– ¿El filósofo tiene que estar siempre en la plaza pública?

-Cualquier otra referencia que quiera buscar el filósofo como lugar en el que la filosofía se exprese termina fuera de órbita completamente. Otra cosa sería ir hacia la mística.

– ¿Y tiene que estar siempre con un martillo de demolición en la mano?

-Hay que estar con el yunque y el martillo lo más fuerte y lo más preciso posible. Pero el martillo no siempre es destructivo, implica construcción también. Las ideologías suelen funcionar con el axioma y van de evidencia en evidencia sin justificar nada. La filosofía es lo contrario, hay que justificarlo absolutamente todo.

– ¿Dónde deberíamos aplicar ese martillo destructor y constructor a la vez?

-En todos los ámbitos, pero ahora mismo en el ámbito de la política: el fundamentalismo democrático es un frente muy fuerte que mueve absolutamente todo y se lo traga todo. Otro frente sería el fundamentalismo científico, la pretensión de que la filosofía no tiene ningún papel y que más o menos trata de cosas vanas, cosas bizantinas, la pretensión de que la ciencia si no lo tiene resuelto pues ya lo resolverá todo, que va a encontrar la piedra filosofal y va a revelar todos los misterios de la naturaleza. Cuando lo dice un señor con bata blanca parece que hay que asentir a lo que está diciendo.

– ¿Y el fundamentalismo democrático qué es y cuánto daño nos hace?

-Es la pretensión de que la democracia es el sistema político perfecto y de que por sí mismo, si llega a realizarse como tal, se asimila a la justicia universal. La democracia es un concepto finalístico que salva a los hombres, que los eleva, es una especie de “Deus ex machina” que viene a resolver todos los problemas económicos y sociales. Eso, dicen, si hubiera realmente democracia. Ésta es la trampa. En cuanto hay algún problema social, se dice es porque no hay verdadera democracia. Así, desde esa perspectiva, siempre se tiene razón. Dicen que el problema territorial que tenemos, el nacionalismo exclusivista y segregacionista, se resolvería si hubiera democracia. Dicen: hay que dejarles votar y así ya se resuelven los problemas. Pero eso no sirve de nada.

– ¿Nuestro sistema actual en España es verdaderamente democrático?

-En nuestro caso es una democracia muy determinada por el poder de los partidos políticos, a través de los que se expresa la soberanía nacional. Esto es la negación más total y absoluta del franquismo, que prohibió las asociaciones políticas. Al ser los partidos los mecanismos a través de los que se articula la voluntad popular, adquieren un poder tremendo. Son los que ponen en sus listas una serie de candidatos que pasan a ser diputados y son los que hacen la ley. El poder legislativo en España, las Cortes, tiene un poder extraordinario, elige el gobierno y el gobierno de los jueces. Por esta organización la democracia española tiende un poco a la oligarquía. Algo que tiene sus ventajas, por ejemplo, frente a los peligros de “italianización” de España. Si no tuvieran mucho poder un par de partidos quizá estaríamos como está Italia…

– Dice que esta democracia es lo más alejado del franquismo, pero Podemos sostiene que nació manchada con el pecado original de la dictadura. ¿Qué piensa?

-Que ellos parten de un esquema en el que deberíamos restaurar la II República. Que la verdadera democracia estaba en la II República y que los verdaderos progresistas estaban allí, y que el paréntesis del franquismo tendría que haberse cerrado y no se cerró.

– ¿Y lo hemos cerrado?

-Yo creo que sí. Políticamente. Socialmente pueden quedar algunos restos. Es impensable que cuarenta años de dictadura pasen sin dejar rastro.

– ¿De dónde viene la condena a la Transición?

-A Podemos si le quitas el franquismo desaparece como doctrina. Se quedan sin discurso, un discurso falaz. Su origen está en la falacia del hombre de paja, se basa en crear un hombre de paja sobre los rivales, el PP y el PSOE, de predicar sobre ellos que son franquistas. Y así los de Podemos son los puros, los castos. Yo los comparo con los albigenses o cátaros.

– Podemos y el conflicto catalán. ¿Qué ha pasado?

-Han entrado en contradicción. Dicen: no estamos con la DUI. Pues si no estás con eso tienes que penalizarla, porque se ha declarado. Pero ellos dicen: no estamos con la DUI y tampoco estamos con su penalización, con el 155. ¿Entonces dónde estáis?

– ¿Han caído en su propia trampa ideológica?

-Es el posmodernismo. La pretensión de que el principio de tercero excluido no rige. Tú estás con el Estado o estás con la sedición, no puedes estar con los dos a la vez. Podría haber sido bien recibido, porque el posmodernismo ha sido muy devastador, pero parece que no.

– A usted le definen como un filósofo de izquierdas, ¿qué es ser de izquierdas hoy?

-Para empezar, reconocer históricamente la labor de las izquierdas. Y esto hay quien no lo reconoce. Y esa labor está fundamentalmente reflejada en el hecho político de que la condición social no influye ni rebaja tus derechos políticos. Esto lo dice Robespierre en el primer discurso que da. En las izquierdas sí se puede reconocer un núcleo común, que es un principio de distribución a nivel individual de los derechos políticos. Mis derechos políticos no pasan ya a través de un estamento o condición social. Los tengo directamente, en contacto con la nación.

– Pero ese principio básico ya parece aceptado por la derecha española.

-Sí, claro, ahora mismo izquierda y derecha están ecualizadas, que decía Bueno. La derecha de ámbito nacional no pone en cuestión esto. Que el PP sea de derechas es muy discutible. Bueno llegó a decir eso.

– ¿Y usted lo piensa?

-Sí. Yo lo pienso así.

– ¿Y qué es entonces la derecha?

-Ahora mismo la derecha en España está cifrada fundamentalmente en los partidos nacionalistas. Son lo que Bueno llamaba “derecha no alineada” con el antiguo régimen. Los partidos que Bueno definía como partidos divagantes o extravagantes referidos a la derecha. Son así porque divagan entre un Estado inexistente, el que quieren fundar, y el Estado real. Y eso significa privar de derechos a los que pertenecemos a la nación real. Privar de derechos a todos en función de una serie de criterios que se alimentan del racismo del siglo XIX y ahora del subterfugio de la cultura. El PNV o CiU entienden que Cataluña o el País Vasco se tienen que organizar por sí mismos políticamente porque tienen un hecho diferencial. Y ese hecho diferencial ya no se basa en la raza, algo impresentable hoy en día, sobre todo tras el Holocausto. Ahora el hecho diferencial se esconde bajo la cultura. Pero es el mismo supremacismo, o incluso peor aún. La raza es algo visible, se puede romper como ideología. Si los nazis tenían que marcar con una estrella a los judíos era señal de que no eran tan reconocibles. Pero el utilizar la cultura como hecho diferencial es algo más oscuro. Dicen: yo soy de una identidad cultural diferente y eso justifica que tenga que estar organizado de otra manera. Pero esa diferencia siempre se entiende como superioridad, no como inferioridad. Y esa superioridad, para que sea plena y se consume, tiene que formarse como un Estado independiente en el que los superiores se organicen por sí mismos y no estén lastrados por esos inferiores. Eso es lo que está funcionando detrás del secesionismo español.

– Un racismo cultural.

-Totalmente. Es peor que el racismo. Es más metafísico. La cultura gallega, ¿qué es eso? ¿Una cultura gallega distinta de la española? Eso ya no hay quien se lo coma.

– ¿Y cómo es que nos lo estamos comiendo?

-Hay mecanismos ideológicos que funcionan con relaciones metafísicas. Esa idea de cultura diferente adula mucho a quien la recibe. Si te dicen que eres diferente, eres superior. Unamuno decía que lo que nos vienen a decir los secesionistas es que son más majos que los demás. Y añadía: ¡Pero si el majismo es una cosa muy española! Se creen tan superiores que es insoportable el lastre secular que están aguantando con respecto al resto de España y quieren independizarse. Así se convertirían en lo que paradójicamente ya dicen ser: una nación próspera, etcétera. Pero si están dos mil años oprimidos y son la repera, si no llegan a estar oprimidos estarían en la estratosfera de las naciones. Serían una cosa marciana, moverían los objetos a distancia con la mente. Si con 2.000 años de opresión, como dicen en el caso de Cataluña, ya son un pueblo muy laborioso, con seny, prudente, si no llega a haber opresión fíjese dónde estarían.

– ¿Este proceso ha arruinado el tópico de la diligencia y seny catalán?

-Está un poco tocado. Pero lo verdaderamente inédito de esto es que se ha producido, por primera vez desde la Transición, un movimiento social ligado a España y vinculado directamente a la política. No es algo oblicuo, como las manifestaciones futbolísticas, que también sacan la bandera. La gente ha salido a la calle en defensa de la soberanía nacional, no de la selección española. Esto es inédito, no se había producido hasta ahora.

– ¿Hay un patriotismo español que no esté intoxicado por la imaginería franquista?

-Es muy difícil. Ya veremos la consistencia que tiene esto. De momento ha salido y le ha dado un golpe al golpe de Estado secesionista y lo ha frenado. Pero con el coste de convocar unas elecciones que se ven como un plebiscito. Hay mucha gente que ya ha vendido la piel del oso, en sentido favorable al patriotismo español, y yo no lo tengo tan claro. Estas elecciones se plantean como un plebiscito. Como el propio Gobierno está imbuido del fundamentalismo democrático está apostando todo a ganar esas elecciones. Ciudadanos y el PP lo están planteando como un plebiscito. Es un error total, no hay un plan B si pierden. Los soberanistas se van ver con la legitimidad que tú mismo les has servido. Se dirá que el pueblo catalán ha hablado, pero no es el pueblo catalán el que tiene que decidir eso que se dice que plebiscitariamente tiene que decidir. Eso no lo puede decidir sólo el pueblo catalán. Yo soy partidario de plantear unas elecciones generales para neutralizar el carácter plebiscitario de esas regionales.

– La salida son unas generales, dice.

-Sí, aquí se ha planteado una cosa muy seria. Ahora todos tienen que jugársela.

– Eso es casi un proceso constituyente nacional.

-Lo que se quiera. Más que constituyente, es reafirmante de la soberanía nacional, en cuanto que se ha puesto en cuestión la unidad de España y la ha amenazado hasta el punto de dar un golpe. Hay otros mecanismos que serían necesarios para neutralizar ese golpe.

– Por ejemplo?

-Hay que neutralizar de algún modo la sobredimensión que tienen en el Parlamento estos partidos políticos. La ley electoral está montada de tal manera que prima a los partidos más votados para evitar la italianización, pero los regionalistas están muy favorecidos. PNV, 200.000 votos y seis diputados. IU, un millón de votos y dos diputados. ¿Y esto a qué viene? Y yo también soy partidario de la ilegalización de esos partidos como asociaciones ilícitas. Hay que ilegalizarlos porque son inconstitucionales por esencia. Están planteando la amenaza formal y beligerante de fragmentación del país. Que constitucionalices a unos partidos que abogan por la ruptura de la propia Constitución es una cosa absurda desde el punto de vista lógico.

– ¿Los españoles sabemos ser patriotas?

-Hay unas inercias muy fuertes en contra. Está muy institucionalizado el secesionismo, la leyenda negra. Va usted a un museo en Andalucía y allí le hablan de lo maravilloso que era Al-Ándalus frente a lo penoso que era todo lo que hizo España después. Hay una serie de tópicos ideológicos acerca de España y de su carácter negativo. Como si España fuera una especie de reverso tenebroso de la democracia, como si fuera la negación de la propia democracia, como si dijéramos: mientras exista España es que no hay democracia. Para muchos españoles esto es así, España es antidemocrática en esencia. Sigue operando eso. Sigue operando que España es intolerante, que España está retrasada, que nunca hemos estado a la altura? Y el “francomodín”, sacan enseguida el “francomodín”. Entonces te tienes que callar porque ya estás siendo sospechoso de franquista y hay que callarse. Esto sigue operando muchísimo.

– ¿Hay un españolismo de izquierdas?

-Hay, pero muy disperso. Pero no hay un movimiento beligerante que asocie estas dos cosas sin ningún tipo de problema ni complejo.

– ¿Y es un problema que no haya?

-Eso es un problemón. Ése es el problema de España, el desistimiento nacional. En la medida en que reclamas la defensa de la soberanía nacional frente a aquello que la amenaza, el secesionismo, te vas a encontrar siempre con gente que sociológicamente y políticamente está a la derecha. Y en la medida en que reivindiques la izquierda como mecanismo político te vas a encontrar con la anti-España.

 

Fuente | Pedro Insua | Eduardo Lagar | La Nueva España (19/11/2017)