando cierta mercancía política que puede no gustar o no ser apta para ciertos ambientes?

Pero hoy, tales reservas, han sido, afortunadamente, sujetadas. El esquema jurídico en que la Hispanidad cristalice no se encuentra a priori al servicio de ninguna hegemonía, sino al servicio perfecto y colectivo de la Comunidad.

De aquí que hoy se prolongue, sin rebozos, dar contenido plástico a la unión de nuestros pueblos y realizar de algún modo -como sea, dice Alfonso Junco – su unidad política. Aunque la Hispanidad postula una actitud frente a la vida y una forma de catolicismo y de cultura pretende, como señala Ycaza Tijerino, una finalidad política. Por eso, el que no tiene conciencia política no entiende del todo la Hispanidad.

Esta exigencia política de la Hispanidad ha sido y es irrenunciable y permanente. La idea de una comunidad de naciones hispánicas -escribe el uruguayo Carlos Lacalle – no ha surgido de pronto ni la han discurrido en torno de una mesa un grupo de doctrinarios, sino que ha sido elaborada desde el día siguiente a la emancipación.

El examen de los años subsiguientes a la Independencia pone de manifiesto dos cosas: de un lado, la nostalgia de la unidad perdida, y, de otro, el anhelo, siempre reiterado, de lograrla.

Sarmiento no vacila en exclamar: “hace veinte años, un habitante de las pampas de Colombia se abrazaba en medio del Continente con otro de las pampas de Buenos Aires, y ya no ha quedado ni un solo vínculo entre los Estados vecinos”, y Ugarte escribe “que no es posible regocijarse completamente de una emancipación que, multiplicando el desmigajamiento de los antiguos virreinatos en Repúblicas a menudo minúsculas e indefensas, ha venido a sembrar el porvenir de responsabilidades históricas”.

La profunda miseria moral de las medianías que hostigaban al genio de América -dice el ecuatoriano Ulpiano Navarro-, el caudillismo montaraz de algunos jefes de Venezuela, la intriga del subsuelo, roedora y terrible, de los libertarios de Bogotá, la ingratitud de los antiguos áulicos del virreinato de los Reyes, la envidia de los estadistas del Plata fueron parte a que nuestra América, después de la guerra de la Independencia, no se constituyese con la integridad de los territorios patrimoniales.

La Independencia ha significado la disgregación -subraya Mariano Picón Salas- por haber sido realizada traicionando el ideal de los auténticos libertadores. Por ello, si la enfermedad, como asegura D’Ors, se llama nacionalismo, la salud debe llamarse anfictionía.

Y fue, efectivamente, una confederación, una anfictionía, lo que hoy, con términos más exactos, conocemos con el nombre de Comunidad, lo que se busco incluso antes de que aparecieran los primeros conatos libertadores.

En esta línea, el célebre Francisco de Miranda imaginó, por los años 1785 y 1790, formar, una vez terminada la Independencia, un Imperio Americano que se extendiera desde el Mississipi hasta la Patagonia con un monarca incaico y sistema parlamentario a la inglesa, que evitara la anarquía en el orden político y la desmembración en el orden geográfico; la Infanta Carlota-Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa de Juan VI de Portugal, ofreció desde el Brasil, a los diferentes virreyes y a las diversas Juntas de Defensa hispanoamericanas, una serie de ideas políticas renovadoras que tendían a salvar la unidad supranacional, amenazada peligrosamente por la invasión napoleónica de la Península. José Gregorio Argomedo propuso en Chile, el 18 de septiembre de 1810, un Congreso de todas las provincias de América que habría de celebrarse en el caso de ser derrotada España por los franceses; y el mejicano Lucas Alamán pidió en las Cortes de Cádiz una relativa independencia de las Colonias y una confederación de las mismas con España.

De los libertadores, sabido es como José de San Martín sacrificó su presencia en América al logro de la Unidad; O`Higgins, después de Maipu, abogó por ella, y en favor de ella se pronunciaron las Constituciones de la Independencia; e Iturbide suscribió el Tratado de Córdoba con el último virrey de Méjico, tratando de establecer una interdependencia jurídica entre la Nueva España y la Corona.

Por su parte, Simón Bolívar, antes y después de Boyaca y de Carabobo, levanto la bandera confederal, y el de septiembre de 1815 escribía: “Puesto que estas naciones tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, deben tener igualmente un solo Gobierno que confedere los diferentes Estados que hayan de formarse.”

Con absoluta fidelidad a esta idea, el Libertador como presidente de Colombia, y don Pedro Gual, como ministro de Asuntos Exteriores, facultaron a don Jaime Mosquera para la suscripción de tratados con los países fraternos, y así, después de penosas negociaciones, se firmaron, en 1822 con Perú, en 1823 con Méjico y en 1825 con Centroamérica. En el espíritu y en la letra de estos acuerdos aparece el deseo de constituir “una sociedad de naciones hermanas”, “un cuerpo anfictionico o Asamblea de plenipotenciarios que de impulso a los intereses comunes y dirima las discordias que puedan suscitarse entre pueblos que tienen unas mismas costumbres”.

Los acuerdos mencionados fueron el punto de partida del Congreso de Panamá y de Tacubaya de 1826. Bolívar, al convocarlo en 7 de diciembre de 1824, insiste en la necesidad de una “asamblea de plenipotenciarios que nos sirva de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel interpretación de los tratados. y de conciliación, en fin, de nuestras diferencias”.

El Congreso de Panamá, que terminó suscribiendo el 15 de junio de 1826 un “Tratado de unión, liga y confederación perpetuas entre las Repúblicas de Perú, Colombia, Centroamérica y Estados Unidos mejicanos”, vino a resultar inoperante no solo porque dicho acuerdo fue ratificado solo por Colombia, sino porque en 1830, la Gran Colombia, que había nacido en diciembre de 1819, se dividió en tres Estados independientes: la actual Colombia, Ecuador y Venezuela, y el 30 de mayo de 1838, el Congreso Federal de las Provincias Unidas de Centroamérica, que había surgido el 1 de julio de 1821, dejó en libertad a las mismas para constituirse como gustaren, naciendo los Estados de Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Nicaragua.

Pero los esfuerzos comunitarios han proseguido sin desaliento, tratando de suturar las piezas desatadas. Y así, Ecuador, Colombia y Venezuela firmaron, el 29 de octubre de 1948, la Carta de Quito, en la que, reconociendo la existencia de los “vínculos especiales que unen entre sí a los Estados hispanoamericanos por su comunidad de origen y cultura”, den nacimiento a la Organización Económica Grancolombiana. Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Nicaragua, con la conciencia de sentirse y saberse “partes disgregadas de una misma nación”, suscriben, el 14 de octubre de 1951, en San Salvador, la Carta fundacional de la Organización de Estados Centroamericanos. Y Chile y Argentina, el 8 de julio de 1953, firman un tratado por el que constituyen su Unión Económica.

A su vez, los países hispánicos de la Península, al calor de los embates de la última contienda universal constituyen el llamado “Bloque Ibérico”, confirmado después con las entrevistas de sus gobernantes y ampliando a colaboraciones y entendimientos que rebasan la esfera militar, como han puesto de relieve las conversaciones de Ciudad Rodrigo.

Es decir, que lenta y gradualmente, salvando prejuicios y distancias, se abre paso la empresa de comunidad inacabada en áreas regionales económica y geográficamente definidas, como un paso firme y seguro hacia la estructura mas amplia, completa y general.

En este aspecto, estimamos un error de enfoque el considerar, como lo han hecho algunos escritores hispanoamericanos, la declaración de Salta -obsesos por sus graves problemas de vecindad con los Estados Unidos-, que lo más importante y urgente es conseguir la integridad de Hispanoamérica y luego ofrecer un status especial a los países peninsulares, toda vez que la ubicación europea de los mismos les desplazan de aquella órbita continental.

Y decimos que esta corriente de opinión es equivocada porque la urgencia por atender y cubrir frentes determinados no puede oscurecer el enfoque del movimiento y la vastedad de la estructura.

La Hispanidad, modo de ser, conjunto de principios vitales, anima y federa una comunidad, a un puñado de pueblos que de ella se alimentan con el fin de realizar, a través de los instrumentos de ayuda y de trabajo que constituyen, su quehacer histórico.

Si en la hora prima de la fundación de la Comunidad estuviera ausente alguno de nuestros pueblos, se apreciaría al instante, en ese Amazonas del espíritu a que antes hacíamos referencia, no solo una falta de caudal, sino también la especia o ingrediente propio de una forma especifica de vivir la Hispanidad por el ausente.

Por otro lado, el destino de la Hispanidad es ecuménico y necesita realizarse en todas las latitudes. Habrá pues una hispanidad operante en Europa, en América y en Asia que adoptará, acomodándose a las necesidades del clima y a las coyunturas del momento, las formas de actuación que estime prudentes y acertadas.

Cada una de nuestras naciones, aisladas o desconfiante, devendría estéril y acabaría siendo anulada o absorbida. El ejemplo que nos ofrece la nación filipina, combatiendo a solas en el mar de la indiferencia, que ahora tan sólo comienza a transformarse en simpatía, pero que aún no ha llegado a cuajar en ayudas prácticas y concretas, es espectáculo y escándalo para todos y ejemplo bastante para no reducir y acotar nuestros puntos de mira.

El enfoque del movimiento hispánico y el conjunto de la estructura formal y jurídica en que el mismo se manifiesta, ha de reconocer como efectivo y operante el hecho de que en América constituimos, desde Méjico hasta la extremidad patagónica, como dice Federico García Godoy, “un gran todo sólidamente cohesionado” , y que en Europa los dos países hispánicos peninsulares, y en el Oriente Lejano la nación filipina están unidos por vínculos que nada ni nadie pueden desconocer o ignorar.

Estos vínculos hacen que la anhelada comunidad de naciones hispánicas sea mucho más hacedera de aquello que nosotros -encima de la menudencia y prolijidad de los hechos- nos figuramos.

Vivimos en la era de los grandes sujetos supranacionales. La Comunidad Británica, la Liga Árabe, las organizaciones de cooperación en Europa, la Agrupación Regional Soviética, la Seato, la misma Organización de Estados Americanos nos indican con claridad meridiana que ha llegado el momento de hacer efectiva esa homogeneidad de que hacemos gala, y superar las disputas entre naciones pequeñas que sólo redundan en beneficio de las grandes; de consumar la unidad antes de que otros la consoliden y antes, incluso, de que nos sea impuesta con un signo ideológico distinto.

Porque el problema no está en si esa unión de nuestros pueblos, esa comunidad que armonice lo diverso y variado ha de consumarse. o no, sino en si tal fenómeno ha de producirse como señala Mario Amadeo bajo el lema “Cristianismo y libertad” o bajo el lema de “Comunismo y tiranía”.

Vamos, pues, como dice el Padre Juan Ramón Sepich, a construir nuestro mundo según nuestro ser, a aunar a la “gran familia”, como añoraba el poeta uruguayo Alagarinos Cervantes, fundador de la “Revista española de ambos mundos”, y a llevar a termino su doble tarea, una que mire hacia dentro de la comunidad y otra que mira hacia fuera.

Desde el punto de vista interno, la Comunidad tiene que partir de un hecho evidente, a saber: que bajo su rubrica no solo se federan los Estados, sino que se aglutinan también los hombres de la Hispanidad. ¡Ojo Colmeiro observa con exactitud que “los hispánicos no llegan entre si a considerarse extranjeros”. Mariano Picor T Salas dice que “aún cuando empleen pabellones distintos, un chileno esta emocionalmente más cerca de un mejicano que un habitante de Australia de otro del Canadá”, y Calor Lacalle, avanzando aún más, estima “que es necesario fomentar la conciencia íntima de que el ser ciudadano de un país hispánico supone -con los derechos y deberes consiguientes- la afiliación a la Hispanidad”.

No es -como dijera Menéndez Pelayo, todavía perplejo por la incertidumbre de su época -que “gentes con un mismo origen, un mismo culto y un mismo idioma, pueden ser de distintas naciones, pero ante Dios forman una sola familia”; no se trata de crear simplemente una pura nacionalidad literaria común que haga ciudadanos de nuestro mundo, sin vinculaciones provinciales, a Agustín de Foxa, a Enrique Larreta, a Gabriela Mistral y a Juan de Ibarbourou; no se trata, en fin, de una imprecación unamunesca: “la sangre de mi espíritu es mi lengua y mi patria esta allí donde resuene”. Lo que se busca es la declaración y reconocimiento de la “común nacionalidad” que pide Barreda Laos, del hecho traslucido de que “somos parte de una misma nación”, como dice Gustavo Kosling; de abolir entre hispánicos las fronteras, que el escritor salvadoreño Viera Altamirano considera malditas, y proclamar la existencia de la unidad supranacional hispánica que propugna Ycaza Tijerino, y que Menéndez Pelayo, en la villa europea de la Hispanidad, conoce por “Hispania Mayor”, y José Enrique Rodó, desde la villa opuesta, denomina, con entusiasmo y con orgullo, “Magna Patria”.

En esta línea, el Congreso Hispano-Luso-Americano y Filipino de Derecho Internacional, celebrado en Madrid en el año 1951, estudió la ponencia de Federico Castro Bravo sobre “El problema de la doble nacionalidad”, recomendando la formación de un proyecto de ley uniforme y la concesión, por cada país, a los hispánicos de las otras naciones, de una condición jurídica especial que les separe de la rúbrica de extranjeros y les vaya gradualmente equiparando a los nacionales.

En España, la nueva Ley de 15 de julio de 1954, que ha derogado los artículos correspondientes del Código civil, admite la doble nacionalidad y, recogiendo las disposiciones especiales que se habían venido dictando, facilita la adquisición de la ciudadanía española a hispanoamericanos y filipinos.

Mas no basta, en el frente interior, con llegar, como sin duda llegaremos, a ser ciudadanos de la Hispanidad. Hace falta constituirnos en bloque cultural, económico y castrense.

El bloque cultural postula un libre intercambio y una circulación sin trabas aduaneras de libros y revistas; una depuración de nuestros textos escolares, arrancando de los mismos todo resabio de hostilidad y planteando en ellos el acontecer hispánico en un clima fraterno y de conjunto; un intercambio reciproco de profesores entre las facultades universitarias; un encuentro periódico de estudiantes, graduados, profesionales y artistas, como pretenden nuestros Colegios Mayores “Nuestra Señora de Guadalupe”, “Hernán Cortes” y “Junípero Serra”, y el propio Instituto de Cultura Hispánica, nacido en aquellas reuniones históricas celebradas en San Lorenzo de El Escorial en el verano de 1946; un especial interés por la pureza del idioma, apasionando en la tarea a periodistas y hombres de la radio; una validez universal de nuestros títulos académicos; una creciente unificación legislativa, que tiene su punto de arranque en un derecho histórico común y en una forma análoga de vivirlo y de aplicarlo; una sincera y eficaz colaboración en la esfera cinematográfica, y una agencia, en fin, de noticias, como aquella que propugna Fernando Mora, subdirector de Novedades, de Méjico, que transmita con fidelidad el latido diario de nuestro vivir, que evite el silencio de la noticia importante o su difusión con falta de espíritu constructivo de lo que, refiriéndose a otras agencias extrañas al mundo hispánico, se quejaba el colombiano Alberto Lleras, siendo secretario de la Organización de Estados Americanos.

En este orden, los esfuerzos de la Oficina de Educación Iberoamericana, cuyo III Congreso acaba de celebrarse en Santo Domingo, y los de la joven Asociación Iberoamericana de Periodistas, son un trampolín brindado y abierto a las mas anchas e ilusionadas ambiciones.

Y junto al bloque cultural, el bloque económico, cuyos postulados fundamentales han de ser los siguientes: la Hispanidad constituye un área económica y un mercado común. Sobre esta base, es preciso superar el estadio presente de coloniaje económico, salir del monocultivo (estaño en Bolivia, cobre y nitrato en Chile, petróleo en Venezuela, café en Colombia y Brasil, azúcar en Cuba y Santo Domingo, carne y lana en la Argentina y Uruguay), diversificando la producción; crear corrientes comerciales nuevas que eviten la tiranía de los monopolios, especializar la mano de obra; industrializar, de acuerdo con las necesidades generales, evitando los planes inorgánicos y haciendo posible que una fábrica de botones en Costa Rica, con una población de 800.000 habitantes, pueda construirse a sabiendas de que esta destinada no solo a saturar el reducido mercado del país, sino a suministrar el producto a una población adecuada de consumidores y de usuarios.

Las reuniones de la C. E. P. A. L. y las conferencias económicas celebradas al amparo de la Organización de Estados Americanos, han puesto de relieve la urgencia de la llamada emancipación económica. Mientras el ingreso anual per cápita en los Estados Unidos excede de los 1.900 dólares, en los países iberoamericanos dicho ingreso alcanza solamente a 211,45, y ello a pesar de que Iberoamérica es hoy el mercado más grande para las exportaciones norteamericanas, la fuente principal de importaciones y el campo de mayor inversión privada en el extranjero.

Aunque las cifras son engorrosas, tienen valor edificante y es necesario reproducirlas. Así, en el año 1953 Iberoamérica provee a los Estados Unidos del 100 por 100 del quebracho que importa; del 100 por 100 del asbesto; del 98 por 100 del cuarzo en cristales; del 65 por 100 de la bauxita; del 62 por 100 del antimonio; del 42 por 100 del berilio; del 43 por 100 del sisal; del 37 por 100 del cadmio; del 29 por 100 del cobre; del 25 por 100 del espatofluor; del 23 por 100 del manganeso; del 20 por 100 del vanadio; del 18 por 100 del estaño, y del 17 por 100 del wolframio.

En el mismo año, Iberoamérica importo de los Estados Unidos el 27 por -100 de su producción de maquinaria industrial; el 33 por 100 de la maquinaria eléctrica; el 52 por 100 de autobuses y camiones; el 43 por 100 de automóviles, y el 35 por 100 de grasas, leche, carne y otros productos alimenticios.

El desequilibrio de la balanza de pagos se debe, en gran parte, a que cuando el dólar norteamericano va a Hispanoamérica, en pago de material primas, materiales estratégicos o productos agrícolas, ese dólar sirve para pagar el salario de un hombre en un día; en cambio, cuando ese dólar retorna a los Estados Unidos solo alcanza a pagar el salario de un hombre en media hora.

El sistema actual, que se reduce, en suma, a vender barato y a precios determinados por el comprador, y a comprar cada vez mas caro, sólo puede romperse estimulando el comercio entre las naciones hispánicas, viendo la forma de autoabastecerse dentro de la Comunidad, reduciendo las tarifas aduaneras, dándose el trato reciproco de nación más favorecida, utilizando los servicios de la Organización Iberoamericana de Cooperación Económica y creando la Unión Iberoamericana de Pagos que, al facilitar la compensación múltiple, evite el movimiento improcedente de divisas y engrase y haga mas fluido el engranaje total de la economía.

Dentro de esta consideración económica, no puede olvidarse el aspecto demográfico. Hoy tiene Iberoamérica más de 160 millones de habitantes, es decir, una población absoluta superior a la de los Estados Unidos; y decimos absoluta porque la relativa es de 6,7 por kilómetro cuadrado para Iberoamérica y de 27,4 pare la Unión. El aumento entre los años 1920 y: 1940 ha sido del 41 por 100 para la primera y del 26 por 100 pare los Estados Unidos. Pues bien, si el ritmo actual persiste, en 1970 las naciones americanas de origen peninsular tendrán una población de 225 millones que, unidos a los de los países fundadores y a los de Filipinas, hacen un total de 300 millones de habitantes.

Esta población no ha de verse obligada a buscar puestos de trabajo fuera de la órbita comunitaria. El caso de los “espaldas mojadas” de Méjico, que atraviesan a nado y clandestinamente el Río Bravo, y cuya situación ilegal aprovechan los granjeros norteamericanos haciéndoles efectivos salarios inferiores a los normales, es un motivo de sonrojo para la Hispanidad, como lo es, igualmente, la política de exterminio a base de prácticas neomalthusianas que oficialmente se divulgan en Puerto Rico por las entidades oficiales y por la Organización Mundial de la Salud, para limitar el incremento de la población puertorriqueña y cortar de raíz su inmigración a los Estados Unidos. Con una economía mas fuerte y: con un nivel de vida más alto, la Comunidad de naciones hispánicas, con tantas y tan fabulosas posibilidades, las ofrecerá sin duda y sin reservas a sus hermanos de Méjico y Puerto Rico.

En este orden de cosas, las corrientes migratorias debieran ser organizadas evitando que el ingreso masivo de grupos étnicos y espiritualmente distintos ahoguen y desfiguren la fisonomía del país. No se trata de adoptar una absurda política migratoria de puerta cerrada. Se trata de buscar una fórmula prudente que equilibre y armonice el legítimo derecho a desplazarse para encontrar un puesto de trabajo desde sitios o lugares donde dichos puestos no existen, y el derecho también legitimo a mantener la continuidad histórica de la nación.

De aquí que haya de buscarse preferentemente la cantera para las nuevas aportaciones demográficas en los países que integran la Comunidad de naciones hispánicas, o en aquellos otros que presenten con los mismos el mayor número de afinidades, pues la realidad demuestra que los grupos emigratorios muy diferenciados, se enquistan y endurecen dentro del país, hacen dentro del mismo su pequeño mundo y tardan en incorporarse plenamente al quehacer nacional. Por el contrario, la inmigración española o portuguesa a las naciones de su lengua, ha puesto de relieve que, a la primera generación se funde y entraña con el país al que estima y considera como su patria.

Todo el esfuerzo que en esta dirección se realice ha de ser coordinado y con una visión muy amplia y de gran alcance de la política migratoria. Así, nos parece equivocada, en principio, la emigración española al Canadá y a Bélgica, como nos pareció desafortunada la emigración masiva que hace unos años se produjo con dirección a Argelia y al entonces Marruecos francés. El balance ha sido una contribución humana de calidad insuperable al desarrollo de la riqueza de estos últimos países, y una deshispanización progresiva de los emigrantes.

Todo este potencial de riqueza y de hombres debe pensar en su defensa armada frente al agresor. No esta el mundo, desgraciadamente, en un lecho de rosas, sino en el carácter amenazador de un volcán que, de vez en cuando, manifiesta, con sus esporádicas erupciones, la temperatura del subsuelo.

En este trance, el bloque económico y cultural del mundo hispánico necesita completarse con un bloque militar. La unificación de táctica, armamento, enseñanza y altos mandos; el encuentro periódico de los Estados Mayores; la recepción por las Academias Militares de las distintas Armas y Cuerpos de alumnos procedentes de países donde tales Academias no existan y que hoy cursan sus estudios en naciones extrañas a la Comunidad; la coordinación de los ejércitos terrestres, marítimos y aéreos y de sus programas de construcción y de compras en el futuro; el montaje de una industria con fines militares, cuyo secreto, como el de toda industria, no es otro que capital bastante, aprovisionamiento seguro, técnica competente y capacidad de absorción en el mercado, circunstancias todas ellas que si no concurren en cada uno de nuestros países, concurren, desde luego, en la comunidad que los integra; Y, sobre todo, la necesidad imperiosa de fortalecer en el soldado -el que combate con las armas y el que dirige la operación -la conciencia de que sirve, no solo a su Patria-Argentina, Méjico o España-, sino a la Hispanidad entera, a la “Hispania Mayor” o a la “Magna Patria”, a que antes hicimos referencia, son tareas y objetivos a través de los cuales puede y debe constituirse el bloque militar hispánico.

Pero de nada nos serviría este triple bloque cultural, económico y castrense, si los Estados que integran la Comunidad Hispánica no se proponen el servicio del bien común, si no hacen suyo un programa de justicia social de lucha y de combate contra la miseria, de aumento del nivel de vida de nuestras clases menesterosas.

Y ello por fidelidad a nuestro propio ideario, no por copia y mimetismo de proclamas sociales de signo diverso.

Toda esta atmósfera de resentimiento social y de lucha de clases que nos rodea y existe en el mundo, no puede imputarse a quienes, como nosotros, hemos permanecido ausentes del mismo. Lo que no es licito es afirmar que somos países subdesarrollados, económica y culturalmente inferiores, y luego sumarnos a la vorágine de las ideas creadas por una civilización industrial, inhumana y desaprensiva que ha nacido a nuestras espaldas.

Esa civilización y esos países que se dejaron arrastrar por el ansia de riqueza y por la filosofía de la acción, que dieron origen al proletariado de las urbes y a la alta burguesía de las grandes empresas, que asuman la responsabilidad absoluta de su obra y que nos dejen libres pare edificar nuestro mundo con un ansia de justicia social que no pretende mantener con alguna concesión determinadas prebendas, sino hacer efectiva la hermandad entre los hombres que nos predica el Evangelio.

Si vuestra justicia social -podemos decirles -es la justicia del miedo, la nuestra es y ha de ser la política del amor.

Y porque en el amor se cifra y resume todo el secreto de la convivencia fraterna y no en un amor filantrópico y vocinglero que se desmadeja y evapora al primer incidente, sino en aquel que fluye incesante de Dios, a la vez Creador, Redentor y Santificador, la Comunidad de los pueblos hispánicos tiene que vertebrales religiosamente, ahondar en Su espíritu católico romano, tradicional y verdadero, y vivirlo y practicarlo a fondo.

La época agnóstica y laica es ya, pare nosotros, anacrónica La humanidad, de vuelta de los errores del pasado, retorna la mirada a Jesucristo y entiende de nuevo que sólo en la Cruz y en el Sagrario están las palabras hermosas y los silencios humildes de la salvación y de la paz.

En este aspecto se abre todo un amplio horizonte de actuación: emprender una campaña por el denso tejido de nuestra sociedad que afiance la fibra y el sentimiento religiosos; cubrir los baches de vocación con ayudas y envíos de sacerdotes como quiere el Papa y como hace la Obra Hispanoamericana de Cooperación Sacerdotal; luchar contra quienes, con espíritu suicida, abren las fronteras a determinadas propagandas que pretender romper el don inestimable de la unidad católica del mundo hispánico; y entrañar, aún más si cabe, la devoción a la Señora, viva en nuestros pueblos, seguros de que Ella, la Madre, la regina Hispaniorum gentium arrancará del Señor todas las gracias que nos fueran precisas para el logro de tan nobles y elevados fines.

En este marco, viviremos en la “pax hispánica”. Las diferencias que tienen que existir como inherentes a la contextura humana de la tarea serán dirimidas por la conversación y el arbitraje. Por ello, uno de los objetivos inmediatos de la comunidad tiene que ser el arreglo de los litigios que hoy día nos preocupan: estado permanente de ruptura de relaciones, litigios de fronteras, salidas al mar de los pueblos mediterráneos…, seguros de que la solución será fácil porque previamente, al crear el bloque cultural y económico, habrá quedado resuelta la inquietud y la desazón que provocan los mencionados conflictos.

Tal es, apresurada y casi esquemáticamente expuesta, la cara interior de la Comunidad de naciones hispánicas Pero, al lado de la misma, existe una cara exterior, un frente orientado hacia fuera que es necesario considerar.

En primer lugar, el mundo hispánico tiene que actuar, como lo viene haciendo afortunadamente, como un solo bloque, como una unidad granítica en la esfera internacional. Solo así será estimado y tenido en cuenta. Para el futuro, es decir, pare el tiempo que subsiga a la creación de la Comunidad, las directrices de la política externa de nuestros pueblos debe ser decidida en reuniones periódicas de Cancilleres, y en aquellas otras de urgencia que los acontecimientos históricos hagan necesario. En todos los supuestos, cuando un miembro de la organización hable o se presente a las elecciones mediante las cuales ha de ser provisto un cargo, quien habla o quien arriesga su nombre en la urna no es una nación concreta, sino el conjunto todo de la Hispanidad.

La unánime comparecencia del bloque hispánico reforzará su potencia pare exigir la plena satisfacción de las reivindicaciones territoriales y aún culturales de la hispanidad.

Son muchas las situaciones de coloniaje que persisten en nuestra amplia geografía y contra las cuales han sido infructuosas las reclamaciones aisladas y aún las formuladas colectivamente en la X Conferencia Interamericana de Caracas de marzo de 1954.

En el sur de la Península Ibérica, Gibraltar, que el New English Dictionary de Historics Principles, publicado por la Universidad de Oxford, define como territorio español y posesión británica y que la misma Enciclopedia de este nombre tiene que reconocer, haciendo historia de su adquisición por los ingleses durante la guerra de sucesión, que en esa coyuntura el Gobierno de la Gran Bretaña procedió con falta absoluta de principios.

En Oceanía, la isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, que como indica y prueba Pastor y Santos, sigue siendo de iure tierra filipina.

En América, yendo de Norte a Sur, Belice, en manos de Inglaterra, que la sigue usurpando a Guatemala, cuya Constitución de 1945 reconoce a dicha zona como territorio nacional, considerando nacionales a aquellos que nacen en la misma.

La zona del Canal, cuya concesión a los Estados Unidos por la joven república panameña, no supone, como de hecho sucede, abandono de la soberanía.

Las Guayanas, que se acuestan sobre la ancha y extensa joroba de la América del Sur y sobre las cuales tres países europeos mantienen un sistema de explotación colonial que hasta en las zonas mas atrasadas ha entrado en fase de completa liquidación. Las Guayanas, que descubriera Yañez Pinzón y que recorrieran y colonizaran Diego de Ordaz, Jerónimo de Altar y los Gobernadores de Venezuela, pertenecen al mundo hispánico. Por ello, Venezuela ha protestado siempre contra aquel arbitraje leonino de 1889, dictado por un tribunal internacional reunido en París, que le arrebato, para la Guayana inglesa, un área de 200.000 kilómetros cuadrados, y ha hecho saber, pública y oficialmente, que continuara reclamando contra el despojo de una zona que con legítimo derecho le pertenece.

Las Islas Nuevas, Magallánicas o Malvinas, al pie de la América del Sur, ocupadas también, como un sino trágico, por Inglaterra, que las llama con el nombre extraño de Falkland. Al apoderarse de tales islas, Inglaterra no se hizo cargo de un archipiélago que mereciera la consideración de res nullius, sino de un territorio que en 1816 la Argentina soberana había heredado de la monarquía española, y que había sido parte del antiguo Virreinato del Río de la Plata.

Y más abajo, en la Antártida, de nuevo frente a la pretensión inglesa de adueñarse de su enorme extensión Chile y Argentina reivindican los sectores vecinos, y esta última, desde el año 1904 mantiene como prueba incontestable de sus legítimos derechos, servicios públicos adecuados en la zona demarcada a su propia soberanía.

Pues bien, todo este conjunto de tierras, hoy en manos foráneas, deben reintegrarse a los países de la Comunidad hispánica. Un objetivo primordial de la misma es patrocinar y hacer suyo el irredentismo con la voz incallable de la verdad y la doctrina del uti possidetis, que sirve de fundamento a una gran parte de las reivindicaciones apuntadas, y oponerse a todo intento de consagración definitiva del estado actual o de evolución hacia fórmulas ambiguas como los Estados Unidos de Guayana o la Federación Británica del Caribe.

Pero el bloque hispánico no tiene ante si únicamente revindicaciones de carácter territorial. Hay otras, tan importantes como estas, que es preciso defender con ahínco. En efecto, si un país de estirpe hispánica puede haber sufrido ciertas amputaciones materiales e incluso haberlas confirmado con su explícito asentimiento en el orden de la cultura, la Comunidad de naciones hispánicas no puede aceptar ni refrendar el desgaje y la separación. Así, la extensa faja que corre al norte del río Bravo y que integran California, Arizona, Nuevo México y Texas, actuales Estados de la Unión; la amplia zona que incluye a la Luisiana y a la Florida y que bordea el golfo de Méjico, y los archipiélagos de Carolinas, Marianas y Palaos cedidos por España el 30 de junio de 1899 al imperio alemán, pertenecen, sin perjuicio de su actual encuadramiento político, al ámbito cultural del mundo hispánico. La comunidad de nuestros pueblos no puede tolerar ni consentir el progresivo desalojo de su cultura por el simple hecho de un cambio de soberanía. Ahí están los vestigios históricos de una época gloriosa, la subsistencia de un pueblo autóctono, la conveniencia de mantener con el respeto integro hacia esa cultura, los principios de democracia y libertad que se predican, como argumentos innegables pare defender la tesis por nosotros mantenida.

Por si ello fuera poco, en este aspecto de la reivindicación cultural podría presentarse, desde un ángulo de vista distinto al acostumbrado, la misma historia de los Estados Unidos. Bastaría con seguir cronológicamente los establecimientos europeos en el territorio de la Unión y partir, no de las colonias fundadas por los peregrinos del Mayflower, sino del pueblo de San Agustín, el primero y mas antiguo de Norteamérica, fundado por españoles.

Para llevar a termino este ambicioso programa, la comunidad de nuestros pueblos necesita de hombres con carisma hispánico, sabedores de que en esta empresa son portadores de un mensaje henchido de valores éticos.

Porque la Hispanidad representa, como ha dicho García Morente, una concepción de la vida basada en el predominio de la realidad sobre la abstracción, en el hombre, portador de valores eternos, diferenciado y libre, frente a un mundo de enanos que pasan con el rostro hacia el suelo, ocultos entre la mesa del rebaño.

Para ello, los portadores del mensaje habrán de vivir con el espíritu de entrega y desprendimiento que, como apunta el argentino Eduardo Mallea, existe siempre en el genio hispánico en olor de heroísmo; con impaciencia de eternidad, pero sin olvido ni abandono de las realidades terrenas.

Porque quizá uno de nuestros fallos haya sido la interpretación literal de algunos preceptos, con olvido de que la letra mata y el espíritu vivifica y de que, junto a la invitación que el Maestro nos hace a no poner el corazón allí donde el ladrón y la polilla actúan, otro mandamiento del Génesis nos dice: “Creced, multiplicaos y sujetad la tierra”.

Por ello, cuando hemos visto a una civilización racionalista olvidar el primer mandamiento y conseguir éxitos deslumbrantes y aparentes con la practica exclusiva del segundo, la reacción hispánica no puede consistir en un complejo de inferioridad para las ciencias aplicadas y experimentales o en la cuchufleta simpática pero inútil de Miguel de Unamuno. “¡Que inventen ellos!, porque, como dijo don Quijote a Sancho: “Nadie es más que otro si no hace mas que otro”, y porque aun cuando es verdad que la civilización no consiste en conservar limpias las fachadas y hacer graciosa la alineación de la ciudad, lo cierto es que la civilización y la cultura, la virtud y el reino del espíritu, necesitan, en este valle de lagrimas, el logro de un cierto y moderado bienestar.”

El secreto del mensaje hispánico radica en hacer de la riqueza, no fin, sino instrumento; en ordenar la economía, como quiere Nimio de Anquim, sub specie communitatis y en supeditar ese bien común sub specie hierarchie, a los intereses más altos de la Cristiandad.

El hombre, investido del carisma hispánico, será así en un mundo lleno de tinieblas, el español quijotizado que vislumbrara Miguel de Unamuno, el caballero de la Hispanidad o el caballero cristiano que soñaran Ramiro de Maeztu y García Morente, el que “habrá atravesado a la fuerza por el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, aprendiendo, sí, de ellas, pero sin dejarse tocar el alma, conservando la herencia espiritual de aquellos tiempos que llaman caliginosos”.

El hombre quijotizado, dice Lain anudando palabras de Unamuno, empeñará su existencia en dos quehaceres, uno tocante a la vida y atañadero el otro a la muerte. En el primero luchará a favor de la justicia y de la verdad. ¿Tropezáis con uno que miente? Gritadle a la cara: ¡Mentira! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que robe? Gritadle: ¡Ladrón! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta? Gritadles: ¡Estúpidos! y ¡adelante! (Unamuno)

¡Adelante siempre! Pero no tendrá sentido alguno esta empresa terrenal del hombre quijotizado si el no sintiera como hondo imperativo lo que atañe a la muerte, y a la inmortalidad. Por su propia inmortalidad lucha el hombre quijotizado: “para que Dios le salve, para que no le deje morir del todo”. Y también pare edificar una civilización inédita en que la pasión por la inmortalidad encienda dentro del pecho de los hombres.

Si para ser nación hace falta el aplauso universal a un pasado histórico, como quiere Renan, o un programa de hacer colectivo, como exige Ortega y Gasset, o una adhesión plebiscitaría a un estilo de vida, como asegura García Morente, no vacilemos en abrir paso a la comunidad de nuestros pueblos, porque ese hombre quijotizado, ese caballero de la Hispanidad, ese caballero de Cristo, pasado y futuro, modo de ser y estilo de vida, bulle y suena en cada uno de nosotros, hombres de la estirpe Hispánica.

Dios quiera que algún día próximo, en el istmo de Panamá, como soñara Bolívar, y en la ciudad de Colón, que lleva el nombre del Almirante, reunidas las banderas de nuestros 23 países, veamos alzarse lentamente, majestuosamente, la bandera de la Hispanidad del uruguayo Angel Camblor, mientras las bandas de mil regimientos entonan el Himno de la Estirpe, del ecuatoriano Antonio Parra Velasco, y los poetas y los niños, con lagrimas en los ojos, recitan los versos de Ruben.

Al día siguiente, cuando aún permanezca en el alma y en el aire la emoción, yo tengo por seguro que algún hispano de los que tengan la dicha de asistir a la escena, repetirá modificada, al ver nacida la Comunidad de nuestros pueblos, la estrofa nostálgica y suave de José María Pemán:

“Ramiro de Maeztu, señor y Capitán de la Cruzada: ¿Donde estabas ayer, mi dulce amigo, que no pude encontrarte? ¿Donde estabas? ¡Para haberte traído de la mano a las doce del día, bajo el cielo de viento y nubes altas, a ver, para reposo de tu eterna inquietud tu Verdad hecha ya Vida en la Plaza Mayor de las Españas».

Discurso oponiéndose a acuerdos con la URSS pronunciado el 24 de octubre de 1972

Texto del Boletín Oficial de las Cortes

PRESIDENCIA DE LAS CORTES

Por acuerdo del Consejo de Ministros ha sido remitido a esta Presidencia el Protocolo entre el Gobierno del Estado español y el Gobierno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre establecimiento de Delegaciones Comerciales, el cual, conforme a lo establecido en los artículos 10, 12 y 14, apartado II, de la Ley Constitutiva de las Cortes, es, en principio, de la competencia de las Comisiones.

En consecuencia, se ordena su envío a la Comisión de Asuntos Exteriores para su estudio, así como su publicación en el «Boletín Oficial de las Cortes Españolas», con arreglo a lo preceptuado en el número 2 del artículo 63 en relación con el artículo 99 del vigente Reglamento.

Los Procuradores, cualquiera que sea la Comisión a que pertenezcan, podrán, de acuerdo con lo dispuesto en los artículos 7.º, 67 y 99 del referido Reglamento, presentar las enmiendas o propuestas que estimen pertinente formular, en el plazo de veinte días, contados a partir de la fecha siguiente a esta publicación.

En la Secretaría de las Cortes podrá ser examinada por los señores Procuradores la documentación remitida por el Gobierno con el citado Protocolo.

Palacio de las Cortes, 18 de octubre de 1972.– El Presidente, Alejandro Rodríguez de Valcárcel y Nebreda.

ARTÍCULO 1.º

Los Gobiernos del Estado español y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, con el fin de facilitar el desarrollo de los intercambios previstos en el Convenio Comercial firmado en esta misma fecha, consienten en el establecimiento de Representaciones Comerciales en Madrid y Moscú, respectivamente. Estas representaciones se denominarán Delegación Comercial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en Madrid y Delegación Comercial de España en Moscú.

ARTÍCULO 2.º

Cada una de las referidas Delegaciones Comerciales podrá estar compuesta hasta por doce miembros de la nacionalidad del país mandante.

Los haberes de dichos miembros de las Delegaciones Comerciales estarán exentos de todo impuesto en el país de residencia.

ARTÍCULO 3.º

Las Delegaciones Comerciales podrán emplear ciudadanos del país de residencia, quienes no gozarán de condiciones distintas a las que disfrutan los demás ciudadanos del mismo país. Estos empleados no se considerarán en ningún caso como miembros de las Delegaciones Comerciales y sólo podrán ocuparse en las mismas de funciones auxiliares y subalternas.

ARTÍCULO 4.º

Se considerará como «Jefe de la Delegación Comercial» a la persona encargada por el Estado mandante de obrar en dicha calidad.

ARTÍCULO 5.º

Las Delegaciones Comerciales tendrán como funciones:

a) Promover y contribuir al desarrollo de las relaciones comerciales y económicas entre España y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

b) Representar los intereses comerciales y económicos del país mandante.

ARTÍCULO 6.º

El país de recepción deberá permitir y facilitar el cumplimiento de las funciones de la Delegación Comercial de la otra Parte relacionadas en el artículo 5.º. Con tal fin deberá:

a) Facilitar, bien la adquisición o el alquiler por dicha Delegación Comercial de los locales necesarios para el cumplimiento de sus funciones, bien ayudarla a procurarse dichos locales de otra manera, de acuerdo con la legislación en vigor en el país respectivo. Deberá igualmente, si fuera necesario, ayudar a la Delegación Comercial a obtener viviendas convenientes para todos sus miembros.

b) Permitir, dentro del marco de su legislación, y de acuerdo con el principio de reciprocidad, la comunicación de la Delegación Comercial con su Estado mandante.

c) Otorgar, dentro del marco de su legislación, y de acuerdo con el principio de reciprocidad, los necesarios visados de entrada, permanencia y salida a los miembros de la Delegación Comercial y a las personas que constituyan las Delegaciones oficiales de la otra Parte. Dichos visados serán también estampados en los pasaportes correspondientes.

d) Autorizar, dentro del marco de su legislación, y de acuerdo con el principio de reciprocidad, la importación, exportación y adquisición de los muebles y enseres personales de los miembros de la Delegación Comercial, así como del material necesario para el funcionamiento de esta última.

ARTÍCULO 7.º

Para el cumplimiento de las funciones que las Delegaciones Comerciales tienen reconocidas en el artículo 5.º se convienen las modalidades prácticas siguientes:

a) Las Delegaciones Comerciales podrán utilizar sistemas de cifra en la transmisión de sus mensajes. Dichos mensajes serán trasmitidos por correo, telégrafo, teléfono y télex.

b) Los locales que se consideren imprescindibles para el uso de los servicios de cifra y archivo correspondiente serán inviolables. También se extenderá la inviolabilidad a los otros locales adicionales de las Delegaciones Comerciales que fueren acordados por ambas Partes con carácter recíproco a fin de garantizar la salvaguardia de los referidos servicios y el adecuado funcionamiento de las Delegaciones Comerciales. Las Partes se pondrán de acuerdo sobre el espacio requerido para todos estos locales.

c) Cada Gobierno extenderá, a petición de la Delegación Comercial de la otra Parte, salvoconductos especiales para el envío y recepción de los elementos amparados por la inviolabilidad que ambas Partes se conceden, de acuerdo con lo dispuesto en el apartado anterior. Los referidos salvoconductos, que se extenderán con una frecuencia máxima de una vez por mes, indicarán el nombre de las personas que actúen de correo y el número de bultos que transporten, cuyo peso total no podrá exceder en cada caso de 10 kilos.

Tanto las personas que actúen de correo como los bultos reseñados en el salvoconducto gozarán de inviolabilidad. Esta inviolabilidad se extenderá también a los envíos en tránsito transportados bajo la responsabilidad de las personas que actúen de correo, procedentes del país mandante y destinados a terceros países o procedentes de éstos y destinados al primero, siempre que no entren en el territorio aduanero del país en tránsito.

d) Para garantizar los beneficios otorgados en los apartados anteriores, ambas Partes concederán inviolabilidad personal a cuatro miembros de las Delegaciones Comerciales, así como inmunidad de jurisdicción por actos ejecutados en el ejercicio de sus funciones, de conformidad con las normas de derecho internacional vigentes en la materia.

ARTÍCULO 8.º

La Delegación Comercial y sus miembros podrán, dentro del marco de la legislación del país de recepción, y de acuerdo con el principio de reciprocidad, relacionarse, a los efectos de las funciones que tienen encomendadas, con las Autoridades del país competentes en materia de comercio exterior y con las personas físicas y jurídicas que operen en este campo.

ARTÍCULO 9.º

A reserva de sus Leyes y Reglamentos relativos a las zonas donde el acceso esté prohibido o reglamentado por razón de seguridad nacional, y de acuerdo con el principio de reciprocidad, los miembros de la Delegación Comercial gozarán de la libertad de desplazamiento y circulación sobre el territorio del país de residencia.

ARTÍCULO 10

La Delegación Comercial y sus miembros podrán abrir las cuentas bancarias necesarias para el ejercicio de sus funciones.

ARTÍCULO 11

Los miembros de la Delegación Comercial no podrán ejercer en el país de residencia ninguna actividad profesional o comercial en provecho propio.

ARTÍCULO 12

El presente Protocolo entrará en vigor en la misma fecha que el Convenio Comercial entre el Gobierno de España y el Gobierno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas firmado en el día de hoy, y será válido en tanto en cuanto una de las dos Partes no lo denuncie con tres meses de preaviso.


El consejero nacional y procurador en Cortes Blas Piñar ha presentado una enmienda a la totalidad del Protocolo de Ratificación de Relaciones Comerciales con la URSS, ante la comisión correspondiente de las Cortes Españolas, que publicamos encabezando esta página y que suscribieron otros procuradores. El pasado día 18 [de Diciembre] defendió brillantemente su enmienda, plena de razonamientos jurídicos, éticos y, sobre todo, políticos.

Como estimamos interesante para nuestros lectores la lectura del texto íntegro de las palabras de Blas Piñar en esta ocasión, sobre todo ante la carencia informativa de la prensa nacional, lo transcribimos a continuación, confiando que servirá de luz a muchas gentes y de ratificación de un sentir patriótico de otras más.

No hemos podido insertar ninguna fotografía del orador, porque los servicios de prensa destacados en las sesiones no atendieron gráficamente la intervención de éste, a pesar de su hora y cuarto de exposición y de la trascendencia nacional de sus palabras.


Relaciones comerciales con la U.R.S.S.: discurso del consejero nacional defendiendo su enmienda a la totalidad

LA ENMIENDA

Blas Piñar López, procurador en Cortes, como primer firmante de este escrito, de conformidad con lo dispuesto en el artículo 99 del Reglamento de las Cortes, PROPONE:

A) La no ratificación del Convenio Comercial entre el Gobierno de España y el Gobierno de la URSS, copia de cuyo Protocolo se publicó en el «Boletín de las Cortes» el día 24 de octubre de 1972.

RAZÓN:

Las graves implicaciones políticas, sociales y económicas que llevaría consigo para España la ratificación de dicho Convenio.

Para el caso de que la propuesta de no ratificación fuera rechazada.

B) La ratificación del Convenio, pero con las reservas de que sean retirados del mismo los privilegios de carácter diplomático que se conceden en el artículo 7 (cifra, inviolabilidad e inmunidad) y se aclare hasta dónde llega la libertad de desplazamiento y circulación de los miembros de la Delegación Comercial Española en la URSS.

RAZÓN:

Las relaciones comerciales que se pretende fomentar con la URSS no exigen, una vez establecidas y reguladas jurídicamente por un Convenio Internacional, el tratamiento diplomático del artículo 7.

Por otra parte, es necesario que exista una reciprocidad en orden al desplazamiento y circulación de los miembros de las Delegaciones Comerciales, ya que el límite impuesto por razones de «seguridad nacional», aunque lógico teóricamente, en la práctica reducirá al mínimo esa libertad para los miembros de la Delegación Española en la URSS, mientras que será casi absoluta para los miembros de la Delegación Soviética en España.

Madrid, 2 de noviembre de 1972.


EL DISCURSO

Señor presidente, compañeros de la Ponencia, de la Comisión y de la Cámara:

Creo que el tema que hoy ocupa nuestra atención es de importancia decisiva. Lo que se somete a nuestro estudio, aunque no sea más que en vía de consulta –puesto que cuanto aquí se acuerde no vincula al Gobierno (de conformidad con el Artículo 98, p.º 2.º, del Reglamento de las Cortes españolas)–, es, a mi modesto juicio, algo que excede de lo que de ordinario se rotula con la etiqueta de Tratado Comercial.

Es cierto que debiendo oír el Ejecutivo el dictamen de esta Comisión (y sólo de esta Comisión, puesto que se ha negado a escuchar al Pleno, cuya opinión hubiera podido requerir de acuerdo con la facultad que le concede el Artículo 10, p.º 1.º, letra m, y p.º 2.º), y sólo oír, la responsabilidad de las Cortes, en el supuesto de que la ratificación del Tratado se produzca, queda paliada y disminuida. El poder decisorio no nos corresponde, y el Gobierno puede ratificar, aun cuando nuestro voto unánime fuese adverso a la ratificación.

Ello no obstante, estimo que la gravedad del caso que nos ocupa no aminora la responsabilidad de los miembros de esta Comisión. Nuestro deber nos pide, pese a la carencia de posibilidades coercitivas, examinar el Tratado y su contorno político, social y económico, con el máximo detenimiento, a fin de evacuar la consulta que de nosotros se requiere, con toda objetividad, sin marginación de consideraciones que podrían escaparse por la premura o por el clima psicológico que nos envuelve. Sólo así nos será posible ofrecer al Gobierno, con el más elevado y sincero espíritu de colaboración, un dictamen serio y meditado sobre la procedencia o improcedencia de la ratificación. Lo que el Gobierno decida, una vez emitido nuestro dictamen, no es ya de nuestra incumbencia. El Gobierno, y sólo el Gobierno, habrá de responder de la resolución que en definitiva adopte.

* * *

Os decía antes que el Protocolo que se somete a nuestro estudio excede de lo que, de ordinario, se rotula con la etiqueta de Tratado Comercial, y la afirmación no es gratuita.

El Tratado Comercial simple se limita a dar una disciplina jurídica al intercambio mercantil entre dos países. Ahora bien, el protocolo que ahora examinamos excede del marco normal de esta calificación, por las siguientes razones:

1.º Porque una de las partes contratantes es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en la que concurren características y circunstancias que la configuran con una especialísima singularidad;

2.º porque, precisamente, y sin duda por esta especialísima singularidad, se insertan e injertan en el Tratado unos privilegios diplomáticos, subjetivos y objetivos, que lo desnaturalizan;

3.º porque estando concebido el Tratado como un todo, que se ratifica o se rechaza, no cabe un escamoteo de la cuestión, polarizando el debate en torno a su aspecto comercial y soslayando, como accesorio, el tema político;

4.º porque, como ha declarado en repetidas ocasiones el ministro de Asuntos Exteriores, este Tratado es un paso hacia adelante –y a mi manera de ver decisivo– en la línea, ya iniciada por su predecesor, de apertura al Este, y un primer paso hacia la normalización de las relaciones diplomáticas con la URSS y con todos los países comunistas, y

5.º porque hay una abierta contradicción entre las afirmaciones de principio que subrayan la política exterior del titular de la cartera y la firma, y posible ratificación, del Tratado con la URSS.

* * *

Quisiera, señor presidente, hacer una exposición breve, clara y ojalá que con fuerza suasoria, de las razones que acabo de alegar, de los argumentos que se esgrimen postulando la ratificación, de las consideraciones a que antes hice general referencia, y que debo especificar que se oponen a tales argumentos, y de mi opinión personal, que desearía que mis compañeros compartiesen –pero que no trato de imponer, como es lógico–, sobre la conveniencia de que nuestro dictamen sea negativo.

Señor presidente: ya sé que el Artículo 75 del Reglamento de las Cortes me señala tan sólo para hacer uso de la palabra un tiempo no superior a media hora. Pero también me consta, señor presidente, que cuando la importancia del asunto lo requiere, puede concederse al procurador, de un modo discrecional, el tiempo que necesita para defender su enmienda. Creo que la importancia del asunto es innegable, pero aun cuando no lo fuera, desde ahora me acojo a la bondad del señor presidente y a su flexibilidad en la interpretación del Reglamento para que abra un margen amplísimo de confianza cronológica a la intervención oral que comienza ahora su curso.

Con la seguridad de esta concesión y de esta confianza, prosigo, señor presidente.

I

UNA DE LAS PARTES CONTRATANTES ES LA URSS

«El comunismo es intrínsecamente perverso», afirmó Pío [XI]. Pues bien; salvo que esta afirmación de Pío [XI] sea, como dijo un sacerdote en la homilía dominical, una equivocación imperdonable, no cabe duda que todo contacto, diálogo y entendimiento por vía directa o indirecta con el comunismo, debe ser objeto de madura reflexión, y ello sin perjuicio de lo que al respecto en última instancia se resuelva.

Sentado esto, que me parece incontrovertible, el contacto, diálogo o entendimiento –pues admito de arranque cualquiera de los matices– con la URSS, debe ser objeto de madura reflexión, toda vez que la URSS –y nadie podrá negarlo– es el centro, o al menos uno de los centros, de la conspiración comunista universal. El Estado soviético ha nacido, se ha constituido y se halla plenamente, vocacionalmente, totalitariamente, al servicio del comunismo y de su implantación universal, no excluyendo, como es lógico, a España, como lo demuestra no sólo su gravísima implicación en nuestra guerra y en las campañas contra el Régimen después de la guerra, sino el propósito enunciado por Lenin: «Después de Rusia, España».

II

SE INJERTAN E INSERTAN PRIVILEGIOS DIPLOMÁTICOS

Yo no conozco, señores procuradores, en la historia de nuestros tratados comerciales, uno, como el que ahora estudiamos, en que se concedan los privilegios que señalan, con respecto a la persona y a las cosas, los artículos del Protocolo.

Podrá decirse que en los convenios suscritos por España con los Gobiernos de otros países comunistas aparecen ya tales privilegios. Pero no se olvide que en los mismos –aparte de la anomalía que ello puede representar– se establecen también unas relaciones consulares, relaciones de las que no se habla en el Tratado Comercial con la URSS.

Decía un semanario barcelonés («Mundo», 11-11-72) que «realmente los «comerciantes» rusos en Madrid, y los españoles en Moscú, van a gozar de una situación realmente envidiable para los miembros de cualquier cámara de comercio del mundo entero».

¿Dónde podemos encontrar punto de apoyo para el «status» peculiar que a estos «comerciantes» concede el Tratado, mediante la yuxtaposición de privilegios diplomáticos?

Pienso, señores, que ese punto de apoyo está: o en el hecho de que con el Tratado se pone en marcha una política de plena normalización de relaciones diplomáticas, para lo cual se recurre al procedimiento, no sé si tímido o vergonzante, de la inserción de que venimos hablando; o en el temor, justificado sin duda, de que pueda existir extralimitación grave, por las personas acreditadas en los países respectivos, de sus funciones de carácter estrictamente comercial.

El primer caso, es decir, el de la puesta en marcha de un entendimiento diplomático normal y pleno con la URSS, lo estudiaremos más adelante en evitación de reincidencias.

El segundo caso, el de temor a desviaciones funcionales, por parte de los que, para entendernos, podríamos llamar «personas acreditadas», debe atraer nuestra atención.

En efecto, ¿por qué a los agentes comerciales soviéticos acreditados en Madrid se conceden tales privilegios? Pues se conceden, podrá argüirse, para la seguridad de los agentes comerciales españoles en Moscú, habiéndose pactado, para ello, un régimen de reciprocidad.

Ahora bien, los puros agentes comerciales de España en cualquier otro país carecen de privilegios diplomáticos, y carecen de tales privilegios porque su seguridad personal y el cumplimiento de su cometido no encuentra trabas de ningún género. Tampoco gozan de tales privilegios los agentes comerciales extranjeros en España, por idénticas razones.

Estamos otra vez ante un caso de singularidad. El Gobierno español, pese a sus buenos deseos y a sus propósitos de distensión, no ignora el régimen de terror que impera en la URSS y aspira, y hace bien, a que los ciudadanos que allí representan los intereses comerciales de España puedan escapar al mismo en el caso de que el aparato de terror pretendiera desplegarse sobre ellos. No seré yo, precisamente, quien le censure por tal motivo. Lo que ocurre es que, por razón de la reciprocidad apuntada, tiene que aceptar la concesión de privilegios idénticos para los «acreditados» en Madrid y ello a sabiendas de que los agentes comerciales españoles sólo serán agentes comerciales y no agentes del Movimiento, y de que los «acreditados» soviéticos, tanto por razón de la doctrina inspiradora del Estado a que sirven como por la prueba concluyente, a que más tarde aludiremos, de la experiencia universal, serán, ante todo y sobre todo, agentes en España, con protección oficial, de la conspiración comunista, que tiene en la URSS su centro, o al menos uno de sus más importantes centros directores.

Creo que una realidad como la expuesta nos obliga a meditar seriamente antes de formular nuestro voto a favor o en contra de la ratificación de este Tratado Comercial «sui generis».

III

NO PUEDE SOSLAYARSE EL TEMA POLÍTICO

La política exterior de un país, si es auténtica, es como el semblante de su política interior. El espíritu que anima a éste aflora a través de aquélla.

Si esto es así, si no estamos ante una argucia, ante una máscara o camuflaje que la situación internacional nos impone, si nuestra política exterior de apertura a los países comunistas es realmente sincera, tendremos que preguntar, y yo desde luego me lo pregunto –dando por supuesta dicha autenticidad–, si el cambio de nuestra política exterior responde y es consecuencia obligada y lógica de un cambio previo de nuestra política interior.

Según el agudo comentario de un especialista francés en política internacional, «la declaración hecha por el señor López Bravo de que España «debe participar en la Conferencia de Seguridad Europea con todos los países de este continente, sin distinción de régimen político», es prueba de una mutación profunda en el seno de la sociedad española…, de un cambio de espíritu y mentalidad por el que el mundo debe felicitarse» (citado en «Informatodo», 1971, pág. 585).

Y aquí está el nervio del asunto. Este cambio evidente de la política exterior española, ¿responde a un cambio de mentalidad de la política interior? Y a esta pregunta sigue otra: ¿se halla este cambio en la línea de la continuidad y de la evolución homogénea del Régimen, o supone, por el contrario, una discontinuidad, una evolución heterogénea, y por ello mismo extraña a su filosofía?

Tales son las preguntas a las que, implícitamente, vamos a dar contestación al emitir nuestro dictamen consultivo sobre el Tratado con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El cambio de la política exterior con respecto a los países comunistas, y en especial a Rusia, es indiscutible. El mismo Régimen que a través de su ministro de Asuntos Exteriores dijo con énfasis desde los balcones de la Secretaría General del Movimiento: «¡Camaradas! ¡Rusia es culpable!… ¡Culpable de nuestra guerra civil, culpable de la muerte de José Antonio, nuestro Fundador!… ¡Culpable de la muerte de tantos y tantos camaradas y soldados caídos en aquélla por la opresión del comunismo!», es el mismo que, a través de otro ministro de Asuntos Exteriores, inicia los contactos con Moscú en una escala técnica en su aeropuerto, autoriza una delegación marítima soviética en Madrid, el fondeo de la flota pesquera rusa en Santa Cruz de Tenerife, la empresa mixta Sovispan, para el abastecimiento de dicha flota, el funcionamiento en España de la agencia oficial de prensa Tass, y formaliza en París, el 15 de septiembre pasado, el Protocolo con la URSS, pendiente de ratificación, que ahora nos ocupa.

Yo recuerdo que cuando la evolución apuntada tuvo comienzo –y conste que no pretendo ahora calificarla como homogénea o heterogénea–, se puso en juego la palabra liberalización, la cual tiene raíz idéntica a las palabras liberal y liberalismo. Yo, entonces, pensé, ingenuamente, si la utilización de aquella palabra, que tuvo una acepción a primera vista puramente económica, era, a la vez, un expediente hábil para comenzar un cambio, en la acepción política, de la mentalidad que iba a presidir en el futuro las tareas de gobierno.

Que no andaba muy descaminado lo prueba el hecho de que el titular de la cartera de Asuntos Exteriores, en una entrevista famosa que concedió para un periódico de Madrid a un profesional de la prensa, se declaró «liberal reprimido» y «más de lo que usted –hablaba con el periodista– se puede figurar» («ABC» dominical, 2-7-72, página 24).

Esta declaración es, para mí, importante, y, además, esclarecedora del cambio producido en nuestra política exterior, y digo que es esclarecedora e importante porque, como el titular de la cartera aseguró en las mismas declaraciones, «el ministro de Asuntos Exteriores, en sus aciertos o en sus errores, de alguna manera compromete al Estado, mientras que los otros Departamentos afectan a un ámbito más reducido».

Por ello, y teniendo en cuenta que el ministro, como tuvo en dicha ocasión la oportunidad de advertir, coloca a la misma altura la libertad y la responsabilidad, hemos de deducir que, haciendo uso de su libertad, a la que tiene perfecto derecho, y sin eludir la responsabilidad, de la que no puede excusarse –y, por ello mismo, comprometiendo al Estado que representa–, se ha proclamado liberal, aunque sea reprimido.

Pero la ideología que se profesa, y que se profesa públicamente, debe marcar la pauta de la conducta política, en el interior y en el exterior, salvo que se caiga en el pecado de la inautenticidad.

Pues bien; según Franco, jefe del Estado español, «no puede concebirse un sistema más dañino que el de la democracia liberal para los intereses de la Patria y para el bienestar de los españoles» (17-5-1955); «la consecuencia del liberalismo fue el ocaso de España» (3-6-1950); «el mayor error del liberalismo es su negación de toda categoría permanente de razón, su relativismo absoluto y radical» (2-10-1961).

Por su parte, el vicepresidente del Gobierno, don Luis Carrero Blanco, en su discurso de felicitación a Franco de hace tan sólo unos días, aseguró que «el liberalismo… es el sistema político más favorable para debilitar a los pueblos y favorecer con esta debilidad el que puedan caer en las garras (del comunismo)».

Me parece que la cuestión, precisamente tratando de la llamada apertura al Este y del Tratado con la URSS, la he planteado con toda nitidez y en un plano completamente objetivo, como quien analiza una situación alejado de ella, desapasionadamente y con absoluta imparcialidad.

En principio, y desde este observatorio imparcial en que he querido colocarme, yo no me atrevería a decir si el Tratado Comercial «sui generis» suscrito con la URSS responde o no a una mentalidad liberal incrustada en el Estado. Pero, una de dos, o responde a una mentalidad liberal, y entonces la política exterior que se realiza se halla en contradicción con la filosofía que nutre al Estado, lo compromete y desvía de manera grave; o se halla concorde con esa filosofía, y entonces aquella política se halla en contradicción con la mentalidad y con la ideología de quien la asume y dirige.

En ambos supuestos estimo que hay que meditar muy seriamente antes de emitir dictamen sobre la ratificación del Tratado con la URSS, uno de los hitos más importantes y decisorios de la política exterior del Gobierno.

IV

ES UN PASO HACIA ADELANTE EN LA APERTURA AL ESTE Y HACIA LA ANUNCIADA NORMALIZACIÓN DE RELACIONES DIPLOMÁTICAS

La orientación oficial aparece clara –y hemos de agradecer esta claridad– en el prólogo del ministro de Asuntos Exteriores al libro de Samuel Pisar «Transacciones entre el Este y el Oeste», publicado por Dopesa, editorial que forma parte de los negocios de Sebastián Auger.

Aunque el libro tiene un alcance práctico y orienta sobre mercados, forma de negociar y de resolver los posibles litigios, el titular de la cartera abre el volumen con unas consideraciones doctrinales muy jugosas, que ponen de relieve su pensamiento.

Para el señor López Bravo, «tras el triunfo de los bolcheviques en la revolución de 1917, el mundo occidental trató de aislar a Rusia por el temor al contagio ideológico y porque se suponía que su aspiración iba a consistir en imponer a los restantes países del globo, por todos los medios a su alcance, la revolución anunciada por sus doctrinarios». «La oposición –sigue diciendo López Bravo– se creyó insalvable». «La realidad –continúa– ha demostrado que se trataba de un «enfoque simplista»», de tal modo que la «lucha entre los dos bloques político-económicos ha pasado hoy a la historia», debido, sin duda, al «pragmatismo reinante en el mundo».

El señor López Bravo destaca los «admirables esfuerzos de ambos sistemas», y convencido de que sólo la imaginación de los trasnochados puede pensar en que la URSS y los comunistas pretenden imponer su ideología y su Gobierno a escala mundial, entiende que España «debe estar abierta a todas las corrientes mundiales de intercambio y cooperación, y entre ellas, a las que fluyen y refluyen de los países del Este de nuestro mismo continente, que constituyen una realidad que no cabe ignorar». De aquí, concluye el señor López Bravo, que «nuestra política exterior (tienda) a continuar el proceso de acercamiento con los países del Este europeo, hasta llegar a la meta que nos hemos propuesto de la plena normalización de los vínculos».

Con los respetos que me merece el titular de la cartera de Asuntos Exteriores, yo no he visto en tan breves líneas mayor número de dislates. Todo el drama del mundo moderno está planteado en torno a la voluntad perseverante de los bolcheviques de conquistar el mundo. Esta voluntad, desde 1917, se ha visto satisfecha en tales términos, que basta con pasar una ligera mirada sobre el globo terráqueo para ver que la suposición, que hace sonreír al ministro, es una trágica realidad que ha sumido en la esclavitud a millones y millones de hombres y arrancado la libertad y la soberanía a muchas naciones, y entre ellas a las que constituyen la marca oriental de nuestro mismo continente.

La frialdad e indiferencia del prólogo que comentamos no pueden soslayarse. En política no se construye tan sólo con abstracciones, no se manejan tan sólo palabras y conceptos. En la política, lo fundamental es el hombre, y, si me apuráis mucho, los hermanos, y en este caso los hermanos que sufren y gimen, los auténticos condenados a vivir en esos campos de concentración que son los países comunistas.

Por eso, cuando se habla de la apertura a las corrientes que fluyen y refluyen del Este, no se puede olvidar a las que nos traen prendida en sus ondas la amargura de los oprimidos, el lamento de los hermanos a los que nuestra insensibilidad, por no decir nuestro egoísmo suicida, desconoce y en el fondo desprecia, en su lenguaje oficial y en sus tratados comerciales «sui generis».

Pero si éstas son las líneas maestras del pensamiento oficial sobre la llamada apertura al Este, nada puede extrañarnos la firma del protocolo con la URSS. Este protocolo se encuadra en el marco general de la «Ostpolitik» española, en el que podemos distinguir:

a) Las relaciones consulares, con privilegios diplomáticos, establecidos con los países de régimen marxista.

Hoy las tenemos con todas las naciones europeas gobernadas por el Partido Comunista, a excepción de Albania y Yugoslavia. Por su parte, en la reunión de Viena del pasado mes de septiembre, a la que concurrieron, bajo la presidencia del subsecretario del Departamento, nuestros cónsules en los países del Este, se urgió que se elevasen a Embajadas las Delegaciones consulares.

b) Los contactos con China.

De ellos ha hablado la prensa. Y han sido corroborados por las conversaciones, en Nueva York, entre el ministro de Asuntos Exteriores y los representantes de Mao en las Naciones Unidas.

Por otra parte, la tesis oficialista de la apertura, antes expuesta, es aplicable a la China continental, que «cuantitativa y cualitativamente, ocupa un lugar destacado en la comunidad internacional» (López Bravo: declaraciones citadas en «ABC»).

La importación por una gran empresa comercial española de productos de la China comunista y la publicidad lanzada como estímulo para su venta son síntomas de que aquí estamos más allá de la especulación o del proyecto.

c) El apoyo de España a la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa.

El ministro de Asuntos Exteriores, en el marco solemne de la Asamblea General de las Naciones Unidas, afirmó el 4 de octubre de 1972: «España ha venido manteniendo una postura coherente de apoyo a la idea de celebrar una Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa, que pueda ser un instrumento útil para la creación de un orden nuevo, mediante la aceptación de compromisos formales sobre la base del respeto a la independencia y soberanía de todos los Estados europeos».

d) La ayuda económica a los países que están al borde de caer bajo la dominación comunista.

Tal es el caso de Chile, a cuyo Gobierno de Unidad Popular –o de Frente Popular, para entendernos mejor–, presidido por Salvador Allende, que no se recata de proclamarse masón y de rendir cuentas de su quehacer político a la secta a que pertenece, se le acaba de conceder un préstamo de cuarenta millones de dólares.

* * *

Prescindiendo del primer punto, el de las relaciones consulares con los países comunistas, que no precisa de más comentarios, permitidme unas sencillas observaciones sobre los otros puntos que acabo de enumerar.

– Por lo que respecta a los contactos con la China comunista, creo que los mismos colocan a España en una situación equívoca y llena de ambigüedades con relación a Formosa.

Si mantenemos con Taipeh la normalidad de vínculos que ambiciona el titular de la cartera de Asuntos Exteriores para con los países del Este, no nos explicamos cómo se coloca en tela de juicio la normalidad diplomática, anunciando desde ella y enfáticamente que queremos tener Embajada en Pekín, por cuanto significa «cualitativa y cuantitativamente la China comunista».

La situación es idéntica, pero más alarmante, porque entra más por los ojos, a la que se produciría en el caso de que un Gobierno extranjero con el que España mantiene relaciones normales hiciera públicos sus coqueteos con el Gobierno de la República en el exilio. Supongo que nuestro embajador recibiría instrucciones a fin de formular una justificada protesta.

Pero hay más. Dentro de esas relaciones amistosas con la China nacionalista, llegó a Madrid, en este otoño, una misión militar. Su llegada coincidió con la campaña publicitaria a que antes hicimos referencia. Los anuncios, prodigados en las calles y en los periódicos, no eran anuncios neutrales, estrictamente mercantiles. Eran, en realidad, propaganda política, con una miliciana de Mao como atractivo.

¿No quiere esto decir nada? A mí se me ofrecen muy distintas sugerencias, pero sólo me atrevo a indicar una: ¿podrían anunciarse en Pekín los productos españoles con grandes carteles en los que apareciera una muchacha de nuestra Sección Femenina, ataviada con boina roja y con camisa azul?

* * *

– Por lo que respecta a la Conferencia sobre Cooperación y Seguridad en Europa, resulta evidente que la misma tiene una inspiración rusa manifiesta y es una continuación de la inútil Conferencia de Ginebra, celebrada entre el 18 y el 23 de julio de 1955.

Pero, ¿qué es lo que pretende la URSS con la Conferencia de Helsinki? A juicio de los que mejor conocen el tema («Informe de un grupo de exiliados»), los objetivos que persigue la URSS son los siguientes: sancionar el «statu quo» europeo; legalizar la doctrina de la soberanía limitada, en la órbita comunista; asegurar la estabilidad política en el flanco occidental; eliminar a los Estados Unidos de la defensa de Europa; y reforzar la economía soviética con técnica y dinero de los países del mundo libre, a fin de consolidar su plataforma de asalto.

¿Pero es que el «statu quo» europeo no está reconocido? Pues no, al menos en la forma y con la universalidad que el comunismo requiere. Si las fronteras del despojo se impusieron y legitimaron en Yalta, esta imposición y esta legitimidad arbitraria tienen sólo la aquiescencia oficial de las grandes potencias que fueron aliadas de la URSS en la última contienda. Falta la adhesión de los demás países, de los neutrales y sobre todo de la Alemania Federal.

Este asentimiento es el que se pide a España. Se nos pide, pues, que ratifiquemos libremente una situación de injusticia en la que no tuvimos ni directa ni indirectamente ninguna intervención.

* * *

– Por lo que respecta al préstamo concedido a Chile, y que asciende a cuarenta millones de dólares, hemos de subrayar que se hace a un país en tránsito oficial hacia un sistema marxista de Gobierno, que ha suspendido sus pagos internacionales por quiebra casi total de su economía, hasta el punto de que, según frase de su presidente, ya no quedan divisas «ni para raspar la olla».

Pues bien, con cargo a este préstamo, España ha procedido a la financiación de una empresa mixta que han constituido en Santiago de Chile, el 12 de octubre pasado, ENASA, de una parte, y CORFO (Corporación de Fomento de Chile), de otra. El capital de la empresa asciende a veinte millones de dólares, de los que corresponde a ENASA (España) el 49 por 100, y a CORFO (Chile) el 51 por 100.

Pero lo curioso es que la total aportación de Chile, 10.200.000 dólares, se los cede precisamente España, a título de crédito. Es decir, que los veinte millones de dólares proceden en su totalidad de España.

En la referencia oficiosa, que tengo a la vista («Mundo Hispánico», número 296), se dice que el crédito español de 10.200.000 dólares se liquidará mediante la exportación a España de productos chilenos, de tal forma que el país hermano no tiene por este concepto nada que gastar en divisas.

La inquietud y la sospecha de nuestro compañero señor Rosillo, manifestada en una de las reuniones de esta Comisión, de que España, con una economía en desarrollo, necesitada por consiguiente de salida para sus productos, esté abriendo créditos para la importación de mercancías foráneas, tiene ahora confirmación plena.

No puede extrañar que Salvador Allende, que presidió el acto constitutivo de la empresa mixta ENASA-CORFO, dijera que «quería manifestar públicamente y pedirle al embajador que hiciera llegar al ministro de Asuntos Exteriores de España su reconocimiento por (su) decidido apoyo… y (por) la comprensión que ha tenido no sólo para la posibilidad de este convenio, sino para los problemas generales que afronta Chile».

V

HAY UNA CONTRADICCIÓN ENTRE LOS PRINCIPIOS QUE ANIMAN LA APERTURA AL ESTE Y LA FIRMA DEL TRATADO CON LA URSS

Yo suscribiría, y con muy escasas reservas, la «praxis» de nuestra política exterior con respecto a los países comunistas, si fuera verdad o casi totalmente verdad tanta belleza como se predica y ofrece.

Lo que ocurre, sin embargo, es que entre la doctrina y la realidad existe una oposición tan honda, que el rechazo del trasplante se produce en el acto.

En efecto, la doctrina oficial, diseminada, pero reiterada en diversas ocasiones, la entresacamos de dos textos: del discurso del ministro de Asuntos Exteriores en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, y del prólogo al libro a que más arriba hicimos referencia.

En el discurso en la ONU el ministro acepta «compromisos formales, sobre la base del respeto a la independencia y soberanía de todos los Estados europeos».

En el prólogo, el ministro añade: «España quiere una convivencia leal con todos los pueblos que acepten sin reservas los principios de la relación internacional básica, es decir, el respeto por las formas de vida ajena y por los elementos que constituyen la propia personalidad nacional».

Es decir, que la doctrina oficial admite, como es lógico, que hay una relación internacional básica. Si esa relación se elude o se quiebra, no puede haber ni compromisos formales ni convivencia leal. Luego, con un silogismo riguroso, si no se dan los elementos fundamentales, esenciales, constitutivos de la relación internacional básica, nos estará vedado, por fidelidad a la doctrina que preside nuestra política exterior, suscribir tratados (compromisos formales) que regulen jurídicamente una convivencia imposible.

Sólo nos queda examinar, para obtener la conclusión correspondiente, si se dan o no se dan, en el caso que ahora nos ocupa, y en todos los que hacen relación a los países comunistas, los supuestos esenciales de la relación internacional básica.

En la doctrina oficial se consideran como tales supuestos esenciales: que el convenio tenga lugar entre Estados; que estos Estados respeten de un modo recíproco su independencia y soberanía; que este respeto alcance también carácter recíproco a las formas de vida y a la personalidad nacional de cada uno de ellos.

Pues bien; cuando se negocia con un país gobernado por un régimen comunista, no se negocia con un Estado, y por ello la parte comunista no puede obligarse a esa gama de respetos que exige como indispensable la relación internacional básica.

En efecto, ¿qué es un Estado?. Como dice Horia Sima («¿Qué es el comunismo?», Editorial Fuerza Nueva, Madrid, 1971, págs. 23 y s.): «La existencia de un Estado viene condicionada por tres factores: un territorio, una población y una autoridad central que representa sus intereses y aspiraciones. La sustancia del Estado es la nación. La nación se organiza sobre un territorio, con vista al cumplimiento de su destino histórico. La estructura de los Estados comunistas es diferente. Éstos se presentan amputados. De los tres factores que constituyen un Estado, aquéllos no poseen más que el territorio. Por consiguiente, no pueden ser considerados más que como simples expresiones geográficas. Son Estados muertos, Estados sin pueblo. Evidentemente, las naciones existen (pero llevan) una existencia oscura…, paralela (y) ajena al Estado. ¿Dónde encontramos a las naciones en los Estados comunistas? En los campos de concentración o reducidas al estado de animales de trabajo. En un Estado comunista la nación está detenida en su totalidad y vive como en una gigantesca prisión. Las fronteras están herméticamente cerradas y vigiladas por guardianes feroces para que nadie se escape de aquélla.

»Una vez apartadas las naciones de la formación de los Estados comunistas, estos Estados no pueden izar la bandera de la soberanía nacional. No son Estados independientes, y ni siquiera autónomos. Existe, es verdad, una autoridad central, un Gobierno…, pero (la) autoridad no emana de la nación… La nación creadora del Estado yace encadenada… Los que hablan en su nombre, las personas que aparecen con títulos de jefes de Estado, jefes de partido o de Gobierno, representan en realidad una superestructura impuesta a la nación por otra fuerza.

»La autoridad central en un Estado comunista está bajo el control de la Internacional Comunista, de la organización mundial que manda por medio de sus personas de confianza a todos los Estados comunistas. En realidad, los Estados comunistas representan los límites de la expansión del imperialismo comunista. Son sus nuevas conquistas, sus nuevas anexiones, sus nuevas provincias.

»Todo lo que se ve (de) un Estado comunista, desde el Gobierno hasta un comité deportivo, forma parte del aparato de terror y sirve a la expansión del comunismo en el mundo.

»Si fuera suprimido el aparato de terror, lo cual no puede ocurrir mientras detrás de él vigile la fuerza mundial del comunismo, entonces automáticamente se (desharía) la fachada engañosa de los Estados comunistas, con todas sus ramificaciones, y la nación saldría triunfante a la luz».

Creo que el tema está expuesto por Horia Sima de un modo magistral. El telón de bambú, la cortina de hierro, el muro de Berlín son símbolos de esas cárceles gigantescas; y los levantamientos populares aplastados por los tanques soviéticos prueban la vida oscura y esclavizada de las naciones y la fuerza irresistible del inmenso aparato de terror que es el comunismo.

Ahora bien, si los Estados comunistas no son Estados propiamente dichos, sino puros aparatos de terror, el primero de los requisitos esenciales de la relación internacional básica no existe. Los organizadores de un congreso de municipios se entienden con los alcaldes, pero no con los jefes de los campos de concentración. Confundir o identificar a unos y otros sería un insulto para los primeros y, además, un error inconcebible e imperdonable.

Pero si los Estados comunistas no son Estados, no pueden obligarse a respetar la independencia y la soberanía de los Estados que con ellos contratan. «¿Acaso los países comunistas tienen independencia política?», preguntaba el vicepresidente del Gobierno en su discurso del pasado día 7. Pues si ellos mismos carecen de independencia y de soberanía, si son puras anexiones, ¿cómo podrán obligarse a mantener un estricto respeto a la independencia y a la soberanía ajenas?.

Los Estados comunistas no tienen política exterior propia. Su política exterior está dictada; e incluso cuando aparecen y airean conatos de autodeterminación, los mismos están insertos en el cuadro general de esa política única, que intenta la confusión y el ablandamiento del adversario.

La famosa doctrina Breznev o de la soberanía limitada nos advierte que son acertados nuestros puntos de vista, ya que tal doctrina justifica la intervención armada de la URSS en cualquier país socialista, si lleva a cabo ciertas reformas que Moscú considera como una amenaza a la comunidad soviética.

De lo dicho resulta que falta el otro de los principios esenciales de la relación internacional básica, ya que, por una parte, un Estado clásico no puede respetar la independencia y la soberanía de otro comunista, pues no puede respetarse lo que un Estado comunista no tiene; y un Estado comunista, precisamente por carecer de soberanía y de independencia, no puede obligarse a respetar la independencia y la soberanía de los demás.

Todo esto, que es de aplicación inexcusable a los Estados comunistas, tiene vigencia con respecto a la URSS y al Tratado Comercial «sui generis» objeto del debate; porque, en última instancia, la sede central del aparato de terror se halla en la gran metrópoli del imperialismo marxista. ¿Y cómo podrá la URSS, que ha dado pruebas de su voluntad continuada de expansión por toda clase métodos, que actúa constantemente en las naciones libres, azuzando la subversión, fomentando la disgregación moral y aprovechando todas las situaciones de conflicto, renunciar a su propósito de aprisionar al mundo, a todo el mundo, con la hoz y el martillo?. Y España, por muchas razones, sigue siendo una de sus metas más apetecidas.

Diréis, como quizá nos dice el ministro de Asuntos Exteriores: ¿es que no va a ser posible una quiebra, un desmayo, un abandono en ese proyecto de dominación universal?. Sin duda que en ocasiones hay síntomas que, dado nuestro deseo, que yo comparto, de distensión, parecen indicar que la oposición no es insalvable. Pero la realidad, por desgracia, no es como nosotros la imaginamos. El «vals de Lenin», «dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás», permitió a la URSS transigir y perder a Letonia, Estonia y Lituania, para recuperarlas después, y retirarse de Austria, para seguir al acecho. Mientras, ha ganado la Alemania de Pankow, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumanía. Dos pasos hacia adelante y uno, muy pequeño, hacia atrás. El balance es positivo.

Señores procuradores: yo advierto que nuestra política internacional con respecto a los países comunistas plantea una cuestión de principio, que es muy grave. Por un lado, hay una falta de consecuencia y coordinación entre la línea fundamental del pensamiento del ministro y los escalones que vamos ascendiendo en el amplio y anunciado camino de apertura sin límite, y digo sin límite, porque creo haber demostrado la ausencia en el mismo de los supuestos esenciales de la relación internacional básica. De otro lado, hay también, a mi juicio, una contradicción de fondo entre los puntos de vista del ministro de Asuntos Exteriores y los del vicepresidente del Gobierno.

El señor López Bravo cree posible la convivencia leal con los países comunistas, cree que «las transacciones económicas, financieras y comerciales entre el Este y el Oeste suponen a la larga un factor positivo para una auténtica distensión… (y estima que la política de apertura) genera una ininterrumpida cooperación, como garantía de paz» (En el prólogo aludido). El Señor López Bravo es, en suma, coexistencialista.

El señor Carrero Blanco no opina lo mismo en materia tan decisiva para España y para el mundo. El señor Carrero Blanco mantiene idéntica doctrina a la que Franco expuso en repetidas ocasiones, aunque, como es lógico, lo haga con palabras distintas. Las palabras del Señor Carrero Blanco dicen así: «La URSS no entiende más paz posible en el mundo que la transformación de éste en una República Soviética universal. Cuando hablan de coexistencialismo mienten; cuando hablan de asegurar la paz mienten. Estos hombres que dirigen la URSS… no son más que una especie de monstruos, que asesinan con la mayor sangre fría, que en su grotesca soberbia niegan a Dios, que no tienen concepto de la verdad ni de la mentira, ni de lo que es justo o injusto, ni de lo que es hacer honor a la propia palabra, ni de lo que significa la fidelidad a un acuerdo. Y no lo tienen, por principio, por doctrina. No es posible tratar con ellos. Nunca podrá haber la más mínima garantía de que cumplieran nada de lo que con ellos se conviniera. El coexistencialismo, con el que tratan de engañar (al) mundo…, para más fácilmente aniquilarlo…, es tan irrealizable como el pretender hacer de un cedro un catedrático de filosofía. Esto –concluye el señor Carrero Blanco– sólo lo pueden negar los necios o los cómplices del comunismo» (Juan de la Cosa: «Las modernas Torres de Babel», Ed. Idea, Madrid, 1956, págs. 470 y s.).

Yo, naturalmente, me adhiero a los puntos de vista del señor Carrero, y, por eso, me pregunto con él si se ha pensado en las posibilidades que se brindan a la URSS «dentro de los países de Occidente con sus representaciones diplomáticas», y si el Gobierno español está decidido a brindarlas también a la URSS, iniciando este brindis con las inmunidades y privilegios que se insertan e injertan en el Tratado Comercial que estudiamos.

Porque no se olvide que en el Tratado «sui generis» que nos ocupa falta también la última exigencia de la relación internacional básica, que exige la tesis del titular de la cartera de Asuntos Exteriores, y es que la otra parte respete nuestra forma peculiar de vida y los elementos que constituyen la propia personalidad nacional. Por principio, por ánimo de revancha y por hallarse en la estrategia inicial de Lenin, la URSS ha hecho gala y sigue haciendo gala de enemistad manifiesta contra esa forma de vida y contra los elementos básicos de la personalidad de la nación española, pretendiendo cambiarla de signo, alienarla y enmadejarla en la superestructura mundial comunista.

Ahí están no sólo la intervención soviética en España durante la guerra de liberación de 1936 a 1939, sino las constantes maniobras de la URSS para considerar a España, país neutral, como país vencido en la última contienda; las campañas de agitación universal contra el Régimen, como la promovida con motivo del Consejo de Guerra de Burgos; las emisiones de radio insultantes e incitadoras de la subversión; el envío de agentes para promover disturbios. De todo ello nos da noticia puntual la prensa, y todo ello es objeto de observación y también de indignación y de escándalo por parte de todos los buenos españoles; y de todo ello hay informes oficiales y oficiosos que incriminan a la URSS y que no creo que ahora se puedan negar o retirar de la circulación. (Ver, entre otros, «Apuntes para la Historia. La ofensiva comunista contra España. “Caso español en la ONU”. (Enero-Abril de 1946)», O.I.E., Madrid).

¿No son tales consideraciones objetivas y sensatas? ¿No nos obligan a reflexionar seriamente antes de emitir dictamen sobre la ratificación del Tratado con la URSS?.

Se dirá, y admito como base dialéctica la objeción, que todo lo que acabo de exponer es respetable y hasta lógico, pero que a la hora de la verdad, al descender con el pragmatismo que seduce a nuestra política exterior, las pesetas son las pesetas; las naciones no tienen amigos, sino intereses; no se puede ignorar a los países comunistas; no se dialoga ni se transige con las ideologías adversas, sino que se dialoga y se pacta con los Estados; y, en última instancia, la política de apertura a los países comunistas tiene el aval de Francisco Franco.

Como aspiro a que mi intervención, en materia tan decisiva como la presente, no margine ningún aspecto de la misma, quiero examinar y deshojar los cinco pétalos de esta margarita dialéctica. Examinemos, pues, cada uno de los cinco argumentos a que, en síntesis, se reduce la campaña a favor del Tratado con la URSS y de la política de apertura al Este.

A) Las pesetas son las pesetas

Naturalmente, y no seré yo quien lo niegue. Como el comercio es el comercio, y el turismo es el turismo (ver Manuel Fernández Areal, director de «Mundo», en esta revista, 11-11-72, pág. 9), y el arte es el arte.

Pero, dicho esto, no está dicho todo, porque hay pesetas de cuño legal y pesetas falsas; y hay pesetas que se ganan honradamente y hay pesetas que se consiguen con engaño o por la violencia; y hasta hay indemnizaciones en pesetas que se pagan voluntariamente, y otras que se hacen efectivas, ante la resistencia o morosidad del deudor, por vía judicial de embargo y de subasta, y otras, finalmente, que no se hacen efectivas, condonadas por medio del indulto. En cuestión de pesetas habría mucho que hablar y el tema nos llevaría muy lejos, adentrándonos en zonas cuya peligrosidad es manifiesta y que ahora no es el caso de poner a examen.

Con el turismo y con el arte pasa exactamente lo mismo. Hay turismo apetecible y turismo rechazable, como el que en tantas ocasiones produce escándalo en nuestros pueblos, propaga la droga o la pornografía, o insulta a la bandera o al Jefe del Estado. Hay arte, sin dejar de ser arte, positivo o negativo por razón de su objeto y del fin que el autor pretende con la obra expuesta; y así, el cuadro de Zuloaga sobre el Alcázar desmantelado y en ruinas, para mí, es positivo, porque es un elogio al heroísmo de la España nacional, quintaesenciado en la fortaleza toledana, mientras que «Guernica», el cuadro de Pablo Ruiz Picasso, es un insulto al Ejército español y a Francisco Franco.

Pues bien; lo mismo que sucede con las pesetas, con el turismo y con el arte, ocurre con el comercio. Por muy declamatoria y aséptica que resulte la frase «el comercio es el comercio», no merece la misma calificación la trata de blancas que la venta de panecillos, ni las transacciones legales con el exterior que rinden tributo a la aduana, que aquéllos que la eluden y terminan en el Tribunal de contrabando.

En un semanario barcelonés, entusiasta defensor de la apertura, se ha escrito: «Al fin y al cabo, todo se compra, todo se vende». Quizá crea quien está dispuesto a convertirse en materia venal que todo el mundo es así, que ya no hay dignidad, ni hombría de bien, ni espíritu de sacrificio bastante que se resista a entrar en el mercado de las conciencias. Afortunadamente, sin embargo, y con la ayuda de Dios, todavía hay cosas y todavía hay hombres, pese al pragmatismo reinante, que son «extra comercium», como decían los romanos, que están fuera del comercio de los hombres.

Pero sigamos adelante. Cuando se inicia una polémica hay que admitir, aun cuando no se acepta la propuesta, una base de discusión. Pues bien: yo, que no acepto la tesis absoluta de que las pesetas son las pesetas, la admito para entrar en el diálogo.

De acuerdo, pues, en que las pesetas son las pesetas. Pero, ¿dónde están?. Creo que Cuba, país con el que nuestra balanza de pagos es favorable, nos debe algo así como dos mil millones de pesetas. ¿Dónde están, pues, las pesetas que tanto necesita España para su desarrollo?

Tengo a la vista los datos oficiales sobre el comercio exterior de España con los países comunistas. De tales datos oficiales resulta que en pesetas el saldo de nuestro comercio exterior con la URSS ha sido deficitario y que perdimos, en 1967, 516 millones de pesetas; en 1968, 77 millones de pesetas; en 1969, 1.152 millones de pesetas; en 1970, 266 millones de pesetas; y en 1971, 221 millones de pesetas.

Las pesetas son, sin duda, las pesetas. Pero, en este caso, para la URSS y no para España. ¡Magníficos defensores de la peseta nos han salido entre los vocingleros –y utilizo esta palabra por ser uno de los epítetos que la revista barcelonesa aplica de contrario– entusiastas del Tratado Comercial «sui generis» con la URSS!

Bueno, podrá decirse, todo esto sucede por la falta de regulación jurídica del comercio URSS-España. Con esa regulación, que el Tratado proporciona, «el comercio mutuo podrá ser más fluido y amplio» (ver editorial de «Informaciones», 16-11-72), y entendemos que también más favorable.

Pues dudo, con toda sinceridad, que este cambio de signo se produzca, ya que después de suscribir tratados comerciales y de establecer relaciones consulares con los demás países soviéticos de Europa, el balance arroja –incluyendo a la URSS y con exclusión de Yugoslavia– un déficit para España, en 1971, de 12.726.000 dólares, y en el primer semestre de 1972, de 8.048.000 dólares.

Supongamos, ello no obstante, y a pesar de la experiencia, que el cambio de signo se produce. Entonces, y bajo la premisa de que el comercio es el comercio, ¿se podrá seguir considerando como mercancía apta para el mismo, y con lesión grave para nuestra economía, la importación de cemento pasado de fecha, como el que se trajo de Rumanía, que arruinó un enorme grupo de viviendas sociales apenas construido y habitado, o la importación de toneladas y toneladas de carne con fiebre aftosa, a la que es preciso someter a cuarentena y posiblemente incinerar en los mismos puertos de llegada?

B) Las naciones no tienen amigos, sino intereses

En un diario de la más alta significación oficial católica, se utilizaba este argumento para recomendar la firma del Tratado con la URSS, y para secundar y alentar la política de apertura a los países comunistas.

Ya podéis imaginaros que no puedo, como católico, compartir este punto de vista. La política y la economía –y por tanto la política económica, incluso la que se proyecta al exterior– no pueden guiarse exclusivamente por el baremo del interés, escapándose al dominio de la ética y regulándose por sus propias leyes, a las que es preciso reputar justas por sí mismas. La deseada y practicada autonomía teórica de la política y de la economía «con respecto a la moral, se transforma, prácticamente, en rebelión contra la moral» (Pío XII, 23-3-1952).

La proclamación del interés sobre la amistad, en este campo de la política económica, es una prueba de lo que se viene llamando nueva mentalización, la cual sustituye poco a poco, en méritos del tan manoseado pragmatismo, la moral cristiana por la moral capitalista o burguesa.

Para el cristiano, la moralidad de un acto, privado o público, se hace apelando a la ética. Para el capitalismo, apelando al interés. Para el marxismo, apelando a la eficacia.

De aquí que, para una concepción capitalista, la moralidad de un acto se determine por el interés. Lo que produce lucro, lo que trae consigo un aumento de bienestar es bueno; y lo contrario es malo. El dictamen huye de toda confrontación ética, para trasladarse a la órbita del beneficio.

En el campo comunista, el criterio del beneficio se desplaza, como piedra de toque, de la moralidad del acto, para dar entrada a un nuevo índice: el de la eficacia. Es bueno, aunque no lleve consigo lucro ni bienestar, lo que favorece al marxismo, lo que ayuda a la subversión mundial, lo que sirve a la más rápida o más segura implantación del régimen soviético, lo que incrementa la difusión o la influencia del partido. Lo contrario es malo.

Sólo si se tiene ante la mirada esta doctrina fundamental, y se proyecta la luz que difunde sobre la conducta privada o pública, se puede esquivar el riesgo de aplicar, en el momento de resolver en uno u otro sentido, una concepción capitalista, como podría sucedernos ahora, al dictaminar sobre el Tratado con la URSS, cayendo, además, en el engaño de una concepción marxista que con habilidad se nos ofrece desde la mesa que ocupa la otra parte que contrata.

Todo esto nos lleva de la mano a insistir una vez más en que el materialismo no es sólo comunista; en que el materialismo comunista es la consecuencia obligada de una cosmovisión materialista de la Historia, que tuvo su origen en el capitalismo y en la herejía protestante del siglo XVI. La primacía del interés a toda costa está descartada, incluso para la política económica exterior, del programa normativo de un gobernante católico.

En este sentido conviene recordar algo de lo que Pablo VI acaba de decirnos sobre el tema: «El hombre deviene ciego, condicionado, cuando su psicología se deja penetrar por los intereses económicos» (2-8-72). «Deberíamos descubrir las redes de la así llamada moral de situación, cuando nos propone como regla moral universal el instinto, habitualmente utilitarista» (30-8-72). «Deberíamos estar dispuestos a no adaptar nuestra actitud a tal o tal situación, sino a tener en cuenta la obligación moral objetiva y las exigencias subjetivas de una noble coherencia» (30-8-72).

Pues bien; tanto la moralidad objetiva como la coherencia subjetiva demandan, para la calificación ética favorable de la conducta, no sólo la intención recta, que se supone, sino también la obra buena; y la obra buena deja de serlo cuando para conseguirla se hace uso del mal, o cuando, sin dejar de ser buena la obra, hay un bien superior al que debe sacrificarse todo, incluso la obra buena que con el acto se persigue.

Así, el hacer queda subordinado al ser, y como, según el propio Pablo VI, los componentes de la moralidad son «deber, poder y querer» (9-8-72), está claro que las preguntas que nos hemos de formular son las siguientes: 1) ¿Podemos tener relaciones comerciales y diplomáticas con la URSS?. Claro que sí, será la respuesta. 2) ¿Queremos tener tales relaciones?. Claro que sí, nos dice con insistencia el ministro de Asuntos Exteriores. 3) ¿Debemos tenerlas?. Y aquí empiezan las dudas, porque es aquí donde los criterios –el del señor ministro y el mío– varían, por una concepción que posiblemente sea distinta acerca de la moralidad de la política y de la economía.

Y que conste, luego trataré de complementar mi pensamiento, que conjugando ese triple verbo deber-poder-querer yo no me opongo de una manera radical y absoluta a las relaciones comerciales con los países comunistas, aunque me oponga a la ratificación de este Tratado «sui generis» con la URSS. Más tarde me explicaré.

Y vaya, para que no todo se quede en pura elaboración doctrinal, un ejemplo que nos afecta de modo peculiarísimo y en el que se puso a prueba el binomio interés-amistad. Me refiero a los 750 millones de pesetas que la Argentina prestó a España en 1946, cuando el mundo nos odiaba y escarnecía, cuando un bloqueo internacional, hostigado por la URSS, nos redujo al hambre y tuvimos que apretarnos los cinturones, popularizar el gasógeno y comer borona. ¿Qué interés podía seguírsele a Perón, calificado entonces como fascista, de la ayuda a España, país depauperado y esquilmado, excluido de las Naciones Unidas y al borde, según la propaganda, de una catástrofe interior?

Entonces primó, señores procuradores, la amistad sobre el interés. Esa amistad, cuando los embajadores huían de Madrid, como se huye de un lugar apestado, nos envió, valiente y conmovido hasta las entrañas, el abrazo del embajador Radío, y luego, la sonrisa y el saludo de Evita, la esposa del presidente.

Cualquiera que sea la opinión que pueda sugerirnos el itinerario y el quehacer político de Juan Domingo Perón, y con independencia también de la mía propia, no habrá un español bien nacido que no guarde un agradecimiento profundo y una gratitud imperecedera al hombre y al país que en un momento doloroso y amargo para España entendió que la amistad entre las naciones se halla por encima, muy por encima, del interés; y que, por tanto, las naciones tienen, sin duda, intereses, pero, gracias a Dios, también tienen amigos.

C) A los países comunistas no se los puede ignorar

He aquí una verdad de Perogrullo. Pero la no ignorancia no lleva inexorablemente, ni lógicamente, en todo caso, a una política de coexistencia y de convivencia. Por eso, la doctrina inspiradora de la plenitud y normalidad de las relaciones con los países esclavizados por el comunismo no puede etiquetarse con el rótulo simplista de la «no ignorancia», sino con el más acertado de la «coexistencia sin ignorancia».

En efecto, ignorar la existencia del comunismo y de los Estados al servicio de aquél sería necio y absurdo. Habría que tener los sentidos a punto de desmayo para no darse cuenta de la realidad agobiante y angustiosa que suponen.

Pero no ignoramos muchas cosas, y nos negamos a coexistir con ellas. Aunque el director del semanario barcelonés antes aludido estime que hay que «coexistir con todo el mundo», estoy cierto de que no cumpliría su propósito si tuviese que convivir con piojosos, afeminados, homicidas, prostitutas o drogadictos. Podrá preocuparse de ellos, atender a su conversión o reeducación, pero no creo, con toda sinceridad, y no obstante su desenfado característico, que fuese a convivir con ellos.

No hay un solo gobernante que desconozca los delitos contra la propiedad, y entre ellos, el robo. Pero ante el robo, que no se ignora, inicialmente podrán adoptarse tres comportamientos: tolerarlo, participar del botín o perseguirlo. La doctrina de la no ignorancia, como se ve, admite diversidad de conclusiones, y no creo que las dos primeras vayan a merecer nuestra adhesión.

Pero hay más: sentado el principio de la coexistencia como única conclusión de la no ignorancia, hay que ser lógicos y aplicar la doctrina en todos los supuestos.

Por tanto, la coexistencia sin ignorancia habrá de aplicarse al separatismo, que evidentemente existe y ha dado pruebas de su vitalidad con actos de terror y asesinatos, como el último de Zaragoza. Y, sin embargo, estoy seguro de que cuantos nos reunimos aquí tacharíamos de traidor a España al gobernante que pactara con el separatismo, en el interior o en el exterior, oficialmente o en la clandestinidad, porque el separatismo es uno de aquellos pecados contra el espíritu de la Patria que no se perdonan, ni a aquél que lo comete ni tampoco a aquél que lo encubre.

Y lo que se dice del separatismo se puede decir igualmente del comunismo, pero, en este caso, en presencia de una cruel paradoja, cuando se formalizan tratados, como el presente, con la URSS o con los países soviéticos. La frase ingeniosa del príncipe Suvana Fuma: «Soy amigo de los comunistas fuera de casa; en casa soy su enemigo» (citado por Emilio Romero en su intervención del 21-3-71, en TVE) es, a la corta, irrealizable. «¿Cómo –decíamos hace tres años (FUERZA NUEVA, número 159, 24-1-1970)– reconocer al comunismo de fuera y denigrar al que trabaja dentro de España? ¿Cambia de signo una filosofía y una praxis según el lugar donde se proclama o practica? ¿Cómo mantener la moral interior y alentar a los españoles contra la propaganda comunista –que ya nos invade por todos lados, decimos ahora– cuando después se cruzan abrazos y sonrisas con quienes lo alientan, a través de enlaces, afluencia de dinero y emisiones constantes de radio que funcionan sin paréntesis en territorio comunista?».

Por otra parte, y para ser consecuentes, la no ignorancia, seguida de la coexistencia, como medio para convivir, debe generalizarse. ¿Por qué no tenemos relaciones diplomáticas con Israel? ¿Por qué no hemos establecido relaciones consulares? (El Consulado de Jerusalén existía antes de la fundación del Estado judío). ¿Por qué no hemos suscrito con Israel ni siquiera un modesto Tratado comercial o un simple Acuerdo de pagos?.

Y no se diga que Israel no existe, porque existe, y no lo podemos ignorar, y se halla en la cuenca del Mediterráneo, mar predilecto de nuestra política exterior, y, por si fuera poco, está deseando tener un embajador en Madrid.

Yo no prejuzgo la cuestión, ni opino sobre el tema; me limito a decir que la no ignorancia no puede terminar en coexistencia con la URSS y en desconocimiento del Estado de Israel, salvo que haya otros motivos que mediaticen la política exterior española, obligándonos a excepciones e incongruencias.

Pero la doctrina de la no ignorancia tiene otras perspectivas que no pueden soslayarse al examinar el Tratado que nos ocupa. Una de ellas nos la ofrece el problema del oro español en Moscú, que ha quedado pendiente y marginado del convenio, y que puede plantear, como seguidamente veremos, problemas graves en el futuro.

Es verdad que algunos han tratado la cuestión del oro con excesiva frivolidad. Así, una revista madrileña («La Actualidad Española», 13-3-1971) aludía a esa cuestión como «tema sempiterno que aún sigue coleando para la gloria de la incomunicación patria». «El oro –concluía el semanario– existió, pero ya no existe, y, además, nadie quiere saber quién es deudor de quién».

La cosa, sin embargo, no es tan sencilla, y su tratamiento, a mi modo de ver, no ha sido acertado al negociar el Protocolo que se nos envía por el Gobierno para examen.

¿Qué ha sido de las 510 toneladas de oro que el Gobierno de la República trasladó a Moscú y depositó en las arcas del Comisariado de Hacienda de la URSS? ¿Podemos reclamar ese oro? ¿Para qué nos sirve el resguardo del depósito que por voluntad póstuma de Negrín (muerto el 14 de noviembre de 1956) su familia envió a Franco, y se custodia en el Banco de España? ¿Qué alcance tienen las cartas cruzadas, con ocasión del Tratado Comercial, entre José Luis Cerón Ayuso y Alexis Nicolai Munchulo, delegados, respectivamente, de España y de la URSS?.

José María de Areilza, que fue embajador de España en París, cuenta en unas declaraciones muy recientes («Avanzada», número 44, noviembre 1972, págs. 4 y 5) que en sus conversaciones con Serguei A. Vinogradof, le dijo éste «que, según sus cálculos, no quedaba saldo favorable a España por haberse girado contra ese depósito el importe de gran número de suministros a la zona republicana durante la guerra civil, superiores en valor al de los lingotes depositados en la URSS».

El criterio de Vinogradof, por ser parcial y por no haber aportado la prueba necesaria, no es admisible. Pero lo es menos si se traen a colación las palabras de Stalin: «No volverán a ver este oro, del mismo modo que no ven sus propias orejas» (Alexander Orlov: «How Stalin relieved Spain of 600.000.000 dollars», en «Reader´s Digest», noviembre 1966, págs. 37-50).

Por su parte, el testimonio de los responsables del traslado del oro, a la hora de formar opinión, creo que es importante. Pues bien, Indalecio Prieto («Convulsiones en España», Ediciones Oasis, Méjico, 1968, tomo II, pág. 146) escribe: «Estoy segurísimo de que es falsa la afirmación difundida por «Pravda» de que el importe de las quinientas toneladas de oro transportadas de Cartagena a Odesa se consumieron por la República. Estamos –dice– en presencia de un colosal desfalco. Sea cualquiera mi opinión sobre Negrín, le declaro incapaz de la macabra broma de disponer que al morir él –si así lo dispuso– se entregara a Franco un documento que nada positivo representaba».

Madariaga, por su lado, cuenta cómo pocos meses después de efectuarse el depósito, de súbito, se colocó la URSS a la cabeza de los países exportadores de oro, después de África del Sur. «Los comunistoides bien enterados –comenta– murmuraban que se habían descubierto nuevas minas de oro detrás de los Urales. Eran las cajas del Banco de España». (Ver Carlos Seco Serrano: «Historia de España», tomo VI, «Época contemporánea», Edit. Gallach, Barcelona, pág. 197).

Admitamos, sin embargo, que la URSS consumió el depósito, autopagándose los suministros al Gobierno de la República, y que las exportaciones de oro a que alude Madariaga no tuvieran otra finalidad que su conversión en divisas, para hacer efectivos tales pagos. Pues bien, así y todo, la reclamación de España debe seguir en pie, porque como escribía Mariano Granados, ex magistrado rojo exiliado en Méjico («España y Rusia», en «Novedades», de Méjico, 25-11-1967), «ni jurídica ni moralmente el Estado español es sucesor del Gobierno de la República (por lo que) está en todo su derecho a efectuar cuantas reclamaciones considere necesarias hacer, para lograr la devolución del oro remitido a Moscú, patrimonio de la nación española, y no se le pueden imputar los gastos que la URSS haya hecho para ayudar al bando que amparaba con su doctrina política oficial y, además, con una intervención en las cuestiones internas del mismo». No se olvide, añadimos nosotros, que el embajador soviético Marcel Rosemberg asistía a los Consejos de Ministros.

Se dirá que, aun siendo esto así, el tema ha sido previsto, aunque marginado en evitación de dificultades, al negociar el Protocolo con la URSS. En la misma fecha en que se firmó dicho Protocolo se cruzaron unas cartas entre los jefes de ambas delegaciones, en las que se dice que el convenio «no implica la renuncia, por los dos países, a cualquier reivindicación que cada uno de ellos, o sus nacionales o personas jurídicas, puedan tener contra la otra parte, sus nacionales o personas jurídicas, en lo que concierne a bienes, derechos y obligaciones anteriores».

El tema del oro, aunque no aludido explícitamente, está salvado. La interpretación me parece triunfalista y ligera, porque la renuncia es recíproca, y la URSS no ha renunciado a exigir –y así lo hizo constar después de que ingresara en el Banco de España el resguardo del famoso depósito– la suma nada despreciable de cincuenta millones de dólares por deudas del Gobierno republicano (ver Indalecio Prieto, lugar citado), más, como le dijo Vinogradof a Areilza, la indemnización pendiente por «los daños causados por la División de voluntarios durante la guerra mundial» (ver declaraciones citadas).

Es decir, que habiéndose soslayado la oportunidad de resolver un tema contencioso, o de haber abierto cauce jurídico para su solución al firmar el Tratado, se margina el asunto y se empeora, reconociendo la posibilidad de una reclamación de la URSS, de los entes jurídicos de toda índole que la integran, y de sus ciudadanos, contra el Estado español, las personas jurídicas españolas y los antiguos divisionarios –que son ciudadanos españoles–. ¡Ya no faltaría más, sino que los heroicos divisionarios, después de las penalidades sufridas por todos, y de la prisión inhumana de muchos, fueran demandados ante un juez internacional como criminales de guerra y condenados luego a resarcir perjuicios con cargo a sus propios bienes!

No quiero terminar este capítulo desagradable, que nos obliga también a meditar seriamente sobre la ratificación o no ratificación del Tratado con la URSS, sin afirmar que yo soy de los que estiman que aún existe el oro que allí fue depositado. Y me remito para ello al testimonio de José María de Areilza en su libro «Embajadores sobre España» (pág. 7), cuando, al referirse a las denuncias y a las campañas contra el Régimen, asegura que las mismas «no han acabado, ni se extinguirán en mucho tiempo. Al menos –dice–, mientras quede algo de oro español en las cajas fuertes rusas…, para comprar votos y plumas».

«Como las campañas contra el Régimen continúan –sigo con el testimonio de Areilza en la mano–, el oro existe, y en cantidad bastante, no sólo para comprar votos y plumas, sino para hacer que algunos votos se inclinen por otros candidatos y algunas plumas utilicen una tinta de color político diferente…».

D) Tratamos con Estados, no pactamos con ideologías

Ojalá que esto fuera así. Pero las cosas, a veces, no son como uno quisiera, sino como realmente son, y la verdad es que, como ya hemos tenido ocasión de decir (FUERZA NUEVA, número 159, de 24-1-1970), «los Estados de los países comunistas están al servicio del comunismo (pero tanto) dentro de sus fronteras (como) más allá de las mismas. Son órganos poderosos de la subversión mundial que, fieles a su ideología y a la moral del partido, utilizan todos los medios, todas las tintas y toda la capacidad de maniobra a su alcance, para implantar el marxismo en el mundo. Quien olvide esto se halla perdido».

Cuando se negocia, pues, con un Estado comunista, se negocia en realidad con el comunismo que actúa a través de un Estado o, con más exactitud, de una superestructura con apariencia de Estado, y que no es otra cosa, como antes vimos, que un aparato de terror.

El comunismo utiliza el Estado como instrumento para su propósito de subversión y dominación universal. Si así no lo hiciera, no sería un Estado comunista. Al servicio de esa ideología, y obediente al cuadro director que señala las líneas maestras del quehacer revolucionario en cada país, el comunismo envía a sus agentes investidos de las misiones más simpáticas y ortodoxas, pues, como preconizaba Lenin, «en caso de necesidad, úsese toda clase de ardides, trapacerías, métodos ilegales, subterfugios y ocultaciones de la verdad».

Estos agentes actúan «in situ»: o bien como espías, enviando información a la URSS, o bien como promotores de la subversión, agitando los conflictos sociales y la rivalidad entre los grupos que apoyan al régimen, y erosionando y carcomiendo la moral ciudadana. Tales agentes, a través de la estructura paralela y de la difamación de los adversarios prestigiosos, logran, o pretenden lograr, una anestesia de la sensibilidad política, un bloqueo de las reacciones vitales de defensa contra el comunismo, una desgana ante el llamamiento de la conciencia a sacrificarse por unos valores que se encuentran amenazados y en peligro.

Tales agentes son, pues, agentes de una ideología, aunque sean, en la forma, súbditos y funcionarios estatales. De aquí que, al tratar con los Estados comunistas, no pueda olvidarse que la vigilancia que la negociación exige no debe ser tan escrupulosa hacia el exterior, montando la guardia en los balcones, como hacia el interior; pues, como dicen los italianos, el enemigo trata de colocarse a la espalda del frente. Sería inútil, pues, avizorar desde los ventanales, y encontrarnos de súbito con que el enemigo penetró por el sótano.

Decía un diario madrileño («Informaciones», editorial, 16-11-72) que cuanto acabamos de exponer «entra de lleno en el terreno de la «política-ficción»», y alude, después, para el caso de que tales posibles injerencias se produzcan, a los «mecanismos de defensa».

A mí me sorprende que, con seriedad, pueda hablarse de política-ficción en un tema como el presente, cuando sólo en 1970 fueron expulsados diplomáticos soviéticos –sólo en Europa Occidental– de Bélgica, Italia, Holanda, Noruega, Gran Bretaña y Alemania Occidental. (Ver «Est-Ouest», 15-10-71, págs. 475 y s.).

El diario «ABC» de 8 de diciembre de 1970 rotulaba así una de sus noticias: «El Gobierno británico expulsa a tres funcionarios rusos acusados de practicar el espionaje. La Misión comercial soviética en Gran Bretaña se dedica, en gran parte, a tareas de información secreta y subversión».

Recalcitrantes en su propósito, el 24 de septiembre de 1971 Inglaterra tuvo que expulsar a ciento cinco funcionarios soviéticos, no sólo afectos a la Embajada de la URSS en Londres, sino también a la Aeroflot, Intourist, Empresa de Navegación, Oficina de Asuntos Culturales, Delegación Comercial, Oficina de Compras, Delegación de Artes y Cinematografía, y Biblioteca Pública Soviética.

Después de esta expulsión casi masiva, desaparecieron de Bruselas un miembro de la Misión comercial soviética y uno de los corresponsales de la Agencia Tass.

Por su parte, en Hispanoamérica, según la versión del «New York Times», que no creo que sea dudoso en este a[sp]ecto, actúan, con disfraz diplomático, más de trescientos agentes comunistas, y los periódicos «La Unión», de Valparaíso (22-4-66), y «La Prensa», de Buenos Aires, denunciaban como promotores de la subversión y de las guerrillas urbanas a «los extranjeros que están en nuestro país al amparo de las nuevas relaciones internacionales con los países comunistas»; no obstante lo cual, al Gobierno de la URSS «se le sigue tratando como a un amigo y se le piden acuerdos de asistencia económica y cultural».

La revista «Est-Ouest», que es, sin duda, la más objetiva y la mejor informada sobre comunismo, afirmaba (15-10-71), comentando la expulsión de los funcionarios soviéticos de Inglaterra, que con esta expulsión se ponía de manifiesto, «una vez más, que un Estado comunista no es lo mismo que un Estado liberal y democrático, aun cuando las instituciones lleven el mismo nombre en los dos casos. De igual modo que el Gobierno, bajo el régimen comunista, no es más que un agente ejecutivo de la voluntad del buró político, la Iglesia (en un Estado comunista) es tan sólo una correa de transmisión del régimen; la Justicia, un auxiliar de la Policía; y la diplomacia, en su casi totalidad, una prolongación del espionaje. Cuando los comunistas contratan, entre sus motivos para contratar figura el deseo de acercarse a los otros para procurar ahogarlos».

Dijo José Antonio una vez que «sólo nosotros cometemos la incomparable estupidez de abrir por nuestras propias manos la puerta de la casa a quienes sólo quieren entrar para arrojarnos de ella con sangre y vilipendio».

Para no incidir en tamaña estupidez, sólo hay dos soluciones: una, la de no admitirlos; y otra, la de admitirlos, sabiendo con quién nos jugamos las cartas y sin acudir a distinciones sutiles, y falsas en este supuesto, entre Estados e ideologías, y seguros –claro es– de que tan sólo por muy elevados intereses nos resignamos a tolerar a conciencia, entre nosotros, la presencia de un cierto número de profesionales, bien preparados y adiestrados, del espionaje enemigo y de la subversión comunista.

Por eso, mientras no llegue hasta nosotros un informe fidedigno o una declaración solemne de que los servicios de seguridad del Estado han recibido instrucciones y medios económicos y técnicos para desbaratar de raíz lo que no pudo desbaratarse a tiempo en otros países con más experiencia y mucho más ricos que España, y en tanto que nuestra política interior no se empeñe con energía en un rearme político y moral de nuestro pueblo –que buena falta le hace–, debemos pensar muy seriamente si nuestro voto debe ser a favor o en contra de la ratificación del Tratado con la URSS.

E) El Jefe del Estado apoya la apertura al Este

«La política exterior –se dice– no es exclusiva de un Ministerio, sino del Gobierno todo, y por ello cuenta con el respaldo del Jefe del Estado». («Informaciones», lugar citado).

En apoyo de este respaldo se pueden aducir dos textos tomados de sus mensajes a los españoles de los dos últimos años. En el del 30 de diciembre de 1970 hizo referencia a «la iniciación de relaciones económicas con países con los que habíamos perdido el contacto diplomático hace más de treinta años, estimando que los mismos son ejemplares síntomas de la fortaleza y madurez con que España afronta su misión en el escenario internacional». En el de 30 de diciembre de 1971 dijo que «la convivencia (con países de credos políticos diferentes) no presupone identificación ideológica ni conjunción con aquellos principios; significa simplemente voluntad de entendimiento en cuestiones concretas de interés común».

El último texto me parece clarísimo y no implica, «per se», aval absoluto al Tratado «sui generis» que examinamos. El primero no entra en el análisis de los que en aquella fecha se habían ratificado con los países comunistas.

Pero supongamos que fuera así y que se enarbolan tales textos con la pretensión de decirnos: «Si usted se opone a la ratificación del Tratado con la URSS, usted se sitúa en contra de Franco».

Niego de plano tal admonición. Y la niego porque Franco expuso con toda nitidez su posición ante el coexistencialismo, y con respecto al Tratado con la URSS: «Mientras Moscú siga siendo centro de agitación comunista en otros países, y España un objeto preferido de tal actividad, subsistirá una situación que no permite las normales relaciones. En todo caso, sería indispensable la devolución del oro español que se encuentra en Rusia». (Declaración, en 1964, a «Christ und Welt». Ver «Mundo», lugar citado).

Para mí, no es preciso ningún esfuerzo para armonizar los textos que acabamos de sacar a la luz. Pero si el esfuerzo coordinador hiciera falta, lo dejo en manos de quien tiene la responsabilidad de recoger los principios de nuestra política exterior y de ponerlos en práctica.

No excuso, sin embargo, el argumento, y me permito llevarlo a una situación límite, es decir, que en efecto el Tratado con la URSS tenga el apoyo incondicional de Franco. Pues bien, en tal supuesto, yo seguiría votando en contra, por las siguientes razones:

1) Porque sería una ofensa al Jefe del Estado pensar que los instrumentos que su Gobierno envía a deliberación o dictamen deben ser aprobados sin el contraste de pareceres que la ley autoriza, y por tanto, sin votos en contra. Tales instrumentos llegan aquí no para que los aplaudamos, sin más, como borregos, sino para ser estudiados, discutidos, modificados o devueltos. De este modo las Cortes y el Régimen salen fortalecidos.

2) Porque siendo verdad que quien os habla es procurador en Cortes, por ser consejero nacional del reducido grupo de designación directa, lo cual me honra y enorgullece a un tiempo, también es verdad que no he recibido jamás «mandato imperativo» que me obligue a formular mi voto, como no sea aquél muy genérico de expresarme conforme a conciencia, y a conciencia formada.

3) Porque también cuenta con el aval del Jefe del Estado la tesis refractaria a los partidos políticos y la lucha contra la pornografía, y, sin embargo, son muchas las publicaciones que se apoyan en el Jefe del Estado para pedir la ratificación que ahora se dilucida, y le ignoran cuando defienden con insistencia machacona las asociaciones políticas de base o inundan de erotismo tales publicaciones.

¡Me hace mucha gracia esta insólita y novísima guardia mora que se ha dado cita, con motivo de este asunto, en torno al Jefe del Estado!

4) Porque una cosa es la lealtad y otra la disciplina. Ésta me obliga en los mismos términos de aquella famosa alocución de Franco a los cadetes de la Academia General Militar de Zaragoza. Aquélla me obliga a exponer, con respeto, pero con libertad, mi modesta opinión, cuando se me pide, y ello aun cuando sea, que no creo que lo sea, distinta y aun opuesta a la del Jefe del Estado.

Señores procuradores: yo no soy de aquéllos que proclaman que el «jefe no se equivoca». Yo sé que el jefe puede equivocarse y tengo la obligación, por lealtad, de evitarlo; y luego, si a pesar de no seguir el consejo, se equivoca –lo que es humano–, respaldarle, para rectificar la equivocación si es posible, y para evitar, si se puede, las consecuencias de su equivocación, que llenan de alegría a los desleales.

CONCLUSIONES

Agradezco al presidente de la Comisión y a los señores procuradores la paciencia con que han seguido este largo informe, y que, a pesar de ser largo, no es tan exhaustivo como exige la gravedad del asunto.

Termino, pues, este informe, expresión sincera de mi punto de vista, formulando las siguientes conclusiones:

PRIMERA: No me opongo a las relaciones comerciales con la URSS. Tales relaciones han existido y existen sin un Tratado Comercial a nivel de Gobiernos.

SEGUNDA: No me opongo, si se considera que a la mayor fluidez y seguridad de esas transacciones mercantiles conviene que se firme y se ratifique un Tratado Comercial con la URSS; pero sólo un Tratado Comercial.

TERCERA: Siendo así que nuestro ministro de Asuntos Exteriores declaró en el CESEDEN que con la Unión Soviética –como ya había advertido a Gromyko– sólo firmaríamos un acuerdo exclusivamente comercial (y en esto de exclusivamente insistió el señor ministro), yo pido que se nos traiga un Tratado exclusivamente comercial, sin los injertos que lo desnaturalizan, al conceder a unos agentes comerciales privilegios diplomáticos; privilegios que sólo se pueden conferir a las personas que representan la soberanía del Estado.

CUARTA: El Tratado «sui generis» que se trae a estudio, no es, pues, un Tratado Comercial, sino un Tratado por el que se inicia la reanudación de los vínculos diplomáticos con la URSS, aunque con representación acéfala, pues falta tan sólo el nombramiento de embajador; y todo ello disfrazado o involucrado en un Acuerdo que debería ser «exclusivamente comercial».

QUINTA: Aun suponiendo que se ratificase el Tratado, me opongo a que se mantenga como vinculante el Acuerdo contenido en las cartas que cruzaron los representantes de las delegaciones española y soviética. La no ratificación del contenido de esas cartas ni lesiona al Tratado, ni afecta a los derechos de España a exigir la devolución del oro depositado en Moscú. Por el contrario, la ratificación de esas cartas supone que admitamos la viabilidad de reclamaciones de la URSS contra el Estado español y contra el patrimonio de los voluntarios de la División Azul, que podrían ser demandados como criminales de guerra; y ello es, de principio, inadmisible.

SEXTA: En el caso de que se estime que cuanto aquí he expuesto sobre la no ignorancia y la coexistencia pertenece de verdad a la política-ficción, es decir, que no es cierto que los Estados comunistas sean aparatos de terror que sojuzgan a naciones esclavizadas; que no es verdad que el marxismo instrumente, a través de los Estados, agentes de la subversión y del espionaje en los países con los cuales se relaciona; o que, siendo todo eso verdad, nuestro país está fuerte y seguro, y los mecanismos de defensa, morales y materiales, dispuestos para actuar si es preciso; entonces y sólo entonces, con esas garantías que debe dar el Gobierno, pido que no nos andemos con remilgos, subterfugios y demoras, sino que cuanto antes, y por el bien de España, no nos quedemos atrás, y se entablen relaciones diplomáticas plenas y normales, desde ahora mismo, con la Unión Soviética.

 

Fuente | El texto del Discurso que se deja a continuación, así como los demás textos adyacentes, están tomados de un folleto editado aparte por la Editorial Fuerza Nueva. Para ampliar ver Boletín Oficial de las Cortes en el que se recoge el debate habido en la Comisión de Asuntos Exteriores: Discurso Blas Piñar contra Tratado con URSS (1972) | Fuente originaria: Blas Piñar en las Cortes. Relaciones España-URSS, Ed. Fuerza Nueva, 1973.

Discursos y artículos de Blas Piñar