Moses Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow, defiende a su padre contra las acusaciones de pederastia y describe una infancia traumática con su madre.

 

Soy una persona muy reservada y no me interesa en absoluto la atención del público. Pero, ante los ataques increíblemente erróneos y engañosos hacia mi padre, Woody Allen, me parece que no puedo permanecer en silencio mientras se le condena por un crimen que no cometió.

Estuve presente ante todo lo que sucedió en nuestra casa antes, durante y después del supuesto acontecimiento. Ahora que la histeria pública de comienzos de este año se ha apagado un poco y tengo algo de esperanza de que la verdad pueda ser escuchada, quiero compartir mi historia.

El 4 de agosto de 1992 era un día cálido y soleado en Bridgewater, Connecticut, pero en nuestra casa familiar, Frog Hollow, había un escalofrío en el aire. Mi madre, Mia Farrow, había salido a comprar con su amiga de la infancia, Casey Pascal. Yo tenía catorce años, y estaba en casa con mi hermana pequeña, Dylan, que acababa de cumplir siete años; mi hermano Satchel, que tenía cuatro años y ahora se llama Ronan, y los tres hijos de Casey. Nos vigilaba nuestra niñera, Kristi, así como la niñera de Casey, Alison, y nuestra profesora de francés, Sophie. La casa estaba llena.

Había otro adulto en la sala de la tele aquel día, sentado en el suelo, viendo ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, con el resto de nosotros: Woody Allen. En apariencia, no era diferente a sus visitas anteriores a nuestra casa de campo. Pero mi madre nos había avisado de que no debíamos perderlo de vista. Estaba comprensiblemente furiosa: siete meses antes se había enterado de que tenía una relación íntima con mi hermana de veintiún años, Soon-Yi, tras descubrir Polaroids de ella en el apartamento de Woody. Durante meses nos había estado taladrando las cabezas como un mantra: Woody era “malvado”, “un monstruo”, “el diablo”, y Soon-Yi estaba “muerta para nosotros”. Este era el estribillo constante, daba igual que estuviera Woody o no. (Lo repetía con tanta frecuencia que Satchel le anunció a una de nuestras niñeras: “Mi hermana se está follando a mi padre”. Satchel acababa de cumplir cuatro años.) Mi madre era nuestra única fuente de información sobre Woody, y era extremadamente convincente.

Como el mayor de los hijos en la casa en ese día de verano, me tomaba muy en serio las advertencias de Mia. Pensaba que mi trabajo era apoyar a mi madre y quería desesperadamente su aprobación, como todos sus hijos. También había aprendido en repetidas ocasiones que ir contra sus deseos tenía repercusiones. Estaría pendiente de Woody hasta que volviera mi madre. Pero en secreto estaba desgarrado.

Para ayudar a explicar por qué, voy a dar un poco de información sobre nuestra familia.

Aunque Woody y Mia nunca se casaron -y él nunca vivió con nosotros ni se quedaba a dormir en nuestro apartamento en la ciudad- solía venir a las 6:30 de la mañana, con dos periódicos y un puñado de magdalenas. Yo me levantaba antes de los demás, y él y yo nos sentábamos en la mesa de la cocina juntos para desayunar. Mientras leía The New York Times, yo cogía el Post e iba directo a los cómics y los crucigramas. Pasábamos un rato tranquilos antes de despertar a Dylan. Le hacía un par de tostadas con canela o miel y se quedaba mientras ella desayunaba. No tenía mucha pinta de monstruo.

Mis hermanos mayores eran todos hijos biológicos o adoptados de Mia y su exmarido André Previn. En 1985 Mia adoptó a Dylan. Dos años más tarde ella y Woody tuvieron a su único hijo biológico, Satchel. A los cuarenta y nueve años, Woody parecía encantado con su nuevo papel de padre.

Mia me había adoptado a mí, su séptimo hijo, como madre soltera en 1980. En 1992 pidió y consiguió que Woody Allen nos coadoptara a Dylan y mí: escribió a la agencia de adopción, explicaba que era un padre excelente. Yo estaba encantado cuando Woody se convirtió oficialmente en mi padre, porque ya había asumido ese papel en mi vida. Jugábamos a la pelota y al ajedrez, echábamos unas canastas. A medida que pasaban los años, Satchel, Dylan y yo nos hicimos visitantes frecuentes de sus lugares de rodaje y su sala de montaje. Por las tardes, venía al apartamento de Mia y pasaba tiempo con nosotros. Nunca vi nada que indicara un comportamiento inadecuado en ningún momento.

Luego, por supuesto, las noticias de Woody y Soon-Yi se hicieron públicas, y todo cambió. Mi madre insistió en que sacáramos a los dos de nuestras vidas, y no tuvimos otra opción que aceptarlo.

Incluso la gente que duda de las acusaciones de abusos de Dylan se aferra a la relación de Woody con Soon-Yi como justificación por su escepticismo hacia él. Los ataques públicos a Soon-Yi de completos desconocidos todavía me desconciertan, así como la desinformación general que tanta gente considera hechos. No es la hija de Woody (ni adoptada, ni hijastra ni ninguna otra cosa), ni tiene problemas de desarrollo mental. (¡Tiene un máster en educación especial por la Universidad de Columbia!) Y la idea de que empezaron a citarse cuando ella era menor de edad es totalmente falsa.

En realidad, Woody y Soon-Yi apenas hablaron durante su niñez. Fue mi madre quien sugirió, cuando Soon-Yi tenía veinte años, que Woody Allen pasara tiempo con ella. Él lo aceptó y empezó a llevarla a partidos de los Knicks. Así es como empezó su romance. Sí, era heterodoxo, incómodo, disruptivo para nuestra familia y le hizo a mi madre un daño terrible. Pero la relación en sí no fue ni de lejos tan devastadora como la insistencia de mi madre en colocar esta traición en el centro de nuestras vidas desde entonces en adelante.

Pero la disfunción fatal de la casa de mi infancia no tenía nada que ver con Woody. Empezó mucho antes de que apareciera y llegaba directamente de una oscuridad profunda y persistente en la familia Farrow.

Era bien sabido en Hollywood que mi abuelo, el director John Farrow, era un bebedor notorio y muy mujeriego. Hubo muchas peleas regadas con alcohol entre sus padres, y Mia me dijo que sufrió intentos de abuso en su propia familia. Su hermano, mi tío John, que nos venía a ver a menudo cuando éramos pequeños, está en la cárcel condenado por múltiples acusaciones de abuso infantil. (Mi madre nunca ha hablado en público sobre esto, ni ha expresado ninguna preocupación por las víctimas de su hermano.) Mi tío Patrick y su familia venían a menudo, pero esas visitas podían terminar abruptamente porque Mia y Patrick terminaban discutiendo con frecuencia. Mi tío Patrick se suicidó en 2009.

Mi madre, por supuesto, tenía su propia oscuridad. Se casó con Frank Sinatra, que en ese momento tenía cincuenta años, cuando ella solo tenía veintiuno. Después del divorcio, se mudó a casa de su amiga íntima Dory Previn y su marido, André. Cuando mi madre quedó embarazada de André, el matrimonio de los Previn se rompió, lo que produjo el ingreso en el psiquiátrico de Dory. Nunca se habló de esto en nuestra casa, por supuesto, y yo no lo supe hasta hace unos años. Pero, al observarlo ahora -como terapeuta además de como testigo- me doy cuenta de que era fácil ver las semillas de disfunción que germinarían en nuestra casa.

Para mi madre era importante proyectar hacia el mundo una imagen de un hogar bien amasado de hijos biológicos y adoptados, pero eso estaba lejos de la verdad. Estoy seguro de que mi madre tenía buenas intenciones al adoptar a niños con discapacidades que venían de las circunstancias más duras, pero la realidad entre las paredes de nuestra casa era muy distinta. Me duele recordar ejemplos en los que vi a mis hermanos, algunos ciegos o físicamente discapacitados, arrastrados por las escaleras para ser arrojados a un dormitorio o un armario, que luego se cerraba con llave desde fuera. Mia llegó a encerrar a mi hermano Thaddeus, parapléjico porque había sufrido la polio, en un cobertizo en el exterior para castigarlo por una transgresión menor.

Soon-Yi era su chivo expiatorio más frecuente. Mi hermana tenía un espíritu independiente y, de todos nosotros, era la que se sentía menos intimidada por Mia. Cuando se veía obligada, reprochaba a mi madre su comportamiento y se producían feas discusiones. Cuando Soon-Yi era pequeña, Mia le había tirado un centro de mesa de porcelana a la cabeza. Por fortuna, falló, pero los fragmentos de la pieza rota le dieron en las piernas. Años después, le pegó con el auricular de un teléfono. Soon-Yi dejó claro que su deseo era sencillamente que la dejara en paz, lo que cada vez fue más común. Aunque su relación con Woody era poco convencional, fue lo que le permitió escapar. Otros no tuvieron tanta suerte.

La mayor parte de los medios dicen que mi hermana Tam murió de un “fallo cardiaco” a los 21 años. En realidad, Tam luchó contra la depresión la mayor parte de su vida, una situación exacerbada por que mi madre se negaba a que la atendieran, insistiendo en que solo estaba “floja”. Una tarde del año 2000, tras una pelea final con Mia, que terminó cuando mi madre se fue de casa, Tam se sucidió con una sobredosis de pastillas. Mi madre contó a los demás que la sobredosis fue accidental, y dijo que Tam, que era ciega, no sabía qué pastillas tomaba. Pero Tam tenía una memoria estupenda y sentido de reconocimiento espacial. Y, por supuesto, la ceguera no le impedía contar.

Los detalles de la sobredosis de Tam y la discusión con Mia que la precipitaron me los comunicó directamente mi hermano Thaddeus, que fue testigo de los hechos. Trágicamente, ya no puede confirmar esta versión. Hace dos años, Thaddeus también se suicidó disparándose en su coche, a menos de diez minutos de la casa de mi madre.

Mi hermana Lark también falleció. Entró en un camino de autodestrucción, luchó contra la adicción y finalmente murió en la indigencia por causas relacionadas con el sida en 2008, a los 35 años.

Para todos nosotros, la vida en la casa de mi madre era imposible si no hacías exactamente lo que te decían, por discutible que fuera la demanda.

El verano entre los cursos de primero y segundo, estaban poniendo nuevo papel de pared en la habitación donde yo dormía, al otro lado del pasillo en el segundo piso de nuestra casa en Connecticut. Yo me preparaba para ir a dormir, cuando mi madre vino a mi cama y encontró una cinta métrica. Me dirigió una mirada penetrante y me preguntó si me la había llevado, porque se había pasado el día buscándola. Le dije que no lo sabía, que quizá se la había dejado uno de los obreros. Me preguntó una y otra vez, una y otra vez.

Cuando no le respondí lo que quería, me abofeteó, tirándome las gafas al suelo. Me dijo que estaba mintiendo y me dijo que fuera a decirles a mis hermanos que me había llevado la cinta métrica. Entre lágrimas escuché mientras ella me explicaba que ensayaríamos un relato sobre lo que debería haber pasado. Ella entraría en la habitación y yo diría que sentía haber cogido la cinta métrica, que me la había llevado para jugar y que no lo volvería a hacer. Me hizo repetirlo al menos media docena de veces.

Ese fue el comienzo de sus entrenamientos, repeticiones, guionizaciones y ensayos: en esencia, lavados de cerebro. Me sentía ansioso y asustado. Una vez, cuando me regalaron unos vaqueros nuevos, pensé que quedarían mejor si cortaba un par de trabillas. Cuando Mia vio lo que había hecho, me azotó repetidamente y me hizo que me quitara toda la ropa, diciendo: “No mereces ninguna prenda”, y me obligó a quedarme desnudo en la esquina de su habitación, delante de mis hermanos mayores, que acababan de cenar con su padre, André. (Cuando hablé con People en 2014 sobre esos episodios, Dylan lo calificó de “traición” y dijo que yo estaba “muerto” para ella. Más tarde, despreció en público los recuerdos de mi niñez diciendo que eran “irrelevantes”. Esto por parte de una mujer que ahora se presenta como “defensora de las víctimas del maltrato”.)

Plantar cara no era una opción viable. Un día de verano, Mia me acusó de dejar cerradas las cortinas de la sala donde veíamos la tele. Las habían echado el día anterior, cuando Dylan y Satchel habían visto una película. Insistió en que yo las había cerrado y las había dejado así. Su amiga Casey había ido a verla y estaban en la cocina, mi madre insistió en que yo las había cerrado. En ese momento, yo no lo aguantaba más y perdí los nervios; grité: “¡Estás mintiendo!”. Me miró con aspereza y me llevó al baño que había junto al salón. Empezó a pegarme de forma incontrolable por todo el cuerpo. Me abofeteó, me empujó y me golpeó en el pecho, gritando: “Cómo puedes llamarme mentirosa delante de mi amiga. Tú eres el mentiroso patológico”. Me sentía derrotado, desinflado, apaleado y abatido. Mia me había quitado la voz y mi sentido de quién era. Estaba claro que no toleraría que me apartara un poco de su realidad bien diseñada. Fue una educación que me hizo, de manera paradójica, fieramente leal y obediente a ella y al mismo tiempo profundamente temeroso.

En pocas palabras, no era un hogar feliz o sano. Lo que nos devuelve al 4 de agosto de 1992.En Twitter, hay desconocidos que me preguntan: “No estabas ahí para ver el abuso, ¿cómo sabes que no sucedió?” Pero ¿cómo podría nadie ver un abuso si no ocurrió nunca?

Como “hombre de la casa” aquel día, había prometido estar atento por si había algún problema, y es justo lo que hice. Recuerdo dónde se sentaba Woody en la sala de la tele, y puedo ver dónde estaban Dylan y Satchel. No es que todo el mundo se quedara pegado en el mismo sitio, pero me esforcé en fijarme dónde iba cada uno. Recuerdo que Woody salió del salón algún momento, pero nunca con Dylan. Iba a otra habitación para hacer una llamada, leer el periódico, ir al baño o salir para tomar un poco de aire y caminar en torno al estanque que había en la propiedad.

Había cinco niños y tres adultas en la casa, a las que se les había dicho durante meses lo monstruoso que era Woody. Ninguno de nosotros habría permitido que Dylan se marchara con Woody, incluso si lo hubiera intentando. La niñera de Casey, Alison, dijo después que entró en la sala de la televisión y vio a Woody arrodillado en el suelo con su cabeza en el regazo de Dylan, que estaba sentada en el sofá. ¿En serio? ¿Con todos nosotros ahí? Y si hubiera presenciado eso, ¿por qué no dijo algo inmediatamente a nuestra niñera Kristi? (También recuerdo que se discutió sobre si esto ocurrió en las escaleras que iban a la habitación de Mia. De nuevo, esto lo habría visto cualquiera que entrara al salón, y asumiendo en primer lugar que Woody consiguió marcharse con Dylan). El relato tenía que cambiarse ya que el único lugar donde se podría cometer cualquier acto de depravación en privado tendría que haber sido la habitación pequeña abuhardillada junto al dormitorio de mi madre en el piso de arriba. El ático se convirtió por defecto en la escena del supuesto abuso.

En su famosa carta abierta de 2014 en The New York Times, la Dylan adulta de pronto parecía recordar cada momento del supuesto abuso, escribiendo “Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Entonces abusó sexualmente de mi. Me habló mientras lo hacía, susurrando que era una buena chica, que era nuestro secreto, prometiéndome que iríamos a París y sería una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren de juguete, centrándome en cómo daba vueltas por el ático. A día de hoy, me cuesta mirar trenes eléctricos.”

Es un relato preciso y cautivador, pero tiene un principal problema: no había ningún tren eléctrico. De hecho, no había manera de que los niños pudieran jugar ahí arriba, aunque hubiéramos querido. Era una buhardilla inacabada, bajo un tejado a dos aguas, con clavos a la vista y tarimas, nubes de aislamiento de fibra de vidrio, lleno de trampas para ratones y excrementos y bolas de naftalina, y repleto de baúles llenos de ropa usada y el vestuario viejo de mi madre.

La idea de que ese espacio pudiera haber albergado un tren eléctrico operativo, que daba vueltas alrededor del ático, es ridícula. Uno de mis hermanos tenía un tren eléctrico, pero estaba en la habitación de los niños, un garaje reconvertido en la primera planta. (¿Quizá sea este el tren eléctrico que mi hermana cree recordar?). Ahora, cada vez que oigo a Dylan hacer una declaración pública sobre lo que supuestamente le ocurrió ese día cuando apenas tenía siete años, solo puedo pensar en ese tren eléctrico imaginario, que nunca mencionó en la investigación original o la sesión por la custodia. ¿Alguien sugirió a la Dylan adulta que ese detalle específico haría su historia más creíble? ¿O piensa realmente que recuerda ese tren “dando vueltas alrededor del ático” del mismo modo que recuerda que Woody Allen le prometía al oído viajes a París y el estrellato (una oferta un poco extraña que hacerle a una niña de siete años, en vez de un juguete nuevo o una muñeca)? ¿Y todo esto ocurrió supuestamente mientras aquellos que prometimos no perder de vista a Woody estábamos en la planta baja, aparentemente ajenos a lo que estaba ocurriendo justo encima de nuestras cabezas?

Al final de la tarde, mi madre volvió con Casey y sus adoptados más nuevos, Tam y el bebé Isaiah. No hubo quejas de las niñeras, y nada raro en el comportamiento de Dylan. De hecho, Woody y Mia salieron a cenar esa noche. Después de la cena, volvieron a Frog Hollow y Woody se quedó a dormir en una habitación de la planta baja, y no hubo, aparentemente, ningún comportamiento anormal por parte de Dylan, y tampoco hubo ninguna queja de los adultos.

La mañana siguiente, Woody seguía en la casa. Antes de irse, deambulé brevemente por el salón y vi a Dylan y Satchel sentados con él en el suelo, apoyados en la pared frente al ventanal. Los niños tenían un catálogo de una tienda de juguetes y estaban marcando los juguetes que querían que les trajera en la próxima visita. Era una atmósfera alegre y de juego, lo que chirría con lo que Mia supuestamente dijo que ocurrió un día antes. Muchos años después, mencioné a Woody lo que recordaba, y dijo que él también lo recordaba vívidamente: me dijo que les había dicho a Satchel y Dylan que marcaran uno o dos juguetes cada uno, pero, se reía, consiguieron marcar prácticamente todos los juguetes del catálogo. Recuerda volver a la ciudad con el catálogo, con la intención de comprar algunos de los artículos que habían seleccionado. Me dijo que acabó conservándolo durante años, sin saber si vería a su hija nunca más.

Curiosamente, fue después de que Woody volviera a la ciudad cuando Mia recibió una llamada de teléfono que cambiaría nuestras vidas para siempre. Era de su amiga Casey, que le avisó de que su niñera Alison había visto a Woody supuestamente colocando su cabeza en el regazo de Dylan, en el sofá de la sala de la tele.

Cuando Monica, nuestra niñera de siempre que no estaba ese día, volvió a trabajar al día siguiente, le confesé que pensaba que la historia era inventada. Monica, que llevaba con nosotros seis años, dimitiría unos meses después. Dijo que Mia la había presionado para que se pusiera de su lado y apoyara la acusación. Fue quien después testificó y dijo que vio a Mia grabando a Dylan describiendo cómo Woody supuestamente la había tocado en el ático; dijo que Mia estuvo dos o tres días haciendo la grabación. En su testimonio dijo: “recuerdo a la señora Farrow diciendo a Dylan en ese momento, ‘Dylan, ¿qué hizo papá…? ¿Y qué hizo después? Dylan no parecía interesada, y la señora Farrow paraba un rato y luego continuaba.” Puedo dar fe de esto, ya que fui testigo de este proceso yo mismo. Cuando otro de los terapeutas de Dylan, la doctora Nancy Schultz, criticó la creación del vídeo, y cuestionó la legitimidad del contenido, también fue despedida inmediatamente por Mia. (Mi madre, para quien la ‘lealtad’ era enormemente importante, también despidió a un cuidador de mucho tiempo, Mavis, alegando que estaba haciendo declaraciones contra ella.)

Durante la audiencia de la custodia, mi madre insistía en que necesitábamos estar juntos como familia. Asustado y derrotado, yo también jugué mi parte. Incluso escribí una carta condenando a Woody, donde decía que había hecho algo horrible e imperdonable, y que había roto mis sueños. Incluso leí la carta a los medios de comunicación que estaban normalmente reunidos a la entrada de la casa, sabiendo que al hacerlo iba a ganar la aprobación de mi madre. Esa denuncia pública de mi padre sigue siendo uno de los mayores arrepentimientos de mi vida.

Más adelante ese año, recuerdo muchas reuniones con abogados y una evaluación a la que fui en New Jersey. Soy vergonzoso por naturaleza y permanecí callado hasta que al final sentí que necesitaba pronunciarme. Le dije a mi evaluador que me sentía atrapado entre mis padres. Después, volví al colegio y mi madre me llamó gritando. “¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Has destruido mi caso! Tienes que llamar a tu abogado y decirle que retiras lo dicho, dile que te retractas y que quite tus declaraciones de la grabación.” Sentí que se me revolvía el estómago. Cuando luego hablé con el abogado, repetí las palabras tal cual: “Retiro lo que dije; me retracto y quiero que quite mis declaraciones de la grabación.” De nuevo se cumplía el patrón: mi madre me forzó a seguir su guion para probar mi lealtad.

Aunque todavía nos daba lecciones sobre “estar juntos como una familia”, al principio de mi segundo año de instituto, mi madre me envió contra mis deseos a un internado en Connecticut. Le dije que quería quedarme en Nueva York; le dio igual. Ya no era de utilidad para el drama familiar. Había hecho mi declaración contra mi padre, mi trabajo estaba hecho, y ahora me echaba.

Por entonces, por supuesto, no sabía nada de la investigación criminal de seis meses dirigida por la Clínica para los abusos sexuales de niños, del hospital de Yale/New Haven, ordenada por la policía estatal de Connecticut. Pero como las alegaciones se renovaron hace unos pocos años, he visto los resultados de esa investigación. Concluía específicamente que “Dylan no fue abusada por el señor Allen”, que sus declaraciones tenían una “naturaleza ensayada” y que fueron “probablemente fomentadas o influidas por su madre”. Estas conclusiones encajan perfectamente con la experiencia de mi infancia: preparación, influencia, ensayo, son tres palabras que resumen exactamente cómo mi madre intentó criarnos. Sé que Dylan se ha referido recientemente a esta teoría del lavado de cerebro como una “manipulación” de nuestro padre, pero no fue nada de eso. Esta no fue solo la conclusión a la que llegó una investigación estatal, era la vida real en nuestro hogar.

Esa investigación puso fin a cualquier posibilidad de cargos criminales contra mi padre. Una segunda investigación de 14 meses, por el departamento de servicios sociales del estado se Nueva York, llegó a la misma conclusión que la de Yale/New Haven: “No encontramos evidencias creíbles de que [Dylan Farrow] ha sido abusada o maltratada.” Sin embargo, cuando un juez dio la custodia de Satchel y Dylan a Mia, yo tenía 15 años y elegí el camino de la menor resistencia, y me quedé con mi madre.

Poco después de graduarme de mi máster a los veinticinco años, sentí que quería contactar con Woody, y se lo dije a Mia. Nunca olvidaré lo feliz que me sentí cuando recibí un email suyo diciendo que me apoyaría, y que comprendía mi necesidad de tener una figura paternal. Esa felicidad duró poco. Menos de 24 horas después cambió de opinión y me escribió diciéndome que me prohibía contactar con “ese monstruo”.

Varios años después, me fui separando de mi madre, pero he necesitado años de autorreflexión, ayuda profesional y apoyo de quienes quiero (y quienes me quieren de vuelta) para apreciar la triste verdad de mi infancia y lo que mi madre nos hizo a mí y a mis hermanos. Estoy agradecido de haber podido despertar y haber visto la verdad de lo que nos ocurrió, pero a la vez estoy decepcionado de haber tardado tanto en llegar aquí.

Sin embargo, mi padre sigue enfrentándose una y otra vez a oleadas de ataques constantes e injustos de mi madre y sus suplentes, que cuestionan por qué se le ha perdonado todo estos años. Pero a Woody no se le ha perdonado todo. Más bien lo contrario. La acusación de Mia fue investigada completamente por dos agencias diferentes y nunca se presentaron cargos. Mia alcanzó el final del camino legal después de que se comprobara que el abuso nunca ocurrió. Pero el juicio mediático prospera gracias a la falta de memoria a largo plazo, y Twitter no necesita ni conocimiento ni restricciones.

A todos aquellos que estáis convencidos de la culpabilidad de mi padre, os pido que consideréis esto: en esta época de #MeToo, cuando tantos pesos pesados del cine se enfrentan a decenas de acusaciones, mi padre solo ha sido acusado de mal comportamiento una vez, por una expareja enfurecida en mitad de unas negociaciones beligerantes por una custodia. A lo largo de 60 años bajo el foco, ninguna otra persona ha comparecido para acusarlo siquiera de comportarse mal en una cita, o actuar inapropiadamente en cualquier situación profesional, y menos aún de abusar de un niño. Como soy un profesional formado, sé que la pederastia es una enfermedad compulsiva y una desviación que demanda repetición. Dylan había estado sola con Woody en su apartamento en numerosas ocasiones a lo largo de los años sin que hubiera una pista de comportamiento inapropiado, y sin embargo hay quienes te hacen creer que a los 56 años, de pronto decidió convertirse en un pederasta en una casa llena de gente hostil a la que se le había pedido que lo vigile como un águila.

A los actores que han trabajado con mi padre y han expresado arrepentimiento al hacerlo: os habéis unido rápidamente al coro de condena en base a una acusación desacreditada por miedo a no estar en el lado “correcto” de un gran movimiento social. Pero en vez de aceptar el relato de la turba de Twitter, que repite sin pensar una historia investigada y desacreditada hace 25 años, por favor considerad lo que tengo que decir. Después de todo, estuve ahí -en la casa, en la habitación- y conozco tanto a mi madre como a mi padre y lo que cada uno es capaz de hacer mucho mejor que vosotros.

A mi hermana Dylan: como tú, creo en el poder de hablar públicamente. He roto mi silencio sobre el abuso infligido por nuestra madre. Mi curación comenzó solo después de alejarme de ella. Y lo que te ha hecho a ti es insoportable. Te deseo paz, y la sabiduría para entender que dedicar tu vida a ayudar a nuestra madre a destruir la reputación de nuestro padre no creo que te permita pasar página de manera definitiva.

Finalmente, a mi madre. Una cosa que decías que apreciabas de mí era mi habilidad para escuchar. Te escuché durante años y consideré tu verdad por encima de las demás. Una vez me dijiste: “No es sano aferrarse al odio”. Y sin embargo aquí estamos, 26 años después. Imagino que tu siguiente paso será lanzar una campaña para desacreditarme por hablar en público. Sé que es lo que toca. Y es una carga que estoy dispuesto a soportar. Pero después de todo este tiempo, ya basta. Ambos sabemos la verdad. Es hora de que acabe este castigo.

 

 

Fuente | Traducción de Daniel Gascón y Ricardo Dudda. | Publicado originalmente en el blog mosesfarrow.blogspot.com

El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra

Carta en la que Dylan Farrow desvela los abusos sexuales de su padre, Woody Allen

 

“¿Qué película de Woody Allen es su favorita? Antes de responder, les contaré algo que deben saber: cuando yo tenía siete años, Woody Allen me cogió de la mano y me llevó a un ático sombrío, casi un armario, que había en la segunda planta de nuestra casa. Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente. No dejó de hablar mientras tanto, de susurrar que era una buena niña y que aquello era un secreto entre los dos, de prometer que íbamos a ir a París y yo iba a ser una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren, no perderlo de vista mientras daba vueltas por el ático. Todavía hoy, me resulta difícil contemplar trenes de juguete.

Desde que tengo memoria, mi padre siempre me había hecho cosas que no me gustaban. No me gustaba con cuánta frecuencia me apartaba de mi madre, mis hermanos y mis amigos para estar los dos a solas. No me gustaba que me metiera su dedo pulgar en la boca. No me gustaba tener que meterme en la cama con él, bajo las sábanas, cuando él estaba en calzoncillos. No me gustaba cuando colocaba la cabeza en mi regazo desnudo y respiraba hondo. Me escondía bajo las camas o me encerraba en el cuarto de baño para evitar esas situaciones, pero él siempre me encontraba. Ocurría tantas veces, como si tal cosa, ocultándoselo con tanta habilidad a una madre que me habría protegido si se hubiera enterado, que yo creía que era lo normal. Creía que así era como los padres mimaban a sus hijas. Sin embargo, lo que me hizo en el ático me pareció distinto. Ya no pude seguir guardando el secreto.

Cuando le pregunté a mi madre si su padre le había hecho a ella lo que me hacía Woody Allen a mí, no tenía sinceramente ni idea de cuál iba a ser la respuesta. Ni tampoco sabía la tormenta que iba a desencadenar. No sabía que mi padre iba a a utilizar su relación sexual con mi hermana para encubrir los abusos a los que me tenía sometida. No sabía que iba a acusar a mi madre de meterme la idea en la cabeza ni que iba a llamarla mentirosa por defenderme. No sabía que me iban a pedir que contara mi historia una y otra vez, a un médico detrás de otro, para presionarme y comprobar si reconocía que estaba mintiendo, dentro de una batalla legal que yo no podía entender de ninguna manera. En un momento dado, mi madre se sentó conmigo para decirme que que no me pasaría nada si estaba mintiendo, que podía retractarme de todo lo que había dicho. Pero no podía hacerlo, porque era todo verdad. Sin embargo, a una persona poderosa le es muy fácil entorpecer una acusación de abusos sexuales. Enseguida aparecieron expertos que impugnaron mi credibilidad. Médicos dispuestos a usar sus armas psicológicas contra una niña que había sufrido esos abusos.

Después de una vista para decidir la custodia en la que a mi padre se le negó el derecho de visita, mi madre decidió no presentar una demanda penal, pese a que el Estado de Connecticut había llegado a la conclusión de que había “causa probable”. Lo hizo, en palabras del fiscal, por la fragilidad de “la niña víctima”. Woody Allen no fue nunca condenado por ningún delito. El hecho de que hubiera salido indemne me atormentó durante mi infancia y adolescencia. Me sentía terriblemente culpable de pudiera seguir relacionándose con otras niñas. Me aterrorizaba que me tocaran otros hombres. Adquirí un trastorno alimentario. Empecé a cortarme con cuchillas. Y la tortura se agravó aún más por culpa de Hollywood. Todo el mundo, salvo unos pocos (que son mis héroes), hizo la vista gorda. A la mayoría de ellos les resultaba más fácil aceptar la ambigüedad, decir “quién sabe qué sucedió”, fingir que no había pasado nada. Los actores le elogiaban en las ceremonias de premios. Las cadenas de televisión le llevaban a sus programas. Los críticos hablaban de él en las revistas. Cada vez que veía el rostro de quien había abusado de mí –en un cartel, una camiseta, un televisor–, no podía más que disimular mi pánico hasta que encontraba un rincón en que estar a solas para desmoronarme.

Hace unos días, Woody Allen recibió una nueva nominación a un Oscar. Y esta vez, decidí no desmoronarme. Durante mucho tiempo, la aceptación de la que ha disfrutado me ha mantenido en silencio. Me parecía un reproche personal, como si los premios y los aplausos fueran una manera de decirme que me callara y me fuera. Pero varios supervivientes de abusos sexuales que se han puesto en contacto conmigo, para mostrarme su apoyo y compartir sus temores a dar la cara, a que les llamaran mentirosos, a que les dijeran que sus recuerdos no eran reales, me han dado un motivo para romper el silencio, aunque solo sea para que otros sepan que no tienen que permanecer callados.

Hoy me considero afortunada. Estoy felizmente casada. Cuento con el respaldo de mis maravillosos hermanos y hermanas. Tengo una madre que supo encontrar en su interior la fortaleza necesaria para salvarnos del caos que había introducido un depredador en nuestro hogar.

Sin embargo, sigue habiendo otras personas asustadas, vulnerables, que se esfuerzan para encontrar el valor que les permita decir la verdad. Y el mensaje que les transmite Hollywood es importante.

¿Y si hubiera sido tu hija, Cate Blanchett? ¿Louis CK? ¿Alec Baldwin? ¿Y si hubieras sido tú, Emma Stone? ¿O tú, Scarlett Johansson? Diane Keaton, tú me conociste cuando era niña. ¿Te has olvidado de mí?

Woody Allen es una prueba viviente de que nuestra sociedad no se porta bien con los supervivientes de abusos y agresiones sexuales.

Por eso, imagínense a su hija de siete años, imagínense que Woody Allen se la lleva al ático. Imagínense que, durante el resto de su vida, a esa niña le dan náuseas cada vez que oye el nombre de él. Imagínense un mundo que aplaude a su atormentador.

¿Se lo imaginan? Y ahora, ¿qué película de Woody Allen es su favorita?”.

 

 

Fuente | Carta publicada en el diario The New York Times, dentro del blog del periodista Nicholas Kristof.


 

El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra

La exhaustiva respuesta de Woody Allen a la carta de su hija adoptiva, Dylan Farrow

 

 

Hace veintiún años, cuando escuché por primera vez que Mia Farrow me había acusado de abuso sexual infantil, encontré la idea tan absurda que no le di importancia. Estábamos en medio de una terrible separación, con una gran enemistad entre nosotros y con una batalla por la custodia de los niños.

Inocentemente pensé que la acusación sería desestimada porque claro, no había abusado sexualmente de Dylan y cualquier persona racional podría ver el ardid. El sentido común prevalecería. Después de todo, yo era un hombre de 56 años que nunca había sido –y que nunca volvió a ser- acusado de abuso sexual infantil. Había estado con Mia durante 12 años y en ese tiempo ella nunca me sugirió siquiera nada parecido a una falta en mi conducta. Ahora, de repente, luego de que condujera hasta su casa en Connecticut una tarde para visitar a los chicos por unas horas, cuando estaría en la casa de mi furiosa adversaria, con una docena de personas presentes, cuando estaba en las etapas felices de mi nueva relación con la mujer con la que me iba a casar, elegiría este momento para embarcarme en una carrera como abusador infantil. Lo ilógico de ese escenario me pareció determinante.

Sin embargo, Mia insistió en que yo había abusado de Dylan y la llevó inmediatamente al doctor para que la examinara. Dylan le dijo al doctor que no había sido abusada. Luego Mia llevó a Dylan a tomar un helado, y cuando volvió la nena había cambiado la historia. La policía empezó la investigación; una posible acusación pesó en la balanza. Por propia voluntad tomé una prueba con un detector de mentiras y la pasé, claro, porque no tenía nada que esconder. Le pedí a Mia que tomara una y no quiso. La semana pasada, una mujer llamada Stacey Nelkin, con quien había salido hace muchos años, apareció ante la prensa para decir que cuando Mia y yo habíamos tenido nuestra batalla por la custodia hace 21 años, Mia había querido que ella testificara que era menor de edad cuando salía conmigo, a pesar del hecho de que esto fuera mentira. Stacey se negó. Incluyo esta anécdota para que todos sepamos con qué clase de carácter estamos lidiando. Uno puede imaginar al leer esto por qué no quería tomar la prueba con el detector de mentiras.

Mientras tanto, la policía de Connecticut pidió ayuda a una unidad de investigación especial que se creaba en este tipo de casos, la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital Yale-New Heaven. Este grupo de hombres y mujeres imparciales y experimentados a los cuales acudió el fiscal del distrito para buscar orientación así como para procesar, pasó meses haciendo una meticulosa investigación, entrevistando a todos los que estaban involucrados, y verificando cada evidencia.

Finalmente, ellos escribieron su conclusión, la cual cito aquí: “Nuestra opinión experta es que Dylan no fue abusada sexualmente por el señor Allen. Además, creemos que las declaraciones grabadas en cámara y las que dijo ante nosotros durante nuestra evaluación no se refieren a eventos que le hayan ocurrido el 4 de agosto de 1992. Al desarrollar nuestra opinión consideramos tres hipótesis para explicar las declaraciones de Dylan. Primero, que sus declaraciones eran ciertas y que el señor Allen abusó sexualmente de ella; segundo, que las declaraciones de Dylan no eran ciertas y fueron inventadas por una nena emocionalmente vulnerable que quedó en un disturbio familiar y que estaba respondiendo al estrés que había en la familia; y tercero, que Dylan fue instruida o influenciada por su madre, la señora Farrow. Mientras podemos concluir que Dylan no fue abusada sexualmente, no podemos definir si la segunda o la tercera formulación son ciertas. Creemos que lo más probable es que una combinación de estas últimas dos formulaciones expliquen de la mejor forma los alegatos de abuso sexual de Dylan”.

¿Podría ser más claro? El señor Allen no abusó de Dylan; es más probable que una nena vulnerable de 7 años haya sido instruida por Mia Farrow. Esta conclusión desilusionó a cierta gente. El fiscal de distrito estaba impaciente por procesar un caso donde la figura fuera una celebridad, el juez de custodia, Elliot Wilk, escribió una opinión muy irresponsable diciendo al respecto del abuso sexual que “probablemente nunca sabremos lo que ocurrió”.

Pero sí lo sabíamos porque había sido determinado y porque no había equivocación en el hecho de que no había tenido lugar un abuso. Wilk fue bastante duro conmigo y nunca aprobó mi relación con Soon-Yi, la hija adoptada de Mia, que estaba en sus veintes. Pensó en mí como un hombre mayor que se aprovechaba de una mujer mucho menor, lo cual encolerizó a Mia como inapropiado a pesar del hecho de que ella había salido con un hombre mucho mayor, Frank Sinatra, cuando tenía 19. Para ser justos con Wilk, el público sintió la misma consternación al respecto de Soon-Yi y yo, pero a pesar de lo que parecía, nuestros sentimientos eran auténticos y hemos estado felizmente casados por 16 años y tenemos dos chicos geniales, ambos adoptados. (A propósito, hablando de circo mediático y falsas acusaciones, Soon-Yi y yo fuimos extra escudriñados tanto por la agencia de adopción como por el tribunal de adopción y todos apoyaron nuestras adopciones).

Mia obtuvo la custodia de los chicos y nos fuimos por caminos separados.

Yo tenía el corazón roto. Moses estaba enojado conmigo. Con respecto a Ronan, no sabía bien por qué, Mia nunca me dejó acercarme a él desde que nació. Adoraba a Dylan y ella era cercana a mí. Mia llamó a mi hermana en un ataque y le dijo: “Se llevó a mi hija, ahora me llevaré a la suya”. Nunca la vi otra vez ni pude hablar con ella, sin importar cuánto lo intenté. Todavía la quería profundamente y sentía culpa de que el haberme enamorado de Soon-Yi la hubiera puesto en la posición de ser usada como un peón de venganza. Soon-Yi y yo hicimos incontables intentos para ver a Dylan pero Mia los bloqueó todos, sabiendo cuánto la queríamos pero totalmente indiferente al dolor y al daño que estaba causando en esa pequeña niña sólo para apaciguar su propio resentimiento.

Aquí cito a Moses Farrow, cuando tenía 14 años: “Mi madre me insistió para que odiara a mi padre por separar la familia y abusar de mi hermana”.

Ahora Moses tiene 36 años y es un analista familiar de profesión: “Claro que Woody no abusó de mi hermana”, dijo. “Ella lo amaba y tenía muchas ganas de verlo cuando él la visitaba. Ella nunca se escondió de él hasta que nuestra madre tuvo éxito en crear una atmósfera de odio y miedo hacia él”. Dylan tenía 7, Ronan, 4, y ésta era, según Moses, la narrativa fija año a año.

Hago una pausa aquí para referirme rápidamente a la situación de Ronan. Él es hijo mío o, como sugiere Mia, el hijo de Frank Sinatra? Otorgo que se parece a Frank con los ojos azules y los rasgos faciales, pero si lo fuera, ¿qué nos dice esto? Que durante todas las audiencias de custodia Mia mintió bajo juramento y falsamente representó a Ronan como nuestro hijo? Incluso si no es el hijo de Frank, el hecho de que ella sostenga esa posibilidad, indica que estuvo unida íntimamente y en secreto con él durante los años que estuvimos juntos. Sin mencionar todo el dinero que pagué por manutención infantil. ¿Estaba manteniendo al hijo de Frank?. Otra vez, quiero llamar la atención sobre la integridad y honestidad de una persona que conduce su vida de esa forma.

Ahora, pasaron 21 años y Dylan aparece con las acusaciones que los expertos en Yale investigaron y encontraron falsos. Más algunas florituras creativas que parecen haber aparecido mágicamente durante nuestro distanciamiento de 21 años.

No es que dude que Dylan no haya llegado a creer que ha sido molestada, pero si desde los 7 años una madre fuerte le enseña a una niña vulnerable a odiar a su padre porque es un monstruo que la abusó, ¿es tan inconcebible pensar que, después de muchos años de este adoctrinamiento, la imagen que Mia quería establecer de mí haya echado raíces? ¿Acaso asombra que los expertos de Yale hayan elegido el adoctrinamiento maternal hace 21 años? Incluso el lugar donde el abuso supuestamente tomó lugar fue pésimamente elegido. Pero es interesante. Mia eligió el ático de nuestra casa en el campo, un lugar al que, debió haberse percatado, nunca habría ido porque es un pequeño, estrecho, cerrado lugar donde uno puede apenas pararse y yo soy un gran claustrofóbico. Las pocas veces que ella me pidió que entrara ahí para buscar algo, lo hice, pero rápidamente tenía que salir. Sin dudas, la idea del ático vino a su mente de la canción de Dory Previn, Con mi papá en el ático. Estaba en el mismo cd que la canción que Dory Previn había escrito sobre Mia traicionando su amistad al robar insidiosamente a su marido, André, Cuidado con las chicas más jóvenes. Uno debe preguntarse, ¿Dylan siquiera escribió la carta o fue, como mínimo, guiada por su madre?. ¿Acaso la carta realmente beneficia a Dylan o simplemente adelanta la agenda desgastada de la madre? Esto es para herirme con una difamación. Incluso hay un patético intento para lograr hacerme un daño profesional al incluir a estrellas de películas, lo cual huele mucho más a Mia que a Dylan.

Después de todo, si hablar era realmente una necesidad para Dylan, ella ya había hablado meses atrás en Vanity Fair. Aquí cito a Moses Farrow otra vez: “Sabiendo que mi madre nos usaba seguido como peones, no puedo confiar en nada que haya sido dicho o escrito por nadie de la familia”. Finalmente, ¿cree siquiera realmente la propia Mia que yo abusé de su hija? El sentido común debe preguntar: una madre que le enseñó a su hija de 7 años que fue abusada sexualmente (un crimen bastante horrible), ¿da consentimiento para que un videoclip de ella sea usado para honrar al abusador en los Golden Globes?

Claro, no abusé de Dylan. La amaba y espero que algún día ella comprenda cómo fue engañada sobre su padre amoroso y explotada por una madre más interesada en su propia furia que en el bienestar de su hija. Que te enseñen a odiar a tu padre y te hagan creer que abusó de vos ya causó un daño psicológico en esta hermosa y joven mujer y Soon-Yi y yo esperamos que algún día ella entienda quién la ha transformado realmente en una víctima y se reconecte con nosotros, como Moses lo ha hecho, en forma amorosa y productiva. Nadie quiere desalentar que las víctimas de abusos hablen sobre lo que les pasa, pero uno debe tener en mente que a veces hay gente que es falsamente acusada y que es algo también terriblemente destructivo. (Este artículo será mi palabra final en todo este asunto y no voy a responder a ningún comentario sobre el tema. Suficientes personas han sido lastimadas).

 

 

Fuente | Texto publicado en The New York Times.

El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra

Mi padre, Woody Allen, y el peligro de las preguntas sin hacer (Ronan Farrow)

 

 

Son acusaciones. No están en los titulares. No hay obligación de mencionarlos“. Éstas eran las objeciones de mi productor en mi cadena. Era septiembre de 2014 y estaba preparándome para entrevistar a un respetado periodista acerca de una nueva biografía de Bill Cosby. El libro omitía las acusaciones de violaciones y abuso sexual contra el comediante, e intenté enfocarme en esa omisión.

Ese productor fue uno de los tantos veteranos de la industria que me advirtió sobre ello. En ese entonces, había poco más que un proceso y algunas mujeres con historias, todas desacreditadas públicamente por el equipo de prensa de Cosby. No había un proceso penal. Eran noticias viejas. No eran noticias.

Entonces llegamos a un compromiso: hablaría de las acusaciones, pero sólo sobre el final con una única pregunta. Y le avisé al autor, de periodista a periodista, dejándole saber lo que vendría. Pareció sorprendido cuando traje el tema. Era el primero en preguntar sobre el hecho, dijo. Hizo una larga pausa, y después preguntó si era en verdad necesario. Al aire, dijo que vio las acusaciones y que no habían sido chequeadas.
Soy, el número de denuncias aumentó a 60. El autor se disculpó. Y los reporteros que cubrieron a Cosby fueron forzados a examinar décadas de omisiones, de preguntas sin hacer, historias sin contar. Soy uno de esos periodistas y me avergüenzo de esa entrevista.
Algunos reporteros han dibujado conexiones entre la tímida evolución en la prensa de los hechos de Cosby con un doloroso capítulo de mi propia historia familiar. Fue poco antes de que las acusaciones de Cosby explotaran que mi hermana Dylan Farrow escribió acerca de su experiencia, alegando que nuestro padre, Woody Allen, la había abordado con toqueteos inapropiados y la asaltara sexualmente cuando tenía siete años.
Estar en los medios de comunicación por la historia de mi hermana y que la maquinaria de prensa de Woody Allen se pusiera en acción me dio una ventana para saber cuán potente puede ser la presión para tomar el camino fácil. Todos los días, colegas de organizaciones de noticias me reenviaban los correos electrónicos disparados por la poderosa publicista de Allen, quien llevó años orquestando una campaña robusta para validar la relación sexual de mi padre con otra de mis hermanas. Esos correos mostraban opiniones listas para ser convertidas en historias, completadas con una oferta de “validadores” -terapistas, amigos, abogados, cualquiera que pudiera confrontar a una joven mujer con un hombre poderoso y mostrarla como loca, entrenada y vengativa-. Al principio, lo llevaron a blogs, luego a grandes medios que repetían esos puntos: una máquina de autoperpetuación.
La lista en copia de esos correos revelaban los nombres de los periodistas con quienes esa publicista compartía relaciones y beneficios mutuos, dándole su lista de clientes estrellas, desde Will Smith hasta Meryl Streep. Los reporteros que recibieran esto de esta relacionista pública se debatirían si no hacer caso a esos puntos los alejaría del listado A de clientes.
De hecho, cuando mi hermana decidió romper el silencio, había ido a múltiples diarios, la mayoría no tocaría su historia. Un editor de Los Angeles Times parecía que publicaría su carta acompañada por hechos fácticos chequeados, pero sus jefes mataron el artículo antes de que saliera publicado. El editor me llamó, perturbado. Había muchas relaciones en juego. Era muy caliente para ellos. Pelearon duro. (Investigado por The Hollywood Reporter, un vocero de Los Angeles Times dijo que la decisión de no publicarla fue de los editores de Opinión).
Cuando finalmente The New York Times publicó la historia de mi hermana en 2014, le dieron 936 palabras online, embebidas en un artículo con cuidadosas advertencias. Nicholas Kristof, el reportero ganador del Premio Pulitzer y abogado de víctimas de abuso sexual, la publicó en su blog.
Poco después, el Times dio a su presunto atacante el doble de espacio y una posición privilegiada en la edición impresa, sin salvedades o contexto que lo rodeara. Fue un crudo recordatorio de lo diferente que nuestra prensa trata a acusadores vulnerables y a los hombres poderosos que están acusados.
Quizás sucumbí a esa presión. Trabajé duro para tomar distancia de esa dolorosa historia familiar y mantener mi trabajo imperturbable. Por eso evité comentar las acusaciones de mi hermana por años, y cuando estaba acorralado, cultivaba distancia, limitando mis respuestas a una línea ocasional en Twitter. La decisión de mi hermana de dar un paso adelante llegó poco después de que comenzara a trabajar en un libro y en una serie de televisión. Era la última asociación que quería que se hiciera. Inicialmente, rogué a mi hermana no hacer público nuevamente el caso y que evitara hablar con reporteros. Estoy avergonzado de eso, también. En asuntos de abuso sexual, todo es más fácil que enfrentarlo en su totalidad, diciendo todo sobre el caso, con todas las consecuencias que ello tiene. Aún ahora, dudé antes de aceptar la invitación de The Hollywood Reporter para escribir esta pieza, sabiendo que podría desencadenar otro round de asesinato contra mi hermana, mi madre o contra mí.
Pero cuando Dylan explicó su agonía en la estela de voces potentes que barren a un lado sus acusaciones y los temores que representaba para chicas jóvenes estar expuestas a un depredador, en última instancia, sabía que tenía razón. Empecé a hablar sobre ella más abiertamente, sobre todo en las redes sociales. Y empecé a mirar cuidadosamente mis propias decisiones en la cobertura de historias de agresión sexual.
Le creo a mi hermana. Esto fue siempre así como un hermano que confía en ella, y que aún a sus 5 años fue molestada por la extraña conducta de nuestro padre alrededor de ella, quien subía a su cama en el medio de la noche, forzándola a que le chupe el dedo. Un comportamiento que lo forzó a ir a terapia, enfocado en su conducta inapropiada con niños, antes de las acusaciones.
Pero más importante, me acerqué al caso como abogado y periodista, y encontré sus alegaciones creíbles. Los hechos son persuasivos y bien documentados. No los enumeraré aquí de nuevo, pero la mayoría han sido meticulosamente reportados por el periodista Maureen Orth en Vanity Fair. La última disposición legal es una orden de custodia que encontró el comportamiento de Woody Allen gravemente inapropiado” y puso énfasis en tomar “medidas para proteger a Dylan“.
El 4 de mayo, The Hollywood Reporter publicó una entrevista de Woody Allen en la portada. Para mí es un ejemplo de ley en cómo no hablar acerca de sus asaltos sexuales. Las acusaciones de Dylan nunca fueron tocadas en la entrevista y recibió sólo una mención entre paréntesis: una referencia inexacta sobre los cargos que se habían “caído“. La revista hizo luego una corrección: “No se persiguen” (los cargos).
La corrección apunta a lo difícil que son de cubrir AllenCosby y otros hombres difíciles. Las acusaciones nunca fueron respaldadas por una condena penal. Esto es importante. Siempre debe ser notado. Pero no es una excusa para que la prensa silencie a las víctimas, para nunca interrogar sus alegatos. En realidad, hace nuestro papel más importante cuando el sistema legal falla a menudo más a favor de los poderosos que de los débiles.
Así es exactamente cómo lucían los casos que no se siguieron en 1993: el fiscal conoció a mi madre y mi hermana. Dylan está profundamente traumatizada, por el asalto y la subsiguiente batalla legal que la forzó a repetir la historia una y otra vez. (Y ella relató la historia repetidas veces, sin inconsistencias, más allá de la emoción que la abordaba.) Cuando más duraba esa batalla, más grotesco era el circo de los medios alrededor de mi familia. Mi madre y el fiscal decidieron no colocar a mi hermana en más años de violencia. En un paso raro, el fiscal anunció públicamente que tenía “una causa probable” para procesar a Allen, pero atribuyó su decisión de no hacerlo “en la fragilidad de la víctima”.
Mi madre aún cree que era la única opción que tenía para proteger a su hija. Pero es irónico: la decisión de mi madre de colocar el bienestar de Dylan por encima de todo se convirtió en un medio para que Woody Allen las manchara a ambas.
Muy a menudo, las mujeres con acusaciones no presentan cargos. Muy a menudo, aquellas que sí lo hacen deben pagarlo muy caro, enfrentando un sistema judicial y una cultura que las despedaza. El papel de un periodista no es llevarles agua a esas mujeres. Pero es nuestra obligación incluir los hechos y tomarlos seriamente. A veces, somos los únicos que podemos interpretar ese papel.
Confrontar a un sujeto con acusaciones de una mujer o una hija no respaldada por una simple orden legal es difícil. Significa tener duras conversaciones en redacciones, quemar puentes con figuras públicas. Significa ir contra fanáticos y publicistas furiosos.
Hay más periodistas que nunca mostrando ese coraje y más medios apoyándolos. Muchos son de una nueva generación. BuzzFeed fue pionero en publicar historias recientes de asaltos sexuales en Hollywood. Fue Gawker quien preguntó por qué las acusaciones contra Bill Cosby no fueron tomadas más seriamente. Y es alentador que The Hollywood Reporterme pidiera escribir esta respuesta. Las cosas están cambiando.
Pero la lenta evolución de la vieja escuela de periodismo ha ayudado a crear una cultura de impunidad y silencio. Amazon pagó millones para trabajar con Woody Allen, financiando una nueva serie y película. Actores, incluidos algunos a los que admiro profundamente, continúan protagonizando sus películas. “No es personal”, me dijo alguna vez uno de ellos. Pero lastima a mi hermana cada vez que uno de sus héroes, como Louis C.K, o una estrella de su edad, como Miley Cyrus, trabaja con Woody Allen. Personal es exactamente lo que es. Para mi hermana y para mujeres en todos lados con acusaciones de asalto sexual de que nunca fueron atendidas por la Justicia.
Esta noche, el Festival de Cannes se inauguró con una nueva película de Woody Allen. Habrá conferencias de prensa y una alfombra roja para mi padre y su esposa (mi hermana). Tendrá a sus estrellas a su lado: Kristen Stewart, Blake Lively, Steve Carell y Jesse Eisenberg. Pueden estar confiados en que la prensa no le preguntará sobre esos temas. No es tiempo, no es el lugar.
Ese tipo de silencio no está sólo mal. Es peligroso. Envía un mensaje a las víctimas de que no vale la pena la angustia que vendrá. Envía un mensaje acerca de cómo somos como sociedad, qué veremos, qué ignoraremos, a quién le importa y a quién no.
Somos testigos de un cambio en cómo hablamos acerca de asaltos sexuales y abusos. Pero hay más trabajo para hacer, para construir una cultura donde las mujeres como mi hermana no sean más tratadas como si fueran invisibles. Es tiempo de hacer preguntas duras.
El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra

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