Quién soy es una pregunta personal e intransferible. Se trata de un asunto filosófico que incumbe al propio sujeto. Pocos encuentran una respuesta satisfactoria y muchos, tras buscarse insistentemente en una rigurosa introspección, reconocen no haberse encontrado nunca. Precisamente ese fue el caso del gran filósofo empirista David Hume. Y también de Heráclito, el legendario pensador griego: nada permanece. Ni cosas ni personas. No nos bañamos dos veces en el mismo río ni saludamos dos veces al mismo vecino. Nada fijo somos porque estamos siendo continuamente. El niño que fuimos poco tiene que ver con el adulto que somos. Y sin embargo resulta que la ficción de la identidad es necesaria para que funcione otra gran ficción: la del lenguaje. Se posibilita así un mínimo entendimiento ciudadano que revierte en cierta utilidad social, aunque suene contradictorio. Así pues, cuando le pido al camarero una cerveza, me trae efectivamente una cerveza; aunque en rigor ni el camarero ni la cerveza ni yo mismo tenemos identidad fija y todo es un puro proceso. La ficción funciona porque todos hemos convenido en que la cerveza es cerveza y el camarero es camarero, incluido el propio camarero. Se trata de un acuerdo tácito que está implícito en el propio lenguaje. Lo podemos asumir como un mero juego o como algo muy serio. Eso es lo de menos para que la cosa funcione.

Si el camarero piensa que es farmacéutico e incluso lo proclama a los cuatro vientos, no hay en principio ningún problema: el libre pensamiento es tan antiguo como la inteligencia, y la libertad de expresión debe ser siempre respetada. Pero si el camarero no se da por aludido cuando pido sus servicios y solo despacha medicamentos, sería harto complicado llevar a cabo algo tan sencillo como tomarse una cerveza en el bar. Y es que el camarero habría decidido entonces jugar al parchís cuando todos estamos jugando a la oca. Al eliminar el carácter intersubjetivo del lenguaje, que es tanto como eliminar el lenguaje mismo, la comunicación se vuelve imposible. Como decía Wiettgenstein, no hay lenguajes privados. Un lenguaje se puede sustituir por otro, pero no se puede sustituir por mil.

Lo mismo ocurre con el género. Una persona que con un cuerpo biológicamente masculino se sienta mujer y proclame que lo es, no supone ningún problema para nadie. Es la particular solución que tal persona da al problema filosófico de su identidad. Al pensarlo y expresarlo abiertamente, tan solo está ejerciendo su libertad de pensamiento y expresión. Lo mismo que hizo Hume al cuestionar su propio yo. No obstante es posible que haya ciertos malentendidos si tal persona es percibida como un hombre por los demás. Y esto dependerá fundamentalmente de su aspecto y de las convenciones sociales al respecto, y no tanto porque el mundo esté en contra de su digna decisión que tan solo conoce él. O ella. Y me temo que los malentendidos son inevitables a no ser que se ponga una pegatina en la frente lo suficientemente grande para indicar su género a modo de subjetivo significante. Recurso que también le vendría muy bien al camarero farmacéutico, por cierto. El problema es más lingüístico que social. O si se prefiere, acaba por ser social a fuerza de ser lingüístico.

Pero la locura total resulta cuando el Estado decide tomar partido. Cosa que hace cada vez más. Si el sentimiento libremente expresado por el sujeto prevalece sobre cualquier otro criterio dado por la ciencia, la costumbre, la tradición o la mera evidencia empírica, ¿tendrá derecho entonces el hombre que se siente mujer a entrar en los servicios de mujeres?, ¿le asignará la seguridad social un ginecólogo en lugar de un urólogo? ¿Tendrá derecho el camarero a que el Estado le ponga una farmacia porque se siente farmacéutico? En definitiva, ¿la identidad proclamada por el sujeto ha de ser fuente de derecho? Pero resulta que si admitimos esta opción tan libertaria, a pesar de las incongruencias que de ella se derivan, vamos a chocar inevitablemente con la otra cara de la misma moneda: el nuevo feminismo. Aquel que tutela celosamente la identidad femenina e impone la discriminación positiva. En este caso ser hombre o mujer no es algo que podamos elegir. ¡Qué más quisiéramos! Los hombres somos hombres a nuestro pesar y por decreto, y a nuestro pesar somos agresivos y maltratadores, y por eso la Ley nos castiga más que a las mujeres por idénticos hechos. ¿En qué quedamos entonces?

Cuando el Estado reconoce que ser hombre o mujer depende de nuestros sentimientos, pero a la vez admite una diferencia de trato legal por nacer hombre o mujer, tenemos un Estado esquizofrénico. Y si un Estado de Derecho deja de considerarnos ciudadanos y nos trata exclusivamente como hombres, mujeres, blancos, negros, creyentes o ateos; deja de ser de Derecho.

 

Fuente | Jesús Palomar | Periodista Digital