Gabriel Álvarez de Toledo, de ascendencia portuguesa, y noble condición nace en Sevilla en 1662. Fue humanista interesado en Filosofía y Filología. Conocía las lenguas clásicas, según parece también las semíticas y varias lenguas modernas, como el francés, el italiano y el alemán.

Perteneció a la Orden de Santiago y fue uno de los fundadores de la Real Academia Española (1713) por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena, y los dos últimos años de su vida fue Primer Bibliotecario Mayor de la Librería Real, que pasó a ser Biblioteca Nacional en 1836.

En su vida se distinguen dos periodos, uno profano, dedicado a las letras amenas, y otro religioso, absorbido por temas ascéticos, como en su sentencioso soneto “La muerte es la vida”. Sus obras poéticas aparecieron tras su muerte en Madrid en 1744, gracias a la preocupación de don Diego de Torres Villarroel, con el título “Obras pósthumas poéticas, con la Burromaquia”, que un extenso poema de épica burlesca en romance heroico. También destacan “A mi pensamiento”, de tema místico, y los romances que forman la parte religiosa de su producción.

En su poesía, muy ligada a los grandes modelos del Barroco, predomina completamente el Culteranismo, dentro del cual utiliza complejas metáforas, y también el Conceptismo. También escribió una “Historia de la iglesia y del mundo”.

Caíste, altiva Roma, en fin caíste

Caíste, altiva Roma, en fin caíste,
tú, que cuando a los cielos te elevaste,
ser cabeza del orbe despreciaste,
porque ser todo el orbe pretendiste.
Cuanta soberbia fábrica erigiste,
con no menor asombro despeñaste,
pues del mundo en la esfera te estrechaste,
¡oh Roma!, y sólo en ti caber pudiste.
Fundando en lo caduco eterna gloria,
tu cadáver a polvo reducido,
padrón será inmortal de tu victoria;
porque siendo tú sola lo que has sido,
ni gastar puede el tiempo tu memoria,
ni tu ruina caber en el olvido.

La muerte es la vida

Esto que vive en mí, por quien yo vivo,
es la mente inmortal, de Dios criada
para que en su principio transformada,
anhele al fin de quien el ser recibo.

Más del cuerpo mortal al peso esquivo
el alma en un letargo sepultada,
es mi ser en esfera limitada
de vil materia mísero cautivo.

En decreto infalible se prescribe
que al golpe justo que su lazo hiere
de la cadena terrenal me prive.

Luego con fácil conclusión se infiere
que muere el alma cuando el hombre vive,
que vive el alma cuando el hombre muere.

Romance a Cristo Crucificado

De cuatro aceradas puntas
con cruda violencia roto,
vierte el divino cadáver
cuatro sangrientos arroyos.
Bárbara impiedad le ciñe
de espinas diadema tosco
en que le añade al tormento
nuevas puntas el oprobio.
En la esfera de su frente
la infame nube de abrojos
palideces de su bulto
inunda en licores rojos.
¡Oh coronas! ¡Oh laureles!
Venid a aprender el modo
de halagar como apreciables
hiriendo como injuriosos.
¿Es éste, es éste el semblante
en quien los ángeles todos,
con temblor reverentes,
fijan los sedientos ojos?
¿Éste, a cuyos sacros rayos
el serafín respetoso
en las abrasadas plumas
oculta trémulo el rostro?
¿Cómo, gran Sol de justicia,
sufres que en vuelo afrentoso
los vapores de la culpa
suban a empañar tu solio?
Pero quieres que deshechos
esos infieles estorbos,
subiendo a tu luz injuria,
bajen piedad a mi polvo;
Que mal el velo purpúreo
cela su oculto tesoro,
pues si le emboza en afrentas
le descubren los embozos.
¿Cómo, a pesar del tormento,
se ostenta el sagrado rostro
más divino en lo paciente
que antes se mostró en lo hermoso?
Vuelto hacia la tierra espera,
que al hombre, a sus voces sordo,
como enamorado busca
y busca como piadoso.
La sangre que sobra al pecho
ofrece inclinado el rostro,
que al amor sobran piedades
si falta crueldad al odio.
Desnudo el sagrado cuerpo,
sufre que el rencor rabioso
con dura irrisión le labre
nuevas cruces de sus ojos.
Ya de la ofrecida tierra
el racimo misterioso,
exploradores robados
muestran de la cruz los hombros.
La cándida vestidura,
teñida en el sacro mosto,
se queja de que ha pisado
el duro lagar él solo.
Yo veo que mis errores,
cuando a decirlos me postro,
a la voz de confesarlos
eco responde piadoso.

Soneto

 

Pues me miras de tanto mal cercado,
Sevèra Muerte, y en mi alcãce trotas,
Espera un poco, me pondré las botas
Para camino, que es tan dilatado.

Muera como Católico un Soldado,
de tantos, como en lides, y derrotas,
hazen, con mil acciones no devotas,
del cuydado mayor, menor cuydado.

Venga a vèrme la Vida de la vida;
reciba yo al Señor, que de esta suerte
se verà mi persona defendida

De todos los que en sì males advierte;
Pues si a Dios siempre se mirare asida,
triunfarà de la vida, y de la muerte.