En la actualidad de la nación española en crisis no se protesta ni se llevan a cabo organizaciones ni planes y programas en pos de la revolución sino a favor de la «democracia real». Los problemas de la democracia, «los déficits» de la misma, se solucionan, al parecer, con «más democracia». He aquí el síndrome del fundamentalismo democrático que funciona en nuestro tiempo a toda máquina y a la orden del día (junto a otros fundamentalismos no menos dañinos y perniciosos, e igualmente estúpidos).

El fundamentalismo democrático es la ideología o idea-fuerza quizás más potente del presente en marcha (al menos en los países del denominado occidente democrático). Así, para el fundamentalismo democrático toda alternativa a la democracia es mala por definición (muchas veces sin saber a qué modelo de democracia se está haciendo referencia, esto es, sin dar parámetros, hablando de democracia en abstracto al margen de un Estado concreto en un determinado contexto histórico; como si se pensase que sin Estado y sin contexto histórico la democracia fuese posible).

El fundamentalismo democrático es la doctrina que postula la incorruptibilidad de la democracia, siendo ésta el mejor sistema habido y por haber, un sistema político insuperable: el fin de la historia. El fundamentalismo democrático sacraliza la democracia parlamentaria, y todo fundamentalista democrático es intolerante con cualquier forma de sociedad política que no sea democrática. El fundamentalismo democrático considera a determinadas sociedades políticas como realizaciones plenas de la Idea pura de sociedad democrática. «La Idea fundamentalista de democracia interpretará, en general, la distancia entre la Idea política pura y la realidad política empírica concebida desde ella (como democracia realmente existente) como un déficit que habrá que cargar en la cuenta de la realidad empírica. Por ejemplo, una constitución democrática empírica que mantenga la institución de la monarquía hereditaria (como la mantiene, en su Título II –De la corona-, la constitución española de 1978) podría considerarse como una democracia con “déficit democrático”. Y esto por cuanto se exime a un ciudadano, al rey, de responsabilidad (artículo 56.3: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad […]”), y porque ningún ciudadano que no sea de la familia Borbón podrá ser elegido rey (lo que está en contradicción con el principio democrático de la igualdad de oportunidades y de la no discriminación: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” -artículo 14-, al establecerse también que “la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica […]” -artículo 57.1-). Otra cosa es que el grado de este “déficit democrático” sea valorado como grave, menos grave o leve; es decir, que las contradicciones entre los artículos de la Constitución española de 1978 sean consideradas como graves, menos graves o como puramente gramaticales (o “semánticas”)» (Gustavo Bueno, Panfleto contra la democracia realmente existente, La esfera de los libros, Madrid 2004, Págs. 31-32).

Bueno distingue entre una posición fundamentalista, vinculada al deber ser, a una realidad que ni existe ni puede existir, y una posición funcionalista, vinculada a las democracias realmente existentes. «Hablaremos de funcionalismo cuando las sociedades políticas consideradas como democráticas sean sociedades políticas empíricas que, por de pronto, no están clasificadas como monarquías (en el sentido aristotélico, por ejemplo como monarquías absolutas no constitucionales) ni como oligarquías (por ejemplo, las sociedades feudales) sino como democracia que no se acogen en sus decisiones políticas a las normas de las mayorías, y al equilibrio electoral de las mayorías minoritarias, cuya regla de oro es el respeto a las minorías y el reconocimiento de la posibilidad de que esas minorías pueden llegar a ser mayorías» (Bueno, Panfleto contra la democracia realmente existente, La esfera de los libros, Madrid 2004, Pág. 32).

Así, desde el fundamentalismo democrático se concebirá a las democracias empíricas como encarnaciones deficitarias de la Idea pura de democracia, entendida como oloarquía, es decir, el poder, el gobierno o la soberanía de la sociedad política por «todo el pueblo que la constituye» o, como llegará a decirse, por la «voluntad general»; pero no existe una realidad social que corresponda al «pueblo» como titular de la soberanía política ni existe la voluntad general que establece consensos electorales. Desde el funcionalismo democrático, en cambio, las concepciones de las democracias empíricas se contemplan como realizaciones o posibles realizaciones de la Idea de poliarquía («gobierno de muchos»), que se opone a las paruarquías («gobierno de pocos»).

Bueno también distingue entre el momento tecnológico y el momento nematolótico de la democracia. «Cuando decimos, en resolución, que la democracia no es sólo una ideología, queremos decirlo en un sentido análogo a cuando afirmamos que el número tres no es tampoco una ideología, sino una entidad dotada de realidad aritmética (terciogenérica); pero, al mismo tiempo, queremos subrayar la circunstancia de que las realidades democráticas, las “democracias realmente existentes”, están siempre acompañadas de nebulosas ideológicas, desde las cuales suelen ser pensadas según modos que, en otras ocasiones, hemos denominado “nematológicos”. También en torno al número tres se han condensado espesas nebulosas ideológicas o mitológicas del calibre de las “trinidades indoeuropeas” (Júpiter, Marte, Quirino) o de la propia trinidad cristiana (Padre, Hijo, Espíritu Santo); pero también trinidades más abstractas, no prosopopéyicas, tales como las que constituyen la ideología oriental y antigua de las tres clases sociales, o la medieval de las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) o la de los tres reinos de la naturaleza viviente (vegetal, animal, hominal) o la doctrina, con fuertes componentes ideológicos, de los tres axiomas newtonianos (inercia, fuerza, acción recíproca) o la de los tres principios revolucionarios (igualdad, libertad, fraternidad). Sin hablar de los tres poderes políticos bien diferenciados que, según un consenso casi unánime, constituyen el “triple fundamento” de la propia sociedad democrática organizada como Estado de Derecho: el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial» (Gustavo Bueno, «La democracia como ideología», Abaco, nº 12/13, http://www.filosofia.org/aut/gbm/1997dem.htm, Pág. 15).

En el caso de la actual democracia española realmente existente hay que añadir que ésta -como decía Bueno con su acostumbrado buen criterio- hiede. Una democracia con una corrupción delictiva y no delictiva que pone en peligro la unidad de la nación política española. Con unos «partidos» secesionistas y otros que son cómplices de ese proyecto infame de sedición y consecuente destrucción de la nación que vienen a ser, por decirlo con palabras de Marx, las «miasmas de la pestilente cloaca democrática». A todo eso hay que añadir los estragos que está causando una de las enfermedades de la Realpolitik de nuestro presente (así como en el presente de Marx): el «cretinismo parlamentario» (Karl Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Traducción de Elisa Chuliá, Alianza Editorial, Madrid, Pág. 121).

En democracia todo el mundo opina y por eso se dicen tantas tonterías. De modo que en nuestro tiempo con este fundamentalismo la filosofía viene a ser ancilla democratie. Bien traída sería aquí, aunque sin viñeta, una jugosa reflexión del tebeo Panfleto materialista de Juan José Méndez Iglesias. Reproduzcamos un diálogo que recuerda mucho a los del divino (que no demócrata) Platón:

-La telebasura ¿es buena o mala?

-¡Mala, por supuesto!

-Y tiene ¿mucha o poca audiencia?

-Pues mucha.

-O sea que ¡a la «mayoría» le gusta!

-Sí ¡aunque lo niegue!

-¿Dirías, entonces, que a la mayoría le gusta lo «malo»?

-Al menos que ¡la mayoría tiene «mal gusto»!

-¡Y, sin embargo, la democracia se basa en elegir al gobernante que es del «gusto» de la mayoría!

-¿Qué insinúas?

-¡Pues eso!

(Juan José Méndez Iglesias, Panfleto materialista, Pentalfa, Oviedo 2014, Pág. 36).

Con la democracia lo que antaño era la voz de Dios se seculariza (mediante lo que denominamos proceso de inversión teológica: Dios pasa de la trascendencia extramundana a la inmanencia mundana) en la voz del pueblo: Vox populi, vox Dei. «El espíritu popular les habla a través de la urna electoral, como el Dios del profeta Ezequiel habló a los huesos exánimes: “Haec dicit dominus deus ossibus suis: Ecce, ego intromittam in vos Spiritum et vivetis. Así dice Dios nuestro Señor a sus huesos: os insuflaré el espíritu y viviréis» (Karl Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Traducción de Elisa Chuliá, Alianza Editorial, Madrid, Pág. 170). El fundamentalismo democrático desacraliza a Dios y sacraliza a la democracia, lo que sintoniza con la inversión teológica y con la secularización del Reino de la Gracia en el Reino de la Cultura.

Si la religión se definió como las relaciones del hombre con Dios, la democracia suele definirse como «el gobierno del pueblo»; pero la democracia no puede ser el gobierno del pueblo porque el autogobierno es una situación imposible dado que entre gobernantes y gobernados siempre habrá una necesaria asimetría, y además no se puede meter a «el pueblo» en el parlamento (de hecho los diputados pueden darle la espalda al pueblo cuando se trata de votar a candidatos a la presidencia del gobierno o a decidir en materia de determinadas resoluciones que conciernen a todos los ciudadanos en mayor o menor medida).

A día de hoy no considerarse demócrata es tan escandaloso para el prójimo como no declararse cristiano en la Edad Media (o no declarase musulmán; y no ya sólo en la Edad Media, sino a día de hoy en los países donde legislan el Corán y la Sharia). Todo lo que no es democrático es inmediatamente tachado por los fundamentalistas de dictadura residual, en plan «quien no está conmigo está contra mí»; por ello el fundamentalismo democrático -al predicar la libertad, la responsabilidad, la personalidad y la igualdad de todos ante Dios- ha florecido en suelo cristiano y no en suelo musulmán (así como la ciencia moderna, la ciencia positiva por antonomasia).

El fundamentalismo democrático vendría a ser la sacralización de la democracia, y si con el cristianismo se periodizó la historia en dos mitades (antes de Cristo y después de Cristo), así como en el islam antes de la Hégira y después de la Hégira, con la llegada de la democracia también se partirá la historia en dos: antes de la democracia y después de la democracia. Con la cual incluso se habla de la llegada del fin de la historia, pues la democracia parlamentaria se comprende como la forma más perfecta de sociedad política, siendo toda sociedad no democrática una sociedad arcaica y retrasada, o poco menos que una aberración; y por ello mismo no serán consideradas como verdaderas sociedades políticas. Entonces el fundamentalista ve en la democracia un motivo de orgullo y satisfacción y de pureza y elevación política y humana en general. Si durante el Antiguo Régimen ser cristiano era el título más prestigioso que podía adquirir una persona, en el Nuevo Régimen ser demócrata es el mayor honor que cabe concebirse, porque el demócrata auténtico es un ser irreprochable (otra cosa son los déficit de la democracia, que siempre fastidian un poco la perfección). Por tanto hay que buscar el camino de la democracia y su justicia y todo lo demás se nos dará por añadidura. Así sea.

Podría hablarse de una metamorfosis, de las tantas que hay, de la Ciudad de Dios de San Agustín, pues el demócrata vive en la Ciudad de Dios y el antidemócrata en la Ciudad Terrena, la corrupta Babilonia: madre de todas las fornicaciones y abominaciones antidemocráticas de la tierra.

Si la esencia de la democracia es la libertad, se trata de la libertad para elegir determinado producto en el mercado pletórico y de la libertad para votar a determinado partido político en las elecciones (teniendo en cuenta que votar es votar contra alguien). Se trata de la libertad para consumir y votar dentro de un sistema que tolera la pluralidad de partidos políticos. Pero ¿con el voto se puede llevar a cabo una revolución? ¡En absoluto! Casi cabría pensar (y casi habría que quitarle el «casi») que la democracia, tal y como está planteada e instaurada en nuestro presente, es la ideología menos revolucionaria posible, al tratarse del statu quo puro y duro. La democracia es el Establishment. Y tampoco la democracia era vista como revolucionaria sino más bien como reaccionaria en los tiempos de Marx y Engels: «La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el contrario, no hace más que suministrar el terreno en que puede desplegarse este antagonismo» (Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Editorial Fundamentos, Madrid 1996, Pág. 93-94).

Sin embargo, el término «democracia» dice muy poco, porque hay muchas clases de democracia: democracia popular de régimen comunista en la que hay un partido en el poder y los demás en la cárcel, en el exilio o en la clandestinidad; democracia liberal de mercado pletórico de bienes y servicios, en la que compiten diversos partidos por perseverar en el ser del parlamento y «representar» a los ciudadanos libres e iguales para comprar y vender en dicho mercado pletórico de bienes y servicios; democracia orgánica, como se autodenominaba el régimen de Franco, basándose en tesis de Salvador de Madariaga (personaje que se iría al exilio); democracia coronada, como nuestra actual partitocracia u oligarquía de partidos de 1978; o democracia republicana y democracia corporativista. Cuando se habla en términos generales de «democracia», Lenin preguntaba: «¿para qué clase?». Nosotros más bien preguntamos: «¿qué clase de democracia?»

Después, al menos en teoría, hay distinciones entre democracia representativa y democracia participativa. Así como se distingue entre democracia formal (el procedimiento de llevar a cabo las cosas en una comunidad de vecinos o la llamada «democracia de autobús») y democracia material (con contenido estrictamente político). Y por último cabe distinguir entre las diversas democracias distribuidas en diferentes naciones políticas en el contexto de la dialéctica de Estados: democracia española, democracia francesa, democracia estadounidense, etc., etc.

 

 

 

Fuente | Daniel Miguel López Rodríguez | Posmodernia (02/03/2020)