El debate sobre las vacunas es de sociedades acomodadas que no han visto morir a niños de sarampión

 

José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras en España, es un médico de familia que ha participado en numerosas misiones humanitarias, habla de inmigración, vacunas y Siria. Y también de la niña «de ojos negros grandísimos» que recuperó su espíritu enseñándole a hablar kurdo.

– ¿Hay algún romanticismo en amputar una pierna en un hospital en ruinas?

– Ninguno. No hay ningún romanticismo en envolver en una manta a un niño muerto de malnutrición para llevárselo a su madre, ni en cerrar los ojos a un enfermo que acaba de morir. Sí hay mucho romanticismo en devolverle a la madre el niño gordito y sano que ha estado a punto de morir tres semanas antes o en ver a una familia entera afectada por cólera salir del hospital cogidos de la mano y cantando.

– ¿Se apuntan en Médicos Sin Fronteras muchos voluntarios por aventura más que por compromiso?

– El porcentaje de ingredientes en las motivaciones de cada uno es variable, pero nosotros hacemos esfuerzos enormes por seleccionar el impulso de ayudar a otros seres humanos por encima de los demás. La curiosidad por la aventura es imprescindible, eso sin ninguna duda, pero cuando detectamos a los que llamamos turistas humanitarios los descartamos.

– ¿Quiénes son?

– Son los que quieren viajar a África para tener muchas aventuras como prioridad. Ese perfil no nos interesa en absoluto. Pero las personas que tengan un instinto potente de cuidar a otros seres humanos y una visión del mundo muy cargada de solidaridad y además tengan curiosidad por otras culturas y les guste viajar, son bienvenidas.

– ¿Se sienten muchas veces impotentes por no poder hacer más por falta de medios?

– No solo por falta de medios, también por estar luchando contra barreras y problemas que escapan de nuestro control. El no poder trabajar en Siria en la zona controlada por el gobierno porque no nos autoriza o el no poder entrar en la ciudad de Alepo a apoyar a los pocos hospitales que todavía funcionan porque es un riesgo absolutamente exagerado, todo esto es muy frustrante.

– ¿Tienen tiempo de mirar a los ojos de los pacientes?

– En situaciones muy desbordadas de epidemias, sobre todo en intervenciones preventivas como vacunaciones de sarampión, es muy difícil llegar a conocer a cada niño. Pero cuando son pacientes hospitalizados o incluso en un consultorio de un campo de refugiados, en los que vas viendo a cada paciente un ratito, sí les miramos a la cara. Estamos allí por cada uno de ellos, peleamos para que cada ser humano sufra lo menos posible en una crisis.

– ¿Recuerda el nombre de alguien al que haya tratado directamente?

– Recuerdo el de unos cuantos. Mi primer destino fue un campo de refugiados kurdos en el norte de Irak después de la primera Guerra del Golfo, en 1991. Cuando llegó la epidemia de cólera trajeron a una niña con el pelo cortito, tipo Amélie Poulain, con unos ojos negros grandísimos y de unos seis años que se llamaba Beyham. Llegó con cólera y en el hospital de campaña se infectó y tuvo una neumonía bilateral que casi la mata. Me tocó mucho pelear con ella, y cuando se recuperó me di cuenta de que no hablaba.

– ¿Qué le ocurría?

– Cuando preguntamos al padre, nos dijo que había caído muy cerca de su casa una bomba que había matado a varios familiares. Me propuse intentar que la niña se recuperara y jugando con ella en las horas de visita acabé animándola a que me enseñara a mí a hablar kurdo. Entonces se arrancó a hablar. Lo primero que me dijo fue uno, dos, tres y cuatro, luego nariz, ojo, oído, y al final la niña se fue sanada físicamente y rehabilitada emocionalmente. Es seguramente mi paciente estrella de toda mi vida, pero hay muchos otros.

– En España hay un debate sobre la necesidad de poner vacunas o no mientras ustedes piden dinero para comprar miles de vacunas.

– Las vacunas son uno de los inventos de la historia de la humanidad que han salvado más vidas, con mucha diferencia.

– ¿El nuestro es un debate de sociedad acomodada?

– Desde luego. Es un debate de sociedades acomodadas que no han visto, como hemos visto nosotros, a niños morir de sarampión o de otras enfermedades transmisibles, ni han visto a niños morir de tétanos. Como esas enfermedades se desconocen, algunos se permiten el lujo de ignorarlas. Se puede ignorar que el hambre existe en el mundo cuando uno come todos los días, pero es un problema con el que se enfrentan muchos seres humanos en el mundo.

– El Gobierno español dice que no puede admitir a unos 5.000 inmigrantes porque tiene mucho paro. ¿Qué opina de este argumento?

– Pues que los gobiernos de El Líbano, que está en una situación de preguerra civil y con un nivel económico muy inferior a España; Turquía, que no está tan mal pero no tiene el nivel de bienestar de un país europeo y el de Jordania, acogen diariamente a miles de refugiados. La posición de los gobiernos europeos es bochornosa. Los refugiados son personas que huyen para salvar sus vidas a los que damos protección por la situación en la que se encuentran, que es lo que hacen los turcos, los jordanos y los libaneses con los sirios. El hecho de que los españoles, franceses, alemanes o italianos no quieran hacerlo es una vergüenza para nosotros.

– Ahora están en 67 países. Uno de ellos Siria.

– Estamos allí con muchísima dificultad. Es un lugar peligrosísimo. Siria es el lugar que más nos duele no solo porque sea la peor situación en el mundo ahora mismo sino porque es la peor situación en la que podemos intervenir menos, y eso duele mucho.

– Han enviado tres barcos al Mediterráneo para asistir a las personas que intentan entrar en Europa. ¿Cuál es el plan?

– Lo que queremos es recordar a la Unión Europea que tiene una responsabilidad enorme. Lo que sucede en el Mediterráneo tiene un enorme parecido con lo que ocurre con los rohingya en el sudeste asiático o en México con los emigrantes centroamericanos, que huyen de la violencia en El Salvador, Honduras y Guatemala para llegar a Estados Unidos y se juegan ser víctimas de las bandas brutales del crimen organizado. En las tres situaciones hay un factor de huida, de razones tan brutales que invalidan los argumentos que oímos a veces de que hay un factor de atracción si les acogemos. No hace falta atraer, están huyendo. La gente se está tirando al Mediterráneo o en las manos de los cárteles de México para huir de algo. Huyen de una situación tan atroz que les obliga a ponerse en una segunda situación atroz para escapar de la primera. Es algo terrible.

 

Fuente | José Antonio Bastos | Javier Aguillena | El diario vasco (23/6/2015)

El debate sobre las vacunas es de sociedades acomodadas, José Antonio Bastos