Vamos a reflexionar sobre algunos ejemplos de genéricas afirmaciones que, aunque sorprenda, no han sido muy explicitadas desde los medios políticos y mediáticos -al menos, hasta ahora, y no mucho-, y que vienen a cuento por los gravísimos y tristes sucesos de Cataluña (aunque no sólo). Se habla de ley, diálogo, derechos, respeto, mayorías…, con una pasmosa ligereza, con vacuidad, con falacias y, en muchas ocasiones, desde titulares, o construyendo frases hechas, tópicos donde “arroparnos con lo que se lleva” (dice A. Arteta que el tópico es el “hijo de la pereza intelectual y hermano del prejuicio”). Soslayamos que quizás sea elemental lo que se analiza, pero vivimos momentos tan graves en política que lo más básico y obvio puede ser esencial.

1- El “derecho a decidir”. Así tomado, puede parecer que si uno se opone a ello es una persona contraria a la libertad. “¡Cómo se va a negar alguien a una cosa así!”, “¡lo lógico es que los catalanes decidan sobre su futuro!”. Y con tanta obsesiva repetición, se convierte en verdad (¿Goebbels?); pero ¡NO es un derecho!, así de claro y de rotundo. Porque decidir ya lo creo que decidimos lo que es menester y es de derecho. No tienen derecho a decidir sobre algo que no es sólo suyo -es de todos los españoles-, porque así lo dicen las leyes democráticas de nuestro Estado de Derecho que hemos votado TODOS.

Y aquí es necesario detenernos un poco para explicar esto de forma básica: la ley es lo que los legisladores de nuestro parlamento, elegidos democráticamente, elaboran; pero viene a ser como el resultado de un pacto social -o un acuerdo civil- de lo que entendemos que es mejor para la convivencia.

Las personas tenemos multitud de intereses, pasiones, instintos…, diferentes, que hacen muy difícil la gobernabilidad sin una estructura con firmes valores y criterios plasmados en normas. Sin ese pacto/ley cada uno iría por su lado y el más fuerte, poderoso, salvaje, etc. (“ley de la selva”) se saldría con la suya. Es decir, es un compromiso que todos debemos respetar, por mucho que no nos guste o no estemos de acuerdo; ya que ese consenso, ese pacto, plasmado en las leyes, es lo que nos da los derechos, la igualdad, la libertad… Por lo tanto, en ellas está lo que se entiende mejor para el bien común de la ciudadanía: lo que es bueno jurídicamente (la gran renovación de Kant en el plano de la moral). La ley es como una especie de guía para las conductas. Y la ley de leyes, la Constitución -que nos hemos comprometido a respetar y de donde emanan todas las demás- dice que Cataluña, como cualquier rincón de España, es de todos los españoles y sólo a ellos corresponde decidir sobre su territorialidad y otros asuntos.

Pero además la ley dice eso, no por arbitrariedad del que la hizo y alienación de los que votaron, sino por el respeto a esa lógica del acuerdo ya dicho y que, a su vez, conlleva implícitos los fundamentos que comportan siglos de territorialidad, de pactos, de sensibilidades, de culturas mestizas, etc… Por lo tanto, el derecho a decidir es lo que la ley, pacto social o norma para todos democráticamente aceptada en un Estado de Derecho dice que es posible decidir.

2- Sobre el DIÁLOGO pasa algo parecido, ¡cómo alguien se puede negar a dialogar!, es esencia de civilización, por supuesto. Ya Sócrates defendió el diálogo con ahínco, pero “eliminando de raíz nuestros falsos conocimientos y emprendiendo una búsqueda cooperativa y sincera de la verdad” (curioso, los sofistas le acusaron de demagogo por seguir la ley). El problema es ¿cómo dialogar con gente que delinque y miente falseando hasta el delirio la realidad? Es decir, que transgrede y tergiversa -a su conveniencia- la ley democrática, el acuerdo civil. También es posible que, precisamente por eso, se deba dialogar, para entender su postura y entrar en sus razones, etc… Entender sí, ¿y luego?

Bien, pensemos en otras formas de delinquir, de transgredir las leyes y pongámonos también en el mismo grado de posible empatía hacia ellos. No sé, pongámonos a dialogar con violadores, corruptos, defraudadores, maltratadores, asesinos… ¿Cuál sería el objeto del diálogo? ¿Para qué? Sólo veo razones para llegar a consensuar (?) métodos de rehabilitación y de terapia; y todo ello, después de pasar por los jueces para que apliquen las democráticas leyes e impongan sus penas correspondientes, como consecuencia de unos actos contra la convivencia democrática. Porque esa pena, entre otras cosas, es la labor de la justicia (somos un Estado de Derecho, y ésta forma parte de la política) que ayuda a desagraviar y reparar a las personas que han sido perjudicadas u objeto de afrentas por esa conducta delictiva. En este caso, el acoso, la represión silenciosa o no, la xenofobia como hegemonía de la ola etnoegoísta, las pérdidas económicas por despilfarro de varios tipos, las variopintas maneras de corrupción, etc…

En definitiva, diálogo sí, pero no a cualquier precio o situación. Pienso que habrá que tener en cuenta al menos lo siguiente:

– Somos personas y hay que tratar de tender puentes de la forma más razonable. Pero después de que la justicia haya hecho su trabajo de equilibrar el Estado de Derecho y de desagravio, y nunca bajo los chantajes de mayorías, la calle, etc… ¿Se imaginan a todas las personas delincuentes en la calle pidiendo un nuevo estatuto para sus situaciones -maltratadores, corruptos, asesinos de todo pelo, amigos y familiares de todos ellos y todos los que se unen para “cuanto peor mejor”? De acuerdo, ya sabemos que es distinto saltarse un stop que asesinar, ¡evidente!, por eso tenemos códigos con miles de matices para el equilibrio de la justicia.

– Por último, en el caso que nos ocupa, ¿alguien ha expresado con nitidez y concreción sobre qué se debe dialogar, cuando hablan de ello? En este caso y ahora, hasta que ese equilibrio que da la justicia no se dé, no estoy por el diálogo; pero me voy a adelantar a ver si acierto en qué consistiría “su” diálogo (porque la experiencia dice, como recordaba S. Dion, que el diálogo con nacionalistas es entrar en su chantaje).

Dialogar en dos vertientes. Por un lado, la tapadera sentimental: es decir, que sea nación y lo plasme la Constitución y así lo emocional quede por unos años amortiguado y, de paso, tengan argumentos para la insolidaria medida siguiente que explico a continuación. Es la verdadera razón (o al menos la de más peso) y que, al ser más prosaica, no se quiere señalar, y de ahí la tapadera emocional anterior: que se les pague la inmensa deuda y que tengan unos privilegios fiscales parecidos a los del País Vasco y Navarra. Además de posible agencia tributaria, etc… ¡Y todo, para que dentro de otros tantos años se vuelva otra vez con la monserga etnoegoísta!

3- Otros GENÉRICOS.

LA GENTE. Por supuesto, es un tipo de “gente”; en general, la de la calle de las consignas que hay que decir para ser “la gente” (quizás la de la “mayoría” y “el buen rollo político”, etc.).

Entiendo que haya muchos que sientan e, incluso, actúen de buena voluntad según los parámetros que analizamos, porque lo crean así; sin embargo oigo opiniones sin la molestia de darle dos vueltas a su pensar, ¿ya lo hace el sanedrín de la ola que lanza los titulares simples como eslóganes? Pero también veo dosis de cierta hipocresía, de no querer definirse y de “adornarse” con las “divinas palabras”, fundamentales para tener el carnet de “la gente”. Y lo veo muchas veces unido a la falta de echar mano de información contrastada; a una falta de implicación dialéctica, de profundidad en sus argumentos -cuando los dan-, porque la mayoría de las veces son dichos en el que todos genéricamente podemos estar de acuerdo porque no hay más que “buenas palabras”: nadie quiere violencia (salvo los extremos de “cuanto peor mejor”), todos por el diálogo, fraternidad, libertad, etc. Irradian casi el pensamiento mágico, el edén, aquello donde casi no sería necesaria la organización ni parte de la estructura de estado… Todo esto nos lleva a un “relativismo moral”, a una falta de compromiso y de responsabilidad como ciudadanos, alarmantes.

Es decir, se olvidan de que lo ilustrado, civilizado, se pierde (los humanos somos también nuestros instintos y pasiones, muchas veces muy perversos e irracionales) sin querer en el camino y necesitamos ese pacto renovado, labrado y cuidado, casi todos los días, para que el jardín de la vida político social no estalle y volvamos a las cavernas; nos lo dice la historia de forma terrible. Pienso que no vale con la buena voluntad, hay que definirse, sobre todo en los momentos de grandes crisis como esta.

VOTAR SIEMPRE ES BUENO, ¡REFERÉNDUM! Es evidente, pero quizás debiéramos comenzar diciendo que votar no es igual a democracia; ni referéndum, tampoco. Por lo tanto, esa manida simpleza de que “democracia es votar”, es falsa, es confundir la forma con el fondo; la esencia de la democracia es la práctica de los derechos de la ciudadanía en libertad e igualdad, su salvaguarda…; votar sería como una manera para poder organizar esa práctica, un método, pero no su esencia.

– Hacer un referéndum sobre algo ilegal (elemental y ya explicado al principio) es una poderosa razón para no permitirlo. O hacerlo contra los derechos elementales, por ejemplo, sobre los refugiados, sobre el maltrato, sobre el matrimonio homosexual, sobre si pagamos a Hacienda, etc. Se sabe que en algunos países europeos la xenofobia y racismo han entrado en el debate nacional a través (por supuesto, no sólo por esta razón) de petición de “referéndum igual a democracia”. Parece evidente que una votación general de referéndum se ha de limitar a lo esencial salido de esa ley, consensuada en amplias mayorías.

– Hay algún ejemplo histórico (en EEUU, Reino Unido,…) que nos certifica que se ha abusado tanto del referéndum que se ha “quemado” por momentos, ya que terminaban votando sólo el 20%, y arrastrados por lobbis que lo ganaban. Esto no es una razón de mucho peso, evidente, pero es otra razón a tener en cuenta.

En fin, que hay mucha posible demagogia detrás de palabras y frases que son bellas en su certero significado (“esconderse detrás de la verborrea de las palabras”, decía Kafka) y que se repiten de forma manida y alienante. Por lo tanto, entendemos que es prudente prevenir o alertar a la ciudadanía para que sacudamos la pereza y nos informemos en conciencia, para que no nos amparemos en el lógico miedo que puedan dar estas “olas” dominantes mediáticas de fácil digestión (crean forofos). Estos demagogos y delirantes, populistas, casi siempre, están en su rol; el problema es que parece que, a ratos, tenemos un país en barbecho (que no yermo) en cuanto a liderazgo político y, por lo tanto, no es bueno que lo complementemos con la “España que bosteza”, porque haríamos un conjunto desolador para momentos críticos.

Por último, que lo reflexionado ha venido a cuento básicamente por la gravedad del momento actual -el delirio nacionalista de Cataluña-, aunque es verdad que este tipo de demagogia es utilizada sin rubor por bastantes políticos. “La peor de todas las pestes es el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, esta es una sentencia del gran escritor Stepan Zweig, y defensor de la Europa democrática y humanista que, por su experiencia, sabía de lo que hablaba. Es posible que una parte de Europa esté olvidando esta sentencia; desde luego una buena parte de la sociedad catalana la ha olvidado.

 

Fuente | Jesús Manuel López | El arterisco (26/11/2017)

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