“Hoy, todo artista está embarcado en la galera de su tiempo. Y debe resignarse a ello, aun cuando le parezca que esta galera huele a arenque, que los cómitres son verdaderamente demasiados y que, por añadidura, se está doblando mal el cabo. Nos hallamos en alta mar. El artista, como los otros, tiene que remar a su vez sin morir; es decir, debe continuar viviendo y creando. A decir verdad, no es cosa fácil y comprendo que los artistas añoren su antiguo bienestar. El cambio es un tanto brutal. Cierto es que siempre hubo en el circo de la historia mártires y leones. Los primeros se sustentaban con consuelos eternos; los segundos, de alimento histórico bien sangrante. Pero hasta ahora el artista ocupaba un lugar en las gradas. Cantaba por cantar, para sí mismo o, en el mejor de los casos, para alentar al mártir y distraer un poco al león de su apetito. Ahora, en cambio, el artista se encuentra en la propia arena; su voz, su fuerza, ya no es la misma. Es mucho menos segura…

El hecho de que el artista ponga en tela de juicio el arte tiene muchas razones, de las que sólo bastará señalar las más importantes. En el mejor de los casos, ese enjuiciamiento se explica por la impresión que puede tener el artista contemporáneo de mentir o de hablar por hablar… En efecto, lo que caracteriza  a esta época es la irrupción de las masas y de su condición miserable,  frente a la sensibilidad contemporánea. Ahora sabemos que existe…  siendo así que se tenía tendencia a olvidarlas. Y si lo sabemos, no es porque las élites, artísticas o de otra índole, se hayan hecho mejores; no, tranquilicémonos. Es que las masas se hicieron más fuertes e impiden que se las ignore… Hay aún otras razones, y algunas menos nobles, de esta misión del artista. Pero cualesquiera sean estas razones, todas ellas concurren en el mismo fin: desalentar la creación libre, atacando su principio esencial, que es la fe del creador en sí mismo. “La obediencia de un hombre a su propio genio -dijo magníficamente Emerson- es la fe por la excelencia”. Y otro escritor norteamericano del siglo XIX agregaba: “Mientras un hombre permanece fiel a sí mismo, todo abunda en su sentido, gobierno, sociedad, el mismo sol, la luna y las estrellas”.

 En la mayor parte de los casos, el artista se avergüenza de sí mismo y de sus privilegios, si los tiene. Debe responder ante todo a la pregunta que él mismo se formula: ¿Es el arte un lujo mentiroso?.

La primera respuesta honesta que pueda darse es ésta: ocurre, en efecto, que el arte es un lujo mentiroso. En la toldilla de las galeras siempre y en todas partes se puede , lo sabemos, cantar a alas estrellas mientras los forzados reman y se agotan en la cala; siempre puede registrarse la conversación mundana que se mantiene en las gradas del circo, mientras la víctima queda destrozada entre los dientes del león. Y es muy difícil objetar algo a ese arte que conoció grandes éxitos en el pasado. Sólo que las cosas cambiaron un poco; sobre todo, el número de galeotes y de mártires aumentó prodigiosamente en la superficie del globo. Frente a tanta miseria, ese arte, si pretende continuar siendo un lujo, debe aceptar hoy ser también una mentira. La mentira del arte por el arte fingía ignorar el mal y asumía sí la responsabilidad de él; pero al mentira realista, si asume con coraje la responsabilidad de reconocer la desdicha presente de los hombres, traiciona asimismo gravemente esa desdicha presente de los hombres, al utilizarla para exaltar una felicidad futura de la que nadie sabe nada y que, por lo tanto, autoriza todos los engaños.

¿Hay que llegar pues, a la conclusión de que esta mentira es la esencia misma del arte?. Yo diría, en cambio, que las actitudes de las que hablé no son mentira, sino en al medida en que no tienen gran cosa que ver con el arte. ¿Qué es, pues, el arte?. Cosa nada sencilla, eso es seguro. Y resulta aún más difícil comprenderlo en medio de los gritos de tanta gente desdichada con encarnizamiento a simplificarlo todo.

Por una parte se quiere que el genio sea espléndido y solitario; por otra, se le impone que sea semejante a todos. ¡Ay la realidad es más compleja!. Y Balzac lo hizo sentir en una frase: “El genio se parece a todo el mundo y nada se parece a él”. Y esto cabe afirmar del arte, que no es nada sin la realidad, y sin el cual la realidad es poca cosa. El arte, en cierto sentido, es una rebelión contra el mundo en lo que éste tiene de fugitivo y de inacabado: no se propone, pues, sino dar otra forma a una realidad que sin embargo él está obligado a conservar, porque ella es la fuente de su emoción. En este sentido, todos somos realistas y nadie lo es. El arte no es ni  el repudio total de lo existe, ni la aceptación total de lo que existe. Es al mismo tiempo repudio y aceptación. Y por eso no puede ser sino un desgarramiento perpetuamente renovado. El artista se encuentra siempre en esta ambigüedad, incapaz de negar lo real y sin embargo eternamente desdichado a discutirlo en que lo real tiene de eternamente inacabado. Para hacer una naturaleza muerta es menester que se enfrenten y se corrijan recíprocamente un pintor y una manzana. Y si las formas no son nada sin la luz del mundo, ellas  a su vez agregan algo a esa luz. El universo real que por su esplendor, suscita los cuerpos y las estatuas recibe de ellos al mismo tiempo una segunda luz, que fija la del cielo… No se trata, pues, de saber si el arte debe huir de los real o someterse a lo real , sino tan sólo de saber qué dosis exacta de lo real debe conservar la obra para no desaparecer en las nubes o, por otra parte, arrastrase con plantillas de plomo. La obra más elevada será siempre la que equilibre lo real y el repudio que el hombre opone  a la realidad…

Evidentemente el valor más calumniado hoy día es el valor de libertad…  Se trata de saber que sin la libertad no realizaremos nada. Y que a la vez perderemos la justicia futura y la belleza antigua. Únicamente la libertad saca a los hombres del aislamiento. La servidumbre se cierne sólo sobre una multitud de soledades. (…) Mi conclusión será sencilla. Consistirá en decir, aun en medio del estrépito y del furor de nuestra historia: ‘Alegrémonos’. Alegrémonos, en efecto, por haber visto morir una Europa mentirosa y cómoda. Y por encontrarnos frente a crueles verdades. Alegrémonos en nuestra condición de hombres, puesto que un prolongado engaño se ha desmoronado y ahora vemos claro lo que nos amenaza. Y alegrémonos en nuestra condición de artistas arrancados al sueño y a la sordera, mantenidos por fuerza frente a la miseria, las prisiones, la sangre…

“Todo muro es una puerta”, dijo con razón Emerson. No busquemos la puerta y la salida sino en  el muro contra el cual vivimos. Busquemos el paso donde éste se encuentra, quiero decir, en el centro mismo de la batalla… Se ha dicho que las grandes ideas vienen al mundo en patas de paloma. Si aguzamos el oído, acaso oigamos entonces, en medio del estrépito de los imperios y de las naciones, como un débil aleteo, el suave bullicio de la vida y de la esperanza. Unos dirán que esta esperanza está alimentada por un pueblo; otros, por un hombre. Yo creo, en cambio, que está suscitada, reanimada y alimentada por millones de solitarios, cuyas acciones y obras niegan cada día las fronteras y las más groseras apariencias de la historia para hacer resplandecer fugazmente la verdad, siempre amenazada, que cada cual, con sus sufrimientos  y sus goces, eleva para todos.

La meta del arte no es legislar ni reinar, sino que es, ante todo, comprender. Por eso el artista, al término de su camino, absuelve en lugar de condenar. No es juez, sino justificador, es el abogado permanente de la criatura viva, porque ella está viva. Aboga en verdad por amor al prójimo, no por ese amor de lo remoto que degrada al humanismo contemporáneo en catecismo de tribunal. En cambio, la gran obra termina por confundir a todos los jueces. Mediante ella, el artista rinde homenaje a la más elevada figura del hombre y al mismo tiempo se inclina ante el último de los criminales. “No hay uno solo -escribe Wilde en la prisión- de los desdichados encerrados conmigo en este miserable lugar, que no se encuentre en relación simbólica con el secreto de la vida”. Sí, y ese secreto de la vida coincide con el arte…

Hay unas palabras de Gide que yo siempre aprobé: “El arte vive de coacción y muere de libertad”. Eso es cierto, pero no hay que concluir por ello que el arte deba ser dirigido. El arte no vive sino de las coacciones que él mismo se impone: muere por obra de los demás.

El arte más libre y el más sublevado será, pues, el más clásico. Coronará el mayor esfuerzo. Mientras una sociedad y sus artistas no consientan en realizar este prolongado y libre esfuerzo, mientras no se abandonen a la comodidad de los enfrentamientos o a la del conformismo, a los juegos del arte por el arte o a las prédicas del arte realista, permanecerán en el nihilismo y en la esterilidad. Decir esto equivale a decir que hoy el renacimiento depende de nuestro coraje y de nuestra voluntad de clarividencia”.

Fuente | Camus, Albert. “El Revés y el Derecho”. Buenos Aires. Losada. 2004.

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