El procés en el diván

 

“Ni El proceso de Kafka era tan kafkiano como el proceso de Puigdemont”, sentenció Inés Arrimadas un día antes de que el Parlament declarase la independencia. Con esas palabras, la líder de la oposición relacionaba la novela inacabada del escritor checo con la obra, también inacabada, de un grupo de dirigentes políticos que se enfrenta ahora, en plena carrera hacia las urnas, con el desafío de explicar a millones de personas y a ellos mismos cómo encabezaron un movimiento unilateral con promesas que resultaron falsas. ¿Cómo se identificaron con este movimiento? ¿Asumieron realmente que debían defenderlo pese a que les condujera a la cárcel? ¿Cómo reconstruyen ahora sus tesis? Tres profesores de Psicología Política abordan estas y otras preguntas.

Por ejemplo, ¿cómo afrontan fracasos como el de la DUI? “Para el sector más duro, la respuesta es la negación y racionalizar que el enemigo está intentando dividirles. Otros sí pueden asumir la autocrítica”, dice Xavier Serrano, de la Universidad de Barcelona (UB). “A muchos, que pueden haberse dado cuenta de que no es viable la independencia, les costará cambiar sus actitudes. Por eso crean otro discurso”, subraya Verónica Benet-Martínez, investigadora de la Pompeu Fabra (UPF): “Los estudios en disonancia cognitiva han mostrado que cambiar el comportamiento para hacerlo acorde a la información es difícil para muchas personas, de forma que lo resuelven de otra forma: la gente se cuenta mentiras para no cambiar su comportamiento”.

“Aquí ha habido personas dentro de cada partido —no solo PDeCat y ERC, también del otro bando, como el PP— que han tenido muy claro, por razones identitarias y por convicción, qué es lo que querían. Y estaban dispuestos a asumir el precio que hubiera que pagar”, prosigue Benet-Martínez, que continúa: “Pero muchas otras, también líderes, han seguido un proceso más progresivo”. “Después de un liderazgo tan fuerte como el de Jordi Pujol, tengo la impresión de que Artur Mas y Carles Puigdemont no eran ese tipo de líder tan carismático, sino que se sumaron al movimiento. Pero, una vez en este, interiorizaron un cierto rol mesiánico”, apostilla Serrano: “Ser ellos quienes contribuyen a liberar al pueblo y a esa travesía por el desierto que conduce a la tierra prometida”.

Hasta tal punto jugaron estos personajes un papel clave, según José Manuel Sabucedo, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, que fueron quienes plantearon “una oferta para satisfacer la demanda de movilización provocada por la crisis [económica]”. Porque este proceso no se explica sin ampliar el foco y echar una mirada al contexto. “En 2015, con el 15-M, el Govern y la élite estaban atemorizados. Aquello acabó por canalizarse [en otra dirección]”, apostilla Serrano, que destaca la “peculiaridad” del procés. “La mayoría de movimientos de carácter emancipador o crítico se desarrolla en ambientes hostiles, donde quienes ostentan el poder tienden a reprimir. Aquí, en cambio, hay una simbiosis entre el movimiento y las élites”, remacha el profesor de la UB, que insiste en que ese fenómeno se observa en las listas para el 21-D: “Con los Jordis, por ejemplo. Hay un trasvase entre movimiento y partidos”.

“La psicología política del procés no se puede entender sin la psicología política del contexto político y cultural del Estado español. Es un proceso que se retroalimenta desde el Gobierno del PP y desde el Govern”, insiste también Benet-Martínez, que cree que este conflicto responde a que el Ejecutivo central ha gestionado la existencia en Cataluña de “identidades duales” —personas que, en mayor o menor grado, se sienten catalanes y españoles— como un problema “minoritario” y “periférico”: “El independentismo se ha alimentado en alto grado de las reacciones en el resto de España de personas que solo tienen una identidad”. “Hay una parte de personas y de líderes que se han ido involucrando en manifestaciones, en las discusiones políticas… Algunos, incluso, que no creían en el independentismo, sino en otro encaje de Cataluña. Y llega un momento en que dijeron, después de tantas cosas hechas, si he llegado hasta aquí, tengo que apoyar este proceso”.

Un sentimiento de mártir

“La identificación con el propio grupo y la percepción de que está siendo tratado injustamente pueden activar un sentimiento de obligación moral que lleve [a los líderes], incluso, a sacrificarse por el grupo”, relata Sabucedo, que destaca: “Pero no todos los autosacrificios deben merecer la misma valoración social. No es lo mismo quién lucha por lograr la igualdad entre todas las personas, como fue el caso del movimiento de derechos civiles en EE UU, que el que lo hace justamente por lo contrario”. “El sacrificio se explica también por la interiorización de la trascendencia —asumir que está en juego la supervivencia de un pueblo—, pero, en la práctica, todo es muy prosaico. De ahí la aceptación del 155 y cierta autocrítica”, concluye Serrano.

En la Diada de 2015, cientos de miles de personas llenaron cinco kilómetros de la avenida Meridiana de Barcelona y abrieron un pasillo en mitad de la calle por donde un grupo de voluntarios portó una flecha gigante que marcaba “el camino a la independencia”. “No sé si hay un guionista del procés. Pero, si lo hay, es un crack en la construcción simbólica: de las escenografías, del ritualismo, de la innovación permanente… Todo ello consigue que la gente participe en algo que cala en sus vivencias. Configuran una identidad muy potente”, subraya Serrano, sobre una de los principales apuestas del independentismo. Desde un principio, sus líderes supieron que parte de su estrategia debía pasar por la configuración de unos símbolos que aglutinaran. No solo banderas —como las miles que se colgaron en las fachadas de Cataluña—, sino también lemas, carteles o pancartas, como las que ANC ofrece en su web para que el usuario se las descargue e imprima en casa. Y en este contexto, según indican los expertos en Psicología Política, la lengua y la cultura catalana jugaron otro papel básico como símbolos. “Tendemos a pensar en los símbolos como algo que sirve para que los demás vean quiénes somos y en qué creemos. Pero los símbolos también se usan para activar ciertos sentimientos dentro de uno mismo y autoreafirmar nuestras creencias. Se usan para sentirte de una forma específica. Para recordarte a ti mismo quién eres y en quién crees”, continúa Benet-Martínez, que insiste en que “mucha gente” renuncia a este tipo de instrumentos porque esta “autoformación no les es necesario”. Una herramienta usada en ambos bandos, como añade la profesora: “El catalán lo utilizan como símbolo algunos no secesionistas para decir ‘yo también hablo catalán y no soy independentista”.

 

Fuente | J.J. Gálvez | El País (03/12/2017)

El procés en el diván

La factura social del ´procés´

 

Desde hace unos meses, los españoles nadamos diariamente para no ahogarnos con el aluvión de información generado por el proceso independentista catalán. El conflicto entre el gobierno de Puigdemont y el gobierno español ha generado unas consecuencias más que notables, como el encarcelamiento de cargos políticos catalanes, la inestabilidad bursátil o la fuga de empresas, entre otros. Sin embargo, algunos medios ya se hacen eco de lo que quizás es la huella más importante que está dejando el proceso independentista, que es la fractura social generada, una brecha que puede convertirse en un abismo y separe a las dos partes, a “los del sí” y a “los del no”. Las redes sociales han ayudado a este fenómeno dado que son expertas en convertir temas de discusión en enfrentamientos a cara de perro, en transformar el diálogo y el debate en un “o conmigo o contra mí”.

La fractura social no se refiere a algo físico pero sí a algo muy real y que ya estamos observando.Familiares que dejan de hablarse por tener opiniones distintas con respecto al tema catalán, comercios que prohíben la entrada a independentistas, intentos de boicots a productos catalanes? ¿Hasta dónde puede llegar esta fractura? ¿Por qué se empieza a percibir en muchos sectores al vecino como “el enemigo”? la respuesta no es fácil, pero sin duda uno de los factores tiene que ver con nuestra psicología grupal, lo que llamamos estereotipos.

¿Qué son los estereotipos?

Los estereotipos son las expectativas que nos generamos sobre otras personas basándonos únicamente en el grupo al que pertenecen. Este fenómeno tiene gran importancia ya que lo que pensamos de un determinado grupo, termina afectando a nuestras relaciones sociales cotidianas, en forma de prejuicios y pequeños actos de discriminación hacia personas concretas, de los que en ocasiones no nos damos cuenta. Pero no todos los estereotipos son iguales, no se resumen en una actitud más o menos negativa hacia el otro. Para la investigadora de la universidad de Princeton, Susan Fiske, Los estereotipos recogen información sobre dos preguntas básicas para las relaciones sociales, qué intenciones tiene un grupo determinado – ¿son buenos? -y en qué medida cuenta con los recursos o la capacidad para hacerlas realidad – ¿son capaces, competentes? -.

Según el modelo de Fiske, la valoración de un grupo en estas dos preguntas, a las que llama cordialidad y competencia, depende del contexto social en el que se encuentra. Cuando se percibe que dos grupos compiten por los mismos recursos, existe una tendencia a desconfiar del otro. Por ejemplo, si mi percepción acerca del pueblo magrebí es que quitan el trabajo a los parados españoles de manera desleal, al conocer a un magrebí activaré el estereotipo, lo valoraré como poco cordial y pensaré que no es de fiar. La percepción de competencia depende en mayor medida de estatus socioeconómico. Así, los ricos suelen ser percibidos como más capaces, aunque no necesariamente mejor intencionados. Por estos motivos, nuestras reacciones hacia determinados grupos pueden ser ambivalentes. Por ejemplo, alguien de una región rica, puede pensar que los vecinos de una región menos rica, son buena gente pero no se esfuerzan lo suficiente y se acostumbran con facilidad a que les ayuden. Aun así, mientras no se establezca una competición por los recursos, no se generará un enfrentamiento directo. Por ejemplo, si debido a una crisis económica, se percibe que ambos grupos compiten, entonces se cuestionan las intenciones del otro y se abre a la puerta a la fractura social.

¿Pero realmente esto es así?

¿Puede, por ejemplo, mi posicionamiento político respecto a la crisis catalana condicionar mi impresión sobre la misma persona, si me dicen que es de Burgos o de Girona? Nuestro sentido común nos dice que valoraremos a las personas por cosas distintas a su nombre de pila o su lugar de nacimiento, pero como decía al principio, en ocasiones los estereotipos nos afectan sin que nos demos cuenta de ello. Junto al profesor Carlos Falces, del departamento de Psicología de la Salud de la Universidad Miguel Hernández de Elche, hemos desarrollado un pequeño juego para observar la activación de estereotipos respecto a esta cuestión.

Contamos con 290 participantes a los que se contactó a través de redes sociales y correo electrónico. Se les planteaba una pequeña tarea para comprobar el efecto de las primeras impresiones a la hora de hacernos una imagen mental de las personas. Se les planteaba un texto similar a éste: “Juan Antonio tiene 31 años y es un hombre corriente, no es especialmente guapo pero resulta atractivo. Le gusta oír música, leer novelas y ver la televisión. En verano pasa las vacaciones en la playa con su familia en el pueblo donde nacieron sus padres y sus abuelos. El sitio le gusta y no tiene que buscar dónde ir cuando llega Agosto”. Tras leer la descripción, tenían que puntuar del 1 al 5 al protagonista en una lista de adjetivos que evaluaban las dimensiones de cordialidad y competencia.

A partir del texto de arriba, creamos otros dos textos similares, pero cambiando un elemento de la descripción: su lugar de procedencia. En el texto experimental nº 1, el protagonista se llamaba Pere y era originario de Medinyà, Girona. En el texto experimental nº 2, el protagonista, también llamado Juan Antonio, vivía en Miranda de Ebro, Burgos. ¿La misma descripción del protagonista, pero cambiando únicamente su procedencia, afectó a la percepción que tuvieron de él aquellos que lo leyeron?

No existieron prácticamente diferencias en las valoraciones que hicieron de la competencia y la cordialidad del protagonista de Burgos y el de Girona, tal y como se puede observar en el gráfico:

Pero existía una segunda parte en la tarea. Al finalizar el cuestionario, se pedía a los participantes que indicasen cuál era su posición con respecto al conflicto independentista catalán. Utilizamos esta respuesta para crear dos grupos, aquellas personas favorables al proceso y aquellas que estaban en contra. ¿Habrá diferencias en la percepción de los protagonistas en función de la opinión acerca del proceso catalán? Podéis observarlo vosotros mismos:

Efectivamente, parece que la posición política influyó en la impresión sobre el protagonista. Para aquellos participantes que están “A favor”, el protagonista catalán era más competente y más cordial que el burgalés. Por el contrario, los que están “En contra” valoran más positivamente al burgalés, sobre todo en términos de cordialidad. Como podemos observar, el estereotipo parece activarse tanto en una dirección como en otra.

La situación política actual puede está dejando una huella en nuestra sociedad más importante de lo que creemos. En la medida en que el “conflicto” continúe, el efecto de estos estereotipos sobre el vecino irá calando en nuestra vida cotidiana de manera cada vez más frecuente. Desde los boicots comerciales, hasta decisiones menos evidentes como la discriminación laboral por la procedencia del trabajador. Y esa marca no va a borrarse simplemente con la aplicación de un 155. De acuerdo con los planteamientos de Fiske, quizá la esperanza esté en empezar a redefinir la situación como un problema cuya solución necesita de la colaboración de todos y no un “conflicto” como lo describimos habitualmente, dejando implícito el mensaje de la competición entre grupos, del “tú contra mí”.

 

Fuente | Jonatan Molina | Diario Información (09/11/2017)

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