Ciudad de ubicación cambiante en donde...

«ERSILIAS. Ciudad de ubicación cambiante en donde, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden cuerdas entre los ángulos de las casas, blancas o negra o grises o blanquinegras según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad o representación. Cuando las cuerdas son tantas que ya no se pueden pasar entremedias, los habitantes se van; se desmontan las casas y sólo quedan las cuerdas y los soportes en donde se sujetaban. Ersilia, entonces, pasa a edificarse en otra parte, donde se teje con las cuerdas una figura similar que se quisiera más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después es abandonada y sus habitantes se trasladan aún más lejos con las casas. Viajando así por el territorio de Ersilia el viajero encuentra las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de intrincadas relaciones que buscan una forma».

(Italo Calvino, Le città invisibili, Turín, 1972)

Lo que viene a continuación son los restos de las cuerdas y de los soportes de las vivencias que sujetaban, las telarañas de tantas formas abandonadas a su pasado que es el mío. Recuerdos, vivencias, sombras…

Pájaro DODO

Pájaro Dodo
Pájaro Dodo
Pájaro Dodo

«Hay algunas versiones que datan la muerte del último ejemplar de pájaro dodo blanco en 1761, sin embargo otras fuentes, probablemente más fiables, aseguran que el último ejemplar fue visto por última vez en 1662, aunque existe constancia de un avistamiento en 1674. En todo caso, se estima que debió de existir hasta 1690. Ya mucho antes, en 1627, Sir Thomas Herbert, el introductor de la palabra “dodo”, dedicó al animal un dramático epitafio: “Muchos creen que los dodos eran aves tontas, pero eran simplemente un animal que en su proceso evolutivo había perdido todo miedo a su entorno. Tienen un semblante melancólico, como si fueran sensibles a la injusticia de la naturaleza al modelar un cuerpo tan macizo destinado a ser dirigido por alas complementarias ciertamente incapaces de levantarlo del suelo”.

A principios del siglo XIX comenzó a parecer una criatura demasiado extraña y muchos empezaron a pensar que se trataba tan sólo de un mito. Hubo que esperar al descubrimiento de los primeros huesos de dodo en Mare aux Songes y a los tratados escritos en 1865 por George Clarke, profesor en Mahébourg, para que el interés por el dodo empezara a revivir, llegando incluso a convertirse en un personaje más de “Alicia en el país de la maravillas” (es sabido que Lewis Carroll, cuyo verdadero nombre era Charles L. Dodgson, estaba aquejado de una leve tartamudeo que le hacía vacilar al decir su nombre: “Do… Do… Dodgson”, por lo que lo eligió como su propio símbolo). Con el éxito del libro, el dodo se convirtió en un icono de la epopeya de toda extinción».

(David Pérez Pol, Magia Gris).

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