En el desesperado intento por emular la grandeza de las revoluciones americana y francesa, la filosofía alemana inició a mediados del XVIII un camino sin retorno. Aquel que necesitaba una nación que, a diferencia de Gran Bretaña y Francia, no había logrado alcanzar la unidad y ansiaba una mitología en torno a la cual construirla.

Hasta que HegelSchelling y Hölderlin dieron forma a uno de los programas de más nefastas consecuencias que haya conocido la historia reciente, Johann G. Herder, pastor protestante, filólogo, folclorista y teólogo, discípulo de Kant y fundador junto a Goethe del movimiento prerromántico Sturm und Drang(tempestad y empuje), puso “su erudición al servicio de un fin político, fue un ideólogo de la identidad, que, desde lo literario y cultural y en una escala histórica y antropológica universal, estableció las bases de un Volk alemán”. Y elaboró una utopía en la cual el “filólogo (…), el poeta, el gramático, el literato y el profesor, todos los adoradores de las lenguas vernáculas sometidas” se trasmutan en “ideólogos y políticos, en intelectuales con misión histórica y voluntad de poder”. Y a esa transformación “de lo cultural en clave de bóveda de lo político” es a lo que el ensayista Luis Gonzalo Díez llama el síndrome de Herder, en El viaje de la impaciencia, que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.

Los nacionalismos que se forjaron en el XIX y estallaron el XX respondieron a esa “patología de la modernidad”. Y actuaron sin rendir cuentas de su acción política, con la coartada de la trascendente construcción de un discurso identitariocolectivo que diluía la condición ciudadana en el proyecto nacional.

Decía Herder que el genio de la nación residía en la lengua y que ésta es el principal elemento de la cultura de un pueblo. Por eso todo nacionalismo que aspire a tomar el poder habrá de comenzar la creación de su particular mitología a partir de una lengua que actúe como principio segregador de lo extranjero. Así, por ejemplo, todo lo español frente a lo catalán, a través de ese invento pujolista de la inmersión lingüística que el Gobierno se resiste a eliminar. Así, la separación artificial de la historia local de la común, inventando acontecimientos, amigos y enemigos.

Después del Volk llegó el Reich y llegó también el Führer.

El síndrome Herder, Fernando Palmero

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