No sé a quién corresponde propiamente el ‘copyright’ de la idea pero sí sé que la han sostenido gentes tan diversas y distantes entre sí en el mundo del fútbol como Jesús Gil o Josep Guardiola. Me refiero a la idea según la cual uno puede cambiar de muchas cosas a lo largo de su vida: puede cambiar de opción política, de profesión, de pareja, de nacionalidad, de religión o incluso de sexo, pero de lo que no se cambia nunca es del equipo del que cada cual decidió hacerse hincha o simplemente simpatizante en algún momento de su infancia.

Más allá de la mera constatación, convendría atender a lo que parece estar revelando tan imperturbable fidelidad a unos colores, porque probablemente pueda resultarnos de utilidad para entender un mecanismo que también parece estar presente en otras esferas de nuestra existencia, aunque no sea, está claro, con la misma intensidad de manera necesaria. La posibilidad de aplicarlo a otros ámbitos deriva precisamente de su condición de mecanismos o, si se prefiere, de registros de experiencia que responden a una determinada lógica.

Pongamos como ejemplo el registro victimista, de un tiempo a esta parte muy generalizado entre los aficionados y directivos de prácticamente todos los equipos de España (incluidos los del Real Madrid, que antaño presumían, señoriales, de estar por encima de tan profano registro), pero que durante largos años fue como aquel que dice el monocultivo de los aficionados culés. De hecho, hasta que el Barça inició su primer ciclo virtuoso (por decirlo a la manera de Joan Laporta) con Johan Cruyff como entrenador, luego revalidado y acrecentado con Josep Guardiola, cohesionaban más a la afición barcelonista los agravios, desgracias e injusticias padecidas que las propias victorias.

Puedo dar fe de que pasé buena parte de mi infancia y adolescencia oyendo a mis compañeros hablar más del presunto robo de Di Stéfano por parte del Madrid, de la calamitosa final de la Copa de Europa de Berna en la que todavía las porterías tenían los postes cuadrados o del penalti de Guruceta, que de las cinco copas obtenidas en la época de Daucik, de los triunfos bajo la batuta de Helenio Herrera o de las tardes de espectáculo que había proporcionado Ladislao Kubala en el viejo campo de Les Corts. Hasta tal punto les importaba mucho más lo primero que lo segundo que terminé por convencerme de que aquellos compañeros de colegio aficionados del Barça obtenían en el fondo de su corazoncito más satisfacciones de que su equipo perdiera de penalti injusto en el último minuto que de una victoria deslucida por la mínima.

Llegados a este punto, la cuestión que probablemente más convenga plantearse es: el hecho de que a partir de un cierto momento la fortuna cambie y las satisfacciones sean mayores que las decepciones (resultando irrelevante a estos efecto que ellas hayan sido provocadas por agravios, injusticias o por un mero azar desafortunado), ¿hace que se vaya desvaneciendo la tendencia a la victimización por parte de un determinado colectivo? Manifiestamente no, como acredita el auge generalizado de dicho registro, incluso por parte de colectivos que hasta ahora no habían sido proclives a utilizarlo (de ahí que en el párrafo anterior haya puesto el ejemplo de los aficionados merengues).

A nadie se le ocultará la razón por la que he elegido el ejemplo del fútbol. Si en un ámbito que, en principio, podríamos considerar de menor importancia (incluso en el Evangelio según San Valdano se reconoce que “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”) operan determinados mecanismos y registros, ¿qué no ocurrirá en ámbitos de mayor importancia, como es el de la política? La respuesta ofrece pocas dudas: también operan y, por supuesto, su tendencia es a persistir, persistencia que se explica a la luz, como antes comentamos, de la lógica por la que se rigen.

Porque si, en concreto, pensamos en la proclividad a la victimización, de inmediato se nos aparecen las claves de su exitosa generalización. Tal vez sean las primeras palabras del libro del ensayista italiano Daniele Giglioli ‘Crítica de la víctima’, recién publicado en España, las que proporcionen con mayor claridad algunas de dichas claves: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece”.

Me permitirán que remache este mismo clavo completando la pregunta de Giglioli desde otro ángulo: ¿cómo, pudiendo cualquier persona reclamarse (aunque sea solo en apariencia) de la prestigiosa condición de víctima, va a renunciar a ella?, ¿por qué razón un político victimizado, en concreto, va a abandonar una posición tan confortable y regresar a la intemperie del sometimiento a la crítica y la exigencia de asunción de responsabilidades? De hecho, es ese cobijo el que algunos no parecen dejar de buscar. Sin ir más lejos, las próximas elecciones catalanas se anuncian como un formidable espectáculo de victimización. Las consignas de los independentistas de momento no parecen ir más allá de la reclamación de libertad para los políticos en prisión y de amnistía, sin que hasta ahora nadie, desde las filas del independentismo, haya formulado ninguna otra propuesta o redefinido la famosa hoja de ruta. Tal vez porque, como mis compañeros de patio de mi infancia, consideran que haber obtenido una derrota épica es un botín político preferible a tener que responder de los propios actos y formular nuevas propuestas.

E importa resaltar que lo que vale para los representantes vale asimismo para los representados, entre los que no resulta fácil encontrar una actitud diferente. Así, resulta igualmente significativo que tampoco ninguno de los opinadores alineados de manera habitual con la propuesta política independentista haya reclamado la menor especificación de lo que se pretende hacer con el propio proyecto en los próximos tiempos. Y si alguien me observara que en los últimos días algunos de ellos -asiduos visitantes de la televisiones cuando no profesionales de las mismas- se han mostrado críticos con la realidad en la que ha desembocado el ‘procés’, le observaría a mi vez que lo han hecho declarándose, por así decir, víctimas de las víctimas, esto es, engañados por las promesas -que ahora dicen darse cuenta de que eran falsa- de los líderes independentistas, pero no asumiendo la menor responsabilidad por haber servido de correa de transmisión de ellas.

Probablemente lo de menos ahora sea que la reducción de todas las propuestas políticas a la reclamación de la libertad de los políticos presos recuerde mucho lo que desde siempre ha sucedido en las luchas obreras que peor acaban, esto es, que se presenta como victoria el levantamiento de las sanciones. Y la experiencia histórica acumulada nos enseña que actuar así cuando no se ha obtenido ninguna de las reivindicaciones por las que se luchaba no deja de ser una forma de enmascarar una derrota. Mucho más importante que eso es la actitud de fondo que parece estar mostrando semejante comportamiento.

Agotados los argumentos, constatada la inviabilidad de las propuestas, certificada la insuficiencia de las propias fuerzas, lo suyo sería someter a una severa reflexión la aventura emprendida. Pero, al igual que el hincha de un equipo de fútbol, el fanatizado en política no atiende a razones y amenaza con continuar, máxime si se aferra a la premisa de que, por definición, sus derrotas tan solo demuestran la maldad del vencedor. Su perseverancia, lejos de honrarle, delata la profunda fragilidad que le constituye. Y deja claro, por si a estas alturas a alguien le quedaba todavía alguna duda, que en esta vida resulta mucho más fácil cambiar de opinión que cambiar de emoción.

 

Fuente | Manuel Cruz | El Confidencial (12/11/2017)

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