¿Qué es la izquierda?

La Izquierda así, unívocamente dicha, es un mito, un mito de corte maniqueo utilizado tanto por sus partidarios (es la llamada irónicamente “gauche divine”), como por sus detractores (los descalificados como “rojos”). Un mito oscurantista que tiende a unificar movimientos o corrientes políticas, como pueda ser por ejemplo el anarquismo, la socialdemocracia, o el comunismo,… que en principio son diversas, e incluso opuestas (solo hay que leer, por ejemplo, las opiniones que le merecen Marx a Bakunin, y viceversa, claro). Ahora bien, si conjuramos este mito de la unidad (y Gustavo Bueno ha sido decisivo en esto), pues entonces podríamos definir a la izquierda histórica, por lo menos la que va de 1789 (año en el que aparece la idea en sentido político) hasta 1989 (con el colapso del sistema soviético), como un movimiento político que, a través de distintas generaciones de izquierda realmente existentes (desde el jacobinismo al maoísmo), ha actuado como un factor disolvente de la sociedad del Antiguo Régimen y terminar produciendo un nuevo tipo de orden social, el Nuevo régimen (Mundo contemporáneo), en el que los derechos de los individuos (“derechos del hombre”) son reconocidos al margen de la condición social en la que se encuentren (renta, religiosa, sexual, racial, etc). Así, frente a la Derecha, que buscará la restauración del Antiguo Régimen (absolutismo real, sociedad estamental), las izquierdas, a través de su acción política, terminan por disolver las instituciones del Antiguo Régimen (aboliendo privilegios y exenciones) para formar otras (las instituciones revolucionarias) que se asientan sobre esa igualdad de derechos. De este modo los individuos, cada individuo en tanto que parte del todo social (ciudadano), participan isonómica y directamente del poder político, esto es, de la soberanía nacional -este sería el ideal de las izquierdas-, sin tener ya en cuenta el estamento ni la condición social en la que se encuentra (que era como en el Antiguo Régimen se participaba del poder político). Creo que Robespierre, ya con la revolución en marcha, lo expresa muy bien : “La constitución establece que la soberanía reside en el pueblo, en todos los individuos del pueblo. Cada individuo tiene, pues, el derecho de contribuir a la ley por la cual él está obligado, y a la administración de la cosa pública, que es suya. Si no, no es verdad que los hombres son iguales en derechos, que todo hombre es ciudadano” (Discurso del 22 de Octubre de 1789 en la Asamblea Constituyente). Servicio doméstico, negros, judíos, protestantes, mujeres, etc, pasan a formar parte del cuerpo político, ya nacional (no estamental), siendo así que es ahora la Nación el sujeto investido del poder político (esto es, soberano) y no el rey, cuyo poder aparecerá subordinado a las decisiones de la Asamblea representativa de la Nación. A partir de ahí, y esto es un logro de las primeras generaciones de la izquierda (la izquierda jacobina fue particularmente beligerante), se contempla a todo individuo, no importa su condición social, como participando de pleno derecho en la vida política nacional. Como decían los judíos askenazís franceses tras el reconocimiento de sus derechos en la Asamblea Nacional en enero de 1790: “solo puede haber dos tipos de hombres en un Estado, ciudadanos y extranjeros, y demostrar que no somos extranjeros es demostrar que somos ciudadanos”.

¿Cómo catalogaría a los partidos de izquierdas en España?

Creo que un metro perfecto para medir la compatibilidad entre la izquierda actual, así autoproclamada, y la izquierda histórica (de la que acabamos de hablar) es la postura ante el llamado “derecho a decidir” que en España se supone ostentan determinados ciudadanos con la exclusión de otros. Precisamente la defensa de este “derecho” bebe de fuentes, las del nacionalismo fragmentario (catalanismo, galleguismo, nacionalismo vasco), alejadas de las fuentes que inspiran a las primeras generaciones de la izquierda. Unas fuentes las del nacionalismo regionalista que justifican el carácter “diferencial” de unos ciudadanos frente a otros (rompiendo esa isonomía nacional de la que hemos hablado) en función de criterios sociales completamente oblicuos a la política, como puedan ser la raza, el folclore, o las lenguas regionales (que precisamente en Francia, los revolucionarios se encargaron de “aniquilar” –literalmente- por ser los patois el asiento de la superstición, el prejuicio y el error). La complicidad de determinada izquierda con los defensores del “derecho a decidir” representa una verdadera traición a esa isonomía, a esa igualdad de derechos, que introduce la idea Nación contemporánea en el cuerpo político, filtrando de nuevo en él privilegios que terminan por fracturar y dividir ese todo nacional. La Nación es patrimonio de todos, es un patrimonio común con su integridad territorial (es lo más público que hay), y ese “derecho a decidir” es, en realidad, un “privilegio para excluir” a unos ciudadanos que, frente a otros, se les priva de poder participar de una decisión, relativa a la integridad del territorio nacional, que nos afecta a todos. Defender que unos, por su procedencia regional, tienen ese “derecho” y otros no lo tienen, es algo completamente incompatible con la izquierda histórica, y está más en la línea de la derecha histórica (no en vano los defensores del “derecho a decidir” apelan como fuentes de derecho a instituciones características del Antiguo Régimen, así los fueros, los usatges, la Generalidad –representativa de oligarquías locales desde el siglo XIV-, etc…). En definitiva, la izquierda va completamente a la deriva si pierde de vista ese sentido nacional surgido de la Gran Revolución, y se aviene a la defensa de los intereses alicortos de las oligarquías locales nacional-fragmentarias. Unas oligarquías que se han alimentado de una de las ideologías más reaccionarias, irracionales y peligrosas que ha dado de sí el siglo XIX, el supremacismo racial ario (así Prat de la Riba, Manuel Murguía y Sabino Arana), y en función de la cual se quiere actualmente, disfrazando el racismo bajo la vaga noción igualmente supremacista de “identidad cultural”, fracturar ese logro de la izquierda histórica que es la Nación (isonómica) española. Es una auténtica regresión al lema “¡¡vivan las caenas!!”, pero las cadenas ahora son las de la “identidad cultural” puestas al servicio de los poderes regionales (no en vano, la fórmula completa eran “¡¡Vivan las caenas, abajo la Nación!!”). Se está produciendo, se ha producido ya, un verdadero “asalto a la razón” (en palabras de Lukàcs) en cuanto que se ha filtrado esta ideología irracionalista del “hecho diferencial” en el ordenamiento jurídico e institucional del Estado, siendo cómplice de ello buena parte de la izquierda actual (llamada por ello con buen criterio “izquierda reaccionaria”, así por ejemplo lo hace Félix Ovejero).

Partido Socialista Obrero y ¿Español?

Pues sí, de esto es de los que hablamos. En el PSOE ha hecho presa, particularmente desde su refundación en Suresnes (aunque la cosa viene de antes), esta ideología nacional-fragmentaria, si bien reinterpretándola de un modo muy confuso (“nacionalidades”, “nación de naciones”, “comunidades diferenciadas”, etc). Se comporta el PSOE, como también el PCE sumergido ahora en Unidos Podemos, de un modo completamente esquizofrénico ante la idea de Nación (“discutible y discutida”, como dijo aquel) precisamente al querer compatibilizar (por razones espurias, electoralistas) la Nación digamos isonómica (de tradición izquierdista) con la Nación diferencial-fraccionaria (de tradición reaccionaria), lo que es imposible. Ello le está pasando factura al PSOE, que desde una posición hegemónica en los años 80 y principios de los 90 (mayorías absolutas) está pasando a una posición más secundaria, tras varias escisiones en él (formación de UPyD al salir Rosa Díez del PSOE, fractura actual con la rivalidad entre Susana Díaz y Pedro Sánchez a colación precisamente del tema nacional), en lo que parece un camino a la extinción (absorbido por el populismo podemita). Y todo por no saber conservar con cierta claridad (y dignidad) lo que esa “E” significa. El PSOE histórico, por ejemplo el representado por Juan Negrín, último presidente del gobierno de la ultima República española, sí puso el pie en pared ante los intentos de perder de vista esa “E”: “Aguirre [el lehendakari] no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre [el de España]. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuera. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras venga a pedir dinero, y más dinero…” (Juan Negrín, julio de 1937, apud. Enrique Moradiellos, Negrín, ed Península, p. 284)

Después de dejar a un lado los desiderátums que imploraban más democracia participativa, emplear los criticados y manidos dedazos, así como soslayar la idea gramsciana de difuminar la ideología. ¿Se ha volatilizado Podemos en un partido con una estructura y unos designios eminentemente comunistas?

No, Podemos nunca han sido, ni naturalmente lo son en la actualidad, comunistas (a pesar de las declaraciones de algunos de sus líderes en dicho sentido). Ni el “socialismo del siglo XXI” procedente del área de difusión hispanoamericana (Chávez se desmarcó en numerosas ocasiones del comunismo), ni buena parte de los llamados “movimientos sociales”, a pesar de su cercanía sociológica, se mueven en las coordenadas políticas del comunismo, si entendemos por comunismo el leninista, que tiene como canon revolucionario al bolchevismo. Jamás en el horizonte de Podemos se ha planeado algo así como un proceso de toma del poder político a través de asociaciones obreras o similares (cuando Miguel Urban dijo, el día que surgió Podemos, “todo el poder para los círculos”, aquello no era más que una caricatura de lo más pretenciosa que buscaba, sin lograrlo, asimilarse con la revolución de octubre del 17). Podemos es pura demagogia, cuyos planes fluctúan en función de los vientos electorales, con un programa y un discurso que varía en función de lo que ellos creen que “la gente” quiere oír en cada momento. Una gente, eso sí, la que presta oídos a Podemos, que se sitúa sociológicamente en la izquierda, con un punto de vista genéricamente “anticapitalista” (con el pack ideológico completo: hembrismo, anticlericalismo, antiamericanismo, maurofilia, ecologismo, etc) y que, en cualquier caso, tiene en la Declaración de Derechos Humanos la última palabra de lo que es la vida en sociedad, como si tal declaración fuera letra sagrada. Precisamente la tradición marxista, con la que se maquilla el podemismo, entendía, con Rosa Luxemburgo y Lenin a la cabeza, a los Derechos Humanos como el no va más de la ideología burguesa. En fin, Podemos defiende una “vía democrática” hacia el socialismo, nada de “dictadura del proletariado”, y también sostiene el federalismo como modo de vinculación entre los distintas partes regionales del Estado, cuando Lenin en Estado y Revolución se opone frontalmente al federalismo (ligado a la tradición anarquista, tanto bakunista como proudhoniana). Podemos es, en definitiva, una socialdemocracia pero con unas pretensiones revolucionarias absurdas (ni siquiera han leído a Bernstein): unos revolucionarios sin revolución, y es que no tienen unas herramientas de análisis suficientemente potentes como para, realmente, llevar a la práctica ningún tipo de transformación social de calado. La demagogia es un mecanismo que permite, a través de la adulación, adquirir cierto poder político, pero después ya no saben qué hacer con él, incapaces de sacar adelante un programa. Utilizan mucho la imaginación sensible (tipo maniqueo: “gente decente”/ “casta corrupta”), y poco el entendimiento (por utilizar los términos kantianos). Ahora bien, electoralmente, precisamente por este uso abusivo de la sensibilidad, tiene mucha fuerza, y la seguirá teniendo, y es que, como decía Cromwell, “nadie llega tan lejos como el que no sabe a dónde va”.

¿Romper la dicotomía del eje izquierda-derecha supone vaciar el lenguaje político en aras de los sentimientos y el populismo?

Pues en buena medida sí. Es justamente lo que estábamos diciendo. La llamada “nueva política”, se supone transversal a dicha distinción por desbordamiento de la misma (los de abajo/los de arriba en lugar de derecha/izquierda), termina reduciéndose a la promesa de no participar de la corrupción (se supone ilícita), y disolver la oligarquía (“la casta”) con ese plan genérico de “más democracia”. Pero esto no es ningún programa político, esto es algo que hay que presuponer en todo ordenamiento político: nadie va a justificar la corrupción porque nadie va a justificar el delito como tal. Si resulta que la “nueva política” se cifra en algo tan evidente como “nosotros no vamos a delinquir”, pues la tan cacareada nueva política resulta ser el ratón gestado tras el parto de los montes del 15M. Un programa político se articula fundamentalmente en tres ejes en relación al cuerpo del Estado: uno relativo a la política internacional, relaciones geopolíticas, que se define en función de las relaciones que, en este caso España, pueda tener con el resto de Estados (tratados internacionales, conflictos o contenciosos con otros países –Marruecos, Gibraltar, sistema de alianzas, etc); un segundo que tienen que ver con el ordenamiento interno institucional (educativo, administrativo, etc), de articulación de las partes (sociales, territoriales) para que estas se mantengan con cierto orden y estabilidad; y por último, un eje que tiene que ver con las fuentes de alimentación energética de ese cuerpo social que, en este caso, moviliza a 45 millones de individuos que, como decía Marx, comen todos los días. Pues bien, la “nueva política” pasa de puntillas por encima de estos temas y lo que ofrece para solventar todo problema político es “más democracia”, giro puramente verbal o flatus vocis que pareciera como si, con solo invocarlo, la sociedad política persistiera con orden y justicia.

La referencia a esos sentimientos, se destila claramente en los nacionalismos. ¿Qué papel han jugado el PP-gallego- en Galicia, PNV en el País Vasco y CIU en Cataluña en aras de un sentimiento diferenciador con el resto de España?

Pues han jugado el papel de agentes responsables de la infiltración en las instituciones autonómicas españolas de ese verdadero parásito que es el separatismo, y ello a base de cultivar la idea de nación fragmentaria de la que hablábamos anteriormente. El caso quizás más llamativo, aún pareciendo más discreto, es el del galleguismo, que ha logrado que, en su caso, un partido de ámbito nacional haya sido el artífice de una política autonomista similar a la de CiU y el PNV en Cataluña y el País Vasco respectivamente. La administración autonómica gallega, catalana y vasca actúan como si dichas regiones fueran naciones canónicas, con sus parlamentos, gobiernos, y sus otras instituciones presuntamente representativas de sus “pueblos” correspondientes (himnos, banderas, “embajadas” en el extranjero, consejeros que simulan ministros, etc). Es más, han logrado ordenar una legislación, las leyes de “normalización” lingüística, que han hecho que el español, la única lengua nacional, reciba el (mal)trato de una lengua extraña, ajena (“impropia”) en dichas regiones, convirtiendo a las lenguas regionales en lenguas “propias” de cada región (como si la lengua común no fuera también propia). Es decir, han conseguido levantar unos muros lingüísticos utilizando las lenguas regionales como elemento de división y exclusión social, convirtiendo al gallego, al catalán y al euskera en lo que Unamuno llamaba “chiboletes”. En definitiva, han hecho de lo ideológico un factor de aceptación o de exclusión social: o tragas con el nacionalismo fragmentario, bien atado a “las caenas” del culto de lo “identitario”, o quedas fuera como un apestado. Esto en Galicia lo ha hecho el PP de Fraga (AP), no hizo falta un PNV o una CiU.

¿Tiene miedo la izquierda española a agarrar la bandera española?

Determinada izquierda, esa que hemos llamado “reaccionaria”, pues no es que tenga miedo, es que la asocia a la derecha, en este caso la derecha franquista. Una asociación, como asociación monopolística, completamente gratuita, porque la rojigualda es una bandera cuyo uso es bastante anterior al franquismo (de finales del XVIII cuando la Marina española la utiliza para marcar sus pabellones civil y militar, tomando como referencia, justamente, la bandera de barras de Aragón).

¿A qué se debe?

Para muchos, tras persistente labor de adoctrinamiento en todos los frentes (cultural, administrativo, educativo), la historia de España empieza y termina en el franquismo, y así, con la condena del franquismo se condena también la bandera que el franquismo utilizó. Sin embargo, esa fue la bandera de uso entre los liberales del XIX (doceañistas, cristinos, isabelinos), fue la bandera de la revolución del 68, fue la de la I República, etc.

¿Se produce por tanto una analogía entre Derecha –entiéndase o mal entiéndase como tal partidos de corte liberal económicos o demócrata cristianos- y nacionalismo?

Es que la Derecha tampoco es unívoca. Existe una derecha primaria, la que se enfrentó a los revolucionarios (jacobinos y liberales), procurando la restauración del Antiguo Régimen (De Maistre, Chateaubriand, etc), pero existe también una derecha liberal (los doctrinarios del XIX), una populista (la del Partido Radical de Lerroux, por ejemplo), pero también una derecha socialista (Marx y Engels en el Manifiesto Comunista distinguen tres tipos de socialismo, dos de ellos son reaccionarios). La derecha nacional fragmentaria se ha alimentado de todas ellas, como también se ha alimentado de las izquierdas, según le ha convenido (por ejemplo, ahí tenemos a la ETA-Bildu, nacida en un seminario, y adoptando un barniz marxista-leninista con funciones propagandísticas)

Otto Von Bismarck: “La Nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo.”

Cualquier Nación, por poderosa que sea, si se la somete durante mucho tiempo a un proceso de fractura y divergencia interna, pues termina por fragmentarse, claro. España, como cualquier sociedad política, tiene un origen histórico, en este caso además con una trayectoria secular, y así, de la misma manera que surgió, puede fenecer. No es eterna, obviamente. Tampoco está escrito en ningún sitio que tenga que caer ya mismo. Dependerá de lo que hagamos los españoles. No hubo ningún tipo de causalidad extraordinaria, paranormal, para que surgiera, tampoco la hay para mantenerse, ni para caer (si es que cae).

¿Fue el siglo XIX (Fernando VII, Isabel II, Amadeo I, I República, Crisis del 98…) el mayor barro de nuestros lodos actuales?

Durante el siglo XIX España se constituye como Nación contemporánea, en este caso al aglutinarse contra el francés invasor (y el Rey Intruso). Una Nación que, de ocupar “ambos hemisferios” sobre la base del Imperio español (de casi 20 millones de kilómetros cuadrados, pasa a lo largo del siglo XIX, tras consumarse los procesos de emancipación de las naciones hispanoamericanas, a circunscribirse al medio millón de kilómetros cuadrados actuales (en el “hemisferio” peninsular). Transformar un Imperio secular e intercontinental en una Nación contemporánea no es poca cosa, y esto fue labor, para bien o para mal, de los políticos del XIX. A través de un duro proceso de guerra-civilismo casi constante (una guerra de Independencia contra el invasor francés, que tiene mucho de civil, las tres guerras carlistas, guerras de ultramar por la conservación de las provincias americanas, guerra de Marruecos, hasta culminar, al final del primer tercio del XX, en la Guerra Civil por antonomasia), la Nación española se va abriendo paso (reformas constitucionales que dan de si las nuevas instituciones nacionales frente al Antiguo Régimen: abolición de los señoríos, de la Inquisición, de la Mesta, desamortizaciones) y logra, sea como fuera, mantenerse actualmente como potencia, con un peso en el concierto internacional nada despreciable.

Es verdad que una de las herencias más persistentes de la España imperial es lo que Julián Juderías llamó “leyenda negra”, y que ha acompañado al Imperio en su auge pero también en su caída, y que se mantiene en la actualidad, aún con el Imperio ya fenecido. Esta leyenda negra antiespañola, que ha sido muy bien analizada por dos estudios recientes, uno de Iván Vélez Sobre la leyenda negra (ed. Encuentro, prologado por mi, modestamente), y otro de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra (ed. Siruela, con prólogo de Arcadi Espada), sigue sirviendo de papilla alimenticia (tergiversando y deformando la historia) para endosarle a España todo lo malo que una sociedad pueda representar (genocidio, expolio, tiranía) y utilizarla así de coartada para justificar aquellos movimientos que buscan el desistimiento, cuando no ya directamente la separación de España, al no querer hacerse cómplices de su presunta “negra identidad” . Es más, muchos, particularmente en el seno de esa “izquierda reaccionaria” de la que hemos hablado, entienden que España, la España histórica (congénitamente reaccionaria), es una sociedad incompatible con la democracia, y que si quiere “ponerse a la altura” de las democracias de nuestro entorno (europeas, esto es, modernas), tiene que, sencillamente, desaparecer para dejar atrás su “negro” pasado y refundarse de nuevas como sociedad (por ejemplo, reconociendo las “naciones” que mantuvo “oprimidas” en su seno, etc). En fin, la leyenda negra actúa así, por falsa que sea, como una poderosa fuerza centrifugadora y representa un verdadero problema, dada su beligerancia, propagación y persistencia social, para la cohesión y estabilidad social de España.

¿La vía de escape al maremágnum fragmentario español habría estado en una revolución al estilo jacobino francés?

Pues seguramente, aunque la morfología política institucional de España, históricamente hablando, no es la de Francia, es verdad que, ahora mismo, dada la amenaza cierta de fragmentación, el jacobinismo (por llamar de algún modo a la centralización isonómica del poder político), es muy necesario en la España actual. Vamos, que es cuestión de vida o muerte.

¿Qué pensaría Rafael de Casanova de las alharacas del 11 de septiembre?

Pues pensaría que la Díada no iría con él. La guerra de Sucesión fue una guerra dinástica, no de liberación. Es más, había regiones en Cataluña, por ejemplo el Valle de Arán, que eran felipistas y no austracistas: hacer del 11 de septiembre una fiesta “nacional” de Cataluña es una imposición barcelonesa. Fue la austracista Barcelona, no Cataluña (que se dividía como el resto de España entre austracistas y felipistas), la que hizo frente a los ejércitos de Felipe de Anjou. Y es que en Barcelona fue nombrado el Archiduque Carlos rey de España (no “rey de Cataluña”), de una España austracista que se suponía iba a conservar las “libertades” (por las que luchaba Casanova) que ofrecía el sistema polisinodial de los Austrias. Pero venció el Borbón e implantó, a través de los Decretos de Nueva Planta, un sistema que, siguiendo un modelo francés, afectó a toda España, también a Castilla y a las Indias, no solo a Aragón y a Cataluña. El 11 de septiembre no se suspendió ninguna “soberanía catalana” que nunca existió, sino que se abolieron las libertades austracistas (y se abolieron en toda España, insisto, no solo en Cataluña), para implantar las libertades borbónicas.

¿Qué es el derecho a decidir?

Es el privilegio a excluir, no es otra cosa (basado insisto en el supremacismo, primero racial, y ahora cultural identitario). Cataluña nunca fue una colonia como para aplicar el “derecho de autodeterminación” reconocido por la ONU, y por España en ella. Se suele olvidar que la reivindicación del “derecho de autodeterminación” es el primero de los 25 puntos del programa del partido nazi. Y es que, nazismo y catalanismo (como galleguismo y bizkaitarrismo) se alimentan de las mismas fuentes (Gobineau, Frobenius, la frenología) a través de las cuales se defiende que la unidad y cohesión etno-lingúistica del volk, del pueblo, tiene que tener su articulación estatal (política) correspondiente (una Cultura un Estado), para no verse mezclado con los intereses de otras culturas que, por su inferioridad, ahogan y oprimen al volk. Es la misma lógica la del nazismo que la del nacionalismo fragmentario, lo que pasa es que ese “derecho de autodeterminación” aplicado al pueblo alemán suponía expansionismo (el III Reich, porque tras la IGM el “pueblo alemán” había quedado diseminado en distintos estados –Austria, Checoslovaquia, Polonia, Rusia-), mientras que aplicado al “pueblo catalán”, al “pueblo gallego”, o al “pueblo vasco” supone, no expansión, sino reducción y fragmentación (de una nación ya constituida, pero no reconocida como tal por estos movimientos, que es la española). En definitiva, el “derecho a decidir” significa: “nosotros” (los vascos, los catalanes, los gallegos) somos mejores porque somos auténticos, y “vosotros” (el resto) solo representáis, unidos a nosotros, un auténtico lastre (España ens roba). El “derecho a decidir” significa querer soltar ese lastre y alcanzar un futuro de plena prosperidad en el que solo se consumen perdices. En este sentido, por ejemplo, un gallego no galleguista, o incluso antigalleguista (como lo soy yo), pues le rompe un poco los esquemas, y claro, tiene que buscar la vía de la “contaminación” y cosas parecidas. Eduardo Pondal, autor de la letra del actual himno gallego, decía que al gallego que se siente más español que gallego, había que segarlo de la tierra gallega como a la mala hierba. Esto es literal.

¿Dónde empieza y dónde termina este derecho en el caso de Cataluña: historia, geografía, etnografía…?

Ese privilegio de exclusión empieza con el nacionalismo fragmentario y llega hasta donde le toleremos el resto.

Pedro Sánchez hace unos días dijo: “Tenemos un concepto no nacionalista del término nación”. ¿Cómo se conjuga ese oxímoron?

Pues estoy de acuerdo con Sánchez en que se puede tener una idea no nacionalista de Nación, pero esta idea no es la que tiene Sánchez. Si el “ismo” del “nacional-ismo” significa ideología, esto es deformación partidista, tendenciosa, de la realidad, pues entonces, efectivamente, se puede tener una idea de Nación no nacionalista (es decir, no deformada, no ideológica). Yo, por ejemplo, no me considero “nacionalista” español, porque creo que una defensa razonada de la Nación española en la actualidad no implica deformación alguna de la realidad, ni de la histórica, ni de la política. Hace falta, sin embargo, fuertes dosis de irracionalismo (histórico y político) para hablar de la “nación catalana”, de la “vasca” o de la “gallega” en el sentido de naciones soberanas. Ni siquiera en sentido “cultural” se puede hablar de naciones diferenciadas, cuando a todos ellos, a vascos, a gallegos y a catalanes nos caracterizan unos rasgos comunes, los que nos definen como españoles, que no justifican esa presuntas “diferencias nacionales”. Catalanes, gallegos, vascos, representan maneras distintas de ser españoles, como la representan castellanos, canarios, andaluces o murcianos.

¿La solución de España pasa por una nación de naciones con una refundación de las Comunidades Autónomas y el Senado?

La fórmula “nación de naciones” (inventada por Anselmo Carretero) es un absurdo político si es que Nación significa soberanía (que es lo que significa, según ya hemos comentado, a partir de la Revolución francesa). Una soberanía de soberanías, como imperio de imperios, o rey de reyes, son fórmulas genitivas reduplicativas, que en el terreno político no tienen ningún sentido (aunque lo pueda tener en otros campos). Decir “nación de naciones” en el campo político es como si dijéramos “circunferencia de circunferencias” en el terreno geométrico, y una circunferencia de circunferencias no es, ni puede ser una circunferencia (que se compone de puntos, no de circunferencias). La Nación soberana no es un fractal compuesto a su vez de naciones soberanas: la soberanía no puede contemplar, por definición, otro poder soberano en su interior.

O sea, que no, no es la solución.

¿Hoy día es impensable una recapitulación de un modelo centralizado al estilo francés?

Pues no lo sé, pero creo que, en efecto, es la única solución. Aquí, hay muchos, y de nuevo en nombre de la izquierda (aunque traicionándola), que han sucumbido al chantaje y para neutralizar el independentismo están dispuestos a conceder la independencia. La (discreta) resistencia de algunos partidos (por ejemplo, el PP; más combativo se mostró UPyD), al independentismo se ha visto por parte, por ejemplo, del podemismo, como una “fabrica de hacer independentistas”. La solución del podemismo para evitar fabricar independentistas es concederles la independencia (el “derecho a decidir”). Y se quedan tan anchos.

¿Qué es lo primero que cambiaría de España?

Cambiaría la ley electoral para implantar un sistema, como el portugués, que solo permita presentarse a las elecciones a partidos políticos que se presenten en todas las jurisdicciones, es decir, a partidos realmente nacionales, y no a pseudopartidos, como son los partidos nacional-fragmentarios en España, que pretenden (y así se les permite por ficción jurídica) ser representativos tan solo de una parte de la nación española. De este modo, con un PNV, por ejemplo, que se presentase en todas las jurisdicciones electorales españolas no aparecería en el Congreso sobredimensionado, como aparece en la actualidad, con un poder en diputados que no tiene en votos. Se evitaría de este modo, sin necesidad de prohibirlo, que un partido con 300.000 votos ponga en jaque a una sociedad de 45 millones de personas.

Muchos intelectuales de este país colocan a Zapatero como el peor gobernante desde Fernando VII, con lo que implica situarlo por detrás de otros como Isabel II o el mismísimo Franco. ¿Fue para tanto?

Fue bastante desastroso, sí. Fue el mayor representante en España de lo que Gustavo Bueno llamó “pensamiento Alicia”, esto es, pensaba Zapatero que los problemas políticos son un asunto que se resuelven con buena voluntad y “talante”. “Defender la alegría” le llamaron a la cosa, frente a, se supone, la “antipatía” de la derecha (representada por el PP) que obstaculizaba el bienestar social. En fin, de un infantilismo y futilidad brutales (con el gesto de la ceja y todo aquello). En buena medida, Podemos es su heredero (como reconoció Pablo Iglesias en cierta ocasión), heredero de este Pensamiento Alicia.

¿No cree usted que la labor de José María Aznar se ha mostrado con los años mucho más flagrante?

Pues es verdad que la imagen que quedó de Aznar fue la que se ofreció desde el zapaterismo. La “derecha extrema”, hosquedad en el gesto, el bigotito… en fin, bobadas que no entran en el análisis (de nuevo la imaginación por encima del entendimiento). Efectivamente Aznar, como se ha dicho ya muchas veces, concedió al nacionalismo catalán (pacto del Majestic) más de lo concedido por Felipe González, pero también es verdad que el PP, tampoco el de Aznar, ha contemplado en su programa electoral ninguna manera de fragmentar España, mientras que el PSOE (de Unidos Podemos es mejor no hablar), sí ha hecho concesiones programáticas en este sentido (federalismo, nación de naciones, etc).

 

Fuente | Diario16 (17/09/2017)

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