Inocencio X

 

Pinceladas de púrpura y armiño
matizan la acritud de su semblante.
Sobre un rojizo cutis, desaliño
de la barba. Mirada penetrante.

Nariz aguda, cejas arqueadas,
prominente mentón. Rojo bonete,
sillón rojo, cortinas coloradas,
roquete blanco, rojo mantelete.

Ceño fruncido y expresión alerta
de quien vigila sin cesar la puerta
que le separa allí del mundo entero.

Velázquez nos legó con su pintura
la más exacta y lúcida figura
del espejo del alma. Troppo vero!

En un brumoso sueño

 

No sé. No sé cómo empezar. Me duelen
las piernas y los ojos. Tengo sueño.
Y, luego, vuestra risa… Sé que os hablo
quizás en un idioma sin sentido.

Ah, si pudiese triturar mi lengua
para lograr una palabra sola,
clara como el amor. Pero dejadme,
por caridad, que os hable, verso a verso.
Oficinistas, carpinteros, hombres
con automóvil o con el palustre,
sacerdotes católicos, dejadme
abrir mi soledad. ¿Sabéis vosotros
lo que es llevar la muerte a las espaldas,
sentirse irremediablemente dentro
de este vivir indispensable y único?

Os miro tan serenos, tan pensando
en vuestras cotidianas diversiones,
en vuestro trabajar de cada día,
en vuestras soledades, tan serenos…

Qué bien os viene el mundo. Digo a veces:
estos hombres ignoran que están vivos
y que van a morir.

Y es a vosotros
a quienes pido la limosna mínima
de escuchar mis palabras, la limosna
que necesita un pobre hombre, hundido
en un brumoso sueño que le apaga
los ojos y la vida lentamente.

No

 

Triste, y el pensamiento en ascuas, puse
mi pluma de oro en el papel timbrado
de un bloque de recetas -Dr. Torre,
especialista en varias cosas-. Hice
duros esfuerzos para despertarme
de ese piadoso sueño que me apaga
los ojos y la vida, como dije
hace ya muchos años. Y, entre brumas,
por entre la neblina del fracaso
-aún no del todo, desgraciadamente,
irreversible- de mi vida, tuve
la sorprendente audacia de creerme
-y os juro que lo creo en este instante-
libre, persona, fuerte, como un niño.
Libre, como lo he sido y puedo serlo.
Libre como persona, libre, y áspero
como una fruta dulce y fuerte y viva.
Sí, tuve en la garganta, entre la niebla
irremediable de mi vida, un no.
Y tuve fuerzas para decir no
y escribir no, gritándolo y uniéndolo
al despertar unánime de cuantos
sienten el ansia de libertad.

Ven, Señor Jesús

 

Has de venir, Señor; tarde o temprano
has de venir a serenar mi pecho,
que ya no puede más, que está deshecho
de tanto reclamar tu nombre en vano.

Vendrás al fin, con tu evangelio humano,
para volverme el alma al derecho;
ensancharás mi pensamiento estrecho
y me darás un corazón cristiano.

Sé que vendrás, el Cristo, la promesa,
la esperanza, el afán; porque no cesa
de golpear tu látigo mis sienes.

Porque no puede ser que todo acabe
con este respirar; porque Dios sabe
que habré nacido de verdad, si vienes.

Esteban Torre Serrano, Sevilla, 1934

Abril

 

El aire, claro. El cielo, azul y frío.
Más blancas que el jazmín y que la nieve,
se deshilan las nubes. No se atreve
ya la rosa a cubrirse de rocío.

El almendro, el laurel, el griterío
de las aves. El sauce no se mueve.
La gaviota, con su vuelo breve,
traza un arco de sueño sobre el río.

Silba el mirlo y arrulla la paloma.
Y, entre las ramas del naranjo, asoma
su dulce despertar la primavera.

Luego la lluvia, el sol, la nube, el viento,
las sombras y la luz. Por un momento,
late una paz profunda y verdadera.

Certidumbre

 

Poco importa seguir en sombras, cerca
del horror del vacío, si a lo lejos
una cálida luz alumbra, y todo
nos hace ver el triunfo de una vida
que se levanta al fin sobre la muerte,
más allá de la niebla de la nada.

Pero la negra espira de la nada
se arremolina cada vez más cerca,
y el terrible zumbido de la muerte
horada nuestras sienes desde lejos,
mientras en la pantalla de la vida
se va tiñendo de amargura todo.

Y hay un ansia febril que, sobre todo,
nos empuja al abismo de la nada,
y es la conciencia plena de la vida,
la delicia real de lo más cerca,
mientras que se divisa muy de lejos
la oscura silueta de la muerte.

Porque lo más horrible no es la muerte,
sino esta certidumbre de que todo
se va desmoronando y, a lo lejos,
surge el hueco castillo de la nada,
que, cuando lo miramos más de cerca,
es el dulce palacio de la vida.

Hacerse y deshacerse en clara vida,
deshacerse y hacerse en turbia muerte,
saberse dura, tercamente cerca
del bosque del destino, en el que todo
tiene la misma fronda que la nada
y la proximidad de lo más lejos.

Sí, todavía se mantiene lejos
la verdadera fuente de la vida,
que extiende sus veneros en la nada
y anega los eriales de la muerte,
y lo florece de alegría todo
con la esperanza de sentirse cerca.

No importaría estar cerca ni lejos
del árbol de la vida, o de la muerte,
si todo fuera niebla, y sombra, y nada.

Esteban Torre Serrano, Sevilla, 1934