En Flandes se ha puesto el sol (fragmento)

 

Capitán y español, no está avezado
a curarse de herida que ha dejado
intacto el corazón dentro del pecho.
Ello, ocurrió de suerte
que a los favores de un azar villano,
pudo llegar el hierro hasta esa mano,
que tuvo siempre en hierros a la muerte.

Y fue que apenas roto
por nuestro esfuerzo el muro,
salieron de la aldea en alboroto
sus gentes, escapándose a seguro.
Niños, mozos y ancianos,
en pelotón revuelto, altas las manos
como a esquivar la muerte, que les llega
envuelta en el fragor de la refriega,
a derramarse van por los caminos
y los campos vecinos…
Y va su frente y clama
que les tengan piedad en tanta ruina,
dando al aire sus tocas, una dama
que pone, ante la turba que la aclama,
la impavidez triunfal de una heroína.
Corriendo a hacer botín de su hermosura,
la rufa soldadesca se amotina,
y en vano ella procura,
en súplicas, en lágrimas deshecha,
acosada y rendida,
entregando su vida
triunfar de la deshonra que la acecha.
Va a sucumbir; pero en el mismo intante,
una mano de hierro abre a empeñones
el cerco jadente
de suizos y walones,
y el capitán ofrece a la hermosura
la hidalga proteccion de su bravura…
Domeñado y sujeto
queda el tercio a distancia; ella respira:
‘Pasad, señora que por mi os admira
y por mi os tiene España por su respeto’,
dice, y levanta el capitán ardido
la dura mano al fieltro retorcido.
Y en este punto, el hierro de un villano
parte su vena a la indefensa mano.
No se contrae su rostro de granito
ni la villana acción le arranca un grito;
inclina el porte, tiende a la cuitada
la mano ensangrentada
y vuelve a pronunciar: ‘Gracias señores;
que si sólo he querido
a la dama y su honor hacer honores,
ahora, con esta herida, habré podido
ofrecerle en mi mano rojas flores.’
Ceremoniosamente
pasó la dama, él inclinó la frente,
y en la diestra leal que le tendía
la sangre a borbotones florecía.

Canción de Navidad

 

La Virgen María
penaba y sufría.
Jesús no quería
dejarse acostar
— ¿No quieres?
— No quiero.

Cantaba un jilguero
sabía a romero
y a luna el cantar.
La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba
José que aserraba,
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía,
Jesús se dormía
de oírla cantar.

Tan bien se ha dormido
que el día ha venido,
inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y, entrando ya el día,
como él aún dormía,
para despertarle
¡la Virgen María
tuvo que llorar!

Salmo de amor

 

¡Dios te bendiga, amor, porque eres bella!
¡Dios te bendiga, amor, porque eres mía!
¡Dios te bendiga, amor, cuando te miro!
¡Dios te bendiga, amor, cuando me miras!

¡Dios te bendiga si me guardas fe;
si no me guardas fe, Dios te bendiga!
¡Hoy que me haces vivir, bendita seas;
cuando me hagas morir, seas bendita!

Bendiga Dios tus pasos hacia el bien,
tus pasos hacia el mal, Dios los bendiga!
¡Bendiciones a ti cuando me acoges;
bendiciones a ti cuando me esquivas!

!Bendígate la luz de la mañana
que al despertarte hiere tus pupilas;
bendígate la sombra de la noche,
que en su regazo te hallará dormida!

¡Abra los ojos para bendecirte,
antes de sucumbir, el que agoniza!
¡Si al herir te bendice el asesino,
que por su bendición Dios le bendiga!

¡Bendígate el humilde a quien socorras!
¡Bendígante, al nombrarte, tus amigas!
¡Bendígante los siervos de tu casa!
¡Los complacidos deudos te bendigan!

¡Te dé la tierra bendición en flores,
y el tiempo en copia de apacibles días,
y el mar se aquiete para bendecirte,
y el dolor se eche atrás y te bendiga!

¡Vuelva a tocar con el nevado lirio
Gabriel tu frente, y la declare ungida!
¡Dé el cielo a tu piedad don de milagro
y sanen los enfermos a tu vista!

¡Oh querida mujer!… ¡Hoy que me adoras,
todo de bendiciones es el día!
¡Yo te bendigo, y quiero que conmigo
Dios y el cielo y la tierra te bendigan!

La novia

 

La casita escondía, entre rosales,
la humildad de su gracia acogedora;
la aldea apenas palpitaba en la hora
de las primeras nieblas matinales.

Desparramando un vuelo de pardales,
pasa la diligencia atronadora;
mira a la casa el estudiante y llora
su corazón, volando a los cristales.

Ella le ha visto; entreabre la ventana,
y una mirada azul en la mañana
pone el jirón de su saludo tierno…

Pasó hambre y frío en la ciudad distante,
luchó, sufrió… ¡mas, para el estudiante,
fué todo el orbe azul aquel invierno!

Melancolía

A ti, por quien moriría,
me gusta verte llorar.
En el dolor eres mía
en el placer te me vas.

Maestro Amor

 

Maestro has de serme tú,
y yo discípulo atento;
Tú en irme dando palabras,
yo en ir haciendo los versos.

Si logramos una palma,
los dos nos la partiremos;
Tú para abonar tu frente,
yo para llevar su peso.

Más apacible existencia
ni la busco ni la espero;
Sólo son nuestras disputas
de discípulo a maestro.

Apenas apunta el sol
nuestra cátedra ponemos;
Las lecciones son de todo
lo que ves y lo que veo.

Y en el celestial oficio
que de consuno ejercemos,
yo pongo tan sólo el canto,
Tú pones el sentimiento.

Ni tú escatimas el uno
ni yo en el otro te cedo.
Las gentes que nos escuchan
dicen que nos entendemos.

Y lo que yo busco, Amor,
es llegar a un desacuerdo,
es quedarme sin canción
delante del sentimiento.

Crezca el sentimiento, Amor,
y no te inquietes por ello;
que, aunque me falten palabras,
haré el mejor de mis versos.

El mejor, que he de llevar
eternamente en mi pecho.

El sueño del niño Jesús

 

La Virgen María
pensaba y sufría,
Jesús no quería
dejarse acostar.

-¿No quieres?
-No quiero.
Cantaba un jilguero,
sabía a romero
y a luna el cantar.

La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba,
José que aserraba
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía,
Jesús se dormía
de oírla cantar.

Tan bien se ha dormido,
que el día venido,
inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y entrado ya el día,
como Él aún dormía,
para despertarlo
la Virgen María
tuvo que llorar.

Mihi lucrum mori (“para mi es una ganancia morir”)

 

¡Ay la vida!
¿Qué es la vida?
Chispa oculta entre pavesa,
relámpago que atraviesa
tempestad enfurecida.

¡Ay la vida!
Es mal que cura la muerte;
negra cárcel que, al morir,
logra el prisionero abrir,
de tal suerte
que una ganancia es morir.

Dejar espinas y abrojos
para ceñirse de estrellas,
secar del llanto las huellas
y clavar en Dios los ojos.

¡Ay! los ojos
que han visto el mundo funesto;
eso es dicha que el que muere
a gloria y cetro prefiere;
y es por esto
que gana mucho el que muere.

¿Qué son los placeres?
Humo. ¿Qué es la hermosura?
Ceniza que en el sepulcro se pisa:
cuanto en la tierra hay de sumo,
todo es humo;
¡plata y seda, todo, todo!

De manera que se gana
muriendo en edad temprana;
de tal modo
que sólo el que muere gana.

¿Por qué tan ruda ansiedad,
tanto afán, tanta locura,
en ir tras lo que no dura,
en buscar la vanidad?

¡Vanidad!
Que duelos mil atesora,
sólo el necio su ganancia
busca en la tierra con ansia,
porque ignora
que es la muerte una ganancia.

Vivamos, pues, a manera
del cautivo en calabozo,
que, ajeno de risa y gozo,
libertad cercana espera;
de manera,
que pongamos todo anhelo
en la gloria de morir,
sin cansarnos de decir
viendo el cielo:
nuestra ganancia es morir.

Renovación

 

Pequeñas marchas hice; yo las haré mayores;
conoceré, de vista, todos estos pastores;
me habrán hablado todos, cuando salga de aquí;
El camino que lleva del alto de Ibañeta
al redondel de piedras del romo Orzanzurieta,
por las pasadas que hice, se acordará de mí.

Sabré encontrar las fuentes, por sendas de cabreros;
En qué parte da el monte los mejores maderos
y qué encinas se tronchan para tostar carbón;
sabré dar con el jarro de leche, en las chabolas,
empujaré sus puertas, si las encuentro solas,
y pagaré, dejando medio pan, mi ración.

Cuatro días más tarde, daré con el cabrero
de quien bebí en la jarra, cruzando el hormiguero
de los rebaños, puestos á venta, en un ferial;
le hablaré de la leche que me tomé á fiado;
me hablará de aquel pan, que le dejé á contado;
y, en dos pintas de vino, nos haremos cabal.

Renovará, en los usos, mi vida, sus caudales;
tantos rústicos modos me serán naturales,
que olvidaré el cansancio, que traía, de mí;
tantas palabras muertas encontraré, aquí, vivas,
y haré acopio tan grande de formas expresivas,
que no he de ser el mismo, cuando salga de aquí.

¡A pasto, á pasto, bocas de mis ansias mejores!…
Enfilaré los puertos, pisaré los alcores,
la dueña al lado; el hijo delante, en un pollino;
no han de ser, en dos meses, otros nuestros trabajos,
que andar, de pueblo en pueblo, por todos los atajos
y entrar en las posadas, las noches de camino.

Del Guirizu taimado que, al que está en la llanura,
le esconde, en un repliegue, la mitad de su altura,
todo el valle veramos, una tarde serena:
Francia al norte, cercana; tierra basca á occidente;
á mediodía, el pico de Monreal; y, enfrente,
de los montes de Jaca, la picuda cadena.

Y así, luego, trillando la senda que escogimos,
nos sentiremos parte del paisaje, que vimos
en el Guirizu abrupto, bajo sus corvas hayas;
diferenciarse, lo antes uniforme, veremos;
y según que nos abran sus puertas, sentiremos
de los distintos pueblos, las diferentes layas.

Val de Arce dilatado y Val de Ayézcua arisco;
el uno intenta industrias; y el otro tiene aprisco;
aquél urde caminos, y éste pisa montañas;
los lugares que entrambos llevan en su regazo,
ya muestran, en lo vario de la aptitud y el trazo,
la diferente sangre que corre en sus entrañas.

Burguete, que ha crecido de estar junto al camino;
Arrieta, en que, al recuerdo de buen vino,
aún veo sonreírme la moza del mesón;
Espinal, con sus blasones en los anchos portales;
y Aoiz en auge, centro de fuerzas industriales,
que palpita, en el llano, como un gran corazón.

De esta parte, la vida se adapta y se renueva;
la ruta cambia en oro las fuerzas que se lleva
los polluelos son éstos y la clueca es Pamplona;
una Pamplona rica de actividad materna
atenta á su prosapia, que trabaja y gobierna
con abarcas, debajo de la férrea corona.

Y el otro lado, ocultos, metidos en la falda
del monte, entre peñascos, los lugares: Garralda,
nombrada en sus rebaños, y en sus potros famosa;
tiene en alto la iglesia, y en ella, un soportal
que encierra el marco esbelto de la puerta ojival,
en la mancha rojiza de su masa terrosa.

Hija del río, al lado del camino en declive,
en lo angosto y profundo del valle, surge Aribe
con su gran puente, en ruinas, tapizado de hiedra;
en una paz de idilio de huertos y trigales,
¡aún la veo, escalando sus peñas laterales,
entre bojes y robles, por caminos de piedra!

¡Recodos los del monte, silencio en los recodos!
¡Qué apartado me encuentro de los humanos todos
oyendo, por las hoces, mis pasos resonar!
Pero ¡qué valor toman las humanas pisadas
que, en roca viva, á fuerza de andadas y de andadas,
trillan estos senderos, de lugar á lugar!

Rosa entre cardos eres, para tus peregrinos,
Villanueva de Ayézcua, huérfana de caminos;
Villanueva de Ayézcua, la más vieja de todas;
en tu esquivo retiro, rica de aristrocracia,
no olvidaré tus fuentes, ni la harmoniosa gracia
con que, en el hondo valle, te esparces y acomodas.

Cortado á pico, el monte, que es, todo él, una peña,
su masa oscura aviva tu gracia lugareña;
Villanueva de Ayézcua, de casas señoriales,
¡bien hallada, la moza de los pasos ardidos,
y, en sus manos, la herrada, con los aros bruñidos,
que coloca en la fuente de caños manantiales!

Que te protege, dinos, y no que te sepulta,
esta loma que á todas las miradas te oculta,
y que, en tanto silencio, te obliga á tanta paz;
tus mozas, con sus trenzas pasándolas del talle,
tienen, cruzando, al vernos, con rapidez, la calle,
un pánico gracioso de ardilla montaraz.

Villanueva de Ayézcua, de casas señoriales,
me voy con la nostalgia de hacer, en tus portales,
la charla, anochecido, con tus clásicas viejas;
las he visto, á hurtadillas, mirar por las ventanas,
enérgicas, huesudas, cubriéndose las canas,
la toca negra, atada detrás de las orejas…

De esta parte, la vida, como toca al origen;
no altera, todavía, las leyes que la rigen;
y es secular y joven, como la roca viva;
Val-de-Ayézcua entre montes, me hiciste rastrear,
por estas angosturas, de lugar en lugar,
bajo mi España, aún fuerte, la veta primitiva.

Saldré de estos peñales con un canto de guerra;
sobre todas las tierras, ensalzaré mi tierra;
seré agresivo contra todo exótico intento;
queda aquí el reservorio de la raza nativa;
¡y hay piedra, en estos montes de soledad esquiva
donde tallar los arcos para un Renacimiento!

Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946

Para Carlos Santias
(después de oírle en la guitarra)

 

I

Fue un milagro cuyo secreto,
Carlos, tu guardas.
Nosotros haciéndote corro;
tú, en el centro, con la guitarra;
todos nosotros, callando;
tú, sin preguntarnos nada.
Ninguno te habíamos dicho
nuestras íntimas ansias;
de casi todos nosotros, la vida,
el destino y el rumbo ignorabas:
no obstante, certero, seguro,
como si las crearas,
nos ibas mostrando, en el fondo,
del lago de tu guitarra,
a todos y cada uno de nosotros,
nuestras propias almas!

 

II

Como un pescador
de prosapia divina,
sobre los ríos de tus cuerdas
ávidamente te inclinas,
y la nota que prenden,
en vivo y sin anzuelo, tus manos ungidas
unas veces relampaguea,
palpitación de escamas y chispas;
y otras veces se escapa de tus manos
y otras veces en ellas agoniza;
juegas con ella y la desdeñas
o te conmueve y la acaricias…
Ella, la nota prisionera, tiembla, gime, aletea, rebrinca;
pero siempre se lleva carne
del corazón de todos los que a tu juego asistan.

 

III

La guitarra, tu mundo;
y el sonido, tu fango
y tus manos, recuerdo en pequeño
de la obra de Dios en el Cáos.
Amasando el sonido
como Dios el barro,
pueblas, animas, llenas
de vivientes fantasmas la soledad del cuarto.
Y son aguas tranquilas,
ríos, acequias, lagos,
y oro y azul de auroras
y noches con vuelos de astros
y, en las cuerdas de tu guitarra,
un murmullo de salva poblada de pájaros…
si un día quieres que tu creación
sea casi divina, Carlos,
lee, en los ojos de tus padres
el bien que te desean cunado te miran ávidos,
y copia las miradas de tus padres
como puedas, tocando
y habrás creado un nuevo Paraíso,
dulce remedio a todos los dolores humanos!

Se pinta el mar

 

La tierra es toda vida,
y el mar es todo amor.
En el mar hay escondida
una fuerza más grande que la vida:
la tierra es criatura, y el mar es creador.
Todo el mar es misterio resonante
y palabra inicial:
nada hay a espaldas de él, nada hay delante;
el mar es una eternidad constante
y un movimiento en lo inmortal.
Escapa al pertinaz conocimiento
y prolonga en fantasmas la visión;
el mar es elemento,
hermano del pensamiento
y lecho azul de la imaginación.
Las mujeres suspiran
cuando en la tarde miran
la gran fatiga, hecha pasión, del mar;
toda mujer quisiera,
en una noche encapotada y fiera,
estarse a solas abrazando al mar.
Los marineros de canosa frente,
estatuas que ha esculpido su garra omnipotente,
pasan como hombres tipos a la orilla del mar:
llevan en sus pupilas el misterio
y tienen un hablar de magisterio,
mamado en su nodriza, la recia tempestad.
A las mozas alegres de la costa,
cuando más lindas van, se les agosta
en sólo un día toda su beldad:
prometidas tal vez a un fiero esposo,
pierden en un abrazo misterioso,
como la tierra en junio, toda su majestad.
Los barrios, junto al mar, de pescadores,
son hornos de fantásticas mentiras,
cunas de unos deseos buscadores
que se echan a volar, emprendedores
renuevos de la tierra, en arriesgadas jiras.
Las noches, en las casas marineras,
vienen con aparatos de quimeras,
poniendo luces rojas en todas las ventanas;
detrás de los cristales arden unas pupilas,
espiando las sombras intranquilas
y en atisbo de barcas lejanas.
Entre las rocas de la costa alzada
se oye un extraño hablar, de madrugada,
de gentes que en la noche vigilaron;
las barcas, animadas de un deseo,
tienen un misterioso balanceo,
y nunca se están quietas en donde las dejaron.
Las casas de los pueblos marineros
abren todas al mar sus agujeros:
rejas y puertas y ventanas,
toda la vida, de la mar esperan;
al monte sólo irán cuando se mueran,
al quieto cementerio de las tapias enanas.
¡Oh mar! ¡Oh extraño mar! ¡Oh gran misterio!
¡Oh! ¡No saben tus gentes el imperio
que ejerces en sus almas!
Tú has sabido, a través de las edades,
garantir con tus altas tempestades
la majestad suprema de tus calmas.
¡Santo mar, fuerza nueva, agua querida,
adobo espiritual de nuestra vida,
campo siempre fecundo a la mirada!
¡Sólo tú, cuando un ansia la enajena,
pones la gracia de una paz serena
en la pupila fácil de la Amada!

Trova

 

«Capitán de los tercios de España…
Señor Capitán,
el de la torcida espada,
de la capa colorada
y el buen caballo alazán;
si fuera la empresa mía,
si mi honor no se oponía,
si diera a mi fantasía
rienda suelta en este día,
ya que partes, Capitán,
¡contigo yo partiría
y a la grupa montaría
de tu caballo alazán!
No me escuchaste, cuitada,
y allá va la cabalgada,
lanza en puño y rienda holgada,
detrás de su Capitán…
¡Clávame, dueño, tu espada
del revuelto gavilán,
y llévame amortajada
en tu capa colorada,
soberbiamente plegada
sobre el caballo alazán!
Y allá lejos,
a los extraños reflejos
del bosco cielo alemán,
cuando olvidados los dejos
de nuestros amores viejos,
me traiciones, Capitán,
si favor tu boca espera
de la blanca prisionera
que una aventura guerrera
libra indefensa a tu afán,
con mi mano enclavijada,
que la muerte hará sagrada,
yo he de quebrarte la espada
como una espiga tronchada
por tu caballo alazán»
«¡Dueña mía, dueña mía,
no me digas si te oía,
que estaba mi fantasía
riñéndose con mi afán;
para tu gloria y la mía,
por tu nombre y mi hidalguía,
con su tercio en este día
va a Flandes tu Capitán.
No me hables, dueña, de olvidos,
que embriagados mis sentidos
de tus hermosuras van,
y hollados y escarnecidos
he de traerte, rendidos,
diez corazones heridos
en el arzón suspendidos
de mi caballo alazán»

Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946
Resumen
Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946
Título del artículo
Eduardo Marquina, Barcelona, 1879-1946
Descripción
Poesía de Eduardo Marquina
Acerca de
Publicado por
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