En Flandes se ha puesto el sol (fragmento)

 

Capitán y español, no está avezado
a curarse de herida que ha dejado
intacto el corazón dentro del pecho.
Ello, ocurrió de suerte
que a los favores de un azar villano,
pudo llegar el hierro hasta esa mano,
que tuvo siempre en hierros a la muerte.

Y fue que apenas roto
por nuestro esfuerzo el muro,
salieron de la aldea en alboroto
sus gentes, escapándose a seguro.
Niños, mozos y ancianos,
en pelotón revuelto, altas las manos
como a esquivar la muerte, que les llega
envuelta en el fragor de la refriega,
a derramarse van por los caminos
y los campos vecinos…
Y va su frente y clama
que les tengan piedad en tanta ruina,
dando al aire sus tocas, una dama
que pone, ante la turba que la aclama,
la impavidez triunfal de una heroína.
Corriendo a hacer botín de su hermosura,
la rufa soldadesca se amotina,
y en vano ella procura,
en súplicas, en lágrimas deshecha,
acosada y rendida,
entregando su vida
triunfar de la deshonra que la acecha.
Va a sucumbir; pero en el mismo intante,
una mano de hierro abre a empeñones
el cerco jadente
de suizos y walones,
y el capitán ofrece a la hermosura
la hidalga proteccion de su bravura…
Domeñado y sujeto
queda el tercio a distancia; ella respira:
‘Pasad, señora que por mi os admira
y por mi os tiene España por su respeto’,
dice, y levanta el capitán ardido
la dura mano al fieltro retorcido.
Y en este punto, el hierro de un villano
parte su vena a la indefensa mano.
No se contrae su rostro de granito
ni la villana acción le arranca un grito;
inclina el porte, tiende a la cuitada
la mano ensangrentada
y vuelve a pronunciar: ‘Gracias señores;
que si sólo he querido
a la dama y su honor hacer honores,
ahora, con esta herida, habré podido
ofrecerle en mi mano rojas flores.’
Ceremoniosamente
pasó la dama, él inclinó la frente,
y en la diestra leal que le tendía
la sangre a borbotones florecía.

Canción de Navidad

 

La Virgen María
penaba y sufría.
Jesús no quería
dejarse acostar
— ¿No quieres?
— No quiero.

Cantaba un jilguero
sabía a romero
y a luna el cantar.
La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba
José que aserraba,
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía,
Jesús se dormía
de oírla cantar.

Tan bien se ha dormido
que el día ha venido,
inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y, entrando ya el día,
como él aún dormía,
para despertarle
¡la Virgen María
tuvo que llorar!

Salmo de amor

 

¡Dios te bendiga, amor, porque eres bella!
¡Dios te bendiga, amor, porque eres mía!
¡Dios te bendiga, amor, cuando te miro!
¡Dios te bendiga, amor, cuando me miras!

¡Dios te bendiga si me guardas fe;
si no me guardas fe, Dios te bendiga!
¡Hoy que me haces vivir, bendita seas;
cuando me hagas morir, seas bendita!

Bendiga Dios tus pasos hacia el bien,
tus pasos hacia el mal, Dios los bendiga!
¡Bendiciones a ti cuando me acoges;
bendiciones a ti cuando me esquivas!

!Bendígate la luz de la mañana
que al despertarte hiere tus pupilas;
bendígate la sombra de la noche,
que en su regazo te hallará dormida!

¡Abra los ojos para bendecirte,
antes de sucumbir, el que agoniza!
¡Si al herir te bendice el asesino,
que por su bendición Dios le bendiga!

¡Bendígate el humilde a quien socorras!
¡Bendígante, al nombrarte, tus amigas!
¡Bendígante los siervos de tu casa!
¡Los complacidos deudos te bendigan!

¡Te dé la tierra bendición en flores,
y el tiempo en copia de apacibles días,
y el mar se aquiete para bendecirte,
y el dolor se eche atrás y te bendiga!

¡Vuelva a tocar con el nevado lirio
Gabriel tu frente, y la declare ungida!
¡Dé el cielo a tu piedad don de milagro
y sanen los enfermos a tu vista!

¡Oh querida mujer!… ¡Hoy que me adoras,
todo de bendiciones es el día!
¡Yo te bendigo, y quiero que conmigo
Dios y el cielo y la tierra te bendigan!

La novia

 

La casita escondía, entre rosales,
la humildad de su gracia acogedora;
la aldea apenas palpitaba en la hora
de las primeras nieblas matinales.

Desparramando un vuelo de pardales,
pasa la diligencia atronadora;
mira a la casa el estudiante y llora
su corazón, volando a los cristales.

Ella le ha visto; entreabre la ventana,
y una mirada azul en la mañana
pone el jirón de su saludo tierno…

Pasó hambre y frío en la ciudad distante,
luchó, sufrió… ¡mas, para el estudiante,
fué todo el orbe azul aquel invierno!

Melancolía

A ti, por quien moriría,
me gusta verte llorar.
En el dolor eres mía
en el placer te me vas.

Maestro Amor

 

Maestro has de serme tú,
y yo discípulo atento;
Tú en irme dando palabras,
yo en ir haciendo los versos.

Si logramos una palma,
los dos nos la partiremos;
Tú para abonar tu frente,
yo para llevar su peso.

Más apacible existencia
ni la busco ni la espero;
Sólo son nuestras disputas
de discípulo a maestro.

Apenas apunta el sol
nuestra cátedra ponemos;
Las lecciones son de todo
lo que ves y lo que veo.

Y en el celestial oficio
que de consuno ejercemos,
yo pongo tan sólo el canto,
Tú pones el sentimiento.

Ni tú escatimas el uno
ni yo en el otro te cedo.
Las gentes que nos escuchan
dicen que nos entendemos.

Y lo que yo busco, Amor,
es llegar a un desacuerdo,
es quedarme sin canción
delante del sentimiento.

Crezca el sentimiento, Amor,
y no te inquietes por ello;
que, aunque me falten palabras,
haré el mejor de mis versos.

El mejor, que he de llevar
eternamente en mi pecho.

El sueño del niño Jesús

 

La Virgen María
pensaba y sufría,
Jesús no quería
dejarse acostar.

-¿No quieres?
-No quiero.
Cantaba un jilguero,
sabía a romero
y a luna el cantar.

La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba,
José que aserraba
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía,
Jesús se dormía
de oírla cantar.

Tan bien se ha dormido,
que el día venido,
inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y entrado ya el día,
como Él aún dormía,
para despertarlo
la Virgen María
tuvo que llorar.

Mihi lucrum mori (“para mi es una ganancia morir”)

 

¡Ay la vida!
¿Qué es la vida?
Chispa oculta entre pavesa,
relámpago que atraviesa
tempestad enfurecida.

¡Ay la vida!
Es mal que cura la muerte;
negra cárcel que, al morir,
logra el prisionero abrir,
de tal suerte
que una ganancia es morir.

Dejar espinas y abrojos
para ceñirse de estrellas,
secar del llanto las huellas
y clavar en Dios los ojos.

¡Ay! los ojos
que han visto el mundo funesto;
eso es dicha que el que muere
a gloria y cetro prefiere;
y es por esto
que gana mucho el que muere.

¿Qué son los placeres?
Humo. ¿Qué es la hermosura?
Ceniza que en el sepulcro se pisa:
cuanto en la tierra hay de sumo,
todo es humo;
¡plata y seda, todo, todo!

De manera que se gana
muriendo en edad temprana;
de tal modo
que sólo el que muere gana.

¿Por qué tan ruda ansiedad,
tanto afán, tanta locura,
en ir tras lo que no dura,
en buscar la vanidad?

¡Vanidad!
Que duelos mil atesora,
sólo el necio su ganancia
busca en la tierra con ansia,
porque ignora
que es la muerte una ganancia.

Vivamos, pues, a manera
del cautivo en calabozo,
que, ajeno de risa y gozo,
libertad cercana espera;
de manera,
que pongamos todo anhelo
en la gloria de morir,
sin cansarnos de decir
viendo el cielo:
nuestra ganancia es morir.

Renovación

 

Pequeñas marchas hice; yo las haré mayores;
conoceré, de vista, todos estos pastores;
me habrán hablado todos, cuando salga de aquí;
El camino que lleva del alto de Ibañeta
al redondel de piedras del romo Orzanzurieta,
por las pasadas que hice, se acordará de mí.

Sabré encontrar las fuentes, por sendas de cabreros;
En qué parte da el monte los mejores maderos
y qué encinas se tronchan para tostar carbón;
sabré dar con el jarro de leche, en las chabolas,
empujaré sus puertas, si las encuentro solas,
y pagaré, dejando medio pan, mi ración.

Cuatro días más tarde, daré con el cabrero
de quien bebí en la jarra, cruzando el hormiguero
de los rebaños, puestos á venta, en un ferial;
le hablaré de la leche que me tomé á fiado;
me hablará de aquel pan, que le dejé á contado;
y, en dos pintas de vino, nos haremos cabal.

Renovará, en los usos, mi vida, sus caudales;
tantos rústicos modos me serán naturales,
que olvidaré el cansancio, que traía, de mí;
tantas palabras muertas encontraré, aquí, vivas,
y haré acopio tan grande de formas expresivas,
que no he de ser el mismo, cuando salga de aquí.

¡A pasto, á pasto, bocas de mis ansias mejores!…
Enfilaré los puertos, pisaré los alcores,
la dueña al lado; el hijo delante, en un pollino;
no han de ser, en dos meses, otros nuestros trabajos,
que andar, de pueblo en pueblo, por todos los atajos
y entrar en las posadas, las noches de camino.

Del Guirizu taimado que, al que está en la llanura,
le esconde, en un repliegue, la mitad de su altura,
todo el valle veramos, una tarde serena:
Francia al norte, cercana; tierra basca á occidente;
á mediodía, el pico de Monreal; y, enfrente,
de los montes de Jaca, la picuda cadena.

Y así, luego, trillando la senda que escogimos,
nos sentiremos parte del paisaje, que vimos
en el Guirizu abrupto, bajo sus corvas hayas;
diferenciarse, lo antes uniforme, veremos;
y según que nos abran sus puertas, sentiremos
de los distintos pueblos, las diferentes layas.

Val de Arce dilatado y Val de Ayézcua arisco;
el uno intenta industrias; y el otro tiene aprisco;
aquél urde caminos, y éste pisa montañas;
los lugares que entrambos llevan en su regazo,
ya muestran, en lo vario de la aptitud y el trazo,
la diferente sangre que corre en sus entrañas.

Burguete, que ha crecido de estar junto al camino;
Arrieta, en que, al recuerdo de buen vino,
aún veo sonreírme la moza del mesón;
Espinal, con sus blasones en los anchos portales;
y Aoiz en auge, centro de fuerzas industriales,
que palpita, en el llano, como un gran corazón.

De esta parte, la vida se adapta y se renueva;
la ruta cambia en oro las fuerzas que se lleva
los polluelos son éstos y la clueca es Pamplona;
una Pamplona rica de actividad materna
atenta á su prosapia, que trabaja y gobierna
con abarcas, debajo de la férrea corona.

Y el otro lado, ocultos, metidos en la falda
del monte, entre peñascos, los lugares: Garralda,
nombrada en sus rebaños, y en sus potros famosa;
tiene en alto la iglesia, y en ella, un soportal
que encierra el marco esbelto de la puerta ojival,
en la mancha rojiza de su masa terrosa.

Hija del río, al lado del camino en declive,
en lo angosto y profundo del valle, surge Aribe
con su gran puente, en ruinas, tapizado de hiedra;
en una paz de idilio de huertos y trigales,
¡aún la veo, escalando sus peñas laterales,
entre bojes y robles, por caminos de piedra!

¡Recodos los del monte, silencio en los recodos!
¡Qué apartado me encuentro de los humanos todos
oyendo, por las hoces, mis pasos resonar!
Pero ¡qué valor toman las humanas pisadas
que, en roca viva, á fuerza de andadas y de andadas,
trillan estos senderos, de lugar á lugar!

Rosa entre cardos eres, para tus peregrinos,
Villanueva de Ayézcua, huérfana de caminos;
Villanueva de Ayézcua, la más vieja de todas;
en tu esquivo retiro, rica de aristrocracia,
no olvidaré tus fuentes, ni la harmoniosa gracia
con que, en el hondo valle, te esparces y acomodas.

Cortado á pico, el monte, que es, todo él, una peña,
su masa oscura aviva tu gracia lugareña;
Villanueva de Ayézcua, de casas señoriales,
¡bien hallada, la moza de los pasos ardidos,
y, en sus manos, la herrada, con los aros bruñidos,
que coloca en la fuente de caños manantiales!

Que te protege, dinos, y no que te sepulta,
esta loma que á todas las miradas te oculta,
y que, en tanto silencio, te obliga á tanta paz;
tus mozas, con sus trenzas pasándolas del talle,
tienen, cruzando, al vernos, con rapidez, la calle,
un pánico gracioso de ardilla montaraz.

Villanueva de Ayézcua, de casas señoriales,
me voy con la nostalgia de hacer, en tus portales,
la charla, anochecido, con tus clásicas viejas;
las he visto, á hurtadillas, mirar por las ventanas,
enérgicas, huesudas, cubriéndose las canas,
la toca negra, atada detrás de las orejas…

De esta parte, la vida, como toca al origen;
no altera, todavía, las leyes que la rigen;
y es secular y joven, como la roca viva;
Val-de-Ayézcua entre montes, me hiciste rastrear,
por estas angosturas, de lugar en lugar,
bajo mi España, aún fuerte, la veta primitiva.

Saldré de estos peñales con un canto de guerra;
sobre todas las tierras, ensalzaré mi tierra;
seré agresivo contra todo exótico intento;
queda aquí el reservorio de la raza nativa;
¡y hay piedra, en estos montes de soledad esquiva
donde tallar los arcos para un Renacimiento!

Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946

Para Carlos Santias
(después de oírle en la guitarra)

 

I

Fue un milagro cuyo secreto,
Carlos, tu guardas.
Nosotros haciéndote corro;
tú, en el centro, con la guitarra;
todos nosotros, callando;
tú, sin preguntarnos nada.
Ninguno te habíamos dicho
nuestras íntimas ansias;
de casi todos nosotros, la vida,
el destino y el rumbo ignorabas:
no obstante, certero, seguro,
como si las crearas,
nos ibas mostrando, en el fondo,
del lago de tu guitarra,
a todos y cada uno de nosotros,
nuestras propias almas!

 

II

Como un pescador
de prosapia divina,
sobre los ríos de tus cuerdas
ávidamente te inclinas,
y la nota que prenden,
en vivo y sin anzuelo, tus manos ungidas
unas veces relampaguea,
palpitación de escamas y chispas;
y otras veces se escapa de tus manos
y otras veces en ellas agoniza;
juegas con ella y la desdeñas
o te conmueve y la acaricias…
Ella, la nota prisionera, tiembla, gime, aletea, rebrinca;
pero siempre se lleva carne
del corazón de todos los que a tu juego asistan.

 

III

La guitarra, tu mundo;
y el sonido, tu fango
y tus manos, recuerdo en pequeño
de la obra de Dios en el Cáos.
Amasando el sonido
como Dios el barro,
pueblas, animas, llenas
de vivientes fantasmas la soledad del cuarto.
Y son aguas tranquilas,
ríos, acequias, lagos,
y oro y azul de auroras
y noches con vuelos de astros
y, en las cuerdas de tu guitarra,
un murmullo de salva poblada de pájaros…
si un día quieres que tu creación
sea casi divina, Carlos,
lee, en los ojos de tus padres
el bien que te desean cunado te miran ávidos,
y copia las miradas de tus padres
como puedas, tocando
y habrás creado un nuevo Paraíso,
dulce remedio a todos los dolores humanos!

Se pinta el mar

 

La tierra es toda vida,
y el mar es todo amor.
En el mar hay escondida
una fuerza más grande que la vida:
la tierra es criatura, y el mar es creador.
Todo el mar es misterio resonante
y palabra inicial:
nada hay a espaldas de él, nada hay delante;
el mar es una eternidad constante
y un movimiento en lo inmortal.
Escapa al pertinaz conocimiento
y prolonga en fantasmas la visión;
el mar es elemento,
hermano del pensamiento
y lecho azul de la imaginación.
Las mujeres suspiran
cuando en la tarde miran
la gran fatiga, hecha pasión, del mar;
toda mujer quisiera,
en una noche encapotada y fiera,
estarse a solas abrazando al mar.
Los marineros de canosa frente,
estatuas que ha esculpido su garra omnipotente,
pasan como hombres tipos a la orilla del mar:
llevan en sus pupilas el misterio
y tienen un hablar de magisterio,
mamado en su nodriza, la recia tempestad.
A las mozas alegres de la costa,
cuando más lindas van, se les agosta
en sólo un día toda su beldad:
prometidas tal vez a un fiero esposo,
pierden en un abrazo misterioso,
como la tierra en junio, toda su majestad.
Los barrios, junto al mar, de pescadores,
son hornos de fantásticas mentiras,
cunas de unos deseos buscadores
que se echan a volar, emprendedores
renuevos de la tierra, en arriesgadas jiras.
Las noches, en las casas marineras,
vienen con aparatos de quimeras,
poniendo luces rojas en todas las ventanas;
detrás de los cristales arden unas pupilas,
espiando las sombras intranquilas
y en atisbo de barcas lejanas.
Entre las rocas de la costa alzada
se oye un extraño hablar, de madrugada,
de gentes que en la noche vigilaron;
las barcas, animadas de un deseo,
tienen un misterioso balanceo,
y nunca se están quietas en donde las dejaron.
Las casas de los pueblos marineros
abren todas al mar sus agujeros:
rejas y puertas y ventanas,
toda la vida, de la mar esperan;
al monte sólo irán cuando se mueran,
al quieto cementerio de las tapias enanas.
¡Oh mar! ¡Oh extraño mar! ¡Oh gran misterio!
¡Oh! ¡No saben tus gentes el imperio
que ejerces en sus almas!
Tú has sabido, a través de las edades,
garantir con tus altas tempestades
la majestad suprema de tus calmas.
¡Santo mar, fuerza nueva, agua querida,
adobo espiritual de nuestra vida,
campo siempre fecundo a la mirada!
¡Sólo tú, cuando un ansia la enajena,
pones la gracia de una paz serena
en la pupila fácil de la Amada!

Trova

 

«Capitán de los tercios de España…
Señor Capitán,
el de la torcida espada,
de la capa colorada
y el buen caballo alazán;
si fuera la empresa mía,
si mi honor no se oponía,
si diera a mi fantasía
rienda suelta en este día,
ya que partes, Capitán,
¡contigo yo partiría
y a la grupa montaría
de tu caballo alazán!
No me escuchaste, cuitada,
y allá va la cabalgada,
lanza en puño y rienda holgada,
detrás de su Capitán…
¡Clávame, dueño, tu espada
del revuelto gavilán,
y llévame amortajada
en tu capa colorada,
soberbiamente plegada
sobre el caballo alazán!
Y allá lejos,
a los extraños reflejos
del bosco cielo alemán,
cuando olvidados los dejos
de nuestros amores viejos,
me traiciones, Capitán,
si favor tu boca espera
de la blanca prisionera
que una aventura guerrera
libra indefensa a tu afán,
con mi mano enclavijada,
que la muerte hará sagrada,
yo he de quebrarte la espada
como una espiga tronchada
por tu caballo alazán»
«¡Dueña mía, dueña mía,
no me digas si te oía,
que estaba mi fantasía
riñéndose con mi afán;
para tu gloria y la mía,
por tu nombre y mi hidalguía,
con su tercio en este día
va a Flandes tu Capitán.
No me hables, dueña, de olvidos,
que embriagados mis sentidos
de tus hermosuras van,
y hollados y escarnecidos
he de traerte, rendidos,
diez corazones heridos
en el arzón suspendidos
de mi caballo alazán»

El guante

 

Prólogo

Venia me dan de cantar;
mas no me atrevo a romper
entre vosotros a hablar
con el temor de acabar
sin que os logre entretener.

Para que no os dé fatiga
mandaré a mi pensamiento
que en todo aquello que os diga
guarde, tenga, acate y siga
las leyes del sentimiento;
pues si solo de emociones
hablo, no habrá en mis canciones
equívoco, merma o mengua;
que todos los corazones
hablan una misma lengua.

Junto al fuego, imaginad
que formando corro estamos,
y es imaginar verdad,
que a un fuego de caridad
precisamente os llamamos.

Muere el sol; queda de ofrenda
su sangre en la lejanía,
y flota el dejo en la senda
de un canto de romería.

Se hace un silencio; porfía
la llama; espera que prenda
su abrazo en la leña fría
y yo os cuento esta leyenda
de Santa Isabel de Hungría.

 

I

En el sacro esplendor de un Jueves Santo
baja de su castillo a la burgada
a socorrer la turba desolada,
Isabel Reina, de corona y manto.

Resplandeciente va de pedrerías,
que, aunque buscando viene al pordiosero,
sabe, según la fe de aquellos días,
que cada pobre es cristo verdadero.

Avanza sola, y avanzando en la horda,
que le tiende las manos amarillas,
su caridad es río que desborda
para sembrar de lirios las orillas.

Le abre paso, al andar, un clamoreo,
y deja el paralítico su casa,

y al ciego, de mirarla en el deseo,
le abre el llanto los ojos cuando pasa.
Y ópalos, perlas, amatistas, oro,
zarcillos de coral, gemas extrañas,
¡todo lo da a sabor, nada conserva
de su real tesoro!
Solo el rubí que lleva en las entrañas
–su corazón– a Dios se lo reserva.

La romería de piedad termina,
y ella vuelve al castillo entre oraciones,
y da gracias a Dios mientras camina,
porque si va sin joyas, imagina
que resplandecen más las bendiciones.

 

II

Pero en esto un anciano,
que tiene humilde y lejos la vivienda,
abrazando sus pies, tiende la mano
y le pide una ofrenda.

Y ella, al verle delante,
enfermo, viejo, pobre y sin abrigo,
ya sin joyas que dar, descalza un guante
y lo pone en la mano del mendigo:

«Llega con él mañana
hasta mi camarín resplandeciente,
que no ha de hacer quien no haga entre mi gente
honor al guante de su soberana».

No fue preciso.
Estaba un caballero
a admirar a su reina, detenido,
y pidiéndole el guante al pordiosero
lo cambió por el cinto de su cuero,
todo de oro y carbunclos embutido.

 

III

El caballero se votó a cruzada,
y ardiendo su alma en ideal quimera,
al caso le arrancó la penachada,
¡y plantó en la celada
el guante de su reina por cimera!

 

IV

Y es fama que, en un día de victoria,
cuando en Jerusalén, entró el primero
con la espada en la mano un caballero,
envuelto ya en los nimbos de la Historia,
no llevaba otro signo, otra bandera
que un guante de mujer en la cimera:
¡de él sea dicho y de su reina en gloria!

 

Epílogo

Si tiene o no sentido en este día
esta leyenda de Isabel de Hungría,
vosotros lo diréis;
si a la par que consuela corazones
la piedad de una reina hace leones,
vosotros lo diréis;
si en manos del enfermo y desvalido
el guante de otra reina hoy ha caído,
vosotros lo diréis;
si ardiendo España en ideal quimera
caballeresca a un tiempo y justiciera,
puede llevar, como en la antigua era,
el guante de su reina en la cimera,
¡vosotros, españoles, lo diréis!

 

Églogas, 1902; sección «Juglarías», «Baladas del ayer», extraído de Obras completas, vol. 6, pp. 245-248.

Dijiste bien, que para el mozo es duro

A José Antonio Primo de Rivera

 

Dijiste bien, que para el mozo es duro
perder la vida en flor… Pero aquel día
servicio de morir se te pedía
y, por España, te pegaste al muro.

Tu noble frente en el presidio oscuro,
blanca de astrales besos relucía;
zarco albacea, el mar recogería
tu imperial vaticinio de futuro.

Bocas de acero, rompen a balazos
el aire; tu evangelio hecho pedazos
quiere aventar la Bestia en tus cenizas,

pero no ve, cuando feroz te agravia,
¡que tú, esculpido de la muerte sabia
en mármol juvenil, te inmortalizas.

Mío Cid

 

I

«En mi alma llena de dudas,
que, a las vegadas, señor,
yo no seré quien mueve en ella,
si no mueve el mismo Dios.
Heme todo polvo vuestro,
porque seáis aquilón
que lo barra a los abismos
o que lo levante al sol;
heme que, en vuestra presencia,
no acierto a deciros yo,
si por lo que sois me espanto
o por lo que yo no soy;
heme, rey, que esta palabra
me libra de aclaración;
que, saliendo de los labios,
da en las rodillas, señor,
más demoledora de ellas
que el tajo de mi espadón;
heme puesto en vuestras manos
como en el poder de Dios;
si vos lo mandáis, ardido;
callado, si mandáis vos;
firiendo por vuestra gloria,
matando por vuestro honor,
tan Campeador del rey,
que de mi casa no soy
sino, pues con vos la pierdo,
para ejercitar la voz
dando alaridos, con que
se aprietan en un rincón,
todas respetos mis hijas,
mi Jimena toda amor.
Heme, que cuanto os he dicho
lo llevo en el corazón
tan ahincadamente puesto
que, porque es ello, soy yo;
heme que, siendo mi rey,
todo lo acto de vos,
y esta mañana –os lo juro
por quien sois y por quien soy–
o me daréis juramento
o mal pararéis si no,
vuestra corona, colgándome
del cuero de mi espadón.
En mi alma llena de dudas
que, a las vegadas, señor,
yo no sé quién mueve de ellas
si no mueve el mismo Dios».

 

II

«Da tregua a razones blandas;
no me las pongas, Jimena,
ni de mordaza a los labios,
ni a los mis ojos de venda.
Razones, desde que abundan
echan la verdad por tierra;
que no puede entrar en muchas
sin quedar ella deshecha,
represéntate a mis hijas,
represéntate a ti mesma,
pues yo fincaré en desgracia,
fincadas en la miseria;
dime de tus cuitamentos
y de las lágrimas de ellas;
las últimas en la Corte,
pudiendo ser las primeras;
con los briales de paño
cuando los podéis de seda;
toda ceniza tu frente,
cuando el rey ha puesto en ella
oro de los trigos suyos,
allá por las nupcias vuestras.
Represéntame el Vivar
tan dejado de mi diestra,
que se le encorven los muros
y se le caigan las piedras,
como se encorvan los huesos
y como se caen las muelas
de los viejos, según minan
los años de su fortaleza;
represéntame mi casa
toda tan venida a tierra,
que mis pendones caídos
seba mortaja sobre ellas
y que lo vientos marceros,
cuando bajen a la sierra,
dan su ceniza a Castilla,
gran sepulcro, en fin de cuenta.
No te digo, que en mis ojos
no ponga lágrimas fieras,
más que el ser desgracia, el ser
desgracia vuestra Jimena;
que al fin soy hombre y soy padre,
y soy marido… Mas vea
mi casa rota, mis hijas,
mi mujer, en la miseria,
yo en la desgracia, mis hombres
desacostando mi enseña,
que, siendo de un desgraciado
su sombra será funesta,
antes que apartar de mí,
mujer mía, la encomienda
que hoy hace que entre conmigo
Castilla en Santa Gadea.
Mira, Jimena, pues ves
que tus razones me dejan
con el corazón desecho,
con la voluntad entera,
cuánto valdrá la que tengo
para desoír tus quejas,
que pierdo todo lo humano,
y ella sola me sustenta».

III

Cuando se encierran los dos
para las secretas pláticas,
en este solar de Burgos,
donde el Cid tiene posada,
preparan hierros y cotas,
arzones, caballos, lanzas,
en sus chozas y en sus cuevas,
las gentes de sus mesnadas.
Bien han dicho que por Burgos
suenan a hierro estas pláticas
que en Burgos tienen el Cid
y Álvar Fáñez de Minaya.
La de hoy comenzó de noche,
de antes de apuntar el alba,
y han lucido las estrellasa
las hojas de las espadas.
El Cid se mantiene mudo,
Álvar Fáñez es quien habla;
los recios puños del Cid
metidos van en sus barbas;
sobre una mesa los codos,
que, si él respira, se raja;
como un rayo, en el nublado
de sus rodillas, su espada.
«Castilla se mira en ti,
Ruy Díaz, ve a qué te lanas;
que llevas detrás un río
y de un golpe lo derramas.
Dale treguas al dolor,
pon a tus furores valía,
mira que con la corona
no hay obras buenas que valgan;
mira que viene de Dios
y que nunca mano airada
puso sobre ella Castilla;
ve, en esto, a lo que te lanzas».
«De Dios, como ella, también
vienen mis manos, Minaya».
«Si murió tu rey, Rodrigo,
y otro rey pisa las gradas
del trono, ¿qué puedes tú
contra Dios, que lo consagra?».
«Reprime teologías,
Minaya, que no se palpan,
y ya di respuesta a todas
en el legado del Papa.
Si Castilla no está en Dios,
¡vive Dios!, no se me alcanza
cómo unción divina un rey
pide para gobernarla.
Si solo el rey la suscita,
si solo el rey la consagra,
no sé por qué reino y no
solo reinado se llama;
si todo acaba en el rey,
si el rey no recibe nada
del alma de sus vasallos,
del rescoldo de su raza,
no sé cómo, andando el tiempo,
caen coronas, reyes cambian,
y sigue siendo en el mundo
Castilla tan castellana.
Debiéraste a las mientes
venir, Fáñez de Minaya,
que hacen de madera un cetro
y no de solas palabras
que un trono tiene en la tierra
las sentaduras echadas.
Nuestro estandarte es el rey,
y el que lo ofenda mal haya;
¿pero qué estandarte has visto
que valga sin su mesnada?
Antes, por su reino, Dios
llega al rey; antes la causa
de sus grandezas, la encierra
la grandeza de sus casas;
antes, porque el rey reciba
las cenizas de su raza,
su reino mismo, en sus manos
tendidas debe entregárselas
Mira cuántas violencias
que hoy sufrimos se evitaran.
Hoy las manos de un traidor,
moviendo en la sombra, bastan
para hacerle fuerza a Dios,
divinizando un monarca.
Hoy, no vasallos, esclavos,
más que en el cuerpo en el alma,
más que de los reyes, somos
del crimen que no los cambia.
¡Ah, basta ya, por mi nombre,
no lo consienten mis barbas!
Castilla entera, por Dios
vela el trono a las gradas.
Que no son investiduras
del rey cosa tan liviana
que anden sueltas por el aire
y a flechazos las caza…
Y siendo Castilla el reino,
Castilla a su rey consagra,
como consagra a la Iglesia
los obispos y los papas.
Por estas razones quiero,
Álvar Fáñez de Minaya,
castellano de Castilla,
alzarme ante el rey mañana
a hacerle rey en derecho,
ya que una traición no basta.
Que, como no valen fuerzas
en estas cosas sagrada,
Castilla ha de ser regida,
pero no ha de ser forzada.
Y como mueve del reino
la virtud que unge al monarca
si no se la otorga el reino,
la corona le resbala…
Y no me respondas más,
que ya no escucho, Minaya,
si es razón o no es razón
ni lo busco ni me embarga:
yo doy Castilla a Castilla;
no sé conquistas más altas».

 

IV

«Castellanos los de Burgos,
vivareños a mi sueldo,
venidme a la vera todos,
ya que por todos me muevo.
Vamos a Santa Gadea
a hacer al rey por el reino;
dejad los hierros en casa;
vestid sin armas los cuerpos
que de este paso que damos
Dios mismo es el valedero.
Castilla vive en nosotros;
pongamos al descubierto
las almas nuestras, que son cenizas
de nuestros muertos.
Como el camino es oscuro,
yo lo pasaré el primero;
mi escudo será pensar
que a todos detrás os llevo.
A las sombras, donde velan
los asombros de los tiempos,
yo responderé por todos;
no han de faltarme argumentos:
no porque estamos sin rey
dejamos de ser un reino;
que si él ha muerto, aún está
en nosotros su derecho».
«Coyuntura como es esta
nunca más la encontraremos;
que hoy la sangre viene a ungir
nuestra audacia de respeto.
En Santa Gadea, al rey
le tomaré juramento;
por mi voz hablaréis todos
y yo meteré en mi cuerpo
toda el alma de Castilla,
todo el corazón del reino.
Haremos al rey, y así,
será en Dios y será nuestro;
de rodillas ha de darme,
como es justo, juramento,
que aunque es grande, aún es más grande
que un rey solo todo el reino;
me darán investiduras
mis pendones y los vuestros;
los Evangelios hoy tienen
gotas de sangre del muerto».
Dice, y por la calle estrecha
mueven Mío Cid y su séquito.
La luz es cárdena y gris,
de madrugada de invierno;
el montón de gente oscura
no ha entendido y anda ciego;
todo son preguntas vagas,
vacilaciones, recelos…
Solo Mío Cid avanza,
por las tinieblas, sereno.
En su alma perenne hogar,
las cenizas de sus muertos;
en su gesto, la dureza
de aquellos jueves que hicieron
a Castilla; en su estandarte,
los negros grillos deshechos;
en sus ojos, un fulgor
que está horadando los tiempos…
Sobre su cota de malla
la púrpura del Derecho.

 

 

Vendimión, 1909, sección «Vendimión hispánico (Segunda parte). En la historia», extraído de Obras completas, vol. 6, pp. 565-573.

Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946
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Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946
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