“El amor a uno mismo, a la propia vida, al propio destino, a nuestros instintos y pasiones e incluso a nuestros propios errores como formas para conocernos, es lo que se denomina egoísmo”.

 

“Lejos de sí destierra el egoísmo todo lo cobarde; dice: lo malo-¡es cobarde! Despreciable le parece a él el hombre siempre preocupado, gimiente, quejumbrosos, y quien recoge del suelo incluso las más mínimas ventajas.
Él desprecia toda sabiduría llorosa.
A la medrosa desconfianza la desdeña.
Pero aún más desdeña al que se apresura a complacer a otros, al perruno, que enseguida se echa panza arriba, al humilde.
Odioso es para el egoísmo, y nauseabundo, quien no quiere defenderse, quien se traga salivazos venenosos y miradas malvadas, el demasiado paciente, el que todo lo tolera y con todo se contenta”
(de Así hablaba Zaratustra)

 

Y entonces ócurrió también, – ¡y, en verdad, ocurrió por vez primera! – que su palabra llamó bienaventurado al egoísmo, al egoísmo saludable, sano, que brota de un alma poderosa:
– de un alma poderosa, a la que corresponde el cuerpo elevado, el cuerpo bello, victorioso, reconfortante, en torno al cual toda cosa se transforma en espejo: – el cuerpo flexible, persuasivo, el bailarín, del cual es símbolo y compendio el alma gozosa de sí misma. El goce de tales cuerpos y de tales almas en sí mismos se da a sí este nombre: «virtud».
Con sus palabras bueno y malo se resguarda tal egoísmo como con bosques sagrados; con los nombres de su felicidad destierra de sí todo lo despreciable.
Lejos de sí destierra el egoísmo todo lo cobarde; dice: lo malo – ¡es cobarde! Despreciable le parece a él el hombre siempre preocupado, gimiente, quejumbroso, y quien recoge del suelo incluso las más mínimas ventajas.
Él desprecia también toda sabiduría llorosa: pues, en verdad, existe también una sabiduría que florece en lo oscuro, una sabiduría de las sombras nocturnas: la cual suspira siempre: «¡Todo es vanidad!»
A la medrosa desconfianza la desdeña, así como a todo el que quiere juramentos en lugar de miradas y de manos: y también desdeña toda sabiduría demasiado desconfiada, pues ésta es propia de almas cobardes.
Pero aún más desdeña al que se apresura a complacer a otros, al perruno, que en seguida se echa panza arriba, al humilde; y hay también una sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y que se apresura a complacer.
Odioso es para el egoísmo, y nauseabundo, quien no quiere defenderse, quien se traga salivazos venenosos y miradas malvadas, el demasiado paciente, el que todo lo tolera y con todo se contenta: ésta es, en efecto, la especie servil.
Sobre quien es servil frente a los dioses y los puntapiés divinos, o frente a los hombres y las estúpidas opiniones humanas: ¡sobre toda esa especie de siervos escupe él, ese bienaventurado egoísmo!
Malo: así llama él a todo lo que dobla las rodillas y es servil y tacaño, a los ojos que parpadean sin libertad, a los corazones oprimidos, y a aquella falsa especie indulgente que besa con anchos labios cobardes.
Y pseudosabiduría: así llama él a todos los alardes de ingenio de los siervos y de los ancianos y de los cansados; ¡y en especial, a toda la perversa, desatinada, demasiado ingeniosa necedad de los sacerdotes!
Mas tanto la pseudosabiduría, como todos los sacerdotes, y los cansados del mundo, y aquellos cuya alma es de la especie de las mujeres y de los siervos, – ¡oh, cómo su juego ha jugado desde siempre malas partidas al egoísmo!
¡Y cabalmente debía ser virtud y llamarse virtud esto, el que se jugasen malas partidas al egoísmo! ¡Y «no egoístas» – así deseaban ser ellos mismos, con buenas razones, todos estos cobardes y arañas cruceras cansados del mundo!
Mas para todos ellos llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: ¡entonces se pondrán de manifiesto muchas cosas!
Y quien llama sano y santo al yo, y bienaventurado al egoísmo, en verdad ése dice también lo que sabe, es un profeta: «¡He aquí que viene, que está cerca el gran mediodía!» (de Así hablaba Zaratustra)