Un texto inédito de la pensadora alemana, ‘La libertad de ser libres’, recupera la valentía de su pensamiento. Taurus publica el 8 de noviembre en España este breve ensayo iluminador.

La figura de Hannah Arendt es conocida. Y su influencia no ha dejado de crecer. Eso no quita para que sus escritos y su persona continúen siendo difíciles de clasificar. Para unos roza el pensamiento conservador, para otros habría que situarla en lo que convencionalmente llamamos izquierda y, finalmente, no son pocos los que o bien se limitan a considerarla inclasificable o espigan en muchas de las aristas y sugerencias que ofrece su pensamiento. Arendt escribió mucho, pero tal vez sus obras más conocidas tienen que ver con su análisis del totalitarismo y el dedicado a la condición humana. Aunque el más extendido y comentado sea el de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.

Este último libro le produjo la desafección y hasta un ataque acerado de amigos judíos como ella. No toleraban que criticara el secuestro ilegal de Eichmann en Argentina por parte de los servicios secretos judíos, la formación de un tribunal lejos de ser imparcial y, sobre todo, ver en Eichmann no tanto un sádico sino un pobre hombre que se limitó a obedecer órdenes. El francés Michel Onfray, siempre provocador, ha escrito recientemente un libro en el que no sólo muestra su acuerdo con Hannah Arendt, sino que incluso minimiza el mal intencionado causado a sus víctimas por Eichmann. Éste habría seguido al pie de la letra la idea de deber y obediencia de Kant. En una interpretación sesgada y un tanto ridícula del filósofo de Konigsberg, que es otro de los pilares de nuestra autora, escribe Onfray que las enseñanzas que recibió sobre Kant le llevaron a una estricta observancia de lo que se le mandaba, de la clásica «obediencia debida». En tal obediencia debida, que no mira ni a un lado ni al otro sino simplemente al superior, consistiría la banalidad del mal. Desde Arendt, dicha idea de frivolidad se ha convertido en una referencia de una maldad idiota, rutinaria, propia de espíritus incapaces de ver más allá de las ordenes recibidas.

El libro La libertad de ser libres, escrito en el contexto del que publicó Sobre la Revolución, habría que situarlo en el final de los años 60. Se trata de una publicación póstuma, que lleva el título de un discípulo suyo y que haría justicia al texto. Tiene un epílogo de Thomas Meyer y se completa con una amplia bibliografía y sus traducciones al castellano. Las páginas de este breve libro de la que fue, cosa extraña, alumna preferida y amiga del filósofo Heidegger, un nazi sin pizca de arrepentimiento, se centran, en el concepto de revolución, de su inserción en la Historia y en la importancia que tiene no olvidarlas. Igualmente del proceso que las hace nacer y su relación, íntima, con lo que es una de las características básicas de la humanidad. Ésta no es otra que la libertad.

Comienza Arendt recordando que las revoluciones políticas no debemos confundirlas, cosa ya obvia hoy, con las evoluciones científicas o con un significado atado a la etimología. En esta concepción simple, revolución es sinónimo de volver al principio, de dar la vuelta sobre sí mismo como en un círculo. La revolución política, por el contrario, rompería tales retornos y se abriría a algo nuevo. No restaura lo viejo, sino que lo suplanta con un novum, categoría usada, en otro contexto, por el también judío y marxista cálido E. Bloch. En este sentido hay que distinguir entre lo que se deja y lo que comienza. La libertad se equipara, bien lo expuso Isaiah Berlin, a la libertad negativa o repudio de lo anterior; y a la positiva, en donde el ser libre se construye después de nuestra manera de vivir. En este sentido lo ejemplifica nuestra autora en la revolución que funda los EEUU con la que surge de la Revolución Francesa, imagen universal de las revoluciones. La primera habría acabado, con un optimismo excesivo en su interpretación, en un orden constitucional estable y de amplias libertades individuales; mientras que la segunda no sólo se frustró, sino que dio paso al terror. Y es que en la norteamericana no existían masas hambrientas deseosas de comer y de que no murieran sus hijos rodeados de miserias. En esta última, la necesidad de supervivencia habría derrotado al deseo de la creación de un espacio público de iguales. Ambas fueron puestas en marcha por personas ilustradas, con suficiente ocio como para pensar en los cambios necesarios. Otra cosa es que no comprendieran la fuerza del proceso y las consecuencias que puede traer consigo una revolución. Y es que éstas pueden salir bien o mal. Cuando salen mal, muchas de ellas no sólo vuelven a su antigua situación sino que se pueden convertir en sociedades con una inmensa crueldad. Es el caso de Hitler o Stalin. Y en otra dimensión podríamos fijarnos en la llamada Primavera Árabe.

Lo que posibilita las revoluciones, aparte de las incitaciones de los intelectuales y el hartazgo del pueblo, suele ser el vacío de poder, el agotamiento de lo existente.Es el momento, por cierto, de que la ambición de los aprovechados se aúpe en tales revoluciones y las apaguen o las perviertan.

Por otro lado, los errores e irresponsabilidades de quienes tendrían que orientarlas facilitan el debilitamiento de lo logrado o que fuerzas exteriores las aplasten.

En este breve libro se sintetizan muchos de los pensamientos de una mujer que experimentó en su propia carne las convulsiones de su siglo. Al mismo tiempo aparecen unos inteligentes y esperanzadores destellos de su talento. Las revoluciones parten de cero si son tales. Como nosotros, que somos lanzados al mundo desde la nada. Y desde ahí nos construimos con los demás. Cómo lo hagamos depende de nosotros. Es siempre una esperanza en unos seres que estamos dotados con la capacidad de recordar y actuar.

 

 

 

Fuente | Javier Sadaba | El Mundo Cultural (19/10/2018)