Algunos experimentos psicológicos que fueron diseñados para poner a prueba el efecto espectador se consideran poco éticos para los estándares actuales. En 1968, John Darley y Bibb Latané desarrollaron un interés por los testigos que no reaccionaron ante crímenes. Les intrigó especialmente el homicidio de Kitty Genoves, una joven cuyo asesinato fue presenciado por muchos, pero ninguno lo evitó.

La pareja realizó un estudio en la Universidad de Columbia en el que le presentaba a un participante una encuesta y lo dejaban solo en una habitación para que pudiera rellenarlo. Un inofensivo humo comenzaba a filtrarse en la habitación después de un corto período de tiempo. El estudio mostró que el participante que estaba solo, fue mucho más rápido al reportar el humo que los participantes que tenían la misma experiencia pero estaban en grupo.

En otro estudio de Darley y Latané, se dejaba a unos sujetos solos en un cuarto y se les decía que podían comunicarse con otros sujetos a través de un intercomunicador. En realidad, sólo estaban escuchando una grabación de radio y se le había dicho que su micrófono estaría apagado hasta que fuera su turno de hablar. Durante la grabación, uno de los sujetos finge repentinamente estar teniendo un ataque. El estudio demostró que el tiempo que se tardaba en avisar al investigador variaba inversamente con respecto al número de sujetos. En algunos casos nunca se llegaba a avisar al investigador.