El Operacionalismo Materialista Contextual como programa de investigación del Materialismo Filosófico para el campo de la psicología

 

Resumen. El objetivo de este trabajo es anunciar un programa de investigación para la psicología desde las coordenadas del Materialismo Filosófico. Para lograrlo, se definirán las rutas que deberá seguir un análisis gnoseológico de las diferentes propuestas en psicología contemporánea a la luz de la Teoría del Cierre Categorial, para luego brindar, a partir de dicho análisis, algunas directrices de cómo éstas podrían actualizarse o dar lugar a una nueva teoría psicológica: el Operacionalismo Materialista Contextual. Palabras clave: Materialismo Filosófico, Teoría del Cierre Categorial, Psicología Académica, Psicología Mundana, Conductismos, Teorías Psicoanalíticas, Cognitivismos, Neuropsicologías, Humanismos, Operacionalismo Materialista Contextual.

El Materialismo Filosófico como ejercicio de lealtad a la filosofía

Horkheimer (1973) estaba convencido de que la lealtad a la filosofía consistía en no permitir que el miedo disminuyera nuestra capacidad de pensar. En este sentido, el quehacer filosófico debe asimilarse, ante todo, como un hacer combativo que tiene como fundamento último el “valor” y el “coraje” humano de enfrentar al mundo a pesar de su desavenencia. Esto no significa, empero, que la vida combativa sea el móvil de un idealismo ingenuo de acuerdo con el cual, las cualidades humanas puedan entenderse al margen de las situaciones histórico-antropológicas que las configuraron o de espaldas a la forma de vida de quien las ejerce en situaciones concretas. Por lo contrario, el “valor” y el “coraje” humano a los que nos referimos, son los del hombre que posee la entereza para advertir los límites de sus capacidades, las trampas del terreno que pisa y, al mismo tiempo, la astucia para reconocer las posibilidades que sus operaciones tienen en el entorno y la firmeza para llevarlas a cabo a pesar de sus consecuencias.

En este contexto, una imagen bastante nítida de lo que esta lealtad a la filosofía podría significar, aparece en unas líneas que Gustavo Bueno (2009) escribió a manera de homenaje a su amigo José María Laso, luego de su muerte. En un acto de abundante franqueza y claridad, Gustavo Bueno comparó a su amigo Laso con la figura de un sabio, señalando que, en ambos casos, ni a uno ni a otro podría calificársele de simple “curioso”. Esto no porque ni éste ni aquél hayan podido mantenerse en un mundo situado más allá de la superficie, sino porque, moviéndose a través de ella como todos los demás, fueron desde el inicio impulsados por un instinto certero que les permitiós seleccionar los rastros que desde ahí los conducían hacia lo más profundo, a lo esencial, hacia aquello que sólo puede constituirse en torno a las coordenadas trazadas por la necesidad de una vida libre. Así, para Gustavo Bueno, la vida del sabio –que para nosotros es equivalente a la vida de su amigo y a la vida de quien es leal a la filosofía– es siempre una vida firme, inmutable, en incesante agitación, pero orientada por un destino proyectado como fin personal que debe mantenerse invariable tanto en tiempo de calma y de bonanza como en tiempo de tempestad.

Según lo señalado hasta ahora, lo decisivo para “hacer frente al mundo” es comprender que la escala de la individualidad operatoria en la que todos nos encontramos, jamás aparecerá en un horizonte metafísico poblado de sustancias eternas e inmutables, sino al contrario, surgirá siempre en un horizonte social y político que irá dibujando ¾según formas muy particulares de articulación¾ diferentes modelos de racionalidad crítica y de conducta operatoria. Bajo estos supuestos se condena radicalmente cualquier forma de filosofía histórica o dogmática que pretenda hacer que los individuos crean que la racionalidad crítica e, incluso, el ejercicio de la filosofía, puede ejecutarse desatendiendo el análisis sobre cómo los saberes mundanos, políticos, científicos y religiosos, van configurándose históricamente en el espacio antropológico de un presente siempre en marcha.

Suponer que los individuos estamos desprovistos de cuerpo, historia, lenguas nacionales, técnicas, instituciones, ciencias, religiones o espacios políticos será considerado en este programa de investigación como una imprudencia del individuo que razona, pues tarde o temprano, esta errada suposición provocará que cualquier comprensión que se tenga de ellos, de sus construcciones o relaciones con el entorno y sus semejantes, resulte confusa, incompleta o contradictoria. De hecho, desde esta perspectiva, se atribuye el origen de toda confusión –sea en el campo de las ciencias, las artes, las técnicas o aun la vida cotidiana– a la incapacidad de clarificar cómo los diferentes saberes del presente se organizan, oponen, reabsorben o extienden a través del tiempo. En este mismo sentido, aquí se defiende que es imposible ser leal a la filosofía amparado en concepciones filosóficas cuyo contenido pretenda roturar al presente desde un pretérito inmaculado o desde una profunda indiferencia por los modos en que los diversos componentes del mundo se van organizando, diferencialmente, en función a determinados contextos geográficos, criterios normativos o sociedades políticas.

La lealtad a la filosofía se entenderá así, como una producción moral efectiva y continua en individuos de carne y hueso, que tendrá por resultado permanentes acontecimientos de libertad, esto es, actos continuos cargados de valentía y riesgo que irán dibujando paulatinamente el camino hacia un nuevo “atreverse a saber”. El riesgo de llevar a sus últimas consecuencias esta lealtad consiste en que, quien decida someter a crítica los fundamentos de su presente, encontrará ¾en cualquier momento y por cualquier flanco¾ opositores furiosos que intenten evitar a toda costa que los conceptos e ideas con los cuales ha dado sentido a su vida, sean puestos en entredicho, reducidos al absurdo o, inclusive, sean triturados por una racionalidad crítica que no dejará pasar la oportunidad de evidenciar el trasfondo ideológico o la condición de impostura de aquello que muchos tienen por verdad. Cabe advertir que esta crítica sobre los fundamentos del presente irá siempre acompañada de una violenta sanción político-institucional, pues difícilmente el individuo atrincherado en su estilo de vida estará dispuesto a prestar oídos al filósofo para salir de una caverna que sólo proyecta sombras. De cierta manera es más cómodo para el individuo encadenado ¾que quizás hoy tenga forma de consumidor o ideólogo¾ manejarse en un mundo de apariencias construido sobre el “reino de los discursos” antes que sacrificar sus fantasías y experimentar desasosiego al descubrir que aquello que tenía por verdad no era más que pura mitología oscurantista.

Desde la perspectiva de este programa es justo en ese momento de persecución, combate y riesgo, cuando el filósofo puede expresar su lealtad por la filosofía en toda su potencia y vigor. A este respecto, Gustavo Bueno (1993) afirmará que la crítica filosófica no podrá detenerse ante ninguna fachada social, burocrática y cultural, ni podrá dejarse impresionar por ninguno de los argumentos de la estructura de esa misma fachada, sino que, antes bien, deberá buscar, a costa de lo que sea y por cualquier medio, penetrar en su interior y desmantelarla.

Vista así, la lealtad consiste en mantener –frente a la perpetua indisposición de cada nuevo tiempo– la continuidad de todas las decisiones morales del “atreverse a saber”.Ahora, este atrevimiento no es otra cosa más que el ejercitar una filosofía crítica que busque la sistematicidad actualista de los contenidos dialécticos producidos por el enfrentamiento inagotable de las diversas formas de organización del presente. Aquí. el “atreverse a saber”no es simplemente generar filosofías espontáneas, privadas de establecer conexiones entre saberes, tradiciones o contextos y, por esto mismo, privadas también de establecer visiones sistemáticas de fenómenos, estructuras o épocas. Por ello, es inadmisible aquel contenido filosófico que, en aras de una mundana objetividad, sea reduccionista, aislacionista e incapaz de procurarnos visiones de conjunto al momento de encarar los fenómenos. En esta geometría de ideas, será nula la estima que se tendrá entonces por aquellas filosofías que pretendan hablar del lenguaje, la cultura, la ciencia, el hombre, la sociedad o la psicología, desentendidas de cualquier “parámetro” que posibilite una conexión sistemática entre los saberes del presente. Aquí esas filosofías serán tildadas de tibias y confusas.

Hay que dejar en claro que el espíritu filosófico que anima este proyecto, es el propio del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, pues, a nuestro juicio, es el único sistema filosófico disponible en la actualidad que no teme encarar críticamente los contenidos científicos, políticos y religiosos del presente y que tampoco duda en señalar cuando éstos dicen más de lo que sus propios fundamentos les permiten. Se toma partido por dicha perspectiva al considerar que, a diferencia de otros, este modo de ejercer la filosofía integra siempre en su quehacer crítico-dialéctico al lenguaje, las motivaciones y las metodologías propias de los saberes de la época; además, reflexiona sobre cómo éstos lograron una articulación histórica que no deja de manifestarse una y otra vez en el horizonte de nuestro presente.

El Materialismo Filosófico no se espanta al adentrarse en la caverna que proyecta sombras ni al ensuciarse las manos hablando en los propios términos de las ciencias categoriales o de los saberes con los que se pretende vincular. Por ello, no hay que tener reservas al decir que provee de un aire renovado a la filosofía, pues su apego al presente se expresa, en todo momento, en su deseo por combatir cualquier mitología a través de su vocación de sistema. En este sentido, el Materialismo Filosófico no es una filosofía irresponsable que busque clarificar tibiamente una porción de los componentes de lo real sin esforzarse –con el riesgo y la polémica que implica– en establecer una continuidad explicativa con otros estados de cosas y otras modulaciones del saber. La vocación de sistema que lo caracteriza no es un acto de vanidad de sus constructores, más bien, es un hecho de responsabilidad moral-intelectual. Desde sus postulados resultaría insensato que alguien pretenda ofrecer por razonamiento filosófico, especulaciones inconexas, incapaces de dar cuenta del regressus y del progressus de los cursos operatorios necesarios para la constitución de un determinado fenómeno o saber.

En coherencia con los fines aquí planteados, aquellas explicaciones que pretendan abordar fenómenos con un mayor nivel de complejidad material, formal y pragmática que aquellos que están siendo ofrecidos como “causas”, serán acusadas de imposturas, pues, justamente, no lograrán explicar el regressus y el progressus a través del cual se lleva a cabo el incremento cualitativo y cuantitativo entre dos estados de cosas. La incapacidad de estas explicaciones provoca que, muchas veces, se tengan concepciones completamente erróneas de los fenómenos a estudiar, pues habrá espacios y momentos en el curso de las transformaciones de los fenómenos que permanecerán completamente ignorados y segregados de cualquier posibilidad de estudio.

Desde estos planteamientos, las explicaciones que depositen en los genes, las neuronas, los quarks, los números, las estructuras sociales o la historia, la razón unívoca de fenómenos tan complejos como el “aprendizaje”, “la conducta moral” o “la naturaleza divina” –entre otros tantos que están en boga en la filosofía espontánea de los científicos– serán desacreditadas. Como bien lo expresa Gustavo Bueno: “El sistema es la única forma de pensar filosóficamente y pensar sin sistema es una indecencia” (Muniente, 2015).

Además, el mismo autor reitera que una auténtica filosofía sistemática es aquella que destruye polémicamente el material que no resulte integrable en su propio proceso, ya que, en cierto modo, puede decirse que se alimenta de aquellos materiales que ha destruido. Habría que decir también que esta filosofía es siempre “heterótrofa” pues su verdad sólo se conforma –a diferencia de la verdad científica– como negación dialéctica de la verdad pretendida por otros sistemas filosóficos. Siguiendo a Gustavo Bueno, la filosofía sistemática es esencialmente “crítica” no porque logre adecuar, tramposamente, un determinado estado de cosas a unos determinados márgenes arbitrariamente establecidos, sino porque puede “triturar” los órdenes de cosas alternativos propuestos por otros sistemas filosóficos. Lo anterior significa que la verdad de un sistema filosófico históricamente dado, puede medirse por su capacidad destructiva de sistemas filosóficos alternativos o predecesores (Bueno, 1984). Basta considerar el desarrollo de la llamada “historia de la filosofía” para constatar cómo la emergencia de sus diferentes propuestas a través del tiempo no ha sido otra más que la impulsada por los debates, las críticas, las rectificaciones y las trituraciones de unas ideas filosóficas por otras. Así, por ejemplo, el paso del platonismo al aristotelismo, del tomismo al racionalismo cartesiano o del empirismo humeano al criticismo kantiano, no podría explicarse si no se asumiera que la verdad de un sistema filosófico depende de su capacidad para destruir los sistemas alternativos.

Para Gustavo Bueno, no es imprudente hablar de “grados de verdad” en filosofía, pues, aunque cada corriente participa de esta última, la verdad filosófica, en su sentido más radical, está en posesión de aquel sistema que gracias a la trituración-superación de los otros, logra edificarse y tomar forma por encima de ellos. Por tanto, no es legítimo del filósofo verdaderamente crítico despreciar o ignorar filosofías distintas a la suya, dado que son ellas mismas las que aportan el material desde el cual la propia concepción sistemática cobrará potencia. Dicho de otra forma, para Gustavo Bueno, cada sistema filosófico es como un animal de presa que vigila y conoce atentamente otros sistemas filosóficos, pues de ellos depende –una vez abatidos– su propia verdad.

Hay que apuntar que la filosofía crítica de sistematicidad actualista con la que se compromete este programa de investigación, reconoce que es imposible pensar filosóficamente algún contenido si no se tiene por supuesto que el propio presente –con todas sus contradicciones, desavenencias y puntos ciegos– da dirección y materia prima a la reflexión. Esto significa que hay que aceptar a priori que cualquier construcción filosófica, por maravillosa y convincente que resulte, posee un tiempo relativamente corto de vida, y que sus “contenidos” más que sus “formas”, “métodos” o “estrategias”, están en constante cambio, deterioro o evolución.

En esta misma línea de argumentación, se aclara que este proyecto combate con igual nivel de beligerancia, a las filosofías y psicologías que pretenden congelar el devenir del tiempo y el análisis de los asuntos humanos suponiendo que se encuentran exentos de cualquier modificación producida por los diferentes niveles de organización inclusiva-progresiva de la materia. Desde esta posición, las dimensiones fisicoquímicas, biológicas, etológicas, psicológicas, sociológicas e históricas, cambiantes por definición, atravesarán indefectiblemente la escala de lo humano y, en este sentido, cualquier reflexión filosófica sensata que busque pronunciarse sobre ella, debe mantener un diálogo permanente con las ciencias que aportan algo atributivamente a su comprensión. Lo anterior no significa que el programa mentado esté comprometido con el ingenuo principio según el cual “todo está relacionado con todo”, sino que más bien, se interesa en el hecho de que cualquier asunto humano está material, formal y pragmáticamente delimitado por el entrelazamiento sincrónico de múltiples dimensiones.

Conviene subrayar que el análisis y la propuesta que se lleva a cabo es de naturaleza eminentemente filosófica, pues su contenido atraviesa diversos campos disciplinares como el de la ecología, la biología, la psicología, la historia, la economía, la antropología y la sociología. Aquí, la filosofía se entenderá como un “saber de segundo grado” que no posee un campo categorial cerrado a la manera de la física, la matemática o la biología, dado que, stricto sensu, el “campo de la filosofía” es uno demarcado por la crítica sistemática-actualista de las contradicciones, analogías, alcances y limitaciones de los saberes que configuran al presente. Por esto mismo, su ritmo de transformación es más lento que el ritmo de cambio en las realidades científicas, políticas o sociales de las que se deriva. De este modo, la necesidad de ejercer una filosofía verdaderamente crítica se acentuará cada vez que los saberes científicos, políticos, religiosos, mundanos o artísticos, pretendan conquistar más de lo que les es propio o busquen legitimar su preponderancia en asuntos que les son completamente lejanos o inaccesibles.

El ejercicio de la filosofía es, desde las coordenadas del Materialismo Filosófico, un acto de permanente combate contra aquellas fuerzas ideológicas que buscan avalar o naturalizar su posición sobre un determinado estado de cosas, aun a sabiendas de que ésta sólo es una entre tantas o deriva, simplemente, de un interés particular o efímero. El “atreverse a saber”del que aquí se habla, adquiere entonces su mayor nivel de radicalidad en la medida en que se reconoce que el contenido de sistematicidad-actualista buscado para la filosofía, por más imprescindible que parezca, debe sacrificarse después de cierto tiempo, dado que, tarde o temprano, se dará el caso de que resulte ridículamente anacrónico para un presente que se estructura y modifica al ritmo de las formas de vida y el avance tecnocientífico de la época.

En el momento en que la lealtad a la filosofía se conciba como un acontecimiento “moral” más que como uno “intelectual” o “pragmático”, su ejercicio tendrá un valor adicional pues se deberá a la osada superación del miedo implicado en toda confrontación. Por eso, según la frase atribuida a Croce, “pensar será siempre pensar contra alguien”. Será pensar contra el dominio ejercido por la ideología que soporta a los saberes políticos, científicos y religiosos cultivados en el presente y también contra la tradición, la seducción de la idea caprichosa, el miedo a discurrir contra la propia ignorancia o el miedo a errar.

Ser leal a la filosofía no resulta sencillo en el presente que vivimos, ya que éste nos ofrece innumerables tentaciones que roban al pensamiento su poder combativo y lo arrojan a un destino de recursividad y desfallecimiento. La tentación de sorprender o innovar a cualquier precio, de reproducir o institucionalizar una idea a pesar de sus carencias, la de canjear la vocación constructiva del pensamiento y la acción por algún esteticismo fugaz, hacen que esta lealtad se convierta casi en una labor imposible. Por si esto fuera poco, los temas de nuestro tiempo, al igual que nuestros intereses y nuestras formas de vida, han ido reduciendo tan dramáticamente las ocasiones para la filosofía que ni el científico, el artista, el hombre común, ni el mismo profesional de la filosofía, se preocupan por ser leales. Quizá, este desinterés se deba a que los diversos contextos geográficos y sociales, por no decir geopolíticos, están siendo paulatinamente secuestrados por una suerte de expansión neoliberal que no sólo modifica dramáticamente nuestros saberes, intereses y formas de vida, sino también diluye nuestra capacidad filosófica de pensar los asuntos más urgentes del presente.

Neoliberalismo, presente y praxis filosófica

La globalización neoliberal que ha fundamentado su existencia en la libertad de flujo de mercancías y capitales, en la ausencia de intervención estatal en la organización del mercado y en el culto a la propiedad privada y la libre competencia, está generando muchos individuos completamente desconectados material, simbólica y cognitivamente, tanto del punto de vista de conjunto, como del ejercicio filosófico profundo. Ser hoy leal a la filosofía es muchas veces incompatible con los intereses de un mercado que busca hacer creer a los individuos que encontrarán su plenitud personal, social y política cuando experimenten lo que significa dar rienda suelta a todos sus deseos y caprichos. No es gratuito que el propio Hayek –uno de los más grandes impulsores del neoliberalismo– haya declarado desde 1944 en Camino de servidumbre, que hay que dejar a cada individuo seguir sus propios valores y preferencias antes que los de cualquier otro, esto es, que el sistema de fines dictado por uno mismo debe ser supremo dentro de estas esferas y no estar sujeto al dictado de nadie más.

Como es de esperarse, este torcido programa de expansión neoliberal –que parece haberlo trastocado todo: medio ambiente, salud, economía, política, arte, religión, ciencia y estilo de vida– tarde o temprano será una barrera para el ejercicio de la filosofía, ya que promoverá la formación de muchos individuos con un insipiente nivel de racionalidad que no podrán desbordar el perímetro del simple razonamiento económico. En situaciones límite, estas nuevas formas de ejercer el razonamiento remitirán a disfunciones sociales mayúsculas, a modos de funcionamiento profundamente patológicos y a procesos de desrealización individual, interpersonal y social, que harán imposible cualquier idea de coherencia o visión de conjunto. Por tanto, el individuo que hoy pretende ser leal a la filosofía muchas veces es transformado por uno de manufactura neoliberal que tiene como rasgos fundamentales la innegociable adherencia a sí mismo, la insalvable condición de encerramiento autológico y el insuperable narcicismo como modo primordial de fundar relaciones y establecer estrategias de evitación o armonización de sus inconsistencias vitales.

Para Contreras (2015), el programa de expansión neoliberal se ha trazado como meta el diseño de un individuo, de una antropología y una sociedad que no entren en conflicto con la economía del libre mercado, sino que la potencien, la legitimen y la hagan sobrevivir a costa de cualquier asunto. Lo que intenta hacer esta “razón neoliberal” es reescribir la economía de mercado como una pulsión de fuerzas naturales y ocultar, a través de esta operación, a las instituciones, los individuos, los actores globales y locales que la hacen posible. Con esta tramposa maniobra narrativa, opina Contreras, se busca plantear el orden económico imperante como la única forma posible de vida y subsumir la realidad a un solo factor explicativo-comprensivo que abra camino a una visión totalitaria, pero reduccionista, del mundo social.

Si bien el diagnóstico que hace Contreras es bastante acertado desde el punto de vista sociocultural –pues pone de relieve la tendencia que la mayoría de las sociedades políticas tienen de asimilar todos los asuntos humanos desde las coordenadas del neoliberalismo–, lo cierto es que, de no hacer los matices suficientes, se corre el riesgo de interpretarlo como un discreto lisologismo que no distingue entre las diferentes formas en que este modelo económico-cultural fue abriéndose paso, experimentando resistencias, nulificándose o ecualizándose con otros modelos económico-culturales tanto al interior como al exterior de las clases sociales y los Estados. Contreras acierta al reconocer que el neoliberalismo se ha propuesto diseñar un individuo y una sociedad en armonía con la economía del libre mercado, no obstante, el postular una“razón neoliberal”homogénea que se extiende por sobre todas las cosas y, sobre todo, el no matizar suficientemente la forma en que este proyecto expansivo de carácter económico-cultural ha encontrado –según la evidencia histórica, geográfica y política disponible– diferentes formas de expresión, hace suponer que su concepción de la historia y la economía política aún está anclada en el modelo económico marxista ortodoxo, según el cual, la humanidad es una suerte de masa homogénea encarrilada en un proceso lineal, progresivo y de crecimiento continuo, cuyo objetivo único es producir un mejoramiento sistemático de los medios de producción para llegar a un “estado de cosas definitivo” en el que el Estado, la lucha de clases y los modelos económico-culturales alternativos queden completamente nulificados por un neoliberalismo que se postule así mismo como la fuerza sine qua non y el motor definitivo de los procesos históricos y sociales.

En relación a lo erróneo que pudiera resultar ajustarse a este modelo de historia, Gustavo Bueno (2001) nos recuerda que, de seguir al pie de la letra el manual marxista-economicista –en virtud del cual después del esclavismo viene el feudalismo y luego el capitalismo–, seríamos incapaces de explicar, por ejemplo, por qué cuando España colonizó América no lo hizo a través de un esquema económico burgués; por qué, para organizar la administración de las Indias durante la época del absolutismo fue necesario entremezclar esclavismo con feudalismo o por qué, durante la expansión capitalista de Inglaterra, Francia y Holanda entre los siglos XVIII y XIX, se configuró una nueva forma de esclavitud.

Sin lugar a dudas, el neoliberalismo es un modelo económico-cultural de gran fuerza que busca abrirse paso en las sociedades políticas a través del ocultamiento de todo lo que no encaje en su dinámica y, frecuentemente, cuando se habla de él, se da por supuesto que todas las regiones del mundo están marchando a su mismo ritmo o están buscando integrarse a su desarrollo ciegamente. Sin embargo, un vistazo a la actual geopolítica y antropología demográfica, nos demostrará que el neoliberalismo no se ha dado en todas las regiones de la misma forma ni con el mismo nivel de apego al capitalismo mercantil o financiero. Si revisáramos las diferentes maneras en que se ha expresado, nos daríamos cuenta que todas ellas han sido configuradas por variables de orden ecológico, demográfico, mercantil, jurídico, psicológico, tecnológico, educativo, político, religioso, etológico o geográfico que hacen imposible trazar una distribución homogénea de su influencia. Así, por ejemplo, el hecho de que Estados Unidos se haya independizado de Inglaterra de la mano del calvinismo y el anglicanismo –y con ello de Europa, del catolicismo y del feudalismo– permite explicar por qué sus estructuras económicas, políticas y sociales fueron más progresistas, dinámicas y competitivas que las que regulaban todavía a muchos países europeos de aquel tiempo. O el hecho de que Japón haya sacado todo el provecho a su monarquía constitucional en la segunda mitad del siglo XX, permite explicar por qué logró configurar “el milagro japonés” vía un capitalismo tardío, pero proporcionalmente más autónomo que el de otros países.

Como podemos ver, el neoliberalismo ha tenido diferentes destinos y formas de expresión económica, política y cultural en cada tipo de sociedad o bloque geopolítico. En América del Norte, Europa Occidental y Japón, su dinámica se encuentra mayormente asociada con un elevado Producto Interno Bruto e ingreso per cápita, con mayores índices de educación, calidad de vida, gasto público e industrialización. En contraste, en lugares como África, América Latina y Oriente Medio, el neoliberalismo se ha expresado en una mayor dependencia a los países avanzados, en exportaciones de productos primarios y manufactura de artefactos de poca tecnología, en infraestructura de baja calidad para el desarrollo mercantil, en descomposición institucional a través de la corrupción, en desigualdad social profunda y en bajos índices de calidad de vida, educación e ingreso.

Grosso modo, en cuanto tendencia económico-cultural, el neoliberalismo difícilmente tendrá un destino homogéneo en las sociedades políticas, pues su morfología, a la par que su nivel de influencia, estará determinada por el nivel de intervención del Estado en la economía, el grado de profundidad financiera en las regiones, la tendencia a la apertura económica y concentración geográfica del comercio y, especialmente, el nivel de socialización de las pérdidas y las ganancias financieras. Por tanto, en definitiva, valorar lo que el neoliberalismo ha construido como fuerza histórica del presente, exige que aquel que busque ser leal a la filosofía tenga la capacidad racional y operatoria de discriminar en qué medida esta “idea fuerza” ha ganado espacio en terrenos que no debería, o está haciendo creer a los individuos, a toda costa, que su capacidad modeladora de la realidad es definitiva, irreversible, contundente y exenta de cualquier proceder dialéctico. Quien hoy busque ser leal a la filosofía se enfrentará con el desafío de relacionarse críticamente con el neoliberalismo y con cuanto éste ha tocado –ya sea para bien o para mal–, con el mismo cuidado, rigor y capacidad reflexiva-operativa con la que, en su momento, el filósofo antiguo se relacionó con la mitología griega o el filósofo medieval con la teología dogmática. La lealtad a la filosofía hoy deberá expresarse como crítica radical a cualquier fundamentalismo, sea éste económico, democrático, religioso o científico, y como apertura a la transformación del mundo a partir de reconocerlo como un pluralismo discontinuista de materiales que se han enfrentado dialécticamente a lo largo de la historia. En este sentido, tanto individuos como sociedades políticas se diferenciarán y jerarquizarán en la medida en que tengan la capacidad de reconocer el modo en que se está configurando el presente en el que habitan.

Gustavo Bueno (1995) opina, en este orden de ideas, que una sociedad –aristocrática o democrática– se diferencia de otra en la medida en que posee ciudadanos capaces de estar al tanto, con un grado de información doxográfica suficiente, de las alternativas posibles que se abren a propósito de cada cuestión disputada y según la proporción de ciudadanos capaces de argumentar sus juicios sobre cualquier asunto incorporando los argumentos de sus rivales. En efecto, la filosofía servirá, según Gustavo Bueno, para que en la plaza pública de hoy cualquier ciudadano –ya sea carpintero, periodista, político, ama de casa o científico– que defienda una opinión sobre la libertad, el aborto, la objeción de conciencia y cualquier otro asunto, no haga el ridículo presentando como propias, tesis que forman parte de un sistema que desconoce o como si fueran descubrimientos personales determinados lugares comunes de cuyo alcance no tiene siquiera noticia.

Como advertimos, el miedo a pensar con sistematicidad actualista ha colonizado ya buena parte de los espacios disponibles para juzgar, experimentar, crear, disentir, allanar o clasificar; e incluso muchas ideas, ciencias, disciplinas, tendencias artísticas o formas de vida, han logrado sobrevivir en el tiempo o sobrelegitimarse sin ninguna crítica sustantiva a sus propios fundamentos y sin ninguna visión ni prospectiva ni retrospectiva de sus proyectos. Las modas, mitos e ideologías aprobadas por el neoliberalismo parecen decidir no sólo las formas legítimas de construir conocimiento, sino también los modos apropiados de ejercer el carácter moral de un pueblo o las maneras ideales de experimentar la vida en su sentido más general. El culto al desarrollo de habilidades técnicas, la acumulación de bienes materiales, el ejercicio irrestricto del placer, la productividad rampante y la explotación a terceros, parecen hoy más que nunca estar al asalto de cualquier ocasión para la filosofía: a la persecución de cualquier nuevo “atreverse a saber”.

En un panorama como el nuestro, en el que el credencialismo, el consumismo, el individualismo, el esteticismo, la miopía histórica y los fundamentalismos se han convertido en las formas dominantes de experimentar la vida social, personal y profesional, el llamado a la filosofía –en tanto sistematicidad actualista de contenidos dialécticos producidos por el enfrentamiento de las formas de organización del presente– debe ser “vociferante” cada vez que las dudas, los sinsabores o los errores ronden nuestras vidas, ciencias, convicciones políticas o nuestra visión del futuro. Por ello, el ejercicio de la filosofía deberá asimilarse como una actividad fundamentalmente “crítica” que permita la orientación frente aquellas situaciones problemáticas e insolubles que desborden el saber disponible en un momento específico y que también permita el cuidado, la integridad y la coherencia de aquellas ideas o proyectos que pretendan conseguir más de lo que sus propios fundamentos podrían darles.

Habrá que puntualizar que la razón última del ejercicio filosófico no es el ocio, ni siquiera el amor a la sabiduría, sino la supervivencia. Quien hace filosofía lo hace porque el presente en el que se encuentra le arroja un sinnúmero de contradicciones, sinsentidos y confrontaciones que es inevitable ¾en términos de supervivencia psicológica, social y política¾ intentar poner en armonía, por lo menos en términos de representatividad de lo real, todo aquello que resulte hostil, contradictorio o confuso. Con esto se quiere decir que el lugar natural de la filosofía será el conflicto y su ejercicio se deberá siempre a la sospecha de que a través de ella será posible vislumbrar alternativas prometedoras para remediar cuanto se presenta como problemático e insoluble.

Quizá la metáfora más afortunada para caracterizar el papel que la filosofía tiene en el presente sea aquella que asemeja su ejercicio al trazado de un mapamundi. Mal entendida, esta metáfora podría llegar a sugerirnos que la filosofía es un ejercicio de adecuación definitiva a lo real, no obstante, si la entendemos como se debe, tendríamos que advertir que la adecuación se establecería no tanto entre el mapa y el terreno, sino entre las relaciones pragmáticas del sujeto con el terreno y con el mapa que representa a aquél. Como el mapa se supone levantado sobre el terreno a una escala determinada, establecida por el sujeto, es obvio que los puntos señalados en él habrán de adecuarse al terreno cuyos accidentes han sido seleccionados pragmáticamente. Esto significa que la adecuación, más que ser su criterio de verdad, constituye su definición. Así, la verdad del mapa sólo tendrá sentido por su confrontación con otros mapas y por su potencia para incorporar mayor número de accidentes y relaciones en función de los intereses pragmáticos del sujeto que lo utiliza. En cualquier caso, el mapa es la representación superficial de un terreno que debió haber sido recorrido, surcado o labrado previamente, pero también, la ocasión para representar lugares vacíos, lagunas o profundidades aún no recorridas.

Según Gustavo Bueno, el mapa se apoya en los accidentes del terreno, en los vértices geodésicos y en las concreciones o nódulos definidos. Además, no sólo registra esos nódulos reales, sino que busca incorporarlos a un entramado de relaciones mediante líneas o coordenadas artificiosas, aunque no más artificiosas que los perfiles de los referidos accidentes del terreno. En síntesis, para este autor, la filosofía entendida como un mapamundi no interviene propiamente en el hacerse del mundo, pero sí participa en la dirección de los pasos que cada uno podrá dar en él. De modo que el mapamundi, en tanto metáfora de la filosofía de sistematicidad actualista, puede llegar a ser, en un momento dado, indispensable para seguir pisando el terreno y avanzar o, definitivamente, huir de él. Por eso, como se ha dicho en líneas anteriores, quien hace filosofía lo hace por supervivencia y porque busca una mejor orientación para andar en el terreno que pisa (Bueno 1999).

Bajo esta óptica, el programa de investigación que aquí se presenta reconoce la necesidad de incorporar a los mapamundis del presente lugares vacíos, lagunas, profundidades o accidentes del terreno apenas advertidos. Se parte de suponer que los mapamundis ofrecidos por algunas teorías de la ciencia y, sobre todo, algunas teorías psicológicas, como modelos de orientación tanto en el mundo como en la vida, o bien tienen trazos tan burdos que apenas logran un sentido mínimo de orientación, o bien, la precisión de sus trazos apenas alcanza una visión de conjunto. El propósito fundamental que mueve este programa es, entonces, dibujar una imagen de las ideas de “ciencia” y “psicología” lo suficientemente nítida para no extraviarse en reflexiones fútiles que sigan pensándolas de manera unívoca y sin ningún nivel de variabilidad en sus contenidos materiales, formales y pragmáticos. Aunque ambas ideas se dicen de muchas formas, el acercamiento más prometedor que se podría tener a cada una es aquel que se derive de un análisis de su diversidad y concreción histórica.

Basta ver al mundo, sus desgracias y sus dinámicas, para percatarse del papel tan mezquino que ha tenido la filosofía dentro de la configuración del presente y reconocer la urgencia de generar filosofías especiales que permitan a las ciencias, las disciplinas y las formas alternativas de generar conocimiento, distinguir entre las pretensiones que cada una tiene respecto de las demás y respecto de la porción de mundo con la que tratan. Es necesario construir metodologías o estrategias de diálogo que eviten que la especialización del saber termine en un fundamentalismo o en un reduccionismo de los elementos constitutivos del mundo. Es también urgente que la filosofía vuelque su ejercicio crítico sobre casos puntuales, situaciones específicas y ciencias particulares, para luego articular estrategias que permitan un progressus hacia nuevas formas de diálogo entre saberes que posibiliten visiones de conjunto.

Si bien, la filosofía debe tener como tarea fundamental conseguir reflexiones generales que subsuman los límites de lo particular, no está demás considerar, desde el punto de vista de este programa, que hay más posibilidades de lograrlo si su ejercicio se debe a un regressus sobrela especificidad de aquellos cuerpos de conocimiento que ya lograron separar su campo de investigación de la filosofía. Volcar esta filosofía de sistematicidad actualista sobre la especificidad de éstos, tiene como consecuencia positiva el que cada especialista vea la posibilidad de dinamizar u optimizar su propio campo de investigación debido a la cercanía que el lenguaje y la práctica de la filosofía muestran con su quehacer. Por otro lado, aquí la filosofía no será anticuada, ingenua o imprudente respecto de las maneras en que cada ciencia, disciplina y forma de conocimiento construye sus relaciones con el mundo. Recordemos que, si miráramos desde un punto de vista histórico a las distintas figuras antrópicas que han ostentado cada nuevo “atreverse a saber”, nos veríamos en la necesidad de reconocer que antes de la aparición del científico estuvo la del filósofo, la del poeta y la del mitólogo; que la aparición de cada uno de ellos se debió, entre otras cosas, a la aparición de nuevos objetos, sujetos, campos de investigación, instrumentos de medición, lenguajes, metodologías de análisis y maneras de inteligir. Dicho esto, es preciso reconocer que la filosofía y las diferentes ciencias están en momentos noológicos distintos y que, debido a ello, su relación no puede ser de absorción o indiferencia, sino al contrario, de ampliación y enriquecimiento.

El papel que la verdadera filosofía crítica debe jugar en la configuración del presente en tanto forma valiente de “atreverse a saber”, no puede desentenderse de los adelantos, metodologías o estrategias que cada disciplina y forma alternativa de generar conocimiento, ha construido a través del tiempo para relacionarse de una forma más lúcida con los fenómenos de su interés. Por ejemplo, para Gustavo Bueno (1995), salvo que practiquemos la poesía, no podremos hablar ingenuamente del agua como lo hacía Tales de Mileto, pues el agua de nuestro mundo está ya conceptualizada por la física y la química y sólo desde sus conceptualizaciones podemos hoy regresar hacia las ideas con las que alguna vez estuvo vinculada. Así, el correcto ejercicio de la filosofía de la ciencia, de la filosofía del arte o de la filosofía de la religión, no puede iniciarse –según la caracterización hecha desde el principio de la filosofía– sin referir a una práctica artística o religión en particular y sin remitir a un entramado de relaciones que fue necesario establecer entre otros saberes y el tópico en cuestión para que este último tuviera sentido. En suma, aproximarse a un tópico desentendido de cualquier parámetro que guíe la reflexión o abandonado de las relaciones atributivas que guarda con otros saberes es tan infructuoso como querer recorrer la distancia que hay entre un punto y otro sin tener noticia alguna de dónde está cada uno.

Ciencia, saberes exentos del presente y porvenir de la psicología

Lo dicho hasta aquí supone que no se puede pensar en la filosofía de la ciencia asumiendo que existe una ciencia solamente o que todas las habidas se constituyen con los mismos elementos. Una filosofía de la ciencia que busque “atreverse a saber” debe reconocer que cada ciencia se organiza de una manera única y, difícilmente, los elementos que dan lugar a una son comparables con los elementos que conceden lugar a otra. A pesar de esto, no es imposible proponer una serie de categorías que, comunes a todas las ciencias, cobren sentido sólo cuando se doten de contenido por la especificidad de sus campos. Por dicha razón, la “cientificidad” no será un género que se distribuya entre las diferentes ciencias, sino, más bien, una cualidad aplicable a diferentes estructuras mediante la identificación de sus recurrencias.

Es muy ingenuo suponer que los “elementos constitutivos” de ciencias como la física o la matemática son análogos a los “elementos constitutivos” de la biología, la topología o la química. También es inocente suponer que todas estas ciencias no poseen “categorías” comunes que permitan diferenciarlas de las religiones, las artes o las culturas. La filosofía de la ciencia no puede seguir pensándose como si estuviera soportada ex nihilo o como si se refiriera a todas las ciencias y a ninguna en particular. Una filosofía de la ciencia prometedora será, entonces, aquella que permita analizar los modos en que una ciencia en específico se configuró como tal, o los modos en los que un determinado cuerpo de conocimientos que aspiró a serlo, lo consiguió. A la par, una filosofía de la ciencia que busque consumar estos ideales sólo podrá organizarse como una actividad crítica cuando analice a diferentes ciencias que, incontrovertiblemente, se han constituido como tales, o bien, a diferentes cuerpos de conocimiento que intenten serlo. Ya sea en un caso o en otro, la filosofía de la ciencia que pretenda ceñirse bajo esta perspectiva debe tener –por necesidad lógica– una idea muy clara de la ciencia. De ahí que, este programa de investigación se vale de la idea de ciencia construida por la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno y asume que ésta se constituye cuando se fija un paradigma de “ciencia” capaz de establecer relaciones con las ciencias particulares en la medida en que éstas repitan su configuración.

La teoría de la ciencia que se propone para analizar a las diferentes ciencias o a los diferentes cuerpos de conocimiento que pretendan serlo, supone que cada ciencia es algo dado históricamente y que el problema de su demarcación consiste en diseñar un modelo de ciencia que permita relacionarlas entre sí. En este entendido, la filosofía de la ciencia que aquí se desarrolla no analizará a ciencias incontrovertibles como la física, la química o la biología, más bien analizará a un cuerpo de conocimiento que intenta serlo: la psicología. Se asume que el caso de la psicología es el de un cuerpo de conocimientos que actualmente –y desde que surgió– se encuentra en un constante debate sobre su condición de ciencia, de profesión o, simplemente, de teoría de la experiencia subjetiva. Se admite que en caso de resolverse el debate a favor de su condición de ciencia, este programa de investigación indagará sobre qué tipo de ciencia es, cuáles son los límites de su campo de investigación, cuáles son los fenómenos o referentes que estudia y cuáles son las posibilidades de neutralizar las operaciones de los sujetos que construyeron su campo de investigación.

Pese a que un acercamiento filosóficamente prometedor a la psicología podría haberse iniciado desde el punto de vista de su condición de profesión o de teoría de la experiencia subjetiva, este programa opta por concebirla como un proyecto de ciencia que sólo después de cerrar categorialmente su campo de investigación podrá integrar con mayor certeza sus contenidos a los de otros cuerpos de conocimiento para formar una suerte de tecnología-profesión como algo radicalmente distinto de un oficio, y también podrá seleccionar con mayor grado de pertinencia aquellos fenómenos que, sin restar coherencia a su potencial estructura categorialmente cerrada, logren ensanchar progresivamente su campo de investigación. Por ello, en un sentido muy cercano al planteado por Horkheimer, este programa es leal a la filosofía, pues supera el miedo de cuestionar de modo frontal tanto a algunas de las teorías de la ciencia más reconocidas actualmente, como a varias de las concepciones en psicología más estimadas entre quienes las cultivan y se sirven de ellas. Además, es leal a la filosofía en tanto se esfuerza –aun con lo polémico que resulta– por hacer reflexiones de segundo grado acerca de las psicologías realmente existentes y de los diferentes saberes que, históricamente, las han configurado.

El objetivo principal aquí es llevar a cabo un análisis gnoseológico de las distintas propuestas en psicología contemporánea a la luz de la Teoría del Cierre Categorial para luego brindar, a partir de dicho análisis, algunas directrices sobre cómo podrían actualizarse o dar lugar a una nueva teoría psicológica. Para realizar dicha labor será necesario rastrear el origen histórico-material de la psicología mundana y explicar, a través de una historia contextual, cómo a partir de ese saber tecnológico se fueron derivando, desde finales del siglo XIX y hasta la fecha, propuestas en psicología académica que bien podrían clasificarse en conductismos, teorías psicoanalíticas, cognitivismos, neuropsicologías y humanismos. Apoyado en la historia interna de estas propuestas en psicología y de un análisis gnoseológico de su ejemplar más sobresaliente, se mostrará cómo, debido al hecho de que cada una surgió en un contexto histórico-material y teórico-metodológico muy distinto al actual, hoy resulta necesario, si se quiere hacerlas pertinentes al presente, nutrirlas con los nuevos hallazgos de las ciencias o reconfigurarlas para dar lugar a una nueva teoría psicológica. De esta forma, la finalidad que se persigue es la de promover el surgimiento del Operacionalismo Materialista Contextual como un embrión de teoría psicológica que buscará abordar algunas de las situaciones psicológicas más características de las sociedades políticas neoliberales.

Para llevar a cabo este proyecto será necesario el empleo de tres recursos metodológicos. En primer lugar, habrá que construir una “historia contextual” para identificar la serie de acontecimientos que, de manera diferencial en términos temporo-espaciales, influyeron en que cada teoría psicológica se constituyera de una determinada manera y no de otra. Esto implicará realizar múltiples análisis sobre las relaciones de codeterminación entre los marcos económicos, sociales, políticos, filosóficos y culturales a través de los que cada una adquirió su configuración.

En segundo lugar, se elaborará una “historia interna” de cada propuesta en teoría psicológica y se la utilizará a modo estrategia para trazar el itinerario de los debates teóricos, metodológicos y temáticos que surgieron en su interior. En este punto, el objetivo será identificar los procesos que permitieron a cada propuesta constituirse como un cuerpo doctrinal con una identidad propia capaz de diferenciarse completamente de otros. Lo interesante de esta historia será el abrirnos a la posibilidad de entender hasta qué punto la mayoría de los constructores de cada propuesta en teoría psicológica, al intentar legitimarse por encima de los otros, los desacreditaron, negaron e intentaron retraducir a sus esquemas, sin advertir que todos ellos, en conjunto, delineaban el verdadero rostro de la psicología.

En tercer lugar, se utilizará el “análisis gnoseológico” en tanto recurso definitivo para identificar en cada teoría psicológica: a) sus principios fundacionales y momentos de desarrollo, b) los “conceptos” que están siendo utilizados inapropiadamente en su campo y que más valdría incorporar como “ideas” al campo de la filosofía, c) las modulaciones de la idea de ciencia con las que se compromete (la ciencia como saber hacer, como cuerpo ordenado de proposiciones derivada de principios, como ciencia positiva o como extensión teórica de ciencia positiva), d) la familia de teorías de la ciencia con la que podría identificarse (descripcionismo, teoreticismo, adecuacionismo o circularismo), e) las diferentes maneras en las que se están neutralizando las operaciones (metodologías “α-operatorias” y “β-operatorias”, así como sus diferentes estados de equilibrio), f) los modos gnoseológicos a través de los cuales se organiza (modelos, metros, paradigmas, cánones, clasificaciones, tipologías, desmembramientos, agrupaciones, definiciones o demostraciones) y, finalmente, refiriéndose al ejemplar más sobresaliente de cada una de ellas, g) los términos, relaciones, operaciones, referencias, fenómenos, esencias, normas, dialogismos, autologismos y teoremas a través de los que se constituye.

Así, a partir de dicho análisis gnoseológico se pretende decir a la psicología qué es en relación con las no-ciencias y con otras ciencias en función de la idea de ciencia constituida por la misma “gradación de las ciencias”. Lo anterior quiere decir, según la Teoría del Cierre Categorial, que las relaciones que la psicología pueda mantener con otras ciencias deberán entenderse siempre a partir de criterios gnoseológicos, esto es, a partir de criterios que tomen en cuenta su verdad interna y, por ello mismo, su alcance en cuanto al control de la realidad.

Para Gustavo Bueno (1993), es aquí donde se advierte la imposibilidad de llevar a cabo un análisis gnoseológico a espaldas de un análisis ontológico, de modo que la determinación del alcance de cada ciencia implicará el cuestionamiento del alcance de su propio campo categorial en la realidad del mundo fenoménico y, paralelamente, el cuestionamiento de su relación con los campos constituidos por las otras ciencias. Hay que mencionar que cuando damos por supuesta la pluralidad de las ciencias –su relativa independencia e irreductibilidad mutua–, pero manteniéndola sobre el fondo de unos materiales intersectados en grado muy variado, el regressus hacia la determinación de las dimensiones y de los límites –del alcance de cada ciencia– se nos plantea como un regressus que desemboca en las cuestiones centrales en torno al significado de la disposición categorial de los fenómenos del mundo.

En este sentido, llevar a cabo un análisis gnoseológico de las diferentes propuestas en psicología contemporánea implicará clarificar la porción de la realidad con la que tratan y dejar en claro que, en tanto teorías psicológicas, sus fines no pueden confundirse con los de otras ciencias u otros cuerpos de conocimiento. Como es de esperarse, esta clarificación implicará dos momentos críticos-dialécticos: por un lado, será necesario dotarse de una teoría sobre lo real, esto es, de una teoría ontológica que pueda dar cuenta de los entrelazamientos de las diferentes porciones que la integran y, por otro, de un aparato crítico capaz de juzgar con prudencia, si es el caso o no que estas teorías psicológicas están abordando con independencia e irreductibilidad la porción de lo real con la que tratan. Dicho lo anterior, es evidente que este escrito se propone “poner en cuarentena” a la teoría psicológica contemporánea al intentar mostrar que muchas de sus teorías operan con modelos de ciencia apenas razonables desde el punto de vista de la evolución de la propia teoría de la ciencia, y al demostrar también que muchas situaciones del presente desbordan ya por completo el espíritu y las motivaciones que hicieron, en su momento, altamente efectivas a muchas teorías psicológicas.

Así las cosas, la apuesta de este programa de investigación es triple, dado que pretende mostrar cómo todas las propuestas de psicología contemporánea ¾incluso aquellas que se constituyeron como producto de la depuración de los vicios de sus teorías predecesoras¾ surgieron en su “estirpe y carácter” en situaciones históricas difícilmente analogables a las que está configurando el liberalismo económico surgido a partir de la caída del muro de Berlín y la disolución del bloque soviético. En este punto habría que decir que nada tiene de comparable la burguesa sociedad represora vienesa de finales de XIX que dio lugar al psicoanálisis freudiano, la naciente sociedad mainstream norteamericana que impulsó al conductismo watsoniano en la primera década del siglo XX, la altamente sensible sociedad de posguerra de los años sesenta que dio origen al humanismo o esta sociedad archicapitalista que está generando disímiles desarrollos, conflictos y formas de vida al interior de las diversas sociedades políticas.

La primera apuesta consiste en afirmar que, hasta ahora, ninguna psicología se ha preocupado lo suficiente por construir “nuevos fundamentos” para teorizar al nuevo individuo psicológico que está emergiendo de esta sociedad archicapitalista. Esto no significa que no se reconozca el mérito que tuvo, por ejemplo, el interconductismo de Emilio Ribes respecto del conductismo de Watson o el psicoanálisis de Lacan –incluso en la interpretación de Žižek– respecto al de Freud o el humanismo de Frankl en relación con el de Maslow. Lo que se afirma es que la situación histórica en la que hoy nos encontramos –cambio climático, sobrepoblación, migración, terrorismo, corrupción, enfermedades crónico-degenerativas, consumismo, nuevas formas de psicopatología, desigualdad social hiperbólica, secuestro de la vida privada por las telecomunicaciones, endiosamiento de la vida ociosa, etcétera– presenta una morfología singularísima que exige la revisión profunda de los fundamentos de las distintas psicologías, o bien, la construcción de nuevos fundamentos psicológicos para facilitar la adaptación de los individuos a estos nuevos contextos normativos roturados con altas dosis de heterogeneidad, positividad, ambivalencia, ociosidad, hiperreflexividad, inconmensurabilidad y riesgo.

En palabras de Ismael Carvallo (2016), el capitalismo de hoy, en tanto sistema económico-político y socio-cultural de hechura anglosajona, pretende barrenar cualquier estructura de determinación social destinada a transformar al individuo, ya sea en persona (tradición cristiana), en ciudadano o en patriota (camarada comunista), para aislarlo en la simpleza de su individualidad y troquelarlo mediante la lógica de una supuesta elección libre en un mercado pletórico en el que todo se transforma en mercancía: religión, política, sexualidad, control de natalidad y productos de multitud de tipos y géneros. Para Carvallo, el capitalismo ha provocado que el individuo deje de ser un ciudadano o un patriota con obligaciones y lo ha convertido en un niño de parvulario permanente que sólo pide derechos: abortar, cambiar de sexo, una pensión, elegir cualquier religión, prescindir de cualquier moral para guiar su vida y casarse o no libremente. En resumen, el capitalismo, como lógica de funcionamiento social, lo ha invadido todo.

En este escenario, el individuo contemporáneo visto a escala psicológica –sea cual sea la escuela o propuesta desde la cual se quiera conceptualizar– se enfrenta hoy a conflictos normativos nunca vistos en la historia de la humanidad y debe, si es que no quiere caer en algún problema psicológico, gestionar por cuenta propia o con la ayuda de alguna teoría psicológica, estrategias pseudoresolutorias que le permitan sobrevivir o adaptarse a estos desafiantes contextos. La condición pseudoresolutoria de dichas estrategias se debe al hecho de que los conflictos psicológicos emergen, una y otra vez, a causa de la morfología connaturalmente problemática tanto del mundo como de las diferentes sociedades políticas. En otras palabras, la disolución de muchos conflictos psicológicos puede ser operable desde dimensiones eminentemente extrapsicológicas y, por tanto, la primera apuesta de este programa de investigación consiste en afirmar que hay diversos ámbitos de la vida social que aún no han sido reconocidos o teorizados por la psicología contemporánea.

La segunda apuesta pone de relieve que el “verdadero rostro de la psicología” sólo logra evidenciarse luego de un exhaustivo análisis de su diversidad y configuración histórica y que cualquier disputa entre escuelas o corrientes que busque legitimar de manera absoluta a una como negación de la otra, evidencia una profunda ignorancia respecto de los procesos histórico-dialécticos que fueron necesarios para que todas estas escuelas o corrientes pudieran coexistir y desarrollarse de manera simultánea a pesar de su inconmensurabilidad y enfrentamiento.

Se elige la aproximación histórica –tanto contextual como interna– como la mejor estrategia de indagación para identificar la unidad y la diversidad en psicología, al considerarse que sólo en la dimensión temporal es posible encontrar el punto de convergencia entre todas las psicologías. Así, a través del reconocimiento de dicho punto será posible llegar a testificar que todas las psicologías surgieron en diferentes tiempos y sociedades políticas, con el único objetivo de convertirse en marcos de orientación para el establecimiento de estrategias pseudoresolutorias o ajustativas a determinados contextos normativos y demandas sociales en específico. Por ejemplo, hablando con fines de orientación pedagógica, se puede decir que el psicoanálisis surgió como estrategia liberadora en contextos opresivos (Viena, finales del siglo XIX); el conductismo como estrategia controladora en contextos ávidos de orden y productividad (E.U.A. en los años veinte); el cognitivismo como estrategia legitimadora del cientificismo y la filosofía de la conciencia en contextos universitarios (Alemania, finales del siglo XIX); la neuropsicología como estrategia niveladora de las facultades intelectivas en contextos de desigualdad social (U.R.S.S. en la década de los cuarenta) y el humanismo como estrategia de curación moral en contextos afectados por conflictos bélicos (E.U.A. en los años sesenta).

Esta segunda apuesta se suma a los principios establecidos por Danziger (1990) para la elaboración de una historia crítica de la psicología, la cual debe negar el naturalismo simplista, según el que los objetos psicológicos son “cosas” dadas de manera objetiva, sujetas de ser analizadas desinteresadamente. Conceptos como “atención”, “sensación”, “percepción”, “conducta”, “sujeto experimental”, “paciente”, etcétera, son asumidos aquí como constructos llevados a cabo por los propios psicólogos para abstraer, a escala individual, la lógica de ciertos intereses sociales específicos. Por otra parte, en esta segunda apuesta se afirma que la existencia misma de una comunidad de expertos –cuyo establecimiento fue, por cierto, el principal objetivo del laboratorio de Wundt– justifica la aceptación de un “sujeto colectivo” como el agente real de la producción de los conocimientos psicológicos.

Cabe señalar que en este programa de investigación se confía plenamente en las bondades que –desde el punto de vista de la comprensión de los fenómenos– otorga el conocimiento histórico de las psicologías realmente existentes, no obstante, también se reconoce que las aquí mostradas no agotan por completo el total de sus matices o combinaciones y que no necesariamente el origen de una determinada propuesta en psicología se identifica, morfológica y funcionalmente, con el más desarrollado de sus ejemplares. A pesar de reconocer estas complicaciones en la investigación, se confía en que las propuestas en psicología aquí mostradas, junto con sus respectivos ejemplares, poseen un alto grado de representatividad en relación con las formas en las que hoy es posible pensar la teoría psicológica. También se confía en que el “aire de familia” (en el sentido propuesto por Wittgenstein) que circula entre los diferentes ejemplares pertenecientes a una propuesta en psicología, condensa, sin duda, las motivaciones y las necesidades de ajuste que en un determinado momento de la historia fue necesario para facilitar, incluso forzar, la adaptación de los individuos a diversos contextos normativos emergentes. En palabras de Thomas Kuhn: “Ahora esto tiene sentido; ahora entiendo; lo que antes fue para mí una mera lista de hechos ahora se ha convertido en una pauta reconocible” (1968, p. 42).

Finalmente, la tercera apuesta declara que, si bien, varias psicologías aún resultan altamente efectivas para describir, explicar, comprender, orientar o predecir muchos asuntos humanos en torno a la ocurrencia de la individualidad en asuntos como la cognición, el autoestima, el aprendizaje o la conducta (en todas sus variedades de conceptualización), también es cierto que ninguna de las psicologías disponibles en la actualidad, en términos de “fundamentos y motivaciones”, ha nacido en el seno de las sociedades políticas acaecidas en la expansión neoliberal ocurrida a partir de los años noventa. La atención se sitúa en esa década porque, desde la disolución del bloque soviético, los equilibrios geopolíticos han entrado en un colapso tal que ahora son los fundamentos del neoliberalismo los que sirven de materia prima para confeccionar, con poca oposición, la morfología y el funcionamiento del individuo contemporáneo. La importancia de este asunto se condensa al mostrar que ninguna de las psicologías históricamente dadas ha tenido la necesidad de lidiar con el “recién nacido” individuo de la sociedad del riesgo (Ulrich Beck), del cansancio (Byung-Chul Han), de los tiempos líquidos (Zygmunt Bauman) o de la ambivalencia (Georg Simmel) en la que hoy nos encontramos.

Según esta última apuesta, el individuo contemporáneo es, a escala antropológica –y por ello mismo a escala psicológica–, radicalmente distinto de aquel que sirvió como ejemplar para trazar y orientar a las psicologías realmente existentes. De acuerdo con nuestros planteamientos, ningún individuo en la historia, salvo el hombre contemporáneo, se ha visto como hoy enfrentado a la necesidad de lidiar y poner en armonía el mayor número de objetos, pensamientos, ideas, valores, conductas o instituciones jamás creados en la historia de la humanidad. Así, su mayor desafío en términos psicológicos consiste en planear estrategias que le permitan roturar, con el mayor grado de representatividad posible, el campo de situaciones extrapsicológicas (ecológicas, históricas, políticas, sociales) que darán lugar a un tipo específico de situaciones psicológicas. De modo que es un grave error por parte de la psicología contemporánea suponer que existe una “base psicológica universal” capaz de trascender o anular los efectos de pertenecer o buscar integrarse a una determinada sociedad política.

No es extraño, por ejemplo, que Juan Bautista Fuentes, Fernando Muñoz y Ernesto Quiroga (2007) supongan que la clave del éxito de cada psicólogo sobresaliente es su destacada capacidad para entender a los sujetos en su contexto sociocultural cambiante, lo cual requiere adaptarse a las modas dominantes en un determinado tiempo histórico y en un determinado sector social. Según estos autores, es, por tanto, a través de la adaptación diferencial de los psicólogos singulares a las formas objetivas de la moda –sobre todo de los ingenios más afilados, dotados de esa inteligencia psicosocial a la que aludimos– como se explica que las diversas “escuelas y sistemas” de la psicología vayan diversificándose, genealógicamente, al compás de dicha adaptación diferencial.

El Operacionalismo Materialista Contextual como embrión de teoría psicológica

Una vez mostrados algunos puntos de encuentro y codeterminación entre la filosofía de la ciencia, el papel del neoliberalismo en el presente y el porvenir de la psicología, es momento de esbozar por qué el Operacionalismo Materialista Contextual posee las condiciones gnoseológicas mínimas para constituirse en un embrión de teoría psicológica contemporánea capaz de dar una respuesta parcial o pseudoresolutoria –como lo hacen todas las teorías psicológicas respecto de los asuntos que tratan– a una nueva serie de problemas que están emergiendo, justamente, en el interior de las sociedades políticas que han recibido mayor influencia del neoliberalismo. Por ello, es fundamental señalar que desde las coordenadas del Materialismo Filosófico ninguna teoría científica, religiosa o del sentido común, así como tampoco ninguna ciencia categorialmente cerrada, podrá surgir, únicamente, del genio o la pericia analítica de algún sujeto en particular, sino que, antes bien, para que la una o la otra sean posibles, es necesario –según el principio de symploké– que se entremezclen un sinnúmero de elementos como podrían ser pizarras, tizas, aparatos, libros, memorias personales, relaciones topológicas entre objetos, normas sociales y rutinas, entre otros.No debemos suponer por tanto, que el Operacionalismo Materialista Contextual –en tanto propuesta de teoría psicológica contemporánea–, surge con exclusividad del ingenio de quien escribe estas líneas, sino que su postulación obedece a la necesidad de “representar”, con el mayor nivel de objetividad posible, una serie de prácticas y técnicas que ya están siendo “ejercitadas” por un gran número de personas para sobrevivir, adaptarse o progresar “psicológicamente” en las sociedades políticas neoliberales.

Desde esta perspectiva, el mérito de una teoría psicológica que aspire a tener algún grado de cientificidad consistirá en su capacidad para desbordar ampliamente el “ejercicio referencial” del que provienen nuevas formas de conducta singular, y su capacidad de representarlo con toda claridad y contundencia a partir de la composición y descomposición de los elementos y las situaciones que lo hicieron posible. El objetivo de llevar a cabo dicha representación será vincular el “ejercicio referencial” de partida con “series de relaciones de orden distinto” para dar lugar a una estructura envolvente que pueda integrar en un todo sistemático-actualista tanto a los elementos configuradores de dicho “ejercicio referencial” como a los elementos, aún no presentes, de las potenciales “relaciones de orden distinto” con las que éste pudiera tener contacto en el futuro. Por consiguiente, una teoría psicológica de vanguardia tendrá la obligación de condesar en su estructura a un conjunto de prácticas, sujetos y objetos que se estén “codeterminando” en su ejercicio, incluso cuando los escenarios de dicha codeterminación apenas permitan una representación total de su organización y estructura. En este sentido, hoy, el teórico de la psicología deberá ser una especie de cartógrafo capaz de integrar en cada uno de sus trazos, las conexiones que han sido requeridas para que un determinado sujeto haya podido sobrevivir, adaptarse o progresar, en términos psicológicos, a los desafiantes contextos configurados por el neoliberalismo.

Ya que este no es el espacio para definir con toda puntualidad el estatuto gnoseológico del Operacionalismo Materialista Contextual, bastará con utilizar un sencillo ejemplo que nos muestre cómo es que lo que podría llamarse –según la corriente psicológica de la que se parta– “rasgo psicológico”, “entidad clínica”, “trastorno mental” o “estado disposicional”, no es otra cosa más que la expresión conductual de un tipo de proceso ajustativo a un conjunto de relaciones de codeterminación entre un sinnúmero de elementos materiales. Para ilustrar lo anterior, basta reflexionar cómo el modelo económico-cultural neoliberal ha transformado en los últimos cincuenta años el modo en que muchas sociedades políticas contemporáneas se están relacionado con la infancia. Si bien, a lo largo de la historia de Occidente, los niños han sido tratados –aunque no completamente reconocidos– como un sector poblacional más vulnerable que el de los adultos, lo cierto es que a partir de que el mercado neoliberal fue fabricando una extensa gama de productos y servicios para ellos, muchas veces esta vulnerabilidad se naturalizó a tal grado que terminó en una “patologización de la infancia” cuyo resultado fue generar jugosos dividendos económicos para quien así lo propuso.

Como todos sabemos, en stricto sensu, el concepto y las actitudes que hoy se tienen hacia “la infancia” son más o menos recientes, ya que, antes de la segunda mitad del siglo XVIII no se la reconocía como una etapa del ciclo vital completamente diferenciada de la adolescencia y la adultez. Habrá que decir a vuelo de pájaro –siguiendo a deMause (1982)–, que tanto en la Antigüedad como en la Edad Media y prácticamente en toda la Modernidad hasta el final de la guerra fría, la infancia y las relaciones paterno-filiales eran asimiladas, o en tanto relaciones proyectivas o en tanto relaciones de inversión. En otras palabras, o se utilizaba al niño como una especie de recipiente en donde se proyectaban y descargaban las conductas y enseñanzas del adulto o era pensando como un sustituto de la figura adulta que debía ser protegido y, al mismo tiempo, disciplinado. En cambio, desde que en la segunda mitad del siglo XX los niños –junto a sus padres y familiares más cercanos– entraron en un recurrente contacto con la televisión, sus inverosímiles contenidos y los productos y servicios diseñados para darle importancia social, las relaciones paterno-filiales que se establecieron con ellos, jamás volvieron a ser las mismas. En esta nueva etapa de las sociedades políticas neoliberales, el niño comenzó a ser visto como un potencial consumidor al que había que complacer, entretener, comprender e insertar en un mundo fantástico en el que no hubiera lugar para el trabajo, la disciplina, los aprendizajes relevantes para la vida o la responsabilidad en las tareas cotidianas.

Aunque ya desde los años treinta Walt Disney produjo el primer largometraje de animación, Blancanieves y los siete enanitos, no fue sino hasta los años sesenta cuando coincidieron 1) la adquisición masiva de televisores en las clases medias, 2) la Declaración de los Derechos del Niño de la ONU, 3) la expansión del modelo de entretenimiento de Hollywood, 4) el apogeo del modelo de negocio de la comida rápida y el autoservicio, 5) el incremento del prestigio de la neurofisiología encefálica, 6) la consolidación de la industria del juguetes y la dulcería y 7) la ampliación de la oferta de fármacos para regular la conducta, que el niño apareció por primera vez en la historia de Occidente como un sujeto al que había de exentar, a toda costa, del mundo real para en cambio sumergirlo, a fortiori, en un mundo ficcional construido en escuelas, hogares y espacios públicos, a la misma escala que el mundo de los cuentos de hadas.

No debe extrañarnos que, actualmente, el ciudadano promedio –y el no tan promedio–se encuentre prácticamente incapacitado para reconocer el modo en que la codeterminación de todos los elementos antes señalados está transformando radicalmente las concepciones y actitudes que se tienen hacia la infancia. Hoy en día a nadie sorprende que los padres de familia engañen a sus hijas haciéndolas creer que son princesas, que los profesores de instituto utilicen a personajes de caricatura como recurso didáctico para enseñar matemáticas, que los adultos recurran a las estructuras melodramáticas de las películas para guiar moralmente a sus hijos o, incluso, que muchos alumnos, padres de familia y directivos festejen en colegios el “Día del niño” disfrazándose de superhéroes o animales fantásticos. Tal se puede advertir, el niño de manufactura neoliberal es un pequeño individuo introducido en un contexto repleto de objetos, sujetos y normas que tienen como único criterio de organización la satisfacción inmediata de las apetencias: alimentos, horarios, fantasías, vivencias, etcétera.

Para evidenciar cómo los enseres fabricados por el modelo económico-cultural neoliberal han transformado radicalmente las actitudes hacia la infancia y sentado las bases para su patologización, es suficiente contrastar el modo en que veían televisión los niños antes de la comercialización masiva de televisores y pantallas a control remoto y el modo en que hoy lo hacen. El que los televisores manuales de los setentas y principios de los ochentas exigieran al usuario 1) estar a una distancia razonable del aparato, 2) discriminar entre las opciones de contenido audiovisual, 3) caminar hacia el televisor una vez llevada a cabo la selección de contenido, 4) girar manualmente la perilla de canales hasta llegar al número elegido y 5) repetir todos pasos anteriores cada vez que hubiera un cambio de preferencia, posibilitaba, de una u otra forma, que los niños de aquellas décadas fueran más cautelosos en sus elecciones y coordinados en su conducta. En contraste, el hecho de que las pantallas táctiles o manipulables a control remoto de finales de los noventas no exigieran a sus usuarios ninguno de los procedimientos anteriores, provocó, por un lado, que los tiempos de espera entre la ocurrencia de una apetencia y su satisfacción fueran mínimos y, por otro, que los procesos de discriminación cognitiva y activación condutal se inhibieran dramáticamente. En este sentido, hay que señalar que lo que aceleró la transformación de las concepciones y actitudes hacia la infancia y abrió la puerta a su patologización, fue, precisamente, esta coordinación entre el tipo de funcionalidad que ofrecían los aparatos, el contenido que en ellos se mostraba y el conjunto de políticas públicas que veían al infante como un pequeño sujeto al que habría que construirle un mundo aparte.

Una vez bosquejado este sencillo y telegráfico ejemplo resultará más sencillo comprender por qué la “inatención”, la “irritabilidad” y la “impulsividad” que hoy caracteriza a muchos niños, más que ser un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), es un modo de “ajuste” a un entramado de objetos, sujetos y normas que tienen como principio de organización la extinción de la demora, el esfuerzo y la incorporación a un “mundo común” compartido por animales y humanos. Así, el hecho de que hoy muchos niños y adolescentes que resultan intratables en sus colegios, indisciplinados en sus tareas cotidianas y errados en sus conductas y pensamientos, sean medicados por psicólogos con la intención de elevar su rendimiento escolar y disminuir su conducta problemática, demuestra cómo el modelo económico y cultural del neoliberalismo ha confeccionado, ingeniosamente, un amplio catálogo de “enfermedades y trastornos mentales” para ocultar y, al unísono, naturalizar, sus peligrosos efectos.

Lo dicho hasta aquí supone que el Operacionalismo Materialista Contextual, en tanto embrión de teoría psicológica contemporánea, tendrá la obligación de reconocer aquellos contextos socioculturales que han sido mayormente afectados por el modelo neoliberal y que aún no han podido desarrollar, para sus individuos, estrategias pseudoresolutorias para aminorar sus efectos. También tendrá la responsabilidad de identificar cómo la conjugación de diferentes modelos económico-culturales han dado lugar a individuos –atrapados en arquetipos normativos enfrentados, discontinuos y emergentes– que no poseen la capacidad para desarrollar, a lo largo de su vida, conductas efectivas, consistentes y prospectivas. En pocas palabras, la vocación teórica del Operacionalismo Materialista Contextual consistirá, en un primer momento, en “representar la morfología” del efecto que el modelo neoliberal ha heredado al mundo y a la dimensión psicológica del individuo y, en un segundo momento, en formalizar estrategias pseudoresolutorias con alto contenido situacional que permitan al individuo contemporáneo sobrevivir, adaptarse o progresar en los contextos configurados por el neoliberalismo.

Pese a que, como se dijo en líneas anteriores, el neoliberalismo ha tenido diferentes efectos y modos de presentación según la región geográfica en la que se asienta, lo cierto es que su rasgo distintivo como modelo económico-cultural ha sido ofrecer a los individuos una recurrente y progresiva “inflación de la realidad”. Esto es, el neoliberalismo se ha propuesto brindar un rango infinitamente mayor de opciones de consumo que aquel con el que una persona razonable y eficiente puede lidiar en la vida cotidiana. De ahí que haya hecho creer a la mayoría de los individuos que el criterio definitorio para la organización de su vida “es la búsqueda de la felicidad” o la “la acumulación de experiencias placenteras” más que la orientación razonable de la conducta en función de los requerimientos del entorno y las capacidades individuales. Sintetizando al extremo, diríamos que es justo en el marco de las sociedades políticas neoliberales donde existe mayor probabilidad de experimentar la vida como un permanente conflicto decisional. Baste, como muestra, la multiplicidad de opciones de productos, servicios, criterios morales, preferencias sexuales, religiones, posiciones políticas y formas de vida que ofrece el neoliberalismo, para constatar que su morfología esta calibrada para que quien no sea capaz de frenar la “inflación de la realidad” quede completamente devastado y anulado por ella.

Según lo escrito hasta ahora, todo parece confirmar que el mayor desafío del hombre contemporáneo, en términos psicológicos, radica en su capacidad para establecer estructuras de reducción de la complejidad que le permitan disminuir la probabilidad de ocurrencia de conflictos psicológicos, sean éstos conceptualizados como se desee. Esto significa que, dada la heterogeneidad pletórica en la que se encuentra –de objetos, pensamientos, ideas, valores, conductas e instituciones– el hombre contemporáneo debe dotarse, ya sea por propio ingenio o con la ayuda de una teoría psicológica, de estrategias pseudoresolutorias que le permitan simplificar sus cursos de acción con el objetivo de ser asertivo, estratégico y sustentable en todo cuanto haga o piense. Como ya se ha insinuado, la perversidad histórico-antropológica de las sociedades moderno-contemporáneas consiste, en ofrecer al individuo un sinnúmero de opciones en todo cuanto hace y piensa para arrojarlo a un contexto decisional profundamente aporético que casi siempre terminará en un bloqueo o extinción de proyectos.

En consonancia, este tipo de “contexto decisional” no podrá surgir espontáneamente del temperamento, la personalidad o los diferentes modos de interacción del sujeto, sino que será provocado por la sinexión paramétrica que ocurre entre los diferentes objetos y las relaciones de operación y co-operación que los sujetos pudieran establecer con ellos a nivel subjetivo, objetivo, intersubjetivo y suprasubjetivo. Con esto se quiere decir que el modo en que cada individuo está “viviendo su vida” o “desplegando conductas características”, obedece, más bien, a una manera particular de integrarse a un entramado de relaciones morfológicamente diversas, dinámicas y compuestas por diversos materiales. En este sentido, lo que en psicología mundana –y en algunos ámbitos de la psicología académica– podría llamarse “personalidad”, en el Operacionalismo Materialista Contextual será visto como “la continuidad y recurrencia comportamental” que un individuo ha desplegado a lo largo tiempo en aquellos espacios y momentos morfológicamente aún “no reglamentados”. Así, lo que algunos llaman conductas “espontaneas” u “originales” tendrían que ser asimiladas, ante todo, como “manifestaciones comportamentales” que anuncian la existencia de un espacio, un momento y un tipo de interacción que todavía no ha sido integrado, normalizado o naturalizado en la morfología de un determinado contexto.

En específico, el propósito del Operacionalismo Materialista Contextual consiste en facilitar al individuo la posibilidad de advertir los nexos de codeterminación de los materiales con los que trata, así como identificar la forma en que dichos nexos están fundando una determinada morfología que fija los parámetros y dinámicas de la conductas presentes y futuras. La finalidad aquí es dar al individuo contemporáneo la posibilidad de reconfigurar los materiales con los que trata al grado de confeccionar estrategias que le permitan transitar, sobrevivir, adaptarse o progresar, según sea el caso, a los diferentes contextos trazados por el neoliberalismo. Por todo esto, la vocación práctica del Operacionalismo Materialista Contextual consistiría pues en exhortar al individuo a llevar una “vida juiciosa” en la medida en que pueda reconocer que frente a la contingencia del mundo y la discontinuidad de los contextos por los que transita la vida, la única máxima de orientación que queda es reconocer el terreno que se pisa y manipular –hasta donde la fuerza e ingenio permitan– lo que se tiene para generar excedentes de recursos cada vez que haya variación en el entorno.

Dicho lo anterior, hay que poner de relieve que el individuo que no logre identificar los nexos de codeterminación de los materiales con los que trata y que tampoco pueda advertir la morfología del contexto que regula sus conductas presentes y futuras, estará condenado a convertirse en el típico individuo flotante y multifugado de las sociedades políticas neoliberales. En este escenario, no deberá parecernos extraño descubrir hoy a una nueva generación de individuos que ya han gastado buena parte de su vida en búsquedas interminables –casi siempre retractables y nunca progresivas– de sus fundamentos económicos, morales, políticos, religiosos e, incluso, sexuales.

De manera semejante al modo en que las histéricas de la Pitié-Salpêtrière representaron, hacia finales del siglo XIX, el caldo de cultivo histórico-antropológico para que Freud pudiera vislumbrar el psicoanálisis como una nueva teoría psicológica, así hoy, el individuo contemporáneo que gasta buena parte de su existencia entre arquetipos normativos, decisiones, cursos de acción y proyectos enfrentados e incompatibles entre sí, resulta ser también el caldo de cultivo para proponer al Operacionalismo Materialista Contextual como un embrión de teoría psicológica contemporánea.

Por todo esto, el gran reto de la teoría propuesta es representar y/o perfeccionar aquellas estrategias que ya están ejercitando de modo disperso algunos individuos de las sociedades políticas neoliberales para lidiar con la pluralidad innecesaria que ofrece su contexto y así poder consumar sus fines trazados a corto, mediano y largo plazo. Sin embargo, debido a la relativa novedad de estas prácticas –que ocurren hace apenas cuarenta años aproximadamente– la representación de su unidad y sistematicidad pudiera ser una tarea muy extensa y difícil de lograr en este espacio. Por ello, en lo que viene se mencionarán únicamente algunos casos que permitan vislumbrar cómo la “pluralidad innecesaria”, según los fines trazados por cada sujeto, podrá ser reducida, neutralizada o, incluso, intensificada positivamente. De esta forma, será prioritario para la teoría propuesta dar un “estatuto histórico inaudito” a muchas prácticas que se están ejercitando en el presente, aun cuando ellas pudieran resultar triviales para el individuo contemporáneo.

Sirva de ejemplo que hoy pocas personas reflexionan acerca de las técnicas que utilizan gerentes de empresas transnacionales, administradores de plazas comerciales, agentes publicitarios o diseñadores de tecnología para conseguir los fines que se proponen. Muchas de ellas apenas son analizadas, integradas en una morfología que permita advertir sus efectos o replicadas en contextos distintos a los comerciales, pues los nexos de su codeterminación quedaron tan ocultos para el “ciudadano promedio” –ya sea por decreto o estrategia de sus ejecutores–, que a éste no le quedó otra alternativa que integrarlas a su vida cotidiana y asumirlas como naturales. Es como si el neoliberalismo, pese a todos los matices ya tratados, operara con una dialéctica bidireccional cuyo único fin consistiera en lograr que el “individuo más ingenuo”, en el supuesto uso de su libertad, construyera, por propia cuenta y sin ninguna coacción externa, aquellas situaciones estructurantes que, por un lado, permitieran al mercado ser más solvente, vigoroso y estable y, por otro, a él más vulnerable, torpe y desorientado.

En una de sus direcciones, esta doble dialéctica buscará integrar y multiplicar la oferta de bienes y servicios que se ponen a disposición del individuo y, paralelamente, buscará hipersimplificar o anular hasta donde sea posible las operaciones y recursos necesarios para concretar dicha oferta. En otra de sus direcciones, buscará desconectar, en el marco de la vida cotidiana, todas las operaciones del individuo para que éstas no puedan ser recicladas o integradas en futuras tareas, pero también hiperintensificará las opciones de consumo y las operaciones para acceder a él con el fin de envolverlo en una dinámica de rendimiento. Por todo esto, será justo en el marco de las sociedades políticas neoliberales donde esta “dialéctica bidireccional” se manifestará como un “conflicto psicológico sin precedente histórico” que, de no ser advertido, tendrá como consecuencia un brutal estancamiento en muchos de los procesos de desarrollo involucrados en la vida de las personas. Como muestra de la “primera dirección” de la dialéctica anunciada, resulta suficiente decir a manera de ironía, que las cajas de Skinner ya no tienen a la rata como primer analogado del individuo, sino, más bien, al consumidor como primer analogado de la rata y que tampoco están ya montadas en laboratorios, sino que ahora éstos tienen forma de plazas comerciales. En este sentido, resulta curioso advertir cómo la arquitectura de muchas de estas plazas se encuentra diseñada de forma tal que aquel individuo con un rango de visión de 180 grados puede encontrar, en un solo vistazo, un McDonald’s que lo invita a consumir 1180 calorías, un maniquí con tallas extra-chicas imposibles para el amante de la comida rápida y una tienda deportiva dispuesta a vender lo que sea con tal de revertir los efectos de la glotonería.

Sin alargar de más el ejemplo, baste decir que, al día de hoy, las plazas comerciales son el más ingenioso dispositivo construido por el neoliberalismo para integrar y multiplicar la oferta de bienes y servicios puesta a disposición del individuo. Su característica definitoria consiste en calcular todas las posibles variaciones de la conducta del consumidor y ofrecer para ellas un producto o servicio que las acompañe en aras de un mayor beneplácito. Por ejemplo, si una pareja de enamorados ya se cansó de jugar boliche en una plaza comercial y ahora quiere descansar en su hogar, la plaza comercial les ofrecería como alternativa hacerlo ahí mismo, pero en una sala spa que costaría, en promedio, un euro por minuto. En este escenario, no será ninguna novedad que el contenido de películas que se proyectan en los cines de estas plazas, al igual que la publicidad que las circunda, estén diseñadas para que el espectador se convierta en un potencial consumidor de lo ahí anunciado y, luego, en un discreto ideólogo que defienda a capa y espada un estilo de vida basado en el consumo, el ocio y el deleite.

La clave del éxito de estos dispositivos radica en cada uno de los elementos que lo componen tiene como finalidad legitimar a todos los demás. Con esto se quiere decir que la finalidad de cada producto no es otra, sino la de legitimar a otro producto y este otro, a un servicio y este servicio, a un conjunto de valores y este conjunto de valores, al primer producto.

En definitiva, su éxito consiste en diseñar un círculo procesual de autolegitimación de elementos en el que todas las elecciones del individuo-consumidor quedan plenamente atrapadas y transformadas en dinero. Esto permite explicar por qué en muchas ciudades neoliberales, los cines, restaurantes o tiendas deportivas que están en asilamiento comercial –y por tanto, en carencia del circulo procesual de autolegitimación aludido–, son los establecimientos más propensos a la quiebra.

Ahora bien, esto no significa que la única estrategia del neoliberalismo para intentar convertirse en un modelo económico-cultural hegemónico haya sido integrar y multiplicar la oferta de bienes y servicios en plazas comerciales; por lo contrario, como ya se insinuó, otra de sus estrategias consiste en hipersimplificar bienes y operaciones requeridas en las ofertas de consumo para obtener mayores ganancias financieras. Como ejemplo de este tipo estrategias sea pertinente recordar el modelo de negocios utilizado por los hermanos Mac y Dick McDonald a finales de los años cuarenta, en el que se planeó y operó la producción de comida a partir del modelo industrial de Henry Ford. Según Juliana Huergo (2014), la “velocidad” era la esencia del proceso de recepción, elaboración y servido de comida en este nuevo concepto de restaurante. Su objetivo, así, era expedir pedidos en menos de treinta segundos y para ello los hermanos McDonald conjugaron el autoservicio, los bajos precios, la utilización de vajilla de cartón, el procesamiento de grandes volúmenes de materia prima, la preparación mecanizada y estandarizada de alimentos a partir de tareas simples y la instauración de normas de operación que garantizaran la buena manufactura. Sobra decir que en todo este proceso fue característico pagar bajos salarios a los empleados, rotarlos constantemente según los ciclos de la oferta y la demanda, prolongar lo más posible su jornada de trabajo y evitar la conformación de sindicatos que salvaguardaran sus derechos laborales. Por tanto, en sentido estricto, lo que hace crecer a la empresa neoliberal es, justamente, su capacidad para maximizar las operaciones, integrarlas en un círculo procesual de autolegitimación, adaptarlas con prontitud a las variaciones del entorno y, sobre todo, ocultarlas en cuanto a sus efectos y modos de organización.

Avanzando en nuestro razonamiento, no debemos olvidar que la otra dirección de la dialéctica anunciada es el buscar la desconexión de todas las operaciones del individuo en el marco de su vida cotidiana para evitar que éstas puedan ser reutilizadas, perfeccionadas o integradas como estrategias que posibiliten la supervivencia, la adaptación o el progreso en los contextos en que ocurre la vida. Según lo aquí planteado y a manera de hipótesis, bien podría afirmarse que el propósito de tal desconexión es convertir al individuo en un “eterno principiante” que pueda gastar buena parte de su vida en el confeccionamiento de un sinfín de estrategias adaptativas y prospectivas, que, por su carácter transitorio, no tendrán ningún efecto significativo en los proyectos trazados a corto, mediano y largo plazo.

Sin pretender sonar políticamente subversivo, habrá que decir que las ideologías del presente están calibradas para que un varón, desde el punto de vista biológico, pueda presentarse a ojos de la sociedad y de él mismo como una mujer o como alguien sin identidad sexual, sólo porque él así lo ha percibido o ha experimentado un sentimiento profundo que lo justifica. Nótese que esta desconexión entre la condición biológica del individuo y su identidad sexual afirmada, negada o diversificada, encontrará, nuevamente, otras posibilidades de re-desconexión cuando se enfrente a contextos jurídicos, políticos o, incluso, comerciales, que aún no hayan sido sintonizados con las diferentes formas de “categorización-individual-sexual” con las que cada individuo se ha identificado en el fuero de lo privado. De este modo, desde las coordenadas del Operacionalismo Materialista Contextual, la lucha por la defensa de los derechos LGBTTI no será otra cosa que lucha por la conexión, en el marco de la vida cotidiana, de las todas las operaciones de sus defensores.

A este respecto, resulta impresionante advertir el modo tan puntual en que esta desconexión de las operaciones se está incrementando en asuntos de la vida cotidiana tan simples como el deporte y tan complejos como las nuevas formas de familia. Basta apuntar, por ejemplo, que en tanto prácticas novedosas para ejercitarse, el running o el crossfit no requieren, a diferencia de deportes como el básquetbol o el fútbol, profundos conocimientos previos para su práctica, estrategias de cooperación demasiado sofisticadas o grandes espacios acondicionados para su ejecución, antes bien, ambas pueden llevarse a cabo sin necesidad de conectar una larga historia deportiva, un estratégico grupo de pares y un espacio concertado demasiado sofisticado. En el caso de las nuevas formas de familia, baste mencionar que actualmente un niño puede cohabitar con su padrastro de lunes a viernes, ser criado por una empleada doméstica todos los días del año, recibir enseñanzas morales de su padre biológico cada fin de semana, ser violentado en el receso por sus compañeros y ser tratado como príncipe por su madre un par de horas antes de ir a la cama.

En cuanto a la forma en que el neoliberalismo está hiperintensificando las opciones de consumo y las operaciones para acceder a él, sea suficiente poner en evidencia el contraste entre la amplia gama de televisores, celulares, programas informáticos o tarjetas de crédito que se ofertan en plazas comerciales y las limitadas opciones de trabajo, los bajos salarios y las escasas oportunidades de crecimiento profesional que experimentan la mayoría de los individuos. Es por esto que obtener un televisor haciendo uso irresponsable de una tarjeta de crédito es más sencillo que un obtener buen salario en una universidad haciendo uso legítimo del conocimiento.

Simplificando al extremo –y tratando de coordinar los últimos razonamientos aquí trazados– habrá que decir que el neoliberalismo, en cuanto proyecto económico-cultural de mayor expansión en el presente, está generando un sinnúmero de contextos por los que el individuo contemporáneo no está acostumbrado a transitar. Por ende y como consecuencia de esta falta de habituación, se está produciendo un nuevo “conflicto psicológico” sin precedente histórico, el cual consiste, grosso modo, en la incapacidad para consumar fines debido a la desconexión de las operaciones. De acuerdo con la teoría propuesta, será justo en el marco del neoliberalismo donde podrán encontrarse, dispersas, las técnicas que permitirán el individuo contemporáneo sobrevivir, adaptarse o progresar a este nuevo y desafiante escenario histórico.

Una prueba de las estrategias que están siendo utilizadas por los impulsores del neoliberalismo para evitar ser presas de los efectos de sus propias construcciones y así poder consumar sus proyectos mercantiles y financieros, es la utilización de la teoría de la elección racional, la teoría de juegos, los modelos de ecuaciones estructurales, los análisis multicriterio, la inteligencia artificial, el marketing, los estudios de factibilidad comercial y las pruebas de reclutamiento de personal, entre otras. Precisamente, las características que unen a todas estas estrategias son: 1) evitar la perspectiva subjetiva como criterio definitivo para la toma de decisiones, 2) identificar las variables o dimensiones que integran un dominio de hechos, 3) integrar en un esquema predictivo las posibilidades de variación de los fenómenos en el tiempo y, sobre todo, 4) maximizar las operaciones de todos los agentes en cualquier proceso. Adviértase que la esencia de estas estrategias está a años luz de ser incorporada en la vida cotidiana del ciudadano promedio, pues hoy más que nunca éste ha organizado su vida en función de máximas como “vivir el momento”, “conquistar la felicidad” o “estar bien con uno mismo sin que lo demás importe”.

Bajo este panorama, el mayor desafío del hombre contemporáneo consistirá en el establecimiento de estrategias de maximización y transitividad del valor y nivel de la ejecución de una situación psicológica a diferentes contextos normativos y operativos. La idea es que esta maximización y transitividad del valor y nivel de ejecución entre una situación psicológica y otra, le permita moverse con el mayor grado de estabilidad y efectividad posible entre los diferentes contextos normativos y operativos en los que desarrolla su vida. Según estos postulados, poner en operación dichas estrategias evitaría al individuo estar en una infinita construcción, brutalmente desgastante, de múltiples estrategias adaptativas. Esto implicará que, cuando un sujeto s se encuentre en una situación psicológica x (aprendizaje, memoria, conducta, autoestima o lo que se desee) dentro de un contexto normativo u operativo (escuela, familia, trabajo, centro de investigación, etcétera), pueda desarrollar la estrategia e (unificación de normas, reciclaje de conductas, articulación de fines planes y programas y demás) que le permita maximizar y transferir su valor y nivel de ejecución a otros contextos normativos y operativos del tipo pz o w.

Como podemos ver, tal pareciera que la psicología contemporánea se encuentra en jaque si la analizamos gnoseológicamente a la luz de su historicidad y en función de los requerimientos del presente. Por obvias razones, esta tensión en psicología puede ser ocultada tanto por aquellos psicólogos dogmáticos que rehúyen la posibilidad de analizar su cuerpo de conocimiento desde una certera teoría –como lo es la Teoría del Cierre Categorial–, como por aquellos que, concentrados en investigaciones psicológicas bizantinas, busquen únicamente legitimar o corregir algún modelo desfasado del presente.

En este escenario, cobra sentido el espíritu de este programa de investigación al postularse como un ejercicio filosófico crítico entorno a la psicología, pues tiene como propósito definitivo el cancelar las apariencias y demoler lo que no resulte integrable en su curso. La mayor aspiración de este programa es, así, la de convertirse en el caldo de cultivo de una nueva generación de filósofos de la psicología y psicólogos dispuestos a buscar, por todos los medios posibles, la construcción de una nueva forma de entender y ejercer la psicología. Se está plenamente consciente de que impulsar un cambio de orientación de esta magnitud no es una labor sencilla o exenta de los avatares históricos derivados de las fuerzas ideológicas y los modelos doxográficos que dominen a una época. A pesar de ello, también se está plenamente convencido de que la radical complejidad del presente exige una profunda revisión de los fundamentos de la filosofía de la ciencia y la teoría psicológica contemporánea. Y aunque esta aspiración puede sonar escandalosa a oídos de cualquier “conservadurismo teorético y pragmático” es justamente esta condición la que demuestra –según la propia historia de las ciencias y los saberes– lo prometedor de su contenido. Aquel que conozca bien la historia de la psicología sabrá que ninguna de sus corrientes surgió con la claridad ni con el nivel de especificidad con la que hoy se advierte. Al contrario, cada corriente surgió como un “efecto contextual” altamente confuso de una sociedad política que buscó ecualizar los saberes tecnológicos, científicos y filosóficos de su época para resolver demandas sociales y dar una explicación racional a los hechos psicológicos. Ni la morfología del presente en que vivimos ni los problemas que hoy tenemos, tampoco nuestros saberes tecnológicos, científicos y filosóficos, son semejantes a los del siglo pasado. Hoy se tienen nuevos problemas, otras morfologías del mundo y distintos saberes que ameritan ser ecualizados para resolver las demandas sociales en el interior de cada sociedad política y explicar la condición psicológica de los individuos contemporáneos.

Dadas las advertencias, hay que poner de relieve que este programa de investigación se estructuró de tal forma que quien decida conocerlo no encuentre cabos sueltos entre el origen y la aplicación de la teoría de la ciencia utilizada para estudiar a la psicología, la Teoría del Cierre Categorial. Quien lo revise entenderá el surgimiento, evolución y valoración de las diferentes propuestas en psicología contemporánea y la urgencia de repensar los fundamentos de cada una de ellas según los requerimientos del presente. La razón última de este proyecto es dar una orientación, lo más certera y completa posible, para todo aquel interesado en iniciarse, especializarse o abrir camino en los campos de la filosofía de la ciencia y la teoría psicológica.

Hecha la salvedad, este programa se propone cumplir varias funciones según sea el sujeto que se familiarice con él. Para estudiantes sin conocimientos previos en ninguno de los campos en cuestión resultará amigable y orientador, pues les permitirá situarse de razonablemente en cada uno de ellos; para especialistas disidentes, ansiosos de innovar sus prácticas y reformar sus maneras de teorizar los asuntos psicológicos, será alentador, en tanto que les permitirá repensar sus propias intuiciones y potenciar nuevas maneras de relacionarse con sus campos de investigación; y, finalmente, para aquellos especialistas dogmáticos cincelados bajo el supuesto de que todos los asuntos filosóficos y psicológicos ya fueron resueltos de una vez y para siempre por alguna emblemática figura de la historia de la filosofía o la psicología, este programa de investigación resultará irritante, embarazoso y confuso, pues todo su contenido estará dedicado a poner en tela de juicio buena parte de su formación y de su manera habitual de mirar y relacionarse con los asuntos filosóficos y psicológicos.

Así, para satisfacer estas variadas pretensiones, dicho programa se desplegará a través de cuatro momentos que, a su vez, estarán compuestos por una cantidad diferente de episodios temáticos que buscarán, dialécticamente, enlazar las conclusiones entre uno y otro para llegar a una visión panorámica y prospectiva de la psicología. El primero –el momento doctrinal– estará compuesto por los episodios temáticos primero y segundo y en él se expondrá tanto la ontología del Materialismo Filosófico como su teoría de la ciencia. El segundo –el momento transicional– se compondrá de los episodios temáticos tercero y cuarto y utilizará la aparatología del Materialismo Filosófico y la Teoría de Cierre Categorial para explicar el surgimiento y la condición problemática de las diferentes propuestas en psicología contemporánea. El tercero –el momento crítico– abarcará del episodio temático quinto al noveno y se estructurará a partir de una descripción de las prácticas mundanas y las historias contextuales e internas que configuraron a cada teoría psicológica, ahí mismo se realizará también un análisis gnoseológico de su ejemplar más sobresaliente. Finalmente, el cuarto –el momento prospectivo– sentará las bases del Operacionalismo Materialista Contextual.

Aunque tomados en sí mismos estos cuatro momentos serían suficientes para dar cuenta de la dirección, organización y profundidad del programa en su conjunto, con el fin de ganar terreno en su compresión más general se considera necesario presentarlos de forma independiente a partir de sus diferentes episodios temáticos. Conviene subrayar que por medio de la presentación de éstos se busca que, llegado el momento, el lector pueda transitar dialécticamente entre asuntos de menor a mayor complejidad. Haciendo eco a este propósito, a continuación, se presentará una breve descripción de cada uno con el objetivo de comprender su alcance, dificultad y función dentro de la puesta en marcha de un programa de investigación para el campo de la psicología construido desde las coordenadas del Materialismo Filosófico.

El primero, “Ontología, lenguaje ordinario y modulaciones de la idea de ciencia”, describirá cómo, en función de la ontología que soporta a una determinada teoría de la ciencia, es que los cuerpos de conocimiento que a ella se suscriben, determinarán su solidez, consistencia, viabilidad, estado incompleto o reduccionismo. Por otro lado, también explicará cómo a partir de la ontología del Materialismo Filosófico es posible fundar una teoría de la ciencia a la altura de la diversidad de todas las ciencias, de su desarrollo histórico, de su estructura y funcionamiento. Finalmente, se expondrá cómo el lenguaje ordinario, en tanto producto de la concatenación de los diferentes géneros de materialidad, dará lugar a cuatro modulaciones de la idea ciencia: “saber hacer”, “cuerpo ordenado de proposiciones derivado de principios”, “ciencia positiva” y “extensión teórica de la ciencia positiva”.

En el segundo, “Teoría de la ciencia y Teoría del Cierre Categorial”, se hablará acerca del modo en que estas cuatro modulaciones de la idea de ciencia fueron instalándose y legitimándose en las teorías de la ciencia que dieron lugar al periodo antiguo, medieval, clásico, historicista y contemporáneo de la filosofía de la ciencia. Se demostrará que el aparato crítico de la Teoría del Cierre Categorial integra y supera a la mayoría de estas teorías, pues, a diferencia suya, no caerá en ningún formalismo reduccionista que impida dar cuenta de la estructura y funcionamiento de los diversos cuerpos de conocimiento. En la parte final de este episodio temático se definirán los elementos que conforman el espacio gnoseológico de la Teoría del Cierre Categorial, así como las diferentes metodologías propuestas para explicar los modos en que los diversos cuerpos de conocimiento neutralizan las operaciones de sus sujetos gnoseológicos.

En el tercero, “De la psicología mundana a la psicología académica”, se relatarán las condiciones histórico-antropológicas que dieron lugar al nacimiento de la psicología como institución presuntamente disciplinar a finales del siglo XIX y principios del XX. Con ayuda de algunas investigaciones del profesor Juan Bautista Fuentes Ortega se aclarará cómo a partir del surgimiento del “capital en la ciudad” y del constante desplazamiento de las poblaciones rurales hacia las zonas urbanas, fue necesario el surgimiento de un saber pseudoresolutorio, la psicología, que facilitara la adaptación de los individuos a los nuevos contextos educativos, industriales, hospitalarios y jurídicos de la época. También se indagará sobre cómo el surgimiento de la psicología fue en gran parte impulsado por la necesidad institucional de ayudar al individuo a resolver los conflictos normativos a los que era arrojado luego de introducirse a un nuevo contexto social y político. Aquí se explicará cómo, en la medida en que se fueron intensificando los enfrentamientos entre los arquetipos normativos de los miembros de una determinada sociedad política, es que a su vez se fue magnificando la emergencia de teorías y prácticas psicológicas.

En el cuarto, “Problemática y diversidad en psicología”, se resaltará el carácter equívoco de la psicología en tanto cuerpo de conocimiento con aspiraciones a definir su campo de investigación y convertirse en una estructura categorialmente cerrada, esto es, en una ciencia. Se mostrará un panorama general de su multiplicidad a la luz de diferentes modelos de formulación en campos de investigación y se evidenciará el modo en que, a partir del compromiso ontológico que cada uno de ellos adquiera, surgirán un sinnúmero de propuestas respecto de la naturaleza del hecho psicológico, del método de la psicología y de los criterios de evidencia de la explicación psicológica. En este episodio temático se presentarán ocho modelos de formulación de campos de investigación de la psicología y aparecerán ejemplos de corrientes o escuelas que encajarán con cada uno de ellos. Al final, se mostrará hasta qué punto la diversidad en psicología –siempre y cuando se la juzgue a la luz de su condición de teoría– podrá agruparse en conductismos, teorías psicoanalíticas, cognitivismos, neuropsicologías y humanismos.

El quinto, “Análisis gnoseológico del conductismo: de Pavlov a Ribes”, iniciará exponiendo el modo puntual en que la domesticación de animales y la construcción de instrumentos como el cencerro, las espuelas, los bridones y los corrales, junto con el control de la conducta requerido en los contextos industriales, posibilitaron el surgimiento del conductismo como una teoría psicológica académica. Asimismo, se expondrá de qué manera la intención de Pavlov por generar un método experimental para el estudio de la adquisición de nuevas conexiones de estímulo-respuesta, tomó un renovado impulso en los años veinte en una sociedad norteamericana preocupada por educar los hábitos de consumo de las personas de la época. Considerando algunos de los trabajos de Marino Pérez Álvarez, se expondrán también las conexiones existentes entre Watson, fundador del conductismo, y la agencia de publicidad Walter Thompson Company, con el fin de evidenciar la vocación tecnológica y pragmática que inspiró el surgimiento del conductismo como una teoría psicológica preocupada por el control de la conducta del consumidor. Ahí mismo se resaltarán las aplicaciones que hizo Watson de algunos principios del conductismo para incrementar el nivel de ventas de marcas como Pon’s Johnson & Johnson. Paralelamente, se explicará cómo el interconductismo postulado por Kantor y desarrollado por Ribes puede ser interpretado como una superación del conductismo clásico de Watson, el conductismo sistemático o metodológico de Thorndike, Hull y Tolman y el conductismo radical de Skinner. Finalmente, se abordará cómo la teoría de la conducta de Emilio Ribes representa una de las propuestas en psicología académica con más posibilidades de encajar en los ideales de cientificidad propuestos por la Teoría del Cierre Categorial, pues, juzgada entre los conductismos, logrará eliminar todas las limitaciones de la teoría contemporánea de la conducta.

En el sexto, “Análisis gnoseológico de las Teorías psicoanalíticas: de Breuer a Lacan”, se ahondará en la “la cura por la palabra” inaugurada por Freud, haciendo hincapié en su origen dentro de prácticas mundanas como la exposición en privado de asuntos personales a sabios, ancianos o chamanes, además de prácticas eclesiales como la confesión tarifada o auricular con clérigos. En este punto, se intentará demostrar que el procedimiento tecnológico mundano del que procede al psicoanálisis es simplemente la transformación de los asuntos privados en asuntos públicos legitimados por figuras institucionales. En paralelo, se argumentará cómo el psicoanálisis surgió en el ambiente histórico-político de una Europa central de finales del siglo XIX y principios del XX, en la que coexistían –sobre todo en Viena– la moral victoriana, el conservadurismo burgués, la pluralidad étnico-lingüística, el positivismo legal y lógico junto al racionalismo del liberalismo. De este modo, se presentará el surgimiento del psicoanálisis freudiano, siguiendo a Peter Gay (1990), como la némesis del ocultamiento, la hipocresía y las evasiones educadas de la sociedad burguesa. A través de ese contexto se hará evidente que la evolución inicial del psicoanálisis responde, más que a “normativas lógicas”, “desarrollos normales” o “programas de investigación”, a un conjunto de intereses y conflictos generalmente afectivos entre sus miembros (Blas Aritio, 1981). En este episodio temático, además, se describirá el tránsito entre las teorías psicoanalíticas de Freud, Jung, Adler, Ferenczi, Groddeck, Klein, Bion, Winiicot, Dolto y Lacan. Finalmente, se hará un análisis gnoseológico de la teoría psicoanalítica lacaniana mostrando que los conceptos de “goce”, “lo real”, “lo imaginario”, “lo simbólico” y expresiones del tipo “el inconsciente está estructurado como lenguaje” y “el lenguaje es la condición del inconsciente” fueron resultado contextual de un regreso a Freud a luz de ciertas influencias de la lingüística de Saussure y de Jakobson, de la antropología de Lévi-Strauss, de la lógica matemática de Wittgenstein y de la topología de superficies de Ferdinand Möbius y Felix Klein.

En el séptimo, “Análisis gnoseológico del cognitivismo: de Wundt a Rumelhart”, se explicará cómo la teoría cognitiva contemporánea procede de prácticas mundanas como el conteo con ábaco, la clasificación de frutos, plantas y animales, la distribución de roles sociales y la demarcación de operaciones, modelos o fenómenos a través de conceptos. Por otra parte, se expondrá de qué forma el problema de la “percepción-cognición” tuvo su origen en el seno de la Universidad Alemana de finales del siglo XIX, donde convergieron la popularidad de la medicina, el naciente prestigio de la fisiología y la larga tradición de la filosofía alemana en el estudio de los fenómenos de la conciencia. Aquí se relatarán los cuatro momentos de apertura en la psicología cognitiva: 1) el iniciado por Wundt y todos los autores asociados a la escuela de psicología clásica (Ebbinhaus, Sperman, Kûlpe, Binet, James) que buscó tener acceso a diversos datos de la conciencia a partir de diferentes modalidades de introspección, 2) el representado por autores como Newell, Simon, Fodor y Pylyshyn –y potenciado por la teoría matemática de la computabilidad, la construcción del ordenador digital, la ingeniería de las comunicaciones, la ergonomía, la cibernética y la teoría general de sistemas– que intentaron caracterizar a la conciencia como un programa de instrucciones simbólicas capaz de operar, algorítmicamente, con productos extensionales, 3) el caracterizado por autores como Lashley y Chomsky que ponían el acento en la “teoría del procesamiento de información” al considerar al sujeto de cognición como un individuo capaz de generar procesos cognitivos de forma creativa, jerárquica y componencial, 4) y quizás el definitivo para la teoría cognitiva, centrado en el conexionismo de Rumelhart, que hablaba de manera extensional sobre la mente como un sistema funcional de cómputo de variables subsimbólicas de unidades moleculares que tiene un funcionamiento paralelo y con arreglo a leyes precisas de articulación del sistema nervioso central. Debo señalar que en este último modelo de psicología cognitiva estará enfocado el análisis gnoseológico.

En el octavo, “Análisis gnoseológico de la neuropsicología: de Vygotsky a Rizzolatti”, se mencionará que el origen mundano de la neuropsicología moderna se encuentra en las disecciones que los médicos de la época de Galeno (siglos I y II d.C.) hacían de los animales, gladiadores y soldados, con el fin de observar el funcionamiento de los nervios y ventrículos a través de los cuales –según el conocimiento de la época– fluían los espíritus animales. Se explicará también cómo esta tendencia a asociar los “nervios” con los “espíritus animales” adquirió una función más persuasiva cuándo se entremezcló con el mecanicismo de Descartes, la frenología de Gall y las observaciones sobre el cerebro de los insensatos llevadas a cabo por Meckel. En este episodio temático también se explicará cómo la configuración de la moderna neuropsicología fue consolidándose en el ambiente económico-político de la URSS de los años cuarenta. Aquí se revisarán ciertas preocupaciones de orden social –por ejemplo, la rehabilitación de las funciones psicológicas deterioradas o perdidas en personas con daño cerebral– que están estrictamente relacionadas con las investigaciones psicológicas llevadas a cabo por Vygotsky, Neisser, Hebb, Benton, Luria y Leontiev. Además, se profundizará en cómo las investigaciones de Halstead en el campo de la inteligencia, de Reitan en el diagnóstico de la disfunción cerebral, de Lashley en el de la equipotencialidad, de Cajal en el de la neurona y de Sperry en el de la experiencia subjetiva, dieron lugar a cinco tipos de estudios en el campo de la neuropsicología: 1) la patología asociada al daño cerebral, 2) los hemisferios cerebrales en relación con la conducta, 3) las funciones cognitivas asentadas en el cerebro, 4) la neuroanatomía y 5) la psicometría neurológica. También se presentarán algunas de las más recientes investigaciones en el campo de la neuropsicología, entendida como estudio de funciones cognitivas asentadas en el cerebro, para mostrar cómo la mayoría de ellas –cuando hablan por ejemplo del amor (Helen Fischer), la sabiduría (Elkhonon Goldberg), la identidad (Antonio Damasio) o la libertad (Benjamin Libet)– concluyen más de lo que sus propios datos muestran. Finalmente, se hará un análisis gnoseológico de la Teoría de las neuronas espejo de Rizzolatti-Sinigaglia, pues se considera que este tipo de teoría muestra de forma contundente el espíritu de la actual neuropsicología.

El noveno episodio temático, “Análisis gnoseológico del humanismo: de Allport a Gendlin”, detallará cómo la psicología humanista procedió de prácticas tecnológico-mundanas como la escultura, la pintura, la taxidermia, el encurtido y la salazón. Aquí se explicará cómo a partir de estas prácticas mundanas –que buscaron mantener invariable en el tiempo la condición de un producto o la representación de un fenómeno o proceso– y de su combinación con prácticas teatrales, litúrgicas o movimientos sociales fue que se produjo una corriente psicológica destinada a legitimar una esencia inalterable del hombre. En este análisis gnoseológico, se explicará cómo el humanismo fue un movimiento programático condensado en Norteamérica en la década de los años sesenta, luego de un periodo de dos guerras mundiales y se relatará la forma en que el mundo occidental, inmerso en una oleada de crecimiento económico y bienestar social, comenzó a experimentar un profundo cuestionamiento a sus costumbres y aspiraciones al grado de configurar una psicología preocupada por investigar y desarrollar cualidades específicamente “humanas” como la “libertad de elección”, la “responsabilidad”, la “autorrealización”, el “sentido de vida” e, incluso, el “bienestar integral”. Se explicarán asimismo las transiciones teóricas y los debates metodológicos ocurridos entre las psicologías de Allport, Murray, Maslow, Rogers, Frankl, y más recientemente, Gendlin. Al final de este episodio temático se realizará el análisis gnoseológico de la “psicoterapia experiencial” de Gendlin a la luz de la Teoría del Cierre Categorial por considerarla el ejemplar más sobresaliente del humanismo, debido a que buscaba –si es que esto es posible– la idea de “bienestar” general. Se debe aclarar que analizar este ejemplar no significará tomar partido por él, sino ejecutar el método de análisis gnoseológico derivado de la Teoría del Cierre Categorial para aquel que resulte más prometedor según el desarrollo interno de cada propuesta en psicología.

Por último, en el episodio temático diez, “Operacionalismo Materialista Contextual: un embrión de teoría psicológica”, se esbozará cómo la actual psicología debe –si quiere ser más efectiva– armonizar su desarrollo con el de una racionalidad técnico-científica que en los últimos cincuenta años se ha preocupado por construir saberes desde un punto de vista “paramétrico”, “circularista” y “transdisciplinar”. Aquí se emplea la doctrina de los tres géneros de materialidad propuestos por el Materialismo Filosófico, para clasificar aquellos hallazgos que, en el campo de la Ecología, la Biología, la Antropología y la Sociología contemporánea, nos permiten roturar, con el mayor grado de representatividad posible, el estado actual del mundo. La idea de promover este modelo de racionalidad para mirar “diferencialmente” el presente es dejar claro que la “dimensión psicológica” del individuo aparece con disímiles morfologías en la medida en que cada sociedad política logre para sus miembros: 1) la contención de sus determinismos ecológicos y bioadaptativos, 2) el establecimiento de un orden político-social a partir de “normas” y 3) la puesta en marcha de estrategias pseudoresolutorias para disminuir los conflictos normativos de los que es objeto cada individuo según la “posición-jerarquía-función” que ocupe en cada sociedad política. Al final, a partir del Operacionalismo Materialista Contextual, se planteará cómo, en la medida en que la teoría psicológica contemporánea logre simplificar su organización desde la “parametrización” que otras disciplinas ya han hecho del comportamiento individual, por fin se tornará más efectiva, pues habrá “des-psicologizado” muchos de los problemas con los que antes tenía que lidiar de manera innecesaria.

Hay que advertir que este programa de investigación tiene un carácter telegráfico, ya que únicamente busca insinuar una serie de reflexiones que podrán dinamizar los campos de investigación de las teorías psicológicas realmente existentes, además de sentar las bases de un embrión de teoría psicológica planteada desde las coordenadas del Materialismo Filosófico. Lo que se busca a través del Operacionalismo Materialista Contextual es trazar las líneas generales de un programa de investigación que comprenda al individuo como un sujeto capaz de interactuar, diferencial e históricamente, con los diversos géneros de materialidad a los cuales pueda tener acceso operatorio. En este sentido, esta teoría toma distancia de un subjetivismo y psicologismo, mundano o académico, que considere que todos los asuntos humanos tienen un origen, desarrollo o desenlace en el propio sujeto. El Operacionalismo Materialista Contextual se decanta a favor del mundo y del ambiente en el cual se desarrolla el individuo, su conducta y su trayectoria vital, pues considera que la mejor comprensión o modificación de la dimensión psicológica de éste, sólo puede ocurrir cuando se tomen en cuenta las distintas formas de codeterminación de los géneros de materialidad a través de las cuales se ha desplegado la vida.

Seguramente, esta propuesta en teoría psicológica trascenderá la vida de su autor y requerirá del trabajo conjunto de muchas generaciones para consolidarse como un proyecto psicológico de proyección en el tiempo. Así –cómo es de esperarse en cualquier empresa de envergadura histórica– no será posible trazar a priori ninguno de sus alcances; no obstante, como sucede habitualmente en estos asuntos, lo único que se puede garantizar es el entusiasmo de aquel que ha emprendido semejante camino.

Para concluir, es fundamental resaltar que la razón última de este programa de investigación es “dar a cada cosa lo suyo” y que, bajo ninguna circunstancia, se busca legitimar alguna forma de fundamentalismo científico; por lo contrario, lo que se intenta es perfilar límites y posibilidades tanto para aquellos cuerpos de conocimiento que ya se han constituido como ciencias, como para aquellos que están cerca de serlo o aquellos que no tienen posibilidad alguna ni interés por conseguirlo. Se confía en que el contenido aquí visto se asimilará como un intento juicioso por ajustar muchas de las pretensiones que tanto la filosofía de la ciencia como la teoría psicológica están teniendo al momento de diagnosticar el presente.

En este programa de investigación se reconoce el mérito que las psicologías mundanas, conductistas, psicoanalíticas, cognitivistas, neuropsicológicas y humanistas han tenido en la clarificación de ciertos fenómenos humanos y biológicos, sin embargo, critica con severidad cuando pretenden asociarse, arbitrariamente, con alguna noción intuitiva de “ciencia”, cuando intentan decir más de lo que sus propios fundamentos o datos les permiten o, incluso, cuando buscan resolver nuevos asuntos psicológicos con utilería conceptual del siglo pasado. Se asume que cada psicología tiene pretensiones distintas y que cada una es incompatible con las ambiciones de las otras debido a que cada una surgió en condiciones histórico-materiales difícilmente analogables. Espero que el tránsito por estas ideas haya sido gratificante, constructivo y, por qué no decirlo, polémico.

Referencias

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Fuente | El Catoblepas · número 184 · verano 2018 · página 3

Filosofía de la ciencia y psicología por José Arturo Herrera Melo

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