Henry Hazlitt y el marxismo

Todo el evangelio de Karl Marx se puede resumir en dos frases: Odia al individuo más exitoso que tú. Odia a cualquier persona que esté en mejor situación que la tuya.

Jamás, bajo ninguna circunstancia, admite que el éxito de alguien puede ser derivado de su esfuerzo propio, de su capacidad, de su preparación, de su superioridad en determinada actividad. Nunca acepte que el éxito de alguien puede venir de su contribución productiva a algún sector de la economía, contribución que fue apreciada por personas que voluntariamente adquirieron sus servicios. Jamás atribuya el éxito de alguien a sus virtudes, sino a su capacidad de explotar, engañar y espoliar.

Jamás, bajo ninguna circunstancia, admita que pudiste no haber llegado a ser aquello con lo que siempre soñaste debido a alguna debilidad o incapacidad tuya. Jamás admitas que el fracaso de alguien puede ser debido a los defectos de esa persona – pereza, incompetencia, imprudencia, incapacidad o ignorancia.

Por encima de todo, jamás creas en la honestidad, objetividad o imparcialidad de alguien que no esté de acuerdo. Cualquiera que discrepe de usted ciertamente es un alienado al servicio de la burguesía y del “capital”.

Este odio básico es el núcleo del marxismo. Es su fuerza motriz. Es lo que impulsa a sus seguidores. Si tú juegas fuera del materialismo dialéctico, del armazón hegeliano, de las jerarquías técnicas, del análisis ‘científico’ y todas las innumerables palabras presuntuosas, quedará el núcleo del marxismo: el odio y la envidia enferma del éxito, que son la razón de ser de toda esta ideología.